Mis días en la librería Morisaki

Satoshi Yagisawa · Capítulo 8 de 20

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Mis días en la librería Morisaki

Capítulo ocho

Justo después decidí que debía dejar la librería.

Aunque fue de un modo extraño, ese suceso me dio la fuerza que necesitaba. Todo aquel o que me bloqueaba había desaparecido, haciendo que me sintiese más ligera. Y entendí que era el momento de marcharme.

Encontré un nuevo apartamento y me organicé para mudarme en marzo.

Estaba muy lejos de la librería, pero no importaba. No tenía ni idea de cómo acabaría esto, pero gracias a algún contacto de mi antiguo trabajo conseguí un puesto a media jornada en una pequeña agencia grá ca.

Cuando le conté a mi tío que tenía intenciones de irme, lo tomé por sorpresa y me invitó a que lo pensara mejor:

—No debes tomar decisiones precipitadas…

Pero ya lo había decidido.

—Me he tomado un descanso demasiado largo. Si no salgo en busca de mi lugar en el mundo, me arriesgo a no encontrarlo nunca.

Mi tío no me dijo nada más.

Durante ese último mes intenté disfrutar lo más posible de la librería. Me esforcé al máximo en el trabajo, mientras que en mi tiempo libre leía todos los libros que podía. Para agradecérselo a mi tío, limpié de arriba abajo tanto la tienda como el apartamento de la primera planta, donde reordené con mucho cuidado todos los libros que el primer día amontoné en un rincón de la habitación.

Avisé de mi marcha a los clientes habituales y a mis amigos del Subouru.

Todos se pusieron tristes, señal de que me querían mucho, y eso me conmovió. El señor Sabu hasta me propuso que me casase con su hijo, y estuvo a nada de presentármelo de verdad.

Takano y Tomo me organizaron una esta de despedida. Preparamos un nabe en mi apartamento y trasnochamos. Tomo estaba realmente disgustada por tener que despedirse de su compañera de lectura y me dijo: «Te aviso, te estaré esperando para la feria del año que viene».

Ese día Takano me confesó que hacía un tiempo había invitado a Tomo a ver una película en un cine de Shibuya. Todavía estaban lejos de empezar a salir juntos, pero teniendo en cuenta la timidez de Takano, ese había sido un gran paso.

—¡Enhorabuena! —le dije, feliz, dándole una palmada en su delgada espalda.

Después de todo eso, recibí una l amada totalmente inesperada de Murano, la prometida de Hideaki, y quedamos para tomar un café.

Me sabía mal haberla obligado a presenciar aquel a escenita en casa de Hideaki, así que fui al lugar también con intención de disculparme. Pero apenas me vio, fue el a quien inclinó completamente la cabeza.

Me contó que siempre había tenido sospechas, y que después de haber presenciado aquel o, sumó dos más dos, acosó a Hideaki a preguntas y por n logró que le contara la verdad. No obstante, hasta esa noche nunca habría podido imaginar que la otra mujer de Hideaki fuese yo.

Como no paraba de disculparse, le dije: «Yo también tengo culpa», pero el a me contradijo negando con la cabeza. Anuló la boda. Me disculpé otra vez, pero el a me respondió: «No es tu culpa, Takako».

Yo no podía hacer otra cosa que sentirme culpable, pero cuando se lo conté unos días después a mi tío, me dijo: «Hiciste bien. Más vale que haya descubierto su verdadera naturaleza antes de casarse que después».

Para mi tío Hideaki era un enemigo, así que era normal que pensara así, aunque entendí que lo que decía era lógico y por n me sentí liberada.

La última noche en la librería tomamos un café en el balcón de mi habitación, bajo un frío invernal. Mi tío me regaló un montón de libros que, según me dijo, había leído de joven y lo habían marcado de alguna manera. Eché un ojo a las grandes bolsas de papel que había preparado para mí y vi que estaban l enas de obras de autores que no estaban de moda, como Fukunaga Takehiko y Ozaki Kazuo. Fue una noche muy especial. Mi tío me dijo algo que nunca olvidaría. Empezó así:

—Quiero que me hagas una promesa. No tengas miedo de enamorarte.

Intenta amar todo lo que puedas. Aunque a veces sufras por el o, recuerda que una vida sin amor es mucho más triste. Me atormenta pensar que, tras lo que te ha sucedido, te cierres en ti misma. Amar es maravil oso. No lo olvides nunca. Quien ha amado, lo recordará durante toda su vida. Y ese recuerdo calentará su corazón. Es algo que se entiende cuando se l ega a mi edad. ¿Me lo prometes entonces?

—Sí, te lo prometo. Creo que aquí ya lo he aprendido gracias a ti. Así que no tienes de qué preocuparte.

—¿De verdad? Entonces podré estar tranquilo al á donde vayas.

—Por supuesto. Gracias, tío.

La mañana de mi partida me puse a mirar la librería Morisaki con la primera luz del día. Un viejo y pequeño edi cio de madera. No podía creer que había

vivido ahí.

Por un momento, no fui capaz de mover ni un músculo, tan solo echaba mi respiración como vapor debido al frío. La tenue luz del sol cubría la cal e en un cálido abrazo. Las tiendas todavía estaban cerradas y había silencio y tranquilidad por todas partes.

Puse buena cara e hice una reverencia hacia la librería. Nunca olvidaré todo lo que me has dado, pensé.

Le agradecí todo desde lo más profundo de mi corazón a mi tío, que vino adrede tan temprano para despedirme. Para mí ya era alguien insustituible,

¿quién lo hubiera dicho?

En el momento de la despedida, mi tío l oraba como un niño; tanto, que me pregunté dónde estaba ese hombre maduro que la noche anterior me había soltado ese discurso.

—Mira que lo sabía, no puedo. Quédate, Takako- chan —me dijo, apretándome las manos bien fuerte sin querer soltarme.

—Pero vendré a verte a menudo —lo consolé, aunque debería haber sido él quien me consolase—. Y recuerda: quiero que te cuides y cuides de la librería.

Un segundo más y no habría sido capaz de irme. Me despedí de mi tío, que seguía intentando retenerme, y me encaminé hacia la cal e. Caminé rápidamente hacia el nal de Sakura-dori, sin girarme ni una vez, mientras a oraban todos los recuerdos. Pero fui capaz de controlarme y l egué hasta el nal.

Luego tuve un presentimiento, paré y me giré a mirar.

Vi la silueta de mi tío bien pequeñita, quieta en mitad de la cal e y despidiéndose con la mano. Y ahí ya no pude contenerme y rompí a l orar.

Con el rostro empapado por las lágrimas, agité también mi mano. Mi tío entonces la agitó aún más fuerte. El sol bril aba a sus espaldas.

—¡Cuídate! —grité. Entonces doblé la esquina y me encaminé por Yasukuni-

dori, ya l ena de gente.

Las personas que me vieran l orando de esa manera pensarían que era algo rara, pero no me importaba. Lloraba porque tenía ganas de l orar y nunca en mi vida había l orado unas lágrimas tan felices.

El penetrante aire de la mañana parecía anunciar la primavera y yo iba a su encuentro con paso ligero.

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El regreso de Momoko

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