Mil besos tuyos
Capítulo 5
Viejos amantes
y nuevos extraños
POPPY - DIECISIETE AÑOS
BLOSSOM GROVE, GEORGIA
EN LA ACTUALIDAD
—Va a regresar.
Tres palabras. Tres palabras que hicieron que mi vida cayera en picada.
Tres palabras que me aterraron.
«Va a regresar».
Me quedé viendo a Jorie, mi amiga más cercana, mientras apretaba los libros contra mi pecho con fuerza. Mi corazón se disparó como un cañón y los nervios me abrumaron.
—¿Qué dijiste? —susurré, ignorando a los estudiantes que nos rodeaban en el pasillo para ir a su siguiente clase.
Jorie puso una mano sobre mi brazo.
—Poppy, ¿estás bien?
—Sí —respondí con voz débil.
—¿Estás segura? Te pusiste pálida. No te ves bien.
Asentí tratando de ser convincente.
—¿Quién…, quién te dijo que iba a regresar?
—Judson y Deacon —contestó—. Estábamos en clase y dijeron que la compañía de su papá lo iba a enviar aquí de nuevo. —Se encogió de hombros—. Ahora sí, para siempre.
Tragué saliva.
—¿A la misma casa?
Jorie hizo una mueca de dolor, pero asintió.
—Lo siento, Pops.
Cerré los ojos y tomé aire para tranquilizarme. Otra vez viviría en la casa de al lado…, su cuarto estaría de nuevo enfrente del mío.
—¿Poppy? —preguntó Jorie, y abrí los ojos. Su mirada estaba llena de simpatía—. ¿Estás segura de que estás bien? Apenas hace unas semanas que tú misma regresaste. Y yo sé lo que significará para ti ver a Rune…
Forcé una sonrisa.
—Estaré bien, Jor. Ya no lo conozco. Dos años es demasiado, y no hablamos ni una vez en todo ese tiempo.
Jorie frunció el ceño.
—Pop…
—Estaré bien —insistí con la mano en alto—. Necesito ir a clase.
Una pregunta surgió en mi mente cuando me alejaba de Jorie. Miré sobre mi hombro a mi amiga, la única con la que me mantuve en contacto durante los últimos dos años. Mientras que todos pensaban que nos fuimos de la ciudad para cuidar a la tía enferma de mi mamá, sólo Jorie sabía la verdad.
—¿Cuándo? —reuní el valor para preguntar.
La expresión de Jorie se suavizó al darse cuenta de a qué me refería.
—Hoy en la noche, Pops. Llega hoy en la noche. Judson y Deacon están pasando la voz para que la gente vaya al campo a darle la bienvenida. Todos van a ir.
Sentí sus palabras como una daga en el corazón. Yo no estaba invitada pero, claro, ¿cómo iban a invitarme? Me fui de Blossom Grove sin decir una palabra. Cuando regresé a la escuela, sin estar del brazo de Rune, me volví la chica que siempre debí ser: invisible para los populares. La chica rara que usaba moños y tocaba el violonchelo.
A nadie, con excepción de Jorie y Ruby, le importó que me fuera.
—¿Poppy? —volvió a llamarme Jorie.
Parpadeé para regresar a la realidad y me di cuenta de que los pasillos estaban casi vacíos.
—Mejor vete a tu clase, Jor.
Dio un paso hacia mí.
—¿Estarás bien, Pops? Me preocupas.
Me reí sin ganas.
—He estado peor.
Bajé la cabeza y me apresuré a llegar a clase antes de percibir simpatía y lástima en la mirada de Jorie. Entré a mi clase de Matemáticas y me deslicé en el asiento justo cuando la profesora comenzó la lección.
Si más tarde alguien me hubiera preguntado de qué había tratado la clase, no habría podido decirle. Durante cincuenta minutos sólo pude pensar en la última vez que vi a Rune. La última vez que me tuvo entre sus brazos.
La última vez que juntó sus labios contra los míos. Cómo hicimos el amor y la mirada que tenía en su hermoso rostro mientras se alejaba de mi vida.
Sin darme apenas cuenta, me pregunté qué apariencia tendría ahora.
Siempre había sido alto y con hombros amplios, robusto. Pero, en cuanto al resto, a nuestra edad, dos años eran mucho tiempo para que una persona cambiara. Yo lo sabía mejor que nadie.
Me pregunté si sus ojos aún parecerían de un color azul transparente cuando les daba el brillo del sol. Me pregunté si seguía usando el cabello largo y si se lo echaba hacia atrás cada cinco minutos: ese movimiento irresistible que volvía locas a todas las chicas.
Y por un breve instante me permití preguntarme si seguiría pensando en mí, en la vecina de al lado. Si alguna vez se preguntaba qué estaría haciendo en cierto momento del día. Si alguna vez pensaba en esa noche, nuestra noche: la noche más maravillosa de mi vida.
Después los pensamientos oscuros me golpearon con fuerza y a toda velocidad. La pregunta que hacía que sintiera náuseas…, ¿besó a alguien más durante los últimos dos años? ¿Le dio sus labios a alguien más cuando me prometió que serían míos para siempre?
O peor aún, ¿hizo el amor con alguna otra chica?
La aguda llamada de la campana de la escuela me sacó de mis pensamientos. Me levanté del pupitre y avancé al pasillo. Daba gracias por que fuera el final del día escolar.
Estaba cansada y adolorida, pero sobre todo me dolía el corazón porque sabía que Rune estaría en la casa de al lado a partir de esa noche, que iba a volver a la escuela al día siguiente y que no podría hablarle. No podría
tocarlo ni sonreírle como soñaba con hacer desde el día en que dejé de responder sus llamadas.
Y no podría besarlo con dulzura.
Tenía que mantenerme alejada.
El estómago se me revolvió cuando me di cuenta de que quizá yo ya no le importaba. Sobre todo después de la manera en que simplemente corté comunicación con él, sin explicaciones ni nada.
Cuando salí al aire fresco y frío, inhalé profundamente y me sentí mejor de inmediato; me metí el cabello detrás de las orejas. Ahora que lo llevaba corto siempre lo sentía extraño. Extrañaba el cabello largo.
Empecé a caminar a casa y sonreí contemplando el cielo azul y los pájaros que revoloteaban alrededor de las copas de los árboles. La naturaleza me calmaba, siempre había sido así.
Sólo había caminado algunos metros cuando vi el carro de Judson rodeado por los viejos amigos de Rune. Avery era la única chica entre la multitud de chicos. Bajé la cabeza y traté de pasar por un lado, pero Avery me llamó. Me detuve y me obligué a mirar en su dirección. Ella se incorporó del coche donde estaba recargada y avanzó hacia mí. Deacon trató de detenerla, pero se sacudió el brazo. En su expresión petulante, vi que no iba a ser generosa.
—¿Ya oíste? —preguntó con una sonrisa en sus labios rosados. Avery era hermosa. Cuando regresé al pueblo, no podía creer lo hermosa que se había puesto. Siempre estaba perfectamente maquillada y con el largo cabello rubio bien peinado. Era todo lo que la mayoría de los chicos querían en una chica y todo lo que la mayoría de las chicas querían ser.
Me puse el pelo detrás de la oreja, una costumbre que evidenciaba mis nervios.
—¿Que si oí qué? —pregunté, pero sabía exactamente a qué se refería.
—De Rune, va a regresar a Blossom Grove.
Podía ver el brillo de felicidad en sus ojos azules y aparté la mirada, decidida a mantener la compostura.
—No, Avery, no lo sabía. —Negué con la cabeza—. No hace mucho tiempo que yo regresé.
Vi que Ruby, la novia de Deacon, iba hacia el coche con Jorie. Cuando vieron que Avery estaba hablando conmigo, se acercaron a nosotras deprisa.
Las adoré por ello. Sólo Jorie sabía dónde pasé los últimos dos años, por qué me fui. Sin embargo, desde el minuto en que regresé, Ruby se comportó
como si nunca me hubiera ido. Me daba cuenta de que eran verdaderas amigas.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Ruby de modo casual, pero percibí una actitud protectora en su voz.
—Estaba preguntándole a Poppy si sabía que Rune va a regresar a Blossom Grove esta noche —respondió Avery con brusquedad.
Ruby me miró con curiosidad.
—No lo sabía —le dije y me devolvió una sonrisa triste.
Deacon se paró detrás de su novia y rodeó sus hombros con un brazo.
Alzó la barbilla hacia mí a modo de saludo.
—Hola, Pops.
—Hola —contesté.
Deacon volteó hacia Avery.
—Ave, Rune no habla con Poppy desde hace años, ya te lo dije. Ya ni siquiera lo conoce. Por supuesto que no sabía que regresa, ¿cómo iba a decírselo?
Escuché a Deacon y supe que no estaba siendo cruel conmigo; sin embargo, eso no implicaba que sus palabras no me cortaran tan profundamente como una lanza en el corazón. Y ahora lo sabía: sabía que Rune nunca hablaba de mí. Era obvio que Deacon y él seguían siendo amigos. Era obvio que ahora yo no era nada para él, que nunca me mencionaba.
Avery se encogió de hombros.
—Sólo me lo preguntaba, es todo. Ella y Rune eran inseparables hasta que se fue.
Tomé esa frase como la señal para irme y me despedí con la mano.
—Me tengo que ir. —Me di la vuelta con rapidez y me dirigí a casa.
Decidí cortar por en medio del parque que conducía al bosquecillo.
Mientras caminaba por el bosquecillo vacío, con los árboles de cerezo pelados sin sus hermosas hojas, me inundó la tristeza.
Esas ramas desnudas estaban tan vacías como yo. Ansiaban algo que las completara, pero sabían que, sin importar cuánto lo desearan, no las recuperarían antes de la primavera.
El mundo no funcionaba así.
Cuando llegué a casa, mi mamá estaba en la cocina. Ida y Savannah estaban haciendo la tarea en la mesa.
—Hola, amor —me saludó mi mamá. Caminé hacia ella y le di un abrazo, aferrándome a su cintura con un poco más de fuerza que de costumbre.
Mi mamá me alzó la cabeza con una mirada de preocupación en sus ojos cansados.
—¿Qué pasa?
—Sólo estoy fatigada, mamá. Voy a acostarme.
Mi mamá no me soltó.
—¿Estás segura? —preguntó poniendo una mano sobre mi frente para revisar mi temperatura.
—Sí —le juré quitando su mano para darle un beso en la mejilla.
Fui a mi habitación. Miré por la ventana hacia la casa de los Kristiansen.
No había cambiado. No era diferente al día en que regresaron a Oslo.
No la vendieron; la señora Kristiansen le dijo a mi mamá que sabían que regresarían en algún momento, así que la conservaron. Les encantaba el vecindario y la casa. Un ama de llaves la limpió y le dio mantenimiento cada cierto tiempo para asegurarse de que estuviera lista para su regreso.
Ese día, todas las cortinas estaban recogidas y las ventanas estaban abiertas para que entrara aire fresco. Era evidente que el ama de llaves estaba preparándola para la inminente llegada de la familia. La llegada que yo temía.
Cerré las cortinas que mi papá instaló para mí hacía unas semanas, cuando regresamos a casa, me acosté en la cama y cerré los ojos. Odiaba sentirme cansada todo el tiempo. Era una persona activa por naturaleza, pensaba que el sueño era una pérdida de tiempo cuando podía estar afuera en el mundo, explorando y creando recuerdos.
Pero ahora no tenía opción.
Vi a Rune en mi mente y su rostro permaneció conmigo mientras me quedaba dormida. Era el sueño que tenía la mayoría de las noches: Rune me abrazaba, me besaba y me decía que me amaba.
No supe cuánto tiempo dormí, pero me desperté por el ruido de unos camiones que llegaban. Al otro lado del patio se oían aporreos y voces familiares.
Me senté y me limpié el sueño de los ojos. De repente me di cuenta de algo: él estaba aquí.
El corazón empezó a latirme tan rápido que me lo agarré por miedo de que se me escapara del pecho.
Él estaba aquí.
Él estaba aquí.
Salí de la cama y me puse delante de las cortinas cerradas. Me acerqué mucho para poder oír lo que ocurría. Escuché las voces de mis papás entre el barullo, junto con los sonidos familiares de los señores Kristiansen.
Sonriendo, me acerqué para abrir la cortina, pero me detuve: no quería que me vieran. Me retiré y subí a la oficina de mi papá, donde estaba la única otra ventana que daba a su casa, donde podía esconderme a plena vista debido a la película polarizada que la protegía del brillo del sol.
Me moví al lado izquierdo de la ventana, sólo por si alguien miraba hacia arriba. Volví a sonreír cuando vi a los padres de Rune. Casi no habían cambiado. La señora Kristiansen estaba tan hermosa como siempre; llevaba el pelo más corto, pero aparte de eso, se veía exactamente igual. El señor Kristiansen encaneció un poco y al parecer perdió algo de peso, pero había poca diferencia.
Un niñito rubio salió corriendo por la puerta y me llevé la mano a la boca cuando vi que era el pequeño Alton. Calculé que tendría cuatro años.
Creció mucho, y su cabello era igual al de su hermano, largo y lacio. El corazón se me estremeció: se veía exactamente como un Rune pequeño.
Vi que los empleados de la mudanza volvían a amueblar la casa a una velocidad increíble, pero no había señales de Rune.
Finalmente mis padres volvieron a la casa, pero yo seguí vigilando por la ventana, en paciente espera del chico que fue todo mi mundo durante tanto tiempo que no sabía dónde empezaba él y dónde terminaba yo.
Pasó más de una hora. Cayó la noche y ya casi abandonaba las esperanzas de verlo, pero cuando estaba a punto de irme de la oficina, vi movimiento detrás de la casa de los Kristiansen.
Todos mis músculos se tensaron cuando vi un pequeño destello de luz que brillaba en la oscuridad. Una nube blanca de humo estalló en el aire sobre la porción de pasto que había entre nuestras casas. Al principio no estaba segura de lo que veía, hasta que una figura alta, toda vestida de negro, surgió de entre las sombras.
Mis pulmones dejaron de funcionar cuando la figura salió a la luz del farol y se detuvo. Llevaba una chamarra de cuero de motociclista, playera negra, pantalones entubados negros, botas negras de piel… y cabello largo, rubio y brillante.
Miré y miré fijamente, con un nudo en la garganta, cuando el chico de hombros anchos y estatura impresionante alzaba la mano y la pasaba por su cabello largo.
El corazón se me aceleró. Porque en ese momento lo reconocí: reconocí la quijada fuerte, lo reconocí porque lo conocía tan bien como a mí.
Rune.
Era mi Rune.
Una vez más, expulsó una nube de humo de la boca y me tomó unos momentos darme cuenta de lo que estaba viendo en realidad.
Estaba fumando.
Rune estaba fumando. Rune no fumaba, nunca hubiera tocado cigarros.
Mi abu fumó toda su vida y murió demasiado joven por un cáncer de pulmón. Siempre nos prometimos el uno al otro que ni siquiera lo íbamos a probar.
Era obvio que Rune rompió esa promesa.
Mientras lo veía dar otra fumada y echarse el cabello hacia atrás por tercera vez en pocos minutos, el estómago se me encogió. Rune inclinó la cara hacia el brillo de la luz mientras exhalaba una columna de humo a la fresca brisa nocturna.
Así que ahí estaba el Rune Kristiansen de diecisiete años, y era más guapo de lo que habría podido imaginar. Sus ojos azul transparente eran más brillantes que nunca. Su rostro, que alguna vez había sido infantil, ahora estaba desarrollado y era absolutamente sorprendente. Yo solía bromear con que era tan guapo como un dios nórdico, pero ahora que estudiaba cada porción de su cara, estaba segura de que los superaba incluso a ellos.
No podía despegar mis ojos de él.
Rune se acabó el cigarrillo y lo tiró al piso; la luz de la colilla se desvaneció poco a poco en el pasto corto hasta que volvió a quedar en una oscuridad completa. Esperé conteniendo el aliento a ver qué hacía después.
A continuación, su papá salió al porche y le dijo algo.
Vi que los hombros de Rune se tensaban y que volteaba la cara con brusquedad en dirección a su papá. No pude distinguir lo que decían, pero oí con claridad que alzaban la voz, que Rune le contestaba a su papá agresivamente en noruego, su lengua materna. Su papá bajó la cabeza con actitud de derrota, y regresó a la casa visiblemente herido por lo que Rune
le había dicho. Mientras el señor Kristiansen se alejaba, Rune le mostró el dedo medio a sus espaldas, y sólo bajó la mano cuando se azotó la puerta.
Yo lo observé rígida por la impresión. Lo miré mientras ese chico, un chico que una vez conocía por completo, se convertía en un extraño ante mis ojos. Me inundaron la decepción y la tristeza mientras Rune empezaba a pasearse por el patio que separaba nuestras casas. Tenía los hombros tensos, casi podía percibir la ira que irradiaba incluso desde ese punto de observación.
Mis peores temores se hicieron realidad: el chico que conocía desapareció.
Después me quedé paralizada cuando dejó de pasear y miró hacia la ventana de mi habitación, justo en el piso de abajo de donde yo estaba parada. Una ráfaga de viento atravesó el patio y le alzó el cabello rubio de la cara; en ese instante vi un dolor increíble, y un anhelo tremendo en sus ojos. Mientras miraba hacia mi ventana, la imagen de su rostro adolorido me golpeó con más fuerza que un tren. En esa expresión perdida estaba mi Rune.
Sí reconocía a ese chico.
Él avanzó hacia mi ventana, y por un momento pensé que iba a tratar de entrar por ella, como hacía tantos años atrás; sin embargo, se detuvo abruptamente y cerró los puños a sus costados, con los ojos cerrados y los dientes tan apretados que podía ver la tensión de su quijada.
Después, cuando era evidente que cambió de opinión, se dio media vuelta y caminó furioso hacia su casa. Yo me quedé en la ventana de la oficina, en las sombras. No podía moverme por la conmoción de lo que presencié.
La luz de la habitación de Rune se encendió. Lo vi caminando por su cuarto, después fue a la ventana y se sentó en el amplio alféizar. La abrió de par en par, encendió otro cigarro y expulsó el humo por la ventana abierta.
Negué con la cabeza por la incredulidad. Después alguien entró a la oficina, y mi mamá se paró a mi lado. Cuando miró por la ventana, supe que se dio cuenta de qué estaba haciendo yo ahí.
Sentí que se me encendían las mejillas por la vergüenza de que me descubriera. Por fin, mi mamá habló:
—Adelis dice que ya no es el chico que conocimos. Dice que desde que regresaron a Oslo no les da más que problemas. Erik se siente perdido, ya
no sabe qué hacer. Están contentos de que reubicaran aquí a Erik. Querían alejar a Rune de las malas influencias con las que se juntó en Noruega.
Volví a mirar a Rune. Tiró el cigarro por la ventana e inclinó la cabeza para apoyarla contra el vidrio. Sus ojos estaban concentrados en una sola cosa: la ventana de mi habitación. Cuando mi mamá iba a salir de la oficina, puso una mano sobre mi hombro.
—Quizá fue bueno que rompieras todo contacto con él, amor. No estoy muy segura de que él pudiera soportar todo por lo que pasaste, según lo que me dijo su mamá.
Los ojos se me llenaron de lágrimas cuando me pregunté qué lo transformó de esa manera, qué lo convirtió en ese chico que ya no conocía.
Yo me aparté del mundo deliberadamente durante los últimos dos años para ahorrarle dolor, para que pudiera tener una buena vida. Porque saber que en Noruega había un chico cuyo corazón seguía lleno de luz hizo que todo lo que tuve que afrontar fuera soportable.
Sin embargo, esa fantasía se destruyó mientras estudiaba a ese doble de Rune.
La luz de este Rune era opaca, nada brillaba. Estaba oscurecida por sombras y atrapada en la oscuridad. Era como si el chico que yo conocía se hubiera quedado abandonado en Noruega.
El carro de Deacon se detuvo en la entrada de la casa de Rune. Vi que la luz del celular de Rune se encendía en su mano y que salía lentamente de su cuarto hacia el porche. Caminó despreocupado hacia Deacon y Judson, quienes salieron del coche. Los saludó a ambos con una palmada en la espalda.
Después el corazón se me partió en dos. Avery se deslizó desde el asiento trasero y abrazó a Rune con fuerza. Llevaba una falda corta y un top corto que mostraba su figura perfecta. Sin embargo, Rune no le devolvió el abrazo, aunque eso no redujo mi dolor, porque Avery y Rune, uno al lado del otro, se veían perfectos. Los dos altos y rubios. Los dos perfectos.
Todos se metieron en el auto. Rune se metió al último, apuradamente, arrancaron y se perdieron de vista.
Suspiré cuando las luces traseras se disolvieron en la noche. Cuando volví a mirar la casa de los Kristiansen, vi que el papá de Rune estaba parado en el porche, tomado del barandal, viendo en la dirección en que su hijo acababa de irse. Después alzó la cara a la ventana de la oficina y una sonrisa triste se extendió por sus labios.
Me vio.
El señor Kristiansen alzó la mano y me saludó brevemente. Cuando le devolví el saludo, una expresión de completa tristeza apareció en su cara.
Parecía cansado.
Parecía que tenía el corazón roto.
Parecía que extrañaba a su hijo.
Regresé a mi habitación, me acosté en la cama y saqué mi portarretratos favorito. Mientras observaba al guapo chico y a la chica embelesada que me miraban desde la foto, tan enamorados, me pregunté qué le habría pasado a Rune en los últimos dos años para que se volviera tan atormentado y rebelde como parecía.
Después lloré.
Lloré por el chico que era mi sol.
Sufrí por el chico al que una vez amé con todas mis fuerzas.
Lloré por Poppy y Rune, una pareja de extrema belleza y una muerte aún más veloz.