Mis días en la librería Morisaki
Capítulo siete
La lamada me legó el dos de enero.
Pasé la Nochevieja en la librería, ni siquiera volví con mi familia.
Abriríamos de nuevo el día cinco; mi tío se había ido a las termas con sus colegas del consorcio y yo me quedé sola.
Durante esos días, Jinbōchō se había quedado desierta. Había poquísimos habitantes en la zona y, con todos los locales y o cinas cerradas, no se veía ni un alma. Ni siquiera había coches en toda la cal e Yasukuni-dori.
La noche del treinta y uno fui al santuario de Yushima con Tomo, pero aparte de eso no tenía nada más planeado. El primer día del año y el siguiente tan solo paseé por el barrio. Era agradable perderse por esas cal es solitarias, incluso el aire parecía más limpio. Cal ejeaba por ahí con la bufanda al viento, parando solo de vez en cuando para respirar bien hondo.
Cuando volví la noche del dos, el teléfono que había dejado en la habitación estaba parpadeando. Pese a que lo había eliminado de la agenda, reconocí inmediatamente el número en cuanto lo vi. Mi buen humor se esfumó al instante y sentí una punzada en el corazón. Presioné el botón con un dedo tembloroso y escuché el mensaje del buzón de voz.
«Hola, Takako. Cuánto tiempo. ¿Cómo estás? Estos días no tengo nada que hacer, ¿te apetece que nos veamos? Espero que me devuelvas la l amada…».
Presioné «Eliminar» antes de que el mensaje hubiese acabado, pero ya era demasiado tarde: el malhumor se había apoderado de mí rápidamente y no sería capaz de librarme de él con facilidad.
Después de las vacaciones, cuando reabrió la librería, seguía estando mal.
Algo indescriptible, pesado y frío se asentó poco a poco en mi corazón. Me di cuenta de que una parte de mí todavía no había dejado atrás aquel o. Pese a que habían pasado ya seis meses, me bastó con escuchar su voz para hundirme de nuevo en el caos. Estaba claro que el rencor me impedía avanzar de una vez por todas.
—Takako- chan, ¿qué te preocupa? Si tienes algún problema, puedes contármelo —me dijo de repente mi tío a nales de enero mientras cerraba la librería.
—¿Cómo te has dado cuenta? —le pregunté, sorprendida.
—Se nota con solo mirarte. No estoy ciego —bromeó.
Durante todo ese tiempo ngí que no tenía problemas, y pensaba que lo había conseguido, pero él se dio cuenta.
—Desde hace un tiempo iba todo bien y estabas tranquila. Pero luego has cambiado. Cuando te hablo pareces distraída.
—¿Sí?
—Sí. No creo que pueda hacer mucho por ayudarte, pero si te desahogas puede que te sientas mejor.
No tenía intención alguna de hablar con nadie, pero frente a esas palabras no pude contenerme: necesitaba que alguien me escuchase, que me consolase y me dedicase un poco de atención. Me sentí patética, hubiese preferido aguantarme, pero las palabras de mi tío rompieron todas mis defensas.
Le conté todo con pelos y señales mientras bebíamos whisky en mi habitación. Fuera caía una l uvia fría, las gotas golpeaban contra la ventana.
No es para tanto. Esa fue la premisa con la que empecé y, mientras hablaba, me di cuenta de que realmente era así. Perdí el trabajo y el novio de un
plumazo. Me sentí ridícula cuando lo dije en voz alta. Pero al nal me sentí mucho mejor.
Mi tío bebía el whisky sin decir nada, solo escuchaba. E incluso tras una hora hablando, entre divagaciones y pausas, seguía en silencio. Miraba pensativo el vaso que tenía en la mano.
Finalmente se tomó otro vaso de whisky de golpe y dijo:
—Vale, ¡ahora vamos a exigirle a ese tipo que se disculpe! Le obligaremos a decir: «Te he hecho daño, me he comportado mal».
Fue una reacción tan inesperada que casi me desmayo.
—¿Qué? ¿Ahora? Pero si son las once de la noche.
—¿Y a quién le importa?
Mientras lo decía, se levantó y se fue hacia la salida de la librería. Corrí detrás de él y lo agarré del brazo.
—No serviría. He sido tonta al contártelo. Solo quería a alguien que me escuchase. Tío, ¿sabes que estás borracho?
—Qué voy a estar yo borracho. Bueno, un poco sí. Pero eso no importa.
¿No te pone de los nervios? Te han utilizado, Takako.
—Claro que me pone de los nervios. Me pone terriblemente de los nervios, tanto como el primer día.
—Pues entonces vamos. Libérate del rencor o los fantasmas del pasado continuarán atormentándote hasta el n de tus días.
—Vale, pero no puedo presentarme al í contigo, como si fuese una niña que se l eva a su padre o a su madre detrás para solucionar algún problema. ¿No entiendes que me da vergüenza? —repliqué, casi l orando.
—¡No tienes de qué avergonzarte! —No imaginaba que un hombre tan menudo como mi tío pudiese gritar tan fuerte. Su voz resonó por toda la sala
—. No tienes que avergonzarte, tú eres mi sobrina. Ya te lo he dicho, ¿no? Te quiero muchísimo. Y por eso mismo no puedo perdonar a ese tipo. Es algo
egoísta: tu tío no puede perdonarlo.
—No paras de decir tonterías. ¿Qué tiene que ver el egoísmo con esto?
—Tiene que ver porque si voy, me sentiré mejor. Y que sepas que iré sin ti si hace falta. Así que quiero que me digas dónde vive. Voy al í y lo muelo a puñetazos.
¿A puñetazos? La noche estaba tomando un rumbo peligroso.
—Espera, por favor. No puedes. Llamará a la policía. ¡Sin contar con que él jugaba a rugby tanto en el instituto como en la universidad! Y tan enclenque como eres, si intentas darle un puñetazo, ¡te arriesgas a recibir muchos más!
—Eso… eso no hará que cambie de opinión. —A pesar de sus palabras, pareció calmarse un poco.
—Vamos, dejémoslo y sigamos bebiendo —dije con una sonrisa en un intento desesperado por hacerlo volver sobre sus pasos.
Pero mi tío me miró y me dijo:
—No debes huir, Takako- chan. —El tono de su voz era tremendamente serio—. Estoy contigo, no huyas.
Sus ojos jos en mí hicieron que me sintiera fuerte.
Tenía razón: no podía huir, si no nunca cambiaría nada. Estaba claro.
Me mordí el labio y dije:
—Tienes razón. Vamos, tío.
Él hizo un gesto de decisión con la cabeza.
Cuando, tras un recorrido de cuarenta minutos en taxi, l egamos frente a la casa de Hideaki, la l uvia era más fuerte. Corrimos hasta la puerta, mojándonos de pies a cabeza porque no habíamos l evado paraguas.
—¿Es aquí?
Mi tío se paró frente al portal número 204.
—Creo que sí —respondí, intentando acordarme.
Efectivamente, en todo el tiempo que estuvimos juntos tan solo había ido a su casa un par de veces. Cuando no salíamos, casi siempre estábamos en mi casa. ¿Cómo no me di cuenta de que había algo detrás de eso?
Mi tío se peinó el pelo mojado con las manos y, sin dudarlo, tocó al timbre.
Yo temblaba por el frío y los nervios. Tenía náuseas. Hace nada había soltado ese «Vamos», pero ahora que estaba delante de la puerta de Hideaki, toda esa bravuconería que sentía había empezado a abandonarme.
Me hubiera gustado hacer como si nada e irme, dejándolo todo tal y como estaba. Eso pensaba frente a la puerta de metal cerrada.
Pero ya era demasiado tarde. Escuché movimiento, luego el sonido de la cerradura y, por n, se entreabrió la puerta.
—¿Quién es? —Preguntó una voz suave que conocía muy bien.
Mi tío se agarró al marco de la puerta y la abrió de par en par.
Hideaki nos miró con la boca abierta. Seguramente le habíamos despertado porque tenía la marca de la almohada en la mejil a y el pelo despeinado. Pero esos hombros fuertes y esos ojos alargados eran los de siempre. Es verdad, estaba igual, no habían pasado diez años. Sentí una punzada en el corazón.
Hideaki abrió mucho los ojos. Primero me miró a mí y luego a mi tío, a quien le preguntó:
—¿Quién eres?
—El tío de Takako.
—¿Qué?
—El tío Satoru. Su madre es mi hermana.
—No, si eso lo he entendido. Lo que quiero saber es qué haces aquí.
—Algo tendré que hacer si estoy aquí, ¿no? Si no, no habría venido. ¿O
parezco alguien que quiera venderte una suscripción a una revista?
—Pues sí que lo pareces. ¿Me dices entonces qué haces aquí? —preguntó Hideaki, irritado.
Yo no entendía nada, me limitaba a observarlos. Esa noche mi tío estaba especialmente combativo.
—Si estamos aquí es porque te has comportado de manera deplorable con el a. No te hagas el tonto.
—¿Cómo?
La voz de Hideaki subió un tono, pero mi tío no se dejó impresionar.
—Le has tomado el pelo, te las has apañado para obligarla a que dejase el trabajo… ¿acaso tienes sentimientos? ¿No te sientes culpable por haber herido tanto a alguien?
—Espera, espera, ¿cuándo se supone que la he herido? ¿Te lo ha contado el a?
—Por supuesto.
—Serás estúpido. No sé quién carajo eres, pero ¿cómo eres capaz de creerte todo lo que te dice esa? Era el a quien me venía detrás.
—¿Y por qué tendría que mentir? ¿Qué ganaría con eso? Por tu culpa ha dejado el trabajo y todavía sufre.
—Fue el a quien decidió dejarlo.
Mi tío respiró profundamente.
—No hay nada que hacer, Takako. Este está podrido hasta la médula.
—Eh, eh, tiíto. Mide tus palabras.
Hideaki salió del rel ano y le lanzó una mirada amenazante a mi tío. Debía de ser al menos veinte centímetros más alto que él. Mi tío, sin dejarse intimidar, le devolvió la mirada, pero el efecto fue completamente diferente.
—¿Qué ocurre?
Desde dentro apareció en pijama Murano, la prometida de Hideaki.
No podía ir peor. Estaba avergonzada, incómoda, no sabía qué hacer.
—¿Takako? —dijo Murano frunciendo el ceño cuando se percató de mi presencia—. ¿Qué narices pasa aquí? Estás empapada…
—Se han presentado sin avisar. Takako, ¿te has vuelto loca? ¿Cómo se te ocurre venir en mitad de la noche con este tipo?
—Díselo, Takako.
—Bueno…
Levanté lentamente la cabeza y vi que todos me estaban mirando. ¿Por qué había acabado así? Me hubiera gustado desintegrarme instantáneamente.
Todos esperaban en silencio a que dijese algo. Me devanaba los sesos buscando las palabras apropiadas para dejar claro todo.
«Pasaba por aquí». «Había venido a devolver un libro que me había dejado».
«Quería daros la enhorabuena por las nupcias». No, nada era verdad. Para nada. No era eso lo que quería decir. ¿Qué había ido a hacer al í? ¿Quería dejar algo claro o no? Si hubiese seguido dando rodeos no habría resuelto nada.
Decídete, me dije.
—Yo…
Los ojos de los tres estaban puestos en mis labios. Respiré profundo. Mi tío estaba al í conmigo. Tenía ganas de l orar. Al mismo tiempo sentía cómo se agolpaban en mi corazón todas las emociones que había intentado sofocar. Ni siquiera lograba pensar; las palabras se convirtieron en un caudal y salieron de mí sin que pudiese controlarlas.
—¡Quiero que me pidas perdón! ¡Para ti ha sido solo un juego, pero para mí no! ¡Yo te amaba de verdad! ¡Soy un ser humano y tengo sentimientos! ¡Quizá tú me tenías como alguien a quien usar a tu antojo, pero yo pienso, respiro, l oro! ¿Tienes idea de lo mal que lo he pasado? Yo… yo…
No fui capaz de decir nada más. Entre la l uvia y las lágrimas estaba calada.
Pero tras seis meses por n había sido capaz de decirle lo que debería haberle dicho en aquel restaurante.
—Bien dicho, Takako -chan —dijo mi tío dándome una palmada en la espalda. Luego se giró hacia Hideaki—. Ahora es tu turno. El a te ha dicho lo que siente. Le debes una respuesta.
Hideaki estuvo todo el rato en silencio con la cabeza agachada. Al nal murmuró:
—¡Qué estupideces! ¡Tal vez vosotros podáis perder el tiempo, pero yo no!
Me voy a dormir. Marchaos si no queréis que l ame a la policía.
Y así, mientras lo decía, cerró lentamente la puerta. Tras el sonido de la cerradura, volvió el silencio.
—¡Espera un momento!
Mi tío empezó a golpear la puerta con ambos puños mientras yo intentaba impedírselo.
—Ya está, tío.
—¡Pero Takako!
—Ya está, de verdad. Me siento mejor. Nunca me había sentido tan bien.
Creo que es la primera vez que le grito a alguien mis sentimientos.
Junto a esas palabras, le devolví una sonrisa bañada en lágrimas.
—Si tú lo dices… —refunfuñó sin estar convencido del todo—. ¿Estás segura?
—Sí. Vamos, volvamos a casa si no queremos pescar un resfriado.
—Vale. .
Vi la puerta cerrada, pensé adiós y me fui.
En el taxi no dijimos casi nada. Mi tío, agotado por el enfrentamiento con Hideaki, se hundió en el asiento de atrás. Yo estaba a su lado, relajada por n e inmersa en mis pensamientos.
La culpa no era solo de Hideaki. Lo sabía muy bien. Si las cosas habían acabado así era porque yo también tenía parte de culpa. Había sido demasiado ingenua y dócil.
Pero sentía que debía decírselo. Tal vez fue egoísta por mi parte, pero quería que supiese lo que sentía. Ya había sufrido demasiado por mi falta de coraje.
Sabía perfectamente que Hideaki nunca admitiría su culpa, pero a pesar de eso tenía la necesidad de soltárselo todo o no sería capaz de pasar página. No habría sido capaz de alzar el vuelo. Si mi tío no me hubiese dado ese empujón, seguramente habría seguido tragándome mis sentimientos.
Busqué las palabras adecuadas para agradecérselo, pero no las encontré. Tan solo una me rondaba la mente y se la dije: «Gracias…».
Él sonrió y se acercó a mí, hombro con hombro. El calor de su cuerpo me calmó. Tenía a alguien que se preocupaba por mí, que se enfadaba por mí.
Hasta entonces siempre me había sentido sola, pero ahora tenía a alguien dispuesto a defenderme y a cuidarme. Estaba muy feliz.
Nuestro taxi recorría en silencio la cal e iluminada por las luces de neón borrosas por la l uvia.
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