María Estuardo

Friedrich Von Schiller · Capítulo 31 de 37

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María Estuardo

Escena Vii

ANA.– ¡Oh, Melvil! ¡No puedo sufrir esto!

MARÍA.– ¡Venid todos! ¡Venid, y oíd mi último adiós! (Preséntales su mano, y la besan uno tras otro, cayendo a sus pies y llorando amargamente.) ¡Adiós, Margarita!… ¡Alix, adiós!… gracias, Burgoyn, por vuestros fieles servicios… Tus labios abrasan, Gertrudis… Mucho, me odian, pero mucho también me aman. Que un hombre generoso haga feliz a mi Gertrudis, porque su ardiente corazón se inclina al amor… ¡Berta! Tú has elegido la parte mejor, porque serás casta esposa del cielo. ¡Oh!

¡Apresúrate a pronunciar tus votos! Engañosos son los bienes de la tierra.

¡Apréndelo de tu Reina! ¡Nada más! ¡Adiós, adiós para siempre! (Vuélvese con rapidez y todos se alejan, menos Melvil) ESCENA VII

MARÍA Y MELVIL.

MARÍA.– He arreglado todo lo mundano, y espero abandonar este mundo sin deber nada a los hombres… Sólo una cosa, Melvil, molesta a mi alma angustiada, antes de elevarse libre y contenta.

MELVIL.– ¡Decídmela! Aliviad vuestro pecho, y confiad vuestras penas a vuestro fiel amigo.

MARÍA.– Estoy ya al borde de la eternidad. Pronto compareceré ante el Juez Supremo, y aun no me he reconciliado con lo más santo. Me han negado el auxilio de un sacerdote de mi religión. No quiero recibir de manos de un falso ministro el alimento sagrado del Santo Sacramento.

Quiero morir fiel a mi creencia, porque es la única que da la bienaventuranza.

MELVIL.– ¡Tranquilizaos! Valen en el cielo los deseos sinceros y piadosos tanto como su cumplimiento. El poder de los tiranos sólo alcanza al cuerpo, y el fervor del alma se eleva libre hasta Dios. La letra muere, y sólo vive la fe.

MARÍA.– ¡Ay, Melvil! El corazón no se basta a sí mismo, y la fe necesita de alguna prenda terrestre, para apropiarse los favores del cielo.

Por esto se hizo Dios hombre, y encerró en su envoltura corporal los misteriosos e invisibles dones del cielo… La santa, la sublime Iglesia nos ofrece la escala que lleva al trono de Dios. Llámase universal o católica, porque la fe de todos confirma la de cada uno. Cuando miles de personas oran y adoran, su ardor es una llama, y el espíritu, desplegando sus alas, se

levanta a las alturas del Empíreo… ¡Ay de mí! Dichosos aquellos a quienes ha tocado en suerte orar juntos en el templo del Señor. El altar está adornado, arden los cirios, suena la campana, difúndese el incienso; el Obispo, revestido de su ropa a sin tacha, toma el cáliz, lo bendice, proclama el santo misterio de la Transustanciación, y el pueblo creyente, que lo presencia, se prosterna ante el Dios vivo… ¡Ah! Yo sola me veo excluida de esa santa ceremonia, y la bendición divina no llega hasta mi cárcel.

MELVIL.– ¡Penetra hasta vos! ¡Está cerca! Confiad en el Todopoderoso… La vara seca brota hojas en la mano del creyente. El que hizo saltar la fuente del peñasco, puede preparar el altar en vuestra prisión, y mudar al punto para vos en celestial bebida el contenido terrestre de esta copa. (Toma la copa, que está sobre la mesa.) MARÍA.– ¿Os comprendo, Melvil? Sí; os comprendo. Aquí no hay sacerdote, ni iglesia, ni santo… Pero el Redentor dijo: «En donde dos personas se reúnan en mi nombre yo estaré con ellas.» ¿Qué hace del sacerdote el ministro del Señor? Un corazón puro, una conducta irreprochable… Sois, por tanto, para mí, aunque no consagrado, un sacerdote, un ministro del Señor, que me trae la tranquilidad… Voy a haceros mi última confesión, para que me absolváis.

MELVIL.– Ya que es tan ferviente vuestro deseo, sabed, oh Reina, que, por consolaros, puede hacer Dios un milagro. ¿Decís que no hay aquí sacerdote, ni iglesia, ni hostia?… Os engañáis. Hay aquí un sacerdote, y también el cuerpo de Dios. (Descúbrese la cabeza, al pronunciar estas palabras, y al mismo, tiempo enseña una hostia en un vaso de oro.) Yo soy un sacerdote; para oír vuestra última confesión, para tranquilizar vuestro ánimo en el camino de la muerte, he recibido las sagradas órdenes, y traigo esta hostia consagrada, para vos, por nuestro Padre Santo.

MARÍA.– ¡Oh! Entonces, en los mismos umbrales de la muerte, me aguarda goce celestial. Como en doradas nubes desciende un inmortal; como un tiempo libró un ángel al apóstol de las cadenas de su calabozo, sin detenerlo los cerrojos, ni la espada del carcelero, discurriendo libremente por las puertas cerradas, y apareciendo en la prisión, rodeado de aureola esplendorosa, así me sorprende ahora él enviado de Dios, cuando me abandonan los libertadores de la tierra… ¡Y vos, un día mi servidor, lo sois ahora del Altísimo, y también su santo ministro! Como vuestras rodillas se

doblaban antes en nuestra presencia, así ahora las mías se prosternan ante vos. (Arrodillase.)

MELVIL. (Haciendo sobre ella la señal de la cruz.)-¡En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo! Reina María, has examinado tu corazón; juras y prometes confesar la verdad, ante el Dios de la verdad?

MARÍA.– Abierto está mi corazón ante Dios y ante vos.

MELVIL.– Decid, ¿de qué pecados os acusa la conciencia desde la última vez que os reconciliasteis con Dios?

MARÍA.– Llena estaba mi alma de odio envidioso, y en mi pecho bullían pensamientos de venganza. Yo, pecadora, esperaba que, Dios me perdonase, y no podía perdonar a mi rival.

MELVIL.– ¿Os arrepentís de vuestro pecado, y os halláis firmemente decidida a dejar absuelta este mundo?

MARÍA.– Tan verdad es, como espero que Dios me perdone.

MELVIL.– ¿De qué otro pecado os acusáis?

MARÍA.– ¡Ay de mí! No sólo por el odio, por el amor mundano he ofendido aún más al Misericordioso. Mi vano corazón se inclinaba al hombre que me ha vendido y engañado.

MELVIL.– ¿Os arrepentís de vuestra falta, y, dejando ese ídolo terrestre, vuestra alma se ha dirigido sólo a Dios?

MARÍA.– He sostenido terrible lucha, pero el lazo terrestre ha quedado roto.

MELVIL.– ¿Os acusa de algo más vuestra conciencia?

MARÍA.– ¡Ay de mí! Un antiguo crimen, confesado ha largo tiempo, acude a mi memoria con horrores siempre nuevos en mi última hora, y se revuelve sombrío ante mis ojos en las mismas puertas de la gloria. Dejé matar al Rey, mi esposo, y di a su asesino mi mano y mi corazón. Lo he expiado rigurosamente, practicando las penitencias de la Iglesia, pero no se acalla el gusano roedor de mi remordimiento.

MELVIL.– ¿No os acusáis de ningún otro pecado, no confesado, ni expiado?

MARÍA.– Ya sabéis cuanto abruma a mi conciencia.

MELVIL.– ¡Pensad en el Dios Omnipotente, tan cerca de vos! ¡Pensad en el castigo, impuesto por la Santa Iglesia a los que hacen una confesión defectuosa! Es un pecado mortal, dirigido contra el Espíritu Santo.

MARÍA.– Así Dios me conceda su eterna gracia en mi último combate, como nada os he ocultado a sabiendas.

MELVIL.– ¿Cómo? ¿Ocultáis a vuestro Dios el crimen que los hombres castigan en vos? ¿Nada me decís de vuestra participación sangrienta en el delito de alta traición do Babington y Parry? Por este hecho sufriréis la muerte terrestre. ¿Queréis sufrir también la eterna?

MARÍA.– Estoy pronta a entrar en la vida perdurable. Aun antes que dé la vuelta el minutero, estaré ante el trono de mi Juez. Os repito, por tanto, que mi confesión ha terminado.

MELVIL.– Pensadlo bien. A veces nos engañamos. Habéis, acaso, con astuta doblez, esquivado pronunciar la palabra que os haga culpable, aunque vuestra voluntad lo fuese. Pero tened entendido que la astucia nada puede contra la mirada de fuego que penetra en vuestro interior.

MARÍA.– He rogado a todos los Príncipes que desaten los lazos indignos que me sujetaban; pero ni con mi pensamiento, ni con mis obras, he atentado nunca contra la vida de mi enemiga.

MELVIL.– Así, ¿es falso el testimonio de vuestros secretarios?

MARÍA.– Es lo dicho. ¡Que Dios juzgue a esos testigos!

MELVIL.– ¿Subís, pues, al cadalso, convencida de vuestra inocencia?

MARÍA.– Que Dios se digne, sufriendo yo esta muerte inmerecida, perdonarme mis faltas sangrientas anteriores…

MELVIL. (Bendiciéndola.)-¡Morid, y expiadlas! ¡Caed, víctima resignada, ante el altar! La sangre puede rescatar la sangre; habéis incurrido en fragilidades mujeriles, y a los espíritus bienaventurados, en la gloria, no acompañan las flaquezas de los mortales. Pero os anuncio, en virtud del poder que me ha sido concedido de atar y desatar, la remisión de todos vuestros pecados. ¡Que sea lo que, habéis, creído! (Preséntale la hostia.) Tomad el Cuerpo del Señor, Consagrado para vos. (Coge el cáliz, que está en la mesa, lo consagra en silencio, y se lo ofrece. Ella vacila en tomarlo, y lo rechaza con la mano.) ¡Tomad la sangre que se ha derramado por vos; tomadla! El Papa os ha concedido este favor. En la muerte podéis disfrutar del privilegio más singular de los Reyes. (Ella toma el cáliz.) Y como vos ahora, en misterioso vínculo, estáis unida a Dios corporalmente, así también lo estaréis en la gloria, en donde no hay lágrimas ni pecados, y allí, ángel de esplendente belleza, os uniréis a la Divinidad para siempre. (Deja el cáliz.

Óyese ruido, y él se cubre la cabeza, y se acerca a la puerta. María,