Mil besos tuyos
Capítulo 12
Las canciones del corazón
y la belleza que encontramos
POPPY
Pensé que ya sabía cómo se sentía una brisa en mi pelo, pero nada se comparaba con la que pasó a través de mis mechones arriba del Empire State Building.
Pensé que me besaron de todos los modos en que se podía besar, pero nada se comparaba con los besos de Rune bajo el castillo de cuento de hadas de Central Park. A su beso en la corona de la Estatua de la Libertad.
En medio de Times Square, donde las luces destellaban mientras la gente pasaba deprisa a nuestro alrededor, como si no quedara más tiempo en el mundo.
La gente siempre se apresuraba, aunque tenía mucho tiempo. Pese a que a mí me quedaba poco, me aseguraba de que todo lo que hacía lo hiciera lentamente. Con mesura, con significado. Me aseguraba de saborear cada nueva experiencia. De respirar profundamente y absorber cada nueva vista, cada nuevo olor y cada sonido.
Simplemente detenerme, respirar y acoger.
Los besos de Rune variaban. Eran suaves y lentos, cariñosos y ligeros como plumas. Eran duros, rápidos y arrebatadores. Los dos tipos me dejaban sin aliento. Los dos tipos llegaron al frasco.
Más besos para coser a mi corazón.
Después de comer un almuerzo tardío en el Stardust Diner, un lugar que decidí que podía ser mi tercer lugar favorito sobre la Tierra, llevé a Rune afuera y dimos vuelta a la esquina.
—¿Ya me toca? —pregunté cuando Rune me tomó del cuello del abrigo y me lo cerró; después revisó su reloj. Lo miré con curiosidad, preguntándome por qué no dejaba de comprobar la hora. Rune vio mi mirada sospechosa y me envolvió con sus brazos.
—Tienes las próximas dos horas. Luego volvemos a mi programación.
Arrugué la nariz por su actitud estricta y saqué la lengua con aire juguetón. Los ojos de Rune resplandecieron de calor cuando lo hice, se inclinó hacia al frente, apretó sus labios contra los míos e inmediatamente acarició mi lengua con la suya. Solté un grito agudo y me agarré a él con fuerza cuando me inclinó hacia atrás antes de romper el beso.
—No me tientes —dijo bromeando, pero aún veía el calor en sus ojos y me dio un vuelco el corazón. Desde que Rune regresó a mi vida, no hacíamos nada más que besarnos. Nos besábamos y hablábamos, y nos abrazábamos de una forma increíblemente apretada. Él nunca me presionó para que fuéramos más lejos, pero conforme pasaban las semanas, empezaba a querer entregarme a él otra vez.
Los recuerdos de la noche que pasamos juntos dos años antes cruzaban mi mente como una proyección. Las escenas eran tan vívidas, tan llenas de amor que se me colapsaban los pulmones. Todavía recordaba su mirada cuando se puso encima de mí; todavía recordaba la manera en que sus ojos veían los míos. La manera en que el calor fluía a través de mí cuando lo sentía, tan cálido, en mis brazos.
Y recordaba su contacto suave sobre mi cara, mi cabello, mis labios. Sin embargo, más que nada recordaba su cara después de hacer el amor. Su incomparable expresión de adoración. La mirada que me dijo que, aunque éramos jóvenes, lo que hicimos nos cambió para siempre.
Nos unió en cuerpo, mente y alma.
Realmente nos hizo infinitos.
Por siempre jamás.
—¿A dónde vamos, Poppymin? —preguntó Rune sacándome de mi fantasía. Apoyó el dorso de la mano en mi mejilla ardiente—. Estás caliente
—dijo con fuerte acento, el sonido perfecto que pasó a través de mí como una brisa fresca.
—Estoy bien —dije con timidez.
Tomé su mano y traté de llevarlo por la calle, pero Rune la retiró y me miró con preocupación.
—Poppy…
—Estoy bien —interrumpí sonriendo para que él supiera que era en serio.
Rune gruñó de desesperación y colgó el brazo de mis hombros, jalándome hacia adelante. Busqué el nombre de la calle y la cuadra para decidir hacia dónde avanzar.
—¿Me vas a decir qué estamos haciendo? —preguntó Rune.
Me aseguré de que íbamos en la dirección correcta y negué con la cabeza. Rune me besó a un lado de la cabeza y después se encendió un cigarro. Mientras él fumaba, aproveché para mirar a mi alrededor. Me encantaba Nueva York. Me encantaba todo: gente ecléctica (artistas, oficinistas, soñadores) entretejidos en el gran patchwork de la vida. Las calles atiborradas, los cláxones y los gritos, el perfecto soundtrack sinfónico de la ciudad que nunca duerme.
Respiré el fresco aroma de la nieve en el aire frío y me abracé al pecho de Rune con más fuerza.
—Esto es lo que habríamos hecho —dije, y sonreí cerrando brevemente los ojos.
—¿Qué? —preguntó Rune, y el olor ahora familiar de su cigarro flotaba entre nosotros.
—Esto —respondí—. Habríamos caminado por Broadway, por la ciudad, para encontrarnos con amigos, ir hacia nuestras escuelas o nuestro departamento. —Le di un golpecito en el brazo que tenía sobre mi hombro
—. Me habrías abrazado justo así y hablaríamos. Me contarías de tu día y yo del mío. —Sonreí por la cotidianidad de la imagen. No necesitaba grandes gestos ni cuentos de hadas; una vida normal con el chico que amaba siempre había sido suficiente.
Incluso en ese momento lo valía todo.
Rune no dijo nada. Ya aprendí que cuando hablaba así, con tanto candor, sobre cosas que nunca iban a ocurrir, a Rune le parecía mejor no decir nada.
Y estaba bien. Comprendía por qué tenía que proteger su corazón casi roto.
Si yo pudiera protegerlo por él, lo habría hecho, pero yo era la causa.
Yo sólo le rogaba a todo lo que era bueno que también pudiera ser el remedio.
—Ya casi llegamos —dije cuando vi el anuncio del viejo edificio.
Rune miró confundido y me dio gusto. No quería que supiera a dónde íbamos. No quería que se enojara por algo que hacía con buena intención.
No quería herirlo obligándolo a ver un futuro que podría ser el suyo.
Llevé a Rune a la izquierda, hacia un edificio. Él arrojó el resto de su cigarro al suelo y me tomó de la mano. Busqué la taquilla y pedí nuestros boletos.
Rune sacó mi mano de mi bolsa cuando traté de pagar y pagó él, aun sin saber dónde estábamos. Me acerqué a besarlo en la mejilla.
—Qué caballero —bromeé y vi que ponía los ojos en blanco.
—No creo que tu papá piense eso de mí.
No pude contener la risa. Mientras me reía libremente, Rune se detuvo y me miró, ofreciéndome su mano. Puse la mía sobre ella y dejé que me jalara hacia él. Su boca cayó justo encima de mi oreja.
—¿Por qué será que cuando te ríes así necesito fotografiarte con desesperación?
Miré hacia arriba y mi risa se desvaneció.
—Porque capturas todos los aspectos de la condición humana: lo bueno, lo malo, la verdad. —Me encogí de hombros y añadí—: Porque a pesar de todo lo que protestas y de que expresas un aura de oscuridad, buscas la felicidad, deseas ser feliz.
—Poppy. —Rune volteó la cara. Como siempre, no quería aceptar la verdad, pero ahí estaba, encerrada en lo profundo de su corazón. Lo único que siempre había querido era ser feliz, solos él y yo.
Por mi parte, yo quería que aprendiera a ser feliz solo, aunque yo iba a caminar a su lado todos los días en su corazón.
—Rune —susurré—. Por favor, ven conmigo.
Él miró mi mano extendida antes de ceder y unir nuestras manos con fuerza. Incluso en ese momento, observaba nuestras manos unidas con un toque de dolor tras sus ojos cautelosos.
Acerqué esas manos a mis labios, besé el dorso de su mano y la llevé a mi mejilla. Rune exhaló por la nariz. Finalmente me jaló bajo la protección de su brazo. Me envolvió por la cintura y lo llevé a través de las puertas dobles para revelar la exposición que había del otro lado.
Nos recibió un espacio vasto y abierto, con fotografías famosas enmarcadas en las paredes altas. Rune se quedó paralizado y alcé la mirada
para ver su reacción sorprendida y apasionada al ver su sueño presentándose ante él. Una exposición de las fotos que forjaron nuestra era.
Las fotografías que habían cambiado el mundo.
Momentos perfectamente capturados en el tiempo.
El pecho de Rune se expandió despacio mientras respiraba profundamente, después exhaló con una calma llena de cautela. Me miró y abrió los labios, pero no salió ningún sonido ni palabra.
Froté su pecho bajo la cámara que tenía colgada del cuello.
—Anoche descubrí que estaba esta exposición y quise que la vieras. Va a estar durante un año, pero quería estar aquí contigo, en este momento.
Quería… compartir esto contigo.
Rune parpadeó con una expresión neutra. La única reacción que demostró fue que apretó la quijada. No estaba segura de si era algo bueno o malo.
Me deslicé de debajo de su brazo y sostuve holgadamente sus dedos.
Consulté la guía y nos dirigí a la primera foto de la exposición. Sonreí cuando vi al marinero que inclinaba hacia atrás a la enfermera para besarla en los labios en medio de Times Square. «Nueva York, 14 de agosto de 1945, V-J Day in Times Square, de Alfred Eisenstaedt», leí. Y sentí la ligereza y la emoción de la celebración a través de la imagen que tenía frente a mí. Sentí que estaba ahí, compartiendo ese momento con todos los que lo presenciaron.
Miré a Rune y vi que estaba estudiando la fotografía. Su expresión no cambió, pero vi que su quijada se relajaba y que inclinaba la cabeza ligeramente a un lado.
Sus dedos se retorcieron entre los míos.
Sonreí otra vez.
No era inmune y, sin importar cuánto se resistiera, eso le encantaba. Me daba cuenta con la misma facilidad con la que, afuera, sentía la nieve que caía sobre mi piel. Lo llevé hacia la segunda foto. Abrí más los ojos mientras asimilaba la dramática vista. Un convoy de tanques avanzaba hacia un hombre que estaba parado justo frente a su camino. Leí la información rápidamente, con el corazón acelerado: «Plaza de Tiananmén, Beijing, 5 de junio de 1989. Esta imagen capturó la protesta de un hombre para detener la represión militar a las marchas contra el Gobierno chino».
Me acerqué más a la fotografía y tragué saliva.
—Qué triste. —Rune asintió.
Cada fotografía evocaba una emoción diferente. Al mirar esos momentos capturados comprendí verdaderamente por qué a Rune le encantaba tomar fotos. La exposición demostraba cómo capturar estas imágenes impactó a la sociedad. Mostraban a la humanidad en sus mejores momentos y en los peores. Subrayaban la vida en toda su desnudez, en su forma más pura.
Cuando nos detuvimos ante la siguiente fotografía, desvié la mirada de inmediato; era incapaz de mirarla de manera plena: un buitre se cernía sobre un niño famélico, esperando pacientemente. Enseguida, la imagen me hizo sentir llena de tristeza. Me alejé, pero Rune se acercó a ella. Levanté la cabeza con rapidez y lo vi estudiar cada parte de la fotografía. Vi que sus ojos llameaban y las manos se aferraban a sus costados.
Su pasión se abría camino.
Por fin.
—Esta fotografía es una de las más controvertidas que se hayan tomado
—me informó en voz baja, aún concentrado en la imagen—. El fotógrafo estaba haciendo un reportaje del hambre en África. Cuando estaba tomando fotos, vio a este niño que buscaba ayuda y al buitre, que presentía la muerte.
—Respiró—. Esta foto mostraba, en una imagen, la extensión del hambre más que todos los reportajes que se escribieron antes. —Rune me miró—.
Hizo que la gente prestara atención. —Señaló al niño hincado sobre la tierra
—. Gracias a esta fotografía, aumentó la ayuda y la prensa se interesó más por la lucha de la gente. —Respiró profundamente—. Les cambió el mundo.
No quería dejar pasar el impulso, así que caminamos hacia la siguiente fotografía.
—¿Sabes de qué se trata esta?
Me costó trabajo ver la mayoría de las fotos. La mayor parte eran de dolor, de sufrimiento. Sin embargo, para un fotógrafo, aunque fueran gráficas y oprimieran el corazón, tenían cierto tipo de gracia poética.
Contenían un mensaje profundo e infinito, todo capturado en un solo cuadro.
—Era una protesta en la guerra de Vietnam. Un monje budista se prendió fuego. —Rune inclinó la cabeza para estudiar los ángulos—. Nunca se quejó. Tomó el dolor para declarar que debíamos alcanzar la paz.
Conforme pasó el día, Rune me explicó casi todas las fotografías.
Cuando llegamos a la toma final, era una fotografía en blanco y negro de
una mujer joven. Era una foto antigua: su cabello y maquillaje parecían de los años sesenta. En la foto, parecía tener alrededor de veinte años y sonreía.
Miré a Rune y se encogió de hombros, indicándome que él tampoco conocía la fotografía. El título decía simplemente «Esther». Busqué información en la guía y de inmediato se me llenaron los ojos de lágrimas cuando leí la descripción. Cuando leí por qué estaba ahí la fotografía.
—¿Qué? —me preguntó Rune con preocupación.
—«Esther Rubenstein. Difunta mujer del patrocinador de la exposición»
—Parpadeé y terminé—: «Murió a los veintiséis años, de cáncer». —Me tragué la emoción, que hizo un nudo en mi garganta, y me acerqué más al retrato—. «Su esposo, que nunca volvió a casarse, la puso en la exhibición». Él tomó la foto y la puso en la exposición. Dice que aunque esta foto nunca cambió el mundo, Esther cambió el suyo.
Unas lágrimas me escurrieron por las mejillas lentamente. El sentimiento era hermoso; el honor, impresionante.
Me limpié las lágrimas y miré a Rune, que le daba la espalda a la foto.
El alma se me cayó a los pies. Me puse frente a él, que tenía la cabeza agachada hacia abajo. Le quité el pelo de la cara y la expresión de congoja que encontré me partió en dos.
—¿Por qué me trajiste aquí? —me preguntó con un nudo en la garganta.
—Porque esto es lo que amas. —Hice un gesto señalando la sala—.
Rune, estamos en NYU Tisch, donde querías estudiar. Quería que vieras lo que puedes lograr algún día. Quería que vieras lo que aún puede haber en tu futuro.
Rune cerró los ojos. Cuando los abrió, vio que reprimía un bostezo.
—Estás cansada.
—Estoy bien —respondí, quería abordar ese tema ahora. Pero sí estaba cansada y no estaba segura de que pudiera hacer mucho más sin descansar.
—Vamos a descansar antes de la noche —dijo entrelazando sus dedos con los míos.
—Rune —traté de discutir, de hablar más de eso, pero él se dio la vuelta.
— Poppymin, por favor. Ya no más. —Oí el esfuerzo en su voz—. Nueva York era nuestro sueño. No hay Nueva York sin ti, así que, por favor… —
Se calló y dijo en voz baja—: Basta.
No quería verlo tan triste, así que asentí. Me besó en la frente con suavidad. Me sentí agradecida.
Nos fuimos de la exposición y Rune paró un taxi. En unos minutos estábamos camino al hotel. En cuanto entramos a la suite, Rune se acostó conmigo en brazos.
No habló mientras me dormía. Me dormí con la imagen de Esther en la mente, preguntándome cómo se recuperó él cuando ella volvió a su verdadera casa.
Preguntándome si llegó a recuperarse por completo alguna vez.
— Poppymin? —susurró Rune, sacándome del sueño. Parpadeé en la oscuridad de la habitación y sentí que él me acariciaba la cara con un dedo
—. Hola, nena —dijo con suavidad cuando me di la vuelta para mirarlo.
Extendí una mano para encender la lámpara y cuando la luz parpadeó me concentré en Rune.
Una sonrisa se extendió por mis labios. Llevaba una playera negra ceñida bajo un saco café, unos jeans negros ajustados y sus habituales botas negras de piel. Me agarré a las solapas de su saco.
—Te ves muy guapo, amor.
Rune sonrió a medias. Se inclinó hacia adelante y suavemente tomó mi boca con la suya. Cuando se separó, me di cuenta de que su pelo estaba recién lavado y secado; a diferencia de todos los días, se lo cepilló, y sus mechones dorados se sentían sedosos entre mis dedos.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó. Estiré mis brazos y mis piernas.
—Un poco cansada y adolorida por tanto caminar, pero bien.
Rune arrugó la frente por la preocupación.
—¿Estás segura? No tenemos que ir si no te sientes con ganas.
Me removí más sobre mi almohada y me detuve a un centímetro de su cara.
—Nada podría evitar que vaya hoy. —Pasé las manos por su saco café claro—. Sobre todo si estás todo engalanado. No tengo ni idea de qué tienes planeado, pero si te sacó de tu chamarra de cuero, ha de ser algo muy especial.
—Eso creo —respondió Rune después de una pausa cargada de significado.
—Entonces, definitivamente estoy bien —dije con confianza, permitiéndole que me ayudara a sentarme; esa simple tarea a veces era demasiado difícil. Rune seguía hincado y buscó mi cara.
—Te amo, Poppymin.
—Yo también te amo, corazón —contesté. Mientras me levantaba con la ayuda de Rune, no pude evitar sonrojarme. Se ponía más guapo cada día, pero esa apariencia hacía que el corazón me galopara en el pecho.
—¿Qué me pongo? —le pregunté a Rune. Me llevó a la sala de la suite.
Una mujer estaba parada en medio de la habitación, rodeada por equipo para arreglar el cabello y maquillaje. Me quedé sorprendida y miré a Rune, que se quitó el pelo de la cara con nerviosismo.
—Tu tía organizó todo para que te vieras perfecta. —Se encogió de hombros—. Aunque de cualquier modo eres perfecta. —La mujer de la habitación me saludó y dio unas palmaditas en el asiento que tenía delante.
Rune alzó mi mano y le dio un beso—. Ve, nos tenemos que ir en una hora.
—¿Qué me pongo? —pregunté sin aliento.
—Ya organizamos eso también. —Rune me acompañó a la silla y me senté después de hacer una breve pausa para presentarme con la estilista.
Rune se acomodó en el sillón que estaba al otro lado de la sala. Me llenó de felicidad que sacara su cámara de su bolsa, que estaba sobre la mesita. Vi que se llevaba la cámara al ojo cuando Jayne, la estilista, empezó a trabajar con mi cabello y, durante los siguientes cuarenta minutos, capturó todo momento. Yo no podía estar más feliz ni aunque lo intentara.
Jayne se inclinó a revisar mi cara, dio un toque final a mi mejilla con una brocha, se retiró y sonrió.
—Listo, niña. Ya estás. —Se alejó y empezó a guardar sus cosas.
Cuando terminó, me besó en la mejilla—. Que tengas buenas noches, señorita.
—Gracias —respondí y la acompañé a la puerta.
Cuando me di la vuelta, Rune estaba parado enfrente de mí. Levantó la mano hacia mi cabello, recién rizado.
— Poppymin, te ves hermosa —dijo con voz ronca.
—¿Sí? —pregunté agachando la cabeza.
Rune levantó la cámara y apretó el botón. Volvió a bajarla y asintió.
—Perfecta.
Buscó mi mano y me condujo a través de la habitación. Sobre la puerta había un vestido negro de cintura imperio y sobre la alfombra afelpada había unos zapatos de tacón bajo.
—Rune —murmuré mientras pasaba la mano sobre la suave tela—. Es tan bello.
Rune descolgó el vestido y lo puso sobre la cama.
—Vístete, nena, ahora nos tenemos que ir.
Asentí, aún sorprendida. Rune salió de la habitación y cerró la puerta.
Unos minutos después, me vestí y me puse los zapatos. Fui hacia el espejo del baño y me sorprendí al ver a la chica que me devolvía la mirada. Tenía el cabello rizado y ni siquiera un pelo estaba fuera de lugar. Mi maquillaje exhibía unos smokey eyes y, lo mejor de todo, mis aretes de infinito brillaban como nuevos. Alguien tocó la puerta.
—Pasa —grité sin poder desprenderme de mi reflejo.
Rune entró detrás de mí y se me derritió el corazón cuando vi su reacción en el espejo: la mirada extasiada en su guapo rostro.
Puso las manos sobre mis brazos, se inclinó y con una mano me apartó el pelo para darme un beso justo debajo de la oreja. Me quedé sin aliento ante su contacto mientras lo miraba directamente a los ojos a través del espejo.
Mi vestido negro caía ligeramente al frente, mostrando mi pecho y cuello, y tenía unos tirantes amplios al borde de los hombros. Rune me besó en el cuello antes de poner la mano en mi barbilla para llevar mi boca a la suya. Sus labios cálidos se derritieron contra los míos y suspiré, de pura felicidad, en su boca.
Rune se estiró sobre el mueble del espejo para alcanzar mi moño blanco y ponérmelo en el pelo.
—Ahora estás perfecta, ahora eres mi Poppy —afirmó con una sonrisa tímida.
El estómago me dio un vuelco por lo ronco de su voz, y después se me giró por completo cuando me tomó de la mano y me sacó del baño. En la habitación nos esperaba un abrigo y me lo extendió como un verdadero caballero para ponerlo sobre mis hombros.
—¿Estás lista? —me preguntó después de darme la vuelta hacia él.
Asentí y dejé que me llevara al elevador y luego afuera. Una limusina nos estaba esperando; un chofer vestido elegantemente nos abrió la puerta para que entráramos. Volteé hacia Rune para preguntarle cómo planeó todo, pero antes de que pudiera, respondió:
—DeeDee.
El chofer cerró la puerta y yo me aferré a las manos de Rune mientras recorríamos las calles abarrotadas. Por la ventana, vi cómo pasaba Manhattan hasta que nos detuvimos.
Vi el edificio antes de que nos bajáramos de la limusina y el corazón me latió con fuerza por la emoción. Quise apoyar la cabeza en Rune, pero él ya se había bajado. Apareció en mi puerta, que abrió con la mano extendida para ayudarme a bajar. Salí a la calle y miré el enorme edificio que teníamos ante nosotros.
—Rune —murmuré—. El Carnegie Hall. —Me tapé la boca con la mano. Él cerró la puerta y la limusina se fue.
—Ven conmigo —dijo jalándome hacia él.
Mientras caminábamos hacia la entrada, traté de leer todos los letreros para obtener información de lo que íbamos a ver, pero sin importar cuánto buscara, no supe quién se presentaba esa noche.
Rune empujó las puertas y un hombre nos recibió adentro y nos señaló a dónde ir. Rune me guio hacia adelante hasta que pasamos el recibidor y entramos en el auditorio principal. Si ya antes estaba sin aliento, no fue nada en comparación con lo que sentí en ese momento: estaba parada en la sala que era mi sueño desde que era niña.
Cuando asimilé el vasto espacio —los balcones dorados, el terciopelo rojo de las sillas y las alfombras—, fruncí el ceño al ver que estábamos completamente solos. No había público. No había orquesta.
—¿Rune?
Rune se meció con nerviosismo sobre los pies y señaló al escenario.
Seguí su mano: en el centro del escenario había una sola silla y un violonchelo a su lado, con el arco encima.
Traté de descifrar lo que veía, pero no podía comprenderlo. Era el Carnegie Hall, una de las salas de conciertos más famosas de todo el mundo.
Sin una palabra, Rune me llevó por el pasillo hacia el escenario y se detuvo ante una escalera colocada ahí temporalmente. Me di la vuelta para verlo y Rune encontró mi mirada.
— Poppymin, si las cosas hubieran sido diferentes… —Le faltó el aire, pero se compuso lo suficiente para continuar—: Si las cosas hubieran sido diferentes, algún día habrías tocado aquí como profesional. Habrías tocado aquí como parte de una orquesta, la orquesta de la que siempre soñaste formar parte. —Me apretó la mano—. Habrías tocado el solo que siempre quisiste interpretar en este escenario. —Derramó una lágrima—. Sin embargo, como no podrá ocurrir, como la vida es tan injusta…, quiero que tengas esto. Que sepas cómo se habría sentido este sueño. Quería que vivieras tu oportunidad bajo los reflectores. Unos reflectores que, en mi opinión, no sólo te mereces como la persona que más amo en todo el mundo, sino como la mejor violonchelista. La intérprete más talentosa.
Me empecé a dar cuenta de lo que pasaba. La magnitud de lo que estaba haciendo por mí empezó a asentarse en mi mente, hasta que se depositó poco a poco en mi corazón expuesto. Cuando sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas, me acerqué más a él y puse las manos sobre su pecho.
Parpadeé y traté de quitarme las lágrimas de los ojos.
—Tú… ¿Cómo lo…, cómo lo hiciste? —traté de preguntar, incapaz de contener las emociones.
Rune me jaló hacia adelante y me llevó por las escaleras hasta que me paré sobre el escenario que era la mayor ambición de mi vida. Rune me apretó la mano, como sustitución de las palabras.
—Esta noche el escenario es tuyo, Poppymin. Perdón por ser el único testigo de tu presentación, pero quería que cumplieras este sueño, quería que tocaras en esta sala, quería que tu música llenara este auditorio y que tu legado quedara impreso en estas paredes. —Se acercó más a mí, puso las manos en mis mejillas y me limpió las lágrimas con las yemas de los pulgares—. Te lo mereces, Poppy. Ojalá hubieras tenido más tiempo para cumplir este sueño, pero…, pero… —murmuró apoyando su frente en la mía.
Tomé sus muñecas con mis manos mientras trataba de terminar la frase.
Cerré los ojos para alejar las últimas lágrimas.
—No hables —lo acallé, y alcé su muñeca para darle un beso sobre el pulso acelerado. La puse sobre mi pecho y continué—: Está bien, amor. —
Respiré y sonreí con lágrimas en los ojos. El aroma de la madera me llenó la nariz. Si cerraba los ojos lo suficientemente fuerte, sentía que podía oír el eco de todos los músicos que pisaron el escenario de madera, los maestros que honraron esa sala con su pasión y genio.
—Ahora estamos aquí —concluí, y di un paso atrás. Abrí los ojos y observé el auditorio desde mi posición privilegiada. Me lo imaginé lleno de gente ataviada para un concierto, hombres y mujeres que amaban sentir la música en sus corazones. Sonreí al ver la imagen de manera tan vibrante en mi mente.
Cuando volví a mirar al chico que arregló ese momento para mí, me quedé sin palabras: no tenía manera de expresar con precisión lo que ese gesto le hacía a mi alma, el regalo que Rune me dio de un modo tan puro y dulce…, mi mayor sueño hecho realidad.
Así que no dije nada. No podía.
En cambio, solté sus muñecas y avancé hacia el asiento solitario que me esperaba. Pasé la mano por la piel negra, sintiendo su textura con mis dedos. Caminé hacia el violonchelo, el instrumento que siempre sentí como una extensión de mi cuerpo. Un instrumento que me llenaba de una alegría que no se puede explicar hasta que se siente. Una alegría total cargada de una forma superior de paz, de tranquilidad, de serenidad, un amor delicado como ningún otro.
Me desabotoné el abrigo y lo deslicé por mis brazos; unas manos conocidas lo levantaron y rozaron suavemente mi piel. Volteé la mirada hacia Rune, que besó mi hombro en silencio antes de salir del escenario.
No vi en donde se sentó porque justo cuando se fue del escenario, la luz que estaba sobre mi asiento pasó de un brillo tenue a un potente resplandor.
La iluminación de la sala se apagó y observé la silla resplandenciente bajo la luz con una mezcla de nerviosismo y emoción.
Di un paso al frente y los tacones de mis zapatos produjeron un eco que rebotó contra las paredes. El sonido sacudió mis huesos e incendió mis músculos debilitados, insuflándoles vida.
Me incliné, alcé el violonchelo y sentí su mástil en mi mano. Sostuve el arco en la mano derecha: la delgada madera cabía perfectamente entre mis dedos.
Me senté sobre la silla e incliné el violonchelo para colocar la pica a la altura perfecta. Enderecé el instrumento, el violonchelo más hermoso que hubiera visto, cerré los ojos y llevé las manos a las cuerdas; las jalé de una en una para revisar que estuviera afinado.
Por supuesto, estaba perfecto.
Me moví hacia el borde del asiento y planté los pies sobre el piso de madera hasta que me sentí lista y preparada.
Después me permití alzar la vista. Levanté la barbilla hacia la luz como si fuera el sol. Respiré profundamente, cerré los ojos y puse el arco sobre las cuerdas.
Y toqué.
Las primeras notas del Preludio de Bach fluyeron desde mi arco hasta la cuerda y la sala, elevándose para llenar la enorme habitación con unos sonidos divinos. Me balanceé mientras la música me tomaba entre sus brazos, derramándose desde mi cuerpo, exponiendo mi alma a los oídos de todos.
Y es que en mi cabeza la sala estaba llena. Todos los asientos estaban ocupados por aficionados que me oían tocar. Escuchaban la música, que exigía ser escuchada. Toqué unas melodías que no habrían dejado un solo ojo seco en la sala. Transmití tal pasión que todos los corazones se habrían llenado de emoción y todos los espíritus se habrían conmovido.
Sonreí bajo el calor de la luz, que me entibiaba los músculos y extinguía mi dolor. La pieza terminó y empezó otra. Toqué y toqué hasta que pasó tanto tiempo que me empezaron a doler los dedos.
Alcé el arco y un enorme silencio inundó la sala. Dejé que una lágrima cayera mientras pensaba qué tocar a continuación. Ya sabía qué tocaría después, qué tenía que tocar.
La única pieza que soñaba con tocar en ese prestigioso escenario. La única pieza que le hablaba a mi alma como ninguna otra. La única pieza que seguiría presente ahí después de que me fuera. La única que podía tocar como despedida de mi pasión. Después de escuchar su eco perfecto en esa magnífica sala, no iba a poder tocarla de nuevo. Para mí, se terminaría el violonchelo.
Tenía que ser ahí donde dejara esa parte de mi corazón, donde diría adiós a la pasión que me mantuvo fuerte, que me salvó cuando estaba más perdida y sola.
Sería ahí donde las notas quedarían danzando en el aire hasta el infinito.
Sentí un temblor en las manos durante la pausa antes de comenzar. Sentí que las lágrimas fluían, gruesas y rápidas, pero no eran de tristeza. Eran para dos grandes amigas, la música y la vida que la creaba, diciéndose una a la otra que tenían que separarse, pero que un día, algún día, volverían a estar juntas.
Para incluirme entre ellas, puse el arco sobre las cuerdas y dejé que comenzara El cisne, de El carnaval de los animales. Cuando mis manos,
ahora firmes, empezaron a crear la música que tanto adoraba, sentí un nudo en la garganta. Cada nota era el susurro de una oración, y cada crescendo era un himno que cantaba en voz alta al Dios que me dio este don. Que me dio el regalo de tocar música, de sentirla en mi alma.
Y esas notas eran mi agradecimiento al instrumento por permitirme tocar su gloria con tanta gracia.
Por permitirme amarlo tanto que se convirtió en parte de quien yo era: en el tejido mismo de mi ser.
Y, finalmente, cuando los delicados compases de la pieza fluyeron de un modo tan suave a través de la sala, señalaron mi gratitud eterna con el chico que estaba sentado en silencio en la oscuridad. El chico tan dotado para la fotografía como yo para la música. Él era mi corazón, el corazón que me ofreció libremente desde niña. El corazón que conformaba la mitad del mío.
El chico que, aunque estuviera quebrándose por dentro, me amaba tan profundamente que me daba su despedida, que me daba, en el presente, el sueño que mi futuro jamás podría cumplir.
Mi alma gemela que capturaba momentos.
La mano me tembló cuando toqué la nota final y mis lágrimas se estrellaron contra la madera. Dejé la mano en el aire; el final de la pieza se suspendió hasta que el eco de la última nota murmurada flotó hacia los cielos para ocupar su lugar entre las estrellas.
Hice una pausa, asumiendo la despedida.
Después me levanté lo más rápidamente posible y sonriendo, me imaginé al público y sus aplausos. Agaché la cabeza y bajé el violonchelo al piso del escenario, donde lo dejé con el arco encima, como lo encontré.
Incliné la cabeza hacia atrás por última vez, hacia el túnel de luz que caía desde arriba, y me paré en la sombra. Mis tacones crearon una percusión sorda mientras bajaba del escenario. Cuando llegué al último escalón, las luces se encendieron y esparcieron los restos del sueño.
Respiré profundamente mientras pasaba la vista por las sillas rojas vacías y después eché una mirada hacia atrás, hacia el violonchelo, que seguía sobre el escenario, esperando con paciencia que el próximo músico joven lo bendijera con su gracia.
Estaba listo.
Rune se levantó de su asiento lentamente. El estómago se me encogió cuando vi sus mejillas enrojecidas por la emoción, pero el corazón me latió
con una fuerza que necesitaba mucho cuando vi la expresión de su hermosa cara.
Me entendía: entendía mi verdad.
Comprendía que era la última vez que iba a tocar. Y yo me daba cuenta con claridad absoluta de la mezcla de dolor y orgullo en sus ojos.
Cuando llegó a mi lado, Rune no tocó las marcas de lágrimas de mis mejillas, así como yo dejé las suyas. Cerrando los ojos, Rune tomó mi boca en un beso. Y en ese beso sentí la efusión de su amor. Sentí un amor que, a los diecisiete, me hacía sentir bendecida por recibirlo.
Un amor sin límites.
El tipo de amor que inspira la música que dura a lo largo de los tiempos.
Un amor que debía sentirse, considerarse y atesorarse.
Cuando Rune se separó y me miró a los ojos, supe que iba a escribir ese beso en un corazón de papel rosa con más devoción que cualquiera de los que había escrito antes.
El beso 819 era el beso que lo cambiaba todo. El beso que demostraba que un chico taciturno de pelo largo de Noruega y una chica rara del sur de Estados Unidos podían hallar un amor que rivalizaba con los más grandes.
Mostraba que el amor era simplemente la tenacidad para asegurarse de que la otra mitad de tu corazón supiera que él, o ella, era adorado de todas las formas posibles. Cada minuto de cada día. Que el amor era la ternura en su forma más pura.
—Ahora mismo no tengo palabras… —murmuró Rune después de respirar profundamente—, en ninguna de las lenguas que conozco.
Como respuesta, le sonreí débilmente porque tampoco tenía palabras.
Ese silencio era la perfección; mucho mejor que las palabras.
Tomé la mano de Rune y lo guie por el pasillo hasta el vestíbulo. La ráfaga fría del viento del febrero neoyorquino fue un alivio bienvenido tras el calor del interior del edificio. Nuestra limusina nos estaba esperando junto a la banqueta; seguramente Rune llamó al conductor.
Nos deslizamos en el asiento trasero. El chofer se introdujo en el tráfico y Rune me jaló hacia él. Me dejé caer a su lado, respirando el aroma fresco de su suéter. Con cada vuelta que daba el conductor, se me aceleraba el pulso. Cuando llegamos al hotel, tomé a Rune de la mano y entramos.
No dijimos una sola palabra en el camino, no hicimos un solo sonido mientras el elevador llegaba al último piso. El ruido de la tarjeta para abrir
la cerradura electrónica resonó como un trueno en el pasillo silencioso. Abrí la puerta y mis pasos repicaron sobre el suelo de madera; entré a la sala.
Sin detenerme, caminé hacia la puerta de la recámara y sólo miré hacia atrás para asegurarme de que Rune me seguía. Se detuvo en la puerta y me observó.
Nuestras miradas se encontraron; lo necesitaba más que al aire, así que alcé la mano hacia él despacio. Lo deseaba. Lo necesitaba.
Tenía que amarlo.
Vi que Rune respiraba profundamente y después caminaba hacia mí.
Avanzó con cautela hasta donde lo estaba esperando. Deslizó su mano en la mía y su contacto lanzó chispas de luz y amor por mi cuerpo.
Los ojos de Rune estaban tan oscuros que parecían negros: tenía las pupilas tan dilatadas que casi ocupaban todo el espacio azul. Su necesidad era tan fuerte como la mía; su amor era verdadero, y su confianza, total.
Una calma me inundó como un río. Lo dejé entrar, guie a Rune hacia la habitación y cerré la puerta. A nuestro alrededor, la atmósfera se hizo más densa. Los ojos intensos y atentos de Rune miraban cada uno de mis movimientos.
Sabía que tenía su atención absoluta, así que solté su mano y di un paso atrás. Alcé mis dedos temblorosos y empecé a desabrocharme los botones del abrigo; nuestras miradas no se separaron ni un segundo mientras lo abría y lo dejaba caer lentamente en el suelo.
Rune apretó la quijada mientras me veía y abría y cerraba los dedos a los costados.
Me quité los zapatos y mis pies desnudos se hundieron en la alfombra mullida. Respiré para darme fuerza y atravesé la alfombra hasta donde Rune estaba esperándome. Cuando me detuve frente a él, alcé los ojos con los párpados pesados por la arremetida de sentimientos que tenía en mi interior.
El pecho amplio de Rune subía y bajaba, y la playera blanca ceñida que llevaba bajo el saco exhibió su musculoso pecho, que se marcaba debajo.
Sentí que me sonrojaba y apoyé las manos sobre él con suavidad. Rune se quedó quieto cuando lo toqué. Después, mirándolo fijamente a los ojos, deslicé mis manos por sus hombros liberándolo del saco, que cayó en el piso a sus pies.
Respiré tres veces para controlar los nervios que, de repente, empezaron a recorrerme. Rune no se movió, se quedó perfectamente quieto, dejando que lo explorara; pasé mi mano por su estómago, por su brazo y tomé su
mano. Me llevé nuestras manos unidas a la boca y besé nuestros dedos entrelazados, un movimiento que era familiar para ambos.
—Así es como deberían estar siempre —murmuré, mirando nuestros dedos unidos. Rune tragó saliva y asintió. Di un paso atrás y luego otro, llevándonos hasta la cama. El edredón estaba puesto, lo acomodó la recamarera. Cuanto más me acercaba a la cama, más se tranquilizaban mis nervios y sentía más paz dentro de mí. Porque estaba bien. Nada, nadie, podía decirme que era incorrecto.
Hice una pausa antes de llegar al borde de la cama y solté nuestras manos. Guiada por el deseo, tomé el dobladillo de la playera de Rune y, despacio, se la saqué por encima de los hombros. Rune me ayudó y tiró la playera al suelo; se quedó de pie con el torso desnudo.
Rune dormía así todas las noches, pero había algo diferente en la estática cargada de la atmósfera y en la manera en que me hizo sentir con la sorpresa de esa noche.
Era diferente.
Era conmovedor.
Pero éramos nosotros.
Alcé las manos, puse las palmas contra su piel y pasé los dedos por las cimas y los valles de su abdomen. La piel de Rune vibró con el contacto de mis manos y su respiración acelerada silbó entre sus labios ligeramente abiertos.
Mientras mis dedos exploraban su amplio pecho, me incliné hacia él y apreté los labios sobre su corazón. Estaba acelerado como las alas de un colibrí.
—Eres perfecto, Rune Kristiansen —susurré.
Rune pasó los dedos por mi cabello y me alzó la cabeza. Mantuve los ojos bajos hasta el último segundo, cuando finalmente alcé la mirada y me encontré con la suya, de un azul transparente. Sus ojos brillaban. Abrió sus labios gruesos y murmuró:
— Jeg elsker deg.
Me amaba.
Asentí para mostrarle que lo oí, pero me quedé sin voz durante un momento por lo precioso que me resultaba que me tocara. Di un paso atrás, Rune seguía todos mis movimientos.
Eso quería.
Alcé una mano hacia el tirante de un hombro, controlé mis nervios y lo deslicé hacia abajo por mi brazo. La respiración de Rune se turbó cuando liberé el otro tirante y mi vestido de seda formó un lago a mis pies. Obligué a mis brazos a permanecer a mis costados, exponiendo la mayor parte de mi cuerpo al chico al que amaba más que a nada en el mundo.
Estaba desnuda, mostrando las cicatrices que acumulé en el curso de dos años. Le estaba mostrando todo mi ser: a la chica que siempre conoció y las cicatrices de batalla de mi lucha incesante.
La mirada de Rune bajó para pasearse por mi cuerpo, pero no mostró disgusto alguno en los ojos. En ellos, sólo vi la pureza de su amor brillando.
Sólo veía deseo, necesidad y, sobre todo… su corazón expuesto por completo.
Sólo para mis ojos.
Como siempre.
Rune se acercó más y más, hasta que su cálido pecho quedó apretado contra el mío. Con un toque tan ligero como el de una pluma, puso mi cabello detrás de mi oreja y vagó con los dedos por mi cuello desnudo hasta mi costado.
Parpadeé ante la sensación y unos escalofríos me recorrieron la columna. El aroma mentolado del aliento de Rune me llenó la nariz cuando se inclinó hacia adelante y acarició mi cuello con sus labios, esparciendo delicados besos por mi piel expuesta. Me agarré a sus hombros y me ancló al piso.
— Poppymin —murmuró Rune con voz ronca cuando su boca pasó por mi oreja. Respiré profundamente.
—Hazme el amor, Rune —susurré.
Rune se quedó quieto un momento, después se movió para que su cara quedara sobre la mía y me miró a los ojos brevemente antes de poner sus labios sobre los míos. Ese beso fue tan dulce como esa noche, tan suave como su roce. Ese beso fue diferente, era la promesa de lo que estaba por venir, el juramento de Rune de ser sutil…, su juramento de amarme tanto como yo lo amaba.
Rune apoyó sus manos en mi nuca mientras su boca se movía en la mía.
Después, cuando me quedé sin aliento, las bajó a mi cintura y me subió lentamente a la cama.
Mi espalda cayó sobre la suavidad del colchón y observé desde el centro de la cama cómo Rune se quitaba el resto de la ropa sin apartar la mirada de
la mía ni por un momento; después se arrastró por la cama para acostarse a mi lado.
La intensidad del apuesto rostro de Rune me derritió, hacía que mi corazón marchara a ritmo de staccato. Me giré de lado para verlo y pasé las manos por sus mejillas.
—Yo también te amo —murmuré.
Él cerró los ojos como si necesitara escuchar esas palabras más que respirar. Se movió sobre mí y tomó mi boca con la suya. Recorrí los fuertes músculos de su espalda con los dedos y los entrelacé con su cabello largo.
Rune recorrió mis flancos con las manos, me liberó del resto de mi ropa y la tiró al suelo.
Ya no podía respirar cuando Rune se cernía sobre mí, me quedé sin aliento cuando me miró a los ojos.
—¿Estás segura, Poppymin? —me preguntó.
—Más que nunca en mi vida —contesté, incapaz de reprimir una sonrisa.
Cerré los ojos mientras Rune me besaba y exploraba mi cuerpo con las manos: todas las partes que una vez le resultaron familiares. Y yo hice lo mismo. A cada roce, con cada beso, mis nervios se disolvieron hasta que fuimos Poppy y Rune; no había principio ni final para nosotros.
El aire se volvió denso y cálido conforme nos besábamos y explorábamos, hasta que finalmente Rune se movió sobre mí. No rompió el contacto visual ni una vez, me hizo suya de nuevo.
Mi cuerpo se llenó de vida y de luz cuando nos convertimos en uno. Mi corazón se llenó de tanto amor que temí que no pudiera contener toda la felicidad que fluía en mi interior.
Lo abracé mientras caíamos de regreso a la tierra, sosteniéndolo con fuerza entre mis brazos. La cabeza de Rune se apoyó en el hueco de mi cuello y su piel era brillante y cálida.
Dejé los ojos cerrados, no quería apartarme de ese momento. De un momento perfecto. Por fin, Rune levantó la cabeza y cuando vi la expresión vulnerable de su cara, lo besé con dulzura. Con tanta como con la que él me tomó. Con la dulzura con la que manejaba mi frágil corazón.
Acunó mi cabeza en sus brazos, manteniéndome a salvo.
—Beso 820. Con mi Rune, el día más increíble de mi vida, después de que hicimos el amor…, casi me estalla el corazón —murmuré cuando terminamos de besarnos y encontré su amorosa mirada.
La respiración de Rune se le quedó en la garganta. Con un breve beso final, giró a mi lado y me envolvió en sus brazos.
Se me cerraron los ojos y me sumergí en un sueño ligero, tanto que sentí que Rune me besaba suavemente la cabeza y salía de la cama. Cuando escuché que la puerta de la habitación se cerraba, parpadeé en la oscuridad y escuché el sonido de la puerta de la terraza abriéndose.
Empujé el edredón a un lado, me puse la bata que estaba colgada detrás de la puerta y las pantuflas acomodadas en el piso. Mientras caminaba por la habitación, sonreí porque aún sentía el aroma de Rune en mi piel.
Entré en la sala y me dirigí hacia la puerta, pero me detuve de inmediato: por la amplia ventana vi a Rune en el piso, sentado sobre las rodillas, derrumbándose.
Sentí físicamente que el corazón se me desgarraba cuando lo vi afuera, en el frío de la noche, usando sólo sus jeans. Las lágrimas escurrían de sus ojos mientras su espalda se estremecía de dolor.
Las lágrimas me nublaron la vista mientras lo observaba, a mi Rune, tan quebrado y solo, bajo la nieve, que caía ligeramente.
—Rune. Cariño — murmuré para mí misma obligando a mis pies a avanzar hasta la puerta; giré la perilla y le ordené a mi corazón que se protegiera del dolor que esa escena le causaba.
Mis pies hicieron crujir la delgada capa de nieve que había en el piso.
Me pareció que Rune no me escuchó, pero yo lo escuchaba, oía su respiración descontrolada. Lo peor era oír sus sollozos desgarrados. Oía el dolor que lo abrumaba. Veía la manera en que se inclinaba hacia adelante, con las palmas apoyadas en el piso.
Sin poder contener el llanto, fui hacia él y lo envolví con mis brazos. Su piel desnuda se sentía helada al contacto. Al parecer sin notar el frío, Rune se desplomó sobre mi regazo, su torso amplio y largo buscó el consuelo de mis brazos.
Y se quebró. Rune se quebró por completo: ríos de lágrimas fluyeron por sus mejillas, su aliento ronco se convertía en nubes de humo blanco cuando salía al aire helado.
Me mecía hacia adelante y hacia atrás, mientras yo lo abrazaba con fuerza.
—Calma —lo consolé haciendo mi mayor esfuerzo para respirar pese a mi dolor. Pese al dolor de ver al chico al que amaba derrumbándose. Pese al
dolor de saber que moriría pronto, aunque deseaba resistir el llamado de mi verdadero hogar con todo mi corazón.
Estaba resignada a que mi vida se terminara. Ahora quería quedarme con Rune, por Rune, incluso con la certeza de que era inútil.
No tenía control sobre mi destino.
—Rune —murmuré; mis lágrimas se perdían en los largos mechones de su cabello, que caían sobre mi regazo. Rune levantó la mirada con una expresión devastada.
—¿Por qué? ¿Por qué tengo que perderte? —preguntó con voz ronca.
Sacudió la cabeza con el rostro distorsionado por el dolor—. Es que no puedo, Poppymin, no puedo ver cómo te vas. No puedo soportar pensar en no tenerte así durante el resto de nuestra vida. —Se ahogó entre sollozos, pero consiguió continuar—: ¿Cómo puede romperse un amor como el nuestro? ¿Cómo puedes irte tan joven?
—No sé, amor —susurré apartando la vista y esforzándome por mantener la compostura. Las luces de Nueva York brillaban en mi línea de visión. Traté de evitar el dolor que me provocaba que me hiciera esas preguntas—. Simplemente es así, Rune —afirmé con tristeza—. No hay una razón. ¿Por qué a mí? Nadie se lo merece y, sin embargo, tengo… —Me callé, pero logré seguir—: Tengo que confiar en que hay una razón mayor, o me derrumbaría por el dolor de abandonar a los que amo. —Tomé aire—.
De dejarte a ti, en especial después de hoy; en especial después de hacer el amor contigo esta noche.
Rune miró fijamente mis ojos llenos de lágrimas. Reuniendo fuerzas, se levantó y me alzó en sus brazos. Me dio gusto porque me sentía demasiado débil para moverme, no estaba segura de cómo habría podido levantarme del piso húmedo y frío.
Rodeé el cuello de Rune con los brazos, apoyé la cabeza en su pecho y cerré los ojos mientras me llevaba de vuelta adentro, a la habitación. Retiró el edredón, me acostó debajo y se acostó detrás de mí, con los brazos alrededor de mi cintura mientras nos mirábamos uno al otro sobre la almohada.
Rune tenía los ojos rojos, su largo cabello húmedo por la nieve y la piel con manchas rojas por la profundidad de su tristeza. Le pasé la mano por la cara. Tenía la piel helada. Él volteó la cara hacia mi palma.
—Esta noche, sobre el escenario, me di cuenta de que te estabas despidiendo y… —La voz se le atoró, pero tosió y terminó—: Hizo que
todo fuera demasiado real. —Los ojos le brillaron por nuevas lágrimas—.
Hizo que me diera cuenta de que realmente está pasando esto. —Rune me tomó de la mano y se la llevó al pecho; la apretó con delicadeza—. Y no puedo respirar. No puedo respirar cuando trato de imaginar mi vida sin ti.
Ya intenté una vez y no me fue muy bien. Pero… por lo menos estabas viva, afuera, en alguna parte. Pronto…, pronto… —Se quedó sin palabras mientras le caían las lágrimas. Apartó la cara de mi vista. Tomé su rostro antes de que se diera la vuelta del todo y Rune parpadeó—. ¿Tienes miedo, Poppymin? Porque yo estoy aterrado. Me aterra cómo va a ser la vida sin ti.
Hice una pausa. Pensé en la pregunta con sinceridad y me permití sentir la verdad, me permití ser honesta.
—Rune, no me da miedo morir. —Agaché la cabeza y el dolor que nunca se había apoderado de mí antes llenó de repente cada una de mis células. Dejé caer mi cabeza contra la suya y murmuré—: Pero desde que volviste, desde que mi corazón recuperó su latido, a ti, siento todo tipo de cosas que no sentía antes. Rezo más, sólo para tener más días en tus brazos.
Rezo más minutos para que puedas darme más besos. —Tomé un aire que me era muy necesario y añadí—: Pero lo peor de todo es que estoy empezando a sentir miedo. —Rune se acercó más y su brazo me apretó la cintura con más fuerza. Llevé una mano temblorosa a su cara—. Tengo miedo de dejarte. No me da miedo morir, Rune, pero me aterra ir a un lugar nuevo sin ti. —Cerró los ojos y bufó como si sintiera dolor—. No me conozco sin ti —dije en voz baja—. Aun cuando estabas en Oslo, me imaginaba tu cara, recordaba cómo se sentía tu mano cuando tomaba la mía.
Ponía tus canciones favoritas y leía los besos de mi frasco. Justo como me lo dijo mi abu. Cerraba los ojos y sentía tus labios sobre los míos. —Me permití sonreír—. Recordaba la primera noche que hicimos el amor y el sentimiento en mi corazón en ese momento: la plenitud…, la paz. —
Resoplé y me limpié rápidamente las mejillas húmedas—. Aunque no estabas conmigo, estabas en mi corazón. Y eso era suficiente para sostenerme, aunque no estaba feliz. —Besé a Rune en la boca sólo para probar su sabor—. Pero ahora, después de este tiempo en que estamos juntos otra vez, estoy temerosa, porque ¿quiénes somos sin el otro?
—Poppy —dijo Rune con voz ronca.
Mis lágrimas cayeron con imprudente abandono.
—Te herí por amarte demasiado. Ahora me tengo que ir a una aventura sin ti, y no puedo soportar todo el dolor que te causa. No puedo dejarte tan
solo y con tanta tristeza. —Lloré.
Rune me jaló contra su pecho. Lloré. Él también lloró. Compartimos nuestros temores de pérdida y amor. Mis dedos descansaron sobre su espalda y se acomodaron en su calor. Cuando nuestras lágrimas se detuvieron, Rune me empujó un poco y contempló mi rostro.
—Poppy, ¿cómo es el paraíso para ti? —preguntó con voz áspera.
Me di cuenta por su cara de que estaba desesperado por saberlo. Junté fuerzas.
—Un sueño —declaré.
—Un sueño —repitió Rune y vi que la comisura de sus labios se curvaba.
—Una vez leí que cada noche, cuando sueñas, en realidad es una visita a casa. A casa, Rune. Al paraíso. —Empecé a sentir el calor que esa visión llevaba a mis pies. Empezó a viajar por todo mi cuerpo—. Mi paraíso sería estar contigo en el bosquecillo. Como siempre. Tener diecisiete por siempre.
—Tomé un mechón del pelo de Rune entre mis dedos y estudié su color dorado—. ¿Alguna vez has tenido un sueño tan vívido que cuando despertaste creíste que era real? ¿Que se sentía real?
— Ja —respondió Rune en voz baja.
—Eso pasa porque, de alguna manera, es verdad. Así que de noche, cuando cierres los ojos, estaré ahí, me reuniré contigo en el bosquecillo. —
Me acerqué más y añadí—: Y, después, cuando llegue el momento de que tú también te vayas a casa, seré yo quien te reciba. Y no habrá preocupaciones, ni miedo ni dolor. Sólo amor. —Suspiré con felicidad—. Imagínate, Rune.
Un lugar donde no haya dolor ni sufrimiento. —Cerré los ojos y sonreí—.
Cuando pienso así, ya no tengo miedo.
Rune rozó mis labios con los suyos.
—Suena perfecto —dijo con un fuerte acento y una voz ronca—. Quiero que sea eso lo que tengas, Poppymin.
Abrí los ojos, y vi la verdad y la aceptación en la cara hermosa de Rune.
—Así será, Rune —afirmé con una certeza inalterable—. No vamos a terminar. Nunca vamos a terminar.
Rune me giró hasta que quedé sobre su pecho. Cerré los ojos, arrullada por el ritmo hipnótico de su respiración profunda.
—Poppymin? —preguntó Rune cuando estaba a punto de dormirme.
—Dime.
—¿Qué esperas del tiempo que queda?
Pensé en la pregunta, pero sólo se me ocurrieron algunas cosas:
—Quiero volver a ver los cerezos en flor por última vez. —Sonreí junto al pecho de Rune—. Quiero bailar contigo en la graduación. —Levanté la cabeza y lo encontré sonriéndome—. Que lleves smoking y el cabello peinado hacia atrás. —Rune negó con la cabeza, divertido. Suspiré ante la pacífica felicidad que encontramos—. Quiero ver un último amanecer perfecto. —Acomodándome más arriba, encontré la mirada de Rune—.
Pero, más que nada, quiero regresar a casa con un beso de tus labios. Quiero pasar a la otra vida sintiendo el calor de tus labios en los míos. —Me volví a apoyar en el pecho de Rune, cerré los ojos y susurré—: Eso es para lo que más rezo, para alcanzar esos deseos.
—Son perfectos, nena —murmuró Rune, acariciándome el cabello.
Y así me quedé dormida: bajo la protección de Rune.
Soñando que vería satisfechos todos mis deseos.
Feliz.