María Estuardo

Friedrich Von Schiller · Capítulo 20 de 37

Páginas del PDF

María Estuardo

Acto IV

imágenes sombrías que ocupan mi mente. ¿Quién viene? Es Okelly. Tan asustado…

OKELLY. (Entrando precipitadamente.)-¡Huid, Mortimer! ¡Huid!

¡Todo se ha perdido!

MORTIMER.– ¿Qué se ha perdido?

OKELLY.– ¡No preguntéis más! Pensad sólo en huir pronto.

MORTIMER.– ¿Qué hay, pues? OKELLY.– ¡ Salvaje, el insensato, dio el golpe! MORTIMER.– ¿Es cierto? OKELLY.– ¡Verdad, verdad! ¡Oh!

¡Salvaos! MORTIMER.– ¡Ha muerto, y María subirá al trono de Inglaterra! OKELLY.– ¡Asesinada! ¿Quién lo ha dicho?

MORTIMER.– Vos mismo. OKELLY.– ¡Vive! Vos y yo estamos consagra dos a la muerte. MORTIMER.– ¿Vive? OKELLY.– Se erró el golpe; lo recibió su man

to, y Shrewsbury desarmó al asesino. MORTIMER.– ¿Vive? OKELLY.–

Vive para perdernos a todos. ¡Ve

nid, porque están ya cercando el parque! MORTIMER. – ¿Quién ejecutó esa acción insensata?

OKELLY.– El barnabita de Tolón, a quien visteis sentado pensativo, cuando el fraile pronunció el anatema lanzado contra la Reina por el Papa.

Quiso emplear el medio más eficaz y breve para libertar con un golpe atrevido a la Iglesia de Dios, y ganar la corona del martirio. Sólo al confesor confió su secreto, y lo puso en práctica en el camino de Londres.

MORTIMER. (Después de largo silencio.)-¡ Destino cruel y furioso te persigue, oh desdichada! Ahora… sí; ahora has de morir, porque tu ángel de la guarda prepara ya tu ruina.

OKELLY.– Decid, ¿a dónde huís? Yo corro a ocultarme en los bosques del Norte.

MORTIMER.– ¡Huid, pues, y que Dios os guíe! Yo me quedo. Intentaré todavía salvarla; y si no lo logro, moriré sobre su féretro. (Vanse en distintas direcciones.)

ACTO IV

Una antesala

EL CONDE D’AUBESPINE, KENT y

LEICESTER.

AUBESPINE.– ¿Cómo está S.M.? Todavía, mi-lores, me encuentro embargado por el horror. ¿Cómo ha sucedido esto? ¿Cómo, en medio del pueblo, más fiel…?

LEICESTER.– El asesino no es inglés. Es un

francés, un súbdito de vuestro Monarca. AUBESPINE.– ¡ Sin duda un insensato! KENT.– ¡Un Papista, Conde d’Aubespine!

ESCENA II

OceanofPDF.com

Los mismos y BURLEIGH, en conversación con DAVISON

BURLEIGH.– Que se extienda al instante la orden de ejecución, y que se le ponga el sello. Cuando se haga, se llevará a la firma de la Reina.

¡Andad! No hay tiempo que perder.

DAVISON.– Se hará. (Vase.)

AUBESPINE. (Saliendo al encuentro de Burleigh.)-Milord, mi leal corazón comparte la justa alegría de esta isla. ¡Loado sea Dios, que ha apartado el puñal asesino de la cabeza de S.M.!

BURLEIGH.– Alabado sea, por haber confundido la maldad de nuestros enemigos.

AUBESPINE.– Castigue Dios al autor de tan criminal atentado.

BURLEIGH- Al autor, y a su indigno instigador.

AUBESPINE. (A Kent.)- ¿Agrada a V.E., lord mariscal, acompañarme a ver a S.M., para deponer humildemente a sus pies el testimonio de felicitación de mi señor y Rey?

BURLEIGH- No os empeñéis, Conde d’Aubespine…

AUBESPINE. (Con oficiosidad.)- Sé lord Burleigh, cuál es mi deber.

BURLEIGH.– Vuestro deber es abandonar esta isla cuanto antes.

AUBESPINE. (Retrocediendo admirado.)- ¿Cómo? ¿Qué decía?

BURLEIGH.– Vuestra misión sagrada os protege hoy; mañana no.

AUBESPINE.– ¿Y cuál es mi delito?

BURLEIGH.– Si lo declaro, no puede perdonarse.

AUBESPINE- Espero, milord, que el derecho de gentes…

BURLEIGH.– Ampara… no la alta traición.

LEICESTER Y KENT.– ¡Ah! ¿Qué es esto?

AUBESPINE.– Milord, pensad que…

BURLEIGH.– Un pasaporte, escrito por vuestra mano, se ha encontrado en el bolsillo del criminal.

KENT.– ¿Es posible?

AUBESPINE.– Firmo muchos pasaportes, pero no puedo leer en el corazón del hombre,

BURLEIGH.– El asesino confesó en vuestra casa.

AUBESPINE.– Mi casa está abierta…

BURLEIGH.– Para todos los enemigos de Inglaterra.

AUBESPINE.– ¡Pido que se haga una información!

BURLEIGH.– ¡Temedlo!