María Estuardo
Escena Viii
absorta en su devoción, no se mueve.) Todavía (Volviéndose) Os queda por sostener tremenda lucha. ¿Os sentís con fuerzas suficientes, para sobreponeros a todo movimiento de cólera y de odio?
MARÍA.– No temo ninguna recaída. He sacrificado a Dios mi amor y mi odio.
MELVIL.– Preparaos ahora a recibir a los lores Leicester y Burleigh.
¡Aquí están ya!
ESCENA VIII
Los mismos. BURLEIGH, LEICESTER y PAULET. Leicester permanece en el fondo, sin atreverse a levantar los ojos. Burleigh, que lo nota, se interpone entre él y la Reina.
BURLEIGH.– Vengo, lady Estuardo, a recibir
vuestras últimas órdenes. MARÍA. ¡Gracias, milord! BURLEIGH.– La Reina ha ordenado que no os
rehúsen ninguna petición justa.
MARÍA.– En mi testamento están consignados mis últimos deseos. Lo he puesto en poder de sir Paulet, y pido que se cumpla puntualmente.
PAULET.– ¡Así se hará!
MARÍA.– Suplico que, sin molestarlos, se permita a mis servidores retirarse a Francia, o a Escocia, a su elección.
BURLEIGH.– ¡ Se os complacerá en todo!
MARÍA.– Y puesto que mi cadáver no ha de descansar en tierra consagrada, que se consienta que este fiel servidor mío lleve mi corazón a mis deudos de Francia… ¡Ay de mí! Siempre estuvo allí.
BURLEIGH.– Descuidad. ¿Tenéis aún…?
MARÍA.– Llevad a la Reina de Inglaterra mi saludo fraternal… Decidla que la perdono mi muerte de todo corazón, y que me arrepiento de mi arrebato de ayer… Que Dios la conserve, y le conceda un reinado feliz.
BURLEIGH.– ¡Hablad! ¿No tenéis ya mejores propósitos? ¿Rechazáis todavía la asistencia del Deán?
MARÍA.– Estoy reconciliada con mi Dios… ¡Sir Paulet! Mucho mal os he hecho sin querer, y os he privado del báculo de vuestra vejez. ¡Oh!
Dejadme esperar que no os acordaréis de mí para maldecirme…
PAULET. (Dándole la mano.)- ¡Andad, con Dios! ¡ Id en paz!
ESCENA IX
Los mismos, ANA y las demás mujeres de
la REINA, entran dando señales de
horror; síguelas el Sherif con una vara
blanca en la mano; detrás de él se ven,
por las puertas, que quedan abiertas,
hombres armados.
MARÍA.– ¿Qué tienes, Ana?… ¡ Sí; llegó el momento! Aquí viene el Sherif para llevarnos a la muerte. ¡Es preciso separarnos! ¡Adiós, adiós!
(Sus mujeres la detienen, profundamente conmovidas; a Melvil.) Vos, amigo estimado y mi fiel Ana, me acompañaréis en mis últimos instantes. No me neguéis esta satisfacción, milord.
BURLEIGH.– No tengo facultades para eso.
MARÍA.– ¿Cómo? ¿Me rehusaréis un favor tan insignificante? Tened consideración a mi sexo.
¿Quién podría prestarme este postrer servicio? Imposible que haya mandado mi hermana que en mí se vea ofendido mi sexo, tocándome las groseras manos de hombres.
BURLEIGH.– No es conveniente que mujer alguna suba con vos las gradas del cadalso… Sus gritos y gemidos…
MARIA.– ¡No gemirá! Respondo de la entereza de mi Ana. ¡ Sed bondadoso, milord! No me separéis, al morir, de mi fiel nodriza, de la que siempre estuvo a mi lado. Trájome a la vida en sus brazos, y justo es que me lleve con dulzura a la muerte.
PAULET. (A Burleigh.)- ¡Concededlo!
BURLEIGH.– ¡ Sea, así!
MARÍA.– Ahora nada es ya el mundo para mí… (Toma el crucifijo y lo besa.) ¡ Salvador y Redentor mío! Como abriste tus brazos en la cruz, ábrelos ahora para recibirme. (Vuélvese para irse, y sus ojos encuentran al Conde da Leicester que, al hablar ella, la ha mirado in-voluntariamente…
Al verlo, tiembla María, vacilan sus piernas, y está a punto de caer; el Conde, la sostiene y la recibe en sus brazos. Ella lo contempla largo rato en silencio; él baja los ojos, y al fin dice ella): Cumplisteis vuestra palabra, Conde Leicester… Me prometisteis vuestro brazo, para sacarme de esta cárcel, y ahora me lo