Mil besos tuyos
Capítulo 13
Nubes oscuras
y cielos azules
RUNE
Dibujaba círculos perezosos sobre un trabajo mientras la maestra soltaba un sermón sobre los compuestos químicos. Mi mente estaba ocupada con Poppy. Siempre estaba así, pero ese día era diferente. Hacía cuatro días que habíamos regresado de Nueva York y cada día que pasaba estaba más silenciosa.
Constantemente, le preguntaba qué pasaba. Siempre me decía que nada, pero yo sabía que había algo. Esa mañana fue peor.
Notaba su mano demasiado débil en la mía mientras caminábamos a la escuela. Su piel estaba caliente al tacto. Le pregunté si se sentía mal, pero me dijo que no con la cabeza y sonrió.
Pensaba que esa sonrisa podía detenerme y normalmente así habría sido, pero no ese día.
Algo se sentía mal. El alma se me caía a los pies cada vez que pensaba en el almuerzo, cuando nos sentamos con nuestros amigos y ella se recostó en mis brazos. Nunca habló, sólo se dedicó a acariciar mi mano con un dedo.
La tarde se hizo eterna y cada minuto estaba lleno de preocupación por que no estuviera bien. Por que el tiempo que le quedaba estuviera llegando
a su fin. Me senté rápidamente, tratando de evitar el pánico que esa imagen me provocaba, pero no sirvió de nada.
Cuando sonó el timbre que señalaba el final de la jornada escolar, me paré de mi asiento de un brinco y me apresuré a salir al pasillo, directamente al casillero de Poppy. Cuando llegué, Jorie estaba ahí.
—¿Dónde está? —pregunté de manera directa.
Jorie dio un paso atrás por la sorpresa y señaló la puerta trasera.
—No se veía muy bien en clase, Rune. Estoy muy preocupada —gritó Jorie mientras yo caminaba apresuradamente a la salida.
Unos escalofríos me recorrieron la espalda cuando salí al aire tibio.
Escaneé el patio con la mirada hasta que encontré a Poppy: estaba de pie junto a un árbol del parque al otro lado de la calle. Pasé empujando a mis compañeros y corrí hacia ella.
No se dio cuenta de que me acercaba, miraba fijamente hacia adelante como si estuviera en un trance. Una ligera capa de sudor le cubría la cara y la piel de sus brazos y piernas estaba pálida. Me paré enfrente de ella y sus ojos parecían aletargados cuando parpadearon y lentamente se centraron en los míos. Poppy se obligó a sonreír.
—Rune —murmuró con voz débil. Le puse una mano en la frente y fruncí el ceño con preocupación.
—Poppy, ¿qué pasa?
—Nada —respondió con voz poco convincente—. Sólo estoy cansada.
El corazón se me estrelló contra las costillas cuando asimilé su mentira.
Sabía que tenía que regresarla a casa con sus padres, así que la abracé por los hombros. Su nuca casi me quemó el brazo y reprimí una maldición.
—Vamos a casa, nena —dije con voz suave. Poppy envolvió mi cintura con su brazo. Se sentía débil, pero me di cuenta de que usaba mi cuerpo para mantenerse erguida. Sabía que si trataba de cargarla iba a protestar.
Cerré los ojos un segundo cuando entramos en el camino del parque.
Traté de sofocar el miedo que se apoderaba de mí. El miedo a que estuviera enferma, a que eso fuera…
Poppy estaba callada, salvo por su respiración, que se hacía más profunda y dificultosa mientras más caminábamos. Cuando entramos en el bosquecillo, los pasos de Poppy flaquearon. Miré hacia abajo y sentí que su cuerpo perdía toda la fuerza.
—¡Poppy! —grité y la atrapé justo antes de que cayera al suelo. La miré en mis brazos y le retiré de la cara el pelo húmedo—. ¿Poppy? Poppy, nena,
¿qué pasa?
Sus ojos empezaron a ponerse en blanco, perdiendo la visión, pero sentí que su mano tomaba la mía y me apretaba lo más que podía, apenas un poco.
—Rune —trató de hablar, pero su respiración se hizo demasiado acelerada, le costaba trabajo retener el aire suficiente para proyectar la voz.
Me saqué el celular del bolsillo y llamé al 911. En cuanto contestó la operadora, le di la dirección de Poppy y les informé sobre su enfermedad.
La levanté en mis brazos y estaba a punto de ponerme a correr cuando su débil palma se posó en mi cara. Miré hacia abajo y vi que una lágrima rodaba por su cara.
—No… No… No estoy lista —consiguió decirme antes de que su cabeza cayera hacia atrás luchando por mantenerse consciente.
A pesar del desgarro que sentí en el corazón por el quiebre de su espíritu y la falla de su cuerpo, me eché a correr, esforzándome más duro y más rápido que nunca.
Cuando pasé por mi casa, vi a mi mamá y a Alton en la entrada.
—¿Rune? —me gritó mi mamá—. ¡No! —murmuró cuando vio el débil cuerpo de Poppy en mis brazos. El ruido de una ambulancia atronó a la distancia. Sin perder tiempo, entré de una patada a la casa de Poppy. Corrí a la sala, pero no había nadie.
—¡Ayuda! —grité lo más fuerte que pude. De repente, oí pisadas que corrían hacia mí.
—¡Poppy! —La mamá de Poppy salió disparada de una esquina mientras yo la dejaba en el sofá—. ¡Dios mío, Poppy! —La señora Litchfield se hincó a mi lado y puso la mano sobre la frente de su hija—.
¿Qué pasó, qué le pasa? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—No sé. Sólo se derrumbó en mis brazos. Ya llamé a una ambulancia.
Justo cuando acababa de decir eso, oí la sirena de una ambulancia que entraba en nuestra calle. La mamá de Poppy salió corriendo de la casa. Vi cómo se iba y, en lugar de sangre, sentí hielo corriendo por mis venas. Me pasé las manos por el pelo sin saber qué hacer. Una mano fría se posó en mi muñeca. Volví a mirar hacia Poppy, que luchaba por respirar. Mi cara se contrajo al verla. Me acerqué más a ella y besé su mano.
—Vas a estar bien, Poppymin, te lo prometo.
Ella trató de respirar, pero pudo poner la palma sobre mi cara.
—No… me voy… a casa…. aún —afirmó con una voz casi inaudible.
Asentí y besé su mano, apretándola con la mía con fuerza. De repente, desde atrás me llegó el ruido de los paramédicos que entraban a la casa y me levanté para dejarlos pasar. Sin embargo, cuando lo hice, la mano de Poppy me apretó con más ahínco y se le escurrieron unas lágrimas de los ojos.
—Aquí estoy, nena —susurré—. No voy a dejarte.
Los ojos de Poppy me mostraron su agradecimiento. Un sonido de llanto llegó desde detrás de mí. Cuando me volteé, vi que Ida y Savannah estaban paradas a un lado, observando, llorando una en brazos de la otra. La señora Litchfield se movió al otro lado del sillón y besó a Poppy en la cabeza.
—Vas a estar bien, amor —murmuró, pero cuando alzó la mirada hacia mí, me di cuenta de que no creía sus propias palabras.
Ella también pensaba que había llegado la hora.
Los paramédicos le pusieron a Poppy una máscara de oxígeno en la cara y la subieron a una camilla. Ella seguía tomando mi mano; se negaba a soltarme. Nunca aflojó su agarre, ni siquiera cuando los paramédicos la sacaron de la casa, y nunca apartó su mirada de mis ojos aunque le costaba mantener los ojos abiertos.
La señora Litchfield corrió detrás, pero cuando vio que la mano de Poppy me aferraba tan fuerte, dijo:
—Tú ve con Poppy, Rune. Yo los sigo con las niñas.
Me daba cuenta de lo conflictuada que se sentía, quería estar con su hija.
—Yo las llevo, Ivy. Tú ve con Poppy y Rune —oí que mi mamá decía detrás de mí. Me subí a la parte de atrás de la ambulancia junto con la señora Litchfield.
Incluso cuando los ojos de Poppy se cerraron de camino al hospital, nunca soltó mi mano. Cuando la señora Litchfield se derrumbó y estalló en llanto a mi lado, le ofrecí mi otra mano.
Me quedé al lado de Poppy mientras la llevaban a la sala de oncología. El corazón me latía tan rápido como se movían los médicos y los enfermeros: un borrón, una masa de actividad.
Resistí el nudo que me bloqueaba la garganta. Contuve el entumecimiento que sentía por dentro. Movieron y picaron a Poppy: le sacaron sangre, le tomaron la temperatura, había demasiadas cosas que medir. Y mi chica luchó. Cuando el movimiento de su pecho se hizo errático porque no podía respirar bien, se mantuvo en calma. Cuando la inconsciencia trataba de debilitarla, obligaba a sus ojos a mantenerse abiertos… Los obligaba a mantenerse fijos en los míos y pronunciaba mi nombre cada vez que estaba a punto de hundirse.
Me mantuve fuerte por ella. No podía permitir que me viera derrumbarme.
Necesitaba que fuera fuerte.
La señora Litchfield estaba a mi lado, tomando mi mano. El señor Litchfield llegó corriendo con el portafolios en la mano y la corbata desarreglada.
—Ivy, ¿qué pasó? —dijo apresuradamente.
La señora Litchfield se limpió las lágrimas de la cara y tomó la mano de su esposo.
—Se derrumbó sobre Rune cuando regresaban de la escuela. El doctor cree que es una infección, y su sistema inmune está tan bajo que no puede defenderse. Rune la cargó hasta la casa. Corrió y llamó a la ambulancia. Él la salvó, James: Rune salvó a nuestra hija.
El señor Litchfield me miró.
Tragué con fuerza cuando oí las palabras de la mamá de Poppy. Su papá asintió, supuse que en agradecimiento, y después corrió hacia su hija. Vi que apretaba su mano, pero los doctores lo apartaron de su camino enseguida.
Pasaron cinco minutos antes de que un doctor hablara con nosotros. Se quedó quieto, con cara inexpresiva.
—Señores Litchfield, el cuerpo de Poppy está tratando de combatir una infección. Como ustedes saben, su sistema inmune está gravemente comprometido.
—¿Llegó el momento? —preguntó la señora Litchfield con la garganta cerrada por la tristeza. Las palabras del doctor se filtraron en mi cerebro.
Aparté la mirada cuando sentí que un par de ojos me miraban.
Los médicos se apartaron, dejando un espacio despejado que me permitió ver la hermosa cara de Poppy cubierta con una máscara y sus
brazos con agujas. Sin embargo, sus ojos verdes, esos que yo adoraba, estaban fijos en mí. Su mano colgaba a un lado.
—Haremos todo lo posible. Les daremos un momento con ella antes de dormirla.
Escuché que el médico decía que iban a inducirle un coma médico para ayudarle a combatir la infección y que teníamos que verla antes, pero mis pies ya estaban avanzando hacia ella. Tenía su mano extendida hacia mí.
En cuanto la tomé, vi que sus ojos buscaban los míos y que sacudía débilmente la cabeza. Cerré los ojos un momento, pero cuando los abrí no pude impedir que una lágrima se escurriera por mi mejilla. Poppy hizo un ruido bajo la máscara de oxígeno y no tuve que quitársela para saber lo que me decía: todavía no iba a dejarme, veía la promesa en sus ojos.
—Rune, hijo —dijo el señor Litchfield—. ¿Nos dejas un momento con Poppy para que podamos darle un beso y hablar un rato con ella?
Asentí y estaba por hacerme a un lado cuando Poppy hizo un ruido y sacudió la cabeza de nuevo. Volvió a apretarme la mano porque no quería que me fuera. Me incliné sobre ella y la besé en la frente; sentí su calor en mis labios y percibí su dulce aroma.
—Aquí estaré, Poppymin. No voy a dejarte, lo prometo.
Poppy me siguió con la mirada cuando me iba. Vi que los señores Litchfield hablaban con su hija en voz baja, que la besaban y tomaban su mano.
Me recargué contra la pared de la pequeña habitación, y apreté los puños mientras luchaba por controlarme. Tenía que ser fuerte por Poppy. Ella odiaba las lágrimas. Odiaba ser un peso tan grande para su familia.
No me vería derrumbarme.
La señora Litchfield salió de la habitación y regresó con Ida y Savannah.
Tuve que apartar la mirada cuando vi el dolor en los ojos de mi chica.
Adoraba a sus hermanas, no quería que la vieran así.
—Poppy —lloró Ida y fue corriendo a su lado. Poppy recorrió con su debilitada mano la cara de su hermana menor, quien la besó en la cara y después se refugió en los brazos abiertos de su mamá. Savannah fue a continuación. Se derrumbó al ver así a su hermana, su heroína. Mientras Poppy sostenía su mano, Savannah murmuró:
—Te quiero, PopPops. Por favor, por favor…, no te vayas todavía.
Poppy negó con la cabeza y me buscó con la mirada, tratando de dirigir su mano hacia mí. Avancé hacia ella con la sensación de que cada paso era
un kilómetro. En mi interior sentía una tormenta de oscuridad, pero en cuanto mi mano tomó la suya, la tormenta se calmó. Poppy me miró y sus largas pestañas revolotearon sobre sus mejillas. Me senté en el borde de la cama, me incliné sobre ella y le quité el pelo de la cara.
— Hei, Poppymin —susurré con toda la fuerza que pude reunir. Ella cerró los ojos al oír mis palabras y supe que sonreía debajo de la máscara.
Me miró a los ojos—. Tienen que dormirte un tiempo para ayudarte a combatir la infección. —Asintió—. Vas a soñar, nena —dije obligándome a sonreír—. Ve a visitar a tu abu un rato mientras reúnes fuerzas para volver conmigo. —Sonrió y se le escapó una lágrima—. Tenemos cosas que hacer antes de que vuelvas a casa, ¿te acuerdas? —Asintió ligeramente y la besé en la mejilla—. Duerme, nena. Yo estaré aquí esperando que vuelvas a mi lado —murmuré mientras me apartaba.
Acaricié el cabello de Poppy hasta que ella cerró los ojos y comprendí que se rendía al sueño. El médico entró un segundo más tarde.
—Si esperaran en la sala para las familias, estaré con ustedes para ponerlos al corriente cuando terminemos de prepararla.
Oí que la familia se iba, pero yo veía su mano en la mía y no quería soltarla. Sentí que alguien me tocaba el hombro y, cuando alcé la vista, el médico me estaba mirando.
—La cuidaremos, hijo. Te lo prometo.
Besé la mano de Poppy por última vez y me obligué a salir de la habitación. Cuando la puerta se cerró detrás de mí, levanté la mirada hacia la habitación familiar, que estaba enfrente, pero no pude entrar. Necesitaba aire. Necesitaba…
Caminé a toda prisa hasta el final del pasillo y abrí la puerta de golpe, saliendo a un pequeño jardín. El viento cálido me golpeó en la cara y, cuando vi que estaba solo, fui tambaleándome hasta la banca del centro del jardín. Me dejé caer sobre el asiento y dejé que la tristeza se apoderara de mí.
Eché la cabeza hacia adelante y, cuando la dejé caer sobre mis manos, las lágrimas escurrieron por mi cara. Oí que la puerta se abría, alcé la vista y vi a mi papá.
Cuando vi su cara, esperaba que la ira habitual me golpeara, pero seguramente quedó enterrada bajo una masa de dolor. Mi papá no dijo nada, sólo siguió avanzando y se sentó a mi lado. No hizo ningún movimiento
para consolarme. Sabía que no iba a recibir bien algún contacto, así que sólo se sentó a mi lado mientras me derrumbaba.
Una parte de mí se alegraba de tenerlo ahí. Nunca se lo diría, pero por mucho que me costara admitirlo, no quería estar solo.
No estaba seguro de cuánto tiempo pasó, pero al final me enderecé, me aparté el pelo y me pasé la mano por la cara.
—Rune, ella…
—Va a estar bien —interrumpí lo que fuera que iba a decir. Miré hacia abajo, a la mano que mi papá tensaba y relajaba sobre una de sus rodillas, como si estuviera considerando estirar el brazo para tocarme.
Apreté la quijada porque no quería que me tocara.
El tiempo con Poppy se estaba terminando y era su culpa que yo sólo hubiera tenido…, el pensamiento se disolvió. No sabía cuánto tiempo me quedaba con mi chica.
Antes de que mi papá pudiera hacer cualquier cosa, la puerta se volvió a abrir y en esta ocasión fue el señor Litchfield quien salió. Mi papá se puso de pie y lo saludó de mano.
—Lo siento mucho, James —dijo mi papá. El señor Litchfield le dio una palmada en el hombro.
—¿Te molestaría que hable con Rune un minuto?
Me puse rígido, cada uno de mis músculos se preparó para su ira. Mi papá me miró, pero asintió.
—Los dejo a solas.
Mi papá se fue del jardín, el señor Litchfield fue hacia donde yo estaba sentado y se acomodó a mi lado en la banca. Contuve la respiración mientras esperaba a que hablara. Como no dijo nada, hablé yo:
—No voy a dejarla, ni siquiera me pida que la deje porque no me iré a ningún lado.
Sabía que sonaba enojado y agresivo, pero mi corazón se estrellaba contra mis costillas cuando pensaba en que me dijera que tenía que irme. Si no estaba con Poppy, no tenía ningún lugar a donde ir.
El señor Litchfield se puso tenso.
—¿Por qué? —preguntó.
La pregunta me sorprendió, así que me volteé hacia él y traté de interpretar su expresión. Me estaba mirando de frente, de verdad quería saber. Respondí sin apartar los ojos de su mirada:
—Porque la amo. La amo más que a nada en el mundo. —Mi voz salió a través de mi garganta cerrada. Respiré profundamente—. Le prometí que nunca me apartaría de su lado y, aunque no lo hubiera hecho, no podría irme. Mi corazón, mi alma, todo está conectado con Poppy. —Cerré los puños a mis costados—. No puedo irme ahora, cuando más me necesita, y no la dejaré hasta que ella me obligue a hacerlo.
El señor Litchfield suspiró y se pasó la mano por la cara; luego se recargó en el respaldo de la banca.
—Cuando regresaste a Blossom Grove, Rune, te vi una vez y no podía creer cuánto habías cambiado. Me sentí decepcionado —admitió. Sentí que el pecho se me estrechaba por el golpe. Sacudió la cabeza—. Vi el cigarro y tu actitud, y supuse que no te parecías en nada al chico que eras antes, al que amaba a mi hija tanto como ella lo amaba a él. Al chico que, apostaría mi vida en ello, caminaría sobre el fuego por mi hijita. Al ver a la persona que eres ahora, nunca esperaría que la amaras de la manera como ella se merece. —La voz del señor Litchfield se hizo ronca por el dolor. Se aclaró la garganta y continuó—: Luché contra ti. Cuando vi que ustedes volvían a tener una relación, traté de advertirle que se cuidara de ti. Pero siempre han sido como imanes que se atraen una al otro por una fuerza desconocida. —
Soltó una risotada—. La abu de Poppy decía que se encontraron por algún motivo más importante, uno del que nunca sabríamos hasta que se presentara por sí solo. Decía que los grandes amores siempre estaban destinados a estar juntos por algún motivo más importante. —Hizo una pausa y se volteó hacia mí—. Y ahora ya sé —declaró. Me miró directamente a los ojos. El señor Litchfield posó su mano en mi hombro—.
Tenían que estar juntos para que puedas ser la luz que la guíe a través de todo esto. Fuiste creado para ella a la perfección, para hacer que estos momentos fueran especiales para mi niña. Para asegurarte de que sus últimos días estuvieran llenos de cosas que su mamá y yo jamás podríamos darle.
Un dolor me partió en dos y cerré los ojos. Cuando los volví a abrir, el señor Litchfield bajó su mano, pero hizo que siguiera mirándolo.
—Rune, yo estaba en tu contra, pero me daba cuenta de cuánto te amaba Poppy. Simplemente no estaba seguro de que tú también la amaras.
—Sí, la amo —afirmé con voz ronca—. Nunca dejé de amarla.
Él asintió.
—No lo supe hasta el viaje a Nueva York. Yo no quería que fuera. —
Respiró profundamente—. Pero cuando volvió, me di cuenta de que había una nueva paz en su interior. Después me contó lo que hiciste por ella. ¿Lo del Carnegie Hall? —Sacudió la cabeza—. Le diste a mi niña su mayor sueño por la sola razón de que querías que lo alcanzara. Para hacerla feliz…, porque la amabas.
—Ella me da más —contesté e incliné la cabeza—. Sólo con estar con ella, me da diez veces más.
—Rune, si Poppy sale de esta…
—Cuando salga —lo interrumpí—. Cuando Poppy salga de esta.
Levanté la cara para ver al señor Litchfield, que me estaba observando.
—Cuando salga de esta —dijo con un suspiro de esperanza—, no me interpondré en su camino. —Se inclinó hacia adelante para apoyar la cara sobre las manos—. Nunca estuvo bien después de que te fuiste, Rune. Ya sé que para ti fue difícil no tenerla en tu vida y tendría que ser un tonto para no ver que culpas a tu papá de todo esto. De haberte ido. Pero a veces la vida no sale como lo esperas. Yo nunca pensé que fuera a perder a mi hija antes de morir, pero Poppy me enseñó que no puedo estar enojado. Porque, hijo
—me miró directamente a los ojos—, si Poppy no está enojada por tener una vida tan breve, ¿cómo podemos atrevernos a estar enojados por ella?
Miré hacia atrás en silencio. El corazón me latió más rápido cuando oí sus palabras. La mente se me llenó de imágenes de Poppy girando en el bosquecillo, su amplia sonrisa mientras respiraba el aire aromático. Vi la misma sonrisa cuando la recordé bailando en el agua en la playa, con las manos en el aire mientras el sol le besaba la cara.
Poppy era feliz. Incluso con ese diagnóstico, incluso con todo el dolor y la desilusión de su tratamiento, era feliz.
—Me da gusto que hayas regresado, hijo. En palabras de Poppy, estás haciendo que sus últimos días sean «tan especiales como puede serlo algo especial».
El señor Litchfield se levantó. Hizo un movimiento que sólo había visto en Poppy: inclinó la cabeza hacia la puesta del sol y cerró los ojos. Cuando bajó la cabeza de nuevo, caminó hasta la puerta y miró hacia atrás.
—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, Rune. Yo creo que, contigo a su lado, Poppy saldrá de esta. Saldrá de esta sólo para pasar unos días más contigo. Leí eso en su mirada cuando estaba en la cama: todavía
no se irá a ningún lado. Sabes tan bien como yo que, cuando decide algo, hace cualquier cosa por conseguirlo.
Extendí los labios en una pequeña sonrisa. El señor Litchfield me dejó a solas en el jardín. Busqué en mis bolsillos y saqué los cigarros. Cuando iba a encender uno, me detuve. La sonrisa de Poppy llenó mi mente junto con el gesto de desaprobación que hacía con la nariz cada vez que fumaba; me saqué el cigarro de la boca y lo tiré al suelo.
—Basta —dije en voz alta—. Se acabó.
Respiré el aire fresco, me levanté y volví a entrar al hospital. En la sala de espera, la familia de Poppy estaba sentada a un lado y al otro estaban mi mamá, mi papá y Alton. En cuanto mi hermanito me vio, alzó la cabeza y me saludó con la mano. Hice lo que Poppy querría y me senté a su lado.
— Hei, amiguito —dije y casi perdí la cabeza cuando se trepó a mi regazo y entrelazó los brazos alrededor de mi cuello. Sentí que la espalda de Alton temblaba; después alzó la cabeza y vi que sus mejillas estaban húmedas.
—¿ Poppymin está enferma? —Me aclaré la garganta y asentí—. Pero tú estás enamorado de ella —murmuró, y me rompió el corazón. Volví a asentir y apoyé su cabeza en mi pecho—. No quiero que Poppymin se vaya a ningún lado. Ella hizo que me hablaras. Ella hizo que fueras mi mejor amigo y no quiero que vuelvas a estar enojado —resopló.
Sentí cada una de sus palabras como una daga en el corazón. Sin embargo, esas dagas sólo me brindaron luz cuando pensé en que Poppy me guio hasta Alton. Pensé en lo decepcionada que se sentiría si lo volvía a ignorar. Abracé a Alton con más fuerza y murmuré:
—No volveré a ignorarte, amiguito, te lo prometo.
Mi hermanito alzó la cara y se limpió los ojos. Cuando se echó el pelo hacia atrás, no pude evitar sonreír. Él me devolvió la sonrisa y me abrazó.
No me soltó hasta que el médico entró en la sala y nos dijo que podíamos ir a verla de dos en dos.
Los señores Litchfield fueron primero y después fue mi turno. Empujé la puerta y me quedé paralizado.
Poppy estaba en la cama en medio del cuarto. Tenía máquinas a su alrededor. Se me rompió el corazón. Se veía tan frágil, tan tranquila.
Sin una risa ni una sonrisa en el rostro.
Caminé hacia ella y me senté en una silla al lado de la cama. Tomé su mano, me la llevé a los labios y la besé.
No podía soportar el silencio, así que empecé a contarle sobre la primera vez que la besé. Le conté sobre todos los besos que podía recordar desde que teníamos ocho años, cómo se sentían, cómo me hacía sentir ella; sabía que si hubiera podido oírme, le encantaría cada una de las palabras que le decía.
Reviviría cada uno de los besos que para ella eran preciosos.
Los 902 que juntamos hasta entonces.
Y los 98 que aún nos quedaban por reunir.
Cuando despertara.
Porque iba a despertar.
Teníamos que cumplir un juramento.