María Estuardo

Friedrich Von Schiller · Capítulo 3 de 37

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María Estuardo

Escena Iii

MARÍA.– Nada me extrañará, caballero. De todo es capaz cl tribunal de Westminster, dócil a las sugestiones, llenos de odio, de Burleigh, y al celo de Halton. Tampoco ignoro hasta dónde puede llegar la Reina de Inglaterra.

PAULET.– Los Monarcas de Inglaterra sólo atienden a su conciencia y a su Parlamento. Lo que acuerde la justicia, lo ejecutará el poder, sin miedo alguno, a la faz del mundo.

ESCENA III

Los mismos; MORTIMER sobrino de PAULET se presenta, y, sin reparar en la Reina, habla con su tío.

MORTIMER.– Os buscan, tío. (Aléjase; la Reina lo observa descontenta, y se vuelve hacia Paulet, que hace ademán de seguirlo.) MARÍA.– ¡Oíd, caballero, otra súplica! Si tenéis algo que decirme…

Mucha es mi paciencia con vos, por respeto a vuestra edad; pero me es intolerable la insolencia de ese joven: libradme, pues, de su grosería.

PAULET.– Lo que en él os repugna, lo realza a mis ojos. No es, de seguro, de esos débiles insensatos, a quienes enternecen las lágrimas falaces de las mujeres… Ha viajado, viene de París y Reims, y regresa con su mismo corazón de rancio inglés. ¡Con él son vanas vuestras artes! (Vase) ESCENA IV

MARÍA y ANA.

ANA.– ¿Que así se atreva ese descomedido a hablarnos cara a cara?

¡Oh, es cosa terrible!

MARÍA. (Absorbida en sus reflexiones)- En nuestros días afortunados, prestamos atento oído a los aduladores. Justo es que hoy, buena Ana, oigamos la voz austera de la verdad.

ANA.– ¿Cómo? ¿Tan humilde, tan resignada, querida señora? Antes os mostrabais alegre y solías consolarme, y yo os reconvenía, más bien por vuestra frivolidad, que por vuestra tristeza.

MARÍA.– La conozco… Es el espectro ensangrentado de Darnley, que se levanta colérico de la tumba, y que no sosegará hasta colmar la medida de

mis desdichas.

ANA.– ¡Qué idea!

MARÍA.– Lo has olvidado, Ana… pero yo tengo buena memoria…

Hoy es el día aniversario de esa calamidad, y por eso lo consagro al ayuno y

a la penitencia.

ANA.– Dejad en paz ese alma en pena. Lo habéis expiado largos años con vuestro arrepentimiento, con desdichas y graves dolores. La iglesia, que puede absolver los pecados, y el cielo, juntamente, os perdonaron ya.

MARÍA.– Destilando sangre reciente, surge de su tumba mal resguardada esa falta, perdonada ha largo tiempo. Ni la campana de la misa, ni la absolución venerada del sacerdote pueden devolver a su sepulcro el espectro del esposo asesinado.

ANA.– ¡V.M. no lo asesinó! Otros lo mataron.

MARÍA.– Pero yo lo supe, lo consentí y lo atraje con halagos a las asechanzas de la muerte.

ANA.– La juventud excusa vuestra falta; ¡vuestra edad era entonces tan tierna!

MARÍA.– ¡Tan tierna!… y, sin embargo, eché ese peso sobre una vida que comenzaba en sus albores.

ANA.– Injurias mortales os excitaron a cometer esa acción, y la insolencia de vuestro esposo, a quien vuestro amor arrancó de la oscuridad como por milagro, y lo elevasteis al trono, después de atravesar vuestro aposento nupcial, haciéndolo dueño de vuestra persona, llena de encantos, y de vuestra corona patrimonial. ¿Debía olvidar jamás que su destino brillante era la obra de vuestro generoso amor? Ultrajó a V.M. con sospechas ofensivas, injurió con su grosería vuestra ternura, y se hizo antipático a su esposa. Desvanecióse el hechizo que os sedujera, y colérica, evitasteis los abrazos de ese infame, y lo despreciasteis… Y él… ¿intentó siquiera recobrar vuestro cariño? ¿Os pidió perdón? ¿Se arrojó a vuestros pies prometiendo enmienda? Os desafió cruel… Hechura vuestra, quiso ser vuestro Rey, e hizo matar en vuestra presencia a vuestro favorito, el bello cantor Rizzo… Vengasteis con sangre otro crimen sangriento.

MARÍA.– Y será vengado por una sentencia de muerte. Por consolarme, me condenas.

ANA.-Cuando se cometió ese delito no erais ya la misma, no os pertenecíais. Una pasión loca y ciega, os arrastraba, encadenándoos a ese horrible seductor, a ese desdichado Bothwell, Este hombre atroz os dominaba por el terror de su imperiosa voluntad, y os había extraviado, inspirándoos el delirio por el empleo de hechizos y artes diabólicas.