Linguæ Vasconum Primitiæ
Doctrina cristiana
I.- DOCTRINA CRISTIANA
Todo hombre en este mundo debería pensar
que Dios ha formado a cada uno de nosotros,
ha creado nuestra alma a su propia imagen
y la ha dotado de memoria, entendimiento y voluntad.
Ningún amo desea tener un mal criado
ni retribuirle sin que éste le sirva.
Dios procede de igual modo con nosotros;
no nos dará la gloria, si no practicamos el bien.
Los criados pasan la vida sirviéndonos
y por un módico salario soportan mil molestias Dios debería recibir otro tamo de nosotros;
tenemos que servirle para que nos dé la gloria.
No sé que se coseche trigo sin haber sembrado, y comúnmente cada cual cosecha según lo que sembró; las buenas obras obtendrán un espléndido galardón, pero de seguro que también el petado su castigo.
Puesto que Dios nos regala a diario,
también nosotros debemos recordarle con gratitud y pensar que Él es nuestro principio y fin
y alabar atentamente su nombre día y noche.
Por la noche
Encomiéndate a Dios por la noche al acostarte
y pídele te preserve de todo mal;
cuando te despiertes, acuérdate al punto
de recitar con devoción algunas preces.
Por la mañana
Acude de mañana a la iglesia, si puedes,
y encomiéndate a Dios en su santa morada;
al entrar reflexiona ante quién estás
y con quién hablas, mientras estás allí.
En el cementerio
Al entrar recuerda con afecto a los difuntos;
piensa que mientras vivían eran como tú;
tienes que morir como ellos y no sabes cuándo. Pide a Dios les otorgue su perdón.
En la pila bautismal
Cuando vayas a la iglesia mira al bautisterio.
Piensa que es allí donde recibiste la fe,
la gracia de Dios y el camino de la salvación.
Tu primer reconocimiento sea para él.
El sagrario
Mira luego a donde está el Santísimo
y piensa que Él es tu salvador;
venérale con devoción y pídele la gracia
de recibirle dignamente al final de tu vida.
El crucifijo
Mira el crucifijo y recuerda al punto
que has sido redimido con su preciosa sangre.
El asumió la muerte para darle la vida.
Discurre el modo de corresponderle.
Santa María
Alza la vista a donde se halla la buena Señora.
Ni el mundo entero te puede ayudar lo que Ella. Ella es la más próxima a Dios en la gloria
y tiene a mano todas las gracias, cuando quiere.
¡Oh gloriosa Señora y dulce Madre!
En tí se cifra toda la esperanza del pecador.
También yo, gran pecador, acudo a tí,
para que me ayudes a salvar mi alma.
Los santos
Rinde también pleitesía a los santos,
en especial a aquél a quien profesas devoción.
Recuerda de quién es la festividad aquel día
y a quién está dedicada aquella iglesia.
Pídeles atentamente que te ayuden.
Oración dominical
¡Piadoso Señor, lleno de misericordia,
escucha, por favor, mi plegaria!
En vida y en el trance de la muerte
mantén, por favor, despierta mi mente,
para que, sin claudicar en tu santa fe,
arregle bien los asuntos en mi última hora.
Y concédeme entonces la virtud y la gracia
de arrepentirme debidamente de mis pecados
y practicar cumplidamente la confesión,
a fin de que obtenga el perdón de todos mis pecados y reciba dignamente tu sagrado cuerpo
y el resto de los sacramentos prescritos.
Y puesto que el demonio vendrá entonces a tentarme con todos sus ardides para ver de engañarme,
envía a tus santos, Señor, en mi ayuda,
para que mi enemigo no me abata en la hora final.
Y recibe entonces, por favor, mi alma en tu gloria pues ha sido redimida con tu preciosa sangre;
que pueda yo contemplar allí tu rostro
y honrar a tu majestad junto con los santos.
Te vistes de mañana y te desvistes de noche;
comes y cenas en beneficio de tu cuerpo;
pues, por salvar tu alma para gloria de Dios,
no te incomode ejercitar esas acciones,
si no puedes a diario, semanalmente los domingos.
Esta es la gran ceguera que observo en nosotros; servimos a placer a nuestro enemigo
e ignoramos a Dios nuestro Salvador,
aun reconociendo todos que es una injusticia.
Estoy atónito de ver que muchos, yo el primero, estamos tan fuertemente ligados a este mundo, a pesar de ver a tantos engañados por él.
A los anteriores los ha despachado desnudos
y los venideros tampoco se librarán de ello.
Cuando uno muere se hacen tres porciones;
el cuerpo se sepulta bajo tierra fría para pudrirse; los bienes se reparten entre sí los deudos;
la pobre alma se encamina a donde puede,
carente de compañía en viaje tan incómodo.
Los domingos debes examinar con mención
cuántas veces has pecado aquella semana.
Examinar y además pedir perdón a Dios;
limpiar el alma cada semana, igual que la camisa.
Nuestra suerte pende de dos puntos;
si has obrado el bien, tienes el paraíso seguro;
el que muere en pecado, se condena al punto.
No existe otra alternativa; elige lo mejor.
No conozco en parte alguna pastor tan remiso
que no ahuyente al lobo de sus ovejas.
Tenemos encargado por Dios el cuidado del alma; vea cada cual cómo lo ejerce.
Es seguro que rendiremos severas cuentas
a quien la compró a buen precio con su sangre. Quien no lo cree así, está equivocado.
Debemos meditar sobre la sagrada Pasión
y sentir en el corazón su gran dolor;
cómo estuvo en la cruz, cubierto de heridas,
pies y manos clavadas, desnudo el cuerpo,
ajusticiado con los ladrones como un malhechor, coronado de espinas el que era señor del mundo, y su precioso y delicado cuerpo
vilmente escarnecido y destrozado,
¡Ay, qué mal lo pasó su afligida Madre,
su entrañable Madre, sostén del mundo entero, viendo a su Hijo amado en aquel trance,
muriendo a su vista el que era la vida del mundo!
De verdad, me azotan el corazón, dulce Madre, aquel dolor y aquellas heridas de tu corazón;
ver con tus ojos así a tu amado dueño,
al tiempo que le manaba la preciosa sangre.
Bien sé que todo ello fue por mí.
Recuerda que has cometido muchos pecados
y merecido a menudo por ellos la condenación; que te ha preservado porque es compasivo
y aun otorgado el perdón, si te has arrepentido. ¡Y tú tal vez volverás inmediatamente al pecado
Recuerda la inmensa majestad do Dios.
Tiene en sus manos cielo, tierra y mar,
tiene la salvación, condenación, muerte y vida. Su poder se extiende a todo.
Nadie puede huir de Él, cuando Él ordena.
En este mundo, sí, podemos engañamos mutuamente, pero en el otro todos caminarán en la verdad.
Allí se descubrirá lo que ha sido cada uno.
Se descubrirá todo; acciones, dichos, pensamientos.
Recuerda la gran justicia de Dios;
todos habremos de rendir severas cuentas
y recibir lo merecido por nuestras acciones
al llegar la muerte, que es su mensajera.
Entonces será inútil apelar a Él,
a nadie concederá el plazo de una hora
ni hará distinción entre el grande y el pequeño. Allí cada cual cargará con lo suyo.
¿Qué será entonces de mí, gran pecador?
No habrá mediadores; el gran juez me será contrario. Nadie sabrá en su tribunal actuar de abogado.
Allí todas las fallas se harán públicas.
¡Ea! ¡A practicar ya todos la penitencia!
Luego en el momento preciso no tendremos tiempo. Mucha gente anda engañada con demoras.
No hay quien tenga seguro un solo día de vida.
Estamos cada día pendientes de la muerte.
Hay que tener a punto lodos los asuntos
y disponer de ellos teniendo la mente clara,
para luego no tener problemas con ellos.
¡Harto quehacer nos dará entonces el alma!
Persuadámonos que estamos en una encrucijada, más expuestos a condenamos que a salvarnos.
Que nadie se fie, por favor, a la ligera,
A la ligera ningún santo entró en el cielo.
¡Ea! ¡Todo pecador atienda a esto, por favor!
Por el pecado condena Dios al mundo.
¿A qué viene entonces vivir en tanto pecado
y arruinarnos por nuestras propias culpas?
No hay pastor que no recoja sus ovejas al anochecer y no las conducta a lugar seguro en día aciago. Reflexione cada cual acerca de su alma
cómo poder salvarla en la hora final.
Gran tormento sufren los pecadores en el infierno, un tormento enorme, espantoso, sin tregua alguna. En aquel fuego vivo han de permanecer por siempre. Que el cuerdo haga penitencia para no acabar allí.
Armas contra la muerte
La muerte irrumpe cuando menos se piensa y,
por ventura, sin dar tiempo a confesarse.
El que practique de verdad estas tres rosas
se salvará, comoquiera que muera.
Primera verdad
¡Buen Señor! Confieso ser pecador
y tengo mucha culpa en haber obrado mal.
Ya que te he ofendido de forma indebida,
me pesa y me duele de haber obrado contra Ti.
Segunda verdad
¡Buen Señor! Propongo al presente
abstenerme fie pecado toda la vida.
¡Señor! Dame fuer/a y gracia, por favor,
para perseverar de por vida en este propósito,
Tercera verdad
¡Buen Señor! Propongo para la cuaresma
hacer una buena confesión
y cumplir la penitencia impuesta por el confesor.
¡Señor! Confirma Tú mi voluntad.
Si alguno no cumple de verdad estas cosas,
sepa que no puede salvarse de ningún modo,
aun cuando haya confesado sus pecados.
Persuádase de ello quien no quiera engañarse.
Ni sacerdote ni obispo, ni siquiera un Papa
tiene facultad de absolver a ese tal.
Dios mira siempre al corazón,
conoce nuestra voluntad mejor que nosotros mismos y, sin voluntad, ante Él las palabras son hueras.
Adecenta bien tu casa todos los días,
sé diligente en todos tus negocios y,
para que tu trabajo sea tu penitencia,
alaba a Dios al término de cada acción.
Tu trato sea siempre con gente honesta;
de los malvados no sacarás ningún provecho.
No hagas a los demás lo que para tí no quisieras, ni omitas con ellos lo que para tí quisieras.
Él que desee salvarse que observe este principio.
Los diez mandamientos
Adora un solo Dios; ámale sobre todas las cosas. No jures en vano su nombre sin necesidad.
Santifica con devoción las fiestas y domingos.
Honra a tu padre y a tu madre para vivir larga vida. No mates ni aborrezcas a nadie.
Nadie toque más mujer que la suya propia.
No robes ni poseas lo ajeno.
No difames al prójimo con mentira.
No desees con malicia la mujer e hija ajenas,
ni sus bienes, a no ser justamente.
Estos son los mandamientos dados por Dios;
observémoslos, para que por ellos nos salvemos.
El juicio universal
Como no piensan en el juicio universal,
viven siempre a placer en pecado.
Tomemos ya precauciones para luego no perdemos, pues entonces nadie dispondrá de tiempo.
Denota gran prudencia pensar en ello en serio.
¡Ea! ¡Ea! ¡Todo el mundo al gran juicio!
El supremo creador de cielo y tierra
viene a juzgar con rigor al mundo.
¡A ver cómo está preparado cada cual!
Emite a todas partes la orden
de que todos acudan a reunirse en Josafat,
sin que nadie en ninguna parte se escape.
El cielo y la tierra entera están consternados.
Ordena a la muerte que, sin exceptuar a nadie,
conduzca a todos los muertos a su presencia vivos. La muerte no tendrá poder alguno en adelante. Encerrará a todos en dos recintos:
en la gloria o en el infierno, sin evasión posible.
Ordena al infierno con energía y rigor
que envíe sin demora a los que allí se hallan;
que quiere verlos a lodos en cuerpo y alma
y que ti les dará su merecido.
¡Buenas gentes! Caed en la cuenta de que este juez posee absoluto poder sobre todo,
sobre muerte, infierno, cielo y tierra.
¿Por qué entonces el pecador se rebela contra Él?
Observo en nosotros esta gran ceguera:
servimos a placer a nuestro enemigo
e ignoramos a Dios nuestro Salvador,
aun reconociendo todos que es gran injusticia.
Dictará severa sentencia, contra ambos, cuerpo y alma: que sufran juntos en las llamas del infierno,
en aquel fuego eterno e incesante.
Meditemos todos qué ganancia nos va en ello.
No ha habido hasta ahora ni habrá jamás
un juicio tan solemne y tan estricto.
Los nacidos y por nacer, vivos después de muertos, todos concurrirán allí sin pretexto posible.
Son varias las condiciones de un juicio solemne: que el juez tenga autoridad sobre las partes,
que el demandante defienda su causa con verdad y a su vez el defensor alegue su defensa,
y que, una vez, probado a quién asiste la razón, el juez diere sentencia dando a cada cual lo suyo.
Aquel día el juez será el Señor del mundo,
que tiene sobre todos un poder soberano.
El acusador será Él y además la conciencia.
Aquel día todos los pecados se harán públicos.
Todo el mundo estará en contra del pecador
por haber ofendido a su creador.
El pecador permanecerá mudo y triste,
con todos los pasos cerrados por doquier.
El señor juez estará enojado en lo alto;
debajo el infierno dispuesto a devorarle;
a la izquierda el demonio acusándole;
a la derecha los pecados clamando a voces:
«Nosotros, obra tuya, estamos aquí contra ti»
La más cruel será la conciencia atacándole desde dentro.
En ninguna parte habrá sitio donde esconderse y ¿quién tendrá entornes el valor de comparecer? Todo el mundo se pondrá contra ellos;
aun los santos guardarán silencio en aquella hora y el juez tampoco prestará oídos a ruego alguno. Por favor, pensemos en aquel día antes de ir.
¿Dónde pararán entonces los señores y reyes de aquí, duques, condes, marqueses, caballeros y demás nobles y los valerosos héroes de su ejército?
De poco servirá su poderío en aquella hora.
¿Y los juristas, teólogos, poetas y doctores,
procuradores, abogados, jueces y notarios?
Allí quedará clara constancia de sus enredos
y sus sutilezas y charlatanería podrán poco.
¿Y los papas, cardenales, curas y prelados?
Allí tendrán que dar cuenta de sí y de sus ovejas.
Aquel día aun el más poderoso estará aturdido
y al grande y al pequeño se juzgará por igual.
Será inútil entonces recurrir contra Él.
No reconoce a ningún señor por encima de Él.
Aborrece el mal y ama la verdad.
¡Ea! Todo el mundo a hacer penitencia,
para no vernos aquel día en grave aprieto.
Le precederán fatídicas señales:
los elementos naturales andarán despavoridos;
el sol y la luna sumidos en sangre,
el mar subiendo y bajando alborotado
y los peces espantados saliendo del mar.
Y la tierra temblará con continuas sacudidas,
mientras los árboles destilan una savia de sangre, la atmósfera agitada por tempestades y truenos, los montes y las peñas entrechocarán en pedazos y todo el mundo quedará arrasado por el fuego.
El señor juez, antes de comparecer, ordenará
que primero el fuego purifique todo de una vez, que desaparezca del mundo toda impureza e inmundicia, y así toda la tierra arderá.
Se escuchará por doquier la voz de la trompeta: «¡Muertos todos! Surgid de vuestras tumbas y venid, resucitando al punto en cuerpo y alma»,
Y todos, sin excusa alguna, habremos de acudir allá.
Los justos se alzarán al punto por los aires
y se colocarán a la derecha del juez;
los pecadores seguirán tristes en la tierra llameante hasta tanto escuchen su sentencia.
Y cuando todos estén congregados ante Él,
emergerá del cielo con los santos, lleno de rigor; se sentará en Josafat en lo alto del aire
y recriminará duramente a los pecadores,
dejando a todos consternados con sus palabras.
Cuando quiso emprender la sagrada Pasión
y el tropel de gente armada salió a su encuentro, los derribó en tierra con sólo una palabra.
Y Cuando venga a juzgarnos con gran majestad, ¿cómo no dejará sonrojado al mundo?
Increpará dolorido a los pecadores:
«¡Qué poco os acordasteis de mi en vida!
Pese a haberos dispensado en vida tantos favores, no obtuve de vosotros la más mínima gratitud.
Cuanto tenéis de bueno, me lo debéis a mí;
el cuerpo con sus facultades y el alma.
Creé para vosotros el cielo y la tierra,
el sol, la luna y todos los frutos,
el fuego que calienta, el agua que limpia,
el aire que respiráis, los ángeles de guarda,
los santos intercesores. Finalmente di la vida
por vosotros ¿Cuál ha sido a cambio vuestro pago;
Este: al ver tantas veces en necesidad al pobre, enfermo, hambriento, sediento y desnudo,
que os pedía limosna en mi nombre,
no os preocupasteis lo más minino de Él,
y en cambio complacisteis locamente a mi enemigo, al demonio, a la carne y al mundo.
Caiga ahora sobre vosotros la maldición,
el fuego del infierno y el castigo eterno,
y sean vuestra compañía todos los demonios».
No se hará esperar mucho la ejecución.
Al punto, en el mismo instante se hendirá la tierra y el fuego devorará todo en sus entrañas.
Este será el último negocio de los pecadores.
¡Ay! ¡Qué gran pesar sentirán entonces,
pesar inmenso, terrible, irremediable,
cuando tantos y tantos se condenen para siempre! ¡Buen Señor! ¡Guárdanos, por favor, de tanta pena!
A continuación volverá la vista a los suyos:
«Vamos todos juntos, amigos míos,
a vivir siempre y eternamente en la gloria
en gran alegría, colmado todo deseo».
A partir de aquí no habrá sino dos reinos:
el de los condenados penando siempre en el infierno, el de los justos, alegres siempre con Dios,
Que Dios nos haga copartícipes suyos.
El cielo no se estremecerá nunca más,
el sol permanecerá quieto en oriente
y la luna frente por frente en occidente.
Este día durará desde entonces hasta siempre,
aunque aquí no habrá ser alguno viviente.
¡Buen Señor! Tú eres nuestro Creador.
Aunque pecadores, somos tuyos por entero.
Para que por culpa nuestra no se malogre tu obra, por favor, limpia de pecado nuestras almas.
Y si en nosotros anida una enorme culpa,
tu misericordia aún la supera con mucho.
Danos, por favor, la gracia de ser de los tuyos.
¡Que tu Señora Madre nos asista!
Oración
Salve, María, Señora llena de gracia,
Virgen Madre (te Dios por disposición suya,
digna Reina del cielo y de la tierra entera,
abogada y consuelo de los pecadores.
A tí recurro yo, gran pecador,
a pedirte con ahincó que me asistas,
indigno como soy de pronunciar tu santo nombre y de comparecer ante tí, por ser impuro.
Gran Señora, llena de misericordia,
no me deseches, por favor, ni me desprecies;
que, si me das la espalda, ¡ay, dulce Madre!,
desde ese instante mi ruina se ha consumado.
Hasta ese punto soy desprovisto de toda virtud, perdido continuamente en medio de pecados,
descarriado siempre tomo oveja ciega,
engañado siempre por el mundo y la carne.
Y pues Tú eres madre y fuente de toda gracia, excelsa tesorera de toda virtud y bien,
jamás manchada por pecado alguno,
concédeme la gracia de perseverar en la virtud.
En tí se halla el remedio seguro de los pecadores, su esperanza, su salud y su salvación.
Así como aquél a quien das la espalda está perdido, así aquél a quien tú proteges está salvo.
Dios te ha concedido un gran poder,
para que, pues eres su Madre, y Madre entrañable, tengas semejante valimiento en el cielo y en la tierra, y para que cuando tú le pidas, se te otorgue,
y los demás alcancen la gracia de tu mano
y salves a todo el que se le encomienda,
¡Oh Señora excelsa y sin igual!
Dame la gracia de estar entre los que se salvan.
Yo me encomiendo a ti en la vida y en la muerte; mi cuerpo, mi alma y cuanto poseo.
Asísteme, por favor, en mis necesidades
y gobierna tú mi vida toda.
Y alcánzame de Dios la virtud y la gracia
de hacer cumplida penitencia de mis pecados,
He llevar en adelante una vida virtuosa
y de cumplir en todo su santa voluntad.
Guarda de todo infortunio mi pobre cuerpo.
Concédeme la gracia de no morir en pecado,
para que no me pierda condenado para siempre, sino que alcance de tu mano el camino de la salvación.
Y luego, cuando la muerte me llegue,
la terrible hora de la partida del alma,
la hora en que habré de rendir severas cuentas
y recibir lo merecido por mis acciones,
sin saber dónde me hospedare la primera noche y quién me podrá socorrer, de no ser tú,
en aquella hora, dulce Madre, asísteme, te ruego, tú, fiel mediadora y auxiliadora mía.
Y acoge bajo tu protección mi pobre alma, para que en aquella hora no se encamine al inferno. Reconcíliame con el Señor, tu Hijo,
para que, perdonados los pecados, me conceda el paraíso,
y contemple yo allí tu rostro
y alabe a su Majestad junto con los santos.
Y para que de mí te acuerdes con bien, dulce Madre, te recitaré de buen grado el Ave María.
A quien recite esta oración. Señora Sama María, tenle por encomendado en la muerte y en la vida.