Mil besos tuyos
Capítulo 9
Primeras citas
y sonrisas con hoyuelos
POPPY
—¿Vas a salir a una cita? —me preguntó Savannah; ella e Ida estaban acostadas en mi cama, mirando mi reflejo en el espejo. Vieron cómo me ponía los aretes de infinitos en mis orejas y me aplicaba una capa más de rímel.
—Sí, a una cita —contesté.
Ida y Savannah se miraron una a la otra con ojos enormes. Ida volteó a verme.
—¿Con Rune? ¿Rune Kristiansen?
Esta vez volteé a verlas. La expresión de sorpresa de sus caras era inquietante.
—Sí, con Rune. ¿Por qué están tan sorprendidas?
Savannah se sentó con los brazos apoyados en el colchón.
—Porque el Rune Kristiansen del que todo el mundo habla no saldría a citas. Es el Rune que fuma y bebe en el campo. El que no habla y frunce el ceño en lugar de sonreír. El chico malo que regresó de Noruega siendo una persona diferente. Ese Rune.
Miré fijamente a Savannah y vi una expresión de preocupación en su cara. El estómago me dio un vuelco al oír lo que la gente obviamente estaba
diciendo de Rune.
—Sí, pero a todas las chicas les gusta —intervino Ida lanzándome una sonrisa—. La gente estaba celosa cuando estabas con él antes de que se fuera. ¡Ahora se van a morir!
Cuando esas palabras salieron de sus labios, vi que Ida perdía la sonrisa poco a poco. Miró hacia abajo y después alzó la mirada.
—¿Ya sabe?
Savannah tenía la misma mirada triste, tan triste que tuve que apartar la mía. No podía soportar verla.
—¿Poppy? —dijo Savannah.
—Sí, sabe.
—¿Cómo lo tomó? —preguntó Ida con indecisión.
Sonreí a pesar de la puñalada de dolor que sentía en el corazón. Volteé hacia mis hermanas: las dos me miraban como si pudiera desaparecer ante sus ojos en cualquier momento. Me encogí de hombros.
—No muy bien.
—Lo siento, Pops. —Los ojos de Savannah empezaron a brillar.
—No debí abandonarlo —declaré—. Por eso está tan enojado todo el tiempo, por eso está tan poco amigable, porque lo herí profundamente.
Cuando le conté, parecía destrozado, pero después me invitó a salir. Mi Rune finalmente me invitó a salir después de todos estos años.
Ida se limpió la mejilla enseguida.
—¿Saben mis papás?
Hice una mueca y negué con la cabeza. Savannah e Ida se miraron, luego las dos me vieron a mí y, segundos después, todas estábamos riendo.
Ida dio una vuelta sobre su espalda, agarrándose el estómago.
—¡Ay, Dios, Pops! ¡Papá va a enloquecer! De lo único que habla desde que regresaron los Kristiansen es de lo mucho que cambió Rune para mal, de lo irrespetuoso que es porque fuma y le grita a su papá. —Se dio la vuelta y se sentó—. No te va a dejar ir.
Dejé de reírme. Ya sabía que mis papás estaban preocupados por la actitud de Rune, pero no sabía que lo juzgaron tan mal.
—¿Pasará a recogerte? —preguntó Savannah.
Negué con la cabeza, aunque no estaba segura de qué iba a hacer. De repente tocaron el timbre.
Todas nos miramos con los ojos bien abiertos. Fruncí el ceño.
—No puede ser él —exclamé sorprendida. Él siempre venía a mi ventana. Nunca era formal; simplemente, no éramos así. Seguramente no era él.
Savannah miró el reloj de mi buró.
—Son las seis. ¿No dijo que venía a las seis?
Me vi en el espejo una vez más, tomé mi chamarra y salí deprisa de mi habitación, seguida de cerca por mis hermanas. Cuando di vuelta en el pasillo, vi que mi papá abría la puerta y que le cambiaba la expresión al ver quién era.
Derrapé para detenerme.
Savannah e Ida se detuvieron a mi lado. Ida me tomó de la mano cuando oyó que una voz familiar saludaba.
—Señor Litchfield.
Con el sonido de su voz, el corazón empezó a latirme a un ritmo incierto. Vi que mi papá echaba la cabeza hacia atrás, confundido.
—¿Rune? —preguntó—. ¿Qué haces aquí?
Mi papá estaba siendo tan amable como siempre, pero percibí su tono de alerta. Notaba un tono de preocupación, quizás incluso una inquietud más profunda.
—Vine por Poppy —le dijo Rune a mi papá. Mi papá apretó más la perilla de la puerta.
—¿Por Poppy? —repitió. Eché un vistazo desde el otro lado de la pared esperando ver a Rune. Ida me apretó el brazo. Miré a mi hermana, que articuló teatralmente con los labios «¡Dios mío!».
Sacudí la cabeza mientras me reía de ella en silencio. Volvió a centrar su atención en mi papá, pero yo miré su cara de emoción un segundo más. Era en los momentos como este, sin preocupaciones, en los que éramos sólo tres hermanas chismeando de citas, los que me pegaban con más fuerza. Sentí un par de ojos sobre mí y volteé a ver a Savannah.
Sin palabras, me dijo que comprendía.
La mano de Savannah me apretó el hombro cuando oí que Rune explicaba:
—Vamos a salir, señor. —Hizo una pausa—. A una cita.
La cara de mi papá palideció, y yo salí de mi escondite. Cuando iba hacia la puerta para rescatar a Rune, Ida me murmuró algo al oído:
—Poppy, eres mi nueva heroína. ¡Mira la cara de papá!
Puse los ojos en blanco y me reí. Savannah agarró a Ida y la jaló hacia atrás, fuera de vista, pero yo sabía que seguirían observándonos. No se perderían esto por nada del mundo.
Una ráfaga de nervios me atravesó cuando me acerqué a la puerta. Vi que mi papá empezaba a sacudir la cabeza y después fijaba la mirada en mí.
Con ojos confundidos observó mi vestido, el moño que llevaba en el pelo y mi maquillaje. Se puso un poco más pálido.
—¿Poppy? —me preguntó papá. Alcé la cabeza.
—Hola, papi —contesté. La puerta bloqueaba a Rune, pero podía ver su silueta oscura y borrosa a través del panel de cristal. Podía oler su aroma fresco en la brisa que se filtraba en la casa.
El corazón se me aceleró por la expectación.
Mi papá señaló a Rune.
—Al parecer, Rune cree que vas a salir con él —dijo como si no pudiera ser cierto de ninguna manera, pero oí la duda en su voz.
—Sí —confirmé.
Oí los murmullos silenciosos de mis hermanas, que llegaban desde detrás de nosotros. Vi que mi mamá nos observaba desde la sombra de la sala.
—Poppy —empezó a decir mi papá, pero di un paso al frente y lo interrumpí.
—Está bien —le aseguré—. Voy a estar bien. —Parecía que mi papá no se podía mover. Aproveché ese momento de incomodidad para caminar hasta el otro lado de la puerta y saludar a Rune.
Sentí que los pulmones se me trababan y mi corazón se detuvo.
Rune estaba todo vestido de negro: playera, pantalones, botas de piel y chamarra de motociclista. Llevaba suelto el cabello largo y saboreé el momento en que se llevó la mano al pelo para echarlo hacia atrás. Estaba recargado contra el marco de la puerta y de su postura casual emanaba un aire de arrogancia.
Cuando posó en mí sus ojos, brillantes bajo el ceño fruncido de cejas rubias y oscuras, vi que un destello iluminaba su mirada. Recorrió lentamente mi cuerpo con la vista, pasó por mi vestido amarillo de mangas largas, por mis piernas y volvió al moño que se sostenía a un lado de mi cabello. El movimiento de sus fosas nasales y la dilatación de sus pupilas fueron las únicas señales de que le gustaba lo que veía.
Me sonrojé bajo su intensa mirada y respiré profundamente. El aire estaba denso y cargado, la tensión entre los dos era palpable. En ese momento me di cuenta de que es posible extrañar a alguien con furia aunque sólo hayan transcurrido algunas horas desde que estuvimos juntos.
Mi papá se aclaró la garganta y me regresó a la realidad. Lo miré y puse una mano reconfortante sobre su brazo.
—Regreso más tarde, papi, ¿está bien? —dije.
Sin esperar su respuesta, me agaché para pasar por debajo de su brazo, que estaba recargado en la puerta, y salí al porche. Rune separó lentamente su cuerpo del marco de la puerta y se volteó para seguirme. Cuando llegamos al final de mi casa, lo observé.
Su mirada intensa ya estaba sobre mí, y apretó la quijada mientras esperaba que hablara. Sobre mi hombro vi que mi papá seguía vigilándonos con expresión preocupada.
Rune también volteó, pero no reaccionó. No dijo ni una palabra. Metió la mano en su bolsillo y sacó unas llaves. Hizo un gesto hacia la camioneta de su mamá.
—Tengo el coche —fue lo único que dijo y caminamos hacia allá.
Fui detrás de él con el corazón palpitándome con más fuerza conforme me acercaba al coche. Me concentré en el suelo para controlar mis nervios.
Cuando alcé la vista, Rune me abrió la puerta del copiloto. De repente, todos mis nervios se desvanecieron.
Estaba parado como un ángel oscuro, observándome y esperando que entrara. Le sonreí al pasar junto a él y me subí al coche, sonrojándome de felicidad cuando cerró la puerta con suavidad y se subió al asiento del conductor.
Rune encendió el motor sin decir una palabra, con la atención fija en mi casa a través del parabrisas. Mi papá estaba ahí, quieto como una roca, viéndonos marchar.
La quijada de Rune se tensó otra vez.
—Sólo es protector, nada más —le expliqué cuando mi voz rompió el silencio. Rune me miró de reojo y arrancó viendo a mi papá con un aire oscuro; el silencio denso se intensificaba cuanto más nos alejábamos.
Rune apretaba con tanta fuerza el volante que los nudillos se le pusieron blancos. Podía sentir la ira que surgía de él en oleadas. Me hacía sentir triste. Nunca antes había visto que alguien manifestara tanta rabia.
No podía ni imaginarme vivir así todos los días. No podía imaginarme sentir en el estómago ese alambre de púas todos los días, el dolor en el corazón.
Tomé aire y volteé hacia Rune.
—¿Estás bien? —pregunté con indecisión.
Rune exhaló fuerte por la nariz. Asintió una vez con la cabeza y después se echó el pelo hacia atrás. Miré su chamarra de motociclista y sonreí.
Rune alzó la ceja.
—¿Qué? —preguntó y el sonido de su voz profunda retumbó en mi pecho.
—Sólo tú —respondí sin dar más detalles.
Rune devolvió la mirada al camino y después de nuevo a mí. Cuando lo repitió varias veces más, me di cuenta de que estaba desesperado por saber qué estaba pensando.
Extendí una mano y dejé que paseara a la deriva sobre la piel gastada del brazo de su chamarra. Los músculos de Rune se tensaron bajo mi palma.
—Ya veo por qué todas las chicas del pueblo están enamoradas de ti —
dije—. Ida me estaba contando hace rato que todas se pondrían celosas si salía a una cita contigo.
Rune bajó las cejas y me reí. Me reí de verdad por las líneas de su frente. Juntó los labios mientras yo me reía con más fuerza, pero pude ver el brillo en sus ojos; me daba cuenta de que estaba ocultando que se divertía.
Suspiré ligeramente y me froté los ojos. Me di cuenta de que las manos de Rune se relajaron un poco en el volante, tampoco tenía tan tensa la quijada ni la mirada tan afilada. Tomé la oportunidad que se me presentaba:
—Desde que me enfermé, mi papá es más protector. No te odia, Rune.
No conoce a este nuevo tú. Ni siquiera sabe que ya nos volvemos a hablar.
Rune se sentó muy quieto y no dijo nada.
Esta vez, no traté de hablar. Era obvio que Rune estaba de mal humor de nuevo. Sin embargo, en esos días, no sabía qué hacer para sacarlo de su humor, y ni siquiera si era capaz. Me volteé para ver el mundo que nos rodeaba mientras avanzábamos. No tenía idea de a dónde íbamos, la emoción hacía imposible que me sentara quieta.
De repente, odié el silencio del carro y me incliné para encender el radio. Busqué mi estación favorita y las armonías de mi banda de chicas favorita llenaron el carro.
—Me encanta esta canción —comenté con alegría, y me recargué en mi asiento mientras la lenta melodía del piano empezaba a llenar todos los rincones del coche. Escuché los primeros compases mientras cantaba en voz baja la versión acústica y sin adornos de la canción, que era mi favorita.
Cerré los ojos y dejé que la desgarradora letra fluyera en mi mente y a través de mis labios. Sonreí cuando la sección de cuerdas comenzó a sonar de fondo, intensificando la emoción con sus sonidos melodiosos.
Por eso amaba la música.
Sólo la música tenía la capacidad de dejarme sin aliento y dar vida a la historia de una canción de manera tan perfecta, tan profunda. Abrí los ojos y descubrí que la ira había desaparecido de la cara de Rune. Sus ojos azules me observaban tanto como podían. Apretaba las manos en el volante, pero en su expresión había algo más. Se me secó la boca cuando volteó a verme otra vez, con una expresión indescifrable.
—Se trata de una chica que ama desesperadamente a un chico, con todo el corazón. Mantienen su amor en secreto, pero ella no quiere que sea así.
Ella quiere que todo el mundo sepa que ella es suya y él es suyo.
—Sigue cantando —me pidió Rune con voz rasposa a continuación, para mi absoluta sorpresa.
Lo vi en su cara: necesitaba oírme.
Así que canté.
No era muy buena cantante, así que canté en voz baja, con honestidad.
Canté la letra abrazando cada palabra. Entoné la canción de amor correspondido con todo mi corazón. Yo viví lo que narraba la letra, esas peticiones apasionadas.
Seguía viviéndolas.
Éramos Rune y yo. Nuestra separación. Mi tonto plan: mantenerlo fuera de mi vida, salvarlo de mi dolor, fue algo que, inesperadamente, nos hirió a los dos. Yo lo amaba desde Estados Unidos, y él me correspondía desde Oslo, en secreto.
Cuando terminó la canción, abrí los ojos y el pecho me dolía de la crudeza de las emociones. Empezó otra, una que no conocía. Sentía la mirada de Rune sobre mí, pero no era capaz de alzar la cabeza.
Algo lo hacía imposible.
Volteé la cabeza en la cabecera del asiento, y miré por la ventana.
—Me encanta la música —dije casi para mí.
—Ya lo sé —respondió Rune con una voz firme, fuerte y clara. Sin embargo, en su tono percibí un toque de ternura. O algo cariñoso. Amoroso.
Volteé para verlo, pero no dije nada cuando nuestras miradas se encontraron. Simplemente sonreí. Fue una sonrisa pequeña y tímida, pero Rune suspiró cuando lo hice.
Dimos vuelta a la izquierda dos veces y llegamos a un oscuro camino rural. No aparté los ojos de Rune. Pensé en que era verdaderamente guapo.
Me permití imaginar cómo se vería en diez años. Sería más fuerte, seguro.
Me pregunté si seguiría usando el cabello largo, qué estaría haciendo con su vida.
Recé por que tuviera algo que ver con la fotografía.
A él, la fotografía le daba la misma sensación de paz del alma que a mí me daba el violonchelo. Sin embargo, desde que regresó, no vi su cámara ni una vez. Él mismo dijo que ya no tomaba fotografías.
Eso me ponía más triste que nada.
Después hice la única cosa que hacía mucho tiempo me dije que no me iba a permitir: me imaginé cómo nos veríamos nosotros en diez años, juntos. Casados, viviendo en un departamento del Soho, en Nueva York. Yo haría la comida en una cocina pequeña, bailando al ritmo de la música de fondo que tocaba el radio. Y Rune estaría sentado en la barra, viéndome y tomando fotos para documentar nuestra vida. Extendería su brazo desde detrás de la lente para pasar un dedo por mi mejilla, y yo le daría un manazo jugando y me reiría. Entonces apretaría el botón de la cámara. Esa sería la toma que más tarde, esa noche, me esperaría sobre la almohada.
Un momento que él capturó a la perfección.
Un segundo perfecto para él, una representación del amor.
Una lágrima cayó de mis ojos mientras me aferraba a esa imagen, que nunca podría ser la nuestra. Me permití sentir ese dolor durante un momento antes de ocultarlo profundamente. Después, me concedí sentir alegría por que él tuviera la oportunidad de satisfacer su pasión y convertirse en fotógrafo. Yo lo observaría desde mi nuevo hogar en el paraíso, y desde ahí sonreiría con él.
Mientras Rune se concentraba en el camino, murmuré:
—Te extrañé… te extrañé tanto, tanto.
Él se quedó paralizado, cada parte de su cuerpo se quedó quieta.
Después puso la direccional y se estacionó al borde del camino. Me
reacomodé en el asiento, preguntándome qué ocurría. El motor ronroneó debajo de nosotros, pero Rune apartó las manos del volante.
Bajó la mirada y puso las manos en su regazo. Agarró sus jeans por un instante y volteó a verme. Tenía una expresión torturada.
Devastada.
Sin embargo, la suavizó cuando me miró.
—Yo también te extrañé. Muchísimo, Poppymin —murmuró con voz ronca.
Se me aceleró el corazón, y con él también el pulso. Se me desbocaron, lo que hizo que me sintiera mareada mientras asimilaba la honestidad que percibía en su voz grave.
Sin saber qué más decir, apoyé la mano en la guantera que había entre los asientos, con la palma hacia arriba y los dedos extendidos. Después de varios segundos, Rune puso su mano sobre la mía lentamente y entrelazamos los dedos con fuerza. Sentí que me recorrían escalofríos cuando su gran mano tomó la mía.
El día anterior nos confundió a ambos, ninguno de los dos sabía qué hacer, a dónde ir, cómo encontrar el camino de regreso a nosotros. Esa cita era nuestro comienzo. Nuestras manos unidas eran un recordatorio. Un recordatorio de que éramos Poppy y Rune. En algún lugar, debajo del dolor y del sufrimiento, bajo las nuevas capas que adquirimos, seguíamos ahí.
Enamorados.
Dos mitades de un solo corazón.
Y no me importaba lo que los demás dijeran al respecto. Para mí, el tiempo era precioso, pero me di cuenta de que no lo era tanto como Rune.
Sin separar su mano, puso el coche en marcha y volvimos al camino.
Después de un momento, comprendí a dónde íbamos.
Al arroyo.
Sonreí mientras nos acercábamos al viejo restaurante, con la plataforma de madera adornada con tiras de luces azules y enormes calentadores que entibiaban las mesas de afuera. El carro se detuvo y me di la vuelta hacia Rune.
—¿Me trajiste al arroyo para nuestra cita? ¿A la Choza de Tony?
Cuando éramos niños, mi abu nos traía a Rune y a mí aquí algunos domingos por la noche, justo como esa noche. Vivía por aquellos cangrejos y recorría feliz todo el camino con tal de conseguirlos.
Rune asintió. Traté de retirar mi mano y frunció el ceño.
—Rune —bromeé—, en algún momento tenemos que bajarnos del coche y entonces tendremos que soltarnos la mano.
Me soltó con renuencia, bajando las cejas. Tomé mi abrigo y salí del coche. En cuanto cerré la puerta, Rune llegó a mi lado y, sin pedir permiso, me tomó de la mano otra vez.
Por la fuerza con que me agarró, me convencí de que nunca me soltaría.
Una ráfaga de viento sopló desde el agua mientras caminábamos hacia la entrada. Rune se detuvo y, en silencio, tomó mi abrigo y separó nuestras manos. Sacudió el abrigo y lo extendió para que me lo pusiera.
Iba a protestar, pero una mirada oscura atravesó su cara y suspiré. Me di la vuelta, metí los brazos en el abrigo y me giré cuando el brazo de Rune me guio hacia adelante hasta que quedé frente a él. Concentrándose en la tarea, me subió el cierre del abrigo para mantener bajo control el aire fresco de la noche.
Esperé que Rune quitara las manos de mi cuello, pero se demoró. Su aliento mentolado flotaba alrededor de mis mejillas. Alzó la vista y por un momento se encontró con mis ojos. Se me erizó la piel con el destello de timidez que percibí en su mirada. Después, fijando su mirada en la mía, se acercó:
—¿Te dije qué hermosa te ves hoy? —dijo con suavidad.
Dentro de mis botas, se me contrajeron los dedos por lo marcado de su acento. Aunque Rune pareciera tranquilo y frío, yo lo conocía: cuando su acento era más fuerte, también aumentaban sus nervios.
Negué con la cabeza.
—No —murmuré, y Rune desvió la mirada.
Cuando me miró otra vez, apretó más las manos en el cuello de mi abrigo, acercándome más a él. Su cara estaba a unos centímetros de la mía.
—Bueno, pues así es. Te ves realmente hermosa.
El corazón me dio un salto y se disparó. En respuesta, sólo pude sonreír, pero pareció ser suficiente para él. De hecho, lo derribó. Se inclinó sólo un poco más y rozó mi oreja con sus labios.
—Abrígate, Poppymin. No podría soportar que te enfermaras.
De repente, tuvo sentido que quisiera ponerme el abrigo. Era un acto de protección, quería que estuviera a salvo.
—Está bien —murmuré —. Por ti. —Respiró con rapidez y cerró los ojos una fracción de segundo más de lo que duraría un simple parpadeo.
Dio un paso atrás y tomó mis manos entre las suyas. Sin hablar, me llevó a la Choza de Tony y pidió una mesa para dos. La hostess nos llevó al fondo, a un patio que daba al arroyo. Hacía años que no iba, pero no había cambiado nada. El agua estaba quieta y silenciosa, un pedazo del paraíso que se ocultaba entre los árboles.
La hostess se detuvo en una mesa al final del patio abarrotado. Sonreí, y ya estaba a punto de sentarme cuando Rune dijo:
—No. —Mis ojos y los de la hostess fueron hacia Rune. Señaló una mesa en la plataforma de madera, la más alejada, que estaba justo al borde del agua—. Esa —exigió con brusquedad.
La joven hostess asintió.
—Por supuesto —contestó un poco nerviosa. Nos acompañó a la mesa atravesando el patio.
Rune tomó la delantera, tomándome aún de la mano. Mientras recorríamos el camino entre las mesas, vi que algunas chicas lo miraban fijamente. En lugar de alterarme por su atención, seguí sus miradas para tratar de verlo con nuevos ojos. Me parecía difícil. Estaba grabado en todos mis recuerdos, tan integrado en la tela de quien yo era, que resultaba casi imposible. Sin embargo, traté con más empeño hasta que vi lo que las demás debían ver.
Era misterioso y taciturno.
Mi propio chico malo.
La hostess dejó los menús sobre la mesa de madera y se volteó hacia Rune.
—¿Esta mesa está bien, señor? —Rune asintió, pero todavía tenía el ceño fruncido.
Sonrojándose, la hostess nos dijo que nuestro mesero estaría con nosotros enseguida y nos dejó solos apresuradamente. Miré a Rune, pero él estaba viendo el arroyo. Separé mi mano de la suya para sentarme y, en cuanto lo hice, volteó la cabeza y frunció el ceño.
Sonreí por su irritabilidad. Rune se dejó caer en la silla que daba al agua, y yo me senté en la otra, pero en cuanto me senté, Rune agarró el brazo de mi silla y la arrastró hacia él, provocando que soltara un pequeño grito. Me sacudí en el asiento mientras se movía, aferrándome a los brazos hasta que la volvió a acomodar.
La volvió a acomodar junto a él.
Justo a su lado, de manera que mi silla ahora también veía hacia el arroyo.
Rune no reaccionó ante el ligero rubor de mis mejillas, ante el calor que sentía en las entrañas por este simple gesto. De hecho, parecía que ni siquiera se daba cuenta. Estaba demasiado ocupado recuperando posesión sobre mi mano. Demasiado ocupado entrelazando nuestros dedos.
Demasiado ocupado en no dejarme ir jamás.
Rune se estiró hacia adelante y puso el calentador que estaba más cerca a su máxima potencia; sólo se relajó cuando las llamas rugieron detrás de la malla de acero. El corazón se me derritió cuando se llevó nuestras manos unidas a los labios y rozó el dorso de mi mano de ida y vuelta en un movimiento hipnótico.
Rune tenía la mirada fija en el agua. Aunque me encantaban los árboles que abrazaban el agua formando un capullo protector tanto como me encantaba ver a los patos que se clavaban y se zambullían, las grullas que bajaban en picada y emergían a la superficie, sólo tenía ojos para Rune.
Algo cambió en él desde la noche anterior. No sabía qué. Seguía siendo brusco y arisco, había oscuridad en su interior, su aura advertía a casi todos que se mantuvieran bien lejos.
Sin embargo, había un nuevo nivel de posesión respecto de mí. Veía la furia de esa posesión en su mirada. Podía sentirlo en la manera como me tomaba la mano.
Y me gustaba.
Por mucho que extrañara al Rune que conocía, veía a este Rune con fascinación renovada. Justo ahora, sentada a su lado en un lugar que significaba tanto para los dos, estaba perfectamente satisfecha de estar con este Rune.
Más que satisfecha.
Me hacía sentir viva.
El mesero llegó: un chico de unos veinte años. La mano de Rune me apretó con más fuerza y se me hinchó el corazón.
Estaba celoso.
—Hola, chicos. ¿Puedo traerles alguna bebida? —preguntó el mesero.
—¿Me puede traer un té dulce, por favor? —contesté y sentí que Rune se ponía rígido a mi lado.
—Una cerveza de raíz —respondió con brusquedad. El mesero se retiró rápidamente—. No te quitaba los ojos de encima —afirmó Rune de repente,
cuando ya no podía oírnos.
—Estás loco —sacudí la cabeza y me reí.
Rune arrugó la frente por la frustración. Esta vez, fue él quien negó con la cabeza.
—No tienes idea —dijo.
—¿De qué? —pregunté, moviendo la mano que tenía libre para seguir un par de cicatrices nuevas en los nudillos de Rune. Me pregunté de qué eran. Oí que su respiración se trababa.
—De lo hermosa que eres —contestó. Estaba observando mi dedo mientras hablaba. Cuando detuve mi dedo, alzó la mirada.
Lo miré fijamente, sin palabras.
Por fin, él curvó los labios en una media sonrisa. Se acercó más a mí.
—Veo que sigues tomando té dulce.
Se acordaba.
Le di un empujón suave en un costado.
—Veo que sigues tomando cerveza de raíz.
Rune se encogió de hombros.
—No la conseguía en Oslo y ahora que regresé no puedo saciar mis ganas de tomar esa cosa. —Sonreí y recomencé a trazar figuras en su mano
—. Resulta que no puedo saciar las ganas de algunas de las cosas que no podía conseguir en Oslo.
Dejé de mover el dedo. Sabía exactamente de qué estaba hablando: de mí.
—Rune —dije sintiendo una intensa culpa por dentro.
Alcé la mirada para tratar de disculparme otra vez, pero cuando estaba por hacerlo, el mesero puso nuestras bebidas sobre la mesa.
—¿Están listos para ordenar?
Sin apartar su mirada de la mía, Rune dijo:
—Dos platos de cangrejos hervidos.
Sentí que el mesero esperaba.
—Entonces llevo la orden a la cocina —dijo después de algunos segundos de tensión, y se retiró.
Los ojos de Rune fueron de mi cara a mis orejas, donde resurgió el destello de una sonrisa burlona. Me pregunté qué le provocó ese momento de felicidad. Rune se inclinó hacia adelante y con las yemas de los dedos me quitó el pelo de la cara para acomodarlo detrás de la oreja.
Trazó el contorno de mi oreja con su dedo y después dejó salir un suspiro de alivio.
—Todavía los usas.
Mis aretes de infinitos.
—Siempre —confirmé. Rune me dirigió una mirada intensa—. Por siempre jamás.
Rune bajó la mano, pero tomó las puntas de mi cabello entre sus dedos.
—Te cortaste el pelo.
Sonaba como una declaración, pero yo sabía que era una pregunta.
—Me volvió a crecer —dije y vi que se tensaba. Como no quería arruinar la magia de la noche con conversaciones sobre la enfermedad y el tratamiento, cosas a las que de todos modos no prestaba atención, me incliné y apoyé la frente en la de Rune.
—Perdí mi cabello, pero por suerte el pelo crece. —Me aparté y me toqué el pelo corto con aire juguetón—. Además, como que me gusta. Creo que me va bien. Dios sabe que es más fácil de peinar que la montaña de pelo crespo con la que luché durante tantos años. —Supe que funcionó cuando soltó una sola risa silenciosa—. Además, sólo los vikingos usan el pelo largo. Los vikingos y los bikers —afirmé siguiendo con la broma. Alcé la nariz e hice como que lo estudiaba—. Por desgracia, no tienes una bicicleta… —Me callé y me reí de la mirada dura en el rostro de Rune.
Todavía me estaba riendo cuando él me jaló contra su pecho y con la boca sobre mi oreja dijo:
—Podría conseguir una si eso es lo que quieres, si eso es lo que necesito para reconquistar tu amor.
Lo decía de broma.
Yo lo sabía.
Sin embargo, me provocó un cortocircuito. Me quedé quieta, sin una pizca de buen humor. Rune notó el cambio. Su manzana de Adán se movió y se tragó lo que iba a decir.
Dejé que mi corazón guiara mis acciones, alcé la mano y la puse en la cara de Rune. Me aseguré de tener toda su atención.
—No necesitarías una bicicleta, Rune —murmuré.
—¿No? —preguntó con voz ronca, y yo negué con la cabeza—. ¿Por qué? —quiso saber con nerviosismo. Sus mejillas se sonrojaron y me di cuenta de cuánto le costó formular esa pregunta a su fortificado orgullo. Me
daba cuenta de que Rune ya nunca preguntaba nada. Cerré el espacio que nos separaba.
—Porque estoy casi segura de que nunca lo perdiste —respondí con voz tranquila.
Esperé. Esperé con la respiración ansiosa lo que iba a hacer después.
No esperaba algo tierno y dulce. No esperaba que mi corazón suspirara y mi alma se derritiera.
Rune, con el movimiento más cuidadoso, se movió hacia adelante y me besó en la mejilla y luego se separó sólo un poco para acariciar mis labios con los suyos. Contuve el aliento ante la expectación de recibir un beso en los labios. Uno de verdad. El beso que anhelaba. Pero Rune pasó de mi boca a la otra mejilla, que recibió el beso que mis labios deseaban.
Cuando se alejó, mi corazón latía como un tambor, como un sonido bajo y ruidoso en mi pecho. Él se volvió a sentar, pero noté que la mano que tenía sobre la mía se tensó un poco.
Una sonrisa secreta se refugió detrás de mis labios.
Un sonido en el arroyo me llamó la atención: un pato volaba hacia el cielo oscuro. Cuando miré a Rune, vi que él también lo estaba observando.
Después dirigió su mirada a mí.
—Ya eres un vikingo, no necesitas una bicicleta —bromeé.
Esta vez Rune sonrió y mostró los dientes lo mínimo posible. Yo irradiaba orgullo.
El mesero se acercó con nuestros cangrejos y dejó las cubetas sobre la mesa cubierta de papel. Rune me soltó la mano a regañadientes y empezamos a atacar la montaña de mariscos. Cerré los ojos; saboreé la carne jugosa en mi lengua y una explosión de limón me llegó a la garganta.
Gemí por lo delicioso que estaba.
Rune sacudió la cabeza, riéndose de mí. Le tiré un pedazo de caparazón roto y frunció el ceño. Me limpié la mano con una servilleta y eché la cabeza hacia atrás para contemplar el cielo. Las estrellas brillaban en un manto negro sin nubes.
—¿Alguna vez viste algo tan hermoso como este arroyito? —pregunté.
Rune alzó la mirada, luego la dirigió al arroyo tranquilo, donde se reflejaban las luces azules que destellaban para nosotros.
—Yo diría que sí —contestó con tono objetivo, y después me señaló—.
Pero entiendo a qué te refieres. Incluso cuando volví a Oslo, a veces me imaginaba este lugar y me preguntaba si habrías regresado.
—No, esta es la primera vez. Mis papás no son muy fans del cangrejo, siempre fue cosa de mi abu. —Sonreí y la visualicé en la mesa a nuestro lado, después de habernos llevado a escondidas. Reí—. ¿Te acuerdas de que traía su licorera llena de whisky para servirlo en su té dulce? —Me reí con más fuerza—. ¿Te acuerdas de que se ponía el dedo sobre los labios y decía:
«No les vayan a contar a sus papás de esto. Hice la buena obra de traerlos aquí para rescatarlos de la iglesia, así que nada de andar de chismosos»? —
Rune también estaba sonriendo, pero sus ojos me miraban reír.
—La extrañas —dijo.
Asentí.
—Todos los días. Me pregunto qué otras aventuras habríamos podido vivir juntas. Con frecuencia me pregunto si hubiéramos ido a Italia, a conocer Asís como dijimos. Me pregunto si habríamos ido a España a correr delante de los toros. —Al pensar en eso, me volví a reír. La paz se instaló en mi interior—. Pero lo mejor de todo es que la volveré a ver pronto —añadí, y miré a Rune a los ojos—. Cuando regrese a casa.
Como me enseñó mi abu, nunca jamás pensaba en lo que iba a ocurrirme como la muerte o el fin. Era el comienzo de algo grande. Mi alma regresaría al hogar al que pertenecía.
No me di cuenta de que perturbé a Rune hasta que se levantó de su asiento y caminó a lo largo del pequeño embarcadero que estaba al lado de nuestra mesa, el cual llevaba al centro del arroyo.
El mesero se acercó. Vi que Rune encendía un cigarro mientras desaparecía en la oscuridad; sólo una nube de humo traicionaba donde se encontraba.
—¿Recojo la mesa, señorita? —me preguntó el mesero.
Sonreí y asentí.
—Sí, gracias. —Me levanté y pareció perplejo al ver a Rune en el embarcadero—. ¿Nos puede traer la cuenta también, por favor?
—Claro, señorita —respondió.
Caminé hacia el muelle para encontrarme con Rune, siguiendo la diminuta lucecita de su cigarro encendido. Cuando llegué a su lado, estaba inclinado sobre el barandal, mirando hacia la nada con aire ausente.
Una suave arruga estropeaba su frente. Tenía la espalda rígida, y la tensó aún más cuando me detuve a su lado. Dio una larga fumada a su cigarro y soltó el humo a la brisa fresca.
—No puedo negar lo que me está pasando, Rune —dije con cautela. Él permaneció en silencio—. No puedo vivir en una fantasía. Ya sé qué es lo que viene. Ya sé qué va a pasar.
Rune respiraba con agitación y tenía la cabeza agachada.
—No es justo —exclamó con desesperación cuando alzó los ojos.
Mi corazón sufría por su dolor. Lo percibía en la tensión de su rostro, en la rigidez de sus músculos. Me incliné más sobre el barandal e inhalé el aire fresco.
—Habría sido muy injusto si no hubiéramos sido bendecidos con estos preciosos meses —dije cuando la respiración de Rune se tranquilizó. Dejó caer la frente sobre sus manos con lentitud—. ¿No lo ves desde un punto de vista más amplio, Rune? Tú regresaste a Blossom Grove tan sólo unas semanas después de que me enviaron a casa para vivir lo que me queda de vida, para disfrutar los pocos meses limitados que me concedió la medicina.
—Miré las estrellas sintiendo que la presencia de algo más grande nos sonreía—. Para ti es injusto, pero yo pienso lo contrario. Volvemos a estar juntos por una razón. Quizá sea una lección de que tenemos que esforzarnos por aprender hasta que lo logremos.
Me di la vuelta y acomodé hacia atrás el cabello que le cubría la cara.
Bajo la luz de la luna y el brillo de las estrellas, vi que una lágrima rodaba por su mejilla.
Se la limpié con un beso.
Rune se volteó hacia mí y metió la cabeza en el hueco de mi cuello.
Envolví su cabeza con mi mano, abrazándolo.
La espalda de Rune se elevó con una inhalación profunda.
—Te traje aquí esta noche para recordarte cuando éramos felices.
Cuando éramos inseparables, mejores amigos y más. Pero…
Se interrumpió y yo eché su cabeza hacia atrás para ver su cara.
—¿Qué? —pregunté—. Dime, por favor. Te prometo que estoy bien.
Buscó mis ojos, después miró fijamente el agua en calma.
—¿Y si esta es la última vez que podemos hacer esto? —preguntó cuando regresó su mirada a mí.
Me apretujé entre él y el barandal, le quité el cigarro de la mano y lo arrojé al arroyo. Me paré de puntitas y agarré su cara con las dos manos.
—Entonces tenemos esta noche —afirmé. Rune hizo un gesto de dolor por mis palabras—. Tendremos este recuerdo. Tendremos este momento precioso. —Incliné la cabeza hacia un lado con una sonrisa nostálgica—.
Yo conocía a un chico, uno al que amaba con todo el corazón, que vivía por un solo momento. Él me dijo que un solo momento puede cambiar el mundo, la vida de alguien. Ese único momento hará, en un breve segundo, que la vida de alguien sea infinitamente mejor o infinitamente peor. —Cerró los ojos, pero yo seguí hablando—: Esto, esta noche, volver a estar contigo en este arroyo —dije con una sensación de paz en el alma—, recordar a mi abu y por qué la quería tanto… ha hecho mi vida infinitamente mejor. Este momento que tú me diste lo recordaré por siempre. Lo llevaré conmigo…
adonde quiera que vaya. —Rune abrió los ojos y lo llevé más lejos—. Tú me regalaste esta noche. Volviste. No podemos cambiar los hechos, no podemos cambiar nuestros destinos, pero podemos vivir. Podemos vivir tanto y tan rápido mientras nos queden días por delante. Podemos ser nosotros de nuevo: Poppy y Rune.
No pensé que fuera a responder nada, así que me sorprendió y me llenó de una esperanza increíble cuando dijo:
—Nuestra última aventura.
«La manera perfecta de expresarlo», pensé.
—Nuestra última aventura —murmuré en la noche, con una alegría inusitada que me llenaba todo el cuerpo. Los brazos de Rune se enredaron en mi cintura—. Con una corrección. —Rune frunció el ceño. Acaricié la arruga de su frente—. Nuestra última aventura en esta vida. Porque sé con una fe inquebrantable que volveremos a estar juntos. Incluso cuando esta aventura termine, una más grande nos espera al otro lado. Y, Rune, no existiría el paraíso si tú no volvieras a estar en mis brazos algún día.
Rune, con toda su estatura, me abrazó. Y lo mantuve en mis brazos, lo abracé hasta que se tranquilizó.
—Entonces, Rune Kristiansen, vikingo de Noruega, ¿estás conmigo?
Sin querer, Rune rio. Se rio cuando estiré el brazo para darle un apretón.
Rune, mi chico malo escandinavo con una cara hecha por los ángeles, deslizó su mano en la mía y nos dimos un apretón para cerrar nuestra promesa. Dos veces. Como me enseñó mi abu.
—Estoy contigo —respondió, y sentí su promesa hasta la punta de los pies.
—¿Señorita, señor? —Miré por encima del hombro de Rune al mesero, que nos ofrecía la cuenta—. Ya vamos a cerrar —nos explicó.
—¿Estás bien? —le pregunté a Rune, luego de avisarle al mesero que ya íbamos.
Rune asintió y sus pesadas cejas devolvieron el gesto de mal humor a su rostro. Imité su expresión frunciendo el ceño. Rune, incapaz de resistirse, me mostró una sonrisa de buen humor.
—Sólo tú, Poppymin —dijo más para sí mismo que para mí.
Deslizando su mano en la mía, me guio lentamente al frente de la choza.
—Tenemos que ir a otro lugar —dijo cuando regresamos al coche y encendió el motor.
—¿Otro momento memorable?
Cuando arrancó, Rune tomó mi mano sobre el descansabrazos.
—Eso espero, Poppymin, eso espero —contestó.
Nos tomó un rato volver al pueblo. No hablamos mucho, ya logré comprender que Rune era mucho más silencioso que antes. Aunque tampoco fue nunca realmente extrovertido. Siempre parecía introvertido y callado. Correspondía con la imagen del artista taciturno, haciendo malabarismos en la cabeza con los lugares y paisajes que quería capturar en película.
Momentos.
Recorrimos poco más de un kilómetro cuando encendió el radio. Me pidió que eligiera la estación que quisiera y, mientras yo cantaba en voz baja, él apretaba mis dedos un poco más.
Cuando nos acercábamos al límite del pueblo, se me escapó un bostezo, pero luché por mantener los ojos abiertos. Quería saber a dónde me llevaba.
Cuando nos detuvimos afuera del teatro Dixon, se me aceleró el pulso.
Siempre soñé con tocar en ese teatro. Era el teatro al que siempre quise volver cuando fuera mayor, como parte de una orquesta profesional. A mi pueblo natal.
Rune apagó el motor y observé el impresionante teatro de piedra.
—Rune, ¿qué hacemos aquí?
Rune me soltó la mano y abrió su puerta.
—Ven conmigo.
Frunciendo el ceño, pero con el corazón latiéndome increíblemente fuerte, abrí la puerta para ir tras él. Rune tomó mi mano y me llevó a la entrada principal.
Era un domingo por la noche, ya tarde, pero me llevó a través de la puerta principal. En cuanto entramos al vestíbulo en penumbra, escuché de fondo la música de Puccini.
Apreté la mano de Rune con más fuerza. Él me miró con una sonrisa en los labios.
—Rune, ¿a dónde vamos? —murmuré cuando me llevó hacia la pomposa escalera.
Rune puso un dedo sobre mis labios, indicándome que me callara; me preguntaba por qué, pero entonces me llevó hacia una puerta: la que llevaba al palco del teatro.
Rune la abrió y la música me inundó como una ola. Jadeé por el volumen del sonido y seguí a Rune hasta las primeras filas. Abajo había una orquesta con su director. Los reconocí enseguida: la Orquesta de Cámara de Savannah.
Estaba fascinada y miraba fijamente a los músicos, concentrados en sus instrumentos con tanta atención, mientras me mecía al ritmo de la música.
—¿Cómo lo hiciste? —pregunté inclinando la cabeza hacia Rune, que se encogió de hombros.
—Quería llevarte a verlos en una actuación propiamente dicha, pero mañana viajan a Europa. Cuando le expliqué al director cuánto amabas su orquesta, dijo que podíamos venir al ensayo.
No salieron palabras de mis labios.
Me quedé sin habla. Completa y totalmente sin habla.
Como no encontraba el modo adecuado de expresar mis sentimientos, toda la gratitud que sentía por aquella sorpresa, recargué la cabeza en su hombro y me acurruqué rodeada por su brazo. El olor de su piel me llenó la nariz mientras mis ojos se concentraban en la orquesta.
La miré con fascinación. Observé que el director guiaba de una manera experimentada a los músicos a lo largo de todo el ensayo: los solos, los pasajes decorativos, las armonías intrincadas.
Rune me abrazó mientras miraba cautivada. Ocasionalmente, sentía su mirada sobre mí: él me veía a mí y yo los veía a ellos.
Pero no podía apartar la mirada, en especial de la sección de violonchelos. Cuando sus melodías profundas sonaban claras y verdaderas, dejé que mis ojos se cerraran.
Era hermoso.
Podía imaginarme claramente sentada entre mis compañeros músicos, mis amigos, mirando el teatro, lleno de gente a la que conocía y amaba.
Rune estaría ahí sentado, mirando con la cámara alrededor del cuello.
Era el más perfecto de los sueños.
Era mi mayor ilusión desde que tenía memoria.
El director pidió a los músicos que guardaran silencio. Observé el escenario. Vi que todos salvo la violonchelista principal bajaban sus instrumentos. La mujer, que parecía estar en sus treintas, llevó su silla al centro del escenario. No había audiencia que nos impidiera la vista.
Se colocó en posición, con el arco sobre la cuerda, para empezar. Se concentró en el director y cuando este alzó la batuta para darle la instrucción de comenzar, oí que tocaba la primera nota. Cuando ocurrió, me quedé completamente quieta. No me atrevía a respirar, no quería oír nada más que la melodía más perfecta que existía.
El sonido de «El cisne», de El carnaval de los animales, flotó hasta nuestros asientos. Vi que la violonchelista se perdía en su música y sus expresiones faciales traicionaban sus emociones a cada nota.
Yo quería ser ella.
En ese momento, quería ser la violonchelista que tocaba esa pieza con tanta perfección. Quería que me brindaran la confianza de dar ese concierto.
A mi alrededor todo se desvaneció mientras la observaba. Después cerré los ojos. Los cerré y dejé que la música se adueñara de mis sentidos y me llevara en su viaje. Cuando el tiempo se aceleró y el vibrato resonó de una manera hermosa en las paredes del teatro, abrí los ojos.
Y llegaron las lágrimas.
Llegaron las lágrimas como exigía la música.
La mano de Rune apretó la mía y sentí su mirada sobre mí. Me di cuenta de que le preocupaba que estuviera triste, pero no estaba triste, estaba flotando. Con el corazón elevado por la maravillosa melodía.
Se me mojó la cara, pero dejé que las lágrimas fluyeran. Por eso la música era mi pasión. De la madera, la cuerda y el arco podía crearse esta melodía mágica, que insuflaba vida a un alma.
Y permanecí así. Me quedé así hasta que la última nota llegó al techo.
La violonchelista alzó su arco. Sólo entonces abrió los ojos y guio su espíritu a un lugar de descanso en su interior, porque yo sabía que eso era lo que estaba sintiendo. La música la transportó a un lugar distante que sólo ella conocía. La emocionaba.
Por un tiempo, la música la agració con su poder.
El director asintió y la orquesta se fue tras bambalinas, dejando que el silencio ocupara el escenario ahora vacío.
Sin embargo, no volteé la cara sino hasta que Rune se inclinó hacia adelante, con una mano apoyada amorosamente sobre mi espalda.
—Poppymin? —murmuró con voz cautelosa e insegura—. Perdón —
dijo en voz muy baja—, pensé que esto te haría fe…
Volteé a verlo y tomé sus dos manos entre las mías.
—No —dije, interrumpiendo su disculpa—. No —repetí—. Estas son lágrimas de felicidad, Rune. De absoluta felicidad.
Suspiró y liberó una de sus manos para limpiarme las mejillas. Me reí y mi voz resonó a nuestro alrededor. Me aclaré la garganta para eliminar el exceso de emoción.
—Esa es mi pieza favorita, Rune, «El cisne», de El carnaval de los animales. La violonchelista principal acaba de tocar mi pieza favorita. De la manera más hermosa, más perfecta. —Respiré profundamente—. Es la pieza que planeaba tocar en mi audición para entrar a Julliard. Siempre ha sido la pieza que me imaginaba tocando en el Carnegie Hall. La conozco como a la palma de mi mano. Conozco cada nota, cada cambio en el compás, cada crescendo…, todo. —Respiré y me limpié los ojos—. Oírla esta noche —dije apretando su mano—, a tu lado…, fue un sueño hecho realidad.
Rune, sin palabras, rodeó mis hombros y me jaló hacia él. Sentí cómo me besaba en la cabeza.
—Rune, prométeme que cuando estés en Nueva York, estudiando en Tisch, irás a ver tocar a la Filarmónica de Nueva York. Prométeme que irás a ver a la violonchelista principal cuando toque esta pieza. Y prométeme que, cuando lo hagas, pensarás en mí. Imagíname tocando en ese escenario, alcanzando mi sueño. —Respiré profundamente, satisfecha con esa imagen
—. Porque para mí eso sería suficiente ahora —le expliqué—. Saber que por lo menos podré realizar mi sueño aunque sólo sea en tu mente.
—Poppy —dijo Rune dolorosamente—. Por favor, nena… —El corazón me dio un brinco cuando me llamó «nena». En mis oídos, sonaba tan perfecto como la música.
Alcé la cabeza y le levanté la barbilla con un dedo.
—Prométemelo, Rune.
Apartó su mirada de la mía.
—Poppy, si tú no vas a estar en Nueva York conmigo, ¿para qué diablos voy a ir?
—Por la fotografía. Porque, así como este era mi sueño, el tuyo es estudiar fotografía en NYU.
Me preocupé cuando Rune apretó la quijada.
—¿Rune? —pregunté. Después de un momento, volteó despacio para mirarme. Observé su apuesto rostro y me volví a apoyar en mi asiento al ver su expresión.
Rechazo.
—¿Por qué ya no tomas fotos, Rune? —pregunté. Él apartó la mirada—.
Por favor, no me ignores.
Rune suspiró, derrotado.
—Porque sin ti ya no veía el mundo de la misma manera. Nada era lo mismo. Ya sé que éramos jóvenes, pero sin ti nada tenía sentido. Estaba enojado, me estaba ahogando. Así que abandoné mi pasión porque la pasión murió en mi interior.
De todo lo que habría podido decir o hacer, eso era lo que más me entristecía porque su pasión solía ser muy fuerte. Y sus fotografías, aun a los quince años, no se parecían a nada que hubiera visto antes.
Observé los rasgos duros de Rune, sus ojos perdidos y en trance mientras miraba fijamente el escenario vacío. La expresión de amargura había vuelto.
Sabía que tenía que dejarlo en paz y no presionarlo demasiado, así que volví a recargar mi cabeza en su hombro y sonreí. Sonreí escuchando aún la pieza que flotaba en mis oídos.
—Gracias —murmuré mientras las luces del escenario se desvanecían.
Alcé la cabeza y esperé a que Rune me mirara. Finalmente lo hizo. Señalé al auditorio—. Sólo tú habrías podido saber que esto era tan importante para mí. Sólo mi Rune.
Rune dejó un beso suave en mi mejilla.
—Estuviste en mi recital el otro día, ¿verdad?
Rune suspiró y al final asintió con la cabeza.
—No iba a perderme una actuación tuya, Poppymin. Nunca lo haría.
Se levantó. Permaneció en silencio mientras me extendía su mano.
Permaneció en silencio cuando le di la mía y nos dirigimos al carro.
Permaneció en silencio durante el viaje a casa. Pensé que de alguna manera lo lastimé. Me preocupaba que hubiera hecho algo mal.
Cuando llegamos a casa, Rune salió del carro y caminó frente al cofre para abrir mi puerta. Tomé la mano que me ofreció y bajé de un salto. Me agarré a él con fuerza mientras caminaba conmigo a casa. Esperaba que me acompañara a la puerta, pero nos dirigimos a mi ventana. Fruncí el ceño cuando vi la mirada de frustración en su rostro.
Necesitaba saber qué estaba mal, así que acaricié su cara, pero en cuanto mi dedo tocó su mejilla, algo pareció desatarse dentro de él. Me recargó contra mi casa y apretó su cuerpo contra el mío mientras tomaba mi cara entre sus manos.
Me quedé sin aliento: sin aliento por su proximidad y sin aliento por la intensidad de su expresión oscura. Sus ojos azules estudiaron cada parte de mi cara.
—Quería hacer las cosas bien —afirmó—. Quería ir lento, en esta cita, con nosotros, esta noche. —Negó con la cabeza; su frente se arrugó como si estuviera librando una batalla eterna—. Pero no puedo, no lo voy a hacer.
—Abrí la boca para responder, pero alzó el pulgar para tomar mi labio inferior y centrar su atención en mi boca—. Tú eres mi Poppy. Poppymin.
Tú me conoces. Sólo tú me conoces. —Tomó mi mano y se la puso encima del corazón—. Incluso debajo de esta ira, tú me conoces. —Suspiró y se acercó tanto que compartimos el mismo aire—. Y yo te conozco. —Rune se puso pálido—. Y si tenemos un tiempo limitado, no voy a desperdiciarlo.
Eres mía y yo soy tuyo. Al diablo todo lo demás.
Mi corazón palpitó como un arpegio dentro de mi pecho.
—Rune —fue lo único que conseguí decir. Quería gritar que sí, que era suya. Que él era mío. Nada más importaba, pero me falló la voz; estaba demasiado abrumada por la emoción.
—Dilo, Poppymin —me pidió—. Sólo di que sí.
Rune dio un paso más, atrapándome, su cuerpo fundido con el mío, su corazón latiendo al unísono con el mío. Respiré. Sus labios rozaron los míos, dudando, esperando, listos para poseerlos por completo.
Cuando lo miré a los ojos, donde sus pupilas negras eliminaban el azul, me abandoné.
—Sí —murmuré.
Sus cálidos labios de repente chocaron con los míos, la familiar boca de Rune los tomó con decisión. Su sabor cálido y mentolado ahogó todos mis sentidos. Su pecho duro me mantuvo pegada a la pared, atrapada, mientras me poseía con ese beso. Rune me estaba demostrando a quién le pertenecía.
No me dejaba otra opción más que entregarme a él, rendirme a él después de alejarme durante tantos años.
Rune entrelazó sus manos en mi cabello y así me mantuvo en mi posición. Gemí cuando su lengua se abrió paso para encontrarse con la mía, suave, caliente y desesperada. Subí las manos por su amplia espalda hasta llegar a su cabello. Gimió dentro de mi boca y me besó más profundamente, alejándome cada vez más de cualquier temor o duda que tuviera de su regreso. Me besó hasta que no quedó ni una parte de mí que no supiera que era suya. Me besó hasta que mi corazón volvió a fusionarse con el suyo: dos mitades de uno solo.
Mi cuerpo empezó a debilitarse bajo su tacto. Al sentir que me rendía a él por completo, el beso de Rune se convirtió en una caricia suave y tierna.
Después se separó; teníamos la respiración acelerada y un arco de tensión sobre nosotros. Con los labios hinchados, Rune me besó las mejillas, la quijada y el cuello. Cuando finalmente se separó, sentí el soplo de su respiración acelerada en la cara. Sus manos liberaron mi cuerpo.
Y esperó.
Esperó viéndome con su intensa mirada.
Entonces abrí los labios y murmuré:
—Beso 357. Contra la pared de mi casa…, cuando Rune tomó posesión de mi corazón. —Rune se quedó quieto, con las manos tensas—. Y casi me estalla el corazón —terminé.
Entonces apareció su sonrisa pura. Era brillante, amplia y auténtica. El corazón se me aceleró al verla.
— Poppymin — murmuró.
Lo tomé de la playera.
— Mi Rune —murmuré en respuesta.
Cerró los ojos cuando dije esas palabras y un suave suspiro se escapó de su boca. Soltó mi cabello poco a poco y dio un renuente paso hacia atrás.
—Mejor ya me meto —susurré.
— Ja —me respondió, pero no apartó la mirada, sino que se apretó contra mí otra vez, tomando mi boca rápida y suavemente, antes de retroceder. Después dio varios pasos hacia atrás, dejando una buena distancia entre los dos.
Me llevé los dedos a los labios.
—Si sigues besándome así, voy a llenar mi frasco en un dos por tres.
Rune se dio la vuelta para caminar hacia su casa, pero se detuvo para mirarme por encima del hombro.
—Esa es la idea, nena. Mil besos míos.
Rune se fue corriendo a su casa, dejándome ahí para verlo marcharse, con una ligereza vertiginosa que fluía por mi cuerpo como un rápido.
Cuando mis pies finalmente se movieron, entré a mi casa y fui directamente a mi cuarto.
Saqué el frasco de debajo de mi cama y le limpié el polvo. Lo abrí, saqué una pluma del buró y anoté el beso de esa noche.
Una hora más tarde, estaba acostada en mi cama cuando la ventana se abrió. Me senté y vi que alguien apartaba la cortina. El corazón se me fue a la boca cuando vi entrar a Rune.
Sonreí cuando avanzó hacia mí, quitándose la playera y tirándola al piso. Abrí los ojos de par en par ante la vista de su pecho desnudo. Después, casi me explotó el corazón cuando se llevó la mano al pelo para quitárselo de la cara.
Rune caminó lentamente hacia mi cama y se quedó parado a un lado.
Me moví hacia atrás, alcé la cobija, Rune se metió a la cama y de inmediato envolvió mi cintura.
Cuando mi espalda se anidó perfectamente contra su pecho, suspiré de satisfacción. Cerré los ojos. Rune me besó justo bajo la oreja.
—Duerme, nena. Yo te cuido —murmuró.
Y me dormí.
Él me cuidaba.
Igual que yo lo cuidaba a él.