María Estuardo
Escena Ii
sujeta por cadenas, y no tengo otros mensajeros, ¡ ay de mí!, Libre es en los aires vuestra carrera; no estáis sometidas a la Reina de Inglaterra.
ANA.– ¡Ah, querida señora! ¡Estáis fuera de vos! Esa libertad, tan ansiada, os hace delirar.
MARÍA.– Un pescador maneja allí su barca. Su miserable lancha pudiera salvarme, y llevarme con prontitud a una ciudad amiga. Con trabajo facilita el sustento a su famélico dueño. Yo lo abrumaría con tesoros, jamás habría empleado tan bien el día; encontraría la fortuna en sus redes, si me llevase en su barquichuela salvadora.
ANA.– ¡Vanos deseos! ¿No veis que espían nuestros pasos desde lejos?
Órdenes terribles y crueles alejan de nuestro camino a toda criatura compasiva.
MARÍA.– ¡No, buena Ana! Créeme: algo significa que se hayan abierto las puertas de mi cárcel. Este favor ligero del azar me anuncia otros más graves. No me equivoco. Es a la mano bienhechora del amor a quien lo debo. Veo en esto la poderosa influencia de lord Leicester. Poco a poco se ensancharán los límites de mi prisión. Pasaré de lo menos a lo más, hasta que al fin contemple yo el rostro de quien ha de quitarme para siempre mis cadenas.
ANA.– ¡Ah! No puedo entender esta contradicción. Ayer se os anunciaba la muerte, y hoy se os da de repente este consuelo. También, según he oído decir, se sueltan las esposas a quienes espera la libertad eterna.
MARÍA.– ¿Oyes el sonido de la trompa de caza? ¿Lo oyes resonar con vigor en campos y montes? ¡Ay de mí! ¡Que no montara yo un ardiente corcel, y me agregara a los cazadores! ¿Todavía más? Esos sonidos familiares me traen a la memoria tristes recuerdos. Llegaban con frecuencia a mis oídos, y me colmaban de alegría, en los matorrales de las altas montañas, y en medio del tumulto de la fiesta.
ESCENA II
Los mismos, y PAULET.
PAULET.– ¡Vamos! ¿Hice al cabo bien, milady? ¿Merezco alguna vez vuestra gratitud?
MARÍA.– ¿Cómo, caballero? ¿Os debo este favor? ¿Sois vos?
PAULET.– ¿Por qué no he de ser yo? Estuve en la corte, entregué vuestro escrito…
MARÍA.– ¿Lo presentasteis? ¿Es cierto que lo habéis hecho? Y esta libertad de que gozo, es efecto de mi carta…
PAULET. (Con intención.)-Y no el único. Os espera otro mayor.
MARÍA.– ¿Mayor, caballero? ¿A qué aludís?
PAULET.– ¿Oís, no obstante, las trompas…?
MARÍA. (Retrocediendo inquieta.)- ¡Me asustáis!
PAULET.– La Reina caza cerca de aquí.
MARÍA.– ¿Cómo?
PAULET.– La veréis dentro de poco.
ANA. (Corriendo en auxilio de María, que vacila y parece pronta a desmayarse.)- ¿Qué tenéis, señora querida? ¡Palidecéis!
PAULET.-¿Tengo razón, o no? ¿No lo deseabais? Lo habéis logrado antes de lo que pensabais. Ya que otras veces teníais tan suelta la lengua, preparad vuestras palabras, porque es ocasión de hablar.
MARÍA.– ¡Oh! ¿Por qué no me lo avisaron? ¡Ahora no me siento dispuesta a esa entrevista; ahora no! Lo que solicité suplicante como el favor más señalado, paréceme temeroso y horrible… Ven, Ana, llévame a la casa para reanimarme y tranquilizarme.
PAULET.– ¡Quedaos aquí! Es menester que la esperéis. Mucho, mucho os angustia comparecer ante vuestro juez.
ESCENA III
Los mismos y el CONDE DE SHREWSBURY.
MARÍA.– ¡No es por eso, Dios mío! He variado de opinión… ¡Ay de mí, noble Shrewsbury! Algún ángel del cielo os trae ahora aquí… ¡No puedo verla! ¡Guardadme, de su odiosa presencia!
SHREWSBURY.– ¡Cobrad ánimo, Reina! Apelad a toda vuestra energía. He aquí el momento decisivo.
MARÍA.– He esperado largo tiempo… años enteros me he preparado; me lo he dicho todo, lo he grabado en mi memoria para persuadirla y conmoverla. Todo se ha desvanecido de improviso; todo lo he olvidado, y nada resta en mí en este instante más que el vivo recuerdo de mis dolores.
Con odio implacable se revuelve contra ella mi corazón; mis buenos