Mis días en la librería Morisaki

Satoshi Yagisawa · Capítulo 10 de 20

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Mis días en la librería Morisaki

Capítulo diez

–Ha vuelto.La exaltada lamada de mi tío Satoru se remontaba a dos días atrás. Ya habían pasado meses desde que dejé la librería.

Tras el largo descanso que me tomé al í con él, empecé a trabajar en una pequeña agencia grá ca. En tres meses pasé de media jornada a trabajar a tiempo completo, por lo que no tenía casi tiempo y no pude visitarlo durante varias semanas. Por eso, cuando me l amó, creía que era solo porque quería verme. Aunque me di cuenta de que era por otro motivo al escuchar el tono de su voz.

Desde la otra parte de la línea, mi tío me explicó con todo detal e lo que estaba pasando. La l amada duró casi dos horas.

Mi tío había estado en la librería todo el día, como siempre. La jornada había salido bastante bien porque había conseguido vender unos libros insólitos de Mori Ōgai y Oda Sakunosuke, por lo que estaba de muy buen humor. Mientras se dirigía a cerrar la librería, silbando, alguien entró sin mediar palabra.

¿Un cliente a esas horas? A mi tío le pareció raro, pero siguió con los preparativos para el cierre, de espaldas a la entrada. El cliente, sin embargo, no avanzaba hacia el interior de la tienda. Se quedaba en el umbral de la puerta y contenía la respiración. Muy extraño. Cuando, descon ado, fue a girarse, ese cliente murmuró algo. Al escuchar su voz, mi tío se sorprendió «como si le hubiesen golpeado la cabeza diez mil veces».

Al principio pensó que había escuchado mal. Pero en su interior sabía que no podía equivocarse con eso. Confundir esa voz era tan improbable como que cientos de clientes fuesen a la librería Morisaki en un mismo día.

El cliente se dirigió hacia la espalda de mi tío, rígida e inmóvil, y esta vez pronunció más claras sus palabras: «Satoru…».

Mi tío respiró profundamente y se dio la vuelta.

El pasil o de siempre de la librería parecía encogerse para dejar sitio a aquel a gura. Delante de él estaba su mujer, desaparecida sin dejar rastro hacía cinco años e ilocalizable hasta ese momento. No lograba apartar su mirada de el a. Creía estar soñando. Ya había tenido sueños por el estilo un mil ón de veces. Pero ahora parecía demasiado real como para ser un sueño.

Era Momoko, y no había cambiado nada.

Después de un largo silencio, Momoko sonrió.

—He vuelto a casa.

Lo dijo como si acabase de regresar de un paseo. Tan solo l evaba una bolsa como equipaje.

Mi tío se quedó mirándola durante un rato y luego dijo:

—Bienvenida.

Sin decir nada más, Momoko se dirigió tranquilamente al piso de arriba y se instaló en el apartamento.

—Espera, espera, espera.

Hasta ahora había estado escuchando pacientemente, pero tras oír lo que se habían dicho, no fui capaz de contenerme.

—¿Qué diablos pasa? ¿«He vuelto a casa» y «Bienvenida»? ¿«Se instaló en el apartamento»? De verdad que me parece una historia de fantasmas.

Él me respondió con una seriedad extrema:

—Tan solo digo la verdad, Takako.

—Si lo que me estás contando es real, entonces los dos estáis locos. ¿Por qué

la tía ha vuelto así de repente? ¿Y tú por qué la has acogido sin enfadarte siquiera?

—Es normal quedarse con la boca abierta con esto —admitió mi tío—. Pero así es como ha ido, ha sido una reacción totalmente natural.

Estaba tan irritada que me quedé sin palabras. Ya sabía que mi tío era algo extravagante, pero los dos juntos ya me parecieron absurdos.

—No me creo que todavía no le hayas preguntado nada —le dije.

—Sí, ya sabes cómo es. Son cosas difíciles de preguntar —me respondió.

—Pues no. ¿Por qué no te la l evas a casa, a Kunitaki, y al í le preguntas todo lo que le tienes que preguntar?

—Al í se sentiría incómoda. Pre ere el apartamento sobre la librería. ¿Sabes, Takako? Yo no entiendo a las mujeres. Según tú, ¿por qué ha vuelto? —me preguntó con tono dubitativo.

Mi respuesta fue cortante:

—Yo eso no lo puedo saber. Tratándose de tu mujer, tú eres quien mejor la conoce.

—Sí, de hecho, pensaba que la conocía mejor que nadie. Solo que ahora estoy confundido, no entiendo nada. Tú eres una mujer, quizás entre vosotras podéis entender qué os pasa por la mente.

—Vale, las dos somos mujeres, pero somos personas completamente diferentes.

Mi tío se quedó cal ado un momento y luego me preguntó:

—Oye, Takako- chan… ¿Tú crees…? ¿Tú crees que se irá otra vez?

Me morí de ternura al escuchar el tono preocupado de su voz. Me volvió a la mente su espalda encorvada, la noche que me contó qué había sucedido con la tía. Todavía la amaba, era obvio. Y aún sufría por el a. No quería volver a ver esa espalda encorvada.

—¿Tú quieres que se quede?

—No lo sé. Antes pensaba que me bastaba con saber que estaba feliz al í donde estuviese, pero ahora que ha vuelto, todo ha cambiado. No es que sepa con certeza que Momoko puede l egar a ser feliz aquí conmigo… ¡Menuda presunción sería por mi parte!

Resignada, le pregunté:

—Bueno, ¿quieres pedirme algo?

—¿Cómo lo sabías? Necesito un favor…

Sonreí.

—Tío, ya he estado bastante contigo como para saber cuándo quieres algo de mí.

—Takako- chan, en el mundo no hay ninguna sobrina tan maravil osa como tú, ¿lo sabes? Te estaré siempre agradecido.

Como imaginaba, mi tío me pidió que indagase en los planes de Momoko.

Por qué había vuelto, qué intenciones tenía.

Hace cinco años se fue dejando tan solo dos líneas: «Estaré bien. No me busques». Antes de eso, nada hacía presagiar que pudiera suceder algo por el estilo, y ahora había vuelto solo con una bolsa como equipaje. Por eso mismo mi tío temía que se repitiese la historia.

En aquel momento se quedó tan perplejo que, tras haber re exionado hasta vomitar, decidió hacer lo que decía la nota: no la buscó, ni siquiera fue a la policía.

Mi tío me dijo que Momoko me apreciaba mucho, sobre todo porque no habían tenido hijos, así que quizá conmigo se abriría más. Añadió: «¡Avísame cuando vengas!», y colgó.

¿La tía Momoko me apreciaba? ¿A pesar de que apenas hablásemos? No estaba del todo convencida. Y me molestaba un poco que me estuviesen metiendo en una cuestión tan íntima, una cuestión en la que yo, en el fondo, no pintaba nada. Pero la voz de mi tío sonaba tan desconsolada que no fui

capaz de negarme: él también era mi bendición.

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