María Estuardo
Escena V
MARÍA.– Sus artes no fueron otras que su energía varonil y mi debilidad.
ANA.– ¡No, os digo! Había quedado en su auxilio a todos los espíritus infernales enlazando en sus vínculos vuestra alma inocente. Vuestros oídos se habían cerrado a todos los avisos de la amistad; vuestros ojos no veían ya las manifestaciones de la decencia. Habíais renunciado a vuestra púdica reserva ante los hombres; en vuestras mejillas, en otro tiempo mansión de rubor y de la vergüenza, sólo brillaba el ardor de las pasiones. Tirasteis el velo del misterio; el libertinaje violento de ese hombre había triunfado de vuestra timidez, y con osada frente, ofrecíais en espectáculo vuestra propia afrenta. Permitíais que la espada real de Escocia fuese llevada por este hombre, por este asesino, acompañándole las maldiciones del pueblo, en triunfo delante de V.M., y que vuestros soldados cercasen en armas el Parlamento, y allí, en el templo de la justicia, y en virtud de una indigna farsa, obligasteis a los jueces a absolver al reo. Fuisteis aún más allá…
Dios…
MARÍA.– ¡Acaba, pues! Y le di mi mano ante el altar.
ANA.– ¡Oh! ¡Que un silencio eterno, oculte esa acción! Es horrible, repugnante, propia sólo de una mujer perdida… Sin embargo, V.M. no lo es… Lo sé bien, porque os he criado desde vuestra infancia. Vuestro corazón es débil e inclinado al pudor… La ligereza es sólo vuestra falta. Lo repito; hay espíritus infernales, que se insinúan en los corazones confiados, por un momento, que mueven sus cuerdas más horribles, huyen después al Averno y graban su estigma en horrenda mancha. Desde ese hecho, que ha llenado de luto vuestra vida, no habéis cometido acto alguno censurable, y yo soy testigo de vuestra enmienda. ¡Animaos, pues! ¡Reconciliaos con vuestra conciencia! Si tenéis algunos escrúpulos, en Inglaterra no habéis delinquido; ni Isabel ni el Parlamento de Inglaterra son vuestros jueces.
Estáis aquí bajo la opresión de la fuerza. Presentaos ante este tribunal incompetente con todo el valor del justo.
MARÍA.– ¿Quién viene? (Mortimer se presenta en la puerta) ANA.– ¡Es el sobrino! ¡Entrad!
ESCENA V
Los mismos, y MORTIMER, que entra con temor.
MORTIMER. (A la nodriza)- ¡Alejaos, y haced centinela en la puerta.
Tengo que hablar con la Reina.
MARIA. (Con firmeza.)- ¡Quédate, Ana!
MORTIMER.– ¡Nada temáis, señora! ¡Conocedme mejor! (Dale una carta.)
MARIA. (Que la mira, y retrocede admirada.)- ¡Ah! ¿Qué es esto?
MORTIMER. (A Ana.) ¡Idos, Ana, y cuidad de que mi tío no nos sorprenda!
MARÍA. (A Ana, que vacila, e interroga con sus ojos a la Reina) ¡Vete, Vete! Haz lo que te dicen. (Ana se aleja admirada.) ESCENA VI
MORTIMER y MARÍA.
MARÍA.– ¡De mi tío, del Cardenal de Lorena, de Francia! (Lee) «Fiaos de sir Mortimer, portador de ésta, vuestro amigo más fiel de Inglaterra.»
(Mirando a Mortimer sorprendida.) ¿Es posible? ¿No es una ilusión que, me engaña? ¿Tan cerca de mí un amigo, y me creía abandonada de todos?…
¿Y lo sois vos, sobrino de mi carcelero, mi enemigo más encarnizado?
MORTIMER. (Echándose a sus pies.)-Perdonad-me, oh Reina, que haya tomado esta odiosa máscara; me ha costado terrible lucha, pero a ello debo también el haberme proporcionado el medio de acercarme a V.M., para ayudar a salvaros.
MARÍA.– ¡Levantaos!… Me sorprendéis, caballero… No puedo pasar tan pronto de reina del dolor a la de la esperanza… Hablad… Explicadme esta dicha, para que yo la crea.
MORTIMER. (Levantándose.)- El tiempo huye. Pronto vendrá aquí mi tío, acompañado de un hombre odioso. Antes que os sobrecojan con su horrible comisión, oíd cómo el cielo se dispone a libertaros.
MARÍA.– Un milagro de su omnipotencia.
MORTIMER.– Dadme permiso para que yo comience a hablaros de mí.
MARÍA.– ¡Hablad, caballero!
MORTIMER.– Contaba yo veinte años, señora, y había recibido una educación austera, y mamado con la leche el odio al Papa, cuando una inclinación irresistible me arrastró al Continente. Dejé tras de mí las predicaciones sombrías de los puritanos; al abandonar mi patria, atravesé con celeridad a Francia, y visité ansioso la famosa Italia.
Era entonces la época de una gran fiesta de la Iglesia; los caminos, llenos por todas partes de peregrinos; todas las imágenes de los santos estaban coronadas de flores, como si la humanidad se dirigiese al cielo…
La corriente de esta muchedumbre piadosa me llevó consigo a Roma…
¿Qué sentí yo, oh Reina, cuando mis ojos contemplaron las soberbias columnas y los arcos de triunfo, la maravillosa magnificencia del Coliseo, y las sublimes creaciones de arte, en un mundo de ideales portentos? Nunca había sentido en mí la influencia de las artes. La religión, que me enseñaron, detestaba los placeres de la imaginación y todo tipo simbólico, y admite solo palabras abstractas. ¿Cuál no fue, pues, mi conmoción, cuando entré en la Iglesia, y escuché música celestial, vi imágenes numerosas en techos y paredes, representando al Ser Supremo y Todopoderoso, que parecían moverse con deleite de todo mi ser, cuando contemplé esos cuadros divinos, la Salutación del Ángel, el Nacimiento del Señor, la Santa Madre de Dios, la Santísima Trinidad, la brillante Transfiguración…
cuando vi al Papa celebrar la misa, con tanta pompa, y bendecir a los pueblos? ¡Oh! ¿Cómo compararles el resplandor del oro y de las alhajas, con que se adornan los reyes de la tierra? Sólo él es divino. Verdadero es su imperio y el cielo su palacio, porque cuanto allí se encuentra no pertenece a este mundo.
MARIA.– ¡Oh! ¡Tened compasión de mí! ¡No más! No ofrezcáis a mis miradas ese cuadro lozano de la vida… soy desdichada, y estoy presa.
MORTIMER.– ¡Yo lo estuve también, oh Reina! Pero mi cárcel se abrió, y mi espíritu se vio libre y se conoció a sí mismo, y saludó el día feliz de la vida. Juré odiar a la Biblia, entendida de un modo estrecho y sombrío, ceñir mi frente de frescas guirnaldas, y contento yo, asociarme a los que lo estuvieren. Muchos nobles escoceses y joviales franceses se juntaron conmigo, y me llevaron a visitar a vuestro noble tío, el Cardenal de Guisa.
¡Qué hombre! ¡Qué aplomo, qué capacidad, qué varonil grandeza la suya!… ¡Cómo parece nacido para dominar a los demás! ¡Modelo de real sacerdote, Príncipe de la iglesia, superior a todos!
MARÍA.– Ya que habéis visto el rostro de este hombre, amado, a quien tanto estimo, que me educó en mi tierna juventud, habladme de él. ¿Se acuerda de mí? ¿La dicha lo favorece? ¿La vida le es grata? ¿Es todavía su grandeza una roca para la Iglesia?
MORTIMER.– Su amabilidad conmigo fue tan grande, que se dignó explicarme misterios sublimes, y disipar mis dudas. Me demostró que las cavilosidades de la razón extravían siempre a la humanidad; que sus ojos han de ver lo que su corazón ha de aceptar; que una cabeza visible es un bien para la Iglesia; y que un espíritu de verdad ha presidido en las sesiones de los Santos Padres; los sueños de mi niñez se desvanecieron ante sus raciocinios victoriosos y sus exhortaciones elocuentes. Volví a ingresar, pues, en el seno de la Iglesia, y abjuré mis errores en sus manos.
MARÍA.– ¿Sois, por tanto, una de tantos millares, que, en virtud del poder celestial de sus discursos, como los del sublime Predicador de la Montaña, han sido persuadidos, y agraciados con la salud eterna?
MORTIMER.– Después, cuando los deberes de su cargo lo llamaron a Francia, me envió a Reims, en donde la Sociedad de Jesús, ocupada en sus actos piadosos, educa sacerdotes para la iglesia de Inglaterra. Allí encontré al noble escocés Margán, y a vuestro fiel Lessley, el sabio Obispo de Ross, que entierra de Francia, pasan los días tristes del destierro… Me uní íntimamente a estos eclesiásticos venerables, y afirmé mi fe… Un día, hallándome en el aposento del Obispo, llamó mi atención un retrato de mujer, de maravillosos y seductores encantos; hizo en mi alma poderosa impresión, y no pudiendo dominarla, la contemplaba extasiado. Díjome entonces el Obispo: «Con sobrado motivo contempláis conmovido esa imagen. Es la mujer más bella que existe, y la más desdichada, porque sufre por nuestra fe, y es vuestra patria el lugar de su martirio.»
MARÍA.– ¡Qué lealtad! No; no lo he perdido todo, puesto que, en mi desventura, conservo, tan verdadero amigo.
MORTIMER.– Me pintó con elocuencia irresistible vuestros sufrimientos, y la crueldad sanguinaria de vuestros enemigos. Me dijo también cuál era vuestra alcurnia, y que descendíais de la antigua familia de Tudor, y que, en su consecuencia, erais la Reina legítima de Inglaterra, no esa bastarda, engendrada en lecho adúltero, y a la que su mismo padre Enrique rechazó como ilegítima. No queriendo yo fiarme de un solo testimonio, consulté a jurisconsultos, estudié los libros genealógicos, y todos los datos que recogí confirmaron la legalidad de vuestros títulos. Sé también que vuestro derecho irrecusable a la corona de Inglaterra es vuestro mayor crimen, que este reino es propiedad vuestra, este mismo reino en donde, a pesar de vuestra inocencia, estáis prisionera.
MARÍA.– ¡Oh! ¡Fatal derecho el mío! Es la única fuente de todas mis desventuras.
MORTIMER.– Por este tiempo supe que habíais abandonado el castillo de Talbot, y os habían confiado a la custodia de mi tío… La mano maravillosa de la Providencia se mostraba para mí en este nuevo arreglo. La voz clara del destino era para mí, y llamaba mi ayuda en favor vuestro. Mis amigos fueron de la misma opinión, y el Cardenal me dio sus consejos, y me enseñó el arte difícil del disimulo. Formé el plan con rapidez, y regresé a mi patria, a donde llegué, como sabéis, hace diez días. (Se detiene.) ¡Yo os vi, oh Reina! A V.M. en persona, no a vuestro retrato… ¡Oh! ¡Qué tesoro encierra este castillo! No es cárcel, sino una mansión celestial, más esplendente que la corte de la Reina… ¡Bienaventurado aquel, a quien es permitido respirar el aire que os anima!
Razón sobrada tiene quien os oculta aquí con tanto esmero. La juventud inglesa se levantaría en masa; ninguna espada quedaría ociosa en su vaina, y la revolución, con su cabeza gigantesca, asolaría esta isla pacífica, si sus habitantes pudieran ver a su Reina.
MARÍA.– No erraríais, si todos los ingleses me mirasen con vuestros ojos.
MORTIMER.– Sí, siendo, como yo, testigos de vuestros sufrimientos, de vuestra mansedumbre y de la noble firmeza con que sobrelleváis tratamientos indignos. De todas estas pruebas dolorosas, ¿no habéis salido cual cumple a vuestra regia estirpe? El horror vergonzoso de esta prisión
¿ha atenuado el esplendor de vuestra hermosura? Carecéis de cuanto hace risueña la vida, y, sin embargo, la vida y la luz os circundan. Jamás huellan mis plantas estos umbrales, que no se desgarre mi corazón con mil tormentos, y sin sentir encanto inexplicable al contemplaros… Pero la temida separación se acerca; cada hora, que trascurre, aumenta el peligro.
No debo dilatarlo más, no es posible ocultaros más tiempo la horrorosa…
MARÍA.– ¿Se ha pronunciado el fallo contra mí? Decidlo sin miedo.
Puedo oírlo.
MORTIMER.– Se ha pronunciado. Cuarenta y dos jueces os han declarado culpable. La Cámara de los Lores, la de los Comunes, la ciudad de Londres instan con vehemencia para que se cumpla la sentencia. Sólo la Reina se opone… por astucia, para que se la obligue, no por lástima ni por humanidad.
MARÍA. (Con firmeza.)- No me sorprendéis, Sr. Mortimer, ni me asustáis. Hace largo tiempo que estoy preparada, para oírlo. Conozco quiénes son mis jueces, por los malos tratamientos que he sufrido, y me explico que no me concedan la libertad… Sé adónde quieren ir. Desean guardarme siempre en estrecha cárcel, y sepultar en las tinieblas de mi prisión mi venganza y mis derechos.
MORTIMER.– ¡No, Reina!… ¡Oh, no, no! Así no quedan tranquilos.
Los tiranos no se satisfacen haciendo a medias su obra. Mientras viváis, tendrá miedo la Reina de Inglaterra. Ninguna cárcel puede sepultaros con la profundidad apetecida. Sólo vuestra muerte asegura su trono.
MARÍA.– Pero ¿osará a aventurarse a que caiga mi real cabeza bajo el hacha del verdugo?
MORTIMER.– Lo osará. No lo dudéis.
MARÍA.– ¿Se atreverá a revolcar en el polvo su propia majestad, y la de todos los reyes?
MORTIMER.– Concierta una paz perpetua con Francia, y ofrece al Duque de Anjou su trono y su mano.
MARÍA.– El Rey de España, ¿no tomará las armas?
MORTIMER.– No teme al mundo entero armado, si está en paz con su pueblo.
MARÍA.– ¿Querrá ofrecer este espectáculo a los Ingleses?
MORTIMER.– Este país, señora, ha visto, en los últimos tiempos, pasar muchas reinas del trono al cadalso. La misma madre de Isabel sufrió este mal, y Catalina Howard y lady Gray eran cabezas coronadas.
MARÍA. (Después de una pausa.)- ¡No, Mortimer! Os ciega vano temor. La inquietud de vuestro corazón leal os inspira ese terror infundado.
No es el cadalso lo que me aterra. Hay otros medios, más silenciosos, que son eficaces para llevar la tranquilidad al ánimo de la Soberana de Inglaterra respecto a mis derechos. Antes de encontrar un verdugo para mí, podrá pagar un asesino… ¡He aquí lo que me hace temblar, caballero!
Jamás acerco la copa a mis labios sin estremecerme de horror, pensando en que puede ser la prenda del afecto que me profesa mi hermana.
MORTIMER.– No se os asesinará, ni en público, ni en secreto. ¡No lo temáis! Todo está ya preparado. Doce nobles jóvenes ingleses están de acuerdo conmigo; hoy han recibido la Sagrada Comunión, y se han obligado a sacaros de este castillo con la fuerza de sus brazos. El Conde de
Aubespine, embajador de Francia, está en el secreto, y ha puesto a nuestra disposición sus recursos y su palacio en el cual nos reunimos.
MARÍA.– Me hacéis temblar, caballero… y no de placer. Triste presentimiento me aflige. ¿Qué os proponéis? ¿Lo habéis reflexionado?
¿No os detienen las cabezas ensangrentadas de Babington y de Tichburn, expuestas para escarmiento en el puente de Londres? ¿No la muerte de tantos otros innumerables, que perecieron por motivos análogos, remachando más mis cadenas? Joven ciego y desdichado… ¡huid! ¡Huid, si es tiempo todavía… si Burleigh, el espía, no conoce ya vuestros planes; si no cuenta ya con un traidor entre vosotros! ¡Huid pronto de este reino!
Ningún afortunado ha protegido nunca a María Estuardo.
MORTIMER.– No me intimidan las cabezas ensangrentadas de Babington y de Tichburn, expuestas, para escarmiento en el puente de Londres, ni la muerte de tantos otros innumerables, que perecieron por motivos análogos; así ganaron gloria eterna, además de la dicha de morir por Vuestra Majestad.
MARÍA.– ¡Y en vano! Ni la fuerza ni la astucia podrán salvarme. El enemigo es diligente, suyo el poder. No son sólo Paulet y sus satélites quienes guardan las puertas de mi prisión, sino toda Inglaterra. La voluntad de Isabel ha de abrirlas no más.
MORTIMER.– ¡Oh! ¡No lo esperéis!
MARÍA.– Sólo hay un hombre, que puede lograrlo.
MORTIMER.– Decidme quién es ese hombre…
MARÍA.– El Conde Leicester.
MORTIMER. (Retrocediendo admirado.)- ¡Leicester! ¡El Conde Leicester!… ¡Vuestro perseguidor más encarnizado!… ¡El favorito de Isabel! De este…
MARÍA.– Si han de salvarme, él sólo puede hacerlo… vedlo. Habladle con libertad, y, como prueba de que yo os envío, entregadle ese papel, que guarda mi retrato. (Saca del pecho un papel; Mortimer retrocede, y vacila en tomarlo.) ¡Tomadlo! Lo oculto ha largo tiempo en mi seno, porque la vigilancia incansable de vuestro tío me impedía comunicarme con él… Os ha inspirado mi buen ángel…
MORTIMER.– Reina… Este enigma… explicad-me…
MARÍA.– El Conde Leicester os lo descifrará. Fiaos de él, y él se fiará de vos.