Mil besos tuyos

Tillie Cole · Capítulo 4 de 23

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Mil besos tuyos

Capítulo 3

Dunas de arena

y lágrimas saladas

RUNE

—Rune, tenemos que hablar contigo —dijo mi papá mientras comíamos el almuerzo en un restaurante con vista a la playa.

—¿Se van a divorciar?

Papá palideció.

—Por Dios, no, Rune —me aseguró rápidamente y tomó la mano de mamá para enfatizarlo. Mi mamá me sonrió, pero vi que las lágrimas se formaban en sus ojos.

—¿Entonces? —pregunté. Mi papá se recargó lentamente en su asiento.

—Tu mamá está molesta con mi trabajo, Rune, no conmigo. —Yo estaba completamente confundido hasta que añadió—: Me van a transferir de regreso a Oslo, Rune. La compañía dio con una falla y me mandan de vuelta para que la arregle.

—¿Por cuánto tiempo? —pregunté—. ¿Cuándo vas a regresar?

Mi papá se pasó la mano por el cabello corto y rubio, justo como yo lo hacía.

—Esa es la cosa, Rune —dijo con cautela—. Podrían ser años. Podrían ser meses. Siendo realistas, cualquier tiempo entre uno y tres años.

Abrí los ojos de par en par.

—¿Nos vas a dejar en Georgia tanto tiempo?

Mi mamá extendió la mano y cubrió la mía con la suya. La miré con perplejidad y entonces las consecuencias reales de lo que estaba diciendo papá empezaron a filtrarse a mi cerebro.

—No —murmuré. Sabía que no me iba a hacer eso, que no podía hacerme eso.

Alcé la vista. Vi que la culpa inundaba su cara.

Supe que era verdad.

Ahora comprendía por qué habíamos ido a la playa. Por qué quería que estuviéramos a solas. Por qué se había negado a que Poppy nos acompañara.

Mi corazón latía a toda velocidad mientras movía las manos sobre la mesa. Mi mente corría en círculos… No iban a hacerlo…, no iba a hacerlo…, ¡yo no iba a hacerlo!

—No —escupí, más fuerte, y atraje las miradas de las mesas próximas

—. Yo no voy a ir. No voy a dejarla.

Volteé a ver a mi mamá en busca de ayuda, pero bajó la cabeza. Saqué mi mano de debajo de la suya.

—¿Mamá? —rogué, pero negó despacio con la cabeza.

—Somos una familia, Rune. No vamos a separarnos durante tanto tiempo. Tenemos que ir, somos una familia.

—¡No! —Esta vez grité y empujé mi silla lejos de la mesa. Me paré con los puños cerrados a los costados—. ¡No la voy a dejar! ¡No pueden obligarme! Esta es mi casa. ¡Aquí! ¡No quiero regresar a Oslo!

—Rune —dijo mi mamá tratando de aplacarme, levantándose de la mesa y extendiendo las manos, pero yo no podía estar con él en un espacio tan cerrado. Dando la vuelta sobre mis talones, salí del restaurante corriendo tan rápido como pude y me dirigí a la playa. El sol había desaparecido detrás de unas nubes densas, ocasionando que un viento frío batiera la arena. Seguí corriendo hacia las dunas, los ásperos granos me golpeaban la cara.

Mientras corría, traté de luchar contra la ira que me arrasaba. «¿Cómo pueden hacerme esto? Ya saben cuánto necesito a Poppy».

Temblaba de furia cuando escalé la duna más alta y me tiré para sentarme en la cima. Me acosté mirando el cielo gris y me imaginé una vida en Noruega sin ella. Sentí náuseas. Sentí náuseas con sólo pensar en no tenerla a mi lado para tomar mi mano y besar mis labios…

Apenas podía respirar.

Mi mente se aceleró en busca de ideas de cómo podría quedarme. Pensé y pensé en todas las posibilidades, pero ya conocía a mi papá. Cuando decidía algo, nada lo hacía cambiar de opinión. Iba a irme; la mirada en su cara me había mostrado claramente que no había nada que hacer. Me apartaban de mi chica, de mi alma, y yo no podía hacer nada al respecto.

Detrás de mí, oí que alguien trepaba la duna y supe que era mi papá. Se sentó a mi lado y yo aparté la vista, mirando el mar. No quería reconocer su presencia.

Nos quedamos en silencio hasta que finalmente me quebré y le pregunté:

—¿Cuándo nos vamos? —Sentí que mi papá se ponía rígido a mi lado, lo que me hizo mirarlo. Ya estaba contemplando mi cara con expresión de simpatía. El corazón me dio un vuelco—. ¿Cuándo?

Papá bajo la cabeza.

—Mañana.

Todo se paralizó.

—¿Qué? —murmuré en shock—. ¿Cómo es posible?

—Tu mamá y yo lo sabemos desde hace alrededor de un mes.

Decidimos no decirte nada hasta el último minuto porque sabíamos cómo te ibas a sentir. Me necesitan en la oficina el lunes, Rune. Ya organizamos todo con tu escuela y transferimos tu expediente. Tu tío está preparando nuestra casa en Oslo para nuestro regreso. La compañía contrató una mudanza para vaciar nuestra casa de Blossom Grove y embarcar nuestras pertenencias a Noruega. Llegan mañana, poco después de que nos hayamos ido.

Miré a mi papá con furia. Lo odié por primera vez en mi vida. Apreté los dientes y aparté la mirada. Sentí náuseas por la cantidad de ira que circulaba por mis venas.

—Rune —dijo mi papá suavemente y puso una mano sobre mi hombro.

La aparté con un movimiento del hombro.

—No —dije con furia—. No me vuelvas a tocar o a hablar jamás. —

Volteé la cara—. No te lo perdonaré nunca. Nunca te perdonaré que me la arrebates —prometí.

—Rune, yo entiendo… —trató de decir, pero lo interrumpí.

—No entiendes. No tienes idea de cómo me siento, de lo que Poppy significa para mí. Ni puta idea. Porque si entendieras, no me separarías de

ella; le dirías a la compañía que no te vas a mudar. Que nos tenemos que quedar.

Papá suspiró.

—Soy el ofical técnico, Rune. Tengo que ir a donde me necesiten, y justo ahora es en Oslo.

No respondí nada. No me importaba que fuera el maldito oficial técnico de una compañía en problemas. Estaba enojado con él porque me lo hubiera dicho hasta ese momento. Estaba enojado porque nos fuéramos, punto.

Como no decía nada, mi papá habló:

—Voy a recoger nuestras cosas, hijo. Ve al coche en cinco minutos.

Quiero que pases la noche con Poppy. Por lo menos quiero darte eso.

En mis ojos se reunieron unas lágrimas calientes. Volteé la cara para que no me viera. Estaba enojado, tan enojado que no podía evitar las malditas lágrimas. Yo nunca lloraba cuando estaba triste, sólo cuando estaba enojado, y en ese momento estaba tan enojado que apenas podía respirar.

—No va a ser para siempre, Rune. Unos años cuando mucho, después regresaremos. Te lo prometo. Mi trabajo, nuestra vida, está aquí en Georgia.

Pero tengo que ir a donde me necesita la compañía. Oslo no va a estar tan mal, es de donde somos. Sé que tu mamá estará feliz al vivir cerca de la familia otra vez. Pensé que a lo mejor tú también.

No contesté porque unos pocos años sin Poppy eran toda una vida. No me importaba la familia.

Estaba perdido, observando el ritmo de las olas, y esperé cuanto pude antes de levantarme. Quería llegar con Poppy, pero al mismo tiempo no sabía cómo decirle que me iba. No podía soportar pensar en romperle el corazón.

Oí el claxon y corrí al carro, donde me esperaba mi familia. Mi mamá trató de sonreírme, pero la ignoré y me deslicé al asiento trasero. Mientras nos alejábamos de la costa, yo miraba por la ventana.

Sentí una mano en mi brazo y cuando volteé, vi que Alton estaba agarrado a la manga de mi playera. Tenía la cabeza inclinada hacia un lado y le despeiné el cabello rubio y revuelto. Alton se rio, pero su sonrisa se desvaneció y siguió mirándome durante todo el camino a casa. Me parecía irónico que mi hermano pequeño percibiera mucho mejor que mis padres lo mal que me sentía.

El camino me pareció una eternidad. Cuando llegamos a la entrada, prácticamente salí del auto de un clavado y corrí a casa de los Litchfield.

Toqué la puerta principal, y la señora Litchfield abrió después de unos pocos segundos. Cuando me miró a la cara, vi que sus ojos estaban llenos de comprensión. Miró a mis padres, que estaban desempacando el carro al otro lado del jardín, y los saludó con la mano.

También ella sabía.

La señora Litchfield me abrazó.

—Está en el bosquecillo, mi amor. Pasó ahí toda la tarde, leyendo. —La señora Litchfield me dio un beso en la cabeza—. Lo siento, Rune. Mi hija se sentirá devastada cuando te vayas. Eres toda su vida.

«Ella también es toda mi vida», quise decir, pero no conseguí pronunciar ni una palabra.

Cuando la señora Litchfield me soltó, me di la vuelta, brinqué del porche y corrí hasta el bosquecillo.

Llegué unos minutos después y de inmediato localicé a Poppy debajo de nuestro cerezo favorito. Me detuve fuera de su vista mientras la observaba leer su libro con los audífonos morados en la cabeza. Unas ramas llenas de pétalos rosados de cerezo caían a su alrededor como un escudo protector, resguardándola del brillo del sol. Llevaba un vestido blanco, corto y sin mangas y un gran moño a un lado, en su cabello castaño y largo. Sentí que llegaba a un sueño.

El corazón se me estremeció. Veía a Poppy todos los días desde que teníamos cinco años. Dormía a su lado casi todas las noches desde que tenía doce. La besaba todos los días desde los ocho, y la amaba con todas mis fuerzas desde hacía tantos días que ya no llevaba la cuenta.

No tenía idea de cómo vivir ni un día sin que ella estuviera a mi lado.

No sabía cómo respirar sin tenerla cerca.

Como si percibiera mi presencia, levantó la mirada de la página de su libro. Cuando salí al pasto, me dedicó su sonrisa más grande. Era la que reservaba sólo para mí.

Traté de devolvérsela, pero no pude.

Avancé sobre las flores de cerezo caídas; el camino estaba tan lleno de pétalos que parecía que había un arroyo rosa y blanco bajo mis pies. Vi que la sonrisa de Poppy se desvanecía conforme me acercaba. No podía esconderle nada, me conocía tan bien como yo y se dio cuenta de que estaba molesto.

Ya se lo dije: yo no era ningún misterio. No para ella. Era la única persona que me conocía por completo.

Poppy se quedó totalmente quieta, sólo se movió para quitarse los audífonos de la cabeza. Dejó su libro a su lado, en el suelo, abrazó sus rodillas flexionadas y esperó.

Tragué saliva, caí de rodillas ante ella y dejé que mi cabeza colgara hacia adelante, derrotada. Luché contra la presión que sentía en el pecho.

Por fin alcé la cabeza. En la mirada de Poppy, el temor era evidente, como si supiera que cualquier cosa que fuera a salir de mi boca iba a cambiarlo todo.

A cambiarnos.

A cambiar toda nuestra vida.

A acabar con nuestro mundo.

—Nos vamos —conseguí expresar con un nudo en la garganta.

Vi que se ponía pálida. Desvié la mirada, conseguí respirar rápida y entrecortadamente, y añadí:

—Mañana, Poppymin. Regresamos a Oslo. Mi papá me va a separar de ti, ni siquiera hizo el intento de quedarse.

—No —respondió en un susurro. Se inclinó hacia adelante—. Tiene que haber algo que podamos hacer. —Su respiración se aceleró—. A lo mejor te puedes quedar con nosotros, o mudarte con nosotros. Algo se nos ocurrirá.

Podemos…

—No —interrumpí—. Ya sabes que mi papá no lo permitirá. Hace semanas que lo saben, ya hasta me transfirieron de escuela. No me lo dijeron antes porque sabían cómo iba a reaccionar. Tengo que irme, Poppymin. No hay otra opción. Tengo que irme.

Observé un solo pétalo de flor de cerezo que se separaba de una rama baja. Cayó al suelo con la suavidad de una pluma. Supe que, de ahora en adelante, cada vez que viera una flor de cerezo iba a pensar en Poppy.

Pasaba todo el tiempo ahí, en el bosquecillo, conmigo a su lado. Era el lugar que más amaba.

Cerré los ojos con fuerza mientras me la imaginaba aquí, sola en el bosquecillo, a partir del día siguiente. Sin nadie que la acompañara en sus aventuras, sin que nadie escuchara su risa…, sin nadie que la besara de un modo que hiciera que su corazón estallara y así llenar su frasco.

Con un dolor agudo en el pecho, volteé a ver a Poppy y el corazón se me desgarró. Seguía paralizada en el mismo lugar, recargada en el árbol, pero su hermosa cara estaba inundada de un flujo interminable de lágrimas silenciosas, apretaba sus manitas en puños que temblaban sobre sus rodillas.

— Poppymin —dije con voz ronca, dejando por fin que el dolor corriera en libertad. Fui a su lado y la acuné entre mis brazos. Poppy se fundió conmigo, llorando sobre mi pecho. Cerré los ojos y sentí cada pizca de su dolor.

El dolor también era mío.

Nos quedamos así un tiempo hasta que al final Poppy levantó la cara y puso una mano temblorosa en mi mejilla.

—Rune —dijo con la voz quebrada—. ¿Qué voy a hacer…, qué voy a hacer sin ti?

Negué con la cabeza, diciéndole en silencio que no lo sabía. No podía hablar, las palabras se atoraban en mi garganta cerrada. Poppy se recargó en mi pecho y sentí sus brazos rodeando mi cintura como tornillos.

No hablamos mientras pasaban las horas. El sol se fue apagando hasta que dejó un cielo quemado y anaranjado. Enseguida aparecieron las estrellas y la luna, llena y brillante.

Una brisa fresca barrió el bosquecillo y obligó a los pétalos a danzar a nuestro alrededor. Cuando sentí que Poppy empezaba a temblar en mis brazos, supe que era hora de irnos.

Levanté las manos, recorrí con los dedos el abundante cabello de Poppy y susurré:

— Poppymin, tenemos que irnos.

En respuesta, sólo me abrazó con más fuerza.

—¿Poppy? —volví a intentar.

—No me quiero ir —respondió en un tono casi inaudible, con su dulce voz ahora ronca. Miré hacia abajo mientras alzaba sus ojos verdes, que se fijaron en los míos—. Si nos vamos del bosquecillo significará que ya casi es hora de que tú también me dejes a mí.

Pasé el dorso de la mano por sus mejillas rojas. Se sentían heladas al tacto.

—Nada de despedidas, ¿te acuerdas? —le refresqué la memoria—. Tú siempre dices que para nosotros no existe un adiós porque siempre nos veremos en nuestros sueños, como con tu abu. —Las lágrimas se derramaron de los ojos de Poppy, enjugué las gotas con la yema de mi pulgar—. Y tienes frío, tengo que llevarte a casa para que no tengas problemas por el toque de queda.

Poppy forzó una sonrisa débil en sus labios.

—Pensé que los vikingos de verdad no seguían las reglas.

Me reí una vez y apoyé la frente en la suya. Deposité dos besos suaves en la comisura de su boca, y contesté:

—Te acompañaré a casa y, una vez que se duerman tus padres, entraré a tu habitación para pasar una última noche juntos. ¿Qué tal rompo las reglas?

¿Es lo suficientemente vikingo?

Poppy se rio.

—Sí —contestó, quitándome el pelo de los ojos—. Tú eres el único vikingo que necesito.

Tomé sus manos, besé la punta de cada uno de sus dedos y me levanté.

Ayudé a Poppy a ponerse de pie y la jalé hacia mí. La rodeé con mis brazos para mantenerla junto a mí. Su suave perfume flotó hasta mi nariz. Juré recordar exactamente cómo se sentía estar con ella en ese momento.

El viento soplaba más fuerte. Rompí nuestro abrazo y tomé la mano de Poppy. En silencio, empezamos a caminar por el sendero cubierto de pétalos. Poppy descansó la cabeza en mi brazo e inclinó la cabeza hacia atrás para contemplar el cielo nocturno. Besé la parte superior de su cabeza y oí que suspiraba profundamente.

—¿Te has fijado en lo oscuro que está el cielo encima del bosquecillo?

Más que en cualquier otro lugar del pueblo. Parece negro azabache, salvo por el brillo de la luna y las estrellas titilantes. Al contrastar con el rosa de los cerezos, parece como salido de un sueño.

Eché hacia atrás la cabeza para ver el cielo y la comisura de mis labios se estiró en una sonrisa de satisfacción. Tenía razón. Parecía casi irreal.

—Sólo tú notarías algo así —dije volviendo a bajar la mirada—. Tú siempre ves el mundo de modo diferente al de todos los demás. Es una de las cosas que me encantan de ti, la aventurera que conocí a los cinco años.

Poppy apretó mi mano con más fuerza.

—Mi abu siempre decía que el paraíso se ve como tú quieras que se vea,

¿sabes? —La tristeza de su voz hizo que la respiración se me atorara en la garganta.

Poppy suspiró.

—El lugar favorito de mi abu era nuestro cerezo. Cuando me siento ahí debajo y veo las filas y filas de árboles, después alzo la vista a ese cielo negro azabache, y a veces me pregunto si ella está sentada bajo ese mismo árbol en el paraíso, contemplando las flores de los árboles igual que nosotros, mirando el cielo negro que está sobre nosotros exactamente como yo lo estoy haciendo.

—Estoy seguro de que así es, Poppymin. Y te está sonriendo, como te lo prometió.

Poppy estiró el brazo para atrapar una flor de cerezo rosa brillante con su mano. La sostuvo frente a ella, mirando los pétalos sobre su palma.

—Abu también decía que las mejores cosas de la vida se mueren pronto, como las flores de cerezo. Porque algo tan hermoso no puede durar para siempre, no debe durar para siempre. Permanece durante un breve momento para recordarnos lo preciosa que es la vida antes de desvanecerse tan rápidamente como llegó. Decía que nos enseña más en su breve vida que cualquier cosa que esté a tu lado por siempre.

Se me empezó a cerrar la garganta ante el dolor de su voz. Levantó la mirada hacia mí.

—Porque nada tan perfecto puede durar una eternidad, ¿verdad? —

continuó—. Como las estrellas fugaces. Todos los días vemos estrellas comunes sobre nosotros. La mayor parte de la gente las da por hecho, incluso se olvida de que están ahí. Sin embargo, si una persona ve una estrella fugaz, recuerda ese momento por siempre, incluso pide un deseo ante su presencia. —Poppy respiró profundamente—. Pasa tan rápido que la gente saborea el poco tiempo que la disfruta.

Sentí que una lágrima caía sobre nuestras manos unidas. Estaba confundido, no sabía bien por qué hablaba de cosas tan tristes.

—Porque algo tan absolutamente perfecto y especial está destinado a desvanecerse. Al final se vuela con el viento. —Poppy alzó la flor de cerezo que seguía en su mano—. Como esta flor.

La echó al aire justo en el momento en que pasaba una ráfaga de viento.

El fuerte soplido del viento elevó los pétalos al cielo, lejos de los árboles.

Desaparecieron de nuestra vista.

—Poppy… —iba a hablar, pero ella me interrumpió.

—Quizá nosotros somos como la flor del cerezo, Rune. Como estrellas fugaces. Quizás amamos demasiado, demasiado jóvenes, y nuestra llama fue tan brillante que teníamos que extinguirnos. —Señaló el bosquecillo, detrás de nosotros—. Belleza extrema, muerte rápida. Vivimos este amor el tiempo suficiente como para que nos enseñara una lección. Para mostrarnos la capacidad de amar que realmente tenemos.

El corazón me dio un vuelco. Jalé a Poppy para que quedara frente a mí.

La mirada devastada en su hermoso rostro me quebró ahí donde estaba.

—Escúchame. —Con pánico y poniendo las dos manos a cada lado de su cara, prometí—: Voy a regresar por ti. La mudanza a Oslo no será para siempre. Vamos a hablar todos los días y nos vamos a escribir. Seguiremos siendo Poppy y Rune. Nada puede romper eso, Poppymin. Siempre serás mía, siempre te pertenecerá la mitad de mi alma. Este no es el final.

Poppy se sorbió la nariz y parpadeó para alejar las lágrimas. El pulso se me aceleró de pensar que estuviera renunciando a nosotros, porque a mí ni siquiera me había pasado por la cabeza, no íbamos a terminar nada.

Me acerqué a ella.

—No hemos terminado —dije con firmeza—. Hasta el infinito, Poppymin. Por siempre jamás. Nunca acabaremos. No puedes pensar eso, no de nosotros.

Poppy se paró de puntitas e imitó mi postura, poniendo las manos en mi cara.

—¿Me lo prometes, Rune? Porque todavía necesito que me des cientos de besos. —Su voz sonaba débil y tímida…, estaba llena de miedo.

Me reí mientras sentía que el terror se escapaba de mis huesos poco a poco y el alivio ocupaba su lugar.

—Siempre. Y te daré más de mil. Te daré dos, tres o incluso cuatro mil.

La sonrisa de alegría de Poppy me reconfortó. La besé lenta y suavemente, abrazándola lo más fuerte posible. Cuando nos separamos, Poppy abrió los ojos con un temblor y anunció:

—Beso número 354. Con mi Rune, en el bosquecillo… y casi me estalla el corazón. Mis besos son todos tuyos, Rune —prometió—. Nadie más tendrá estos labios jamás.

Rocé sus labios con los míos una vez más y repetí las mismas palabras:

—Mis besos son todos tuyos. Nadie más tendrá estos labios jamás.

Tomé su mano y nos regresamos a nuestras casas. Todas las luces de mi casa seguían encendidas. Cuando llegamos a la puerta de Poppy, me incliné y besé la punta de su nariz. Mientras llevaba mi boca a su oreja, murmuré:

—Dame una hora y vendré contigo.

—Está bien —murmuró Poppy. Después me sobresalté cuando posó su mano en mi pecho con suavidad. Poppy se acercó más a mí con una expresión seria en la cara que me puso nervioso de repente. Miró su mano fijamente y después acarició mi pecho con los dedos con lentitud y bajó hacia mi estómago.

—Poppymin? —pregunté sin comprender qué ocurría.

Sin decir una palabra, retiró la mano y caminó hacia su puerta. Esperé que se diera la vuelta y me explicara, pero no lo hizo. Cruzó la puerta, dejándome como estaba en la entrada. Todavía podía sentir el calor de su mano en mi pecho.

Cuando se encendió la luz de la cocina de los Litchfield, me obligué a caminar de vuelta a casa. En cuanto atravesé la puerta, vi una montaña de cajas en el pasillo. Seguramente las habían empacado y almacenado en un lugar donde no las viera.

Pasé junto a las cajas con pasos fuertes y vi a mis papás sentados en la sala. Mi papá me llamó por mi nombre, pero no me detuve. Entré en mi habitación justo antes que él, que venía detrás de mí.

Fui a mi buró y empecé a juntar todo lo que quería llevarme conmigo, en especial la foto enmarcada de Poppy y mía que tomé la noche anterior.

Cuando escudriñé la fotografía, me dolió el estómago. Si eso era posible, ya la extrañaba. Extrañaba mi hogar.

Extrañaba a mi chica.

Noté que mi papá seguía detrás de mí.

—Te odio por hacerme esto —susurré.

Enseguida escuché que contenía el aliento. Me di la vuelta y vi que mi mamá estaba parada a su lado, con una expresión tan sorprendida como la suya. Nunca los trataba tan mal. Mis papás me caían bien y nunca pude comprender por qué a otros chicos les caían mal los suyos.

Sin embargo, ahora lo comprendía.

Nunca sentí tanto odio contra alguien.

—Rune… —comenzó mi mamá, pero di un paso adelante y la interrumpí.

—Nunca los voy a perdonar, a ninguno de los dos, por hacerme esto.

Ahora mismo los odio tanto que no puedo soportar estar cerca de ustedes.

Me sorprendió lo dura que sonaba mi voz. Era gruesa y llena de toda la ira que se acumulaba en mi interior. Una ira que no sabía que podía sentirse.

Sabía que a mucha gente le parecía temperamental, hosco, pero en realidad casi nunca sentía ira. Ahora pensaba incluso que estaba hecho de ira. Sólo corría odio por mis venas.

Rabia.

Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero por una vez no me importó.

Quería que se sintieran tan mal como yo.

—Rune… —dijo mi papá, pero yo le di la espalda.

—¿A qué hora nos tenemos que ir? —dije furioso, interrumpiéndolo.

—Nos vamos a las siete de la mañana —me informó con voz suave.

Cerré los ojos, ahora sólo me quedaban unas horas con Poppy. En ocho horas iba a abandonarla. Dejaría todo atrás, a excepción de esta rabia. Me aseguraría de que la rabia viajara conmigo.

—No es para siempre, Rune. Después de un tiempo será más fácil.

Conocerás a alguien, seguirás adelante…

— ¡No! —grité haciendo un movimiento que lanzó mi lámpara del buró a través del cuarto. El foco se quebró con el impacto. Respiraba con fuerza, con el corazón acelerado en el pecho, mientras veía a mi papá—. ¡No vuelvas a decir algo así nunca! No voy a superar a Poppy. ¡La amo! ¿No lo entiendes? Ella es todo para mí y tú nos estás separando. —Vi que empalidecía y di un paso hacia adelante, me temblaban las manos—. No tengo otra opción más que ir contigo, eso ya lo sé. Apenas tengo quince años, no soy tan estúpido como para creer que puedo quedarme aquí solo.

—Apreté los puños—. Pero te voy a odiar. Los odiaré a los dos todos los días hasta que regresemos. A lo mejor piensan que sólo porque tengo quince años me voy a olvidar de Poppy en cuanto una puta de Oslo me coquetee, pero eso no va a pasar nunca. Y los odiaré cada segundo hasta que esté aquí con ella otra vez. —Tomé una pausa para respirar y añadí—: Y aun entonces los odiaré en primer lugar por haberme separado de ella.

Por su culpa, voy a desperdiciar años de estar con mi novia. No crean que sólo porque soy joven no reconozco lo que tengo con Poppy. La amo. La amo más de lo que pueden imaginarse. Y ustedes nos están separando sin considerar siquiera cómo me hacen sentir. —Les di la espalda, caminé a mi clóset y empecé a sacar mi ropa—. Así que de ahora en adelante me va a valer cómo se sientan ustedes por cualquier cosa. No les voy a perdonar esto a ninguno de los dos nunca. En especial a ti, papá.

Empecé a empacar la maleta que seguramente mi mamá puso sobre mi cama. Mi papá se quedó en donde estaba, mirando el suelo en silencio.

Finalmente se dio la vuelta y dijo:

—Duérmete, Rune. Nos levantaremos temprano.

El cabello de la nuca se me erizó por la molestia de que diera tan poca importancia a lo que tenía que decirle, hasta que añadió con tranquilidad:

—Lo siento tanto, hijo. Sí sé cuánto significa Poppy para ti. Retrasé decírtelo hasta ahora para ahorrarte semanas de dolor. Obviamente no sirvió

de nada. Pero así es la vida real y este es mi trabajo. Algún día me comprenderás.

Cerró la puerta detrás de él y me tiré en la cama. Me pasé la mano por la cara y sentí cómo se me hundían los hombros cuando miré mi clóset vacío.

Sin embargo, la ira seguía ahí, quemándome el estómago. En todo caso, me quemaba más que antes.

Estaba seguro de que había llegado para quedarse.

Eché la última de mis camisas a la maleta sin que me importara que se arrugara. Fui a la ventana y vi que la casa de Poppy estaba sumida en la oscuridad, con excepción de la luz pálida de su buró, que me anunciaba que no había moros en la costa.

Después de cerrar con llave la puerta de mi cuarto, me escabullí por la ventana y atravesé el pasto deprisa. La ventana estaba ligeramente abierta, esperándome. Me deslicé a través de ella y la cerré con fuerza detrás de mí.

Poppy estaba sentada en medio de su cama, con el cabello suelto y la cara recién lavada. Tragué saliva cuando vi lo hermosa que estaba con su camisón blanco, los brazos y las piernas desnudos y la piel suave y tersa.

Me acerqué a la cama y vi el marco de fotos en su mano. Cuando alzó la mirada, me di cuenta de que estuvo llorando.

— Poppymin —susurré con una voz que se quebró al verla tan triste.

Poppy dejó el marco en la cama, recostó la cabeza en la almohada y me indicó que me tumbara a su lado con unos golpecitos sobre el colchón. Me acosté lo más rápido que pude y me acerqué a ella hasta que estuvimos a unos centímetros de distancia.

En cuanto vi los ojos enrojecidos de Poppy, se encendió la ira en mi interior.

—Amor, por favor, no llores —dije cubriendo su mano con la mía—.

No soporto verte llorar.

Poppy tragó saliva.

—Mi mamá me dijo que mañana se irán muy temprano.

Bajé los ojos y asentí en silencio.

Poppy acarició mi frente con los dedos.

—Entonces sólo nos queda esta noche —dijo y sentí que una daga me atravesaba el corazón.

— Ja —contesté mirando entre parpadeos a Poppy, que me observaba de una manera extraña—. ¿Qué? —le pregunté.

Poppy se acercó más, tanto que nuestros pechos se tocaron y sus labios flotaron sobre mi boca. Podía percibir el olor a menta de la pasta de dientes en su aliento.

Me lamí los labios y el corazón me empezó a latir muy fuerte. Poppy bajó los dedos por mi cara, mi cuello y mi pecho, hasta que llegó a la parte inferior de mi playera. Me moví en la cama; necesitaba espacio, pero antes de que pudiera retirarme, Poppy se aproximó y apretó su boca contra la mía.

En cuanto la saboreé en mis labios, me incliné hacia ella, y empujó su lengua dentro de mi boca para encontrarse con la mía.

Me besó más lenta y profundamente que nunca. Cuando alzó mi playera y su mano cayó sobre mi estómago desnudo, eché la cabeza hacia atrás y tragué con fuerza. Sentía que la mano de Poppy temblaba contra mi piel. La miré a los ojos y el corazón me dio un vuelco.

— Poppymin — susurré y pasé las manos por su brazo desnudo—. ¿Qué haces?

Ella subió la mano a mi pecho, y la voz se me quebró por la densidad que sentía en la garganta.

—¿Rune? —murmuró mientras bajaba la cabeza para darme un solo beso cauteloso en la garganta. Cerré los ojos cuando su boca cálida tocó mi piel. Poppy habló junto a mi cuello—. Te…, te deseo.

El tiempo se detuvo. Abrí los ojos de par en par. Poppy se separó un poco e inclinó la cabeza hasta que sus ojos verdes se encontraron con los míos.

—Poppy, no —protesté negando con la cabeza, pero ella puso los dedos sobre mis labios.

—No puedo… —dudó, después se decidió y continuó—: no puedo soportar que me dejes y no saber nunca cómo es estar contigo. —Hizo una pausa—. Te amo, Rune, tanto. Espero que lo sepas.

Mi corazón empezó a latir a un nuevo ritmo, el ritmo del que sabe que tiene el amor de su otra mitad. Era más duro y más rápido. Era infinitamente más fuerte que el anterior.

—Poppy —susurré, completamente sorprendido por sus palabras. Sabía que me amaba porque yo la amaba a ella, pero era la primera vez que lo decíamos en voz alta.

«Me ama…».

Poppy esperó en silencio. Sin saber cómo responder de otra manera, acaricié su mejilla con la punta de mi nariz, y me separé sólo un poco para

mirarla a los ojos.

— Jeg elsker deg.

Poppy tragó saliva y luego sonrió.

Le devolví la sonrisa.

—Te amo —traduje, sólo para asegurarme de que me hubiera comprendido plenamente.

Otra vez se puso seria y se sentó en medio de la cama. Buscó mi mano y me jaló para que me sentara frente a ella. Bajó las manos a la parte inferior de mi playera.

Con la respiración entrecortada, la jaló hacia arriba y la sacó por mi cabeza. Cerré los ojos y sentí un beso cálido en mi pecho. Abrí los ojos de nuevo y vi que Poppy me sonreía con timidez. Su mirada nerviosa hizo que me derritiera.

Nunca la había visto tan hermosa.

Traté de combatir mis propios nervios y puse una mano en su cara.

—No tenemos que hacerlo sólo porque me voy a ir, Poppy. No tienes que hacerlo por mí. Regresaré, me aseguraré de volver. Quiero esperar hasta que estés lista.

—Estoy lista, Rune —dijo con voz clara y firme.

—Tú crees que somos demasiado jóvenes…

—Ya casi vamos a cumplir dieciséis.

Sonreí al escuchar su voz fogosa.

—La mayor parte de la gente sí piensa que somos demasiado jóvenes.

—Romeo y Julieta tenían más o menos nuestra edad —replicó. No pude evitar reírme. Dejé de hacerlo cuando se me acercó y pasó la mano por mi pecho—. Rune —susurró—, estoy lista desde hace un tiempo, pero me gustaba esperar porque teníamos todo el tiempo del mundo. No había prisa.

Ahora no tenemos ese lujo. Nuestro tiempo, este tiempo, es limitado. Sólo nos quedan unas horas. Te amo. Te amo más de lo que cualquiera pueda creer. Y…, y creo que tú sientes lo mismo por mí.

— Ja —contesté de inmediato—. Te amo.

—Por siempre jamás —dijo Poppy con un suspiro, y después se alejó de mí. Sin apartar la mirada de la mía, alzó la mano para tomar uno de los tirantes de su camisón y lo deslizó hacia abajo. Hizo lo mismo con el otro y el camisón se resbaló hasta su cadera.

Me quedé paralizado. No podía moverme con Poppy sentada enfrente de mí, desnuda para mí.

— Poppymin —respiré convencido de que no me merecía a esta chica…, este momento. Me acerqué más hasta que quedé sobre ella. Busqué su mirada—. ¿Estás segura, Poppymin?

Poppy entrelazó su mano con la mía, y después llevó nuestras manos a su piel desnuda.

—Sí, Rune. Estoy segura. Esto es lo que quiero.

No podía resistirme más, así que me dejé llevar y la besé en los labios.

Sólo teníamos unas horas. Iba a pasarlas con mi chica de todas las formas posibles.

Poppy separó su mano de la mía y exploró mi pecho con los dedos, sin romper nunca nuestro beso. Acaricié su espalda con los dedos y la acerqué más a mí. Se estremeció al sentir mi tacto. Bajé la mano al borde de su camisón, sobre su muslo. Luego la moví hacia arriba, hasta que me preocupó que estuviera yendo demasiado lejos. Poppy se separó y apoyó la cabeza en mi hombro.

—Sigue —me instruyó quedándose sin aliento. Hice lo que me pedía, tragándome los nervios que se acumulaban en mi garganta—. Rune —

murmuró.

Cerré los ojos al oír su dulce voz. La amaba tanto que no quería lastimarla. No quería ser responsable de que fuéramos demasiado lejos.

Quería que se sintiera especial, que comprendiera que era todo mi mundo.

Nos quedamos así por un minuto, prendidos en el momento, respirando, en espera de lo que pasara después.

A continuación, Poppy movió las manos hacia el botón de mis pantalones y abrí los ojos. Estaba estudiándome de cerca.

—¿Está… bien? —me preguntó con cautela. Asentí, sin palabras. Con la mano libre, me guio para desvestirla hasta que toda nuestra ropa quedó en el piso.

Poppy se sentó enfrente de mí con tranquilidad, jugueteando con las manos sobre su regazo. Su cabello castaño largo caía sobre uno de sus hombros y tenía las mejillas sonrojadas.

Nunca la había visto tan nerviosa.

Yo nunca había estado tan nervioso.

Con un dedo, acaricié su mejilla encendida. Cuando la toqué, los párpados de Poppy aletearon y apareció una sonrisa tímida en sus labios.

—Te amo, Poppymin —susurré.

Se le escapó un suspiro suave.

—Yo también te amo, Rune.

Ella envolvió los dedos alrededor de mi muñeca y se acostó con cuidado en la cama, llevándome hacia adelante hasta que me tumbé a su lado y me moví para quedar sobre ella.

Me incliné para esparcir besos suaves sobre sus mejillas sonrojadas y su frente, y terminé con un beso largo en su boca caliente. Poppy tomó mi cabello con su mano temblorosa y me jaló hacia ella.

Sentí que sólo unos segundos después Poppy se movió debajo de mí y rompió el beso. Puso una mano sobre mi cara.

—Estoy lista —afirmó.

Oprimí la cara contra su mano, besé los dedos que se posaban en mi mejilla y absorbí sus palabras. Poppy se inclinó a un lado y tomó algo de un cajón de su buró. Cuando me ofreció el paquetito que sacó, luché contra una repentina corriente de nervios. Miré a Poppy fijamente y las mejillas se le sonrojaron de vergüenza.

—Sabía que este día llegaría pronto, Rune. Quería asegurarme de que estuviéramos preparados.

Besé a mi chica hasta que reuní el valor para hacerlo. No me tomó mucho tiempo saber que estaba listo, pues el roce de Poppy tranquilizaba la tormenta que sentía por dentro.

Ella abrió los brazos y me guio. Mi boca se fundió con la suya y durante mucho tiempo simplemente la besé. Probé el labial de cereza de su boca; amaba la sensación de su piel desnuda y cálida junto a la mía.

Me hice para atrás en busca de aire, encontré la mirada de Poppy y ella asintió. Podía ver cuánto me deseaba en su cara: tanto como yo a ella.

Mantuve los ojos fijos en los suyos y no rompí el contacto ni una vez.

Ni siquiera por un segundo…

Después la sostuve entre mis brazos. Estábamos frente a frente, acostados bajo las cobijas. La piel de Poppy se sentía caliente al tacto y su respiración regresaba poco a poco a su ritmo normal. Nuestros dedos estaban enlazados sobre la almohada que ahora compartíamos, agarrados con fuerza, y nuestras manos temblaban ligeramente.

Ninguno de los dos hablaba todavía. Mientras estudiaba a Poppy y ella observaba cada uno de mis movimientos, recé por que no se arrepintiera de lo que hicimos.

Vi que tragaba con profundidad y que respiraba despacio. Cuando exhaló, bajó la mirada a nuestras manos enlazadas. Tan lentamente como era posible, pasó los labios sobre nuestros dedos entrecruzados. Me quedé quieto.

— Poppymin —dije, y ella alzó los ojos. Un largo mechón de cabello había caído sobre su cara y lo eché hacia atrás con cuidado, metiéndolo detrás de su oreja. Ella aún no decía nada. Yo necesitaba que supiera lo que significaba para mí lo que compartimos—. Te amo tanto. Lo que acabamos de hacer…, estar contigo así… —Me frené, sin saber bien cómo expresar lo que quería decir.

No me respondió y el estómago se me encogió al pensar que hice algo mal. Cuando cerré los ojos por la frustración, sentí la frente de Poppy contra la mía y sus labios murmuraron besos en mi boca. Me moví hasta que estuvimos lo más cerca posible.

—Voy a recordar esta noche por el resto de mi vida —me confió, y el miedo que sentía se escapó lejos de mi mente. Parpadeé y abracé su cintura con más fuerza.

—¿Fue especial para ti, Poppymin? ¿Tan especial como fue para mí?

Poppy puso una sonrisa tan grande que verla me robó el aliento.

—Fue tan especial como puede serlo algo especial —contestó con suavidad, repitiendo las palabras que me dijo cuando teníamos ocho años y la besé por primera vez. Incapaz de hacer otra cosa, la besé con todo mi ser, vertiendo todo mi amor en el beso. Cuando nos separamos, Poppy me apretó la mano y las lágrimas se acumularon en sus ojos.

—Beso 355, con mi Rune, en mi cuarto… después de que hicimos el amor por primera vez. —Me tomó de la mano y se la apoyó en el pecho, directamente sobre el corazón. Podía sentir sus latidos bajo mi palma.

Sonreí porque sabía que sus lágrimas eran de felicidad, no de tristeza.

—Fue tan especial que casi me estalla el corazón —añadió con una sonrisa.

—Poppy —susurré sintiendo que el pecho se me contraía.

La sonrisa de Poppy se desvaneció y vi que sus lágrimas empezaban a caer sobre la almohada.

—No quiero que me dejes —dijo con desconsuelo.

No podía soportar el dolor de su voz ni el hecho de que sus lágrimas ahora fueran de tristeza.

—Yo no quiero irme —dije con sinceridad.

No dijimos nada más porque no había más que decir. Peiné el cabello de Poppy con los dedos, mientras ella deslizaba los suyos por mi pecho de arriba abajo. No pasó mucho tiempo antes de que la respiración de Poppy se calmara y su mano quedara inmóvil sobre mi piel.

El ritmo de su respiración regular me arrulló hasta que cerré los ojos.

Traté de permanecer despierto tanto como fuera posible para saborear el tiempo que me quedaba, pero no pasó mucho antes de que me durmiera con una mezcla agridulce de felicidad y tristeza fluyendo por mis venas.

Parecía que acababa de cerrar los ojos cuando sentí que el calor del sol naciente me besaba la cara. Parpadeé hasta que abrí los ojos y vi que un nuevo día entraba por la ventana de Poppy.

El día en que me iba.

Se me encogió el estómago cuando vi el reloj: me iba en una hora.

Cuando miré a Poppy, que dormía sobre mi pecho, pensé que nunca la había visto tan hermosa. Su piel estaba sonrojada por el calor de nuestros cuerpos y sonreí cuando vi que nuestras manos seguían unidas sobre mi estómago.

De repente, los nervios me inundaron al pensar en la noche anterior.

Se veía muy feliz mientras dormía. Mi miedo más grande era que despertara y se arrepintiera de lo que hicimos. Deseaba que amara lo que hicimos tanto como yo. Quería que la imagen de nosotros juntos estuviera tan grabada en su memoria como estaría en la mía.

Como si percibiera el peso de mi mirada, Poppy abrió los ojos con lentitud. La observé mientras los recuerdos de la noche anterior pasaban por su cara. Abrió más los ojos cuando vio nuestros cuerpos y nuestras manos.

Mi corazón se sacudió por la inquietud, pero luego una sonrisa sosegada se extendió por su cara. Al verla, me acerqué más. Poppy enterró la cabeza en mi cuello cuando la abracé. La mantuve cerca de mí el mayor tiempo posible.

Cuando por fin alcé la cabeza y volví a revisar el reloj, la ira del día anterior volvió a aplastarme.

— Poppymin —susurré oyendo la rabia contenida en mi voz ronca—.

Ya… me tengo que ir.

Poppy se puso rígida en mis brazos. Cuando se dio la vuelta, tenía las mejillas húmedas.

—Ya sé.

Sentí que las lágrimas también caían por mi cara. Poppy me las limpió con cuidado; atrapé su mano y deposité un solo beso en el centro de su palma. Me quedé un par de minutos más, absorbiendo cada centímetro de su rostro, antes de obligarme a salir de la cama y vestirme. Sin mirar atrás, me deslicé por la ventana y corrí por el pasto, sintiendo cómo se me desgarraba el corazón con cada paso.

Entré por mi ventana. Habían abierto la puerta de mi cuarto desde afuera y mi papá estaba parado cerca de la cama. Por un momento, el estómago se me encogió porque me hubieran descubierto, pero después la furia llameó en mi interior y alcé la barbilla, retándolo a decirme algo, cualquier cosa.

Estaba preparado para una pelea.

No iba a permitir que me avergonzara por pasar la noche con la chica que amaba, de la que él estaba separándome.

Se dio la vuelta y se fue sin decir una palabra.

Pasaron treinta minutos en un destello. Miré mi habitación por última vez. Alcé mi mochila, me la puse en el hombro y salí con la cámara colgando de mi cuello.

El señor y la señora Litchfield ya estaban en la entrada con Ida y Savannah, y se despedían de mis padres con abrazos. Al verme salir, se encontraron conmigo al final de los escalones y también me abrazaron para despedirse.

Ida y Savannah corrieron hacia mí, se lanzaron para rodearme por la cintura y yo alboroté su cabello con la mano. Cuando se separaron, oí que una puerta se abría. Alcé la mirada y vi a Poppy corriendo. Tenía el cabello húmedo, claramente se acababa de bañar, pero se veía más hermosa que nunca mientras se acercaba rápidamente a donde estábamos todos, aunque viéndome sólo a mí.

Cuando llegó a nuestra entrada, se detuvo brevemente para abrazar a mis padres y darle a Alton un beso de despedida. Después se volteó hacia mí.

Mis padres se metieron al coche, y los padres y las hermanas de Poppy regresaron a su casa para dejarnos a solas. No perdí tiempo antes de extender mis brazos, y Poppy corrió hacia mi pecho. La apreté con fuerza, respirando el dulce aroma de su cabello.

Puse un dedo bajo su barbilla, alcé su cara y después la besé por última vez. La besé con todo el amor que pude encontrar en mi corazón.

Cuando nos separamos, Poppy habló a través de las lágrimas que escurrían de sus ojos.

—Beso número 356. Con mi Rune, en su entrada… cuando me dejó.

Cerré los ojos. No podía soportar su dolor, el dolor que yo también sentía.

—¿Hijo? —Miré a mi papá sobre el hombro de Poppy—. Nos tenemos que ir —dijo disculpándose.

Las manos de Poppy se aferraron a mi playera. Sus grandes ojos verdes brillaban por las lágrimas y parecía que estaba tratando de memorizar cada parte de mi cara. La solté por fin, alcé la cámara y apreté el botón.

Capturé ese extraño momento: el momento exacto en que el corazón de alguien se rompía.

Caminé al coche con la sensación de que los pies me pesaban una tonelada. Cuando me senté en el asiento trasero, ni siquiera traté de contener mis lágrimas. Miré a Poppy, parada al lado de nuestro coche con el cabello húmedo volando al viento, viéndome partir, diciendo adiós.

Mi papá encendió el motor. Abrí la ventana, estiré la mano y Poppy la tomó. Miré su rostro por última vez.

—Te veo en mis sueños —dijo.

—Te veo en mis sueños —murmuré y solté su mano con renuencia cuando mi papá arrancó. La miré por la ventanilla trasera mientras ella me decía adiós con la mano, y después se perdió de vista.

Me aferré al recuerdo de ese adiós.

Juré aferrarme a él hasta que se convirtiera en un saludo que me daba la bienvenida a casa.

Hasta que una vez más significara «hola».