Mis días en la librería Morisaki

Satoshi Yagisawa · Capítulo 11 de 20

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Mis días en la librería Morisaki

Capítulo once

–Vamos, entremos. ¡Tengo tantas cosas que contarte! —dijo Momoko. Hacía dos meses que no pisaba la librería.

Como de costumbre, había libros por todas partes. El suelo de madera crujía a cada paso. Por la luz de la ventana se colaba la luz cálida de la puesta de sol, por la que bailaban partículas minúsculas de polvo.

Después de tanto tiempo, inspiré profundamente el aire de la librería. Recordé la primera vez, cuando refunfuñé con una mueca que apestaba a moho, haciendo reír a mi tío. Ahora, por raro que parezca, ese olor a antiguo del papel era de las cosas que más apreciaba en el mundo.

Nos sentamos los tres en el mostrador y comimos taiyaki que yo había comprado por la cal e. Durante ese tiempo, entraron dos clientes que, viéndonos ahí comiendo como ratoncitos nuestros dulces, pusieron cara rara, compraron deprisa sus libros y se fueron. En lugar de mi tío, fue Momoko quien los atendió, y lo hizo con mucha cortesía. Se veía que estaba acostumbrada, realmente había estado con un librero muchísimos años.

Sobre todo fue el a quien habló. Era como un río embravecido, un discurso desprovisto de todo hilo lógico.

—Así que has vivido tú también aquí, Takako- chan. Como yo ahora… El aire acondicionado se niega a funcionar, el verano aquí debe de ser horrible.

Pero bueno, estos taiyaki están rel enos de pasta de judías hasta rebosar, qué maravil a. ¿Dónde los has comprado? Han cambiado unas cuantas cosas por aquí. Veo más tiendas a la moda. ¿Es posible que ya solo las mujeres de mediana edad usen la expresión «a la moda»?

Entre charla y charla, algunas veces le pel izcaba las mejil as al tío Satoru. Se le acabaron poniendo rojas después de un rato.

—¿Por qué no paras de hacerle eso? —pregunté, sorprendida.

—¿El qué? —preguntó Momoko como cayendo de las nubes.

—¡No paras de pel izcarle las mejil as!

—Ah, es verdad —se rio el a—. Es una vieja costumbre. Pel izco las mejil as de los demás. Pero solo a las personas que conozco muy bien. Será mi forma de dar cariño. Pero hay que admitir que Satoru está muy gracioso cuando se lo hago, ¿verdad?

Mientras lo decía, puso ambas manos alrededor de la cara de mi tío y empezó a estirarle las mejil as arriba y abajo, como se hace con los niños cuando los regañas. Mi tío, más que parecerme gracioso, me daba pena.

—¡Para ya! —se lamentó él. Pero ya se había acostumbrado tanto que percibí un tono de resignación en su voz.

Su reacción hizo que Momoko rompiese a reír, pero nalmente le dejó en paz. Tal vez fuera un poco sádica.

—¡Me da vergüenza delante de Takako! —Protestó mi tío.

—Uy, ¿por qué? ¿Qué te importa? ¡Takako es nuestra sobrinita!

—No volverá a ver en mí la autoridad de un adulto.

—¿Y cuándo has tenido tú autoridad? —respondió el a rápidamente.

Quizá, con el tiempo, empezaría a pel izcarme a mí también las mejil as.

Mirándolos sentí un poco de miedo.

Después, la tía Momoko cambió de tema por enésima vez.

Me tomó las manos de repente y me miró muy seria.

—Estoy muy feliz de haberte visto de nuevo, Takako- chan. De vez en cuando pensaba en ti. A saber qué estará haciendo esa sobrinita mía tan amable, me preguntaba. Cuando ibas al instituto eras tan tranquila y reservada, realmente adorable. ¿Y esa trenza que l evabas? ¡Una maravil a!

—¿Eso pensabas de mí? En realidad no era para nada como dices —la corté.

Por aquel entonces estaba en plena adolescencia, siempre l ena de rabia pero incapaz de expresarlo ni resolverlo, cosa que me atormentaba. El a, por el contrario, me veía así. Si en las reuniones familiares me comportaba bien era solo porque no quería atraer la atención sobre mí.

La gente se hace ideas equivocadas de los demás muy a menudo, pensé, observando a Momoko, que me miraba con los ojos bril antes. Yo misma había malentendido muchas partes de la personalidad de mi tío Satoru. Es posible ser parientes, compañeros de escuela, o colegas de trabajo durante años, pero si no se hace un esfuerzo para conectar realmente con los demás, es como si no nos conociésemos de nada. Por eso yo tenía en parte culpa por cómo había acabado todo con Hideaki. No podía hacer otra cosa que darle vueltas.

—Tú también has cambiado mucho desde la última vez que te vi, tía Momoko —añadí, un poco irónica. Pero el a se echó a reír, señal de que no lo había entendido.

—Bueno, sí. En las reuniones familiares era otra persona. Vuestros parientes eran todos muy educados, ¿no? El abuelo estaba siempre tan impasible que te hacía dudar de si l evaba una máscara del teatro noh. La decisión de casarnos fue tan repentina que en esa casa me sentía siempre un poco incómoda. Todos parecían extraños en nuestra presencia. Por eso siempre intentaba estar en una esquina, no hacerme notar.

—Entonces era por eso. Pero os casasteis igualmente.

—Bueno, por aquel entonces la convivencia no estaba bien vista. Nos conocimos en París, nos enamoramos y, cuando volvimos a Japón, nos casamos por lo civil enseguida. Lo hicimos todo impulsivamente.

—¡¿París?! —Exclamé—. ¿Por qué París?

—¿No lo sabías? En esa época yo vivía en París. Satoru viajaba por todo el

mundo sin un centavo y nos encontramos frente a un puesto de libros en un mercado de las pulgas. Ya tenía aquí una librería, ¿qué necesidad tenía de ir a buscar libros al í? Sin mencionar que parecía un pordiosero con la barba tan larga y la ropa desgastada.

—Era una manera de mantener alejados a ladrones y asaltantes —bromeó mi tío.

Pero Momoko lo ignoró.

—Sin embargo, cuando le hablé, me pareció interesante, y encima tenía ese aire melancólico que te daban ganas de quedarte a su lado. Así que me dije a mí misma que podía ir conociéndolo a ver qué pasaba.

—Imagínate.

Ahora estaba pendiente de sus palabras. Mi tío se había ido de Japón para intentar resolver sus problemas y durante su viaje conoció a Momoko. Y, por si fuera poco, en un sitio tan romántico como París. Todavía no l egaba a entender qué hacía el a en París. Intenté preguntárselo, pero se me adelantó y me cal ó rápidamente.

—La verdad es que era muy joven…

Era una mujer realmente misteriosa.

—En resumen: nos conocimos así, volvimos a Japón, nos casamos y todos nos miraban raro. Pero cuando tu abuelo enfermó y Satoru se ofreció para encargarse de la librería, nos esforzamos al máximo para que nos valorasen.

—La verdad es que a mí me daba exactamente igual que me valorasen —

dijo mi tío.

—Menudo mentiroso. Entre tu padre y tú había bastante rencor, ¿o me equivoco? Yo me di cuenta enseguida.

Mi tío se cal ó. Con su mujer no tenía ninguna posibilidad de salirse con la suya.

Desde fuera parecían una pareja totalmente en armonía. Tenía hasta

envidia.

Más que dos cónyuges, daban la sensación de ser dos viejos amigos que transmitían una energía tranquilizadora.

—El trabajo me l ama —soltó mi tío como una clara excusa para dejarnos a solas y se fue a la planta de abajo.

Momoko se acercó a mí como si quisiese contarme un secreto.

—Tenemos que ser amigas, ¿vale, Takako- chan?

Me tomó de nuevo las manos y me miró a los ojos. Sus manos eran tan diminutas como las de un niño pequeño.

—Sí…

—Satoru no puede tenerte toda para él. También estoy yo, ¿sí?

—Sí —asentí con una pizca de preocupación.

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