María Estuardo

Friedrich Von Schiller · Capítulo 34 de 37

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María Estuardo

Escena Xi

(Al querer huir por otra puerta, la encuentra cerrada, y retrocede.)

¿Cómo? ¿Me encadena a este suelo alguna divinidad? ¿He de oír lo que me asusta ver? La voz del deán… la exhorta… ella le interrumpe…

¡Escuchemos! ora en alta voz… con firme acento… Reina el silencio…

silencio solemne… Sólo se percibe el sollozo y llanto de las mujeres… La descubren…, ¡ Silencio! Retiran su asiento… se arrodilla en un cojín…

pone su cabeza… (Después de pronunciar las últimas palabras con creciente angustia, se para, y se le ve de repente, presa de emoción incontrastable, caer inmóvil: al mismo tiempo llega hasta él sordo murmullo de voces, que resuena largo rato.) ESCENA XI

El segundo aposento del acto cuarto.

ISABEL.

ISABEL. (Que sale por una puerta lateral, mostrando en su paso y en sus ademanes violenta inquietud.)- Nadie hay todavía aquí… Ninguna noticia…¿Nunca llegará la noche? ¿Se ha parado el sol en su curso por el cielo? No puedo sufrir más estas torturas… ¿Se consumió ya la obra, o no?… Ambas suposiciones me espantan, y no me atrevo, a preguntarlo. Ni se presenta Leicester, ni, Burleigh, a quienes, nombré para la ejecución de la sentencia. Si se han ausentado de Londres… entonces ya se ha cumplido; la flecha ha partido; vuela, llega al blanco, hiere; y, aunque se trata de mi reino, no puede detenerla… ¿Quién está ahí?

ESCENA XII

ISABEL y UN PAJE.

ISABEL.– Vuelves solo… ¿En donde están los lores?

EL PAJE.– Lord Leicester y el gran Tesorero…

ISABEL. (Con la mayor impaciencia.)- ¿En dónde están?

EL PAJE.– No están en Londres.

ISABEL.– ¿Que no?… Pues ¿en dónde?

EL PAJE.– Nadie ha sabido decírmelo. Antes de romper el día, ambos lores, en secreto y precipitadamente, han abandonado la ciudad.

ISABEL. (Hablando con animación.)- ¡ Soy la Reina de Inglaterra!

(Paseándose muy inquieta.) ¡Vé y llama… no; quédate!… ¿Ha muerto?

Ahora, al fin, vivo tranquila… ¿Por qué tiemblo? ¿Por qué siento tan mortal angustia? La tumba encierra ya mis temores. ¿Quién podrá decir que yo lo

he hecho? ¡No me faltarán lágrimas para llorar a la que ha sucumbido! (Al Paje.) ¿Todavía estás ahí?… Que mi secretario Davison venga aquí al instante. Que se vaya a llamar al Conde de Shrewsbury… ¡vedlo allí! (Vase el Paje.)

ESCENA XIII

ISABEL, Y EL CONDE

SHREWSBURY.

ISABEL.– ¡Bien venido, noble lord! ¿Qué traéis? No será algún motivo insignificante el que os guía aquí tan tarde.

SHREWSBURY.– Mi solícito corazón, ganoso de vuestra gloria, me arrastró hoy a la Torre, en donde Kurl y Nau, los secretarios de María, están presos. Deseaba cerciorarme de la verdad de sus declaraciones. Confuso y embarazado, rehusaba el alcalde de la Torre mi pretensión de examinar a los presos, permitiéndome sólo la entrada, después de amenazarlo… Pero ¿cuál fue ¡Dios mío! el espectáculo que se ofreció a mi vista? Con los cabellos en desorden, y los ojos de un loco, como si las furias lo atormentaran, yacía en su lecho el escocés Kurl… Apenas me conoció el desdichado, se arrojó a mis pies… gritando, abrazando mis rodillas, retorciéndose desesperado como un gusano… y me ruega, y me conjura que le diga cuál ha sido la suerte de su Reina, porque el rumor de su condenación a muerte había penetrado hasta en los calabozos de la Torre. Cuando, con arreglo a la verdad, se lo confirmé, añadiendo que moría a causa de su declaración, se levantó frenético, y cayó de un salto sobre su compañero de cárcel, y lo alzó del suelo con el vigor gigantesco del delirio, empeñado en ahogarlo. Con trabajo pudimos arrancarlo de sus manos furiosas. Entonces descargó su ira contra sí mismo, se desgarró el pecho con rabia, y se maldijo, y a su compañero, con imprecaciones infernales. Su declaración es falsa; las malhadadas cartas a Babington lo son también, a pesar de sus juramentos en contrario, habiendo escrito otras palabras distintas de las que a Reina le dictaba, y por instigación del pérfido Nau. En seguida corrió a la ventana, la arrancó con fuerza sobrehumana, y gritó, reuniendo mucha gente, que, él era el secretario de María, que la había acusado falsamente, que era un réprobo y un testigo falso.

ISABEL.– Decís vos mismo que había perdido su razón. Las palabras de un insensato, de un loco, nada prueban.