María Estuardo

Friedrich Von Schiller · Capítulo 26 de 37

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María Estuardo

Escena X

ISABEL.– Dejadme entregada a mí misma. Los hombres no aconsejan ni consuelan en estos momentos críticos. Los someto al Juez Supremo. Haré lo que me inspire. ¡Alejaos, milores! (A Davison.) Vos, caballero, quedas a mi alcance. (Vanse los lores: solo Shrewsbury permanece algunos instantes ante la Reina, mirándola con intención, y después se retira lentamente, presa del más acerbo dolor.)

ESCENA X

ISABEL, sola.

ISABEL.– ¡Oh esclavitud popular! ¡Vergonzosa servidumbre!… ¡Cuán harta estoy de adular a ese ídolo, que desprecio en mi interior! ¿Cuándo me veré libre en este trono? He de respetar la opinión, conquistar las alabanzas de la multitud, y ser justa con ese populacho, a quien sólo agradan los juglares. ¡Oh! No es Rey el que ha de complacer a todos. Sólo lo es quien no necesita que los hombres aprueben su conducta.¿Por qué he practicado la justicia, y odiado la arbitrariedad, durante mi vida? ¿Por qué me he atado las manos, para cometer esta mi primera e inevitable violencia? El ejemplo que di me condena. Si yo fuera tiránica, como la española María, mi antecesora en el solio, podría ahora sin censuras derramar sangre de reyes.

Pero ¿he sido justa por mi propia y libre elección? La todopoderosa necesidad, que obliga también a la voluntad de los Soberanos, me ha impuesto esa virtud.

Cercada de enemigos, sólo el favor popular me ha sostenido sobre el trono disputado. Todas las potencias del continente se esforzaban en derribarme. El Papa, irreconciliable, me excomulga; Francia, fingiendo amor fraternal, me hace traición; y España prepara contra mí guerra abierta marítima, de rabia y de exterminio. Así yo, débil mujer, lucho contra el mundo. Eminentes virtudes han de suplir mi falta de derechos, y borrar la mancha de mi nacimiento, anatematizado por mí mismo padre. Pero todo en vano… El odio de mis adversarios lo descubre, y frente a mí se presenta siempre ese espectro de la Estuardo, sin Cesar amenazándome. ¡No! Ese temor ha de cesar al fin. Su cabeza ha de caer. Quiero vivir en paz… Ella es el tormento de mi vida; un espíritu vengador, suscitado contra mí por el destino. En donde espero una alegría, en donde fundo una esperanza, encuentro a mi paso esa serpiente del infierno. Róbame mi amante, me arrebata mi prometido. María Estuardo es el nombre de todas las desdichas