Mis días en la librería Morisaki
Capítulo trece
–Hagamos un viaje juntas.
Aproximadamente dos semanas después de nuestro reencuentro, la tía Momoko soltó de improviso esa propuesta.
—Conozco un sitio precioso en Okutama —añadió con los ojos bril antes.
Asentí con la cabeza, aunque me dejó un poco pasmada.
—Hay una montaña enorme que tiene un santuario histórico en la cima.
Hay unas vistas fantásticas, el aire es puro, una maravil a. Podríamos quedarnos a dormir en uno de esos coquetos hostales y tomárnoslo con calma. Un bonito viaje de mujeres, ¿qué opinas?
Nos imaginé en ese viaje a las dos solas y empecé a preocuparme. Me sentía totalmente en manos de Momoko. Pero me sostuvo las manos y me miró como alguien que no iba a aceptar ninguna respuesta que no fuera un «de acuerdo».
Habían pasado dos semanas desde que nos vimos en la librería Morisaki; dos semanas en las que me hice ver bastante. Obviamente por petición de mi tío, que quería averiguar qué pasaba con su mujer. Solía ir por las tardes después del trabajo, así que me la cruzaba a menudo; el a estaba contentísima de verme y me esperaba con unos manjares deliciosos. Preparaba de todo en esa cocinita que a mí me pareció siempre demasiado pequeña. Guiso de algas, carne con tofu, pescado marinado, sopa de pulpo y rábano, paparda a la parril a, sopa de miso con hojas de rábano y nabo rebozado. Echaba muchísimo de menos la comida casera y, de hecho, ese era el único motivo por
el que seguía visitándola tanto. La l amaba en el descanso para comer y el a, como una mujercita adorable, me preguntaba: «¿Qué te preparo para cenar?».
Y yo le pedía lo que me apetecía.
Un día ya le empecé a insistir en dividir los gastos y el a aceptó en dejarme pagar la mitad de lo que costaban los ingredientes. Tomaba nota de lo que quería comer y me decía: «¡Dalo por hecho!».
Cada vez que me veía frente a la mesa l ena de comida, no podía hacer otra cosa que decirle cuánto me gustaba cada uno de los platos que elaboraba.
—Tú sí que sabes apreciar la buena cocina, ¿eh, Takako? —me decía la tía Momoko, aunque el a comía el doble que yo. La verdad es que no l egaba a comprender cómo una mujer tan pequeña podía comer tanto.
—Pues sí, qué le voy a hacer —respondí en una ocasión mientras el takuan crujía entre mis dientes.
—¿Tú no cocinas?
—Alguna que otra vez sí, pero casi siempre me conformo con pasta. Casi nunca cocino platos como estos.
—Pues eso será un problema si empiezas a salir con alguien.
—¿Cómo?
Realmente nunca había cocinado para un hombre. Era algo que me avergonzaba y hasta ahora había hecho lo imposible por evitarlo. Aunque en general me faltaba experiencia con los hombres.
—Los hombres son criaturas simples. Puedes conquistar a cuantos quieras con la cocina —dijo Momoko, riéndose. Añadió que me enseñaría si lo deseaba, pero como era una negada para las relaciones, de momento sería yo quien se dejaría conquistar por su cocina.
Obviamente no había olvidado el favor que me había pedido mi tío y, de vez en cuando, intentaba sonsacarle algo. Pero la tía Momoko siempre lograba escurrir el bulto. Incluso si le hacía preguntas directas, el a siempre se
escabul ía con respuestas como: «Bueno, quizá…».
Como era una persona a la que nunca le faltaban argumentos, lograba desviar la conversación hacia donde quería. Y encima, cuando me ponía delante la comida, me olvidaba de todo lo demás. Siempre pasaba lo mismo y no conseguía descubrir nada nuevo.
Conseguí sacarle alguna cosita (Momoko solía hablar de más cuando iba achispada, así que la hacía beber de vez en cuando). Quedó huérfana de ambos padres cuando era pequeña y la criaron sus tíos en Ni gata. Al acabar el instituto, empezó a trabajar en una fábrica y, al cumplir veintiún años, vino a Tokio por su cuenta y se enamoró de un prometedor cámara (aquí necesité preguntarle si lo decía en serio). Él se mudó a París por trabajo y el a lo siguió sin decirle nada: hay que admitir que tenía agal as.
—Qué quieres que te diga: era joven. Una chiquil a ignorante… para mí solo existía él. Más tarde descubrí que tenía mujer e hijos en Japón. Así que ahí acabó todo. No hubiese sido capaz de construir la familia de mis sueños a expensas de otra…
Fue entonces cuando Momoko, destrozada por ese desengaño amoroso, conoció por casualidad al tío Satoru. Al principio se sentía responsable de él y empezó a cuidarlo, pero con el tiempo se dio cuenta de que lo amaba.
—No tenía ni idea —respondí, completamente sorprendida por su historia.
El a se encogió de hombros y dijo:
—Satoru es un poco receloso con mi pasado, por eso evito hablar de el o.
Ahí me quedó claro que Momoko conocía el motivo de mis visitas.
Una noche, cuando nuestras cenas ya eran rutina, mi tía estaba bebiendo sake y me preguntó con una risita:
—Takako- chan, Satoru te pidió que vinieras, ¿verdad?
—¿A qué te re eres? —dije, actuando muy mal en un intento por esconder mi incomodidad. Pero fue inútil. Momoko me pel izcó la mejil a con una
expresión de satisfacción.
—Sé muy bien cómo piensa Satoru. Y tú no tienes precisamente debilidad por mí, Takako. ¿O me equivoco?
Sentía cómo me estiraba la mejil a y el corazón me iba a mil. Se había percatado de todo. Era cierto que, en el fondo, no me sentía del todo a gusto con el a. No era que no me cayese bien, pero si alguno me preguntase, tampoco podría decir que me resultara simpática. La verdad es que diría que adoraba su cocina.
Es cierto que había algo en el a que se me escapaba. También se me escapaban cosas de mi tío Satoru, pero con Momoko era diferente. A pesar de todas las horas que pasábamos juntas, era como si la distancia entre nosotras no se acortase nunca. A veces sentía que éramos dos cauces en paralelo cuyos intentos de acercamiento eran imposibles.
Mientras intentaba encontrar una respuesta, mi tía soltó una carcajada y dijo:
—No pasa nada. A mí tú me caes muy bien. Me gusta mucho tu sinceridad, esa incapacidad de mentir. Me encantaría tener un alma tan pura como la tuya.
—Mi alma no es para nada pura. —Sentí que me tomaba el pelo, así que corté por lo sano. Pero Momoko insistió en que era cierto y, no sé por qué, su voz me pareció triste.
—Yo, por el contrario, no hago otra cosa que mentir. —Bajó la mirada.
Durante un segundo, pude ver la melancolía en su rostro. Por primera vez tuve la impresión de haber provocado algo en el a. Pero duró un instante.
Inmediatamente transformó su expresión para poner la de siempre y cambió de tema.
—Bueno, ¿hacemos ese viaje entonces? Todavía no es temporada de momiji, pero así encontraremos menos gente y podremos ir tranquilas. ¿Cómo te las
apañarías con el trabajo? —Me acosaba a preguntas.
—Diría que bien, la agencia es bastante exible…
—¿Vamos entonces?
—Bueno, vale…
Al principio había pensado en rechazarlo, pero recordé esa expresión de melancolía y no fui capaz, así que acepté.
En ese momento sentí algo, aunque no sabría explicar el qué. No fue una emoción propiamente dicha. Fue como una señal difícil de interpretar que no podía dejar pasar.
Antes de que saliese el tema del viaje, Wada y yo nos habíamos vuelto a ver un par de veces en el Subouru. En ambas ocasiones yo regresaba de la librería y él seguía ahí. Así que era cierto que iba a menudo. Estaba sentado en la misma mesa que la primera vez y, como entonces, miraba a través de la ventana con la barbil a apoyada sobre la mano.
Ni siquiera yo estaba segura de querer verlo de nuevo. No es que fuese esperando encontrármelo. Pero cuando vi su gura de espaldas al entrar, pensé: Ahí está. Cada vez que lo saludaba, se sobresaltaba, como si lo hubiese despertado de una pesadil a. Después, tras haberme observado durante unos segundos como si quisiese asegurarse de algo, me devolvía el saludo.
Me invitaba a que me uniese a él y empezábamos a charlar. Hablábamos de tonterías, pero me sentía bien. Un día salimos antes del cierre y fuimos a pasear por los alrededores del Palacio Imperial.
—Pues hasta la próxima.
—Adiós, hasta la próxima.
Dado que no habíamos intercambiado números, no estábamos seguros de si
volveríamos a vernos, pero siempre nos despedíamos así.
La tercera vez no lo vi. No fui al í adrede buscándolo, pero me decepcioné un poco y me puse triste. Me dije que sería raro encontrármelo siempre al í.
Esa noche me senté en la barra y le pregunté por él al propietario que, habiéndonos visto hablar en otras ocasiones, entendió enseguida a quién me refería.
—Ese chico es un poco distante, ¿no? Viene todas las noches desde hace poco. No recuerdo si venía antes.
—No es que sea distante, es que es reservado —lo corregí.
—Disculpa, pues.
—¿No viene para verte a ti, Takako? —preguntó descaradamente Takano, que estaba cerca—. A juzgar desde aquí, hacéis buena pareja.
Lo miré con la boca abierta y me apresuré a negarlo todo.
—Pero ¿qué dices?
—Eh, no te lo tomes a mal.
—¡Y tú no te metas donde no te l aman! —le reprochó el propietario.
—Perdone —murmuró Takano mientras se iba.
Mientras me l evaba el café a los labios, re exioné sobre lo que había dicho Takano y me dije a mí misma que era una estupidez.
Pero ¿y si tuviese razón?
Wada era un hombre agradable. Simpático, educado, divertido. Sin contar con que era un gran lector. No era presumido ni grosero. Seguro que gustaba mucho a las mujeres.
¿Y yo qué?
Me percaté de que el dueño me estaba observando.
—Deberías quitarte la manía de mirar a la gente. Te arriesgas a caerles mal, sobre todo a las mujeres.
El propietario se echó a reír y desapareció por la cocina como había hecho
Takano.
Se me habían pasado las ganas de re exionar, así que me puse a leer el libro del que me había hablado Wada, Sobre la colina.
Lo encontré por casualidad en una estantería de la librería una de las veces que fui a visitar a Momoko. Cuando mi tío vio que le estaba echando una hojeada, me dijo: «Como libro no es gran cosa», pero le respondí que me daba igual, le pagué cien yenes y me lo l evé.
Eran apenas doscientas páginas que leí de un tirón esa misma noche, parte en el Subouru y parte en casa antes de dormir. La narración de un amor que acaba mal, tal y como lo había descrito Wada.
Tokio en los años de la reconstrucción posbélica. El protagonista es un escritor sin dinero que se l ama Iida Matsugoro, quien conoce a Ukiyo, camarera de una cafetería en una cal e en pendiente. Se enamora de el a a primera vista. Al principio, el a no se percata de él, pero poco a poco, al verlo todos los días en la cafetería, intuye sus sentimientos y se enamora también.
Todo parece ir bien entre el os hasta que Ukiyo se ve obligada a contraer matrimonio con el hijo de un rico empresario para salvar una deuda de su padre. Matsugoro, sin esperanza alguna, no puede hacer nada por evitarlo.
Colmado de desesperación y soledad, se refugia en la escritura con la única esperanza de hacerse un nombre gracias a sus novelas y poder reconquistar así a Ukiyo. A los treinta, Matsugoro logra nalmente el éxito que tanto había buscado, pero poco después se entera de que Ukiyo había contraído una enfermedad muy contagiosa y había muerto.
Desde ese momento, el hombre se entrega al alcohol, a las mujeres y a las drogas. Esa vida descuidada acaba afectando a su salud, pero él sigue sin ser capaz de olvidar a Ukiyo y sigue yendo cada día a la cafetería donde se vieron por primera vez. Hasta que, un día de invierno, volviendo de la cafetería, tose sangre y pierde el conocimiento. La última imagen que ve es la de Ukiyo…
La historia de este amor triste y obstinado me marcó, y al acabar la lectura estaba totalmente conmovida. Las lágrimas caían sobre las páginas dejando grandes manchas.
Me dormí bajó el futón pensando que Wada debía de ser alguien verdaderamente romántico.
Esa noche soñé que era la dueña de la cafetería de la novela y que convencía a Ukiyo de que se quedara con Matsugoro.
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