Noches perdidas

Mina Vera · Capítulo 10 de 26

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Noches perdidas

Capítulo 7

 

Como bien había dicho Alejandro, la ermita necesitaba algunos arreglos. De camino, en lo que era un paseo de apenas unos minutos desde la casa, le explicó algo que Verónica no había esperado, pero que no pudo sino hacerla sentirse orgullosa del hombre al que tenía por marido.

El abuelo materno de Alejandro había sido el Marqués de Beaumont antes de fallecer y que su primogénito heredase el título, aunque no todas las propiedades de su padre. Le Petit Château Beaumont había sido para su hija pequeña, Evangeline, quien adoraba aquella casa, aun no siendo la más majestuosa ni moderna de la familia. Armand de Beaumont no había podido hacer nada para impedir que su hermana se fuera a vivir allí cuando tuvo la mayoría de edad y pudo ejercer su derecho de herencia, pero trató de impedir por todos los medios que se casara con un hombre que no fuera noble y, sobre todo, que no fuera francés. Fue por eso que, al casarse Evangeline con Fernando Zaldívar, Armand se lo tomó como una afrenta personal y obligó a todos los Beaumont a renegar de ella si querían seguir contando con su beneplácito. De modo que Alejandro no había conocido a apenas ningún familiar de su rama materna.

—Ni falta que me hace —le respondió a Verónica cuando está le preguntó si no le gustaría tener contacto con su tío.

—Pero es tu familia —replicó ella, solo por saber qué le respondería él.

—No. Mi familia es la que está en esta casa. La que me quiere y ha cuidado de mí desde que era un crío, y la que sufrió conmigo la muerte de mi padre. La que me ayudó a seguir adelante y a ser el hombre que hoy soy.

Alejandro se quedó serio y prosiguió el camino en silencio, hasta llegar a la puerta de la ermita.

—Mi bisabuelo la mandó construir para que su esposa, que quedó postrada en una silla de ruedas, pudiera rezar en la Casa de Dios sin tener que acudir a la ciudad cada día. Pero mi padre la cerró a cal y canto cuando mi madre murió. Fue Berta quien me lo contó —explicó—, porque él nunca lo mencionó. A mi madre le gustaba venir aquí a poner flores frescas en el altar. Su idea era bautizar aquí a todos sus hijos. No obstante, mi padre se negó a que me bautizaran aquí. Según Berta, él creía que sin mi madre presente, este lugar había dejado de ser sagrado.

Verónica pensó que era mejor no decir nada, así que ocultó su silencio en el sonido que la puerta hizo al abrirse.

El diáfano lugar estaba lleno de polvo, pajarillos revoloteando hacia sus nidos y, sobre todo, un olor a humedad, cera de vela y años de aire viciado.

—¿Qué día dijiste que era tu cumpleaños?

—No te lo dije. El diez de octubre.

—Bien. Eso nos deja menos de dos semanas para los preparativos, y para los arreglos de la escuela. Espero que no tengas muchos compromisos laborales porque vas a estar muy ocupado.

—¿Pretendes convertir esto en una escuela antes de la fiesta?

—¡Por supuesto! En cuanto convenzas a Melissa, traeré aquí a los niños todas las mañanas de lunes a viernes.

Él sonrió y la miró de aquella manera que le hacía plantearse qué narices estaría pensando.

—Me alegra verte entusiasmada con algo.

Lo estaba. La perspectiva de retomar una rutina de horarios escolares y la elaboración de un proyecto educativo hacía que el corazón le latiera más deprisa. Como si hubiese revivido.

—¿De verdad me cedes la ermita para dar clase, Alejandro? —De pronto, le pareció que él estaba concediéndole demasiado—. Entiendo que este lugar puede ser especial para ti.

—Como te he dicho, mi padre dejó de considerarlo un lugar sagrado cuando mi madre murió. Yo no lo creo igual, tal vez porque no estoy enfadado con Dios por la muerte de mi madre. Aunque sí llegué a estarlo cuando se llevó a mi padre. Soy creyente —no muy practicante, la verdad— pero sí conozco las escrituras. Y recuerdo algo que Jesucristo decía: «Dejad que los niños se acerquen a mí». Seguro que allí arriba están encantados de que este lugar abra de nuevo sus puertas para algo como lo que tú vas a hacer tan desinteresadamente por los hijos de Melissa.

Aquello le provocó una mueca e incluso una punzada de culpabilidad. Se acercó al altar y, al fondo, vio una hermosa imagen de la Virgen María, esculpida en mármol blanco y sosteniendo a su hijo en brazos. Comenzó a hablar como si estuviera confesándose ante ella.

—He de reconocer que no es algo totalmente desinteresado. A mí me resulta muy gratificante enseñar a los niños, estar en su alegre e inocente compañía a diario. Es algo que nunca supe hasta que empecé a hacerlo. — Suspiró y después se rio, negando con la cabeza—. Mientras estudiaba en Londres, en el North Collegiate School de Candem Town, mi idea era ir a la universidad. La directora, Frances Mary Buss, nos aseguró al comenzar nuestro último año que todas y cada una de nosotras podríamos acceder a la universidad y estudiar lo que quisiéramos, como cualquier hombre. Miss Buss confiaba plenamente en mis posibilidades, y yo tenía la absoluta certeza de que acabaría unos estudios universitarios que me llevaran a poder participar en política. Y, no te rías —le advirtió, girándose para asegurarse de que no lo hacía—, que conseguiría promover una ley por la que todas las mujeres pudiéramos votar. Todas y cada una de nosotras.

Por supuesto, él no se rio. Al contrario, la cara se le quedó impasible, paralizada por el sentimiento de admiración que había despertado en él con la simple confesión de algo que ella ahora veía como una fantasía, pero que algo le decía que si hubiera podido seguir adelante, habría convertido en realidad. No dudaba que alguna mujer, en algún momento no muy lejano, lo conseguiría. Y aquella o aquellas que lo lograran tendrían que tener, como mínimo, algunas de las cualidades que tenía su mujer. Deberían ser valientes, persistentes, inteligentes y seguras. Ella era todo eso. Entre otras muchas admirables cualidades más.

—Pero mi padre enfermó —continuó con voz pesarosa—, y yo volví a casa. Además, tampoco podría haber seguido estudiando. Por el dinero — aclaró con un suspiro—. Mi título de bachiller me abrió las puertas de una de las escuelas de Zaragoza y allí descubrí que enseñar a niños era lo que realmente quería hacer. Ver cómo crecen y cómo avanzan en las materias, cómo disfrutan descubriendo cosas nuevas… —La apesadumbrada nostalgia de sus ojos fue sustituida de inmediato por una radiante luz de esperanza—. Creo que es el mejor trabajo del mundo. Y que, de cierta manera, es otra forma de contribuir a mejorar la sociedad, enseñándoles valores de igualdad a los niños cuando sus mentes aún no están cerradas a lo que siempre ha sido, a lo que ven en sus casas o en las calles. El futuro está en sus manos, y esas manos son las que van a poder cambiar lo que está mal.

Se giró y lo miró con algo de desconcierto, como si de pronto se diera cuenta de que él estaba allí. Soltó una risita y se encogió de hombros.

—Así fue como descubrí mi auténtica vocación. Por casualidad. O quizás, simplemente, fue el destino.

Alejandro estaba mirándola embelesado, por eso tardó unos instantes en darse cuenta de que ella esperaba que dijera algo.

—Así son las vocaciones, supongo —concluyó torpemente. Y porque no sabía qué hacer con las manos, pasó dos dedos por el respaldo de un banco. Después se sacudió la mano manchada de polvo—. Yo siempre supe que quería pintar.

—¿No te dedicabas a construir locomotoras y vías de ferrocarril? Bueno, a invertir en ello.

Qué poco sabían el uno del otro, pensó con tristeza mientras recorría el pasillo central que delimitaban los bancos antes de llegar al altar vacío. Sin una sola flor.

—Con eso me gano la vida. Son los negocios que heredé de mi padre. Y aunque me resultan interesantes y gratificantes en el sentido de contribuir a comunicar ciudades y países entre sí, de forma que los pasajeros y las mercancías lleguen cada vez en menos tiempo y con mayor comodidad, mi auténtica vocación está en los lienzos que pinto. Cuando uno me viene a la mente, tengo que dejar todo lo que estoy haciendo y entregarme a él por completo. Hasta que no lo termino, no puedo pensar en otra cosa.

Ella sabía que tenía un taller de pintura, lo había visto con sus propios ojos, pero había creído que era un pasatiempo más, como los ejercicios que realizaba en su gimnasio.

—¿En serio? —Parpadeó sorprendida.

—Sí, en serio. —¿Podría llegar a entender ella la pasión que él sentía cuando pintaba? Se temía que ambas vocaciones eran muy distintas—. ¿No tengo aspecto de artista?

—La verdad es que, ahora que lo dices —lo miró entrecerrando los ojos —, sí.

Ambos rieron al unísono y sus voces hicieron eco contra las paredes del desolado edificio.

—Caramba. Da escalofríos. —De hecho, Verónica acababa de sentir uno.

—Sí. No tiene mucho aspecto de escuela. Habrá que trabajar mucho aquí dentro.

—Me parece que no voy a traer a los niños hasta que yo misma sea capaz de poner un pie aquí sin pensar en los espíritus de tus ancestros — decidió, mirando alrededor con desasosiego.

Él la miró extrañado. Eso no encajaba con ella.

—Mis ancestros hace mucho que dejaron estas tierras, Verónica.

—Lo sé. Pero la imaginación de los niños es poderosa. ¿Por dónde podríamos empezar?

Él también miró alrededor. Si hacían todo lo que le estaba viniendo a la mente en imágenes, como cada vez que comenzaba un nuevo proyecto, necesitarían más mano de obra.

—Creo que lo mejor será hablar con Leo. Él conoce algunas cuadrillas de albañiles que pueden colaborar por un sueldo razonable. Porque tú y yo solos podemos formar un gran equipo —le guiñó desconcertantemente un ojo—, pero solo tenemos cuatro manos.

—Manos de artista. —Verónica le soltó casi de inmediato al darse cuenta de que se había quedado mirando una de sus manos, justo después de tomársela sin pensar—. Creo que he visto a Leo en los establos — comentó, nerviosa por su propio comportamiento.

Él le concedió el alivio de no darle mayor importancia a su impulsivo gesto.

—Si te fijas, encontrarás cuadros pintados por mí en la casa —le explicó mientras salían y cerraba la puerta con la llave que acto seguido le entregó a ella—. Podrías tratar de adivinar cuáles son míos y cuáles no.

—¿Es un juego? —La idea le parecía divertida—. ¿Ganaré algo si acierto?

—¿Ganaré yo algo si fallas?

Ella no respondió y ocultó su mirada al guardarse la llave en el bolsillo de su falda. Acababan de hacer un trato y no iba a meterse de lleno en otro por jugar a las adivinanzas. Aun así, mientras se dirigían a los establos, la curiosidad la pudo y se preguntó si encontraría la firma de Alejandro en el cuadro que había en su cuarto, sobre la chimenea, y que tan hermoso le había parecido desde el primer día.

 

Tras hablar con Léonard, Verónica volvió a la casa con una lista enorme detallando los arreglos por hacer. Al dirigirse a la cocina se cruzó con Berta, quien no solo no la saludó sino que prácticamente la fulminó con la mirada antes de marcharse con la cara encendida de rabia. Apenas pudo pensar en ello porque Jacques llegó corriendo y se le abrazó a las faldas.

—¿De verdad va a construir una escuela para nosotros? —preguntó en un sollozo.

—Construir exactamente, no. Arreglaremos la ermita que hay más allá de los establos. Pero será una escuela preciosa, ya lo verás.

El resto de los niños acudió a su encuentro. La avasallaron a preguntas hasta que Melissa se los quitó de encima, avisándoles de que si se ponían tan pesados, tal vez Madame Verónica cambiara de idea antes de empezar.

Los niños vieron que aquello era posible y aceptaron irse sin hacer una sola pregunta más.

—No pasa nada, Melissa. Me encanta verlos tan entusiasmados. Una motivación como esa es de por sí la mitad del aprendizaje.

—Supongo que eso también es aplicable a la labor de la enseñanza. — Verónica asintió sonriente. Ella no podía estar más motivada—. No sé cómo podré agradecérselo. Desde que mi esposo murió yo… solo he pensado en darles el doble de amor a mis hijos. Ya sé que eso no es excusa para no haberles enseñado a leer. Simplemente, quiero decirle que no había pensado en ello como una prioridad. Pero ahora sé que ellos anhelan aprender. Y lo necesitan.

—Aún son pequeños. No es tarde. La verdad es que nunca lo es. — Conmovida, Verónica le tomó las manos y se las apretó con fuerza—. Y son muy listos. Aprenden muy rápido.

—En eso han salido a mi Jean. —Suspiró y evitó que una lágrima se le escapara frotándose un ojo—. Yo no soy tan inteligente como lo fue él. Pero soy hábil. Y trabajadora. Si le parece bien, me gustaría ayudar con las reformas.

Para que ella pudiera llorar a gusto y, para qué negarlo, para poder ocultar sus propias lágrimas, Verónica optó por abrazarla.

—Toda ayuda es bienvenida.

 

—Con esta ya son veinte las confirmaciones de asistencia. De veinte recibidas.

Verónica subrayó otros dos nombres de la lista que había elaborado con Alejandro hacía una escasa semana. Esa había sido una de las muchas tareas que habían compartido durante los preparativos de la fiesta, ambos sentados frente a la mesa del despacho después de comer.

—Tu fiesta de cumpleaños va a estar muy concurrida. Y eso que tu familia materna no está invitada. —La joven cogió otro de los sobres que Alejandro había identificado y separado del resto del correo, leyó el remitente y, al sacar la nota, lo miró con una ceja alzada—. Veintiuna.

—Me temo que lo que les motiva a venir no es que yo cumpla años. Sino conocerte a ti.

—No querrían conocerme a mí si tú no fueras tan popular. —Con la boca apretada, subrayó los cuatro nombres de la Familia Dupont.

—Y tú no querrías conocerlos a ellos si no estuvieras casada conmigo. —Intencionadamente, abrió un sobre rasgándolo con violencia con el afilado abrecartas.

—¿Quién ha dicho que quiera conocerlos? —Alejandro la miró ceñudo. Ella se encogió de hombros y suspiró—. Tranquilo. Te dije que sería una estupenda anfitriona. Y lo seré.

¿Es que no pensaba darle ni un minuto de tregua?, se preguntó Alejandro. De pronto, parecía estar tan relajada, comentando con Leo la decoración floral del salón o calculando con él y Margot cuántos camareros iban a necesitar. Y al minuto siguiente, se ponía a la defensiva, recordándole que si estaba haciendo todo aquello era solo porque habían hecho un trato.

—Mira, seguro que después de conocer a dos de mis invitados de honor, te tragas tus palabras. —Le extendió el sobre que acababa de abrir, sin mirar su contenido—. Forman la pareja más encantadora que he visto en mi vida.

Verónica tomó la carta y leyó la primera parte. Más que suficiente, pensó.

—Al parecer, me voy a quedar con las ganas. —Algo molesta consigo misma por cómo le había dicho aquellas palabras, leyó en alto las primeras líneas—. Estimado Alejandro. Mi más sincera enhorabuena por tu enlace. También aprovecho la ocasión para felicitarte de mi parte y de la de Adele por tu cumpleaños. Lamentablemente, nos es imposible asistir al evento. — Algo dolida por él, estiró el papel y él lo recogió con evidente disgusto.

Alejandro leyó toda la carta de su buen amigo Yang. Y para sorpresa de Verónica, sonrió de oreja a oreja.

—¿Por qué sonríes? Dice que no van a venir.

—Sonrío por el motivo de su ausencia.

Con el ánimo evidentemente mucho más alto, le devolvió la carta a Verónica para que terminara de leerla.

—Su mujer acaba de dar a luz. De acuerdo, es un motivo más que razonable para no asistir. Y un motivo de alegría también.

—Podrías no quedarte con ganas de conocerlos. Viven a poco más de una hora de aquí, en el centro de Orleans.

—Era una forma de hablar —repuso ella sin que él lo tuviera en cuenta.

—Les llevaríamos un detalle para el bebé. Un hijo que llevan más de diez años intentando tener —recalcó—. Y después de la visita, podríamos ir a cambiar esos zapatos de talla equivocada que te compré. Y de paso, te podrían tomar las medidas para nuevos vestidos.

—Alto, alto. No empieces a organizar más cosas cuando ni siquiera he aceptado la primera.

—Si aceptas, todas, dedicaré el día de mañana a las reformas de la escuela.

—¿Completo?

—De sol a sol. Con mis correspondientes descansos para comer, por supuesto. Tirana —añadió con sarcasmo.

Ella obvió su chiste mordaz.

—¿Eso a cambio de ir a conocer a tus amigos y a su bebé y después pasar por una tienda y cambiar unos zapatos?

—Y tomarte medidas para vestidos nuevos en otra. Tendrás que elegir telas, pero ambas están en la misma calle. Nos llevaremos a Ivy para que te ayude. Si quieres.

—Y a Leo. Hacían falta algunos materiales más para la escuela.

—Aunque eso no estará en la misma calle, trato hecho. —Como muestra de buena voluntad, le tendió una mano. Ella la aceptó a regañadientes—. Terminamos con esto y nos ponemos en marcha.

Sin dejar de sonreír, Alejandro rasgó otro sobre y Verónica tachó los dos únicos nombres que, por el momento, no iban a estar presentes. —Adele y Yang Akio— pero cuyos rostros ella iba a conocer esa misma tarde.

Cómo no, Alejandro se había vuelto a salir con la suya. Sabía exactamente qué ofrecerle para conseguir sus propósitos. Y ella, de nuevo, había caído en su trampa. A partir de ahora, tenía que estar más atenta.

 

Leo detuvo el carruaje delante de la casa de la familia Akio. Mientras los patrones permanecían de visita, él e Ivy irían a hacer algunos recados aprovechando que iban a la ciudad.

Verónica caminó junto a Alejandro hasta la puerta de la casa de dos pisos, a cuyos lados había varios edificios similares. Su llegada iba a ser toda una sorpresa, aunque cabía la posibilidad de no fuera un buen momento.

Los nervios de la joven desaparecieron cuando un hombre bajito de origen oriental abrió la puerta y, nada más ver a Alejandro, lo abrazó con fuerza.

—Tú sí que sabes dar buenas sorpresas, amigo. —Tras dos fuertes palmadas en la espalda, Yang se separó de Alejandro y se dirigió a ella, con un gesto solemne en el rostro—. Madame Zaldívar, es un honor y un placer conocerla.

Cuando le besó la mano en una excelente reverencia, se dio cuenta de que a pesar de ser extranjero en origen, llevaba mucho tiempo rodeado de las costumbres del mundo occidental.

—Lo mismo digo, Monsieur Akio.

—Llámame Yang, por favor. —Con un gesto los invitó a entrar—. Mi casa es tu casa.

—Verónica —le dijo ella mientras él mismo les recogía la chaqueta y el chal, revelando que en aquella casa no había mayordomo ni sirvientes—. Yang, llámame Verónica.

—Deduzco que os ha llegado mi carta —continuó mientras caminaban por un pasillo que dejaba ver una tenue luz al final del mismo—. Y que no estáis aquí para verme a mí.

—También, aunque no principalmente. —Alejandro le pasó un brazo por encima del hombro, en un gesto familiar y desenfadado—. ¿Dónde están Adele y vuestro pequeño milagro?

—Pequeña. —Los ojos rasgados del hombre se agrandaron y brillaron cuando dijo aquella única palabra—. Mi pequeña está merendando. Pero pasad. A Adele no le importa.

Verónica dejó pasar primero a Alejandro. La mujer estaba amamantando a su hija. Era mejor que reconociera el rostro de la primera persona que aparecía en su cuarto.

—¡Alejandro! Oh, querido. Sabía que vendrías pronto. Pero no tanto.

—En cuanto recibí la carta. Esto es para ti. —Le dio un beso en la frente y le tendió la cesta con el ramo de flores que habían elaborado antes de partir, además del arrullo que habían comprado en una tienda artesanal antes de llegar a la casa—. También hay algo para al bebé.

—¿Nada para mí? —protestó Yang, dándole un pequeño empujoncito a Verónica para que entrara y no se quedara en la puerta.

—Tienes por esposa a la mujer que ningún nacido en Orleans ha podido conquistar y una niña que por lo que veo, y gracias al cielo, no ha salido a ti. ¿Qué más quieres?

—Nada —reconoció con una carcajada—. Absolutamente nada más.

Verónica sonrió al ver cómo Yang se sentaba junto a su esposa y le tocaba la punta de la nariz a la pequeña que, aunque parecía dormida, seguía mamando del pecho de su madre.

Se dijo que allí la confianza era grande, inmensa. Y se preguntó qué había llevado a Alejandro a tener a aquel insólito matrimonio como amigos íntimos. Él era bajito, poco agraciado físicamente, en apariencia diez o quince años mayor que ella, y además extranjero. Ella era una joven que no podía haber cumplido aún los treinta. Tenía los rasgos típicos de las mujeres francesas que había visto por la calle de camino a la casa. Cabello castaño, largo y lacio, ojos grandes y almendrados. Tez pálida y perfecta. Y una sonrisa cálida cuando se dirigió a ella.

—Así que tú eres Verónica. —Adele le hizo un gesto con la mano—. Ven, acércate.

Alejandro le dejó sitio al otro lado de la cama, y ella se sentó a observar a la pequeña.

—¿Cómo se llama?

—Edith. Como mi madre. ¿Quieres cogerla?

—Yo… no sé.

—Claro, cógela —insistió.

Antes de poder negarse, ya la tenía en sus brazos. Incómoda por la postura, se levantó y la acunó lentamente. La niña le dirigió una mirada confusa antes de sonreír y mostrar las encías.

—Oh, es encantadora —comentó mirando a la madre, quien estaba radiante a pesar de tener aspecto fatigado mientras se acomodaba las ropas. Decidió darle un rato de intimidad distrayendo a Alejandro—. ¿Has visto Alejandro? ¿No es una ricura?

Él pensó que el mundo se detenía cuando Verónica se acercó a él y le mostró la niña con expresión maternal, sosteniéndole una manita con un solo dedo. Las palabras no le salieron.

—Yo quería un varón, mi hombrecito, para que heredara mis dos negocios —explicó Yang—. Pero cada vez que veo a Edith, con la misma carita que mi mujer, solo puedo dar gracias.

Alejandro escuchó a su amigo sin quitar la vista de Verónica y la niña. Él siempre había imaginado que tendría un heredero. No solo como algo práctico, alguien a quien dejarle todo lo que tenía, sino como sangre de su sangre, a quien enseñarle todo lo que sabía. Y sobre todo, a quien querer por encima de su propia vida, como sabía que su padre le había querido a él.

Él era un artista, creaba una pintura a partir del sentimiento que una imagen le evocaba. Para él, eso era una obra de arte, y siempre le había parecido un milagro. Un hermoso y extraordinario milagro. Pero desde luego, no había nada más bello y mágico en el mundo que crear vida. Y lo que aquella imagen que estaba viendo ahora le evocaba era que, tener a una pequeña Verónica fruto de la unión de ambos, era una posibilidad demasiado tentadora.

Serían dos hijos entonces, se prometió.

Durante el resto de la visita, conversaron mientras tomaban té y pastas. Verónica escuchó con fascinación la historia de cómo Adele había conocido a Yang por casualidad, un día que acompañaba a su padre a por herraduras nuevas para sus caballos de tiro. Había ido por recomendación de un vecino, quien aseguraba que Yang trabajaba el metal con auténtico arte.

La joven había quedado tan fascinada por sus rasgos y por su forma de moverse que, pasados unos días, comenzó a rondar por la herrería cada vez que tenía oportunidad. Un tiempo después, empezó a saludarlo. Hasta que un día, él la invitó a pasar. Y ya nunca se quiso marchar.

Alejandro siempre había sentido admiración por aquella pareja. Ella lo había dejado todo por él. Era una mujer de clase media, a quien su padre había querido casar con un comerciante más acaudalado que Yang. Un comerciante, además, local. Su amigo, por su parte, había luchado por la mujer que amaba, y le había asegurado al padre de esta que jamás le faltaría de nada. Había trabajado duro para demostrárselo, incluso abriendo un nuevo e insólito negocio. Así había sido como Alejandro y él se habían conocido.

La niña pasó de unos brazos a otros, y acabó en los suyos. Él la cogió sosteniéndola con ambos brazos estirados hacia delante, mirándola frente a frente.

Verónica pensó que parecía aún más pequeña en los fuertes y largos brazos de su esposo. Pero lo que la desconcertó fue lo que empezó a vibrar dentro de ella cuando la niña comenzó a llorar y él, en lugar de entregársela rápidamente a su madre como habrían hecho muchos hombres, se la colocó sobre el hombro y la meció hasta calmarla.

—Hay cuatro niños en mi casa. Y Jacques fue muy llorón durante el primer año —le indicó cuando vio que su mujer lo miraba estupefacta—. No es el primer bebé que cojo.

—Seguro que tampoco será el último —comentó Adele y miró a Verónica con complicidad.

A ella le temblaron las rodillas y se llevó su taza de té a los labios para evitar tener que decir nada. Se mantuvo muda el resto de la visita, tratando de mirar a Alejandro lo menos posible, principalmente, mientras acunaba en sus brazos a la niña, mirándola con ternura. Mucha ternura.

 

Al abandonar la casa de los Akio, con la promesa de volver pronto, el carruaje ya les estaba esperando en la puerta. Tras un corto trayecto hasta una de las calles principales, Ivy y Verónica se bajaron para hacer sus compras y los hombres se marcharon en busca de algunos materiales que Leo estimaba indispensables para poder terminar la reforma de la escuela a tiempo.

Ivy estaba entusiasmada por ir a tiendas elegantes. En cambio, Verónica no se sentía especialmente afortunada por ello. Todavía tenía una sensación extraña en el estómago que le había acompañado desde antes de salir de la casa de los Akio. Y sabía que Alejandro era el culpable. Él y cada nueva faceta que descubría de su persona.

A pesar de todo, se dejó medir, aconsejar y camelar. Las dependientas parecían haber visto un filón en la esposa de Alejandro Zaldívar. Pobres, pensó, conmigo no os vais a ganar el sueldo.

En cuanto los encargos estuvieron hechos, se acercaron a la zapatería, donde Verónica cambió los dos pares que no le valían por otros dos de su talla y que conjuntaran con las nuevas telas. También eligió un par de sombreros y bolsos por insistencia de Ivy.

Cuando por fin terminaron, les sorprendió comprobar que el carruaje aún no había llegado.

—Sí que hemos debido de tardar poco —comentó Verónica, si bien a ella se le había hecho eterno.

—Madame, puesto que tenemos tiempo, podríamos entrar en aquella tienda de ahí enfrente.

—¿Más tiendas? —La miró como si le hubiera propuesto tirarse por el balcón—. No, no necesito nada más.

—Si me lo permite, creo que sí lo necesita.

—¿Ah, sí? —Verónica comprobó que con solo esas dos palabras había hecho sonrojar a la joven—. ¿Se puede saber qué crees que necesito?

—Camisones. Y camisolas. Y algunas medias. Tal vez algún corsé, puesto que el vestido para la fiesta se le ha quedado… un poco estrecho.

El sonrojo de la doncella fue mayúsculo esta vez. Pero Verónica debía agradecer que le hablara con sinceridad, y concederle que estaba en lo cierto. El día anterior se lo había probado y apenas le cerraba. Y Alejandro había insistido tanto en que fuera ese dichoso vestido…

—Vale, tienes toda la razón. Pero la verdad es que no tengo ganas de mirar nada más. ¿Podrías encargarte tú?

—¿Yo?

—Tienes las medidas que me han tomado hace un momento. Entra allí y cómprame todo lo que creas que me hace falta. Confío en tu criterio y en tu buen gusto.

—No se quedará usted aquí fuera, ¿verdad?

—No. Yo tengo una cosa que hacer. Te vendré a buscar enseguida. No te preocupes.

—No creo que deba dejarla sola. —Pero ella ya se había puesto en marcha.

—Tranquila. No iré lejos.

Cuando Leo y Alejandro llegaron a la calle comercial, algo más tarde lo que habían calculado, encontraron a Ivy sosteniendo varias bolsas en la puerta de una tienda de lencería.

—¿Y Verónica? —Alejandro saltó del carruaje y miró a través del cristal de la tienda.

—Me dijo que venía enseguida. De eso hace más de media hora.

—¿Adónde ha ido?

—No… no lo sé, Alejandro. Lo siento. —Le temblaba la voz—. Me ha pedido que comprara algunas cosas aquí mientras que ella iba a buscar algo. Dijo que no iba lejos. No esperaba que fuera a perderse, o a pasarle algo. Pero… ¡Oh, Dios mío!

Leo le quitó las bolsas de las manos y prácticamente las tiró dentro del carruaje. Después la abrazó dejándola llorar en su hombro.

—Tranquila. —Alejandro la hizo mirarlo a la cara sosteniéndole la barbilla—. Ella te dio instrucciones y tú las cumpliste. Pero a partir de ahora, tienes mi permiso para desobedecerla si crees que no está actuando como una mujer adulta. ¿Me has entendido?

—Sí. Lo siento. —Volvió a echarse a llorar—. Lo siento.

—No te preocupes. Estoy seguro de que está bien. ¿Por dónde se fue?

Ella le señaló el final de la calle y él supo al instante hacia dónde se había dirigido.

—Quedaos aquí. O mejor, Leo, llévala a tomar una infusión para que se tranquilice.

—Sí, ahora mismo.

—Volveremos enseguida.

 

Preguntó a los viandantes si la habían visto, pero no se molestó en entrar en ninguna de las tiendas. Sabía que no había ido a hacer ninguna compra, ni siquiera a curiosear en las boutiques. Los pocos que creyeron haber visto a una mujer como la que les describía, confirmaron su teoría inicial. Ella se había dirigido hacia lo único que le interesaba.

Antes de ir a la casa de Yang, al detenerse a comprar el arrullo para Edith, ella se había quedado mirando un edificio a lo lejos, al final de un camino que serpenteaba entre un hayedo, apartado del resto de las calles. El viejo cartel que indicaba que era por allí por donde había que ir para llegar a la escuela, no decía que esta había cerrado sus puertas hacía años, y que allí solo quedaba un edificio abandonado. Tampoco avisaba de que, a esas horas de la tarde, aquel sendero se convertía en un atajo para aquellos que querían dirigirse a las tabernuchas de las afueras de la ciudad. Eso si en el propio edificio no habían decidido instalarse vagabundos y borrachos que los gendarmes expulsaban de las calles del centro.

Con el corazón en un puño, Alejandro corrió en aquella dirección, adentrándose en el camino lóbrego que no contaba con la iluminación que ya estaban encendiendo en el resto de las calles.

Antes de llegar a la puerta de la escuela, a lo lejos, distinguió varias siluetas.

Supo que eran ladrones experimentados por la forma en que la habían rodeado, formando un círculo que se iba cerrando poco a poco. Ella se defendía con su sombrilla en alto, girando sobre sí misma y gritándoles todo tipo de palabras soeces, obviamente tratando de intimidarlos.

—Tenemos una mujercita deslenguada y valiente, muchachos. Creo que necesita que le dejemos claro quién manda aquí.

—Vete al demonio, bastardo. No me das ningún miedo.

La voz de Verónica sonaba firme, a pesar de que las piernas le estaban temblando bajo las faldas.

—Somos cuatro hombres. —Se señaló a sí mismo y a los demás—. Y tú solo una chiquilla con la lengua afilada y una sombrillita. Créeme, deberías tener miedo.

—No sois lo suficientemente hombres como para enfrentaros a mí de uno en uno —les retó.

Alejandro no pudo sino admirar su estrategia. Al menos lo hizo hasta que ella decidió atacar primero y clavarle la punta de la sombrilla en la entrepierna al que parecía el cabecilla.

—¡Serás ramera! —El tipo, que hasta el momento parecía estar solo divirtiéndose a su costa, se enfureció—. Verás lo que hago yo con las furcias como tú.

Antes de que el hombre, tan corpulento como sucio, diera un solo paso hacia ella, Alejandro salió de entre los árboles en los que se había mantenido agazapado, aguardando el mejor momento para intervenir. Verónica, en un acto casi camicace, había forzado que fuera ya mismo.

—A pesar de que estoy de acuerdo con vosotros en que la dama debería controlar su lenguaje —comenzó, paseando lentamente como si pasara por allí por casualidad—, me temo que no lo estoy en eso de que sea una furcia, ni un ramera. Cosas que, técnicamente, son lo mismo.

—Lárgate de aquí, ricachón, y métete en tus asuntos —le espetó el tipo cuando Alejandro lo sujetó por un hombro, con una fuerza que no se había esperado de aquel figurín.

—Resulta que ella es mi asunto, para bien o para mal. Así que será mejor que seáis vosotros los que os larguéis. —Soltó el hombro del ladrón, que ahora le parecía de poca monta, y se acercó la mano a la nariz antes de sacudirla como si le picara—. De paso, podríais daros un baño. Y no me refiero a uno de brandy.

Verónica miró alrededor, buscando a Leo, pero esperando que Ivy estuviera bien lejos. Tres contra cuatro no sería tanta desventaja, aunque ella tuviera que admitir que ni siquiera era la mitad de fuerte que el más flacucho de los cuatro miserables que la habían seguido sin que se diera cuenta.

—Así que es tu puta. —Los otros tres rieron al oír a su líder—. Haberlo dicho antes, amigo. Te habríamos cobrado un módico precio por librarte de ella.

—Qué generoso por vuestra parte. —Dando un paso al interior del círculo, colocó a Verónica a su espalda y le quitó la sombrilla de la mano—. Querida, el sol ya se ha ocultado. ¿Por qué tienes la sombrilla abierta?

Para asombro de los cuatro hombres, Alejandro la cerró y la giró alegremente sobre uno de sus dedos. Antes de que el primero de ellos se lanzara contra él, obedeciendo una orden transmitida por un gesto del jefe, Alejandro empujó a su esposa fuera del círculo y le asestó al tipo un fuerte golpe entre el hombro y el cuello, que lo dejó fuera de combate al instante.

Desde el árbol contra el que había ido a parar, Verónica observó boquiabierta cómo Alejandro iba esquivando los ataques de aquellos hombres, desarmándolos de sus cuchillos con un ligero pero certero golpe de la sombrilla, que parecía más un florete que un complemento de moda.

Les golpeó en los brazos, una y otra vez hasta desarmarlos, alternando de uno a otro hombre según le iban atacando, sin lograr tocarle un solo pelo. Después los golpeó en el estómago y, seguidamente, en la espalda, haciéndolos inclinarse hacia delante y después hacia atrás.

Pero los movimientos de su cuerpo poco tenían que ver con la esgrima, reconoció de pronto la joven. La postura era completamente diferente y la forma de atacar con el arma abarcaba toda la superficie y no solo la punta. Y después de tocar ciertos puntos, sin usar las manos directamente en ningún momento, todos acabaron cayendo de bruces, quedando inconscientes en el suelo.

—Vámonos antes de que se espabilen. —Alejandro le devolvió la sombrilla. Al cogerla, ella pudo comprobar que estaba algo curvada—. Tu juguete no aguantaría un asalto más.

Tomándola de una mano, la arrastró camino abajo con bastante rudeza.

—¿Cómo has hecho eso? —El corazón le latía desbocado en el pecho. En su mente, lo hacía esa pregunta.

—Yo te podría preguntar lo mismo. —Sin mirarla, la obligó a caminar más deprisa.

—¿Qué he hecho yo?

—¿Te parece poco dejar sola a Ivy y largarte sin avisar adónde, en una ciudad que no conoces? Por no mencionar meterte en un camino sombrío para que te roben o te maten o…

—Lo siento. —Ella debía admitir que tenía razón—. Quería ver la escuela, hablar con alguna maestra si aún estaba por allí. Pero he visto que el edificio está abandonado.

—Pídele disculpas a Ivy. La he dejado con Leo, y con un ataque de nervios.

—No… —Se le hizo un nudo en la garganta y tropezó cuando Alejandro comenzó a caminar aún más rápido—. No pensé que fuera a ocurrirme nada estando tan cerca del centro.

—No pensaste, eso está claro.

Una vez en las calles iluminadas, con gente aún paseando antes de dirigirse a sus casas a cenar, Alejandro redujo la marcha y la tomó por los hombros, atravesándola con la mirada.

—Júrame que no volverás a hacer nunca algo así. Por la memoria de tu padre. —La sacudió al ver que ella no reaccionaba—. ¡Júramelo!

Ella solo pudo asentir con la cabeza. Los ojos de él echaban fuego. Él la sintió temblar y la soltó, consciente de que le estaba apretando excesivamente los brazos.

Le pareció que ella lo miraba temerosa, más de lo que se había mostrado cuando era a cuatro ladrones a quienes se enfrentaba. Lo que le faltaba. Ahora iba a tenerle miedo. Frustrado, le dio la espalda y comenzó a caminar de vuelta al carruaje.

—Gracias.

Al oírla se detuvo. Después respiró profundamente y se giró. Le ofreció el brazo para que caminara a su lado.

—¿Vas a contarme qué es eso que has hecho allí arriba?

—¿Salvarte la vida?

—Ya sabes a lo que me refiero. —Él parecía no ir a contestar—. Nunca había visto a un hombre moverse así.

—Y yo tampoco había visto nunca una mujer tan temeraria. No vuelvas a darme un susto como ese.

—Te lo juro —dijo con palabras lo que antes solo había podido aceptar con un gesto.

—Más te vale —resopló, aún no se había quitado el susto del cuerpo, y las imágenes de lo que podría haberle sucedido se agolpaban en su mente —. Debería darte unos azotes.

—Los merezco —aceptó, cabizbaja—. Pero por si te sirve de algo, me he comprado varios vestidos, zapatos y hasta sombreros.

—Pero para la lencería has dejado a Ivy. Sola. Sin decirle adónde ibas. Desapareciendo y haciéndola sentirse culpable.

—No. Es culpa mía.

—Yo lo sé. Pero ella no.

—Se lo compensaré.

—¿Y a mí?

Se detuvo de golpe y volvió a mirarla con aquella furia. Ella pensó que aquella faceta suya era completamente opuesta a la que había visto en casa de Yang. Si bien el instinto protector estaba presente en ambas situaciones.

—Ya veremos. Si me cuentas dónde aprendiste a pelear así.

—No es pelear. Es arte. —Ella lo miró con una ceja alzada. Aunque recordando la elegancia de sus movimientos, debía admitir que era cierto—. Si hubieras hecho tu pequeña escapada antes de ir a ver a Yang, podríamos haberle contado que sus clases de Kenjutsu han tenido sus frutos, y eso que han pasado más de diez años.

—¿Qué es el Kenjutsu?

—Podría decirse que es el esgrima japonés.

—¿Y Yang te lo enseñó?

—Sí. —Enfilando la calle principal, Alejandro se dispuso a resumirle una larga historia—. Cuando quiso casarse con Adele, necesitó incrementar sus ingresos para poder convencer a su padre. Sus propios padres, que eran él japonés y ella china, tuvieron dificultades para poder estar juntos. Así fue como acabaron en Francia, huyendo de sus respectivas familias al quedar ella embarazada. —Volviendo a cogerle la mano, la hizo rodearle el brazo y seguir caminando—. Lo conocí en su herrería. Yo acababa de cumplir catorce años. Iba a tomar clases de esgrima, y mi padre quiso que me hicieran mis propios floretes imitando el par que él se trajo de España.

»En cuanto me vio, Yang me miró a los ojos y sentí como si me leyera la mente. Me propuso darme clases de algo que creía que me podía gustar mucho más. Nos hizo una demostración de Kenjutsu en mitad de la herrería. En menos de cinco minutos, ya habíamos acordado horarios para las clases, en mi propia casa. Más tarde, él abrió una sala de entrenamientos, un Ryu. Fui el primero de muchos alumnos. Aunque no fue solo eso lo que me enseñó. Aprendí varios tipos de artes marciales cuerpo a cuerpo. Incluso conseguí que Berta dejara participar a Leo para así tener alguien más con quien entrenarme. Como comprenderás, con esos malolientes no me ha parecido necesario llegar al contacto físico.

Verónica se había vuelto a detener, escuchándolo embelesada.

—Ahora me explico esas armas y armaduras raras que tienes en el gimnasio —comentó ella.

—Solo el sable o la katana son para practicar Kenjutsu. El resto, son armas que utilizo de otra manera. —Al ver que la dejaba boquiabierta, el humor le mejoró—. Como ya te he dicho, he viajado mucho.

 

Cuando llegaron al carruaje Ivy aún estaba llorando en el hombro de Leo, pero comenzó a llorar con más fuerza al verlos llegar. Verónica se disculpó y la abrazó, prometiéndole que nunca la pondría en una situación semejante de nuevo. A Alejandro le sorprendió que también le pidiera disculpas a Leo, quien la miraba con seriedad y reproche. Pero pareció relajarse al comprobar que ella se sentía arrepentida de verdad.

Una vez en el carruaje, y queriendo huir de un incómodo silencio, Alejandro pensó que podrían hablar de cualquier cosa que no fuera la aventurita de esa tarde.

—¿Te has gastado toda tu asignación mensual? —Verónica lo miró confundida—. Bien podrías, porque tienes dos meses sin tocar.

—¿Qué asignación mensual?

—La que te corresponde como mi esposa para que te gastes en ropa, joyas y todo lo que te plazca. Aunque supongo que cinco o seis bolsas no es mucho gasto.

Ella había dejado que Ivy se encargase de pagar, dando por hecho que Alejandro le habría entregado algún dinero a ella. Pero no esperaba algo de esa magnitud. No cuando Ivy abrió el bolso y le mostró el dinero que había sobrado. Más de la mitad, le susurró. Y eso contando que habían pagado por adelantado los vestidos encargados.

Como Verónica no parecía enterarse mucho del tema, Alejandro sacó un papelito de uno de los paquetes, en concreto, la nota de los vestidos, la cual miró con vergüenza.

—Desde luego, nadie puede decir que te hayas casado conmigo por mi dinero.

Sacó una prenda al azar de otra de las bolsas y la estiró para verla. La boca se le secó y miró a Verónica con una ceja alzada. Ella miró de igual manera a Ivy, después de observar la prenda. Un camisón prácticamente transparente y con un gran lazo en el centro que era lo único que mantenía el delicado tejido cerrado de cintura para arriba.

—¿Ivy?

—Me dijo que confiaba en mi buen gusto, Madame. Creo que era lo más hermoso de toda la tienda. Y me pareció que a usted le sentaría muy bien.

Alejandro carraspeó y volvió a guardar el camisón rápidamente, tratando de no imaginar a Verónica con aquella prenda puesta. Demasiado tarde.

—Poca tela, poco dinero —murmuró y miró por la ventana para intentar pensar en cualquier otra cosa.

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