Mil besos tuyos

Tillie Cole · Capítulo 15 de 23

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Mil besos tuyos

Capítulo 14

Los árboles en flor

y la paz recobrada

RUNE

UNA SEMANA DESPUÉS

—Hola, Rune.

Alcé la vista del papel en el que estaba escribiendo y me encontré con Jorie en la puerta del cuarto de Poppy. Judson, Deacon y Ruby estaban detrás de ella, en el pasillo. Les hice un movimiento rápido con la barbilla y todos entraron.

Poppy seguía en cama, en coma. Después de unos días, los médicos dijeron que lo peor de su infección ya había pasado y permitieron la entrada de otros visitantes.

Mi Poppy lo logró. Justo como me lo prometió, luchó para impedir que la infección la derrotara. Sabía que lo iba a conseguir. Cuando hizo esa promesa, tomó mi mano y me vio a los ojos.

Era como si ya estuviera hecho.

Los doctores planeaban sacarla del coma poco a poco durante los siguientes días. Iban a reducir gradualmente la dosis de anestesia, empezando esa misma noche. Yo no podía esperar. La semana me pareció eterna sin ella, todo se sentía mal y fuera de lugar. Tanto cambiaba en mi

mundo con su ausencia, y en contraste, en realidad nada cambiaba en el mundo exterior.

El único cambio real era que ahora toda la escuela sabía que a Poppy no le quedaba mucho tiempo. Por lo que había oído, todos estaba predeciblemente sorprendidos; todos estaban tristes. Éramos compañeros de escuela de la mayoría desde el kínder. Aunque no todos conocían a Poppy tanto como nuestro pequeño grupo, de todos modos la noticia sacudió a todo el pueblo. La gente de su iglesia se reunió para rezar por ella, para mostrarle su amor. Sabía que si Poppy se enteraba, se sentiría reconfortada.

Los médicos no sabían con seguridad qué tan fuerte estaría cuando despertara. Se mostraban renuentes a calcular cuánto tiempo le quedaba, pero el doctor nos dijo que la infección la debilitó gravemente. Nos advirtió que teníamos que estar preparados: cuando por fin despertara, podían quedarle sólo unas semanas.

Por mucho que ese golpe me doliera, por mucho que me arrancara el corazón del pecho, trataba de alegrarme por las pequeñas victorias. Me quedaban unas semanas para ayudar a satisfacer los últimos deseos de Poppy. Tendría el tiempo necesario para despedirme de verdad, para oírla reír, ver su sonrisa y besar sus suaves labios.

Jorie y Ruby entraron primero y se sentaron al otro lado de la cama de donde yo apretaba la mano de Poppy.

Deacon y Judson se pararon a mi lado y pusieron una mano en mi hombro para mostrarme su apoyo. En el momento en que se corrió la voz sobre el estado de Poppy, mis amigos se salieron de la escuela para ir a verme. En cuanto los vi acercándose por el pasillo, supe que ahora todos sabían. Supe que ellos sabían. Estuvieron a mi lado desde entonces.

Estaban molestos porque Poppy y yo no le contáramos nada a nadie salvo a Jorie. Pero al final comprendieron por qué Poppy no quería armar un alboroto. Creo que la quisieron más por eso, pudieron ver su verdadera fortaleza.

La última semana, durante la cual no fui a la escuela, fueron mis amigos quienes les llevaron mis tareas a los maestros. Me cuidaban como yo cuidaba a Poppy. Deacon y Judson estaban decididos a que no me reprobaran ahora que todos estábamos juntos en el último año. Era lo último que tenía en la cabeza, pero apreciaba su preocupación.

De hecho, esa semana me demostró lo mucho que significaban para mí.

Aunque Poppy era mi vida entera, me di cuenta de que tenía amor en otras

partes. Tenía amigos que harían cualquier cosa por mí. Mi mamá venía todos los días, y también mi papá. Al parecer, no le importaba que lo ignorara tanto. Al parecer, no le importaba que nos quedáramos en silencio.

Creo que sólo le importaba estar ahí, a mi lado.

Todavía no estaba seguro de qué hacer con eso.

Jorie alzó la mirada y me miró a los ojos.

—¿Cómo está hoy?

Me levanté de la silla y me senté en el borde de la cama de Poppy.

Entrelacé sus dedos con los míos y sostuve su mano con firmeza. Me incliné hacia adelante, le retiré el pelo de la cara y la besé en la frente.

—Está más fuerte cada día que pasa —dije con tranquilidad, y luego murmuré al oído de Poppy—: Nuestros amigos están aquí, nena. Vinieron a verte otra vez.

Mi corazón me dio un vuelco cuando vi que sus pestañas se estremecían, pero cuando la observé durante más tiempo, me di cuenta de que seguramente fue mi imaginación. Llevaba demasiadas horas desesperado por volver a verla como para contarlas. Después me relajé pensando que en los próximos días cuando viera esas señales, no serían producto de mi imaginación. Serían reales.

Mis amigos se sentaron en un sillón que estaba cerca de la ventana.

—Los médicos decidieron empezar a sacarla del estado de coma esta noche —anuncié—. Puede tomar un par de días que esté plenamente consciente, pero creen que lo mejor es regresarla poco a poco. Su sistema inmune se fortaleció todo lo que creen posible. Venció a la infección. Está lista para volver con nosotros. —Exhalé y añadí en voz baja—: Por fin. Por fin podré volver a ver sus ojos.

—Qué bueno, Rune —contestó Jorie y me sonrió débilmente. Hubo un silencio expectante, mis amigos se miraban unos a otros.

—¿Qué? —pregunté tratando de interpretar su expresión.

Fue Ruby la que respondió:

—¿Cómo va a estar cuando despierte?

El estómago se me encogió.

—Débil —murmuré. Me volteé hacia Poppy y le acaricié la cara—. Pero estará de vuelta. No me importa si tengo que cargarla a todas partes. Sólo quiero verla sonreír. Quiero tenerla conmigo de nuevo, donde pertenece…, por lo menos durante un tiempo.

Escuché un sollozo y vi que Ruby estaba llorando. Jorie la abrazaba.

Suspiré tratando de mostrar empatía.

—Ya sé que la quieres, Ruby, pero cuando despierte, cuando se entere de que todos saben, actúa normal. Ella odia ver tristes a las personas a las que quiere. Para ella, eso es lo peor de todo esto. —Apreté los dedos de Poppy—. Cuando despierte, tenemos que hacerla sentir feliz, como ella hace con todos los demás. No podemos mostrarle que estamos tristes.

Ruby asintió.

—No regresará nunca a la escuela, ¿verdad? —preguntó. Negué con la cabeza.

—Ni yo tampoco. Hasta que… —Me callé; no quería terminar esas palabras. Todavía no estaba listo para decirlas. No estaba listo para enfrentarlo. Aún no.

—Rune —dijo Deacon con un tono serio—, ¿qué harás el próximo año?

Con la universidad. ¿Ya mandaste alguna solicitud? —Juntó las manos—.

Me tienes preocupado. Todos nos iremos, y tú no dices nada. Estamos muy preocupados.

—Todavía no pienso ni siquiera en eso —contesté—. Mi vida está aquí, ahora, en este momento. Todo eso será después. Poppy es lo único en lo que puedo concentrarme. Es en lo único que siempre he podido concentrarme.

No me importa un comino el año próximo, ni qué voy a hacer.

La habitación quedó en silencio. Por la cara de Deacon, me di cuenta de que quería decir algo más, pero no se atrevía.

—¿Irás a la graduación?

El alma se me cayó a los pies cuando vi que Jorie miraba con tristeza a su mejor amiga.

—No sé —contesté—. Ella quería ir, tenía muchas ganas, pero todavía faltan seis semanas. —Me encogí de hombros—. Los médicos no saben. —

Me volteé hacia Jorie—. Era uno de sus últimos deseos, ir a la graduación de la preparatoria. —Tragué saliva y volví a ver a Poppy—. Al final, lo único que quiere es que la bese e ir a la graduación, es todo lo que pide.

Nada enorme, nada trascendental…, sólo eso. Conmigo.

Les di un momento a mis amigos cuando Jorie y Ruby empezaron a llorar en silencio. Sin embargo, no me derrumbé. Conté en silencio las horas que faltaban para que volviera a mí. Me imaginaba el momento en que volvería a verla sonreír una vez más. A mirarme.

A apretar mis manos entre las suyas.

Después de una hora más o menos, mis amigos se levantaron. Judson dejó unos papeles sobre el buró que estaba al lado de la cama de Poppy, que yo usaba como escritorio.

—Matemáticas y Geografía, amigo. Los maestros te anotaron todo, las fechas de entrega y eso. —Me paré y me despedí de mis amigos, agradeciéndoles su visita. Cuando se fueron, me moví al escritorio para terminar la tarea. Cuando terminé ese trabajo, saqué mi cámara, que no me descolgaba del cuello desde hacía semanas.

La cámara que otra vez era parte de mí.

Pasaron las horas mientras yo entraba y salía de la habitación, capturando el día en el exterior. Esa tarde, la familia de Poppy empezó a llenar la habitación, seguidos de cerca por los médicos. Me paré de mi asiento de un salto y me froté el cansancio de los ojos. Venían para empezar a sacarla del coma.

—Rune —me saludó el señor Litchfield. Fue hacia donde estaba yo y me abrazó. Una tregua dichosa se estableció entre nosotros desde que Poppy estaba en coma. Él me comprendía, y yo a él. Por eso, Savannah empezó a confiar en que no iba a romperle el corazón a su hermana. Y

también porque no me fui ni una vez desde que ingresaron a Poppy. Si Poppy estaba ahí, yo también estaría. Seguramente mi dedicación les demostró que la amaba más de lo que todos creían. Ida se acercó a mí y me abrazó por la cintura. La señora Litchfield me besó en la mejilla. Después, todos esperamos a que el doctor terminara su examen.

—El conteo de glóbulos blancos de Poppy es el mejor que podemos esperar en esta etapa de su enfermedad. Reduciremos su anestesia poco a poco para que esté consciente. Conforme recupere las fuerzas, podremos desenchufarla de algunas de estas máquinas. —El corazón me latía rápidamente y tenía las manos aferradas a los costados. El doctor continuó

—: Al principio, Poppy tendrá periodos de conciencia e inconsciencia.

Cuando esté consciente, es probable que delire, que no esté muy lúcida.

Será por el medicamento que aún tiene en su sistema. Sin embargo, con el tiempo, estará despierta por periodos más largos y, si todo sale bien, en un par de días volverá a ser la chica feliz de siempre. —El doctor alzó las manos—. Sin embargo, estará débil. Hasta que la evaluemos en su estado consciente, no podremos determinar cuánto la debilitó esta infección. Sólo el tiempo lo dirá. Es posible que tenga una movilidad limitada que restrinja las cosas que puede hacer. Es poco probable que recupere todas sus fuerzas.

Cerré los ojos y le recé a Dios para que estuviera bien. Y si no, prometí que la ayudaría, haría cualquier cosa que me diera un poco más de tiempo con ella. No importaba lo que fuera necesario, haría cualquier cosa.

El siguiente par de días se hizo eterno. Poppy empezó a mover las manos ligeramente, sus pestañas se estremecieron y el segundo día comenzó a abrir los ojos. Sólo duraba unos cuantos segundos, pero era suficiente para llenarme de una mezcla de emoción y esperanza.

El tercer día, un equipo de doctores y enfermeras entró a la habitación y empezaron el proceso de desenchufar a Poppy de las máquinas. Observé con el corazón en la boca cómo le quitaban el respirador de la garganta. Vi cómo se llevaban las máquinas de una en una, hasta que volví a ver a mi chica.

Se me hinchó el corazón.

Tenía la piel pálida; sus labios, que usualmente eran suaves, estaban partidos, pero al verla liberada de todas esas máquinas, me sentí seguro de que para mí nunca se había visto tan perfecta.

Me senté con paciencia en una silla junto a su cama, tomando su mano.

Eché la cabeza hacia atrás, y estaba mirando fijamente el techo cuando sentí que Poppy me daba un ligero apretón con su mano. Contuve la respiración, mis pulmones se paralizaron. Miré a Poppy, en la cama. Los dedos de la mano que tenía libre se movieron un poco. Me acerqué a la pared y apreté el botón de la enfermería.

—Creo que se está despertando —anuncié cuando entró una enfermera.

Poppy hizo movimientos ligeros durante las últimas veinticuatro horas, pero nunca tantos ni por tanto tiempo.

—Voy a buscar al doctor —contestó y salió de la habitación. Los padres de Poppy entraron apresuradamente poco después; acababan de llegar a su visita diaria.

El doctor entró unos segundos después. Cuando se acercó a la cama, di un paso atrás para ponerme al lado de los padres de Poppy y dejar que la enfermera revisara sus signos vitales.

Los ojos de Poppy empezaron a estremecerse bajo sus párpados, después los abrió lentamente. Respiré mientras sus ojos verdes y adormilados asimilaban el entorno.

—¿Poppy? Poppy, estás bien —dijo el doctor con voz reconfortante. Vi que Poppy trataba de voltear hacia él, pero no podía enfocar la mirada.

Sentí un tirón en alguna parte de mi interior cuando estiró la mano: estaba

buscándome. Incluso en su estado de confusión, buscaba mi mano—.

Poppy, llevas un rato dormida. Estás bien, pero te vas a sentir cansada.

Tienes que saber que estás bien.

Poppy hizo un ruido, señal de que quería hablar. El doctor se volteó hacia la enfermera.

—Traiga hielo para sus labios.

No podía seguir apartado por más tiempo y me apresuré hacia Poppy, ignorando la llamada de atención del señor Litchfield. Me moví hacia el otro lado de la cama, me incliné y tomé su mano. En cuanto lo hice, se calmó y su cabeza giró lentamente hacia mí. Abrió los ojos con un ligero temblor y me miró directamente.

— Hei, Poppymin —murmuré luchando contra la estrechez de mi garganta.

Y entonces sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi una insinuación, pero ahí estaba. Apretó mi mano con sus débiles dedos, que tenían la fuerza de una mosca, y se volvió a dormir. Sin embargo, su mano nunca soltó la mía, así que me quedé donde estaba. Me senté en una silla a su lado y me quedé exactamente donde estaba.

Pasó otro día con mayor número de momentos de lucidez de Poppy. No estaba realmente lúcida cuando despertaba, pero me sonreía cuando concentraba la atención en mí. Yo sabía que una parte de ella, aunque confundida, sabía que estaba ahí a su lado. Sus débiles sonrisas me aseguraban que no debía estar nunca en ningún otro lugar.

—¿Puedo mover la cama? —pregunté más tarde, cuando una enfermera entró en la habitación a hacer una revisión de rutina. La enfermera dejó de hacer lo que estaba haciendo y alzó una ceja.

—¿A dónde, corazón?

Caminé hacia la ventana.

—Hacia acá —respondí—. Así, cuando se despierte del todo, podrá ver el exterior. —Ahogué una risa—. Le encanta ver el amanecer. —Miré hacia atrás—. Ahora que sólo tiene la aguja, pensé que podría ser.

La enfermera me observó fijamente. Notaba la simpatía en su mirada, pero no quería su simpatía, sólo quería que me ayudara a darle eso a Poppy.

—Claro —dijo al fin—. No me parece que haya ningún problema. —Me relajé. Fui al lado de la cama de Poppy y, con la enfermera del otro lado, la movimos para que viera hacia el jardín del área de oncología pediátrica. Un jardín bajo el cielo azul.

—¿Está bien así? —preguntó la enfermera y le puso los frenos a la cama.

—Perfecto —contesté y sonreí.

Cuando la familia de Poppy entró poco después, su mamá me abrazó.

—Le va a encantar —dijo. Mientras estábamos sentados alrededor de la cama, Poppy se movía de vez en cuando y cambiaba de posición, aunque no por más de unos segundos.

Durante los últimos dos días, sus padres se turnaban para quedarse a pasar la noche en la sala de espera que estaba al otro lado del pasillo. Uno se quedaba en casa con las niñas. Su mamá era la que dormía en el hospital con más frecuencia.

Yo me quedaba en el cuarto de Poppy.

Me quedaba a su lado, en su cama, todas las noches. Dormía con ella en brazos, en espera del momento en que despertara.

Sabía que a sus padres no les encantaba la idea, pero me imaginaba que accedieron porque ¿por qué no? No me lo iban a prohibir. Al menos no ahora, bajo esas circunstancias.

Y yo no iba a irme.

La mamá de Poppy le contaba a su hija dormida sobre sus hermanas. Le contaba cómo les iba en la escuela, cosas cotidianas. Yo estaba sentado escuchando a medias, cuando alguien tocó a la puerta con suavidad.

Alcé la mirada y vi que mi papá abría la puerta. Saludó brevemente a la señora Litchfield.

—Rune, ¿puedo hablar contigo un segundo?

Me puse tenso y fruncí el ceño. Mi papá me esperaba en la puerta, sin apartar la mirada de la mía. Respiré profundamente y me levanté. Mi papá se alejó de la puerta cuando me acerqué. Cuando salía de la habitación, vi que tenía algo en la mano. Se mecía sobre sus pies con nerviosismo.

—Ya sé que no me lo pediste, pero revelé tus rollos por ti. —Me quedé paralizado—. Ya sé que me pediste que las llevara a la casa, pero yo te veo, Rune. Te vi tomar esas fotografías y sé que son para Poppy. —Se encogió de hombros—. Ahora que está cada vez más despierta, me imaginé que quizá querías tenerlas contigo para enseñárselas.

Sin decir nada más, me entregó un álbum de fotos. Estaba lleno de una impresión tras otra de todo lo que había capturado mientras Poppy dormía.

Eran todos los momentos que se había perdido.

Se me empezó a cerrar la garganta. No fui a mi casa y no pude revelarlas a tiempo para ella…, pero mi papá…

—Gracias —dije con voz ronca y bajé la mirada al suelo. Por el rabillo del ojo, vi que el cuerpo de mi papá se relajaba, liberando la tensión. Alzó una mano como para tocar mi hombro. Me quedé quieto y mi papá se detuvo a medio camino, pero después decidió arriesgarse, puso la mano sobre mi hombro y lo apretó.

Cerré los ojos al sentir su mano sobre mí y, por primera vez en una semana, sentí que podía respirar. Por un segundo, con este gesto de mi papá que me mostraba que estaba conmigo, realmente respiré.

Sin embargo, mientras más tiempo estaba ahí, menos sabía qué hacer.

Hacía mucho que no estaba así con él, que no lo dejaba acercarse tanto.

Necesitaba apartarme, pues no era capaz de lidiar con eso otra vez; así que asentí y volví al cuarto. Cerré la puerta y me senté con el álbum sobre las piernas. La señora Litchfield no me preguntó qué era, y yo no lo dije.

Siguió contándole historias a Poppy hasta tarde.

Cuando la mamá de Poppy salió de la habitación, me quité las botas y, como todas las noches, abrí las cortinas y me acosté al lado de mi chica.

Recuerdo mirar las estrellas; después, cuando me di cuenta, sentí que una mano me acariciaba el brazo. Desorientado, abrí los ojos y los primeros rayos de un nuevo día se filtraron en la habitación.

Traté de despejar la niebla del sueño de mi cabeza. Sentí que un cabello me hacía cosquillas en la nariz y un aliento cálido flotaba sobre mi cara.

Levanté la vista, me tallé el sueño de los ojos y mi mirada chocó contra el par de ojos verdes más bonitos que hubiera visto en mi vida.

Me dio un vuelco el corazón y una sonrisa se extendió por los labios de Poppy; sus hoyuelos profundos se hundieron en sus pálidas mejillas.

Levanté la cabeza, sorprendido, y tomé su mano.

— Poppymin? —murmuré.

Poppy parpadeó una y otra vez, y después paseó la mirada por la habitación. Tragó saliva e hizo un gesto de dolor. Como vi que tenía los labios resecos, me estiré para tomar un vaso de agua del buró y le acerqué el popote a la boca. Poppy tomó algunos sorbos e hizo el vaso a un lado.

Suspiró de alivio. Tomé su labial de cereza favorito y le puse una ligera capa sobre ellos. Poppy los frotó uno contra otro lentamente. Sin apartar su mirada de la mía, me mostró una sonrisa amplia y hermosa.

Sentí que el pecho se me llenaba de luz; me incliné hacia abajo y apreté los labios contra los suyos. Fue un gesto breve, apenas un beso, pero cuando me separé, Poppy tragó saliva y dijo con voz ronca:

—Beso número… —Frunció el ceño con un gesto de confusión en el rostro.

—Novecientos tres —terminé por ella. Asintió.

—Cuando regresé a Rune —añadió sosteniéndome la mirada y apretando débilmente mi mano—, justo como se lo prometí.

—Poppy —respondí en un susurro, y bajé la cabeza hasta que la acomodé en el hueco de su cuello. Quería abrazarla lo más que pudiera, pero se sentía como una muñeca frágil: fácil de romperse.

Poppy apoyó los dedos en mi pelo y acarició los mechones, un movimiento tan familiar como respirar, mientras su aliento ligero flotaba sobre mi cara.

Alcé la cabeza y la miré. Me aseguré de absorber cada parte de su cara, de sus ojos. Me aseguré de atesorar ese momento, cuando volvió a mí.

—¿Cuánto tiempo pasó? —me preguntó.

Le acaricié el cabello para apartarlo de su cara.

—Estuviste una semana inconsciente y durante los últimos días despertaste poco a poco.

Poppy cerró los ojos un momento y luego los volvió a abrir.

—¿Y cuánto… queda?

Sacudí la cabeza, orgulloso de su fortaleza, y contesté honestamente:

—No sé.

Poppy asintió con la cabeza, un movimiento muy ligero. Sentí calor en la nuca, volteé y miré por la ventana. Sonreí. Volví a mirar a Poppy.

—Amaneciste con el sol, amor.

Ella frunció el ceño hasta que me quité de delante. Cuando lo hice, oí que tomaba aire sorprendida. Cuando miré su cara, vi que los rayos anaranjados besaban su piel. Cerró los ojos, los volvió a abrir y sonrió.

—Es hermoso —murmuró. Apoyé la cabeza al lado de la suya en su almohada, viendo cómo se iluminaba el cielo con la llegada de un nuevo día. Poppy no dijo nada mientras contemplábamos cómo se alzaba el sol en el cielo, bañando la habitación de luz y calor. Me apretó la mano—. Me siento débil.

Se me encogió el estómago.

—La infección te dio fuerte. Tuvo sus consecuencias.

Poppy comprendió y se perdió de nuevo en la vista matutina.

—Extrañaba esto —dijo señalando hacia la ventana.

—¿Recuerdas mucho?

—No —susurró—. Pero sé que lo extrañaba. —Miró su mano—.

Aunque recuerdo la sensación de tu mano en la mía… Es extraño. No recuerdo nada más, pero me acuerdo de eso.

— Ja? —pregunté.

—Sí —contestó con voz suave—. Creo que siempre recordaré la sensación de tu mano tomando la mía.

Me estiré a un lado y alcé el álbum de fotos que mi papá me llevó, lo puse sobre mis piernas y lo abrí. La primera foto era del sol saliendo a través de unas nubes densas. Los rayos se asomaban a través de las ramas de un pino, y capturé los tonos rosados a la perfección.

—Rune —murmuró Poppy y pasó la mano sobre la impresión.

—Fue la primera mañana que pasaste aquí. —Me encogí de hombros—.

No quería que te perdieras el amanecer.

Poppy movió la cabeza hasta apoyarla en mi hombro. Entonces supe que hice lo correcto, sentía la felicidad de su contacto. Era mejor que las palabras.

Hojeé el álbum. Le mostré los árboles que empezaban a florecer en el exterior. Las gotas de lluvia contra la ventana el día que llovió, y las estrellas en el cielo, la luna llena y los pájaros que anidaban en los árboles.

Cuando cerré el álbum, Poppy echó la cabeza hacia atrás y me miró a los ojos.

—Capturaste los momentos que me perdí.

Sentí que sus mejillas se calentaban y bajé la cabeza.

—Por supuesto, siempre lo haré. —Poppy suspiró.

—Aunque yo no esté aquí, tienes que capturar todos esos momentos. —

El corazón me dio un vuelco y antes de que pudiera decir algo, ella llevó la mano a mi cara; se sentía muy ligera—. Prométemelo —me pidió. Como no respondí, insistió—: Prométemelo, Rune. Estas fotografías son demasiado preciosas como para que nadie las tome. —Sonrió—. Piensa en lo que puedes capturar en el futuro. Piensa en las posibilidades que tienes por delante.

—Lo prometo —contesté en voz baja—. Lo prometo, Poppymin.

—Gracias. —Suspiró.

Me incliné para besarla en la mejilla. Cuando me aparté, me acomodé en la cama para quedar frente a ella.

—Te extrañé, Poppymin.

—Yo también te extrañé —respondió sonriendo.

—Tenemos mucho que hacer cuando salgas de aquí —le dije y vi que sus ojos brillaban por la emoción.

—Sí —contestó—. ¿Cuánto falta para que empiecen a florecer los árboles? —preguntó frotándose los labios.

El corazón se me desgarró cuando supuse en qué estaba pensando: estaba calculando cuánto tiempo le quedaba y si alcanzaría a ver los árboles en flor. Si alcanzaría a ver cómo se cumplían los pocos deseos que le quedaban.

—Creen que una semana, cuando mucho.

Esta vez no hubo modo de ocultar la felicidad total que irradiaba su sonrisa. Cerró los ojos.

—Puedo llegar hasta entonces —declaró con confianza y me sostuvo la mano un poco más fuerte.

—Aguantarás más —le prometí y vi que asentía.

—Hasta los mil besos —acordó.

Acaricié su cara con la mano.

—Y después haré que continúes.

—Sí —sonrió Poppy—. Hasta el infinito.

Una semana después, dieron de alta a Poppy. Después de unos cuantos días, el verdadero alcance de lo mucho que le afectó la infección se hizo evidente. Poppy no podía caminar. Perdió toda la fuerza de las piernas. El doctor nos dijo que si estuviera curada de su cáncer, con el tiempo la recuperaría, pero, tal y como estaban las cosas, nunca más volvería a caminar.

Estaba en silla de ruedas. Al tratarse de Poppy, no dejó que le afectara en lo más mínimo.

—Mientras pueda salir y sentir el sol en la cara, seré feliz —dijo cuando el doctor le dio las malas noticias. Alzó la vista hacia mí y añadió—:

Mientras pueda tomar la mano de Rune, en realidad no me importa volver a caminar.

Y, sólo con eso, hizo que me derritiera.

Llevaba en la mano nuevas fotos mientras corría en dirección a su ventana por el pasto que separaba nuestras casas. Cuando entré, vi que estaba dormida en su cama.

La llevaron a casa ese mismo día. Estaba cansada, pero yo tenía que enseñarle eso. Era mi sorpresa, mi bienvenida a casa.

Uno de sus deseos hechos realidad.

Cuando entré al cuarto, Poppy abrió los ojos y una sonrisa adornó sus labios.

—La cama estaba fría sin ti —afirmó, y pasó la mano por el lado en el que normalmente dormía.

—Tengo algo para ti —anuncié sentándome en la cama. Me incliné y la besé en los labios. Lo hice profundamente y sonreí cuando vi que después se sonrojaba. Poppy se estiró para tomar un corazón en blanco y anotó algo en él.

Vi que el frasco estaba casi lleno cuando guardó el corazón en él.

Casi lo lográbamos.

Poppy se volteó y se sentó.

—¿Qué tienes en mente? —preguntó con emoción en la voz.

—Unas fotos —anuncié y vi que su cara se encendía por la felicidad.

—Mi regalo favorito —dijo, y yo sabía que decía la verdad—. Tus mágicos momentos capturados.

Le entregué el sobre y Poppy lo abrió. Contuvo el aliento cuando vio lo que mostraban. Miró todas las fotos con emoción y después volteó hacia mí con ojos esperanzados.

—¿Las primeras flores? —le devolví la sonrisa y asentí. Poppy se tapó la boca con una mano y sus ojos brillaron de felicidad—. ¿Cuándo las tomaste?

—Hace unos días —respondí y vi que sus labios se curvaban en una sonrisa.

—Rune —murmuró y buscó mi mano, que se llevó a mi cara—. Eso significa…

Me levanté.

Fui a su lado de la cama y la alcé en mis brazos, ella me rodeó el cuello y puse mis labios sobre los suyos.

—¿Estás conmigo? —pregunté tras separarme.

—Estoy contigo —contestó suspirando de alegría.

La senté en la silla de ruedas con cuidado, le puse una cobija sobre las piernas y fui a empujarla. Poppy echó la cabeza hacia atrás cuando estaba a punto de salir al pasillo. Bajé la vista hacia ella.

—Gracias —murmuró.

—Vamos. —Besé su boca al revés.

La risa contagiosa de Poppy resonó por toda la casa mientras la empujaba por el pasillo hacia el aire fresco. La cargué escaleras abajo y, una vez que estuvo de vuelta en la silla y a salvo, la empujé por el pasto hacia el bosquecillo. El clima era cálido y el sol brillaba en el cielo despejado.

Poppy inclinó la cabeza para absorber el calor del sol, y sus mejillas se llenaron de vida. Cuando abrió los ojos, supe que percibía el aroma del bosquecillo antes de verlo.

—Rune —dijo, y se agarró a los brazos de la silla de ruedas.

El corazón me latía cada vez más deprisa conforme nos acercábamos.

Después, cuando doblamos en la esquina y el bosquecillo en flor se presentó ante nuestra vista, contuve el aliento.

Un jadeo se deslizó de la boca de Poppy. Tomé la cámara de mi cuello, caminé hacia ella hasta que tuve la vista perfecta de su cara. Ni siquiera se dio cuenta de que apreté el botón una y otra vez; estaba demasiado concetrada en la belleza que tenía ante ella, demasiado fascinada. Alzaba los brazos y acariciaba un pétalo recién nacido con tanta delicadeza como una pluma. Después, inclinó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos extendiendo los brazos en el aire y su risa resonó por todo el bosquecillo.

Sostuve mi cámara y me preparé con el dedo sobre el botón en espera del momento siguiente, por el que rezaba. Y después llegó. Poppy abrió los ojos completamente fascinada por el momento, y luego me miró. Apreté el botón: su cara estaba llena de vida y el fondo era un mar rosa y blanco.

Poppy bajó las manos despacio, y su sonrisa se hizo más suave cuando me miró. Bajé la cámara para devolverle la mirada: las flores de cerezo que la rodeaban estaban plenas y vibrantes: eran su halo simbólico. Fue entonces cuando me di cuenta: Poppy, Poppymin, era la flor del cerezo.

Era mi flor de cerezo.

Una belleza sin rival, de vida limitada. Una belleza tan extrema en su gracia que no podía durar. Viene a enriquecer nuestra vida y después se va flotando en el viento. Jamás se olvida, porque nos recuerda que debemos

vivir, que la vida es frágil y, sin embargo, en esa fragilidad hay fuerza. Hay amor. Hay un propósito. Nos recuerda que la vida es breve, que nuestras respiraciones están contadas y nuestro destino fijado, sin importar cuánto luchemos.

Nos recuerda que no debemos perder ni un solo segundo. Debemos vivir con fuerza y amar con aún más fuerza. Perseguir nuestros sueños, buscar aventuras…, capturar momentos.

Vivir de manera hermosa.

Tragué saliva mientras estos pensamientos se agolpaban en mi mente. A continuación, Poppy extendió la mano.

—Llévame por el bosquecillo, amor —me pidió con voz suave—.

Quiero vivir esto contigo.

Bajé la cámara y dejé que colgara de mi cuello; fui detrás de la silla de ruedas y la empujé por el camino de tierra seca. Poppy respiró lenta y mesuradamente. La chica a la que yo amaba lo absorbía todo, toda la belleza de ese momento. Un deseo realizado.

Cuando llegamos a nuestro árbol, con las ramas cargadas de tonos rosa pastel, saqué una cobija de detrás de la silla y la puse en el suelo. Cargué a Poppy y nos instalamos bajo el árbol, con la vista del bosquecillo a nuestro alrededor.

Poppy apoyó la espalda sobre mi pecho y suspiró.

—Lo logramos —murmuró tomando mi mano y posándola sobre su estómago.

Le aparté el pelo del cuello y besé su piel cálida.

—Lo logramos, nena.

Hizo una pausa un minuto.

—Es como un sueño…, como una pintura. Quiero que el paraíso se vea exactamente así.

En lugar de sentirme herido o triste por su comentario, me di cuenta de que también deseaba eso para Poppy. Lo deseaba con mucha fuerza, que lo tuviera para siempre.

Me daba cuenta de lo cansada que estaba. Notaba que sentía dolor.

Nunca lo decía, pero no era necesario. Me hablaba sin palabras. Y yo sabía.

Y también sabía que se quedaría hasta que yo estuviera listo para dejarla ir.

—¿Rune? —La voz de Poppy me hizo voltear. Me recargué en el árbol y acosté a Poppy sobre mis piernas para poder mirarla, para grabar en mi memoria cada segundo de este día.

— Ja? —respondí y le acaricié la cara. Tenía la frente tensa por la preocupación. Me senté un poco más derecho.

—¿Y si se me olvida? —peguntó Poppy después de respirar profundamente.

El corazón se me partió por el centro cuando vi el miedo que le cruzaba el rostro. Ella no sentía miedo, pero eso sí la hacía temer.

—¿Que se te olvide qué, amor?

—Todo —murmuró con voz ligeramente quebrada—. Tú, mi familia…, todos los besos. Los besos que quiero revivir hasta que te recupere algún día.

—No se te va a olvidar nada —le aseguré obligándome a ser fuerte.

Poppy desvió la mirada.

—Una vez leí que las almas olvidan su vida en la Tierra cuando mueren.

Que tienen que olvidar o nunca podrían seguir adelante y estar en paz en el paraíso. —Empezó a hacer dibujos con el dedo en los míos—. Pero yo no quiero eso, yo quiero recordarlo todo —concluyó con una voz casi inaudible. Me miró y continuó con lágrimas en los ojos—: No quiero olvidarte nunca, necesito que estés siempre conmigo. Quiero verte vivir tu vida, la vida tan emocionante que vas a tener. Quiero ver las fotos que vas a tomar. —Tragó saliva—. Pero sobre todo, quiero mis mil besos. No quiero olvidar lo que compartimos. Quiero recordarlo para siempre.

—Entonces encontraré la manera de que lo veas —dije y la tristeza de Poppy se fue flotando con la brisa que nos envolvió.

—¿De verdad? —murmuró con una clara esperanza en su voz suave.

Asentí.

—Te lo prometo. No sé cómo, pero lo haré. Nada podrá detenerme, ni siquiera Dios.

—Mientras espero en nuestro bosquecillo —dijo con una sonrisa soñadora y distante.

— Ja.

Se volvió a acurrucar entre mis brazos.

—Sería muy bueno —murmuró e inclinó la cabeza—. Pero espera un año.

—¿Un año?

Poppy asintió.

—Leí que a las almas les toma un año llegar al más allá. No sé si será cierto, pero en caso de que lo sea, espera un año para recordarme nuestros

besos. No me quiero perder…, lo que sea que vayas a hacer.

—Está bien —acordé, pero tuve que dejar de hablar. No confiaba en que no fuera a derrumbarme.

Las aves volaban de una rama a otra y se perdían de vista entre las flores.

—Tú me diste esto, Rune —dijo Poppy uniendo nuestras manos—. Tú me cumpliste este deseo.

No pude responder. Tenía la respiración entrecortada mientras ella hablaba. La apreté más entre mis brazos y después, con un dedo bajo su barbilla, la acerqué a mi boca. Todavía se sentía la dulzura de sus suaves labios. Cuando me separé, mantuvo los ojos cerrados.

—Beso 934. En el bosquecillo, con los árboles en flor. Con mi Rune…, casi me estalla el corazón.

Sonreí y sentí un dolor de felicidad por mi chica. Casi lo lográbamos. El final de la aventura estaba a la vista.

—¿Rune? —dijo Poppy.

—¿Sí? —contesté.

—Dejaste de fumar.

Exhalé y respondí:

— Ja.

—¿Por qué?

Hice una pausa para componer mi respuesta y admití:

—Alguien a quien amo me dijo que la vida es preciosa. Me dijo que no hiciera nada que pusiera en riesgo la aventura. Y le hice caso.

—Rune, sí, es preciosa —murmuró Poppy con un nudo en la garganta

—. Muy preciosa. No desperdicies ni un segundo.

Poppy se recargó en mí para observar la belleza del bosquecillo.

—No creo que llegue a la graduación, Rune —me confió en voz baja después de respirar profundamente. Me puse rígido—. Me siento muy cansada. —Trató de apretarme más y repitió—: Muy cansada.

Cerré los ojos con fuerza y la acerqué más.

—Los milagros suceden, nena —contesté.

—Sí, suceden —dijo Poppy sin aliento. Se llevó mi mano a la boca y besó cada uno de mis dedos—. Me habría encantado verte de smoking. Y

me habría encantado bailar contigo bajo las luces, una canción que me hiciera pensar en nosotros.

Sentí que Poppy se cansaba en mis brazos. Contuve el dolor que me provocaba esa imagen y dije:

—Vamos a casa, nena.

Cuando me iba a levantar, Poppy estiró la mano para tomar la mía y bajé la mirada.

—Te quedarás conmigo, ¿verdad?

Me hinqué y tomé sus mejillas.

—Para siempre.

—Bien—susurró—. Todavía no estoy del todo lista para dejarte ir.

Mientras la empujaba a casa, recé a Dios en silencio, pidiéndole que le diera sólo dos semanas más. Podía llevarse a mi niña a su verdadera casa después; ella estaba lista y yo también lo estaría, pero sólo después de haberle hecho realidad todos sus sueños.

«Sólo déjame darle este último deseo».

Tenía que cumplírselo.

Era mi agradecimiento final por todo el amor que me daba.

Era el único regalo que podía ofrecerle.