María Estuardo
Escena Vii
MARÍA. (Entrando precipitadamente.)-Sir Paulet viene con los señores de la corte.
MORTIMER.– Es lord Burleigh. ¡Animo, Reina! Oíd con valor lo que os digan. (Vase por una puerta lateral. Ana lo sigue.) ESCENA VII
MARÍA.– Lord BURLEIGH, gran tesorero de Inglaterra, y el caballero PAULET.
PAULET.– Deseabais hoy saber con certeza cuál era vuestra suerte.
S.E., lord Burleigh os lo dirá. Escuchadlo con moderación.
MARÍA.– Con la dignidad, según espero, que cumple a la inocencia.
BURLEIGH.– Vengo como delegado del Tribunal.
MARÍA.-Lord Burleigh se habrá prestado gustoso a servir de intérprete a un Tribunal, al cual ha infundido antes su espíritu.
PAULET.– Habláis como si supierais ya su sentencia.
MARÍA.– La conozco ya en el hecho de ser lord Burleigh quien la comunica… Despachad, caballero…
BURLEIGH.– Os habéis, señora, sometido al tribunal de los veinticuatro.
MARÍA.– Perdonad, milord, que, al comenzar, os interrumpa… ¿Decís que me he sometido a la decisión de los veinticuatro? Nunca me he sometido a ella. Nunca podía hacerlo… No era posible olvidarme hasta ese extremo de mi rango, de la dignidad de mi pueblo, y de mi hijo, y de la de todos los príncipes. Las leyes inglesas disponen qua ningún súbdito de estos reinos, siendo acusado se someta más que a un jurado, compuesto de sus iguales. ¿Cuál es igual a mí en este tribunal? Sólo los reyes lo son.
BURLEIGH.– Habéis oído la acusación, replicado ante el tribunal…
MARÍA.– Sí, me dejé engañar por la astucia de Halton; y sólo para defender mi honor, y, creyendo que triunfaría por la fuerza de las razones que me asisten, acordé oír la acusación, y su falta de fundamento… Obré así teniendo en cuenta la digna personalidad de los Lores, no su jurisdicción, que recuso.
BURLEIGH.– Que la aceptéis o no, señora, es una vana fórmula, que no puede detener el curso de la justicia. Vivís en Inglaterra, gozáis de la protección y de los beneficios de sus leyes, y por tanto, os halláis sujeta a su imperio.
MARÍA.– Vivo en una prisión inglesa. ¿Es esto habitar en Inglaterra, y disfrutar del amparo de sus leyes? Apenas las conozco, y jamás he consentido en guardarlas. Soy Reina libre de un reino extraño.
BURLEIGH.– ¿Y pensáis que el título de rey da libre derecho para suscitar impune, en otro reino, sangrientas luchas? ¿Qué sería de la seguridad de los Estados, si la justa espada de Themis no pudiera llegar hasta la frente culpable de un regio huésped, como llega a la de un mendigo?
MARÍA. Yo no pretendo sustraerme a la justicia. Recuso sólo mis jueces.
BURLEIGH.– ¿Los jueces? ¿Cómo, señora? ¿Han salido acaso de la hez del populacho, son viles falsarios que venden la justicia, y la verdad, y consienten en servir de dóciles instrumentos de la opresión? ¿No son los personajes más eminentes de este país? ¿No tienen bastante independencia para atreverse a rendir homenaje a la verdad, y superiores a la influencia de los príncipes y a la baja corrupción?
¿No son los mismos, que gobiernan a un pueblo noble, con legalidad y libertad, y cuyos solos nombres bastan para acallar en seguida toda duda y toda sospecha? A su frente se hallan el pastor del pueblo, el piadoso primado de Canterbury, el sabio Talbot, y Howard, el gran almirante del reino. ¡Decid! ¿Qué más podía hacer la Reina de Inglaterra que elegir los más nobles de toda la Monarquía, y nombrarlos jueces para esta real contienda? Y aunque se suponga que el odio de partido influya en alguno de ellos, ¿será posible que cuarenta hombres escogidos, obedeciendo a la misma pasión, pronuncien una sentencia unánime?
MARIA. (Después de una pausa.) -Oigo admirada la elocuencia de estos discursos, que siempre han sido tan funestos para mí… ¿Cómo yo, mujer ignorante, he de luchar con un adversario tan hábil?… ¡Bien! si esos lores son como los pintáis, debo callar, y mi causa ha de perderse sin remedio, si me declaran culpable. Y, sin embargo, esos personajes, a quienes tanto alabáis, y cuya autoridad ha de aniquilarme, han representado muy distintos papeles en su historia patria. Veo a esa elevada aristocracia inglesa, majestuoso Senado del reino, adular, como los esclavos del serrallo los caprichos del Sultán, a los de Enrique VIII, mi tío. Veo esta noble Cámara de los Lores, tan venal, como la de los Comunes, establecer leyes y anularlas luego, desatar y atar los vínculos del matrimonio al capricho del
Soberano, desheredar hoy la hija de un Príncipe de Inglaterra, declararla bastarda, y coronarla al día siguiente. Veo que estos dignos pares, en cuatro reinados, mudan cuatro veces de creencias…
BURLEIGH.-Habéis dicho que ignorabais las leyes inglesas, pero conocéis muy bien sus desdichas.
MARÍA.– ¡Y esos son mis jueces!… ¡Lord gran Tesorero! Quiero ser justa con vos; sedlo conmigo. Se dice que el deseo del bien os guía en vuestras relaciones con el Estado y con vuestra Reina; que sois incorruptible, celoso, incansable… Quiero creerlo. No os guía vuestro interés personal, sino sólo el de vuestro país y de vuestra Soberana.
Guardaos, pues, noble lord, de confundir la utilidad pública con la justicia.
No dudo que a vuestro lado y entre mis jueces, se sientan hombres nobles.
Pero son protestantes, sólo defensores de la prosperidad de Inglaterra, y van a fallar contra mí, Reina de Escocia, y papista. Ningún inglés, según un antiguo proverbio, puede ser justo con un escocés… Así, desde los tiempos más remotos, se ha dispuesto que, en justicia, ni el inglés ha de testificar, contra el escocés, ni éste contra aquel. La necesidad ha sido el fundamento de esta extraña ley. En las antiguas costumbres domina una razón profunda, y hemos de respetarla, milord… La naturaleza ha fijado estas dos naciones vehementes en esta isla, en medio de los mares; desigual es la parte que les ha tocado en suerte, y, por tanto, han de luchar entre sí. El cauce estrecho del Tweed separa sólo estos caracteres impetuosos y en sus ondas se han confundido con frecuencia la sangre de los combatientes. Miles de años hace que, con la mano en el puño de la espada, se observan amenazadores desde sus orillas. Ningún enemigo ha afligido a Inglaterra sin ser el auxiliar de los escoceses. Ninguna guerra civil a devastado el suelo de Escocia sin que Inglaterra llevase, también en ello la tea incendiaria. Y ese odio no se extinguirá hasta que un Parlamento común las una fraternalmente, y hasta que un solo cetro gobierne a toda la isla.
BURLEIGH.– ¿Y una Estuardo ha de dar esa dicha al reino?
MARÍA.– ¿Por qué he de negarlo? Al contrario, confieso que yo acariciaba la esperanza de juntar estas dos nobles naciones, libres y contentas, bajo el árbol de la paz. No imaginé nunca ser la víctima propiciatoria del odio de ambos pueblos; antes bien, esperaba apagar para siempre, el fuego de su rivalidad inveterada, y de sus antiguas contiendas; y como mi abuelo Richmond juntó las dos rosas después de guerras
sangrientas, me seducía la idea de reunir en paz las dos coronas de Escocia y de Inglaterra.
BURLEIGH.– Torcida, senda habíais seguido para llegar a ese fin, porque después de poner el reino en conflagración, intentabais subir al trono acompañada de las llamas de la guerra civil.
MARÍA.– No era ese mi propósito… ¿Cuándo lo pensé así, por Dios Todopoderoso? ¿En dónde están las pruebas?
BURLEIGH.– No he venido aquí para disputar. Este asunto no ha de resolverse por una discusión de palabras. Se ha declarado, por cuarenta votos contra dos, que habíais delinquido contra el acta del año anterior, y merecíais la pena señalada por la ley. Se decretó el año último que, si se suscitaba un tumulto en el reino, bajo del nombre y en provecho de cualquiera, que pretextase tener derecho a la corona, se procedería contra ella judicialmente, hasta condenarla a la pena de muerte… Y como se ha probado…
MARÍA.– ¡Milord Burleigh! No dudo que una ley, hecha expresamente contra mí para perderme, se aplique en daño mío… ¡Desdichada la víctima, cuando el mismo que formó la ley pronuncia la sentencia! ¿Os atreveréis a sostener, milord, que ese acta no se aprobó sino para perderme?
BURLEIGH.– Debía serviros de aviso, y, por culpa vuestra, ha sido un lazo para vuestro mal. Visteis el abismo, que se abría ante vuestros ojos, y no obstante la leal advertencia que se os hacía, os habéis precipitado dentro.
Estabais en inteligencia con Babington, reo de lesa majestad, y con los asesinos, sus cómplices. Todo lo sabíais, y, desde vuestro encierro, dirigíais el plan de la conjuración.
MARÍA.– ¿Cuándo ha sido esto? Que se me pruebe legalmente.
BURLEIGH.– Ante el tribunal se ha probado así hace poco.
MARÍA.– ¡Copias de documentos, no escritos, por mi mano! Que se demuestre que yo misma los he dictado, y que los he dictado en la misma forma en que se han leído.
BURLEIGH.– Babington, antes de morir, ha declarado que eran los mismos que él había recibido.
MARÍA.– Y ¿por qué no se ha careado conmigo, mientras vivía? ¿Por qué ese afán de matarlo, antes de traerlo aquí, para que lo afirmase en mi presencia?
BURLEIGH.– Vuestros dos secretarios también, Kurl y Nau, han testificado, bajo juramento, que son las cartas dictadas por vos y escritas por ellos.
MARÍA.– ¿Y se me condena por el testimonio de mis criados? ¿Se da fe y valor a quienes me venden, a mí que soy su reina, y a consecuencia de un acto, en que prueban su deslealtad para conmigo.
BURLEIGH.– Vos misma, en otra ocasión, habéis confesado que el escocés Kurl era hombre de virtud y de conciencia.
MARÍA.– Así pensaba yo… pero sólo se depura la virtud de una persona en la hora del peligro. La tortura ha logrado quizás hacerle decir y asegurar lo que ignoraba. Creyó salvarse con un falso testimonio, sin perjudicarme mucho a mí, su reina.
BURLEIGH.– Lo ha jurado libremente.
MARÍA.– ¡No en mi presencia!… ¿Es posible, caballero, que dos testigos, que viven, no se traigan aquí, para que declaren ante mí, que soy la acusada? ¿Por qué se me niega una gracia, más bien dicho, un derecho, que no se rehusa a un asesino? Me ha dicho el mismo Talbot, mi anterior carcelero, que en este reinado se ha promulgado una ley, por la cual se manda que el acusador se confronte con el reo. ¿Es o no cierto?… Siempre, sir Paulet, os tuve por hombre sincero; probadlo ahora. Decidme, en conciencia, si es así o no. ¿No hay tal ley en Inglaterra?
PAULET.– Así es, señora. Esto es lo legal entre nosotros. Es preciso decir la verdad.
MARÍA.– Ahora bien, milord. Cuando se me aplican con tanta severidad las leyes inglesas, si me perjudican, ¿por qué prescindir de ellas, si me favorecen?… ¡Responded! ¿Por qué no se ha traído a Babington a mi presencia, cómo ordena la ley? ¿Por qué no se ha hecho lo mismo con mis secretarios, puesto que los dos viven?
BURLEIGH.– No os encolericéis, señora; vuestra complicidad con Babington consta no sólo…
MARÍA.– Ese es el único cargo que me expone a sufrir el rigor de la justicia, y el único de que debo defenderme. No os salgáis de la cuestión, milord. Apuradla ahora.
BURLEIGH.– Aparece probado que estabais de acuerdo con Mendoza, el embajador español.
MARÍA. (Con viveza.)- ¡No os salgáis de la cuestión, milord!