Mil besos tuyos

Tillie Cole · Capítulo 7 de 23

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Mil besos tuyos

Capítulo 6

Pasillos atestados

y corazones perforados

POPPY

—¿Estás segura de que estás bien? —me preguntó mi mamá acariciándome el brazo. El coche se detuvo.

Sonreí y asentí.

—Sí, mamá, estoy bien.

Tenía los ojos enrojecidos y estaban llenándose de lágrimas.

—Poppy, amor, hoy no tienes que ir a la escuela si no quieres.

—Mamá, me encanta ir a la escuela. Sí quiero ir. —Me encogí de hombros—. Además, tengo Historia a la quinta hora y ya sabes cuánto me gusta. Es mi clase favorita.

Apareció una sonrisa renuente en su boca y se rio limpiándose los ojos.

—Eres igualita a tu abu. Necia como un burro y viendo siempre la luz del sol detrás de cada nube. Todos los días veo que su personalidad brilla a través de tus ojos.

Una sensación de calidez floreció en mi pecho.

—Me hace muy feliz, mamá, pero, en serio, estoy bien —dije con sinceridad.

Cuando los ojos de mi mamá volvieron a llenarse de lágrimas, me corrió del auto, poniéndome en la mano la nota del doctor.

—Toma, tenla a la mano.

Agarré el papel, pero antes de cerrar la puerta del coche, me agaché para decirle a mi mamá:

—Te quiero, mamá. Con todo mi corazón.

Mi mamá hizo una pausa y vi que una alegría agridulce se extendía por su cara.

—Yo también te quiero, Pops. Con todo mi corazón.

Cerré la puerta y me di la vuelta para ir a la escuela. Siempre había pensado que se sentía extraño llegar tarde a la escuela. El espacio parecía tan callado y quieto como apocalíptico, completamente opuesto al bullicio de la hora del almuerzo o al ajetreo enloquecido de los estudiantes entre clases.

Fui directamente a la administración escolar con la señora Greenway, la secretaria, para entregar la nota del doctor y cambiarla por un pase para estar en el pasillo.

—¿Cómo estás, cielo? ¿Mantienes el buen ánimo, preciosa? —me preguntó.

—Sí, señora —contesté sonriendo ante su amabilidad.

—Esa es mi chica. —Me guiñó un ojo y me hizo reír.

Revisé mi reloj y vi que la siguiente clase apenas había comenzado hacía quince minutos. Avancé lo más rápido posible por dos pisos de escaleras para no perderme nada más, y llegué a mi casillero. Lo abrí y saqué la pila de libros de Literatura Inglesa que necesitaba para mi clase.

Oí que se abría una puerta al otro extremo del breve pasillo, pero no le presté atención. Una vez que tuve todo lo que necesitaba, cerré el casillero con el codo y me dirigí a clase, luchando con mis muchos libros. Cuando alcé la vista, me quedé paralizada.

Estaba segura de que el corazón y los pulmones me dejaron de funcionar. A unos tres metros de mí, al parecer tan pegado al piso como yo, estaba Rune. Un Rune altísimo, completamente crecido.

Y me estaba mirando fijamente. Sus ojos azul claro me mantenían en su trampa. No podía irme aunque quisiera hacerlo.

Por fin, recuperé el aliento y me llené los pulmones de aire. Como después de un salto, la acción ocasionó que mi corazón latiera, que latiera con furia bajo la mirada de ese chico. El chico al que, para ser honesta conmigo misma, todavía amaba más que a nada en el mundo.

Rune estaba vestido como siempre: playera entallada negra, pantalones entubados negros y botas negras de piel. La diferencia era que ahora sus brazos eran más fuertes, tenía una cintura tonificada y esbelta que se estrechaba al llegar a su cadera. Mis ojos fueron a su cara y el estómago me dio un vuelco. Pensé que ya había visto toda su belleza cuando la noche anterior lo observé parado bajo la luz del farol, pero no fue así.

Más mayor y maduro, era muy probable que fuera la criatura más hermosa que hubiera visto. Su quijada era fuerte y definía a la perfección su rostro escandinavo. Tenía unos pómulos prominentes, pero no femeninos, y un polvillo rubio de barba incipiente agraciaba su barbilla y sus mejillas.

Descubrí que no habían cambiado sus cejas rubio oscuro, y las fruncía sobre los almendrados ojos azules.

Unos ojos que ni siquiera una distancia de miles de kilómetros, ni un lapso de dos años, pudieron borrar de mi memoria jamás.

Sin embargo, esa mirada, que en ese momento me estaba taladrando, no pertenecía al Rune que yo conocía, porque estaba llena de acusación y odio.

Esos ojos me miraban con un desprecio no disimulado.

Me tragué el dolor que estaba aferrándose a mi garganta, el dolor de ser objeto de una mirada tan dura. Ser amada por Rune provocaba una embriagadora sensación de calor. Ser odiada por Rune era como estar parada en el mismísimo hielo ártico.

Pasaron minutos y ninguno de los dos se movió un centímetro. Parecía que el aire se cuarteaba a nuestro alrededor. Vi que Rune contraía un puño a su lado, como si estuviera peleando mentalmente consigo mismo. Me pregunté con qué peleaba en su interior. Su mirada se oscureció aún más.

Después una puerta se abrió detrás de él y entró William, el intendente de los pasillos.

Nos miró a Rune y a mí, lo que me dio la excusa que necesitaba para liberarme de ese momento demasiado intenso. Necesitaba ordenar mis pensamientos.

William se aclaró la garganta.

—¿Me permiten sus pases?

Asentí y haciendo equilibrio con mis libros sobre una rodilla, fui a entregarle el mío, pero Rune metió el suyo antes.

No reaccioné ante su descarada grosería.

William revisó su pase en primer lugar. Rune llegó tarde porque fue a recoger su horario de clases. William le devolvió su pase, pero él siguió sin

moverse. William tomó mi pase y me miró.

—Espero que pronto te sientas mejor, Poppy —me dijo.

Empalidecí, preguntándome cómo era que sabía, pero después me di cuenta de que el pase decía que había ido al doctor. Simplemente estaba siendo amable, no sabía nada.

—Gracias —dije con nerviosismo y me arriesgué a levantar los ojos.

Rune me estaba mirando, sólo que esta vez tenía la frente arrugada.

Reconocí su expresión de preocupación. En cuanto vio que lo observaba, leyéndolo correctamente, enseguida cambió la preocupación por la expresión que tenía antes.

Rune Kristiansen era demasiado guapo como para fruncir el ceño. Una cara tan hermosa como la suya siempre debía tener una sonrisa.

—Pasen los dos, vayan a clase. —La voz dura de William desvió mi atención de Rune; pasé por en medio de los dos y atravesé las puertas del extremo del corredor. En cuanto llegué al siguiente pasillo, miré hacia atrás y me encontré con que Rune me seguía con los ojos a través de las puertas de cristal.

Las manos me empezaron a temblar por la intensidad de su mirada, pero después él se fue de repente, como si se obligara a dejarme en paz.

Me tomó varios segundos recuperar la compostura y luego me apresuré a llegar a clase.

Una hora después seguía temblando.

Pasó una semana. Una semana de evitar a Rune a como diera lugar. Me quedaba en mi habitación hasta que sabía que no estaba en casa. Mantenía las cortinas cerradas y mi ventana con llave, aunque Rune no fuera a intentar entrar. Las pocas veces que lo veía en la escuela o me ignoraba o me miraba como si fuera su peor enemigo.

Las dos cosas me dolían por igual.

Durante los recesos me mantenía alejada de la cafetería. Comía mi almuerzo en el salón de música y pasaba el resto del tiempo practicando con el violonchelo. La música seguía siendo mi refugio, el único lugar donde podía escapar del mundo.

Cuando mi arco estaba en las cuerdas, me transportaba a un mar de tonalidades y notas. El dolor y el sufrimiento de los últimos dos años desparecían. La soledad, las lágrimas y la ira se evaporaban, dejando una paz que no podía encontrar en ningún otro lado.

La semana anterior, después del terrible encuentro con Rune en el pasillo, necesité distanciarme de todo. Tenía que olvidar sus ojos cuando me fulminó con tanto odio en la mirada. Por lo general, la música era mi remedio, así que me entregué a una práctica intensa. ¿Cuál era el problema?

Cada vez que terminaba una pieza, en cuanto se desvanecía la última nota, la devastación volvía a cortarme diez veces más fuerte. Y se quedaba conmigo. Ese día, después de que terminé de tocar en el almuerzo, la angustia me persiguió por el resto de la tarde. Cayó sobre mí con pesadez cuando salí de la escuela.

El patio estaba lleno de estudiantes que iban a casa. Mantuve la cabeza agachada y avancé entre la multitud, pero al dar vuelta a la esquina vi a Rune y a sus amigos sentados en el campo del parque. También estaban Jorie y Ruby. Y también Avery.

Traté de no mirar a Avery, que estaba al lado de Rune mientras él se encendía un cigarro. Traté de no mirar a Rune cuando empezaba a fumar, con el codo apoyado casualmente sobre una rodilla mientras se recargaba contra un árbol. Y traté de ignorar que se me encogía el estómago cuando, al pasar deprisa, los ojos entrecerrados de Rune se encontraron brevemente con los míos.

Enseguida desvié la mirada. Jorie se levantó de un salto y vino detrás de mí corriendo. Conseguí alejarme lo suficiente de Rune y sus amigos como para que no oyeran lo que Jorie me decía.

—Poppy —me llamó. Volteé a verla y sentí la mirada vigilante de Rune sobre mí. La ignoré.

—¿Cómo has estado? —me preguntó.

—Bien —contesté, pero incluso yo noté que me temblaba la voz.

Jorie suspiró.

—¿Ya hablaste con él? Ya hace una semana que regresó.

Las mejillas me llamearon y negué con la cabeza.

—No. No estoy segura de que sea lo mejor. —Respiré y confesé—: De todos modos, no tengo idea de qué le diría. No parece el chico al que conocí y amé todos esos años; parece diferente, como si hubiera cambiado.

Los ojos de Jorie brillaron.

—Ya sé, pero creo que tú eres la única que lo ve como algo malo, Pops.

—¿A qué te refieres? —Los celos se encendieron en mi pecho.

Jorie señaló a las chicas que estaban reunidas alrededor de donde él estaba sentado, con el propósito de parecer casuales pero fracasando terriblemente en su objetivo.

—Él es de lo único que todos hablan y estoy casi segura de que cualquier chica de esta escuela, con excepción de Ruby, tú y yo, vendería su alma al diablo por que él la viera siquiera. Siempre lo quisieron, Pops, pero, bueno, él te tenía a ti y todas sabían que jamás te dejaría por nada ni nadie.

Pero ahora… —Su voz se fue apagando y sentí cómo me abandonaba el ánimo.

—Ahora ya no me tiene —terminé por ella—. Ahora es libre para estar con quien quiera.

Jorie abrió los ojos de par en par cuando se dio cuenta de que, una vez más, había metido la pata. Apretó mi brazo para mostrarme su apoyo, e hizo un gesto de dolor como disculpa. Sin embargo, no podía enojarme con ella; siempre hablaba antes de pensar bien las cosas. Además, todo lo que dijo era verdad.

Pasó un momento de incómodo silencio.

—¿Qué vas a hacer mañana en la noche? —me preguntó.

—Nada —contesté, me moría por irme.

La cara de Jorie se iluminó.

—¡Perfecto! Entonces puedes venir a la fiesta en casa de Deacon. Para que no te quedes sola otro sábado por la noche.

Me reí y Jorie frunció el ceño.

—Jorie, yo no voy a fiestas. De cualquier modo, nadie me invitaría.

—Yo te estoy invitando, serías mi acompañante.

Mi buen humor se desvaneció.

—No puedo, Jor. —Hice una pausa—. No puedo ir si va a ir Rune. No después de todo lo ocurrido.

Jorie se acercó más a mí.

—Él no irá —dijo con tranquilidad—. Le dijo a Deacon que no podía porque tenía que ir a otra parte.

—¿A dónde? —pregunté, sin poder disfrazar mi curiosidad.

—Ni idea. En realidad, Rune no habla mucho. Creo que eso se añade a la razón por la que está atrayendo groupies como si no hubiera un mañana.

—Jorie sacó el labio inferior y me picó un brazo—. Por favor, Pops.

Estuviste fuera durante una época muy larga y te extrañé tanto. Quiero pasar contigo todo el tiempo que sea posible, pero tú no dejas de esconderte.

Tenemos que compensar los años perdidos. Ruby también irá. Tú sabes que nunca te he dejado sola.

Inspeccioné el suelo, tratando de encontrar una excusa. Alcé la mirada hacia Jorie y me di cuenta de que mi negativa le molestaba. Ignoré el malestar de la duda que sentía en el pecho y me rendí.

—Está bien, voy contigo.

La cara de Jorie se quebró en una enorme sonrisa.

—¡Perfecto! —exclamó, y me reí cuando me jaló enseguida para abrazarme.

—Tengo que irme a casa —dije cuando me soltó—. Hoy en la noche tengo un recital.

—Muy bien. Paso por ti mañana a las siete, ¿va?

Me despedí con la mano y empecé a caminar a casa. Sólo había recorrido algunos cientos de metros cuando sentí que alguien caminaba detrás de mí por el bosquecillo. Cuando miré por encima de mi hombro, vi a Rune.

El corazón empezó a latirme aceleradamente cuando nuestros ojos se encontraron. Él no los despegó de los míos, pero yo sí desvié la mirada. Me aterraba que tratara de hablar conmigo. ¿Qué pasaría si quería que le explicara todo? O peor aún, ¿qué tal que quería decirme que lo que tuvimos no significó nada?

Eso me quebraría.

Apreté el paso, mantuve la cabeza agachada y me apuré para llegar a casa. Sentí que me seguía todo el camino, pero no hizo ningún intento por rebasarme.

Mientras subía corriendo los escalones de mi porche, miré a un lado y vi cómo se recargaba en el muro de su casa, cerca de su ventana. El corazón me dio un vuelco cuando se echó el pelo hacia atrás. Tuve que mantener los pies enraizados al porche para no tirar mi mochila al piso, correr hacia él y explicarle por qué lo dejé ir, por qué lo corté de manera tan terrible, por qué daría cualquier cosa con tal de que me besara sólo una vez más. En cambio, me obligué a entrar a mi casa.

Las palabras de mi mamá se repitieron en mi mente con pesadez mientras entraba en mi recámara para acostarme: «… Quizá fue bueno que

rompieras todo contacto con él, amor. No estoy muy segura de que él pudiera soportar todo por lo que pasaste, según lo que me dijo su mamá».

Cerré los ojos y juré que lo iba a dejar en paz. No sería una carga para él y lo protegería del dolor.

Porque aún lo amaba tanto como siempre.

Aunque el chico al que yo amaba ya no me correspondiera.