Linguæ Vasconum Primitiæ
La canción de mosén Bernat Etxepare
XIII.- LA CANCIÓN DE MOSÉN BERNAT ETXEPARE
Mosén Bernat, de haber sabido cómo iría la cosa, habrías podido abstenerte de acudir al Béarn.
Cuando algo tiene que suceder, no hay evasión posible. A mí, sin más culpa que la de obrar bien,
me ha prendido la injusticia por donde menos debía. Me han delatado ante el rey, con ser de verdad inocente.
El rey, mi señor, me notificó que acudiera sin tardar. Oí decir que estaba enojado, pero la culpa no era mía. Por no dar pábulo a mis enemigos en su maldad y por no huir, pues era inocente, acudí.
De no haber acudido, habría sido culpable
y, sin más, habrían creído la delación contra mí. De habérseme oído en justicia, me habría librado, pero como no fue así, empecé a arrepentirme de haber acudido.
Es gran prudencia escarmentar en el mal ajeno. Todo el que tiene enemigos aprenda de mí;
póngase a buen recaudo mientras lleva ventaja, pues siempre es preferible rechazar el mal.
Yo, infeliz., he ido en persona a manos del enemigo. Ahora, aun lo que hice bien, está mal.
De no estar a su merced, me habría asistido mi derecho, pero así, aun haciendo milagros, tendré yo la culpa.
Nadie está a salvo de un falso testimonio.
Así condenaron a muerte a Dios mismo.
Ya que somos pecadores, no nos extrañe ser acusados sin culpa. ¡A tener paciencia! y ¡que Dios nos asista!
El tomará venganza contra quien procede con maldad.
¡Dios mío! ni eres juez verdadero;
en tu tribunal son iguales el grande y el pequeño. Alguien me ha inferido una grave tropelía.
Perdónasela, te lo ruego, y que me asista la verdad.
¡Dios mío! defiéndeme del poder del enemigo
y, si veo a los míos alegrarse en mi desgracia,
que los vea un día castigados por su mano, para que no se burlen a mi costa, como pretenden.
¡Dios mío! he cometido pecados contra tí;
no me castigues ahora por ellos, te lo suplico.
No tengo conciencia de haber ofendido al rey,
para tener que padecer semejante cautiverio.
Si por haberle ofendido me quieres castigar
y armar contra mí al rey y a los demás,
quiero de buen grado alabar tu acción
y llevar con paciencia el castigo del enemigo,
a fin de que, aunque ahora sufra, mi alma se salve. Tú por tu parte decide lo que ellos se merecen.
Todos los males nos vienen por voluntad de Dios y él permite todos en razón de un bien mayor.
Si no estuviera como estoy, quizás habría muerto. Mi enemigo me ha favorecido creyendo perjudicarme.
Algunos de ellos han muerto y yo sigo aún con vida. Como creo haber obrado bien saliendo con honra, el bien no tardará en llegar, como no tardó el mal. Quien no ha sufrido el mal no sabe lo que es el bien.
Hemos de salvarnos haciendo el bien, sufriendo el mal. Yo no había probado la desgracia y la miseria.
Ahora sé que Dios no desea condenarme,
puesto que se ha acordado de hacerme sufrir aquí. El oro de calidad necesita purificarse en el fuego.
Si no me quisiera para sí, no me habría castigado. El padre acostumbra corregir a su hijo querido. El buen grano hay que limpiado antes de guardarlo. Dios sin duda ha hecho lo propio conmigo.
Mosén Bernat, piensa que, si esta cárcel es dura, el infierno es aún más duro, sin duda.
Aquí tú tienes quien te consuele, los condenados no. El castigo de aquí termina pronto, el suyo nunca.
Aquí no tienes más sufrimiento que el ansia de salir; los de allí tienen un tormento eterno en el fuego, tormento enorme, espantoso, sin tregua alguna. Si le acuerdas de aquella pena, tendrás paciencia.
Ya que fuiste consejero de otros, ahora aconséjate a tí. Cuando te acuerdes de esta pena, piensa en la de allí. Si pudieras evitar aquélla con la que ahora padeces, habrías empleado aquí tu tiempo sabiamente.
Al que estuviera en tu lugar darías buenos consejos; pues bien, aconséjate ahora a tí mismo,
no vaya a sucederte lo que al candil:
se consume a sí mismo iluminando a los demás.
Si han cometido contra tí una grave injusticia,
encomienda todo tu negocio a Dios.
El dará su merecido a todos;
gran castigo a los malhechores, gloria a los sufridos.
No te condenes a tí mismo por causa del rencor, deseando que sobrevenga el mal al malvado.
En eso infieres grave injuria a Dios,
pues le conviertes en verdugo y a tí en juez.
Si tú juzgas en algo al enemigo,
estás con ello condenándote a tí mismo,
con la particularidad de que nada podrá excusarte. Dime dónde hay alguien que sea inocente.
¡Dios mío! tengo una gran congoja en este momento; la gente está siendo ejecutada en la ciudad.
Para que yo, inocente, no muera en la cárcel,
proporcióname, por favor, el medio de salir con vida, para que el enemigo no se ría de mí por la espalda; «Ha perdido allí su vida porque era reo de culpa».
Así como la libertad es el mayor de los bienes, así la cárcel es el mayor de los males.
Por favor, que nadie se llame a engaño como yo, que nadie confíe en las palabras de nadie.
¡Dios mío! Defiende tú también mi derecho.