Mil besos tuyos
Capítulo 7
Labios traicionados
y verdades dolorosas
POPPY
Flexioné una mano, equilibrando mi violonchelo y mi arco con la otra. De vez en cuando, los dedos se me entumían y tenía que esperar para poder volver a tocar. Sin embargo, cuando Michael Brown estaba por terminar su solo de violín, supe que esa noche nada me impediría ocupar el centro del escenario. Tocaría mi pieza y saborearía cada segundo de crear la música que tanto amaba.
Michael retiró su arco y la audiencia estalló en clamorosos aplausos.
Hizo una rápida reverencia y salió por el otro lado del escenario.
El maestro de ceremonias tomó el micrófono y anunció mi nombre.
Cuando la audiencia escuchó que llegaba el turno de mi tan esperado retorno, aplaudió con más fuerza para darme la bienvenida de regreso al redil musical.
El corazón se me aceleró por la emoción ante los chiflidos y el apoyo de los padres y los amigos del auditorio. Cuando muchos de mis compañeros de la orquesta se acercaron a la parte de atrás del escenario para darme una palmada en la espalda y dedicarme palabras de aliento, tuve que tragarme el nudo que se me hizo en la garganta.
Enderecé los hombros y reprimí una repentina arremetida de emoción.
Incliné la cabeza hacia la audiencia mientras caminaba hasta mi asiento. Las lámparas de arriba chorrearon su luz brillante sobre mí.
Me acomodé perfectamente en espera de que los aplausos se desvanecieran. Como siempre, alcé la mirada y vi a mi familia, sentada orgullosamente en la tercera fila. Mi mamá y mi papá me sonrieron ampliamente, y mis dos hermanas me saludaron con la mano.
Les devolví la sonrisa para mostrarles que los vi y luché contra el ligero dolor que flotó en mi pecho cuando me di cuenta de que los señores Kristiansen estaban sentados a su lado; Alton también me saludó.
La única persona que faltaba era Rune.
No tocaba desde hacía dos años y, antes de eso, él nunca faltó a ninguno de mis recitales. Aunque tuviera que viajar, asistía a todos, cámara en mano y con una media sonrisa torcida cuando nuestros ojos se encontraban en la oscuridad.
Me aclaré la garganta y cerré los ojos mientras ponía los dedos en el mástil del violonchelo y acercaba el arco a las cuerdas. Conté hasta cuatro en mi mente y comencé el desafiante Preludio de las Suites para violonchelo solo de Bach. Era una de mis piezas favoritas por lo intrincado de la melodía, el ritmo rápido del arco y el perfecto sonido tenor, que hacía eco en el auditorio.
Cada vez que me sentaba en ese asiento, dejaba que la música fluyera por mis venas. Dejaba que la melodía se vertiera desde mi corazón y me imaginaba en medio del escenario del Carnegie Hall, mi máximo sueño. Me imaginaba a la audiencia sentada frente a mí: gente que, como yo, vivía por el sonido de una sola nota perfecta, que se emocionaba por iniciar un viaje de sonido. Sentían la música en el corazón y su magia en el alma.
Mi cuerpo se balanceaba con el ritmo, con el cambio del compás y el crescendo final…, pero sobre todo olvidaba el entumecimiento de mis dedos. Por un breve momento me olvidaba de todo.
Mientras la nota final resonaba en el aire, alcé el arco de la cuerda, que vibraba, y echando la cabeza hacia atrás, abrí los ojos despacio. Parpadeé para acostumbrarme a la luz, y una sonrisa surgió en mis labios en el solaz de ese momento silencioso, cuando la nota se convertía en nada antes de que comenzaran los aplausos de la audiencia. En ese momento tan dulce, cuando la adrenalina de la música te hace sentir tan viva que parece que
podrías conquistar el mundo, que encontraste la serenidad en su forma más pura.
Y después comenzaron los aplausos, rompiendo el hechizo. Bajé la cabeza y sonreí al mismo tiempo que me levantaba del asiento e inclinaba la cabeza en agradecimiento.
Cuando tomé el mástil del violonchelo, mis ojos buscaron automáticamente a mi familia. Después mis ojos viajaron por las butacas, donde la gente aplaudía, y se pasearon por el muro del fondo. Al principio no me di cuenta de qué estaba viendo; sin embargo, mientras mi corazón batía contra mi pecho, el extremo izquierdo del muro atrajo mi mirada.
Alcancé a ver un cabello largo y rubio que desaparecía por la salida…, un chico alto y fuerte vestido de negro que se perdía de vista, pero no sin antes mirar por encima de su hombro por última vez, cuando percibí una mirada azul transparente…
Abrí los labios por la conmoción, pero antes de que pudiera estar segura de lo que vi, el chico desapareció, dejando detrás de sí una puerta que se cerraba lentamente.
«¿Era…? ¿Podía ser…?».
«No», traté de convencerme con firmeza. No podía ser Rune, de ninguna manera vendría a esto.
Me odiaba.
El recuerdo de su helada mirada azul en el pasillo de la escuela confirmó mis pensamientos; simplemente deseaba cosas que no podían ser reales.
Después de una reverencia final, salí del escenario. Escuché a los tres músicos que faltaban, después salí por la puerta trasera y me encontré con mi familia y con la familia de Rune esperándome. Savannah, mi hermana de trece años, fue la primera en verme.
—¡Pops! —gritó y corrió hacia mí, abrazándome a la altura de la cintura.
—¡Hola a todos! —contesté y también la estreché entre mis brazos. En el segundo siguiente, Ida, que ahora tenía once, también estaba abrazándome. Las apreté a las dos lo más que pude. Cuando se separaron, vi que sus ojos brillaban. Incliné la cabeza con aire juguetón—. Ya, dijimos que nada de llorar, ¿se acuerdan?
Savannah se rio e Ida negó con la cabeza. Me soltaron. Mis papás se turnaron para decirme lo orgullosos que se sentían.
Finalmente volteé hacia los señores Kristiansen. De repente, sentí que me atravesaba una ola de nervios. Era la primera vez que hablaba con ellos desde que regresaron de Oslo.
—Poppy —dijo la señora Kristiansen con suavidad, y extendió los brazos. Caminé hacia la mujer que fue una segunda madre para mí y la abracé. Se acercó a mí y me besó en la cabeza—. Te extrañé, amor —dijo con un acento más fuerte del que recordaba.
Mi mente voló hacia Rune. Me pregunté si su acento también sería más fuerte.
Cuando la señora Kristiansen me soltó, dejé escapar ese ocioso pensamiento. A continuación, me abrazó el señor Kristiansen. Cuando se separó de mí, vi al pequeño Alton aferrado con fuerza a las piernas de su papá. Me incliné y Alton agachó la cabeza con timidez, mirándome a través de los densos mechones de su cabello largo.
—Hola, bebé —dije haciéndole cosquillas—. ¿Te acuerdas de mí?
Me observó mucho tiempo antes de negar con la cabeza. Me reí.
—Vivías en la casa al lado de la mía. A veces ibas al parque con Rune y conmigo o, si había buen clima, íbamos al bosquecillo.
Pronuncié el nombre de Rune sin pensarlo conscientemente, pero me recordó a mí y a todos los demás que un día Rune y yo éramos inseparables.
Un silencio cayó sobre el grupo.
Con un dolor en el pecho como el que sentía cuando extrañaba a mi abu tremendamente, me levanté y traté de no ver las miradas de simpatía. Estaba a punto de cambiar de tema cuando algo me jaló del borde del vestido.
Cuando miré hacia abajo: los grandes ojos azules de Alton estaban fijos en mi cara. Pasé la mano por su cabello suave.
—Hola, Alton, ¿todo bien?
Las mejillas de Alton se encendieron, pero preguntó con su dulce voz:
—¿Eres amiga de Rune?
Sentí el mismo dolor llameante de antes y lancé a nuestras familias una mirada de pánico. La mamá de Rune hizo un gesto de dolor y yo no supe qué decir. Alton me volvió a jalar del vestido en espera de una respuesta.
Suspiré, me arrodillé y dije con tristeza:
—Rune era mi mejor amigo de todo el mundo. —Puse la mano sobre mi pecho—. Y lo amaba con todo mi corazón, con cada centímetro de mi ser.
—Me acerqué más a él y dije con un nudo en la garganta—: Y siempre lo amaré.
El estómago me dio un vuelco. Esas palabras eran la verdad rotunda de mi alma y, sin importar cómo estuviéramos Rune y yo ahora, él siempre estaría en mi corazón.
De repente Alton alzó la voz.
—Rune…, ¿Rune… hablaba contigo?
Me reí.
—Claro que sí, corazón. Hablaba conmigo todo el tiempo. Me contaba todos sus secretos. Hablábamos de todo.
Alton miró a su papá y juntó sus pequeñas cejas con un gesto pensativo en su carita.
—¿Hablaba con Poppy, papá?
El papá de Rune asintió.
—Así es, Alton. Poppy era su mejor amiga. La amaba muchísimo.
Alton abrió los ojos de una manera increíble y volvió a voltear hacia mí.
Le empezó a temblar el labio inferior.
—¿Qué pasa, amor? —le pregunté frotando su brazo.
Alton sollozó.
—Rune no me habla. —Se me cayó el alma a los pies porque Rune adoraba a Alton, siempre lo cuidaba y jugaba con él. Y Alton adoraba a Rune. Admiraba mucho a su hermano mayor—. Me ignora —continuó Alton, y su voz quebrada me rompió el corazón. Alton me miraba. Me miraba con una intensidad que sólo percibí en otra persona: el hermano mayor que lo ignoraba.
Alton puso la mano sobre mi brazo.
—¿Puedes hablar con él? —me pidió—. ¿Puedes pedirle que hable conmigo? Si eres su mejor amiga, te hará caso.
El corazón se me hizo pedazos. Miré por encima de la cabeza de Alton a sus padres y a los míos. Parecía que todos estaban heridos por la tremenda revelación de Alton. Cuando volví a mirar al niño, estaba viéndome fijamente, rogándome que lo ayudara.
—Lo haría, corazón —respondí con voz suave—, pero ahora Rune tampoco me habla a mí.
Me di cuenta de que la esperanza de Alton se desinflaba como un globo.
Lo besé en la cabeza y después corrió hacia donde estaba su mamá. Como se dio cuenta de que me dolía, mi papá cambió de tema con rapidez. Se volteó hacia el señor Kristiansen e invitó a su familia a tomar algo la noche
siguiente. Me separé de todos y respiré hondo mientras miraba inexpresivamente al estacionamiento.
El sonido de un motor encendido me sacó de mi trance. Volteé en esa dirección y se me escapó todo el aire de los pulmones cuando, a la distancia, vi que un chico de cabello largo se subía al asiento delantero de un Camaro negro.
Un Camaro negro que le pertenecía a Deacon Jacobs, el mejor amigo de Rune.
Me miré en el espejo y admiré mi atuendo. El vestido de patinadora azul cielo me llegaba a medio muslo, tenía el cabello corto peinado hacia atrás con un moño blanco y llevaba balerinas negras en los pies.
De mi alhajero, saqué mis aretes de plata favoritos y me los puse. Eran unos signos de infinito que Rune me había dado cuando cumplí catorce años. Los usaba cada vez que tenía oportunidad.
Tomé mi chamarra corta de mezclilla y salí deprisa de mi cuarto y de la casa, a la fresca noche. Jorie me escribió para decirme que estaba afuera.
Cuando me subí al asiento del copiloto de la camioneta de su mamá, volteé a ver a mi mejor amiga. Me estaba sonriendo.
—Poppy, te ves tremendamente tierna —comentó. Me pasé las manos por el vestido, alisando la falda.
—¿Está bien? —pregunté preocupada—. De verdad, no sabía qué ponerme.
Jorie agitó la mano frente a su cara mientras salíamos de la entrada para vehículos.
—Está bien.
Revisé lo que ella llevaba puesto; traía un vestido negro sin mangas y botas de motociclista. Sin duda se veía más provocativa que yo, pero me sentí agradecida de que nuestra ropa no fueran polos opuestos.
—Entonces —dijo cuando salimos de mi calle—, ¿cómo te fue en el recital?
—Bien —dije evasivamente.
Jorie me miró con cautela.
—¿Y cómo te has sentido?
Giré los ojos.
—Jorie, estoy bien, por favor, sólo déjame en paz. Estás peor que mi mamá.
Jorie, que aparentemente se quedó sin palabras por una vez, sacó la lengua. Y sólo con eso, volvió a hacerme reír.
Durante el resto del camino, Jorie me puso al corriente de los chismes que circulaban en la escuela sobre por qué me fui. Sonreí en los momentos adecuados y asentí cuando ella esperaba que lo hiciera, pero en realidad no me interesaba. Nunca me importó mucho el drama que ocurría en la escuela.
Oí la fiesta antes de verla. Los gritos y la música estallaban desde la casa de Deacon y llegaban a la calle. Su papás se fueron a unas breves vacaciones y en el pequeño pueblo de Blossom Grove, eso sólo significaba una cosa: fiesta en la casa.
Cuando estacionamos el coche, vi que unos chicos salían al patio delantero. Me tragué los nervios y permanecí detrás de Jorie cuando cruzamos la calle.
Me agarré de su brazo y pregunté:
—¿Todas las fiestas se ponen así de locas?
Jorie se rio.
—Sí. —Enlazó mi brazo con el suyo y me jaló hacia adelante.
Cuando entramos a la casa, hice un gesto de sorpresa por lo fuerte que estaba la música. Conforme avanzábamos por las habitaciones hacia la cocina, estudiantes borrachos pasaban junto a nosotras tambaleándose y obligándome a aferrarme a Jorie con tanta fuerza que pensé que le iba a hacer daño.
Jorie miró hacia a mí y se rio. Cuando por fin llegamos a la cocina, me relajé de inmediato cuando vi a Ruby con Deacon. La cocina estaba mucho más tranquila que los cuartos por los que pasamos.
—¡Poppy! —exclamó Ruby y atravesó la cocina para abrazarme—.
¿Quieres algo de tomar?
—Sólo refresco —contesté, y Ruby frunció el ceño.
—Poppy —me regañó—. Necesitas una bebida de verdad.
Me reí por su expresión de terror.
—Gracias, Ruby, pero me quedo con el refresco.
—¡Buu! —lloriqueó ella, pero me echó un brazo alrededor del cuello y me llevó a donde estaban las bebidas.
—Pops —me saludó Deacon mientras le llegaba un mensaje al celular.
—Hola, Deek —contesté y tomé el refresco de dieta que Ruby me había servido. Ruby y Jorie me llevaron al patio trasero, junto al fuego que ardía en medio del pasto. Curiosamente, ahí no había mucha gente, lo que me parecía perfecto.
No pasó mucho tiempo antes de que Deacon llevara a Ruby de regreso a la fiesta y me quedara a solas con Jorie. Estaba contemplando las llamas cuando Jorie dijo:
—Perdón por meter la pata ayer, cuando estábamos hablando de Rune.
Me di cuenta de que te lastimé. ¡Dios! No siempre pienso antes de abrir mi bocota. ¡Mi papá me amenaza con cerrármela con cable! —Jorie se puso las manos sobre la boca y fingió una pelea de burla—. ¡No puedo, Pops! Esta boca, tan incontrolable como es, es lo único que tengo.
Me reí y negué con la cabeza.
—Está bien, Jor. Ya sabía que no era tu intención. Nunca me lastimarías.
Jorie se quitó las manos de la boca e inclinó la cabeza a un lado.
—De veras, Pops. ¿Qué piensas de Rune? Ya sabes, desde que volvió.
Jorie me miraba con curiosidad. Me encogí de hombros y ella puso los ojos en blanco.
—¿Me estás diciendo que no tienes una opinión sobre cómo se ve el gran amor de tu vida ahora que es mayor?, y, en mi opinión, se ve terriblemente guapo.
Se me retorció el estómago y me puse a jugar con el vaso que tenía en la mano. Me encogí de hombros.
—Es igual de guapo que siempre —contesté.
Jorie se rio detrás de su vaso mientras le daba un trago e hizo una mueca al oír la voz de Avery, que salía de la casa. Jorie bajó su vaso.
—Agh, parece que la zorra está en la casa.
Sonreí por el nivel de disgusto del gesto de Jorie.
—¿De verdad es tan mala? —pregunté—. ¿Es de veras una zorra?
Jorie suspiró.
—En realidad no, pero me choca cómo coquetea con todos los hombres.
«Ah», pensé y supe exactamente a quién se refería.
—¿A alguien en particular? —tanteé y vi el gesto de Jorie en respuesta
—, ¿Judson, tal vez? —añadí, provocando que Jorie me aventara su vaso vacío.
Me reí cuando el vaso pasó en la dirección opuesta. Cuando me dejé de reír, Jorie dijo:
—Por lo menos, ahora que Rune regresó, al parecer ya dejó a Jud en paz. —Mi buen humor se evaporó. Cuando Jorie se dio cuenta de lo que acababa de decir, gruñó desesperada por su actitud, y se movió rápidamente a mi lado para tomar mi mano—. Mierda, Pops, perdón. ¡Lo volví a hacer!
No fue mi intención…
—Está bien —la interrumpí.
Pero Jorie me apretó la mano con más fuerza. Pasó un momento de silencio.
—¿Te arrepientes, Pops? ¿Alguna vez te arrepientes de haberlo cortado así como así?
Miré el fuego, me perdí en las llamas ardientes y le respondí con toda sinceridad:
—Todos los días.
—Poppy —murmuró Jorie con tristeza.
Sonreí un poco.
—Lo extraño, Jor. No tienes idea de cuánto. Pero no podría decirle lo que estaba pasando, no podría hacerle eso. Es mejor que crea que ya no me interesaba a que sepa la horrible verdad. —Jorie apoyó la cabeza sobre mi hombro. Suspiré—. Si hubiera sabido, habría hecho todo lo que estuviera en su poder para regresar, pero no habría sido posible con el trabajo de su papá en Oslo. Y yo… —Respiré profundamente—. Y yo quería que fuera feliz.
Sabía que con el tiempo superaría no saber más de mí. Pero conozco a Rune, Jor; nunca habría podido superar la alternativa.
Jorie alzó la cabeza y me besó en la mejilla, lo que me hizo reír. Sin embargo, aún podía ver la tristeza en su cara cuando me preguntó:
—¿Y ahora? Ahora que regresó, ¿qué vas a hacer? Al final todos se enterarán.
Respiré profundamente.
—Espero que no, Jor —contesté—. Yo no soy popular en la escuela como tú, Ruby y Rune. Si simplemente vuelvo a desaparecer, nadie se va a enterar. —Negué con la cabeza—. Y dudo que al Rune que volvió a casa le importe. Ayer lo volví a ver en el pasillo, y la mirada que me echó me mostró cómo se sentía con respecto a mí: ya no soy nada para él.
Siguió un silencio incómodo hasta que mi mejor amiga aventuró:
—Pero tú lo amas igual que antes, ¿no?
No contesté, pero la falta de respuesta fue como un grito.
Lo amaba, lo seguía amando tanto como siempre.
El fuerte sonido de un golpe llegó desde el patio delantero, destrozando la intensidad de nuestra conversación. Me di cuenta de que pasaron un par de horas desde que llegamos. Jorie se levantó con un gesto de dolor.
—Pops, ¡tengo que ir al baño! ¿Entramos?
Me reí porque Jorie se puso a bailar sin moverse del sitio y regresamos a la casa. La esperé en el pasillo hasta que oí las voces de Ruby y Deacon, que llegaban desde el estudio.
Decidí entrar a sentarme con ellos mientras esperaba a Jorie, abrí la puerta y entré. Apenas di tres pasos cuando me arrepentí de haber ido a la fiesta. Había tres sillones en la habitación. Ruby y Deacon estaban en uno; Judson y alguien del equipo de futbol estaban extendidos en el otro, pero fue del tercer sillón del que no pude despegar la mirada. Sin importar cuánto les ordenara a mis pies que se movieran, se negaban.
Avery estaba sentada en el sillón, bebiendo de un vaso. Tenía el brazo de alguien sobre los hombros, y Avery trazaba dibujos en la mano que colgaba sobre su pecho.
Yo sabía cómo se sentía esa mano.
Yo sabía cómo se sentía estar bajo el refugio protector de ese brazo.
Y sentí que el corazón se me rompía en pedazos mientras avanzaba con la mirada hacia el rostro del chico que estaba sentado a su lado. Como si hubiera percibido el peso de mi mirada, alzó la vista. Su mano, con la bebida, se detuvo a medio camino hacia su boca.
Los ojos se me llenaron de lágrimas.
Comprender que Rune superó lo nuestro ya era bastante difícil para mí; verlo así me provocó un nivel de dolor que nunca creí posible.
—¿Pops? ¿Estás bien? —La voz de preocupación de Ruby resonó en la habitación y me obligó a apartar la mirada del accidente automovilístico que estaba presenciando. Me esforcé por sonreírle.
—Sí, estoy bien —murmuré.
Sentí que las piernas me temblaban por la atención indeseable que todos me ponían; conseguí dar un paso hacia la puerta, pero cuando lo hice, vi que Avery se volteaba hacia Rune.
Que se volteaba para besarlo.
Mientras la última parte de mi corazón se partía, me giré y hui de la habitación antes de presenciar ese beso. Avancé a empujones por el pasillo
y corrí al cuarto más cercano que encontré. Giré frenéticamente la manija y entré a la semioscuridad de un cuarto de lavado.
Azoté la puerta y me recargué en la lavadora, incapaz de evitar doblarme por la mitad y dejar correr las lágrimas. Luché contra la náusea que sentía en la garganta mientras peleaba desesperadamente por borrar aquella ofensiva imagen de mi cabeza.
Pensaba que durante esos últimos dos años ya había soportado todas las facetas del dolor. Pero estaba equivocada, porque nada se compara con el dolor de ver a la persona que amas en los brazos de alguien más.
Nada se compara con la traición de un beso de unos labios prometidos.
Me apreté el estómago con las manos. Mientras luchaba por obtener una bocanada de aire con urgencia, la manija de la puerta empezó a girar.
—¡No! ¡Váyanse…! —comencé a gritar, pero antes de que pudiera empujar la puerta para cerrarla, alguien entró con fuerza y la azotó para abrirla.
El corazón se me aceleró cuando me di cuenta de que estaba atrapada en ese cuarto con alguien más, pero cuando me di la vuelta para ver quién estaba ahí, toda la sangre se drenó de mi cara. Caminé hacia atrás hasta golpear la pared con la espalda.
Las llamas de la hoguera del patio iluminaban la oscura habitación lo suficiente como para ver con claridad quién invadía mi momento de debilidad:
El mismo chico que lo provocó.
Rune estaba parado frente a mí, al lado de la puerta cerrada. Se volteó para poner el seguro. Tragué saliva cuando volvió a verme. Tenía la quijada tensa y los ojos azules fijos en mí. Su mirada era helada.
La boca se me secó. Rune dio un paso al frente y su cuerpo, alto y fuerte, se cernió sobre mí. El batir de mi corazón impulsaba sangre a mis venas, su sonido atronador rugía en mis oídos.
Conforme se acercaba, mis ojos escudriñaron los brazos casi desnudos de Rune: sus músculos torneados y fuertes se marcaban por la tensión de sus puños, la playera negra mostraba su torso firme, su piel suave retenía un matiz de un suave bronceado. En el movimiento único que siempre me ponía de rodillas, alzó una mano y se quitó el pelo de la cara.
Tragué saliva mientras trataba de reunir el valor para pasar corriendo a un lado y escapar, pero Rune siguió avanzando hasta que no me quedó ninguna salida, estaba atrapada.
Tenía los ojos abiertos de par en par mientras él fijaba los suyos en mí.
Rune avanzó hasta que sólo estuvimos a unos centímetros de distancia. Tan cerca, podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Tan cerca, podía oler su fresco aroma, que siempre me reconfortaba, que me regresaba a los perezosos días de verano que pasamos en el bosquecillo. El aroma que me regresaba, a todo color, a la última noche que pasamos juntos, cuando hicimos el amor.
Sentí que mis mejillas se llenaban de calor mientras se inclinaba más cerca. Percibí el suave olor a tabaco de su ropa y un rastro de menta en su cálido aliento. Los dedos me hormiguearon a mis costados cuando vi la barba incipiente en su mandíbula y su barbilla. Quería acercar una mano para tocarla. La verdad era que me moría por estirar el brazo y pasar un dedo por su frente, sus mejillas y por sus labios perfectos. Pero en cuanto pensé en sus labios, el dolor volvió a cruzar mi corazón. Volteé la cabeza y cerré los ojos. Él tocó a Avery con esos labios.
Me rompió al entregarle esos labios; se suponía que eran míos para siempre.
Sentí que se acercaba más, hasta que nuestros pechos casi se tocaron.
Sentí que alzaba los brazos por encima de mi cabeza para ponerlos sobre la pared de encima, y ocupó cada centímetro de mi espacio personal. Y sentí los mechones de su cabello largo sobre mi mejilla.
La respiración de Rune estaba agitada, su aliento mentolado caía sobre mi cara. Apreté los ojos un poco más. Lo sentía increíblemente cerca. Pero no sirvió de nada; como por voluntad propia y dirigidos por mi corazón, mis ojos se abrieron despacio y volteé la cabeza para que nuestras miradas se encontraran.
El aliento se me quedó atrapado en la garganta cuando las sombras del fuego de afuera se reflejaron en su cara. Después mi respiración pareció detenerse por completo cuando una de sus manos se separó de la pared y, dubitativamente, bajó para acariciar mi cabello. En el momento en que sentí que tomaba un mechón entre los dedos, todo mi cuerpo se puso a temblar y me revolotearon mariposas en el estómago.
Noté que él no estaba mucho más tranquilo; lo delataba su respiración profunda y la tensión de la quijada. Miré su rostro guapo mientras él estudiaba el mío, los dos asimilábamos los efectos de los últimos dos años: los cambios, y mejor aún, los aspectos que eran completamente familiares.
Después, cuando ya no estaba segura de que mi confundido corazón pudiera soportar algo más, su roce suave abandonó la seguridad de mi cabello para ir hacia mi cara; sentí unos dedos ligeros como plumas sobre los pómulos. Sus dedos se detuvieron cuando murmuró una palabra, una palabra cargada emocionalmente, con la voz más desesperada y atribulada…
— Poppymin.
Se me escapó una lágrima que se estrelló en su mano.
« Poppymin» .
El nombre perfecto que Rune me había dado.
«Mi Poppy».
Su chica.
Hasta el infinito.
Por siempre jamás.
Se me formó un nudo en la garganta en cuanto esa dulce palabra llegó a mis oídos, y perforó mi alma. Traté con todas mis fuerzas de reprimirlo y regresarlo junto con el resto del dolor de los dos años anteriores, pero me sentí rebasada y completamente vencida, así que no pude reprimirlo y se me escapó un sollozo que había soportado durante mucho tiempo.
Con Rune así de cerca, no tenía ninguna posibilidad.
Cuando un chillido escapó de mis labios, los ojos de Rune perdieron su frialdad y se suavizaron para brillar con las lágrimas que aún no derramaba.
Inclinó la cabeza hacia adelante y apoyó la frente en la mía, bajando los dedos sobre mis labios.
Respiré.
Respiró.
Y, sin pensarlo mejor, me permití fingir que los últimos dos años nunca ocurrieron, me permití fingir que no se mudó nunca. Que yo tampoco me mudé. Que nunca sentí todo aquel dolor y aquel sufrimiento. Y que el vacío negro y sin fondo que ocupó el lugar de mi corazón estaba lleno de luz, de la luz más brillante posible.
El amor de Rune. Su tacto y sus besos.
Pero esa no era nuestra realidad. Alguien tocó la puerta del cuarto de lavado y la realidad regresó estruendosamente, como una ola levantada por la tormenta que cayera sobre una playa batida por la lluvia.
—¿Rune? ¿Estás ahí? —llamó una voz femenina, una que reconocí como la de Avery.
Rune abrió los ojos cuando los golpes de Avery se hicieron más fuertes.
De inmediato, se alejó y me observó. Alcé la mano para limpiarme las lágrimas.
—Por favor, sólo déjame ir.
Traté de sonar segura; quería decir algo más, pero no quedaba nada dentro de mí. No tenía fuerza para seguir con esta pretensión.
Estaba herida.
Lo tenía escrito en la cara, a la vista de todos.
Puse la mano sobre el pecho de Rune y lo empujé; necesitaba salir. Me dejó quitarlo de mi camino, pero me tomó de la mano cuando estaba a punto de llegar a la puerta. Cerré los ojos, tratando de juntar la fuerza para voltear de nuevo hacia él. Cuando lo hice, cayeron más lágrimas.
Rune miraba fijamente nuestras manos unidas; sus pestañas largas y rubias estaban casi negras por las lágrimas contenidas.
—Rune —murmuré. Abrió los ojos ante el sonido de mi voz—. Por favor —rogué cuando Avery volvió a tocar.
Me sostuvo con mayor firmeza.
—¿Rune? —gritó Avery con más fuerza—. Ya sé que estás ahí.
Di un paso hacia él, que observaba cada uno de mis movimientos con profunda intensidad. Cuando llegué a su pecho, alcé la mirada y permití que sus manos siguieran tomando la mía. Encontré su mirada, reconocí la confusión en su cara y me puse de puntitas.
Llevé mi mano libre hacia su boca y pasé las yemas de los dedos por su labio inferior. Sonreí con tristeza al recordar cómo se sentían sus labios al apretarse contra los míos. Tracé el arco de su boca mientras dejaba que cayeran las lágrimas.
—Me mató dejar de hablarte, Rune. Me mataba no saber qué hacías al otro lado del Atlántico —dije. Respiré temblorosamente—. Pero nunca nada me dolió más que verte besar a esa chica. —Rune palideció, sus mejillas tomaron un color ceniciento. Negué con la cabeza—. No tengo derecho a estar celosa. Es mi culpa. Todo es mi culpa, ya lo sé. —Quité la mano de su boca, miré hacia arriba y rogando con la mirada, añadí—: Así que, por favor…, por favor, déjame ir. No puedo estar aquí ahora.
Rune no se movió. Percibía la conmoción en su rostro. Usé eso en ventaja mía, retiré la mano de la suya y abrí la puerta. Sin mirar atrás ni hacer una pausa, salí deprisa empujando a Avery, que estaba esperando en el pasillo, enojada.
Y corrí. Pasé corriendo junto a Ruby y Jorie, junto a Deacon y Judson, que se reunieron en el pasillo para observar el drama. Corrí entre los muchos estudiantes borrachos. Corrí hasta salir por la puerta principal a la frescura de la noche. Y después seguí corriendo. Simplemente corrí tan rápido como pude, tan lejos de Rune como era posible.
—¡Rune! —oí que gritaba una voz aguda a la distancia, seguida por una voz masculina que añadió:
—¿A dónde vas, amigo? ¡Rune!
Pero no me detuvieron. Doblé a la derecha y vi la entrada del parque.
Estaba oscuro y el parque no estaba bien iluminado, pero era un atajo a casa.
En ese momento habría dado cualquier cosa por llegar a casa.
La reja estaba abierta. Dejé que mis pies guiaran mi camino por el sendero bordeado de árboles, que me llevó al centro del parque.
Mi respiración estaba agitada. Me dolían los pies cuando las suelas de mis balerinas golpeaban contra la dureza del asfalto. Estaba dando vuelta a la izquierda, hacia el bosquecillo, cuando oí unos pasos detrás de mí.
Sentí miedo de repente y volteé la cabeza. Rune corría detrás de mí. El corazón empezó a latirme más rápido, pero esta vez no tenía nada que ver con el cansancio y sí con la mirada de decisión en la cara de Rune, que me estaba alcanzando velozmente.
Corrí unos metros más y luego me di cuenta de que no tenía caso.
Cuando entré en el bosquecillo, un lugar que conocía tan bien —un lugar que él conocía tan bien—, bajé a la velocidad de una caminata y finalmente me detuve por completo.
Un momento más tarde, escuché que Rune entraba en el bosquecillo. Oí que su respiración agitada resonaba en el aire fresco.
Sentí que se movía detrás de mí.
Lentamente, giré sobre los talones para enfrentarlo. Tenía las dos manos en su cabello, agarrándose unos mechones. Los ojos azules parecían perturbados, atormentados. A nuestro alrededor, el aire crujió por la tensión mientras nos mirábamos uno al otro en silencio, con el pecho palpitante y las mejillas encendidas.
Después, Rune bajó la mirada hacia mis labios y se acercó; dio dos pasos hacia mí e hizo una sola pregunta:
—¿Por qué?
Apretó los dientes en espera de una respuesta. Bajé la mirada y los ojos se me llenaron de lágrimas. Negué con la cabeza.
—Por favor, no… —rogué.
Rune se pasó las manos por la cara. Esa expresión de necedad que conocía tan bien se extendió por sus rasgos.
—¡No! Por Dios, Poppy. ¿Por qué? ¿ Por qué lo hiciste?
Me distraje momentáneamente por lo marcado de su acento, con un tono más rasposo en su voz de por sí baja y grave. De niño, a lo largo de los años, su acento noruego disminuyó un poco, pero ahora su hablar estaba cubierto por un pesado matiz nórdico. Me recordó al día en que nos conocimos afuera de su casa, cuando teníamos cinco años.
Sin embargo, ahora que veía su cara enrojecerse de ira, me acordé enseguida de que en este momento eso ya no importaba. Ya no teníamos cinco años. Ya nada era inocente. Pasaron demasiadas cosas.
Y, sin embargo, no podía decírselo.
—Poppy —insistió alzando más la voz mientras se seguía acercando—.
¿Por qué diablos lo hiciste? ¿Por qué no me respondías las llamadas? ¿Por qué se mudaron todos? ¿Dónde demonios estuvieron? ¿Qué diablos pasó?
—Empezó a caminar, con los músculos tensos bajo la playera. Un viento fresco sopló a través del bosquecillo y se echó el pelo hacia atrás. Se detuvo de repente y volteó a verme—. Me lo prometiste. Me prometiste que ibas a esperar a que regresara. Todo estaba bien hasta el día en que te llamé y no me contestaste. Y llamé y llamé, pero nunca me respondiste. ¡Ni un mensaje, nada! —dijo con brusquedad. Siguió avanzando hasta que sus botas estuvieron junto a mis pies, y él se cernía sobre mí—. ¡Dime! ¡Dímelo ya! —Su cara estaba enrojecida por el enojo—. ¡Merezco saber, carajo!
Me sorprendió la agresividad de su voz, el veneno de sus palabras. Me sorprendió el extraño que estaba parado frente a mí.
El viejo Rune nunca me habría hablado así, pero entonces recordé que este no era el viejo Rune.
—No puedo —tartamudeé con una voz apenas superior a un murmullo.
Alcé la vista y vi la mirada de incredulidad en su cara—. Por favor, Rune —
rogué—. No me presiones, sólo olvídalo. —Tragué saliva y me obligué a continuar—: Olvídanos, déjanos en el pasado. Tenemos que seguir adelante.
Rune echó la cabeza hacia atrás como si lo hubiera golpeado.
Después se rio. Se rio, pero ese sonido no fue alegre, estaba lleno de furia, lleno de rabia. Dio un paso hacia atrás. Las manos le temblaron a los
costados y se rio una vez más.
—Dime —exigió con voz helada.
Negué con la cabeza y traté de protestar. Se llevó las manos al pelo con frustración.
— Dime —repitió. Su voz había bajado una octava e irradiaba amenaza.
Esta vez no sacudí la cabeza. La tristeza me dejó inmóvil, la tristeza de ver así a Rune. Siempre había sido tranquilo y contenido. Su mamá me dijo en más de una ocasión que Rune siempre fue un niño hosco. Ella siempre había temido que le diera problemas. Me dijo que tenía una predisposición nata a rechazar a la gente y ensimismarse. Incluso de niño, notó un aire de mal humor en él, una inclinación a ser negativo en lugar de positivo.
«Pero después te encontró —dijo ella—. Te encontró. Tú le enseñaste, a través de tus palabras y tus acciones, que la vida no siempre tenía que ser tan seria. Que la vida tenía que vivirse. Que la vida era una gran aventura, que había que vivir bien y plenamente».
Su mamá siempre estuvo en lo cierto.
Mientras observaba la oscuridad que emanaba de aquel chico, me di cuenta de que ese era el Rune en que la señora Kristiansen esperaba —no, que temía— que se convirtiera. Ese era el mal humor nato que ella sabía que existía bajo la superficie de su hijo.
Una predilección por la oscuridad y no por la luz.
Me quedé tranquila y decidí darme la vuelta. Dejar a Rune solo con su rabia.
«Rayos de luna en el corazón y la luz del sol en la sonrisa». Repetí el mantra de mi abu en mi cabeza. Apreté los ojos con fuerza y me obligué a rechazar el dolor que trataba de filtrase en mí. Traté de evitar el dolor que sentía en mi pecho, el que me decía lo que no quería creer.
Que yo le había hecho eso a Rune.
Me moví hacia adelante para irme, el instinto de preservación quería tomar el control. Cuando lo hice, sentí que unos dedos desesperados se envolvían alrededor de mi muñeca y me daban la vuelta.
Las pupilas de Rune consumían del todo sus iris azules.
—¡No! Quédate ahí. Quédate ahí y dímelo. —Respiró profundamente y, perdiendo el control por completo, me gritó—: ¡Dime por qué demonios me dejaste completamente solo!
Esta vez su ira estaba desatada. Esta vez sus duras palabras contenían la fuerza de una cachetada en la cara. El bosquecillo que había ante mí se puso
borroso; me tomó un momento darme cuenta de que eran mis lágrimas las que me nublaban la visión.
Me cayó una lágrima por la mejilla, pero la mirada oscura de Rune no vaciló.
—¿Quién eres? —murmuré y sacudí la cabeza porque Rune no dejaba de mirarme fijamente; un ligero estremecimiento en la punta de su ojo era la única prueba de que mis palabras surtieron algún efecto—. ¿Quién eres ahora? —Miré sus dedos, que seguían rodeando mi muñeca. Sentí que se me cerraba la garganta—. ¿Dónde está el chico al que amo? —
Atreviéndome a mirar su cara una vez más, murmuré—: ¿Dónde está mi Rune?
De repente, Rune separó los dedos de mi brazo como si se quemara al tocar mi piel. Una risa viciosa se derramó de sus labios mientras me miraba.
Levantó una mano para acariciar mi cabello con delicadeza, con una suavidad que contradecía el veneno con el que habló:
—¿Quieres saber a dónde se fue ese chico? —Tragué saliva mientras él observaba cada parte de mi cara, todos mis rasgos con excepción de mis ojos—. ¿Quieres saber a dónde se fue tu Rune? —Torció un labio con gesto de disgusto, como si mi Rune fuera alguien indigno. Como si mi Rune no se mereciera todo el amor que sentía por él.
Se inclinó hacia mí, buscó mis ojos con una mirada tan severa que me desató escalofríos por la espalda. Con voz dura, susurró:
—Ese Rune se murió cuando lo dejaste completamente solo.
Traté de voltearme, pero Rune se interpuso en mi camino e hizo imposible que escapara de su crueldad mordaz. Hice una exhalación herida, pero Rune aún no terminaba. Podía ver en sus ojos que estaba lejos de haber terminado.
—Yo te esperé —afirmó—. Esperé y esperé a que me llamaras para explicarme. Llamé a todos los que conocía aquí tratando de encontrarte, pero desapareciste. Te fuiste a cuidar a una tía enferma que yo sé que no existe. Tu papá no quiso hablar conmigo cuando lo intenté; todos me bloquearon.
Apretó los labios conforme liberaba el dolor. Lo veía, lo veía en cada uno de sus movimientos, en cada palabra; había vuelto a transportarse a ese lugar doloroso.
—Me dije que tenía que ser paciente, que tú me lo explicarías todo a su debido tiempo. Sin embargo, cuando los días se convirtieron en semanas y
las semanas se convirtieron en meses, dejé de tener esperanza, dejé entrar al dolor. Dejé entrar a la oscuridad que tú creaste. Cuando pasó un año y mis cartas y mensajes seguían sin respuesta, dejé que el dolor me poseyera hasta que no quedó nada del viejo Rune. Porque no podía verme en el espejo ni un día más, no podía caminar en los zapatos de ese Rune ni un puto día más. Porque ese era el Rune que te tenía. Era el Rune que tuvo a Poppymin.
Ese era el Rune que tenía el corazón completo. Tu mitad y la mía. Pero tu mitad me abandonó. Se fue y permitió que se enraizara lo que tengo ahora.
Oscuridad. Dolor. Un montón de mierda de ira. —Rune se inclinó hasta que me bañó con su aliento—. Tú me hiciste así, Poppy. El Rune que conocías se murió cuando te convertiste en una perra que rompió todas las promesas que me hizo.
Sus palabras me hicieron perder el equilibrio y me tambaleé hacia atrás.
Sus palabras eran como balas en mi corazón. Rune me miraba sin mostrar culpa. No vi simpatía en su mirada, sólo la fría y dura verdad.
Sentía cada palabra.
Entonces, siguiendo su ejemplo, dejé que la ira me dominara. Entregué las riendas a toda la ira que sentía. Me impulsé hacia adelante y empujé el pecho firme de Rune. No esperaba que se moviera, así que me sorprendí cuando dio un paso atrás antes de recuperar la postura con rapidez.
Pero no me detuve.
Choqué contra él otra vez, mientras unas lágrimas calientes caían por mi cara. Empujé su pecho una y otra vez. Parado con firmeza sobre los pies, Rune no se movió. Así que ataqué. Se me escapó un sollozo cuando golpeé su torso; sus músculos se tensaron bajo su playera cuando solté todo lo que tenía atorado en mi interior.
—¡Te odio! —grité con todas mis fuerzas—. ¡Te odio por esto! ¡Odio a la persona que eres ahora! ¡ Lo odio, te odio! —Me ahogué con los gritos y caí hacia atrás, exhausta. Al ver su mirada todavía dirigida a mí, usé la última gota de mi energía para gritarle—: ¡Te estaba salvando! —Respiré profundamente durante un instante y añadí con tranquilidad—: ¡Te estaba salvando, Rune! Te estaba salvando del dolor. Te estaba salvando de la sensación de impotencia que sintieron todas las demás personas que amo.
Las cejas rubias de Rune se convirtieron en una línea dura sobre sus ojos. La confusión distorsionó su hermosa cara. Di un paso atrás otra vez.
—Porque no podía verte, no podía soportar pensar que vieras lo que me iba a ocurrir. No podía soportar hacerte eso cuando estabas tan lejos. —Los
sollozos salieron de mi garganta. Tantos que me empezó a faltar el aliento por el cansancio.
Tosí, me aclaré la garganta y avancé a donde estaba Rune, quieto como una estatua. Me puse la mano sobre el corazón y dije con voz ronca:
—Tenía que luchar con todo mi ser. Tenía que intentar. Y quería que estuvieras conmigo más de lo que puedas imaginarte. —Mis pestañas húmedas empezaron a secarse con la brisa fresca—. Hubieras dejado todo para tratar de estar conmigo. Ya odiabas a tus padres, ya odiabas tu vida en Oslo; lo oía cada vez que hablábamos. Estabas tan amargado. ¿Cómo habrías podido lidiar con esto?
La cabeza me palpitó, empezaba a dominarme un dolor pulsante.
Necesitaba irme, necesitaba dejarlo todo. Me alejé. Rune se quedó totalmente quieto. No estaba segura de que hubiera parpadeado.
—Tengo que irme, Rune. —Me agarré el pecho; sabía que la última parte que quedaba de mí se iba a quebrar con lo que diría a continuación—: Dejémoslo aquí, en el bosquecillo que tanto amamos. Terminemos con lo que sea que teníamos…, con lo que sea que fuéramos. —Mi voz casi se había desvanecido en la nada, pero murmuré con un último esfuerzo—: Me mantendré lejos de ti. Tú mantente lejos de mí. Por fin vamos a descansar, porque así tiene que ser. —Agaché la mirada para no ver el dolor en sus ojos—. No puedo soportar tanto dolor. —Me reí ligeramente—. Necesito rayos de luna en el corazón y la luz del sol en la sonrisa. —Sonreí para mí misma—. Es lo que me ha dado fuerza, no voy a dejar de creer en un mundo maravilloso, no voy a dejar que me quiebre. —Me forcé a mirar a Rune—. Y no voy a ocasionarte más dolor.
Cuando volteé la cabeza, vi una fisura de agonía en la expresión de Rune, pero no titubeé. Corrí. Corrí deprisa, pero sólo me dio tiempo a pasar por mi árbol favorito porque Rune me agarró del brazo y me hizo girar otra vez.
—¿Qué? —exclamó—. ¿De qué demonios estás hablando? —Respiraba con dificultad—. ¡No me explicaste nada! Parloteas algo de salvarme y ahorrarme dolor, pero ¿de qué? ¿Qué pensaste que no iba a poder manejar?
—Rune, por favor —le rogué y lo empujé. Estaba encima de mí en un santiamén, anclándome a la tierra con las manos sobre mis hombros.
—¡Respóndeme! —gritó.
Lo volví a empujar.
—¡Suéltame! —El corazón me latía con recelo. La piel se me erizó con un escalofrío. Me volteé otra vez para irme, pero sus manos me mantuvieron quieta. Luché y luché, tratando de liberarme, tratando de huir de una vez por todas del árbol cuyo refugio siempre me había sido reconfortante—. ¡Suéltame! —grité otra vez.
Rune se inclinó hacia mí.
—No, dime. ¡Explícate! —me gritó a su vez.
—Rune…
—¡Explícate! —gritó interrumpiéndome.
Sacudí la cabeza más rápido, tratando en vano de escapar.
—¡Por favor! ¡Por favor! —rogué.
—¡Poppy!
—¡NO!
—¡EXPLÍCATE!
—¡ME ESTOY MURIENDO! —grité en el silencio del bosquecillo, incapaz de reprimirlo más—. Me estoy muriendo —repetí sin aliento—. Me estoy… muriendo…
Mientras me apretaba el pecho, tratando de recuperar el aliento, la enormidad de lo que acababa de hacer se filtró en mi cerebro. El corazón me retumbó. Me retumbó por el ataque de pánico. Batió y se aceleró por el conocimiento aterrador de lo que acababa de admitir…, de lo que acababa de confesar.
Seguí mirando el piso. En algún lugar de mi cerebro, se registró que las manos de Rune se quedaron paralizadas sobre mis hombros. Sentí el calor de sus palmas y también me di cuenta de que estaba temblando. Oí su respiración, rasposa y agitada.
Me obligué a alzar la vista y mirarlo directamente a los ojos. Los tenía abiertos de par en par y atormentados por el dolor.
En ese momento me odié. Porque esa mirada en sus ojos, esa expresión perturbada y destruida, era la razón por la que rompí mi promesa dos años atrás.
Era por lo que tuve que liberarlo.
Al parecer, resultó que sólo lo apresé detrás de unos barrotes de ira.
—Poppy… —susurró con un acento marcado y la cara tan pálida como el blanco más blanco.
—Tengo linfoma de Hodgkin. Está avanzado y es terminal. —La voz me tembló cuando añadí—: Me quedan unos meses de vida, Rune. No se
puede hacer nada.
Esperé. Esperé a ver qué decía Rune, pero no dijo nada. Más bien se alejó. Sus ojos se movieron por mi cara, en busca de una señal de engaño.
Cuando no encontró ninguna, negó con la cabeza. De su boca escapó un
«no» sin sonido. Después salió corriendo. Me dio la espalda y salió corriendo.
Pasaron muchos minutos antes de que encontrara la fuerza para moverme.
Diez minutos después, atravesé la puerta de mi casa, donde mi mamá y mi papá estaban sentados con los Kristiansen.
Sin embargo, tan sólo unos segundos después de que me vio, mi mamá corrió a donde estaba y caí en sus brazos.
Ahí se me rompió el corazón por el corazón que acababa de romper.
El que siempre intenté salvar.