Mis días en la librería Morisaki

Satoshi Yagisawa · Capítulo 17 de 20

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Mis días en la librería Morisaki

Capítulo diecisiete

La segunda noche fue todavía más tranquila que la primera.

Los dos grupos del día anterior se habían marchado y en su lugar había una pareja que estuvo hablando toda la cena en voz baja.

Daban ganas de decirles que si preferían haber estado a solas, deberían haber escogido un balneario o algo por el estilo.

Se ve que la propietaria tuvo nuestra misma sensación y, cuando vino a traernos la cena, encendió la televisión que había en el centro de la sala. El audio no funcionaba bien y las risas de los que estaban participando en el programa nos l egaban con interferencias, haciendo más intenso el silencio que nos rodeaba. Ese mal funcionamiento me puso nerviosa, así que me levanté y apagué el aparato.

Volvimos a la habitación y nos metimos en nuestros respectivos futones. La habitación se sumió en el silencio más absoluto. Había parado de l over porque no se escuchaba ni el sonido de las gotas al caer.

La tía Momoko propuso que nos lo tomásemos con calma al día siguiente y estuve de acuerdo.

En la oscuridad, tenía la mirada ja en el techo. Había una oscuridad plena porque Momoko solo era capaz de dormir así, no toleraba ni la más mínima luz. A pesar de eso, y a fuerza de tenerlos abiertos, los ojos se acaban acostumbrando a la oscuridad y empiezan a distinguir la silueta de las cosas.

—Tía Momoko, ¿estás despierta? —susurré.

—¿Sí? —respondió enseguida. Estaba claro que el a tampoco era capaz de conciliar el sueño.

—¿Te apetece hablar un poco? —murmuré.

—Sí, justo lo estaba pensando yo.

—Es sobre lo que me has dicho hoy.

—¿Qué te he dicho?

—Sobre la enfermedad…

—Ah, sí… —respondió tras una breve pausa.

—¿Es algo grave? —pregunté de golpe. Me escuché muy nerviosa.

—Sí, desgraciadamente es grave. Pero en el fondo tampoco es para tanto —

musitó.

—¿A qué te re eres?

—Bueno… —Se aclaró la voz—. Cuando se viaja, se escuchan cosas sobre accidentes letales, enfermedades fulminantes que ni siquiera dejan despedirse de los seres queridos. En comparación con situaciones similares, el mío quizá sea hasta un caso afortunado porque todavía tengo muchas posibilidades.

—Quieres decir que…

—No hay mucho de qué preocuparse. No es nada inmediato. Hace un tiempo estuve ingresada en el hospital, me extrajeron los ovarios y me sometieron a otros tratamientos. Ahora voy a revisiones periódicas y estoy a la espera de ver qué sucederá. Por lo que no podemos cantar victoria.

—¿Y por eso has vuelto con el tío?

—No he vuelto porque esté enferma, todo lo contrario. Pero, mientras estuve en el hospital en una situación de completa postración, tuve un sueño.

—¿Un sueño?

Me giré hacia Momoko en la oscuridad aunque no pudiese ver su expresión.

—Exacto. Soñé que estaba en una barca a punto de abandonar el puerto. O

tal vez yo misma era la barca, no lo recuerdo bien. Pero era un hecho que debía remar hacia el horizonte. Sabía que nunca volvería atrás. Me giré hacia el puerto y vi a un hombre que me despedía agitando su mano. Enseguida

entendí que era Satoru. Tenía el claro presentimiento de que, si me iba, no volvería a verlo nunca, así que me despedí yo también. Pero la barca era muy rápida y Satoru era cada vez más pequeño. Hasta que dejé de verlo y estuve sola en mitad del mar. Eso fue lo que soñé.

Momoko se giró en el futón hacia mí.

—Me da un poco de vergüenza contarlo, pero cuando me desperté en la habitación del hostal, me di cuenta de que estaba l orando. Y seguí l orando a cántaros incluso después de entender que había sido un sueño. Al nal sol ozaba. Sin embargo, no soy la clase de persona que se echa a l orar, ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez, pero en ese momento estaba tan triste que no podía hacer otra cosa. Y sentí una necesidad imperiosa de ver a Satoru. ¿Parezco una loca?

—Para nada. —Esta vez sí que pude ponerme en su lugar y negué con la cabeza.

—Sí, estoy loca —sentenció el a sin escucharme—. En cualquier caso, he decidido dejar de lado mi vergüenza y volver con él.

—Entiendo… ¿y no tienes intención de contarle nada sobre tu enfermedad?

—No —respondió, cortante.

—¿Por qué?

—Llegados a este punto, no quiero ser una carga para él.

—Pero el tío Satoru no es para nada débil, ¿sabes?

—Lo sé, estoy segura de que cuidaría de mí. Pero no es a eso a lo que quiero l egar. Es una cuestión de sentimientos. No puedo aprovecharme de esta situación.

—Al menos deberías hablarlo con él. Merece saberlo, ¿no?

Momoko no me dejó acabar la frase.

—Ya tomé mi decisión cuando volví con él.

—A ver, pero conmigo lo has hablado, ¿o me equivoco? —repliqué.

—Bueno, puede que necesitara hablar con alguien —murmuró—. Con alguien a quien con arle el motivo de mi desaparición y mi enfermedad. Y

sabía que si te hubiera pedido que no se lo contases a nadie, mucho menos a Satoru, no me habrías hecho caso.

—Pero eso no es justo… —gimoteé.

—Lo sé, no es justo. Perdóname, Takako- chan. Antes, cuando me has abrazado en la bañera, me has hecho muy feliz. Realmente feliz, créeme. Eres una buena chica. Es normal que Satoru te haya tomado tanto cariño.

Me metí hasta la cabeza en el futón y me eché a l orar mientras repetía que no era justo. Cuantas más veces se disculpaba Momoko, más decía yo que no era justo. Y así fue hasta que me quedé dormida de puro agotamiento.

A la mañana siguiente nos despedimos de la propietaria y de Haru bajo un cielo repleto de nubes, y dejamos el refugio. Al igual que a nuestra l egada, Momoko hizo una reverencia para despedirse de la señora, que se echó a reír y le pidió que parase, pero Momoko siguió. Haru tan solo dijo «¡hasta la próxima!».

Esa mañana, Momoko volvía a ser la misma persona alegre de siempre y durante el descenso no paraba de decir cosas como «¡mira, las azucenas están oreciendo!» o «¡ahí abajo las hojas ya son todas rojas!». Yo le respondía intentando mantener un tono tranquilo. No sabía qué otra cosa hacer.

Nos separamos por la tarde en la estación de Shinjuku. La tía Momoko hizo una gran reverencia frente a los atestados tornos y dijo con una sonrisa resplandeciente:

—Gracias, Takako. Me he divertido mucho.

Me armé de valor y le pregunté:

—¿Qué pretendes hacer ahora?

—Volver a la librería —dijo como si nada.

—No me refería a eso. Digo de ahora en adelante.

Momoko se cruzó de brazos y, después de haberlo pensado un poco, respondió:

—Bueno, algo haré.

Luego se dio media vuelta y desapareció entre toda la gente.

Me quedé ahí parada incluso cuando mis ojos ya no alcanzaban a ver su pequeña gura, derrotada por el pensamiento de qué ocurriría a continuación.

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