Mis días en la librería Morisaki
Capítulo nueve
–¡Takako- chan! ¡Cuánto tiempo! Parece que hubiese hecho como Urashima Taro cuando visitó el mundo submarino y, a su retorno a tierra rme, ¡descubrió que habían pasado tres siglos!
La tía Momoko me acogió con esas palabras seguidas por una risa estruendosa apenas me vio frente a la librería. Su voz resonó por toda la cal e.
Me tomó tan desprevenida que por un momento no supe cómo comportarme.
Era verdad. Había vuelto. Me convencí cuando me la encontré de frente. Ya lo sabía porque me lo habían dicho, pero para creerlo tenía que verlo con mis propios ojos. Era como si alguien me hubiese dicho que había visto a un fantasma.
Pero la tía Momoko estaba al í realmente. Y de buen humor, además.
Reapareció de improviso tras cinco años de ausencia. ¿Cómo hacía para estar de tan buen humor? El tío Satoru, por el contrario, estaba a su lado con la expresión de un perro que se había comido algo rancio. ¿Se habían intercambiado los papeles?
—¿Qué pasa? ¡Ni que hubieras visto a un fantasma, tontina! —me dijo la tía Momoko.
Todavía no había abierto la boca. Un fantasma me hubiese sorprendido menos.
Estaba a punto de decírselo, pero me contuve:
—Tía Momoko, parece que estás en forma —me limité a observar. Nuestro último encuentro se remontaba a diez años atrás.
De joven era muy hermosa. No como para perder la cabeza, pero sí como para atraer las miradas. Como una piedra recogida a la oril a del mar; no una piedra preciosa, pero sí una con bril o propio. De pequeña siempre me había parecido muy misteriosa, me l amaba la atención lo distante que era en las reuniones familiares (la tía Momoko además era tirando a bajita).
Y seguía hermosa a pesar de tener unos cuantos años más encima. Llevaba una sudadera gris y unos pantalones vaqueros, y un poquito de maquil aje.
Aunque la variedad en sus expresiones, la espalda recta y la velocidad de su conversación la hacían parecer mucho más joven. Más que envejecida, parecía haber mudado la piel y haberse liberado de lo super cial.
En cualquier caso, no parecía alguien que se hubiera ido de casa y hubiera vuelto sin avisar. El tío, por el contrario, tenía la espalda encorvada, no se cuidaba al vestir, iba despeinado y parecía casi un anciano.
Momoko entornó los ojos y me dijo:
—Pero Takako, ¡si te has convertido en toda una mujer! En el funeral del abuelo estabas todavía en el instituto. Vaya, si parece que fue ayer.
Así nos reencontramos una bonita tarde de otoño, delante de la librería Morisaki con el atardecer de fondo, mi tío Satoru, Momoko y yo.
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