Mis días en la librería Morisaki

Satoshi Yagisawa · Capítulo 12 de 20

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Mis días en la librería Morisaki

Capítulo doce

Cuando el sol se había ocultado del todo, logré liberarme de la tía Momoko y salí de la librería.

Fui directamente a la estación pasando por los cal ejones. El aire fresco de la tarde me hizo estremecer. Mi sombra se alargaba por la cal e con las luces de las farolas.

Al l egar frente al Subouru, mis piernas se pararon de forma automática.

Como si fuese el perro de Pavlov, en cuanto vi el letrero de neón anaranjado que parpadeaba en la cal e desierta, me dieron ganas de tomar un café. Miré el reloj: eran pasadas las ocho. Entré como si una fuerza me absorbiese.

Como siempre, el local estaba l eno a esa hora. Las voces de los clientes se entremezclaban con la dulce música del piano, y el ambiente me acogió enseguida.

En la barra vi una gura que conocía muy bien. El torso robusto y pequeño, la cabeza pelada y bril ante: no podía ser otro que el señor Sabu. Estaba hablando con el dueño. Cuando se percató de mi presencia, agitó la mano y me hizo un gesto para que me acercase.

—¡Hola, Takako! ¡Cuánto tiempo!

Fui a sentarme a su lado y el propietario me saludó con una sonrisa.

Estaba convencida de haberle devuelto la sonrisa, pero Sabu me recriminó:

—Takako, podrías poner una cara más simpática. Así nadie te querrá nunca.

—Precisamente tú no deberías decirme que tengo que poner mejor cara —

le repuse, cortante, y Sabu se rio, divertido.

—Has l egado en el momento oportuno. Justo estábamos hablando sobre tu

tío. ¿Es verdad que Momoko ha vuelto a casa? Satoru ya no me cuenta nada.

¿Por qué no me lo habrá dicho? —Se podía entender por el tono de su voz que estaba muy intrigado.

—No metas las narices donde no te l aman —le dijo el propietario, pero Sabu replicó:

—Perdona, ¿y eso por qué? Además, espero que recuerdes que eres tú quien me ha dicho que ha vuelto.

Sabu puso morritos como un niño, pero no era nada gracioso. En realidad, a mí me hubiese gustado encontrarme a Tomo, el a sí que era graciosa.

Desgraciadamente, ya no trabajaba en la cafetería; había acabado el máster y había conseguido un empleo acorde a sus estudios. Por lo que sabía, Takano y el a todavía eran «amigos».

El dueño me sirvió el café ignorando los lamentos de Sabu. Luego, casi a modo de disculpa, me dijo:

—La verdad es que ayer por la noche me la encontré aquí por sorpresa.

—Entonces, ¿vosotros ya conocíais a Momoko?

—Sí, por supuesto. Frecuento esta zona desde hace bastante, ¿sabes? —

respondió orgul oso Sabu.

—¿En serio el señor Morisaki está casado? Nunca lo hubiera dicho. —

Takano salió de la cocina con un plato en la mano y un trapo en la otra y se unió a la conversación.

—Claro que no lo sabías. De hecho, Satoru tiene más un aire de viudo.

Aunque de joven se las pudo apañar para enamorarla.

—En aquel a época, sí. Aunque es cierto que Momoko sigue siendo muy guapa, me pareció que estaba en forma. E igual de simpática, porque me dijo:

«¡Qué maravil a beber tu café después de tanto tiempo!».

—¡Qué ingenuo eres! Te dicen un par de halagos y ya te quedas contento.

Alguien que se fue durante tanto tiempo y aparece de improviso no me

convence. Satoru no debería haberla aceptado. Si mi mujer me hiciera algo por el estilo, ya se enteraría, ya.

Mientras hablaba, el señor Sabu se iba enfadando cada vez más hasta que toda la cara se le puso roja como un pulpo.

—No exageres, Sabu. Justamente tú, que cuando tu mujer amenaza con tirar todos tus libros, te pones a l orar agarrado a su falda.

Takano y yo nos reímos a carcajadas.

—¡Cál ate! ¿A ti quién te ha preguntado nada? Y tú, joven, ¿de qué te ríes?

¡Venga, a trabajar!

Takano agarró al vuelo un paño que le lanzó Sabu y se escapó a la cocina.

El dueño le echó una mirada de reprimenda y le dijo:

—No molestes a mis empleados, ¿eh?

—Sois vosotros los que me molestáis a mí.

Cambiaron el tema otra vez a mi tío:

—Eso que siente Satoru no es otra cosa que amor, querido mío. Por el contrario, lo que tú sientes por tu mujer es puro terror.

—Nunca te he podido soportar, créeme. Ya me has cabreado. Me pones de los nervios. ¿Sabéis qué os digo? Le pienso decir yo cuatro cosas a Momoko por Satoru. Ese bonachón no será nunca capaz.

—Calma, calma. Entre mujer y marido… —le advirtió el propietario, aunque había sido él quien había prendido la mecha.

Parecía que todas las personas curiosas se concentraban en ese barrio. Ese pensamiento me provocó una sonrisa que me interrumpió el señor Sabu.

—Takako, para de reírte así maliciosamente. Me da cosa.

Justo después, pasó algo extraño en el Subouru.

Apenas pasadas las nueve me moví a una mesa ya que Sabu se había marchado al estar algo achispado, aunque seguramente era porque su mujer le había dicho que no l egase muy tarde.

Había anochecido y el local se había quedado vacío. Me senté, pedí otro café y saqué del bolso el libro de bolsil o que estaba leyendo. Pero algo atrajo mi atención. Me percaté de una persona que estaba sentada cerca de la ventana, era alguien a quien ya había visto en alguna parte.

Un hombre alto y delgado, de entre veinticinco y treinta años. Llevaba una camisa aguamarina, pantalones grises y tenía el pelo corto. No era alguien que l amase la atención, pero ese aspecto tan perfecto le daba un aire tranquilizador. Miraba distraído por la ventana, como si esperase a alguien, y tenía un libro de bolsil o abierto sobre la mesa.

¿Quién era? Mientras re exionaba sobre dónde podría haberlo visto, se giró hacia mí, quizá porque se dio cuenta de que lo estaba mirando.

Él también puso una cara extraña cuando me vio. Apartó la mirada de mí y vio el libro que tenía en la mano y, al nal, como quien ha entendido la situación, me dijo:

—Buenas noches.

Al escuchar su voz recordé dónde lo había visto.

No era más que un cliente habitual de la librería Morisaki. Como la mayoría de los clientes eran un poco excéntricos como el señor Sabu, solía olvidar a los que eran más reservados como él. Por eso no lo había reconocido de inmediato. Avergonzada por haberme quedado mirándolo tanto rato, me apresuré a devolverle el saludo.

Hice un gesto con la cabeza como para excusarme y añadí:

—Cuánto tiempo.

—No tiene por qué disculparse —respondió él con una sonrisa. Una sonrisa agradable que transmitía con anza.

En ese momento l egó la camarera con mi café. Al verse entre él y yo, se quedó sin saber qué hacer. Por algún motivo, empecé a sentirme confundida yo también.

Dándose cuenta de la situación, el hombre me invitó gentilmente a que me sentara con él:

—Si quiere, puede unirse a mí.

—Pero ¿no está esperando a alguien? —respondí, un poco desubicada.

—No, a nadie en particular.

La camarera pareció relajarse y, volviendo a sonreír, me dijo: «Pues aquí lo dejo», y dejó el café en su mesa.

Llegados a ese punto, no me quedaba más remedio que cambiarme de sitio, así que me senté frente a él.

En situaciones similares tiendo siempre a dejarme l evar. Él me había invitado a sentarme solo por amabilidad, estaba bastante segura de que no tenía un deseo particular de hablar conmigo. Es más, seguramente estaba deseando disfrutar de ese tiempo a solas y yo se lo había arruinado. No podía hacer otra cosa que sentirme culpable.

La camarera esperó a que me sentase y dijo:

—Tómese su tiempo.

Y se fue con una reverencia. Observamos cómo se alejaba y nos reencontramos uno frente al otro.

Silencio.

Me sentía incómoda. Una incomodidad que se vio interrumpida por una risita suya. Lo miré, sorprendida, y me dijo:

—Perdone, es que esto parece una de esas citas a ciegas que se hacen para concertar un matrimonio.

Lo miré y, por algún motivo, se me contagió su risa.

Ni siquiera nos habíamos presentado como correspondía. Tosió un poco y me dijo que se l amaba Wada, Wada Akira, y que trabajaba en una editorial cercana que publicaba sobre todo manuales y libros de texto.

Cuando le dije mi nombre, asintió varias veces y sonrió añadiendo:

—¡Claro, Takako! Recuerdo aquel simpático librero que no paraba de l amarla a voces: «¡Takako- chan, Takako- chan!» .

—Ese es mi tío —murmuré con las mejil as al rojo fuego.

—¿De verdad? Qué afortunada es por tener un librero en la familia. —Wada parecía sincero—. ¿Y ya no está con él?

—No. Me hospedó durante un tiempo. Me habían sucedido algunas cosas y necesitaba recargar las pilas.

—¿Recargar las pilas? ¿En una librería?

—Exactamente.

—Es una hermosa manera de recargar las pilas. No todo el mundo tiene a su disposición una librería entera. Qué afortunada, de verdad.

Y siguió repitiendo que, en mi lugar, él no se habría marchado nunca. Es más, se habría quedado para siempre recargando las pilas.

Obviamente la idea de vivir en una librería le había apasionado. Al principio no me había parecido alguien capaz de semejante entusiasmo.

—¿Qué tal se encuentra su pareja? Venían siempre juntos, si no recuerdo mal.

En realidad, Wada venía casi siempre solo, pero alguna que otra vez había venido con una mujer. Hacían buena pareja, él tan alto y el a también tan esbelta. Aunque no parecía muy interesada en los libros, mientras Wada se perdía entre tantos volúmenes, el a se quedaba a su lado algo aburrida.

Después de un rato se cansaba y con voz de pena le preguntaba si le faltaba mucho, y entonces él se excusaba: «Perdóname, ¡solo un poquito más de paciencia!». Sabu habría dicho que «una pareja en una librería va más al á de toda lógica», pero a mí esas escenitas me transmitían una sensación de intimidad que me hacía sonreír.

—Oh, bueno, al nal pasó —respondió Wada, bajando el tono—. Al nal me ha abandonado, o eso parece —añadió, dejando escapar una risita, y se puso a

pensar en otra cosa.

—¡Perdóneme! —exclamé, arrepentida por mi indiscreción.

—Qué va, tranquila, no tiene nada de qué disculparse —me aseguró, aunque parecía muy pensativo.

Estaba muy disgustada por haber tocado un tema doloroso con alguien a quien apenas conocía. Mientras buscaba desesperada cómo cambiar de asunto, me saltó a la vista el libro que tenía sobre la mesa.

—¿Qué está leyendo?

—¿Esto? Se titula Sobre la colina. Creo que lo encontré en la librería Morisaki, en la sección de los libros de bolsil o a cien yenes.

Levantó el libro de la mesa para enseñármelo. Estaba contenta por haber podido desviar la conversación.

—Nunca lo había oído nombrar. ¿Es bonito?

—Bueno… es una narración clásica sobre los amores infelices cuyo autor ha acabado en el olvido. Al leerlo me da la impresión de que el estilo es inmaduro y de que tiene muchas lagunas. Pero por algún motivo me engancha y ya es la quinta vez que lo leo.

Mientras hablaba, miraba la ilustración de la portada: una cal e en pendiente pintada al óleo. Pude percibir en su mirada algo dulce, delicado, y me entraron ganas de leerlo.

—¡No me diga! ¿Cinco veces? A lo mejor debería leerlo yo también.

—Bah, no se lo recomendaría. ¿Y usted? ¿Qué está leyendo?

Saqué el libro del bolso y, cuando lo vio, se le iluminaron los ojos.

—¡Pero si es Inagaki Taruho! ¡Qué maravil a!

Un cliente habitual de Morisaki no podía ser otra cosa que un lector apasionado, mucho más que yo.

—Pese a haber trabajado en una librería, no soy una experta, más bien al contrario. Me siento como una especie de novata.

Pero Wada hizo un gesto de desaprobación.

—No es cuestión de ser expertos o novatos. Si lo plantea así, ni siquiera yo lo soy tanto. Lo importante es sentir emociones al toparse con un libro.

—Seguramente debe tener razón. Mi tío me dijo una vez algo similar.

—Estaba siempre leyendo en el mostrador, ¿me equivoco? No se puede imaginar la curiosidad que me generaba, siempre estaba tentado de preguntar qué estaría leyendo.

—¿De verdad? Lo lamento, no era la mejor librera.

—No, no, no pretendía decir eso.

Wada me miró como si se acabase de recordar algo.

—Estaba tan en sintonía con ese lugar que daban ganas de no hacer ruido para no molestarla. Era como cuando se contiene la respiración frente a una crisálida que está a punto de convertirse en mariposa. Se me quedó grabada,

¿sabe? Por eso, cuando antes la he visto leyendo, me he acordado enseguida de usted. «Ah, es la de la librería», he pensado.

La idea de que un desconocido me viese de esa manera me daba mucha vergüenza. Pero es cierto que por aquel entonces era una crisálida a la espera de convertirme en mariposa. Había pasado página esperando el momento oportuno para alzar el vuelo. Así que Wada no se equivocaba. Aunque aún no estaba segura de la resistencia de mis alas.

—Creo que si no hubiese acabado en esa librería todavía estaría viviendo una vida a medias. Aparte de los libros, ese sitio me ha permitido conocer a tantas personas, me ha enseñado tantas cosas sobre lo que importa de verdad… Por eso el recuerdo de aquel os días siempre permanecerá en mí.

Aunque no había hablado con ese hombre nunca antes, las palabras brotaron de mis labios con total naturalidad.

Wada me escuchaba educadamente y asentía con interés.

—Algo tan importante estaba pasando delante de mis ojos y ni siquiera me

di cuenta —dijo muy serio, aunque no sé por qué a mí me pareció gracioso.

A veces ocurren sucesos inexplicables. Podría haber seguido hablando con él durante horas pese a que no era un antiguo amigo. Wada me escuchaba atentamente y luego soltaba alguna broma con la que de repente me hacía reír.

Seguimos hablando durante un buen rato. Miré el reloj de la pared y me di cuenta de que casi eran las once.

—¡Si van a cerrar en nada! —exclamé, sorprendiendo a Wada.

Dado que su casa estaba cerca de al í, decidió quedarse hasta el cierre y yo me fui antes.

En el momento de despedirnos, sonrió y dijo:

—Desde hace un tiempo vengo aquí casi todas las noches. Si le apetece, podríamos volver a vernos.

Mientras estaba pagando, vi al propietario del local riéndose detrás de la barra. Intuí por qué se reía y le lancé una mirada asesina, pero él ngió que tenía trabajo que terminar en la trastienda.

Una vez fuera, busqué a Wada a través de la ventana; tenía la barbil a apoyada sobre la mano y observaba la cal e. Creyendo que me veía, hice una ligera reverencia, pero él no se percató. Di media vuelta y fui hacia la estación.

Sentía como si estuviese caminando a un metro sobre el suelo, era como más ligera.

—Qué raro —dije en voz alta sin darme cuenta.

Alcé la mirada y vi la luna prácticamente l ena suspendida en el cielo. Le faltaba solo un pedacito del lado izquierdo.

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