Mis días en la librería Morisaki
Capítulo dieciséis
Ala mañana siguiente no tenía ningunas ganas de levantarme, así que me quedé en la cama durmiendo. La tía Momoko intentó varias veces quitarme la manta, pero yo la agarraba bien fuerte con las manos y me volvía a dormir.
Me desperté a las nueve al nal, me lavé la cara y fui a buscarla. La propietaria, esforzándose por contener una carcajada, me dijo: «Estará en el jardín». Y, efectivamente, cuando salí la encontré ahí en medio, con un yukata y en una pose extraña.
Le pregunté qué estaba haciendo y me respondió que hacía taichí, que era una costumbre suya desde hace unos años.
—¿Sabes que es bueno para la salud? Y para el ánimo. Si te apetece, querida dormilona mía, puedes unirte a mí.
¿También hacía taichí cada mañana delante de la librería Morisaki? Un trabajador que pasase por ahí antes de que abriesen la librería se encontraría a una señora de mediana edad intentando hacer taichí y le costaría creérselo aunque lo estuviera viendo con sus propios ojos. Me imaginé la escena y me dieron ganas de reír.
Cuando acabamos de desayunar, Momoko y yo empezamos nuestra excursión a la montaña. Esta vez fui previsora y me había puesto la ropa adecuada. Los otros huéspedes se habrían marchado ya hacía horas. Pero no había ninguna prisa. Se lo dije a Momoko y me lanzó una mirada asesina.
Salimos del hostal con la propietaria, que nos deseó un buen paseo. Nuestro destino era un punto panorámico especialmente interesante al que se l egaba siguiendo un sendero que atravesaba dos montañas.
A nuestro alrededor había muchísimos cipreses, cada uno cinco veces más alto que yo. Aquí y al á aparecían ores selváticas que la tía me señalaba diciéndome sus nombres. Gracias al tiempo que había pasado entre esas montañas, realmente aprendió muchas cosas. En cuanto a mí, la última vez que estuve en la montaña fue cuando aún iba a primaria. Estaba bien ir acompañada por una guía, sin miedo a perderse. Estaba de tan buen humor que entoné la cancioncita que aprendí en el campo: El oso de la montaña.
Pero solo logré cantar la primera estrofa porque el sendero, inicialmente plano, se fue haciendo poco a poco más empinado e intransitable. No sabía muy bien dónde poner los pies y temía tropezarme en cualquier momento.
Nunca subestiméis a la montaña.
Sin ninguna preparación física, me bastó entonar una estrofa para quedarme sin aliento. Momoko, sin embargo, no mostraba ningún signo de debilidad y seguía con pasos rmes. Cuando se daba cuenta de que me había quedado muy atrás, bajaba el ritmo para que pudiese alcanzarla.
—Señora guía, ¿no podría caminar un poco más lento? —le supliqué tras haber superado un enorme montículo conocido como «El peñasco del tengu».
Pero el a me respondió muy cortante:
—¿De quién es la culpa de que sea tarde? Si no nos damos prisa, nos tocará volver a oscuras. Y por la noche aquí no se ve nada.
No pude rebatir eso.
—Dentro de poco haremos una pausa. Hasta entonces, ¡ánimo! —me envalentonó, y siguió con paso rme.
Poco después de mediodía, paramos al lado de un manantial. Nos dividimos los cuatro onigiri que la propietaria nos había dado como provisiones para el pícnic. En el bosque, con la luz que se colaba entre las ramas de los árboles y el sonido del agua, el cansancio empezó a desaparecer. Me senté en una piedra e inspiré una y otra vez el aire puro en un intento por recuperar el aliento.
Momoko parecía estar perfectamente y se lanzó inmediatamente a por los onigiri.
—Sí que estás en forma, tía.
—Eres tú quien tiene muy poca energía para tu edad, Takako- chan.
—Creo que vivirás tantos años como la señora con la que hablamos ayer —
bromeé.
Momoko se echó a reír.
—La verdad es que no lo creo. Estoy enferma. Tengo bastantes problemas.
No podía creer lo que había dicho, pero Momoko solo dijo que se había acabado el descanso. Exclamó que faltaba poco y siguió el camino.
¿Enferma? ¿La tía Momoko estaba enferma? No lo parecía para nada…
Como no me había movido todavía, se giró para l amarme.
—¡Si vuelves a pararte, te dejaré atrás!
Puse pies en polvorosa y alcancé su pequeña gura.
Seguimos caminando casi sin decir una palabra. Bajamos por un sendero l eno de guijarros, luego rodeamos la ladera de la montaña y volvimos a subir hacia un segundo sendero. Un continuo sube y baja que a mis piernas les costaba aguantar.
Por n se abrió el cielo ante nosotras, señal de que habíamos l egado a la cumbre. Nos encontrábamos en un mirador que recordaba a la cima aplanada de un an. Una extensión marrón y roja de pinos y un pico empinado. En un banco justo enfrente reposaba uno de los señores de la noche anterior, pero aparte de él no había nadie más. Nos sentamos en un banco delante del suyo.
Una suave brisa refrescaba nuestras mejil as y nuestros cuerpos.
El paisaje que podía verse desde la cumbre de la montaña era
verdaderamente hermoso. Los picos rivalizaban entre sí rodeados por ese bril ante verde de la vegetación. El cielo estaba cerquísima, el aire era puro y, tras observar un poco, daba la sensación de que te absorbía.
Logré ver Tokio a lo lejos, esforzándome, como una super cie de granos minúsculos. Desde la cima de la montaña era extraño pensar que al día siguiente yo también estaría ahí. ¿Y si viviese siempre aquí? No sé… Quizá Momoko también lo había pensado en su día.
—¿Tía Momoko?
—¿Sí?
—¿Por qué te fuiste de casa y dejaste al tío Satoru?
Me entraron ganas de saberlo, independientemente del favor que me había pedido mi tío. Tal vez, l egados a este punto, me daría una respuesta. Sentía que sí.
—Bueno… —Asintió ligeramente mientras miraba jamente hacia delante.
En esa misma posición, esperé a que retomase el discurso. Una golondrina cruzó en silencio el cielo sobre nosotras.
—Ya te he contado que antes de conocer a tu tío estaba enamorada, ¿verdad?
—Sí.
—Cuando estuvimos juntos, me quedé embarazada. Siempre había deseado una familia, así que estaba en el séptimo cielo, pero él no era feliz.
Seguramente porque ya tenía mujer e hijos en Japón, quién sabe. Aunque por aquel entonces yo no lo sabía.
Un soplo de viento levantó el polvo del terreno. Luego volvió la calma.
—Si por entonces hubiese sido más fuerte, quizá habría podido proteger a aquel niño. Pero las cosas no salieron bien. No me sentía capaz de perseguir mi felicidad a costa de hacer sufrir a otra persona, ni tenía el coraje de asumir el precio de mis decisiones… Después me arrepentí profundamente, pero ya era tarde… —Suspiró y esbozó una sonrisa—. Luego conocí a Satoru y me
casé con él. Él, como yo, quería tener hijos, pero no l egaban. Hasta que, nalmente y tras diez años, me quedé embarazada de nuevo. Satoru estaba tremendamente feliz y yo no podía parar de l orar de alegría. Pero el niño murió antes de que pudiese dar a luz… Fue mi castigo. El castigo por haberle quitado la vida al niño que había estado antes que él. No tenía ningún derecho a criar a ningún niño… Satoru intentó todo para consolarme, aunque él estuviese sufriendo también. Es un hombre bondadoso, a veces demasiado.
¿Has podido comprobarlo tú también?
Asentí con decisión.
—Más adelante hice de tripas corazón y me esforcé por ayudarle a levantar de nuevo la librería. Seguramente por respeto a mis sentimientos, Satoru no volvió a hablar de niños. Y empezó a dedicarse en cuerpo y alma a la librería.
Yo también amaba esa librería, aunque en eso no le podía ganar. Pero no era su ciente. Pasaron los años y la tristeza no se disipaba. Seguía sintiendo un abismo en mi interior. Y esa sensación de vacío, en lugar de desvanecerse, parecía que aumentaba a diario… Por algún motivo, el mero hecho de estar junto a Satoru me hacía sentir como si lo estuviese traicionando. Hasta que un día, sin saber muy bien cómo, me encontré aquí arriba.
Cuando acabó de hablar, soltó un gran suspiro, como si hubiese estado conteniendo el aliento hasta ese momento.
—He sido egoísta, entendería que me despreciases. Pero, no sé por qué, no era capaz de hablarlo con él; tenía miedo. Imagino que te habré dejado una mala sensación.
No sabía qué decir. En ese momento de mi vida no podía ni imaginar cuánto dolor debía de haber sufrido. No obstante, l egaba a entender que sus sentimientos eran sinceros y nada que dijese haría justicia a su honestidad. No dije nada mientras sacudía lentamente la cabeza. Tras un rato, Momoko se levantó y dijo:
—Perdóname por esta charla tan aburrida. Vamos, démonos prisa en volver.
Me giré y vi que el sol había empezado a ocultarse tras las montañas.
Durante el regreso, la tía Momoko retomó el camino a paso veloz. Yo estaba confundida, inmersa en mil pensamientos y distraída, por lo que acabé tropezando y cayendo de culo al suelo.
Cuando l egué al refugio, agotada, ya había anochecido y empezó a caer una na l uvia. Faltaba una hora para la cena, así que fui directa a darme un baño.
Me quedé sumergida un buen rato, con los ojos jos en el techo. Había sido un día muy, muy largo. Miré por la ventana y vi que había caído la noche totalmente negra. El vapor color leche se confundía en el aire como absorbido por la oscuridad.
Noté cómo se abría la puerta, me giré y, en medio del vapor, vi a Momoko completamente desnuda. Sin ropa parecía todavía más pequeña.
—¿Puedo unirme?
—Mmm… sí, claro.
Entró sin esperar mi respuesta.
—Eres muy joven, Takako. Todavía tienes la piel elástica —dijo, echándome un vistazo. Me dieron ganas de darle la espalda instintivamente.
—En realidad yo ya tengo una edad.
—De eso nada. Aún tienes mucho tiempo. Mira qué línea tan elegante desde el cuel o hasta el pecho. Con el paso de los años se forman un montón de arrugas. Tú estás toda lisa, qué envidia —respondió.
Ya harta, le dije:
—Empiezan a parecer insinuaciones.
Momoko se rio abiertamente:
—Qué exagerada eres, Takako.
Su voz resonó por todo el baño.
Viéndola desnuda me di cuenta de que tenía una fea cicatriz vertical en el abdomen, señal de una operación quirúrgica, de unos diez centímetros. No parecía querer esconderla, pero a pesar de eso me sentí cómoda y aparté la mirada.
Recordé lo que me había contado por la mañana. Tenía un nudo en la garganta, no podía hablar.
Momoko se lavó y entró en la bañera junto a mí. Cerró los ojos y con una expresión de felicidad, dijo: «Oh, qué maravil a».
Mirándola de reojo me dieron ganas de abrazarla.
Señalé la ventana y le dije:
—¡Mira! —Y, mientras estaba distraída, me lancé a su cuel o.
Momoko presintió el peligro y se apartó gritando:
—Pero ¿qué haces?
—Nada —respondí mientras me esforzaba por mantener un gesto serio y la arrinconaba en una esquina como un perro pastor con una oveja.
—¿Qué te ha dado, Takako? Tienes la mirada ida —dijo con un tono entre el miedo y la diversión.
Me agarré a el a, cerré los ojos y apreté fuerte. Sus hombros eran pequeños, pero cálidos.
—Pero ¿se puede saber qué estás haciendo? —Momoko opuso resistencia, pero no solté a la presa.
Cuando entendió mis intenciones, me dejó hacer.
—Qué lío, Takako- chan. No sabía que tenías estos gustos —bromeó.
—Deberías prestar más atención —me reí.
Luego nos quedamos un buen rato ahí, abrazadas, en una esquinita de la bañera.
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