Mis días en la librería Morisaki
Capítulo quince
La tía Momoko y yo habíamos quedado en la estación de Shinjuku a las diez.
El cielo estaba l eno de nubes, pero en la previsión meteorológica de la televisión habían dicho que se aclararía para la tarde. Salí de casa decidida a no desanimarme por la noche anterior, pues hasta me había pedido días libres para ese viaje.
Momoko apareció frente a la atestada salida sur de la estación de Shinjuku con un equipaje tan ligero que nadie se imaginaría que se estaba yendo de vacaciones. Llevaba solo una maleta minúscula. Tenía el pelo recogido en una coleta de cabal o y se había puesto un mono negro y una cazadora verde.
Como no era muy alta, de lejos se la podía confundir con una niña pronta a partir de excursión.
—Mírate, ¡si no parece que vayas a la montaña! —exclamó, frunciendo el ceño apenas me vio.
Como era el primer viaje que hacía después de tanto tiempo, me puse un vestido que acababa de comprarme con el sueldo.
—Pero me he puesto las zapatil as de deporte. Y en el bolso l evo todo lo necesario para la montaña.
—No vas a necesitar tanta cosa.
No dije nada. Quizá sí que me había dejado l evar un poco.
Mi tía se dio cuenta y dijo:
—Bueno, vosotros los jóvenes os l eváis siempre un montón de ropa cuando vais a cualquier parte.
—Y cuando envejeces, ¿empiezas a l evar menos? —repliqué.
Momoko me cortó y me dijo que no debía tomármelo a mal, que simplemente para el a demasiado equipaje era una molestia. De hecho, no la podía culpar por eso.
Estiró la espalda y con una reverencia algo teatral, dijo:
—Así sea, que estos tres días busquemos la diversión.
—Por supuesto —respondí, inclinándome también.
Desde Shinjuku tomamos la línea Chuo hasta Tachikawa, donde hicimos transbordo con Ome. Ya l evaba viviendo en Tokio cinco años, pero nunca había hecho ese recorrido. El tren de la línea Ome estaba casi vacío. Frente a mí estaba sentado un colegial adormilado con aires de granuja y una expresión arisca que no paraba de mover la rodil a. Parecía que odiaba a todo el mundo.
Momoko se sentó, entonó una melodía y se puso a mirar por la ventanil a.
Yo, por el contrario, como no había pegado ojo la noche anterior, me dormí como un tronco.
Cuando abrí los ojos, el colegial enfadado ya no estaba. Quizás había ido a la escuela a regañadientes. Más al á de la ventanil a, las nubes se habían disipado y el cielo era una super cie completamente azul. Las casas eran raras y entre los campos empezaban a verse, siempre imponentes, las montañas.
—¡Vaya! —Exclamé frotándome los ojos.
Pero Momoko sonrió complacida y dijo:
—Eso no es nada todavía. Ya verás.
Bajamos del tren en la pequeña estación de Mitake. Delante de mí, las montañas se chocaban contra el cielo azul y justo en el centro había una gigantesca. Estaba repleta de vegetación todavía verde, aún faltaba bastante para la temporada de los momiji. Al í arriba estaba nuestro alojamiento.
—Apenas nos hemos alejado del centro de Tokio y, sin embargo, parece otro mundo —murmuré, observando el paisaje que tenía delante.
Respiré profundamente y sentí cómo mis pulmones se l enaban de ese aire fresco y puro. No podía creer que tan cerca de la ciudad hubiese sitios tan l enos de naturaleza.
—Si lo piensas, hace tan solo unas décadas que la ciudad se l enó de cemento.
La frase de la tía Momoko me hizo pensar en la novela Musashino, de Kunikida Doppo. En sus tiempos, en la época Meiji, la zona de Musashino estaba dominada todavía por una naturaleza impenetrable. Era increíble lo rápido que pasaba el tiempo.
Fuimos hacia una pequeña parada de autobús en busca de un medio de transporte que recorriese la Estatal y trepase por la montaña hasta la estación del teleférico. Cuando l egamos ya había algunos turistas esperando. Eran dos grupos de mediana edad que subieron al tren junto con nosotras y que vaya a saber por qué viajaban juntos.
Saludamos con la cabeza y nos sentamos a su lado. La más anciana sonrió y preguntó:
—¿Unas vacaciones madre e hija?
—Sí —respondió Momoko, devolviéndole la sonrisa.
Me hubiera gustado corregirla, pero no me apetecía tener que dar explicaciones, así que me limité a asentir.
Subimos al autobús y nos abordaron tres niños de primaria que se pusieron a hablar con nosotras. Daban la impresión de estar acostumbrados a los turistas y no les dábamos miedo. Momoko parecía adorar a los niños y, de hecho, les complacía respondiendo a sus preguntas con una sonrisa.
—¿A qué curso vais? —les preguntó.
—¡A primero! —respondieron al unísono.
Los padres de los tres regenteaban hostales en la montaña, así que tenían que bajar todos los días para poder ir a la escuela.
Cuando les dije «¡debe ser muy cansador!», me respondieron con un «bah»
muy adulto que daba a entender lo acostumbrados que estaban a eso.
Seguramente se lo habrían escuchado decir a los turistas.
—¡Hemos l egado!
Bajamos del autobús y seguimos a los niños hacia la subida que l evaba a la estación del teleférico. El os iban corriendo y a mí, que era la última de la la, me costaba un poco seguirles el ritmo.
Momoko se giró y me dijo:
—¡Vamos, Takako! El teleférico baja y sube enseguida, no puedes pararte ahora.
Los niños se partían de risa y empezaron a tomarme el pelo al unísono:
—¡Así no va bien, señorita! ¡Los de ciudad son todos iguales!
—Mira que yo vengo de una provincia perdida por Kyushu —intenté argumentar, pero ya no me escuchaba nadie porque estaban demasiado lejos.
¿Cómo se las apañaba Momoko para tener tanta energía? Aunque no nos l evábamos tantos años como una madre y una hija. Me arrepentí de no haber l evado un equipaje más ligero.
Cuando l egué a la cabina del teleférico, mi tía me ofreció una botel a de té que me había comprado en el quiosco de recuerdos. La acepté muy agradecida y me la bebí de un trago.
La cabina subió por la montaña siguiendo el río hasta su nacimiento y, en poco tiempo, l egamos al nal. Nos despedimos de los niños y seguimos nuestro camino. Ahora que estábamos casi a mil metros de altitud, me parecía imposible que una hora atrás hubiésemos estado en el val e.
A lo largo del sendero que l evaba a la cima, vimos muchos carteles e
indicaciones de los diferentes hostales. El nuestro era el más lejano y Momoko me dijo como si nada que tardaríamos unos cuarenta minutos en l egar.
—¡¿Cómo?! —exclamé, desesperada.
—¡Ya verás qué vistas! —dijo mientras me pel izcaba la mejil a.
—¿En serio? —solté, casi gritando, y Momoko respondió tranquilamente:
—Y tanto.
La señora nos acompañó a nuestra habitación. Eran más de las dos y éramos las primeras huéspedes del día.
El interior del edi cio era caótico y l eno hasta arriba de cosas, justo como el exterior. A un lado del pasil o habían apoyado una vieja bañera vacía, una montaña de revistas, un televisor antiguo y una guitarra acústica. Eché un vistazo rápido a la cocina y vi que era más de lo mismo. El inodoro, el lavabo y la bañera eran compartidos. Más que un hostal, parecía un albergue donde alojaban a los estudiantes que iban de excursión. Seguro que en verano se l enaba de universitarios. Tal vez las otras partes del sitio también fuesen así, pero esta parecía particularmente impregnada por un ambiente extremadamente relajado.
La nuestra era una habitación que hacía esquina y que, nos dijeron, tenía las vistas más espectaculares. Ocupaba aproximadamente diez tatamis, el tamaño perfecto para dos personas. La ventana se asomaba entre la densa vegetación, y las cimas de los árboles se agitaban por el viento. De vez en cuando, se escuchaba cantar a un pájaro, quizás a un tordo. A lo lejos, los montes estaban envueltos en niebla mientras sutiles bancos de nubes vagaban perezosos al fondo del cielo de color verde jade. A fuerza de observarlo, parecía que el tiempo quisiese pararse.
Me senté al lado de la ventana y contemplé encantada el paisaje. La tía Momoko también debía estar emocionada porque permaneció un buen rato en silencio, cosa que no pasaba a menudo. Intenté imaginarme cómo sería
vivir en un sitio así. Seguro que hasta podría l egar a gustarme.
Tras un rato escuchamos que l amaban con fuerza a la puerta, y entró Haru.
Arrastraba una estufa de aceite que dejó en una esquina.
—Por la noche aquí hace frío.
Respondió a nuestro «gracias» con un «de nada» diligente y se fue.
—¿Durante cuánto tiempo trabajaste aquí, tía?
—Tres años aproximadamente, creo —dijo tras re exionar un poco.
—¿Y qué hiciste después?
—Un poco de esto y un poco de lo otro. Uno puede vivir donde quiera si se lo propone.
No tenía ninguna duda de que Momoko podría vivir tranquilamente donde quisiese.
—Bueno —dijo poniéndose de pie—. ¿Damos un paseo antes de cenar?
Decidimos dejar el verdadero ascenso para el día siguiente, así que nos limitamos a visitar el santuario de la cima, que estaba a un tiro de piedra de nuestro alojamiento y, según mi tía, no tardaríamos más de cinco minutos.
Llegamos a una esquina donde se amontonaban pequeños negocios de recuerdos y restaurantes minúsculos, giramos y nos encontramos frente a una gran puerta.
El santuario era mucho más bonito de lo que había imaginado. Estaba compuesto por diversos edi cios y a lo largo de todo el pabel ón central había muchísimas estatuas de piedra. En el cartel informativo leí que había sido construido en el periodo Nara, del 710 al 794, y que a partir del medievo atrajo masas enormes de peregrinos como centro de culto de las montañas de Kanto.
Me sorprendió descubrir que en esas montañas hubiese un santuario tan antiguo. Y que desde hace tanto fuese destino de muchísimos peregrinos, pues en el pasado seguramente debían estar decenas de días caminando a través de esos senderos montañosos. Para el os, visitar aquel lugar debía de tener una
importancia mucho mayor que para los peregrinos modernos. Yo no era particularmente religiosa, pero esa historia me emocionó.
Subimos la escalera bastante empinada y anqueada por gencianas que l evaba al pabel ón principal. Era una escalera larguísima, parecía que no acababa nunca. A los otros turistas también les costaba trabajo subir. Cuando alcancé la cima, apenas podía respirar.
De un modo u otro, logramos reponernos y ambas ofrecimos alguna moneda para luego juntar las manos y rezar. Cuando acabé, me giré hacia Momoko y vi que todavía estaba rezando. Tenía una expresión increíblemente seria.
Cuando abrió los ojos, le pregunté:
—¿Por qué estabas rezando?
—Por nada.
—Pero si estabas toda concentrada.
—A los santuarios no solo se viene a rezar. A veces también se acude para dar las gracias. Por ejemplo: «Gracias por haberme protegido».
—¿De verdad? Yo siempre he rezado únicamente.
—¿Y por qué has rezado en esta ocasión?
—Por la salud, y luego por no tener problemas económicos.
La tía Momoko se echó a reír y comentó que era algo propio de mí. Luego echó un vistazo al interior del pabel ón y dijo:
—Después de haber dejado la casa de Satoru, lo primero que hice fue venir aquí. Y en el camino de vuelta, me hospedé en aquel hostal. Sin saber cómo salir adelante, le pedí a la señora que me permitiese trabajar para el a a cambio de una habitación. Hacía poco que había perdido a su marido y Haru todavía no estaba, así que el a también necesitaba a alguien que le echase una mano.
Pero he de admitir que fue muy buena al aceptar a alguien a quien no conocía de nada.
Me fascinaba su forma de contar la historia, casi como si estuviese hablando de otra persona.
Hicimos una última reverencia y, dejando atrás el pabel ón que ahora bril aba con la cálida luz de la puesta de sol, bajamos en dirección a nuestro alojamiento.
Me lavé el sudor con un baño, le cedí la bañera a Momoko y, esperando a que terminara, me metí en el futón y acabé durmiéndome. Cuando me despertó, ya era hora de cenar.
Mientras estaba en el mundo onírico habían l egado otros dos grupos de huéspedes, a los que nos cruzamos en el gran recibidor de la entrada. Una familia y dos señores de mediana edad. Estos últimos ya parecían estar achispados porque cuando entramos nos saludaron gritando: «¡Hemos empezado sin vosotras!».
La cantidad de cosas para comer era exagerada. La señora no paraba de traernos platos. Estofado, natto, encurtidos, kimchi, miles de entrantes y platos hervidos, incluso tempura. Lo mejor fue el pescado asado al miso, que junto al arroz y a la sopa fueron su cientes para mí y, de hecho, les dejé el estofado y la tempura a los dos señores.
Gracias a la sencil ez del ambiente, la sala se animó rápidamente con un agradable alboroto. Los dos señores eran apasionados de la montaña y solían visitar lugares así; no paraban de enumerarnos sus sitios favoritos. Eran, sobre todo, lugares donde crecían rosas rugosas o ores de loto, ambas fuera de temporada. Por el contrario, la familia estaba al í para hacer un último viaje todos juntos antes de la boda del nieto. La abuela tenía ya ochenta y siete u ochenta y ocho años (hubo una pequeña disputa en la familia sobre su edad) y
fue el nieto quien empujó la sil a de ruedas desde la parada del teleférico hasta ahí.
—Este es mi último viaje —susurró la anciana.
—¡Pero qué dice! Si todavía es joven. ¿Sabe cuántos lugares más podrá visitar? —le respondió Momoko. Parecía que bromeaba un poco.
Tras haber dado las buenas noches a los dos grupos, Momoko y la propietaria empezaron a hablar como si tuvieran mil cosas que decirse, así que decidí volver a la habitación por mi cuenta.
Todas las dudas que tenía antes de marcharnos me asaltaron al entrar al cuarto, cuando empecé a pensar en el comportamiento de mi tía. Parecía que se estaba divirtiendo y que volvía a ser la Momoko vivaz de siempre.
Obviamente tan solo sentía nostalgia por el sitio donde había trabajado, y por eso deseó regresar.
Un extraño presentimiento me condujo hasta al í y, a juzgar por cómo terminó todo con Hideaki, los presentimientos y yo no nos l evamos muy bien.
Pero sí, en el fondo me estaba divirtiendo. Solo tenía eso en mente mientras esperaba que regresase.
—Mañana tenemos que levantarnos pronto, así que mejor nos dormimos ya
—dijo mientras se metía en el futón. Aunque yo ya me había adormecido un par de veces y no conseguía volver a conciliar el sueño. La tía Momoko se durmió en tres minutos, casi instantáneamente su respiración se tornó pesada y constante (y roncó alguna que otra vez).
Qué mala pata haberme olvidado el libro en Subouru. En el momento en que lo recordé, me vino a la mente el rostro de Wada. Quién sabe qué estaría haciendo, tal vez ya dormía. Estaba pasando la noche en un lugar desconocido, lejos de casa, me sentía un poco incómoda y por algún motivo tenía ganas de verle. Si tan solo le hubiese pedido el número de teléfono. Quizás no nos
volvamos a ver. Realmente ya no tiene motivos para regresar a la cafetería. Ese pensamiento me encogió aún más el corazón.
Cuanto más re exionaba, menos lograba adormecerme, por lo que decidí salir de la habitación. Todo el hostal parecía haberse sumido en el sueño, excepto por una habitación al fondo del pasil o por la que el fusuma ltraba la luz.
Me acerqué de puntil as y eché una ojeada al interior: estaba Haru, sentada con las piernas entrecruzadas sobre la mesa y mirando la pantal a de un ordenador. Tenía la misma expresión seria que Momoko cuando rezaba en el santuario. Cuando me giré sigilosamente para irme, se percató de mi presencia y me preguntó:
—¿Qué ocurre?
—Bueno… No logro dormir…
—¿Por qué no das un paseo? Hoy ha sido un día muy bueno, seguro que el cielo estará l eno de estrel as. —Y me indicó la puerta con la barbil a.
—Voy a probar.
Fui rápidamente hacia la salida, pero me bloqueé enseguida: no había absolutamente nada de luz; demasiado peligroso para una chica sola.
Se lo dije a Haru, que me dio una linterna. Abrimos la puerta en silencio y salimos al jardín. Estábamos bastante altos, y aunque todavía era mediados de octubre, mi respiración era blanca como en invierno. Alcé la mirada y el cielo estrel ado me pareció más cercano que nunca. Las constelaciones que eran imposibles de ver en la ciudad durante esa época al í bril aban vívidas sobre las crestas montañosas.
Fuimos hacia el santuario. A nuestro alrededor todo dormía; no había ni una sola luz. Tan solo se escuchaban las pisadas intermitentes de nuestros zapatos.
—Perdóname por haberte hecho venir conmigo.
—No pasa nada, solo estaba leyendo un foro —respondió Haru sacando un
paquete de cigarros del bolsil o de los pantalones. Se puso uno en la boca, lo encendió y soltó el humo hacia la oscuridad.
—¿Cuánto tiempo l evas trabajando aquí?
—Desde que acabé el instituto. La dueña es pariente mía.
—Ah, no lo sabía.
—Aquí es todo un poco gestión familiar. Y los chicos de los institutos cercanos vienen a trabajar a media jornada durante las vacaciones. Casos como el de Momoko son muy raros.
—¿Te gusta tu trabajo?
—Bueno, no sé. No he tenido otro. Durante la temporada de viajes estudiantiles el hostal se l ena y el ambiente se vuelve muy vivo, pero fuera de ese tiempo es un poco deprimente. ¿Y vosotras? ¿Cómo es que viajáis juntas? A simple vista no se diría que seáis muy íntimas precisamente —dijo Haru con el tono de quien no alberga demasiado interés.
—Ya, quién sabe. Antes de irnos creía que Momoko tendría alguna con dencia que hacerme. Pero quizás fueran solo imaginaciones mías.
—Mmm… Es cierto que cuando Momoko estaba aquí con nosotros era mucho más introvertida. Al verla de nuevo me ha parecido feliz. Casi no la reconozco.
—¿Ah, sí?
—Sí. Últimamente estaba mejor, pero incluso entonces hablábamos a duras penas desde que empecé a trabajar en el hostal.
Ni siquiera era capaz de imaginar a la Momoko que estaba describiendo.
—Bah, qué más da —concluyó Haru apagando la colil a del cigarro en un cenicero situado frente al santuario.
Una estrel a fugaz cruzó veloz la bóveda celeste, seguida por un estornudo de Haru.
—¿Entramos? —propuse.
Haru levantó la mirada y asintió.
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