Mis días en la librería Morisaki
Capítulo diecinueve
Vi a Wada de nuevo tras un tiempo, cuando los árboles de las cales ya no tenían hojas.
Esa tarde fui al Subouru después de un mes sin haber aparecido. Al principio seguía de largo cuando pasaba por delante, pero con el frío me apeteció tomar su café.
Abrí la puerta. Wada estaba sentado en una mesa. Lo vi enseguida y él también a mí.
Oh, no, me dije, y pensé en solventarlo con un saludo rápido, pero él se levantó educadamente y esperó a que me uniese.
—Buenas —murmuré avergonzada mientras me sentaba delante de él.
—Buenas —me respondió con su habitual tono cordial—. Hacía mucho que no nos veíamos.
La camarera nos trajo agua y nos preguntó si queríamos pedir algo. Yo tenía intención de saludar y luego cambiarme a otra mesa, así que le pedí que volviera en un rato. Asintió y se marchó.
—¿Todo bien? —preguntó Wada.
—Ah, sí. ¿Y tú?
—Me las apaño —dijo y dio un sorbo a su café.
Quizá todavía esperara a su chica pese a que había dicho que renunciaría a el a.
Mientras pensaba esto, Wada dijo de improviso:
—Te estaba esperando. —Luego sacó un libro de bolsil o de su bolsa y lo puso sobre la mesa.
Era la copia de Amistad de Mushanokoji que había dejado sobre la mesa la noche antes de marcharme. Con todo lo que había pasado, se me había olvidado completamente. Nunca hubiera imaginado que la tendría él.
—¿Y has venido adrede aquí para esperarme? —le pregunté recuperando el libro.
—Esa noche, cuando te fuiste y me di cuenta de que te habías dejado el libro, le pregunté al propietario si podía devolvértelo, pero me dijo que nunca antes te había visto.
¿Cómo? Era imposible que el dueño no me conociese. He estado miles de veces en el Subouru.
—Así que me lo quedé yo —continuó Wada—. Al no conocer tu dirección, solo me quedaba venir aquí de vez en cuando a ver si coincidíamos, pero nunca te veía. Así que al nal, como me aburría esperando, me lo he acabado leyendo. Espero que no te moleste.
No podía creer lo que estaba oyendo. Cuando entendí lo que pasaba, me giré hacia la barra para mirar al propietario, que sacaba bril o a los vasos como si nada. Después de un rato observándole, nuestras miradas se cruzaron. Qué idiota… ¿qué esperaba que pasase? Obviamente no sabía que Wada aguardaba a otra mujer.
Hice un gesto con la cabeza para tranquilizar a Wada diciendo que no me molestaba y añadí:
—Lamento haberte causado tantas molestias.
—No, por favor. Todo lo contrario. Debería agradecértelo porque, después de tanto tiempo, he sido capaz de leer otro libro que no fuese Sobre la colina —
sonrió, divertido.
No esperaba que se desarrol asen así los acontecimientos. No sabía qué decir. Agaché la mirada debido a un escalofrío.
—¿Qué ocurre? —me preguntó, preocupado. Pero luego se percató de que
me estaba riendo y se unió a mí.
Estaba feliz, simplemente feliz por haberlo visto. Sí, así era: estaba completamente feliz por haber vuelto a ver a Wada. Y esto era así independientemente de lo que él sintiese por mí, daba igual.
—Me alegra que nos hayamos encontrado —dije alzando la mirada.
Debía agradecérselo al propietario. Le estaba realmente agradecida. Si no hubiese sido por su plan, seguramente no habría vuelto a ver a Wada. Ni pidiéndole cien tazas de café habría podido devolverle lo que había hecho.
—A mí también me alegra volver a verte. Me hubiese sentido culpable de no haber podido devolverte el libro… Es broma, en realidad tenía ganas de hablar contigo.
Mientras lo decía, esbozó una gran sonrisa. Tenía tanta vergüenza que no era capaz de mirarle a los ojos. Miré por la ventana y vi cómo se re ejaban nuestras guras sentadas una frente a la otra. Fuera soplaba un viento frío que helaba. Tan solo sentía gratitud por la coincidencia de habernos vuelto a encontrar.
Wada estiró la espalda y dijo:
—Para agradecerte que me hubieses prestado el libro, esta noche me gustaría invitarte a algo. ¿Puedo?
—Me vale con un café —respondí levantando un dedo.
—Eres alguien que se conforma con poco, entonces —respondió él entre carcajadas, luego le hizo un gesto a la camarera que pasaba por ahí.
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