Mis días en la librería Morisaki
Capítulo dieciocho
Dos días después, un poco antes del mediodía, me lamó mi tío Satoru. Vi su nombre en el teléfono e imaginé enseguida lo que querría.
—Perdona si te molesto mientras trabajas —dijo, desanimado, en cuanto respondí—. He encontrado una carta cuando he vuelto a la librería…
Ahí estaba, había l egado el momento. Suspiré profundamente. No debía haberse ido así. Y aunque en el fondo de mi corazón imaginaba que lo haría,
¿qué podría haber hecho yo?
Pero el a estaba siendo muy injusta. Realmente injusta. Apretaba el teléfono con mi mano y sentía cómo crecía la rabia.
—¿Takako? —me l amó mi tío, preocupado por mi silencio.
—Voy enseguida.
—¿Y el trabajo? —Le colgué antes de que terminase de preguntarme.
No es justo, no es justo, no es justo, no paraba de repetirme en el tren directo a Jinbōchō. Los adultos no se comportan así.
No era que no entendiese lo que sentía Momoko. Pero… desaparece cinco años, se presenta de nuevo de improviso y le dice que está enferma: obviamente es consciente de que puede trastornarle. Sobre todo considerando el amor que aún sentía Momoko por mi tío Satoru. Pero ¿qué hubiese sido de él? Había sufrido tanto ya la última vez.
Yo estaba de parte de mi tío, como él lo había estado siempre de la mía. Por eso nunca podría perdonar a Momoko por haber desaparecido así otra vez. La rabia amenazaba con desbordarme, no podía contenerme mucho más.
Temblaba, no recordaba cuándo había sido la última vez que había sentido tanta rabia.
Cuando l egué a la librería y mi tío me enseñó la nota que ponía «Gracias por todo, cuídate», la rompí en mil pedazos y la tiré al suelo. Él se me quedó mirando con la boca abierta.
—No es justo, es una cobarde. Viene, te enseña lo mejor de sí misma y se larga. Esta sí que ha sido una buena huida.
—Oye, Takako… —dijo mi tío, mirándome preocupado.
Le interrumpí, enderecé la espalda y, sin dirigirme a nadie en particular, a rmé:
—Estoy a punto de romper mi palabra. Es más, yo no di mi palabra, fue el a la que me pidió que no dijese nada.
—¿Cómo? —respondió con la boca abierta.
Le conté a grandes rasgos de lo que me había enterado en la montaña, incluso dándome cuenta de que para él podía ser demasiado impactante. Pero tenía derecho a saberlo y él era el único que podía detenerla.
Sin embargo, no pareció sorprenderse y se limitó a asentir levemente con la cabeza cuando terminé de hablar.
—¿Ya lo sabías?
—No, no lo sabía.
—Pero…
Soltó un gran suspiro y se dejó caer sobre la sil a.
—Sabía que si había vuelto era porque algo grave pasaba. Ya te lo dije, cuando toma una decisión, nadie puede hacer que cambie de idea. Y, por el contrario, reapareció. Por eso temía hacerle preguntas. Y te pedí que se las hicieras en mi lugar. Qué tonto he sido. No he querido hablar y este es el resultado.
Mi tío parecía resignado. Me acerqué para mirarle jamente a los ojos.
—Quizá todavía estés a tiempo —le exhorté—. Si dejas que se vaya ahora, puede que no la vuelvas a ver. Independientemente de cómo acabe esto, no puedes rendirte ahora. ¿Me entiendes? Solo tú puedes pararla.
—Mmm —rebatió, cansado.
—¿A qué esperas? —le incité—. ¿No fuiste tú quien me dijo que no huyese?
No podéis seguir huyendo el uno del otro. Yo me encargo de la librería, ¡ve a por el a!
—Pero ¿dónde debería buscarla? —me preguntó con una expresión de derrota.
—¿No se te ocurre ningún sitio? ¿El primer lugar donde iría Momoko?
Me miró, confundido.
—No, nada.
—¿Cómo es posible? ¡Tiene que haber alguno! ¿Es o no es tu mujer?
—Sí, pero no por eso…
—Intenta pensar en un sitio que sea importante para el a.
Siguió mirándome sin decir nada, hasta que se le ocurrió de golpe.
—Podría haber uno… Es más, seguramente debe estar al í.
—¿Ves? ¡Lo sabía! ¡Vamos! ¿Qué haces aquí todavía?
—Sí, ojalá aún esté a tiempo —dijo, poniéndose de pie—. Pero tengo que pedirte que te encargues del negocio, Takako.
—Sí, claro, ya te lo he dicho.
—Sabes que no te pagaré, ¿no?
—Que sí, ¡pero vete ya! —exploté. No era el momento de hablar de tonterías.
Mi tío salió corriendo de la librería y yo esperé con todas mis esperanzas que consiguiese traer a Momoko de vuelta.
Me quedé de pie junto a la puerta viendo cómo corría como loco por toda Sakura-dori. Aunque, desafortunadamente, su dolor de espalda le obligaba a pararse de vez en cuando para masajearse las caderas, pero paciencia.
Cuando dejé de verlo, me quedé un rato admirando un trozo de cielo entre los edi cios. Era un cielo otoñal azul pálido, con sutiles bancos de nubes cruzándolo lentamente.
—Oye, ¿qué pasa? ¿Está abierto? —preguntó un señor de mediana edad que estaba quieto frente a la librería.
Me miró poco convencido y, pasando por mi lado, entró. Lo seguí al interior.
—Bienvenido, dígame.
Yo ya había cumplido. Ahora le tocaba a mi tío.
Me puse detrás del mostrador, como solía hacer antes, y esperé el regreso de mi tío y de Momoko.
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