María Estuardo
Escena Vii
ISABEL.– Lord Burleigh lo desempeñará también con vos. (A Burleigh.) Cuidad de que la orden se cumpla inmediatamente. (Vase Burleigh; óyese fuera tumulto)
ESCENA VII
Los mismos, y el CONDE DE KENT
ISABEL.– ¿Qué sucede, milord de Kent? ¿Qué sedición estalla en la ciudad?… ¿Qué es?
KENT.– Es el pueblo, oh Reina, qué rodea al palacio. Pide a voces veros.
ISABEL.– Y ¿qué desea mi pueblo?
Kent.– Ha circulado en Londres el rumor horrible de que vuestra vida está en peligro, y que os amenazan asesinos, enviados por el Papa; que los católicos se han conjurado para sacar por fuerza a la Estuardo de la cárcel, y, proclamarla reina. El populacho lo cree, y está furioso. Sólo la decapitación de la Estuardo, que ha de ejecutarse hoy, podrá calmarlo.
ISABEL.– ¿Qué decís? ¿Intentarán obligarme a ello?
KENT.– Están resueltos a no retirarse hasta que hayáis firmado la sentencia.
ESCENA VIII
Los mismos, y BURLEIGH y DAVISON, con un escrito.
ISABEL.– ¿Qué traéis, Davison?
DAVISON. (Acercándose con gravedad.)- Habéis ordenado, oh Reina…
ISABEL.– ¿Qué es esto? (Al tomar el escrito, tiembla y retrocede.) ¡oh, Dios mío!
BURLEIGH.– Obedeced a la voz del pueblo, que es la voz de Dios.
ISABEL. (Vacilante, y en lucha consigo misma.)-¡Oh, lores míos!
¿Quién será capaz de decirme, si la voz, que oigo, es la de todo mi pueblo, la voz del mundo? ¡Ah! ¡Cuánto temo, si obedezco a la voz de la muchedumbre, oír otra voz más espantosa, muy diversa… sí; que los mismos que ahora me obligan a la fuerza a ejecutar una acción, sean, después de consumada, los más severos en censurarla!
ESCENA IX
Los mismos, y el CONDE DE SHREWSBURY.
SHREWSBURY. (Que se presenta muy agitado.)-¡Intentad precipitaros, oh Reina! ¡Resistid, resistid con firmeza! (Al ver a Davison con el escrito.)
¿Pero se ha hecho ya? ¿Es cierto? Observo un malhadado papel en esas manos. No conviene presentarlo ahora a la vista de nuestra Soberana.
ISABEL.– ¡Me hacen violencia, oh noble Shrewsbury SHREWSBURY.– ¿Cómo ha de ser eso posible? Sois nuestra Reina, y esta es ocasión de demostrar vuestro poder. Imponed silencio a esas voces bárbaras, que osan forzar vuestra regia voluntad, y sobreponerse a vuestro juicio. El miedo, la ciega insensatez mueven al pueblo, y Vuestra Majestad misma esta fuera de sí, vivamente irritada, porque sois mortal al cabo, y no podéis juzgar ahora con libertad.
BURLEIGH.– La sentencia se ha pronunciado largo tiempo hace. No se trata ya de decretar ninguna sentencia, sino de ejecutarla.
KENT. (Que se ha alejado al entrar Shrewsbury, y que vuelve.)- El motín crece, y no se podrá contener.
ISABEL. (A Shrewsbury.)-¿Veis cómo me obligan?
SHREWSBURY.– Sólo pido un plazo. Esa plumada decide de vuestra paz y de vuestra vida. Después de reflexionarlo tantos años, ¿ha de arrastraros un momento de ceguedad? ¡ Sólo un corto plazo! Reanimaos, y aguardad otra hora más tranquila.
BURLEIGH. (Conmovido.)-Esperad, dilatadlo, diferidlo, hasta que arda todo el reino, basta que vuestra enemiga prospere y realice su proyectado asesinato. Por tres veces os ha salvado la mano del Altísimo. Hoy mismo ha estado cerca de vos; pero esperar otro milagro más, es tentar al Hacedor.
SHREWSBURY.– El Dios, que os ha salvado cuatro veces maravillosamente, el que hoy infundió vigor bastante en el brazo de un débil anciano para vencer a un furioso… ¡merece confianza! No quiero invocar en voz alta los fueros de la justicia, porque no es ésta la ocasión, y las circunstancias extraordinarias, que os rodean, no os permiten escucharla.
Pero oíd sólo esto. Tembláis ahora ante esa María con vida. No hay que temerla viva. La temible será la muerta, la decapitada. Se alzará de su sepulcro, nueva Diosa de la discordia, y como espíritu de venganza recorrerá vuestros dominios, y apartará de su Reina el corazón del pueblo.
El inglés odia ahora a esa mujer, a quien teme, y la vengará cuando ya no exista. No será ya para él la enemiga de su religión, sino sólo la hija de sus soberanos, la víctima del odio y de los celos, y entonces la llorará, en vez de
condenarla. Pronto observaréis el cambio. Recorred a Londres, después que se ejecute ese sangriento suplicio; mostraos al pueblo, que antes se deshacía en vítores al veros, y contemplaréis otra Inglaterra, otro pueblo distinto, que no os mirará ya rodeada de esa suprema justicia que gana todos los corazones. El miedo, el horrible compañero de la tiranía, os precederá, y dejará desiertas las calles. Habréis llegado a lo último, al extremo más inaudito. ¿Qué cabeza se creerá segura, si cae esa sagrada?
ISABEL.– ¡Ay de mí, Shrewsbury! Hoy me habéis salvado la vida, librándome del puñal del asesino… ¿Por qué lo hicisteis? Así habría terminado mi carrera; y no culpable, y al abrigo de toda duda, descansaría tranquila en mi tumba. ¡Harta estoy ya, en verdad, de la vida y del reino! Si una de las dos Reinas ha de perecer, para que la otra exista… y confieso que no es posible otra cosa… ¿por qué no he de ser yo la que ceda el puesto? Mi pueblo puede elegir, porque yo le devuelvo sus poderes. Dios es testigo de que no he vivido para mí, sino sólo para hacer la dicha de mis súbditos. Si aguarda días más felices de esa seductora Estuardo, de esa Reina joven, bajo contenta del trono, y regreso a mi antiguo retiro de Woodstock, en donde pasé mi juventud sin pretensiones, y en donde, lejos del bullicio de las grandezas mundales, encontraba en mí misma cuanto deseaba… No sirvo para Reina. El Monarca ha de tener un corazón duro, y el mío no lo es.
Largo tiempo he gobernado esta Isla con fortuna, porque sólo dispensaba el bien. Por primera vez he de cumplir un deber rigoroso y conozco mi impotencia…
BURLEIGH.– Cuando yo, ¡por vida de Dios! me veo obligado a oír de los labios de mi Reina palabras tan impropias de su supremo rango, haría traición a mi conciencia, y también a mi patria, si callara… Decís que amáis a vuestro pueblo más que a vos misma. ¡Probadlo, pues! No busquéis vuestra tranquilidad personal, abandonando el reino a terribles borrascas…
¡Pensad en la Iglesia! ¿Volverán con esa Estuardo las añejas supersticiones?
¿Reinarán de nuevo los frailes, y vendrá el legado de Roma para cerrar nuestros templos y destronar nuestros Reyes?… Os hago responsable de la paz de todos vuestros súbditos… Según sea vuestra conducta, se salvarán o se perderán. No es ésta ocasión de hacer alarde de compasión mujeril, porque el bienestar de vuestro pueblo es vuestro más sagrado deber. Si Shrewsbury os ha librado de la muerte, yo quiero libertar a Inglaterra…
¡Esto vale más!