Mil besos tuyos

Tillie Cole · Capítulo 9 de 23

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Mil besos tuyos

Capítulo 8

Respiraciones entrecortadas

y almas hechizadas

RUNE

«ME ESTOY MURIENDO… Me estoy muriendo… Me estoy…

muriendo… Tengo linfoma de Hodgkin. Está avanzado y es terminal… Me quedan unos meses de vida, Rune. No se puede hacer nada».

Corrí a través de la oscuridad del parque mientras las palabras de Poppy daban vueltas y vueltas en mi mente. «ME ESTOY MURIENDO… Me estoy muriendo… Me estoy… muriendo… Me quedan unos meses de vida, Rune. No se puede hacer nada…».

Me atravesaba el corazón un dolor que no pensaba que fuera posible.

Me partió, apuñaló y punzó hasta que mis pies resbalaron, me detuve y caí de rodillas. Traté de respirar, pero el dolor apenas comenzaba y siguió desgarrando mis pulmones hasta que no quedó nada. Viajó por mi cuerpo a la velocidad de la luz, llevándose todo hasta que sólo quedó el dolor.

Me equivoqué. Me equivoqué por completo.

Pensaba que el dolor que sentí cuando Poppy me sacó de su vida era el más terrible que tendría que soportar. Me cambió; me cambió en lo esencial.

Me quebró, simplemente me paralizó de dolor…, pero esto…, esto…

Mientras caía hacia adelante, inmovilizado por el dolor que sentía en el estómago, rugí en la oscuridad del parque vacío. Arañé con las manos la

tierra dura bajo mis palmas, las ramas me cortaban los dedos, me rompían las uñas.

Sin embargo, lo recibí con gusto. Podía soportar ese dolor, pero el dolor interior…

La cara de Poppy apareció en mi mente. Su maldita cara perfecta cuando entró a la sala, su sonrisa al encontrar a Ruby y Deacon, y la sonrisa que se borró de sus labios cuando sus ojos se encontraron con los míos. Vi la devastación que atravesó su rostro cuando vio a Avery sentada a mi lado, con mi brazo alrededor de sus hombros.

Lo que no vio era que yo la observé desde la ventana de la cocina mientras conversaba con Jorie afuera. No me vio llegar aunque en principio no planeaba ir. Cuando Judson me mandó un mensaje diciéndome que Poppy estaba ahí, nada pudo detenerme.

Ella me ignoraba desde la semana anterior, cuando la vi en el pasillo, nunca me dirigió la palabra.

Y eso me mataba.

Pensaba que cuando volviera a Blossom Grove obtendría respuestas, que descubriría por qué se alejó.

Me atraganté con un sollozo que tenía atorado. Nunca jamás, ni en mis sueños más locos, pensé algo así. Porque era Poppy. Poppymin. Mi Poppy.

No podía morir.

No podía dejarme atrás.

No podía dejarnos atrás a ninguno de nosotros.

Nada tenía sentido si ella no estaba conmigo. Tenía mucha vida por delante. Se suponía que estaría conmigo para toda la eternidad.

Poppy y Rune hasta el infinito.

Por siempre jamás.

«¿Meses? Yo no podía…, ella no podía…».

Empecé a temblar cuando otro bramido me desgarró la garganta, sentía un dolor como si me hubieran colgado, arrastrado y descuartizado.

Las lágrimas me caían por la cara y hasta la tierra seca bajo mis manos.

Estaba atascado en aquel lugar, mis piernas se negaban a moverse.

No sabía qué hacer. ¿Qué diablos tenía que hacer? ¿Cómo se puede superar la incapacidad de ayudar?

Levanté la cabeza hacia el cielo lleno de estrellas y cerré los ojos.

—Poppy —murmuré, mientras la sal de las lágrimas se metía a la fuerza por mi boca—. Poppymin —volví a susurrar, y mi cariño se desvaneció en

la brisa hasta desaparecer.

En mi mente veía los ojos verdes de Poppy, tan reales como si estuviera sentada enfrente de mí…. «Me quedan unos meses de vida, Rune. No se puede hacer nada…».

Esta vez, el llanto no se me atoró en la garganta. Se liberó y se multiplicó. Me estremecí con la fuerza del llanto cuando pensé por lo que debió de pasar. Sin mí. Sin tenerme a su lado, tomando su mano. Sin que besara su cabeza. Sin que la abrazara cuando se sentía triste, cuando el tratamiento la debilitaba. Pensé en ella enfrentando todo ese dolor con sólo la mitad del corazón. La mitad de su alma luchaba por salir adelante sin su otra parte.

La mía.

No estaba seguro de cuánto tiempo llevaba sentado en el parque. Sentí que pasó una eternidad hasta que por fin pude pararme y, mientras caminaba, me sentía como un impostor en mi propio cuerpo. Como si estuviera atrapado en una pesadilla y cuando despertara fuera a tener quince años otra vez. Nada de esto estaría ocurriendo. Me despertaría en el bosquecillo, debajo de nuestro árbol favorito, con Poppymin entre mis brazos. Se reiría de mí cuando despertara, y jalaría mi brazo con más fuerza alrededor de su cintura. Levantaría la cabeza y yo inclinaría la mía para besarla.

Y nos besaríamos.

Nos besaríamos y nos besaríamos. Cuando me alejara, con la luz del sol sobre su cara, sonreiría, y con los ojos todavía cerrados murmuraría: «Beso 253. En el bosquecillo, bajo nuestro árbol favorito. Con mi Rune… Y casi me estalla el corazón». Tomaría la cámara y esperaría, con el ojo preparado en el lente, el momento en que abriera los ojos. Ese momento. Capturaría ese momento mágico en el que vería en sus ojos cuánto me amaba. Y yo le diría que también la amaba y acariciaría su mejilla con suavidad. Más tarde, colgaría esa foto en mi pared para verla todos los días…

El ulular de un búho me sacó de mi ensoñación. Cuando regresé de la fantasía, me atropelló como un camión el hecho de que era justo eso: una fantasía. Entonces el dolor resurgió y me apuñaló con la verdad. No podía creer que se estuviera muriendo.

La visión se me nubló con nuevas lágrimas y me tomó un momento darme cuenta de que estaba bajo el árbol que vi en mis sueños, bajo el que siempre nos sentábamos. Sin embargo, cuando lo observé en la oscuridad,

con el viento fresco gimiendo entre sus ramas, el estómago se me revolvió.

Las ramas desnudas de hojas, con sus brazos largos, delgados y retorcidos, todas reflejaron ese momento.

El momento en que supe que mi chica estaba muriéndose.

Me obligué a caminar y, de alguna manera, mis pies me condujeron a casa; sin embargo, mientras avanzaba, mi cabeza era un alboroto de incertidumbre: dispersa, incapaz de determinar cualquier cosa. No sabía qué hacer, a dónde ir. Las lágrimas caían sin cesar de mis ojos; en mi interior, el dolor estaba instalándose en un nuevo hogar y no dejó libre ninguna parte de mí.

«Lo hice para salvarte…».

Nada podía salvarme de aquello. Pensar en Poppy tan enferma, luchando para mantener encendida una luz que era tan brillante en ella, me destrozó.

Al llegar a casa, miré fijamente hacia la ventana que durante doce años me había cautivado. Sabía que ella estaba al otro lado. La casa estaba sumida en la oscuridad, pero cuando iba a seguir caminando, me detuve lentamente.

No podía…, no podía enfrentarla…, no podía…

Giré sobre mis talones, corrí por los escalones de mi casa y crucé la puerta. Me destrozaban lágrimas de ira y tristeza; ambos sentimientos competían por el dominio. Me estaba desgarrando por dentro.

Pasé por la sala.

—¡Rune! —me llamó mi mamá. Noté de inmediato el incendio en su voz.

Mis pies se detuvieron. Cuando volteé a ver a mi mamá, que se levantó del sofá, vi que unas lágrimas surcaban sus mejillas.

Me golpeó como un martillo.

Ella sabía.

Mi mamá dio un paso adelante con la mano extendida hacia mí. La miré, pero no podía tomarla, no podía…

Corrí a mi cuarto. Azoté la puerta y me quedé ahí parado. Me quedé viendo a mi alrededor, pensando en qué hacer a continuación.

Pero no lo sabía. Llevé mis manos a mi pelo y me agarré unos mechones. Me ahogué en los sonidos que salían de mi boca. Me ahogué en las malditas lágrimas que se escurrían por mis mejillas porque no sabía qué hacer.

Di un paso hacia adelante y luego me detuve. Iba a acostarme en la cama y me detuve. Mi corazón latía a un ritmo lento e irregular. Luché para llevar aire a mis pulmones colapsados. Luché por no caerme al piso.

Y después me quebré.

Liberé la ira que me quedaba. Dejé que me llenara y me condujera.

Llegué a mi cama, me hinqué para agarrarla y con un rugido la alcé con todas mis fuerzas: volteé el colchón y el pesado mueble de madera. Fui al escritorio y barrí la superficie con un movimiento. Atrapé mi laptop antes de que tocara el piso, giré en mi sitio y la estrellé contra la pared. Oí cómo se despedazaba, pero no me sirvió de nada. Nada me servía, el dolor seguía ahí. La verdad me desgarraba las entrañas.

Las malditas lágrimas.

Apreté los puños, eché la cabeza hacia atrás y grité. Grité y grité hasta que se me puso ronca la voz y me lastimé la garganta. Caí de rodillas y dejé que el dolor me ahogara.

Después oí que la puerta se abría y alcé la mirada. Mi mamá entró.

Negué con la cabeza y levanté una mano para advertirle que se fuera, pero ella siguió avanzando.

—No —dije con brusquedad, tratando de apartarme de ella; sin embargo, ella no me escuchó y se tiró al suelo a mi lado—. ¡No! —grité con más fuerza, pero ella estiró los brazos y rodeó mi cuello—. ¡No! —me resistí, pero me jaló hacia ella y perdí el ánimo de pelea. Colapsé en sus brazos y me puse a llorar. Grité y lloré en los brazos de la mujer a la que apenas le hablé en dos años. Pero en ese momento la necesitaba. Necesitaba a alguien que comprendiera.

Que comprendiera lo que iba a significar perder a Poppy.

Así que me desahogué. La apreté con tanta fuerza que pensé que le iba a dejar un moretón, pero mi mamá no se movió; lloró conmigo. Se sentó en silencio, acunando mi cabeza mientras yo perdía todas mis fuerzas.

A continuación oí movimiento en la puerta.

Mi papá nos observaba con lágrimas en los ojos y una expresión de tristeza. Y eso reencendió la llama de mi estómago. Ver al hombre que me alejó de Poppy cuando más me necesitaba, me rompió algo por dentro.

Empujé a mi mamá y le dije apretando los dientes:

—Vete.

Mi mamá se puso rígida y la empujé aún más lejos mientras miraba a mi papá con furia. Él alzó las manos; ahora se notaba en su rostro que estaba

sorprendido.

—Rune… —dijo con voz tranquila.

Sólo añadió más leña al fuego.

—¡Dije que te fueras! —Me puse de pie.

Mi papá miró a mi mamá. Cuando volvió a mirarme a mí, tenía los puños apretados. Abracé la rabia que me consumía por dentro.

—Rune, hijo. Estás en shock, estás sufriendo…

—¿Sufriendo? ¿Sufriendo? ¡No tienes ni puta idea! —rugí y avancé unos centímetros más hacia donde estaba él. Mi mamá se puso de pie apresuradamente. La ignoré cuando trató de interponerse en mi camino. Mi papá la alcanzó, la puso detrás de él para que saliera al pasillo y luego cerró la puerta ligeramente, dejándola fuera.

—Lárgate —ordené por última vez, sintiendo que todo el odio que sentía por aquel hombre surgía a la superficie.

—Lo siento, hijo —murmuró y dejó que una lágrima rodara por su mejilla. Tenía la audacia de pararse frente a mí y derramar una lágrima.

¡No tenía derecho!

—No —le advertí con voz cortante y seca—. No te atrevas a pararte delante de mí a llorar. No te atrevas a pararte delante de mí y decirme que lo sientes. No tienes derecho cuando fuiste tú quien me apartó de ella. Tú me alejaste de ella cuando yo no quería irme. Tú me alejaste de ella cuando se enfermó. Y ahora…, ahora… se está mu… —No pude terminar la frase. No conseguí decir esa palabra. En lugar de eso, corrí. Corrí hacia mi papá y golpeé su amplio pecho con las manos.

Se tambaleó y chocó contra la pared. Oí que mi mamá gritaba «¡Rune!»

desde el pasillo, pero ignoré su súplica, agarré el cuello de la camisa de mi papá con mis puños y acerqué mi cara hasta que quedó justo enfrente de la suya.

—Me separaste de ella durante dos años. Y como no estaba, ella me apartó para salvarme. A mí. Para salvarme del dolor de estar tan lejos y no poder consolarla ni abrazarla mientras sufría. Por tu culpa no pude estar con ella mientras luchaba. —Tragué saliva, pero conseguí añadir—: Y ahora es demasiado tarde. Le quedan meses… —Se me quebró la voz—. Meses…

—Bajé las manos y retrocedí, dominado por aún más lágrimas y dolor.

Dándole la espalda, le dije—: No podremos recuperarnos de esto. Nunca te perdonaré que me separaras de ella. Nunca. Terminamos.

—Rune…

—Vete —gruñí—. Lárgate de mi cuarto y lárgate de mi vida. Estoy harto de ti. Totalmente harto.

Unos segundos después, oí que la puerta se cerraba y que la casa quedaba en completo silencio. Pero, en ese momento, a mí me parecía que la casa gritaba.

Me quité el cabello de la cara, me dejé caer en el colchón volcado y apoyé la espalda contra la pared. Durante minutos, o quizás horas, miré fijamente a la nada. Mi cuarto estaba a oscuras salvo por una lámpara pequeña que estaba en un rincón y que de alguna manera sobrevivió a mi rabia.

Alcé la mirada y observé una foto que colgaba de la pared. Fruncí el ceño porque sabía que yo no la había puesto ahí. Seguramente mi mamá la colgó ese día, cuando desempacó las cosas de mi cuarto.

Y la miré.

Miré a Poppy, sólo unos días antes de que me fuera, bailando en el bosquecillo rodeada por los cerezos florecidos que tanto amaba. Extendía los brazos hacia el cielo mientras giraba y tenía la cabeza echada hacia atrás por la risa.

El corazón se me estremeció al verla de esa manera. Porque esa era Poppymin. La chica que me hacía sonreír. La chica que entraba al bosquecillo riendo y bailando.

La que me pidió que me mantuviera lejos de ella. «Me mantendré lejos de ti. Tú mantente lejos de mí. Por fin vamos a descansar…».

Pero no podía. No podía dejarla. Ella no podía dejarme. Me necesitaba, y yo a ella. No me importaba lo que me dijo; de ninguna manera iba a permitir que pasara por esto sola. No podría aunque lo intentara.

Antes de que pudiera pensarlo dos veces, me puse de pie y corrí hacia la ventana. Eché un vistazo a la ventana de enfrente y dejé que el instinto tomara el control. En silencio, tanto como era posible, abrí la ventana y salí.

Sentía los latidos del corazón sincronizados con mis pies, que pisaban el pasto. Me paré por completo. Después, con una inhalación profunda, puse la mano bajo la ventana y jalé hacia arriba. Se movió.

Estaba abierta.

Era como si no hubiera transcurrido el tiempo. Entré y cerré con cuidado. En mi camino se interponía una cortina que antes no estaba ahí. La empujé a un lado en silencio, avancé y me detuve a asimilar la familiar habitación.

Lo primero que me llegó a la nariz fue el dulce perfume de Poppy, el que siempre usaba. Cerré los ojos y traté de librarme de la pesadumbre del pecho. Cuando los volví a abrir, mis ojos cayeron sobre Poppy, que estaba en la cama. Su respiración era suave, dormida con la cara hacia mí y el cuerpo iluminado solamente por el suave brillo de su lamparita.

Después el estómago se me encogió. ¿Cómo diablos pensó que podía mantenerme lejos? Aunque no me hubiera dicho por qué me apartó de ella, habría encontrado el camino para volver a su lado. Incluso después del dolor, del sufrimiento y de la ira, me habría vuelto a atraer, como una palomilla a una llama.

Nunca podría estar lejos de ella.

Sin embargo, mientras la miraba fijamente, sus labios rosados se fruncieron en el sueño y la cara se le sonrojó por el calor, y sentí que una lanza me atravesaba el pecho. La iba a perder.

Iba a perder la razón de mi vida.

Me mecí sobre mis pies y traté de lidiar con ese pensamiento. Me caían lágrimas de los ojos cuando una tabla suelta chirrió bajo mi peso. Cerré los ojos con fuerza. Cuando los volví a abrir, Poppy me estaba mirando desde su cama, con los ojos adormilados. Después, cuando vio mi rostro con claridad —las lágrimas en mi cara, el sufrimiento en mis ojos—, su expresión se transformó en una máscara de dolor y abrió los brazos lentamente.

Fue instintivo. Un poder primitivo que sólo Poppy tenía sobre mí. Mis pies me arrastraron hacia adelante al ver sus brazos; mis piernas se rindieron finalmente cuando llegué a la cama, golpeé el suelo con las rodillas y mi cabeza cayó sobre su regazo. Y, como un dique, estallé. Las lágrimas se engrosaron y aceleraron cuando Poppy envolvió mi cabeza con sus brazos.

Alcé los míos y rodeé, como cadenas de acero, su cintura. Los dedos de Poppy me acariciaron el cabello cuando, temblando, me derrumbé en su regazo y mojé con mis lágrimas el camisón que cubría sus muslos.

—Shhh —murmuró Poppy meciéndome. Ese dulce sonido fue como el paraíso para mis oídos—. Está bien —añadió. Me sorprendió mucho que ella me consolara, pero no podía evitar el dolor. No podía evitar el desconsuelo.

Y la abracé. La abracé con tanta fuerza que pensé que me iba a pedir que la dejara, pero no lo hizo y yo no iba a soltarla. No me atrevía a alejarme

por si ella no estaba ahí cuando alzara la cabeza.

Necesitaba que estuviera ahí.

Necesitaba que se quedara.

—Está bien —me consoló Poppy otra vez. Esta vez, alcé la cabeza hasta que nuestros ojos se encontraron.

—No está bien —dije con voz ronca—. Nada de esto está bien.

Los ojos de Poppy brillaban, pero no cayeron lágrimas. En cambio, alzó mi cara poniendo un dedo bajo mi barbilla y me acarició la mejilla húmeda con otro. La miré sin aliento y una pequeña sonrisa empezó a extenderse sobre sus labios.

El estómago me dio un vuelco, la primera sensación que tenía desde que el entumecimiento por su revelación se apoderó de mí.

—Aquí estás —susurró con una voz tan baja que casi no la escuché—.

Mi Rune. —Mi corazón dejó de latir.

Su rostro se derritió de pura felicidad mientras apartaba mi cabello de la frente y pasaba un dedo por mi nariz y por el borde de mi quijada. Me quedé completamente quieto, tratando de guardar este momento en mi memoria, una fotografía en mi mente: sus manos en mi cara, la expresión de felicidad, la luz que brillaba desde su interior.

—Me preguntaba cómo te verías más grande. Me preguntaba si te habrías cortado el pelo. Si serías más alto o más grande. Me preguntaba si tus ojos serían iguales. —Vi que contraía la comisura de los labios—. Me preguntaba si te habrías puesto más guapo, lo que me parecía imposible. —

Se borró su sonrisa—. Y ya veo que sí. Cuando te vi en el pasillo la semana pasada, no podía creer que estuvieras ahí, enfrente de mí, más guapo de lo que habría podido imaginar. —Jaló mi cabello juguetonamente—. Con el cabello rubio y brillante aún más largo. Tus ojos del mismo azul vibrante que siempre habían tenido. Y tan alto y fuerte. —Los ojos de Poppy se encontraron con los míos y añadió en voz baja—: Mi vikingo.

Cerré los ojos con la intención de tragarme el nudo que se me estaba formando en la garganta. Cuando los abrí, Poppy me estaba mirando como siempre lo hacía: con completa adoración.

Me incorporé sobre mis rodillas y me acerqué más, viendo que los ojos de Poppy se suavizaban en cuanto apoyé la frente en la suya, con tanto cuidado como si fuera una muñeca de porcelana. Cuando nuestra piel se tocó, respiré profundamente y susurré:

— Poppymin.

Esta vez fueron las lágrimas de Poppy las que cayeron sobre su regazo.

Hundí la mano en su cabello y la sostuve cerca de mí.

—No llores, Poppymin. No puedo soportar verte llorar.

—Estás confundiendo el significado —susurró en respuesta.

Eché la cabeza ligeramente hacia atrás en busca de sus ojos. La mirada de Poppy se encontró con la mía y sonrió. Pude ver la alegría en su cara cuando me explicó:

—Pensé que nunca ibas a volver a decirme esa palabra. —Tragó saliva con fuerza—. No pensé que fuera a volver a sentirte tan cerca de mí. Nunca soñé que fuera a sentir esto de nuevo .

—¿A sentir qué? —pregunté.

—Esto. —Llevó mi mano a su pecho, justo encima de su corazón. Latía a toda velocidad. Me quedé quieto mientras sentía que algo volvía a la vida en mi propio pecho—. Nunca pensé que fuera a sentirme completa otra vez.

—Una lágrima suya cayó a mi mano, estrellándose contra mi piel—. Nunca pensé que fuera a recuperar la otra mitad de mi corazón antes de… —Se calló, pero los dos sabíamos a qué se refería. Su sonrisa se desvaneció y su mirada penetró la mía—. Poppy y Rune, dos mitades de un mismo ser. Por fin reunidos. Cuando más importa.

— Poppy… —dije, pero no pude ahuyentar el azote de dolor que me agrietaba por dentro, en lo más profundo.

Poppy parpadeó y volvió a parpadear hasta que se fueron las lágrimas; me miró fijamente, inclinando la cabeza a un lado como si estuviera descifrando un enigma complicado.

—Poppy —dije con voz rasposa y grave—. Deja que me quede un momento. No puedo…, no puedo…, no sé qué hacer.

La palma cálida de Poppy cayó sobre mi mejilla con suavidad.

—No hay nada que hacer, Rune. No queda más que poner buena cara al mal tiempo.

Las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta y cerré los ojos.

Cuando los volví a abrir, me estaba viendo.

—Yo no tengo miedo —me aseguró con confianza, y supe que era verdad. Cien por ciento verdad. Mi Poppy: pequeña de tamaño, pero llena de valor y de luz.

Nunca me había sentido más orgulloso de quererla que en ese momento.

Me llamó la atención la cama, que era más grande que la que tenía dos años antes. Poppy parecía demasiado pequeña para un colchón tan enorme.

Sentada en el centro de la cama, parecía una niña.

Cuando Poppy vio que estaba observando la cama, se movió hacia atrás.

Pude detectar un filo de cautela en su expresión, y lo comprendía. Sabía que yo ya no era el chico del que se despidió dos años atrás. Había cambiado.

No estaba seguro de que pudiera volver a ser su Rune.

Poppy tragó saliva y después de un momento de duda, dio unos golpecitos en el colchón, a su lado. El corazón se me aceleró. Iba a dejar que me quedara. Aun después de todo lo que hice desde mi regreso, iba a dejar que me quedara.

Cuando me iba a levantar, sentí las piernas inestables. Las lágrimas marcaron mis mejillas y me irritaron la garganta, y el dolor, la revelación irreal de la enfermedad de Poppy…, dejó un entumecimiento residual en mí. Cada parte de mi cuerpo estaba herida, parchada con curitas, curitas en heridas abiertas.

Temporales.

Vanas.

Inútiles.

Me quité las botas y me subí a la cama. Poppy se movió para recostarse en su lado natural de la cama y yo me acosté de mi lado con extrañeza. En un movimiento familiar para ambos, nos pusimos de lado y quedamos una frente al otro.

Sin embargo, no fue tan familiar como antes. Poppy cambió. Yo cambié.

Todo cambió.

Y no sabía cómo adaptarme.

Pasaron minutos y minutos de silencio. Poppy parecía satisfecha de verme, pero yo tenía una pregunta, la pregunta que quise hacerle cuando dejamos de estar en contacto. El pensamiento que se hundió en mi interior, oscurecido por falta de respuesta. El único pensamiento que me daba náuseas. La única pregunta que seguía teniendo el potencial de desgarrarme.

Incluso en ese momento, cuando mi mundo no podía despedazarse más.

—Pregúntame —susurró Poppy de repente, en voz muy baja para no despertar a sus padres. Seguramente puse una expresión de sorpresa, porque se encogió de hombros y se vio muy hermosa—. A lo mejor ya no conozco al chico que eres ahora, pero reconozco esa expresión. La expresión de que tienes una pregunta.

Pasé un dedo por la sábana que nos separaba, concentrando mi atención en ese movimiento.

—Me conoces —murmuré en respuesta; era lo que quería creer más que nada, porque Poppy era la única que me conocía de verdad. Incluso ahora, bajo toda la ira y la rabia, después de una pausa de dos años de silencio, seguía conociendo el corazón que había debajo.

Los dedos de Poppy se acercaron más a los míos en el territorio neutral que había entre nosotros. La tierra de nadie que separaba nuestros cuerpos.

Mientras veía nuestras manos, que se buscaban pero no se alcanzaban del todo, me sentí sepultado por la necesidad de tener mi cámara, una necesidad que no sentía desde hacía mucho tiempo.

Quería capturar ese momento.

Quería esa fotografía. Quería que ese momento durara para siempre.

—Creo que ya sé una parte de tu pregunta —afirmó Poppy, regresándome de mis pensamientos. Tenía las mejillas sonrojadas, un rosa profundo se extendía por su piel clara—. Para ser honesta, desde que volviste no te reconozco del todo, pero hay momentos en los que veo destellos del chico al que amo. Los suficientes como para que tenga la esperanza de que sigue esperándome en tu interior. —Se veía determinación en su rostro—. Creo que, sobre todas las cosas, quiero que luche por mostrarse desde detrás de lo que lo oculta. Creo que volver a verlo es mi mayor deseo antes de morir.

Volteé la cara; no quería oírla hablar de que fuera a morirse, de la decepción que era para ella, del hecho de que se le estaba acabando el tiempo. Después, como el acto de valor de un soldado, su mano sorteó la distancia que nos separaba y la yema de uno de sus dedos se posó sobre los míos. Volví a voltear hacia ella, mis dedos se abrieron con su tacto. Poppy pasó los dedos por mi palma, trazando las líneas.

Apareció una ligera sonrisa en sus labios. Sentí un vuelco en el estómago al preguntarme cuántas veces más vería esa sonrisa, cómo encontró la fuerza para sonreír.

Después, retirándose despacio a donde estaba antes, la mano de Poppy se quedó quieta. Me miró, esperando con paciencia la pregunta que todavía no le hacía.

Sentí que el corazón se me aceleraba de miedo, abrí la boca y pregunté:

—El silencio…, ¿sólo fue…, sólo fue por tu enfermedad…? ¿O fue…, o fue por…? —Imágenes de nuestra última noche juntos cruzaron mi mente.

Yo acostado sobre su cuerpo, nuestras bocas juntas en besos lentos y suaves.

Poppy diciéndome que estaba lista. Ambos quitándonos la ropa, yo viendo

su cara mientras seguía adelante y después, cuando descansaba en mis brazos. Caer dormido a su lado, sin que quedara nada sin decir entre nosotros.

—¿Qué? —preguntó Poppy con los ojos abiertos de par en par.

Respiré rápidamente y lo solté:

—¿Fue porque fui demasiado lejos? ¿Te forcé o te presioné? —Sin soportarlo más, pregunté—: ¿Te arrepentiste?

Poppy se puso tensa y los ojos le brillaron. Por un momento, me pregunté si iba a ponerse a llorar y me iba a confesar que lo que había temido durante los últimos dos años era verdad. Que la lastimé. Que ella confió en mí y yo la herí.

En cambio, Poppy se levantó de la cama y se hincó. Oí que sacaba algo de debajo de la cama. Cuando se levantó, tenía un familiar frasco de vidrio en la mano. Un frasco de vidrio lleno de cientos de corazones rosas de papel.

Mil besos tuyos.

Poppy se arrodilló con cuidado en la cama e inclinando el frasco bajo la luz de la lámpara, abrió la tapa y empezó a buscar. Mientras revolvía los corazones de papel, observé los que salían del frasco a mi lado. La mayoría estaba en blanco. El frasco estaba cubierto de polvo, señal de que no lo abría desde hacía mucho tiempo.

En mi interior se removió una mezcla de tristeza y esperanza.

Esperanza de que ningún otro hubiera tocado sus labios.

Tristeza porque la mayor aventura de su vida se quedó en pausa. No hubo más besos.

Después la tristeza me abrió un hueco en el corazón.

Meses. Sólo le quedaban meses, no una vida entera, para llenar ese frasco. Nunca escribiría un mensaje en un corazón el día de su boda, como ella quería. Nunca sería la abuela que les leyera a sus nietos sobre esos besos. Nunca pasaría de la adolescencia.

—¿Rune? —preguntó Poppy cuando nuevas lágrimas se formaron en mis ojos. Me las limpié con el dorso de la mano. Dudé en corresponder a la mirada de Poppy, no quería entristecerla. En cambio, cuando alcé la mirada, lo único que vi en los ojos de Poppy fue comprensión, que enseguida se transformó en timidez.

Nerviosismo.

Me tendía una mano con un corazón rosa que no estaba vacío, sino lleno por ambos lados. La tinta que usó en ese corazón era rosa, por lo que el mensaje casi se escondía. Poppy estiró más el brazo.

—Tómalo —insistió. Obedecí.

Me senté y me moví hacia el haz de luz. Me concentré en la tinta suave hasta que distinguí las palabras. «Beso 355. En mi cuarto, después de que hice el amor con mi Rune. Casi me estalla el corazón». Le di vuelta y leí el otro lado.

Dejé de respirar.

«Fue la mejor noche de mi vida…, tan especial como puede serlo algo especial».

Cerré los ojos y una nueva ola de emoción me recorrió. Si hubiera estado parado, seguro habría caído de rodillas.

Porque le encantó.

Ella quiso hacer lo que hicimos esa noche. No la lastimé.

Me atraganté con un sonido que se deslizaba por mi garganta. Tenía la mano de Poppy en el brazo.

—Pensé que destruí lo nuestro —murmuré mirándola a los ojos—.

Pensé que te arrepentías de nosotros.

—No —susurró ella. Con mano temblorosa, en un gesto oxidado por no haberlo hecho en mucho tiempo, empujó hacia atrás unos mechones de pelo que caían sobre mi cara. Cuando me tocó, cerré los ojos y los abrí cuando escuché su voz—. Cuando todo ocurrió…, cuando estaba buscando tratamiento —explicó, y esta vez sí caían lágrimas de sus ojos—, cuando el tratamiento dejó de funcionar…, pensaba a menudo en esa noche. —Poppy cerró los ojos y sus largas pestañas oscuras besaron sus pómulos. A continuación, sonrió con la mano aún sobre mi cabello—. Pensaba en lo cuidadoso que fuiste conmigo, en cómo se sintió… estar contigo, tan cerca.

Como si fuéramos dos mitades del corazón que siempre habíamos dicho que éramos —suspiró—. Era como estar en casa. Tú y yo juntos éramos infinitos, estábamos unidos. En ese momento, el momento en que nuestra respiración se dificultó y me apretaste tan fuerte…, fue el mejor momento de mi vida. —Volvió a abrir los ojos—. Era el momento en el que volvía a pensar cuando me dolía. Es en el que pienso cuando dudo, cuando empiezo a sentirme asustada. Es el que me recuerda que soy afortunada. Porque en ese momento sentí el amor por el que mi abu quiso que emprendiera esta aventura de los mil besos. El momento en que sabes que te aman tanto, que

eres el centro del mundo de otro de una manera tan maravillosa, que viviste… aunque sólo fuera poco tiempo.

Sostuve el corazón de papel con una mano y con la otra me llevé la muñeca de Poppy a los labios. Dejé un beso suave sobre su pulso y sentí su agitación bajo mis labios. Respiró entrecortadamente.

—Nadie más te ha besado en los labios más que yo, ¿verdad? —

pregunté.

—Nadie —respondió—. Te lo prometí. Aunque no nos habláramos.

Aunque pensé que no iba a volver a verte, nunca habría roto mi promesa.

Estos labios son tuyos. Siempre fueron sólo tuyos.

Mi corazón latió con más fuerza, solté su muñeca y toqué con los dedos sus labios, los labios que me regaló.

La respiración de Poppy se hizo más lenta cuando toqué su boca. Sus pestañas se estremecieron y se le calentaron las mejillas. Mi respiración se aceleró porque esos labios me pertenecían. Seguían siendo míos.

«Por siempre jamás».

—Poppy —susurré y me incliné hacia ella. Poppy se quedó quieta, pero no la besé. No lo habría hecho. Me daba cuenta de que no podía leerme, ya no me conocía.

Yo casi no me conocía en esos días.

Puse mis labios sobre mis propios dedos, que seguían sobre sus labios, una barrera entre nuestras bocas, y respiré su olor. Inhalé su esencia: azúcar y vainilla. Mi cuerpo se sentía lleno de energía de tan sólo estar cerca de ella.

Después el corazón se me partió por la mitad cuando me alejé y ella me preguntó con desesperanza:

—¿Cuántas?

Fruncí el ceño. Traté de encontrar en su cara alguna pista sobre lo que estaba preguntándome. Poppy tragó saliva y esta vez puso los dedos sobre mis labios.

—¿Cuántas?

Entonces supe exactamente lo que me estaba preguntando, porque miraba mis labios como si fueran traidores. Los miraba como algo que amó, perdió y que no podría volver a amar.

Un frío helado me recorrió el cuerpo cuando Poppy retiró la mano. Su expresión era de cautela, y ella contenía el aliento como si estuviera

protegiéndose de lo que iba a decir. Pero no dije nada; no podía, su mirada me mataba.

Poppy exhaló y dijo:

—Ya sé de Avery, por supuesto, pero ¿hubo otras en Oslo? Quiero decir, ya sé que las hubo, pero ¿fueron muchas?

—¿Es importante? —pregunté en voz baja. El corazón de papel de Poppy seguía en mi mano, y su importancia casi me quemaba la piel.

La promesa de nuestros labios.

La promesa de nuestros corazones partidos por la mitad.

«Por siempre jamás».

Poppy empezó a negar con la cabeza lentamente, pero después, contrayendo los hombros, asintió una vez.

—Sí, importa —murmuró—. No debería, yo te liberé. —Bajó la cabeza

—. Pero sí importa. Importa más de lo que podrías comprender.

Estaba equivocada. Sí comprendía por qué le importaba tanto. A mí también me importaba.

—Estuve lejos mucho tiempo —dije. En ese momento, supe que la ira que me tuvo cautivo durante tanto tiempo retomaba el control. Una parte enferma de mí quería lastimarla como ella me lastimó.

—Ya sé —convino Poppy, todavía con la cabeza agachada.

—Tengo diecisiete —continué. Poppy lanzó su mirada a mis ojos y su cara palideció.

—Ah —dijo, y no pude soportar todo el dolor que puso en esa pequeña palabra—. Entonces lo que temía es verdad. Estuviste con otras de manera íntima…, como estuviste conmigo. Yo…, yo sólo…

Poppy se movió hacia el borde de la cama, pero yo la detuve tomándola de la muñeca.

—¿Por qué te importa? —pregunté, y vi que en sus ojos brillaban las lágrimas.

La ira se debilitó un poco en mi interior, pero volvió cuando pensé en los años perdidos. En los años que pasé bebiendo y de fiesta para aliviar mi dolor, mientras Poppy estaba enferma. Casi me hizo temblar de rabia.

—No sé —dijo Poppy, y después negó con la cabeza—. No, es mentira, sí sé. Porque eres mío. Y a pesar de todo, de todo lo que pasó entre nosotros, tenía la vana esperanza de que fueras a mantener tu promesa. De que también era muy importante para ti, a pesar de todo.

Solté su muñeca y Poppy se levantó. Fue hacia la puerta. Justo cuando iba a alcanzar la perilla, dije en voz baja:

—Lo era.

Poppy se detuvo con la espalda encorvada.

—¿Qué?

No se volteó. Más bien, me paré y fui a donde estaba ella. Me incliné para asegurarme de que oyera mi confesión. Mi aliento hizo que su pelo saliera volando de detrás de su oreja, mientras decía en una voz tan baja que apenas podía oírme a mí mismo:

—La promesa sí era muy importante para mí. Tú eras muy importante para mí…, todavía lo eres. En algún lugar, debajo de toda esta ira…, estás tú y sólo tú. Para mí siempre será así. —Poppy seguía sin moverse. Me acerqué más—. Por siempre jamás.

Se dio la vuelta y nuestros pechos se tocaron y sus ojos verdes miraron a los míos.

—Tú…, no entiendo —dijo.

Alcé la mano despacio, la hundí en su cabello y los ojos de Poppy se cerraron con un parpadeo, pero se abrieron de nuevo para mirarme.

—Mantuve mi promesa —admití y observé la sorpresa en su rostro.

Negó con la cabeza.

—Pero yo vi…, besaste a…

— Mantuve mi promesa —la interrumpí—. Desde el día en que me fui, no besé a nadie más. Mis labios siguen siendo tuyos. No hubo nadie más.

Nunca lo habrá.

Poppy abrió la boca y la volvió a cerrar. Cuando la volvió a abrir, dijo:

—Pero Avery y tú…

Apreté la quijada.

—Ya sabía que estabas ahí. Estaba enojado y quería lastimarte como tú me lastimaste a mí. —Poppy sacudió la cabeza de incredulidad. Me acerqué aún más—. Ya sabía lo que te provocaría verme con Avery, así que me senté a su lado y esperé a que aparecieras. Quería que pensaras que estaba a punto de besarla…, hasta que vi tu cara. Hasta que vi que salías corriendo de la habitación. Hasta que no pude soportar el dolor que te causé.

Las lágrimas se derramaron por la cara de Poppy.

—¿Por qué ibas a hacer algo así? Rune, tú no…

—Sí lo haría y lo hice —dije de manera tajante.

—¿Por qué? —murmuró.

Sonreí sin ganas.

—Porque tienes razón. Ya no soy el chico que conocías. Estaba tan lleno de ira cuando me apartaron de ti que después de un momento era lo único que sentía. Trataba de ocultarlo cuando hablábamos, luchaba en contra de ello porque sabía que seguías conmigo aunque estuviéramos a miles de kilómetros. Pero cuando te distanciaste, ya no me importó. Dejé que me consumiera. Me consumió tanto desde entonces que se convirtió en mí. —

Tomé la mano de Poppy y me la llevé al pecho—. Soy la mitad de un corazón. Este que soy ahora se debe a una vida sin ti. Esta oscuridad, esta furia, nació de no estar a tu lado. Poppymin. Mi aventurera. Mi chica. —Y a continuación el dolor volvió. Por unos breves instantes, olvidé nuestra nueva realidad—. Y ahora —dije apretando los dientes— me dices que me dejas para siempre. Yo… —Me ahogué en mis propias palabras.

—Rune —murmuró Poppy y se lanzó a mis brazos, envolviendo con los suyos mi cintura.

De inmediato, los míos se cerraron alrededor de ella como un tornillo.

Cuando su cuerpo se fundió con el mío, respiré. Respiré la primera bocanada de aire puro en mucho tiempo. Después mi respiración se volvió limitada, ahogada.

—No puedo perderte, Poppymin. No puedo. No puedo dejarte ir. No puedo vivir sin ti. Eres mi por siempre jamás. Nuestro destino es caminar juntos en esta vida. Tú me necesitas y yo te necesito. Eso es todo. —Sentí cómo temblaba en mis brazos—. No soy capaz de dejarte ir porque adondequiera que vayas yo también tengo que ir. Ya traté de vivir sin ti y no funcionó.

Con lentitud y tanto cuidado como pudo, Poppy alzó la cabeza y se separó de mí sólo lo suficiente para mirarme y decirme en un murmullo desesperanzado:

—No puedo llevarte a donde voy.

Mientras asimilaba sus palabras, me tambaleé hacia atrás y solté su cintura. No me detuve hasta que llegué al borde de la cama. No podía soportarlo. «¿Cómo diablos se supone que sobrelleve todo esto?».

No podía comprender cómo Poppy podía ser tan fuerte.

¿Cómo enfrentaba esa sentencia de muerte con tanta dignidad? Lo único que yo quería hacer era maldecir el mundo y destruir todo a mi paso. Dejé caer la cabeza hacia adelante y lloré. Lloré lágrimas que no creía que me

quedaran. Era mi reserva, la última ola de la devastación que estaba sintiendo. Las lágrimas que reconocían la verdad que yo no quería aceptar.

Que Poppymin se estaba muriendo.

Que de verdad, realmente, estaba muriéndose.

Sentí que la cama se hundía a mi lado. Olí su suave aroma. Me guio para que me acostara en la cama y la seguí. Seguí su instrucción silenciosa de tenderme en sus brazos. Solté todo lo que reprimía dentro de mí mientras ella acariciaba mi cabello. Abracé su cintura y me aferré a ella, tratando con todas mis fuerzas de memorizar esa sensación: cómo se sentía en mis brazos, sus latidos fuertes y su cuerpo cálido.

No estaba seguro de cuánto tiempo pasó, pero finalmente las lágrimas se secaron. No me despegué de los brazos de Poppy. Ella no dejó de acariciarme la espalda.

Conseguí humedecer mi garganta lo suficiente para preguntarle:

—¿Cómo ocurrió todo, Poppymin? ¿Cómo te enteraste?

Poppy se quedó en silencio unos segundos antes de responder:

—No importa, Rune.

Me senté y la miré a los ojos.

—Quiero saber.

Poppy pasó el dorso de la mano por mi mejilla y asintió.

—Ya sé. Y te voy a contar. Pero esta noche no. Esto, que estemos así los dos, es lo único que importa esta noche. Nada más.

No separé mi mirada de la suya, y ella tampoco. Entre nosotros se estableció una especie de paz adormecida. El aire se sentía denso cuando me incliné hacia ella; lo único que quería en el mundo era apretar mi boca contra la suya, sentir sus labios en los míos.

Añadir otro beso al frasco.

Cuando mi boca estaba a un milímetro de distancia de la de Poppy, me moví para besarla en la mejilla. Fue un beso suave y delicado.

Pero no fue suficiente.

Me moví y le di otro beso y otro en cada centímetro de sus mejillas, en la frente y la nariz. Poppy se movió debajo de mí y yo me hice para atrás, pero supuse por su expresión de comprensión que Poppy sabía que no estaba presionándola.

Porque por mucho que no quisiera aceptarlo, ahora éramos personas diferentes. Los chicos que se besaban con tanta facilidad como respiraban cambiaron.

Llegaría un beso verdadero cuando consiguiéramos volver a ser nosotros.

Planté un beso más en la punta de la nariz de Poppy, lo que provocó que se riera un poco. Me pareció que mi ira se había sosegado sólo lo suficiente para permitirme que su alegría se enraizara en mi corazón.

—Mis labios son tuyos y de nadie más —aseguré cuando recargué la frente en la de Poppy.

Como respuesta, Poppy murmuró un beso en mi mejilla. Sentí que el efecto de ese beso viajaba por todo mi cuerpo. Apoyé la cabeza en el hueco del cuello de Poppy y sonreí un poco cuando murmuró en mi oído:

—Mis labios también son tuyos.

Rodé para jalar a Poppy a mis brazos y finalmente cerramos los ojos.

Me dormí más rápido de lo que pensaba. Cansado, con el corazón roto y cicatrices emocionales, el sueño llegó enseguida. Sin embargo, siempre era así cuando Poppy estaba a mi lado.

Fue el tercer momento que definió mi vida. La noche en que me enteré de que iba a perder a la chica que amaba. Con el conocimiento de que los momentos que nos quedaban estaban contados, la abracé con más fuerza y me negué a dejarla ir.

Ella se durmió haciendo exactamente lo mismo…

… un eco poderoso de los que solíamos ser.

Un crujido me despertó.

Me tallé el sueño de los ojos. La silueta de Poppy se acercaba a la ventana en silencio.

— Poppymin?

Poppy se detuvo y después volteó a verme por fin. Tragué saliva para deshacerme de las cuchillas que sentía en la garganta, mientras Poppy se paraba frente a mí. Tenía un abrigo grueso sobre unos pants y un suéter. A sus pies había una mochila.

Fruncí el ceño. Afuera todavía estaba oscuro.

—¿Qué estás haciendo?

Poppy volvió a acercarse a la ventana y miró hacia atrás para preguntarme en tono juguetón:

—¿Vienes?

Me sonrió y el corazón se me quebró. Se hizo astillas por lo hermosa que era. Mis labios se curvaron hacia arriba por su contagiosa felicidad.

—¿A dónde demonios vas? —volví a preguntarle.

Poppy volvió a jalar la cortina y señaló al cielo.

—A ver el amanecer. —Inclinó la cabeza a un lado y me miró—. Ya sé que pasó un rato, pero ¿ya se te olvidó que lo hacía?

Una ola de calor me atravesó: no se me había olvidado.

Me puse de pie y me permití reírme un poco, pero me detuve de inmediato. Poppy se dio cuenta y suspiró con tristeza; caminó de regreso a mí. Bajé la mirada hacia ella, lo único que quería era cerrar mi mano sobre su nuca y tomar su boca con la mía.

Poppy estudió mi cara y me tomó de la mano. Sorprendido, miré sus dedos entrelazados con los míos. Se veían muy pequeños mientras apretaban mi mano.

—Está bien, ¿sabes?

—¿Qué? —pregunté acercándome.

Poppy dejó una mano entrelazada con la mía y alzó la otra hacia mi cara. Se puso de puntitas y posó sus dedos sobre mis labios.

El corazón me latió un poco más rápido.

—Es bueno reír —afirmó con una voz tan suave como una pluma—. Es bueno sonreír. Es bueno sentirse feliz. Si no, ¿cuál es el chiste de la vida?

—Lo que decía me pegó con fuerza porque no quería hacer ni sentir eso.

Me sentía culpable de sólo pensar en ser feliz—. Rune —dijo Poppy bajando la mano para posarla sobre mi cuello—. Sé cómo te has de sentir.

Yo ya llevo un rato lidiando con esto, pero también sé cómo me siento al ver a mis personas favoritas en el mundo, a las que amo con todo mi corazón, tristes y molestas.

Los ojos de Poppy brillaron y me sentí peor.

—Poppy… —empecé a decir, y cubrí su mano con la mía.

—Es peor que cualquier dolor, peor que enfrentar la muerte. Ver que mi enfermedad opaca la felicidad de los que amo es lo peor de todo. —Tragó saliva, respiró con suavidad y murmuró—: Mi tiempo está limitado, ya lo sabemos. Así que quiero que el tiempo que me queda sea especial… —

Poppy sonrió con una de sus sonrisas más amplias y brillantes, el tipo de sonrisa que hacía que incluso un tipo enojado como yo viera un rayo de luz

—. Tan especial como puede serlo algo especial.

Así que sonreí.

Dejé que viera la felicidad que me hacía sentir. Quería que supiera que esas palabras, las palabras de nuestra infancia, atravesaron la oscuridad.

Por lo menos un momento.

—Congélate —dijo Poppy de repente. Me quedé quieto y una leve risa salió de su garganta.

—¿Qué? —pregunté, tomando aún su mano.

—¡Tu sonrisa sigue ahí! —contestó murmurando con dramatismo y, jugando, abrió la boca como si estuviera sorprendida—. Pensé que era una leyenda mitológica, como Pie Grande o el monstruo del lago Ness, pero

¡sigue ahí! ¡La vi con mis propios ojos!

Poppy se enmarcó la cara con las manos y sacudió las pestañas exageradamente.

Negué con la cabeza, combatiendo una verdadera risa. Cuando mi risa se calmó, Poppy seguía sonriéndome.

—Sólo tú puedes hacerme sonreír —dije. Su sonrisa se hizo más suave.

Me agaché y le cerré más el abrigo por el cuello.

Poppy cerró los ojos sólo por un momento.

—Entonces, eso es lo que haré el mayor número de veces posible. —Me miró a los ojos—. Hacerte sonreír. —Se elevó más sobre los pies, hasta que nuestras caras casi se tocaban—. Estoy decidida. —Afuera pio un ave y Poppy miró a la ventana—. Ya tenemos que irnos si queremos alcanzarlo —

me apuró, rompiendo nuestro momento.

—Entonces vámonos —contesté, me puse las botas y la seguí. Recogí su mochila y me la puse al hombro; Poppy sonrió para sí misma y yo también.

Abrí la ventana y Poppy regresó rápidamente a la cama. Cuando regresó, traía una cobija.

—Hace frío tan temprano. —Me miró.

—¿Tu abrigo no es lo suficientemente caliente? —pregunté.

Poppy abrazó la cobija contra su pecho.

—Es para ti. —Señaló mi playera—. Te va a dar frío en el bosquecillo.

—Sabes que soy noruego, ¿no? —pregunté con sequedad.

Poppy asintió.

—Un vikingo de verdad. —Se acercó a mí—. Y aquí, entre nosotros, eres muy bueno para las aventuras, como lo predije.

Sacudí la cabeza, divertido. Poppy puso una mano sobre mi brazo.

—Pero ¿sabes qué, Rune?

—¿Qué?

—Hasta a los vikingos les da frío.

Señalé la ventana abierta con un movimiento de la cabeza.

—Vamos o te vas a perder el sol.

Poppy se deslizó por la ventana, aún sonriendo, y yo salí detrás. La mañana estaba fría; el viento, más fuerte que la noche anterior.

El pelo de Poppy le azotó la cara. Me preocupó que le diera frío y se enfermara, así que la tomé del brazo y la jalé para que quedara frente a mí.

Poppy pareció sorprendida hasta que levanté su pesado gorro y le cubrí la cabeza. Até las cuerdas para asegurarlo y Poppy me miró todo el tiempo.

Mis acciones estaban alentadas por su atención cautivada. Cuando el lazo estuvo atado, dejé las manos quietas y la miré profundamente a los ojos.

—Rune —dijo después de varios segundos de silencio. Incliné la barbilla, esperando tranquilamente a que continuara—. Puedo ver tu luz.

Debajo de la ira, sigues estando ahí.

Sus palabras hicieron que retrocediera un paso. Miré al cielo, que empezaba a clarear. Seguí adelante.

—¿Vienes?

Poppy suspiró y se apuró a alcanzarme. Deslicé las manos en mis bolsillos mientras caminábamos en silencio hasta el bosquecillo. Poppy miró a su alrededor durante todo el camino. Yo trataba de seguir lo que veía, pero al parecer sólo eran los pájaros, o los árboles o el pasto meciéndose con el viento. Fruncí el ceño, preguntándome qué la tenía tan maravillada, pero era Poppy: ella siempre bailaba a su propio ritmo. Siempre veía que en el mundo ocurrían cosas más que cualquier otra persona que hubiera conocido.

Ella veía la luz que penetraba la oscuridad. Veía lo bueno a través de lo malo.

Era la única explicación que tenía de por qué no me pidió que la dejara en paz. Ya sabía que me veía diferente, cambiado. Aunque no me lo hubiera dicho, lo habría visto en la manera como me miraba. A veces su mirada era cautelosa.

Antes nunca me habría mirado así.

Cuando entramos en el bosquecillo, sabía en dónde nos íbamos a sentar.

Caminamos hasta el árbol más grande, nuestro árbol, y Poppy abrió su mochila. Sacó una cobija para sentarnos encima.

Cuando la extendió, me indicó que me sentara. Me senté y apoyé la espalda contra el ancho tronco. Poppy se sentó en el centro de la cobija y se inclinó hacia atrás apoyándose en sus manos.

Al parecer, el viento cesó. Se desató el cordón del gorro y lo dejó caer hacia atrás, mostrando su cara. La atención de Poppy se concentró en el horizonte, que clareaba. El cielo ahora era gris con tintes de rojo y naranja.

Busqué mis cigarros en el bolsillo y me llevé uno a la boca. Lo prendí con el encendedor y le di una fumada, sintiendo el instante en que el humo llegaba a mis pulmones.

Cuando exhalé lentamente, el humo hizo una nube a mi alrededor. Vi que Poppy me miraba con atención. Con un brazo sobre la rodilla flexionada, la miré de vuelta.

—Fumas.

— Ja.

—¿No quieres dejar de fumar? —me preguntó. Pude percibir en su voz que era una petición y me di cuenta, por un destello de sonrisa en sus labios, que sabía que yo notaba su solicitud.

Negué con la cabeza. Fumar me calmaba y por el momento no quería dejarlo.

Nos sentamos en silencio hasta que Poppy volvió a mirar el sol naciente.

—¿Alguna vez viste el amanecer en Oslo?

Seguí su mirada hasta el horizonte, ahora rosado. Las estrellas empezaban a desaparecer bajo un abanico de luz.

—No.

—¿Por qué no? —me preguntó Poppy, moviéndose para mirarme de frente.

Di otra fumada a mi cigarro y eché la cabeza hacia atrás para exhalar el humo. Bajé la cabeza y me encogí de hombros.

—Nunca se me ocurrió.

Poppy suspiró y volvió a voltearse.

—Qué gran oportunidad desperdiciada —dijo haciendo un gesto del brazo hacia el cielo—. Yo nunca he salido de Estados Unidos, nunca he visto un amanecer en ninguna otra parte, y tú estabas en Noruega y nunca te despertaste temprano para ver el comienzo de un nuevo día.

—Cuando ya viste un amanecer, los viste todos —contesté.

Poppy negó con tristeza. Cuando me miró, fue con un dolor tal que hizo que el estómago se me volteara.

—Eso no es cierto —sostuvo—. Todos los días son diferentes: los colores, los matices, el impacto en tu alma. —Suspiró y continuó—: Cada día es un regalo, Rune. Si aprendí algo en los últimos dos años, fue eso.

Me quedé en silencio.

Poppy echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

—Como este viento. Es frío porque comienza el invierno, y la gente huye de él. Se quedan en casa para mantener el calor. Pero yo lo acojo, aprecio la sensación del viento en la cara, el calor del sol en mis mejillas en verano. Quiero bailar en la lluvia. Sueño con acostarme en la nieve y sentir el frío en los huesos. —Abrió los ojos. La cresta del sol empezó a ascender al cielo—. Cuando estaba en tratamiento, confinada en la cama del hospital, cuando sufría y me estaba volviendo loca en cada aspecto de mi vida, les pedía a las enfermeras que voltearan mi cama hacia la ventana. Ver el amanecer cada día me tranquilizaba. Me restauraba la fuerza y me llenaba de esperanza.

Un montón de ceniza cayó sobre la tierra a mi lado. Me di cuenta de que no me moví desde que empezó a hablar. Se volteó hacia mí y dijo:

—Cuando miraba por la ventana, cuando te extrañaba tanto que me dolía más que la quimio, miraba el amanecer y pensaba en ti. Pensaba en que tú estabas viendo el amanecer en Noruega y eso me daba paz. —Yo no dije nada—. ¿Fuiste feliz por lo menos una vez? ¿Hubo algún momento de los últimos dos años en que no te sintieras triste o enojado?

El fuego de la furia que tenía en el estómago volvió a cobrar vida.

Negué con la cabeza.

—No —contesté y tiré mi cigarro muerto al suelo.

—Rune —murmuró Poppy con culpa en los ojos—, yo pensé que al final seguirías adelante. —Bajó la mirada, pero cuando volvió a levantarla, me rompió el corazón por completo—. Lo hice porque nunca pensé que duraría tanto. —Una sonrisa débil, pero extrañamente poderosa, adornó su rostro—. Me concedieron más tiempo, me concedieron más vida. —Respiró profundamente—. Y ahora, para sumarse a los milagros que se presentan en mi camino, regresaste.

Volteé la cabeza, incapaz de calmarme, incapaz de equilibrar el hecho de que Poppy hablara de su muerte de manera tan casual y de mi regreso con tanta felicidad. Sentí que se movía para sentarse a mi lado. Su dulce aroma cayó sobre mí y cerré los ojos, respirando fuerte, mientras sentía un brazo apoyado contra mi cuerpo.

Entre nosotros volvió a caer un silencio que hizo más denso el aire.

Después Poppy puso su mano sobre la mía. Abrí los ojos justo cuando ella señalaba al sol, que ahora se movía con más rapidez, dando origen a un nuevo día. Apoyé la cabeza hacia atrás en la corteza dura y observé el matiz rosado que inundaba el bosquecillo de árboles. Mi piel se estremeció por el frío. Poppy levantó la cobija que tenía a un lado para cubrirnos a los dos.

En cuanto la cobija gruesa de lana nos envolvió con su calidez, sus dedos se entrelazaron con los míos y unimos nuestras manos. Observamos el sol hasta que la luz del día llegó por completo.

Sentí la necesidad de ser honesto. Hice mi orgullo a un lado y le confesé:

—Me lastimaste. —Mi voz sonaba rasposa y grave.

Poppy se puso rígida.

No la miré a los ojos porque no pude. Después añadí:

—Me rompiste el corazón por completo.

Cuando las nubes se despejaron, el cielo rosa se volvió azul. Mientras llegaba la mañana, sentí que Poppy se movía, estaba limpiándose una lágrima.

Hice un gesto de dolor, odiaba el hecho de perturbarla, pero era ella la que quería saber por qué estaba enojado todo el tiempo, todos los días. Era ella la que quería saber por qué nunca vi un maldito amanecer. Era ella la que quería saber por qué cambié. Y esa era la verdad: estaba aprendiendo rápidamente que a veces la verdad era una perra.

Poppy sollozó y yo alcé un brazo y envolví sus hombros. Esperaba que se resistiera, pero más bien se recargó en mi costado con delicadeza. Dejó que la abrazara.

Mantuve mi atención en el cielo y apreté la quijada cuando se me nubló la vista por las lágrimas, que reprimí.

—Rune —dijo Poppy.

—Ya no importa. —Negué con la cabeza.

Poppy alzó la cabeza y volteó a verme con la mano sobre mi mejilla.

—Por supuesto que importa, Rune. Te lastimé. —Se tragó las lágrimas

—. Esa nunca fue mi intención. Lo que quería desesperadamente era salvarte.

Busqué sus ojos y lo vi. Por mucho que me hubiera herido, por mucho que el abrupto silencio me hubiera destruido, hundiéndome en un lugar del

que no sabía cómo liberarme, me daba cuenta de que lo hizo porque me amaba. Quería que siguiera adelante.

—Ya lo sé —dije apretándola contra mí.

—No funcionó.

—No —concedí y después le besé la cabeza. Cuando volteó a mirarme, le quité las lágrimas de la cara.

—¿Y ahora qué? —me preguntó.

—¿Qué quieres que pase ahora?

Poppy suspiró y me miró con ojos decididos.

—Quiero que vuelva el viejo Rune. —El estómago me dio un vuelco y me eché hacia atrás; Poppy me detuvo—. Rune…

—No soy el viejo Rune. No creo que lo vuelva a ser nunca. —Bajé la cabeza, pero me obligué a enfrentarla—. Yo te sigo queriendo igual, Poppymin, aunque tú ya no me quieras.

—Rune —murmuró—. Acabo de recuperarte. No conozco a este nuevo tú y tengo la mente nublada. Nunca pensé que fueras a estar conmigo en esto. Estoy…, estoy confundida. —Me apretó la mano—. Pero al mismo tiempo, con la promesa de un nuevo nosotros, me siento llena de una vida nueva. Con saber que, por lo menos durante el tiempo que me queda, vas a estar conmigo. —Sus palabras bailaron en el aire y me preguntó con nerviosismo—: ¿Verdad?

Pasé un dedo por su mejilla.

— Poppymin, voy a estar contigo. Siempre voy a estar contigo. —Me aclaré el nudo en la garganta y añadí—: Es posible que sea diferente del chico que conocías, pero soy tuyo. —Sonreí con burla, sin ganas—. Por siempre jamás.

La mirada de Poppy se hizo más suave. Me dio un golpecito en el hombro y apoyó la cabeza sobre él.

—Perdón —murmuró.

La apreté contra mí lo más que pude.

—Por Dios, Poppy, perdóname tú. No sé… —No pude terminar la frase, pero Poppy esperó con paciencia hasta que bajé la cabeza y continué—: No sé cómo no te estás desmoronando con todo esto. No sé cómo es que no…

—Suspiré—. Simplemente no sé cómo encuentras la fuerza para seguir adelante.

—Porque amo la vida. —Se encogió de hombros—. Siempre la he amado.

Sentí como si estuviera viendo un lado nuevo de Poppy. O quizás estuviera acordándome de la chica en la que siempre supe que se convertiría.

Poppy señaló al cielo.

—Soy la chica que se despierta temprano para ver el amanecer. Soy la chica que quiere ver lo bueno en todos, la que se pone a fantasear por una canción, la que se inspira en el arte. —Volteó hacia mí y sonrió—. Soy esa chica, Rune. La que espera en la tormenta sólo para ver un arcoíris. ¿Por qué ser miserable cuando puedes ser feliz? Para mí es una elección obvia.

Me llevé su mano a la boca y besé el dorso. Su respiración cambió, el ritmo se aceleró al doble. Después, Poppy se llevó nuestras manos unidas a la boca, torciéndolas para besar mi mano. Las llevó a su regazo y trazó dibujos sobre mi piel con el dedo índice de la mano que tenía libre. Mi corazón se derritió cuando me di cuenta de lo que estaba dibujando: signos de infinito. Ochos perfectos.

—Ya sé lo que me va a pasar, Rune, no soy ingenua. Pero también tengo mucha fe en que en la vida hay más de lo que tenemos aquí y ahora, en la Tierra. Creo que me espera el paraíso. Creo que cuando expire mi último aliento y cierre los ojos en esta vida, despertaré en la siguiente, sana y en paz. Lo creo con todo mi corazón.

—Poppy —dije con voz ronca. Sentía cómo me desgarraba cuando pensaba en que iba a perderla, pero también me sentía orgulloso de su fuerza. Me sorprendía.

Poppy quitó un dedo de nuestras manos y me sonrió sin ni siquiera un poco de miedo en su hermosa cara.

—Voy a estar bien, Rune. Te lo prometo.

—No estoy seguro de que yo vaya a estar bien sin ti. —No quería hacerla sentir mal, pero esa era mi verdad.

—Vas a estar bien —afirmó con seguridad—. Porque tengo fe en ti.

No le respondí nada, ¿qué podía decirle?

Poppy miró los árboles desnudos que nos rodeaban.

—Estoy impaciente por que vuelvan a florecer. Extraño ver los petalitos rosas, extraño entrar en el bosquecillo y sentir que estoy entrando en un sueño. —Levantó una mano y la pasó por una rama baja.

Poppy me lanzó una sonrisa de emoción y después se puso de pie, con el cabello volando libremente al viento. Se paró en el pasto y levantó las

manos al aire. Echó la cabeza hacia atrás y se rio, la risa que surgió de su garganta con abandono puro.

No me moví. No podía, estaba fascinado. Mi mirada se negaba a separarse de Poppy, que se puso a correr y giraba mientras el viento soplaba a través del bosquecillo, llevándose su risa a la deriva.

«Un sueño», pensé. Tenía razón. Poppy, envuelta en su abrigo, dando vueltas en el bosquecillo muy temprano por la mañana, parecía exactamente un sueño.

Era como un ave: más hermosa que nunca cuando volaba libremente.

—¿La sientes, Rune? —me preguntó con los ojos todavía cerrados mientras recibía el calor del sol.

—¿Qué? —pregunté cuando pude hablar.

—¡La vida! —gritó y se rio con más fuerza cuando el viento cambió de dirección y casi la tira al suelo—. La vida —dijo tranquilamente conforme iba quedándose quieta, enraizando los pies en el pasto seco. Su piel estaba sonrojada y sus mejillas tostadas por el viento. Sin embargo, nunca se había visto más bella.

Los dedos se me crisparon. Miré hacia abajo y de inmediato supe por qué: la urgencia de capturar a Poppy en película me carcomía por dentro.

Una urgencia natural. Poppy me dijo una vez que nací con ella.

—Rune —dijo Poppy, y alcé la mirada—, desearía que la gente se diera cuenta de cómo se siente esto todos los días. ¿Por qué se necesita que la vida esté por terminar para apreciar cada día? ¿Por qué tenemos que esperar a que se nos acabe el tiempo para empezar a conseguir todo lo que soñamos, cuando una vez tuvimos todo el tiempo del mundo? ¿Por qué no miramos a la persona que más amamos como si fuera la última vez que la fuéramos a ver? Porque si lo hiciéramos, la vida sería tan vibrante. La vida se viviría verdadera y completamente.

Poppy echó la cabeza hacia adelante con lentitud. Miró hacia atrás, sobre su hombro, y me recompensó con la sonrisa más devastadora. Miré a la chica que más amaba como si fuera la última vez que fuera a verla, e hizo que me sintiera vivo.

Me hizo sentir como la persona más afortunada del planeta, porque era mía. Aunque, justo en ese momento, las cosas seguían estando raras y eran demasiado recientes, sabía que era mía.

Y yo definitivamente era suyo.

Mis piernas se levantaron como por voluntad propia, tirando la cobija al pasto del bosquecillo. Despacio, avancé hacia Poppy, absorbiendo cada parte de ella.

Poppy me observó acercarme. Cuando me paré frente a ella, agachó la cabeza y un rubor de vergüenza se extendió por su cuello y se asentó en sus pómulos.

El viento nos envolvía.

—¿Lo sientes, Rune? ¿De verdad? —preguntó.

Supe que se refería al viento en mi cara y a los rayos de sol que caían sobre nosotros.

Vivos.

Vibrantes.

Asentí y respondí a una pregunta completamente diferente:

—Lo siento, Poppymin. De verdad.

Y en ese momento, algo cambió dentro de mí. Ya no podía pensar en el hecho de que sólo le quedaran unos meses de vida.

Tenía que concentrarme en el momento.

Tenía que ayudarla a sentirse lo más viva posible mientras volvía a tenerla a mi lado.

Tenía que recuperar su confianza. Su alma. Su amor.

Poppy se acercó más a mí y pasó una mano por mi brazo desnudo.

—Tienes frío —señaló.

No me importaba tener hipotermia. Llevé la mano a su nuca y me incliné hacia ella para buscar en su rostro alguna señal de que no deseaba que hiciera ese movimiento. Sus ojos verdes destellaron, pero no por resistencia.

Animado porque sus labios se separaron y cerraba los ojos, incliné la cabeza a un lado y pasé junto a su boca para apoyar la punta de la nariz en su mejilla. Poppy jadeó, pero yo seguí adelante. Seguí hasta que llegué al pulso de su cuello, estaba acelerado.

Tenía la piel caliente de bailar en el viento; sin embargo, al mismo tiempo temblaba. Sabía que era por mí.

Recorriendo el resto del camino, apreté los labios sobre su pulso galopante, saboreé su dulzura y sentí mi propio ritmo acelerarse al mismo ritmo.

Me sentí vivo.

Viviendo la vida verdadera y completamente.

Un suave gemido se escapó de los labios de Poppy y me alejé, para encontrarme poco a poco con su mirada. Sus iris verdes brillaban, y sus labios estaban rosados y plenos. Bajé la mano y di un paso atrás.

—Vamos. Necesitas dormir —dije.

Poppy se veía adorablemente desconcertada. La dejé ahí parada mientras recogía nuestras cosas. Cuando terminé, la encontré exactamente donde la dejé.

Moví la cabeza en dirección a nuestras casas: Poppy caminó a mi lado.

A cada paso, repensaba las últimas doce horas. La montaña rusa de emociones, el hecho de que hubiera recuperado la mitad de mi corazón para descubrir que era algo temporal. Pensé en besar la cara de Poppy, en acostarme en la cama a su lado.

Después pensé en el frasco. El frasco de besos medio vacío. Por alguna razón, ese destello de corazones de papel en blanco era lo que más me molestaba. A Poppy le encantaba ese frasco. Era un reto que le puso su abu.

Un reto en pausa por mis dos años de ausencia.

Eché un vistazo hacia Poppy, que observaba un ave en un árbol y sonreía mientras el pájaro cantaba en la rama más alta. Sintió mi mirada y volteó a verme.

—¿Todavía te gustan las aventuras? —le pregunté.

La sonrisa de oreja a oreja de Poppy me respondió de inmediato.

—Sí —contestó—. Últimamente cada día es una aventura. —Bajó la mirada—. Ya sé que los próximos meses van a ser un desafío interesante, pero estoy preparada para acogerlos. Estoy tratando de vivir cada día al máximo.

Ignoré el dolor que ese comentario incendió dentro de mí y formé un plan en mi mente. Poppy se detuvo, llegamos al jardín de pasto que dividía nuestras casas.

Poppy se volteó hacia mí cuando nos paramos frente a su ventana, y esperó a ver qué iba a hacer yo a continuación. Me acerqué más a ella, dejé la mochila y la cobija en el suelo y me levanté con las manos a los costados.

—¿Entonces? —preguntó Poppy con un tono de broma.

—Entonces —contesté. No pude evitar sonreír por el brillo de sus ojos

—. Mira, Poppy —empecé a decir, y me balanceé sobre los pies—. Tú crees que no conoces al tipo que soy ahora. —Me encogí de hombros—. Así que dame una oportunidad. Déjame mostrarte. Empecemos una nueva aventura.

Sentí que las mejillas se me encendían por la vergüenza, pero Poppy tomó mi mano entre las suyas de repente. Sorprendido, miré nuestras manos y después Poppy las sacudió de arriba abajo dos veces.

—Yo soy Poppy Litchfield y tú eres Rune Kristiansen. Esto es un apretón de manos. Mi abu me dijo que es lo que se hace cuando conoces a alguien. Ahora somos amigos. Mejores amigos —declaró con una sonrisa enorme en la cara y unos hoyuelos profundos y orgullosos.

Poppy me miró a través de sus pestañas y se rio. Me reí recordando el día en que la conocí, cuando teníamos cinco años y vi que salía por su ventana con el vestido azul cubierto de lodo y un moño blanco enorme en la cabeza.

Poppy se movió para recuperar su mano, pero la sostuve con fuerza.

—Sal conmigo en la noche. —Poppy se quedó quieta—. A una cita, una verdadera —continué con una sensación de extrañeza.

Poppy negó con la cabeza, incrédula.

—En realidad, no salimos nunca a una cita, Rune. Sólo… éramos.

—Entonces hay que empezar ahora. Te recojo a las seis, para que estés lista.

Me di la vuelta y me dirigí a mi ventana, suponiendo que su respuesta era sí. La verdad era que no le iba a dar la oportunidad de decir que no. Lo haría por ella.

Pondría todo mi esfuerzo en hacerla feliz.

La reconquistaría.

El Rune que era ahora la iba a reconquistar.

No había otra opción.

Éramos nosotros.

Era nuestra nueva aventura.

Una aventura que iba a hacer que se sintiera viva.