Noches perdidas

Mina Vera · Capítulo 5 de 26

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Noches perdidas

Capítulo 2

 

Cuando Bruno llamó tímidamente a la puerta principal, Alejandro se apresuró a acudir a la entrada antes de que Verónica volviera a asustarlo con su trato agresivo. Si antes de enterarse de su inminente matrimonio, su humor no había sido el mejor, ahora el pobre cochero podía sufrir una apoplejía si a ella le daba por volver a gritarle.

Para su sorpresa, Verónica no acudió a abrir, y cuando él lo hizo encontró a un Bruno que parecía bastante más relajado y no venía solo. Como si hubiera sabido el motivo de su visita, un anciano vestido de sotana lo acompañaba y le contaba algo que le hacía reír. Además, cargaba con la mitad de las bolsas que contenían lo que Alejandro le había encargado.

—Buenas tardes —saludó Alejandro educadamente.

—Este es el caballero del que le he hablado, Padre Gregorio —le indicó al párroco, e inmediatamente hizo una pequeña reverencia a Alejandro—. Me complace comprobar que sigue usted de una pieza, señor.

—¡Qué exagerado eres, Bruno! —El sacerdote le dio un codazo que hizo desestabilizar la bolsa más grande que cargaba—. Así que ha venido. —El hombre de pelo cano y ojeras hundidas, que aportaban a su rostro una edad que su abierta y cálida sonrisa no parecía compartir, se dirigió a Alejandro—: Porque usted debe de ser Alejandro Zaldívar. ¿No es cierto? Un joven con acento francés, y tan parecido a Fernando, que Dios tenga en su gloria, no puede ser otro.

—Sí, lo soy. —Alejandro parpadeó un par de veces y se hizo a un lado en la puerta—. Pero no se queden ahí, pasen, por favor.

Alejandro los dirigió hacia las cocinas, donde sabía que Verónica no se encontraba, pues él había pasado hacía unos instantes por allí, aunque tampoco sabía dónde se había metido.

—¿Conoció usted a mi padre?

—Él y Arturo fueron monaguillos míos, de niños, en mis primeras misas. ¡Qué tiempos!

—¿En serio? Mi padre nunca mencionó nada parecido.

Con una confianza y un conocimiento del lugar que sorprendieron a Alejandro, el Padre Gregorio comenzó a sacar los alimentos de las bolsas y a colocarlos en lugares que parecían definidos para ello.

—Será porque no quería que te enteraras de que, a menudo, acababa castigado después de misa. Nada grave, pequeñas travesuras como haberle dado un trago al vino dulce a escondidas. Un buen trago. Tan bueno como para que le diera el hipo en mitad de mi sermón.

Alejandro escuchó, entusiasmado, las hilarantes historias que el sacerdote comenzó a contar sobre los dos pilluelos que habían sido, a los diez años, Arturo y Fernando.

 

Verónica guardó en un baúl el último de los escasos objetos que se había negado a vender y se dirigió a la planta baja, alarmada por las sonoras carcajadas que rebotaban contra las paredes.

El primero en verla aparecer fue Bruno, y el cambio radical en el gesto de su cara alertó a los otros dos hombres que aún emitían los rescoldos de unas risas provocadas por la imagen figurada para uno, y el recuerdo para el otro, de Fernando arrodillado frente a Evangeline una mañana de domingo, junto a la basílica, en el momento de pedirle matrimonio; y cómo una paloma traicionera había decidido sobrevolar sus cabezas en aquel momento y descargar su última comida sobre la elegante chaqueta del enamorado.

Nadie, salvo tal vez Bruno, quien siempre estaba alerta cuando entraba en casa de los Aranda, se esperaba una reacción como aquella. Alejandro se quedó sin palabras mientras el Padre Gregorio se armó de paciencia para esperar a que pasara la tormenta antes de abrir la boca.

—Si lo que queréis es emborracharos para encontrar un motivo por el que reír en esta miserable vida, disponéis de varias tabernuchas en la ciudad donde podréis encontrar compañía además de licor —alegó ella en tono aún no muy alto, a la vez que señalaba una botella de anís y tres pequeñas copas de cristal a medio terminar que reposaban sobre la mesa central de la cocina. Cuando lanzó una de las copas contra la pared, haciéndola añicos, el volumen de su voz superó al estruendo del impacto—. ¡Pero esta es una casa decente, donde un hombre está luchando por cada aliento de vida, así que el que no respete su descanso y su agonía saldrá por donde ha entrado, bien por su propio pie… o de una patada en el trasero! ¿He sido suficientemente clara?

Alejandro, aun no considerándose un hombre cobarde, se sintió irremediablemente aliviado al ver que los ojos enfurecidos de Verónica se dirigían principalmente al sacerdote, sospechaba que debido a que él era quien había llevado aquella botella de anís a esa casa hacía ya tiempo, para tomar una copita los días que iba a visitar a Arturo, como él mismo les había contado cuando la había sacado de una armario y les había servido un trago a cada uno.

—¿Es un anillo de compromiso lo que veo en tu mano, querida niña?

Tras esa pregunta, Alejandro se preguntó si aquel hombre tenía instintos suicidas. Desde luego, dudaba de que con esa estrategia lograra calmar a la joven.

—Padre Gregorio, no me haga olvidar que es usted un hombre de Dios al igual que, al parecer, usted ha olvidado las normas que rigen esta casa.

—Una copita de anís y un par de recuerdos alegres no van en contra de ninguna norma, ni harán ningún daño a tu padre, quien te enseñó a tratar mejor a las visitas. ¡Vaya! ¿Son auténticas? —El sacerdote tomó la mano de Verónica para inspeccionar el anillo.

—Era de mi madre —adujo Alejandro—. El que mi padre le entregó junto a la basílica…

Verónica se dio la vuelta y salió airada de la cocina cuando vio a los dos hombres reír con complicidad, sin poder explicárselo. Ya tenía suficientes tonterías por el momento. Se dirigió a la habitación de su padre para ver si aquellos desalmados lo habían despertado con su griterío… O ella con su ira, se lamentó. Pero antes se detuvo en el quicio de la puerta y se encaró con ellos, quienes dejaron de reír cuando sintieron la mirada helada de la joven.

—Bruno, ya que por lo que veo no estás haciendo nada, sube al primer cuarto de arriba y baja un baúl que he dejado junto a la puerta. Alejandro, haz algo útil y échale una mano, dudo que pueda él solo.

Más satisfecha con cómo había dejado ahora las cosas, que no era otra forma que con su última palabra, cruzó el pasillo pero tuvo que morderse la lengua para no responder al último comentario que tuvo lugar en la cocina.

—Es una joya muy hermosa, muchacho. Además, la amatista hace juego con sus ojos.

—Ya me había dado cuenta —respondió Alejandro sin apartar la vista del lugar por donde Verónica había desaparecido, dejando una poderosa e invisible estela tras ella. Un poder que, Alejandro sabía bien, solo las mujeres poseían—. De ambas cosas.

 

Apenas había comprobado que, contra todo pronóstico, su padre seguía dormido cuando Verónica oyó que llamaban a la puerta.

—¡Demonios! ¿Quién puede ser ahora? —rezongó.

Con el hastío reflejado en el rostro se dirigió a la entrada, donde se encontró con Alejandro a punto de abrir la puerta él mismo, y con Bruno pisándole los talones.

En cuanto la puerta se abrió, el Padre Gregorio, que se acercaba con su pesado caminar, fue el primero en saludar:

—Pero ¡mira quién está aquí! Precisamente la única que nos faltaba.

—¡Hola, Padre Gregorio! —saludó la joven de ojos y cabellos azabache, tez nívea y sonrisa cordial—. Me alegra verlo a usted tan bien.

—¡Úrsula! —Verónica se lanzó a los brazos de su amiga con tanto ímpetu que esta se temió que algo hubiera ocurrido en su escaso mes de ausencia—. ¿No volvías el domingo?

—Me temo que mi madre estaba algo más que harta de las manías de mi abuela y ha convencido a mi padre para que volviéramos antes del fin de semana —comentó entre risas.

—¿Y cuándo has llegado? —le preguntó, invitándola a pasar.

—Hace como… cinco minutos —bromeó sacudiendo la cabeza, aún consternada por lo que la había llevado allí con tanta prisa—. He venido al galope en Serafina en cuanto he llegado a casa y la he ensillado. Tenía que comprobar si eran ciertos los rumores que he oído nada más poner un pie en la ciudad. Y por lo que veo, lo son —añadió mirando hacia Alejandro.

—¿Qué rumores? —Verónica se llevó las manos a las caderas e irguió la espalda, preparándose para algo que, se temía, no iba a gustarle.

—Se dice que hay un desconocido en casa de los Aranda. Un hombre joven con acento francés. Eso es lo único en lo que coinciden las versiones que he ido oyendo, que no son pocas.

—¡Bruno!

El cochero subió a la carrera unas cuantas escaleras más para poner distancia entre él y Verónica cuando ella se giró y gritó su nombre.

—¿Qué podía hacer, señorita? El caballero me encargó que comprara ciertas cosas y tuve que dar explicaciones allá donde fui a buscarlas. Juro que no he dicho nada que no fuera cierto, pero no me hago responsable de las diferentes versiones que la señorita Oliván haya podido oír.

—¡A mí sí vas a tener que darme explicaciones! —gritó Verónica, airada—. Trae ese baúl aquí y desaparece de mi vista.

—No seas así con el pobre Bruno, querida amiga. —Úrsula le rodeó un brazo para tranquilizarla, conocía de sobras sus arrebatos—. Ya sabes lo que le gusta chismorrear a la gente. ¿No vas a presentarme a tu invitado?

Tratando de recomponerse ante los últimos acontecimientos, Alejandro recuperó sus modales y se presentó él mismo.

—Alejandro Zaldívar, para servirla. —Besó su mano e hizo una reverencia—. Es un placer conocer a la mejor amiga de Verónica.

—Úrsula Oliván. —La muchacha inclinó la cabeza en respuesta al gesto de Alejandro—. ¿Es usted el mismo Alejandro que, si la memoria no me falla, estuvo aquí hace quince años?

—Catorce. —A Alejandro se le escapó una sonrisa de sorpresa—. Pasé un verano con mi padre en esta casa. ¿La conocí a usted entonces? Disculpe que no la recuerde.

—Me marché al extranjero varios meses, pero coincidimos aquí los primeros días del verano. Jugué con usted y con Verónica en la orilla del río, detrás de la casa, al menos tres o cuatro tardes antes de partir. ¿Recuerdas, Verónica?

Ella había estado observando y escuchando la conversación entre Alejandro y Úrsula sin poder abrir la boca, pues no tenía nada que aportar. A pesar de estar aún con su brazo enlazado al de su amiga, se había sentido completamente desplazada hasta ese momento.

—No, Úrsula. No recuerdo ese verano, ni a él, ni a ti jugando con nosotros en el río. ¡Tenía siete años, por todos los santos! ¿Quién recuerda qué hizo con siete años?

Úrsula le apretó el brazo en una señal que ambas conocían, una que decía: «Cálmate, no pasa nada».

—Yo también tenía esa edad, pero lo recuerdo perfectamente. Usted tenía el cabello algo distinto. Cobrizo, ¿cierto? —Él asintió, muy sonriente —. Y su padre… se parecía mucho a usted ahora. Pero ¿por qué te pones así, Verónica? —dijo con la paciencia agotada cuando esta se zafó de su brazo y retrocedió un par de pasos.

La aludida se estaba frotando las sienes con energía, la cabeza parecía estar a punto de estallarle. La presencia de su amiga había llegado como lluvia refrescante en un caluroso día de verano, pero su alegre conversación con Alejandro, y que insistiera en hablar de algo que ella era incapaz de recordar la estaba incomodando aún más, y ya llevaba bastante incomodidad en ese fatídico día.

—Estoy cansada —se excusó—. Hoy ha sido un día muy largo.

—Eso es… ¡Dios santo, Verónica! Al final, los chismorreos van a ser algo más que eso. —Le tomó la mano para contemplar lo mismo que el Padre Gregorio había detectado momentos antes—. ¿Es un anillo de compromiso?

—Os dejaré a solas —intervino Alejandro y, tras una reverencia, subió escaleras arriba, seguido por Bruno. Sabía que esa conversación entre amigas debía ser privada.

—Yo iré a hacer compañía a Arturo —señaló el sacerdote y desapareció por el pasillo.

—¿Lo es? —Insistió Úrsula, sin soltarle la mano, mientras Verónica la arrastraba hasta su cuarto para tener un poco de intimidad en su propia casa —. ¿Te has prometido?

Tras cerrar la puerta con cerrojo, Verónica se desplomó sobre su cama justo en el momento en que las rodillas la vencieron. Su amiga se sentó a su lado y la tomó de ambas manos.

—Teniendo en cuenta que la boda va a celebrarse en dos días, más bien es mi alianza de boda. —Los hombros se le hundieron y las lágrimas, que creía haber logrado controlar, salieron a borbotones—. Me caso, Úrsula. Después de todo este tiempo luchando por evitar algo así, me caso con un hombre al que no conozco por mucho que tú recuerdes al niño que un día fue. Mi padre ha acabado saliéndose con la suya.

 

Verónica se levantó con fuerzas renovadas gracias a las largas horas de profundo y reparador sueño. Supo que había dormido hasta tarde por la brillante luz que se colaba por las rendijas de las ventanas. También supo que la infusión que había acompañado a la cena fría que Úrsula había preparado y llevado hasta su cuarto para que cenara a solas —pues se sentía indispuesta y lo último que le apetecía era compartir mesa con Alejandro y el Padre Gregorio— contenía algún tipo de somnífero. No era la primera vez que lo hacía. Su amiga se preocupaba mucho por ella y trataba de ayudarles, a ella y a su padre, en todo lo que estuviera en su mano.

Pero esta vez no podía reprochárselo. Úrsula se había hecho cargo de las visitas y la había excusado con ellos, no sin antes atender a su padre. Pero ahora que se sentía mejor, que su estómago había dejado de amenazar con arrojar todo su contenido, y que su cabeza había dejado de palpitar como si estuvieran golpeándola con un martillo, se haría cargo de sus obligaciones: el aseo, medicación y desayuno de su padre; el desayuno y limpieza del cuarto de su invitado; y la organización de una sencilla ceremonia para el día siguiente. Todo en ese estricto orden.

Se aseó con rapidez y, más en consideración a su padre que a las visitas, se vistió con uno de sus mejores vestidos. También se peinó de forma menos severa, soltándose algunos cabellos en lugar de recogerse todo el pelo en un sencillo moño bajo.

Por desgracia, toda su serenidad y buenas intenciones se vieron truncadas cuando abrió la puerta de su cuarto. La primera voz que reconoció fue la de Úrsula, lo que la hizo preguntarse si su amiga había dormido allí. No tenía sentido que hubiera madrugado tanto después de haberse quedado hasta tarde la noche anterior. La segunda voz la hizo plantearse quedarse escondida en el pasillo en lugar de entrar en el cuarto de Arturo. El Padre Gregorio daba algunas instrucciones sobre dónde colocar una mesa. Por último, una tercera voz le confirmó lo que estaba sucediendo dentro del dormitorio.

—¿Dónde quiere que coloque las flores, Mademoiselle?

—Aquí, Alejandro, a los pies de la cama de Arturo —respondió Úrsula en el mismo instante en que Verónica se personaba el umbral de la puerta —. Así las verá justo delante de vosotros mientras pronunciáis vuestros votos.

—¡Oh, es una excelente idea, querida niña! —elogió Arturo, quien admiraba, sentado en la cama, el proceso de transformación de su lúgubre cuarto en una sala luminosa y alegre. Mientras, se terminaba de ajustar el cuello de la camisa de su chaqué, traje que hacía años que no se ponía y para lo cual había precisado de la ayuda del Padre Gregorio y Alejandro.

Verónica observó incrédula a su padre. Después contempló cómo, mano a mano, su mejor amiga y su futuro esposo colocaban lirios de agua, encadenados entre sí con lazos blancos, a lo largo del hierro que rodeaba el colchón. Un colchón que ocupaba un demasiado sonriente Arturo, que —en ese mismo momento— le clavó la mirada, advirtiéndole que no dijera lo que sabía que iba a decir. Así de bien conocía la expresión del rostro de su hija.

—Veo que os habéis hecho íntimos en mi ausencia —murmuró Verónica en alusión a la forma en que Úrsula había tuteado a Alejandro—. Además, por cómo habéis dejado esta habitación, y al hombre que debería estar durmiendo en ella, veo que formáis un gran equipo. Estaría encantada de ser tu dama de honor, Úrsula.

La aludida apenas la miró por encima del hombro, fue un solo instante en el que aprovechó para sonreírle ampliamente, y volvió a su tarea de colocar, una a una, las calas anudadas por sendos lazos de raso.

—Digas lo que digas y hagas lo que hagas en el día de hoy, amiga mía, no conseguirás provocarme. Ni a ninguno de los aquí presentes —añadió mientras solicitaba otra flor de las que sostenía Alejandro, quien, a diferencia de ella, no había quitado ojo a Verónica desde que había dicho aquellas groseras palabras—. Es el día de tu boda, y todos pasaremos por alto cualquier actitud que te provoquen los comprensibles nervios. Incluso tus comentarios desdeñosos.

Verónica soltó un bufido, nada propio de una señorita y, tras mirar uno a uno a los presentes, se aferró con fuerza al marco de la puerta.

—Me complace comprobar que todos os habéis confabulado en esto. Pero hay algo que no habéis tenido en cuenta. La boda será mañana — concluyó y, tratando de no montar un escándalo mayor, se dio la vuelta para marcharse cuanto antes a desahogarse a cualquier otro lugar.

Ni siquiera había avanzado un paso fuera del cuarto cuando unas palabras la paralizaron:

—No. La boda será hoy.

—¿Disculpa? —Verónica prefirió fingir que no lo había oído bien en lugar de contradecir directamente a Alejandro.

Apenas se había dado la vuelta para mirarlo, cuando él la cogió por la muñeca y la arrastró fuera del cuarto mientras ella forcejeaba y le exigía que la soltara. No era que estuviera haciéndole daño, pero sí la sostenía con suficiente fuerza como para que no se pudiera liberar. Y si había algo que la disgustaba de los hombres, por encima de cualquier otra cosa, era su tendencia a aprovecharse de su ventajosa condición física para imponer sus deseos. Ella podía ser más débil físicamente, pero en otros aspectos no lo era en absoluto. Y pensaba demostrárselo.

En mitad del pasillo le propinó un fuerte pisotón en el pie que lo sorprendió lo suficiente como para soltarla, lapsus que ella aprovechó para tratar de escapar. La huida duró apenas dos segundos: los que Alejandro tardó en reaccionar y decidir que la cortesía se había terminado.

Sin mediar palabra, la cogió por la cintura, la giró hacia sí y antes de que ella pudiera abrir la boca, se la cargó al hombro mientras pasaba por delante de la puerta del dormitorio de Arturo en dirección al suyo, no sin dificultad a causa de los pataleos de una enfurecida Verónica.

Allí iban a tener un par de palabras en privado.

Tras cerrar la puerta de una patada, la arrojó sobre la cama haciéndola rebotar contra el colchón. Ella se levantó rauda, temiéndose unas intenciones que cierto indeseable ya tuvo una vez en otro dormitorio de esa casa. Lo que no podía creer era que ese hombre, en concreto, fuera a hacer lo mismo, no solo porque no le había parecido de esa calaña, sino porque al otro lado de la puerta había varias personas que se lo impedirían si ella gritaba.

Algo más relajada tras ese razonamiento, observó cómo Alejandro se cruzaba de brazos quedándose de pie delante de la puerta, obviamente para que no pudiera huir. Resignada a un temporal cautiverio, la muchacha se apoyó en el tocador donde aún reposaba la maleta a medio deshacer de su huésped y, subversiva, se cruzó de brazos de la misma forma que él.

—¿Qué? —Acabó diciendo, al ver que el hombre no iba a decir nada, pues simplemente la miraba de aquella forma tan intensa que lo caracterizaba—. ¡¿Qué?! —volvió a repetir segundos más tarde, al ver que él seguía sin hablar y solo levantaba una ceja.

—No lo sé. Dímelo tú.

Incómoda por no obtener una reprimenda a la que poder rebatir con gritos y desaires, Verónica apartó la mirada de Alejandro y se enfurruñó como una niña. Finalmente resopló y volvió a mirar al hombre que parecía no querer hablar hasta que ella diera el primer paso.

—Podrías ponerte en mi lugar por un momento. ¿No crees?

—Créeme cuando te digo que ponerme en tu lugar es lo único que me ha impedido intervenir hasta ahora. Pero esto último ha llegado demasiado lejos.

—¡Vosotros habéis llegado demasiado lejos! —Replicó, señalando hacia la puerta—. Habéis montado todo esto a mis espaldas, y adelantado algo que dejé bien claro tendría lugar mañana. ¡La única maldita y clara condición que puse a esta descabellada boda!

Alejandro dio los pasos precisos hasta quedarse a tan solo un palmo de distancia de ella. A esa distancia, ella pudo percibir el aroma de su jabón, lo que la llevó a observar que el hombre iba vestido de etiqueta, estaba cuidadosamente peinado, afeitado y lucía una pequeña cala en la solapa. Discutir con él, vestido de novio, era lo único que le faltaba.

—Tu amiga Úrsula, tu mejor amiga, lleva horas con todos los preparativos. Ayer se fue muy tarde de aquí porque quería cubrir tus funciones de anfitriona, pues tú estabas indispuesta.

—Lo estaba, de lo contrario jamás habría desatendido a mi padre.

—Lo sé, solo hubieras inventado una excusa como esa para desatender al resto de tus invitados. Pero eso no te exime de mostrar agradecimiento por sus esfuerzos de ayer, ni por los de hoy. Se ha presentado aquí a las siete de la mañana y nos ha despertado a todos, incluyendo al Padre Gregorio, que se había quedado velando a Arturo —le explicó, cada vez más cerca de ella, y sin apartar la mirada de la suya—. Nos ha explicado su idea de cómo reordenar el cuarto para que él pueda permanecer recostado en la cama. Su madre se ha levantado al amanecer para recoger las calas más frescas de su jardín, porque sabe que son tus favoritas. Ha tardado dos horas en preparar tu ramo de novia, y parte de la decoración que ni te has molestado en apreciar, al igual que ni te has molestado en darnos los buenos días. ¿Quieres que siga?

—No es necesario —murmuró cabizbaja, conteniendo el aliento al imaginar a Eugenia Oliván arrodillada en sus jardines al amanecer. Por ella.

Él le levantó la barbilla con los nudillos, obligándola a mirarlo. El calor de su contacto la hizo estremecer y la firmeza de su pulso, bajo su mandíbula, le dio otra prueba de la seguridad en sí mismo que tenía aquel maldito hombre. Apretó los dientes con fuerza mientras él la reprendía.

—Oh, sí que lo es. Porque me pregunto quién es la Verónica que merece que personas amables y bondadosas como el Padre Gregorio, Mademoiselle Úrsula o su madre estén haciendo tales esfuerzos. Desde luego, no la que he estado viendo desde que llegué.

Verónica trató de huir de su mirada, de repente avergonzada por los recuerdos de todas las cosas que había hecho y dicho en presencia de Alejandro. Poca cosa, si lo comparaba con el modo en que se había comportado para alejar a otros hombres que la pretendían. Pero quizá demasiado, una vez que había aceptado casarse con él, aunque fuera a regañadientes.

—Sabes que he aceptado ser tu esposa porque mi padre no me ha dejado alternativa. —Su voz sonaba resignada y herida a oídos de Alejandro, pero al menos había dejado de sonar combativa—. No he podido elegir con quién voy a compartir el resto de mi vida, pero creo que al menos tengo derecho a decidir cuándo, dónde y cómo quiero que tenga lugar la ceremonia.

Verónica se sobresaltó al sentir las manos del hombre tomar las suyas con fuerza y acercarse más a ella, casi a un solo suspiro de distancia. La mirada no dejó de ser intensa, pero se dulcificó ligeramente, al igual que el tono de reproche se tornó más suave y comprensivo.

—¿Realmente hay tanta diferencia entre hoy y mañana?

—No —reconoció ella en un susurro, bajo el intenso escrutinio de los ojos dorados que no se apartaban de los suyos ni un instante.

—Y realmente, ¿es tan terrible que tu dama de honor se tome la molestia de hacerse cargo de todos los preparativos cuando tú estás enferma y no puedes hacerlo por ti misma?

—No —admitió. No obstante, antes de que él dijera nada, se justificó —: Pero podría haber venido a decírmelo antes de poner toda la casa en movimiento.

—Entonces no habría sido una sorpresa. ¿No crees? —Le preguntó con un tono que exigía una respuesta afirmativa—. Lamento que te haya parecido desagradable, tanto por ti como por ella. La habitación está realmente elegante y ella está exhausta.

—No es eso. —No pudo evitar sentir una punzada de culpabilidad—. Me gusta tener el control de mi propia vida. Y ni siquiera he podido elegir qué día va a acabar mi libertad.

Trató de soltarse de sus manos cuando él entrelazó sus dedos con los suyos, en un gesto demasiado íntimo, pero en lugar de lograrlo se vio arrastrada hacia él, levantándose del borde del tocador donde había apoyado tanto su peso como la carga que sentía a sus espaldas.

—No pretendo, ni pretenderé jamás, coartar tu libertad. Apenas hemos tenido oportunidad de conocernos, pero ser mi esposa no implica ser mi prisionera. Al contrario, al estar protegida por mi apellido y mi fortuna serás más libre de lo que has sido hasta ahora.

Permíteme que lo dude, pensó para sí la joven. Ninguna mujer ganaba libertad uniéndose a un hombre, pasaba a pertenecerle. Había sido así siempre, por mucho que el mundo estuviera cambiando en muchos aspectos. Pero, por desgracia, continuaba siendo un mundo de hombres.

—¿Y qué condiciones me pones para que las cosas sean como dices?

—¿Condiciones? —Él no pudo evitar alejarse un poco, perplejo—. Por lo pronto, que dejes de comportarte como una niña malcriada y seas una mujer adulta de una vez.

—No pienso acostarme contigo.

Más perplejo todavía, Alejandro la soltó.

—No me refería precisamente a eso con lo de mujer adulta.

—Seré tu esposa, me comportaré como tal en los círculos sociales, en tu casa…

—Nuestra casa.

—… Pero no pretendas que aparente ser feliz, estar enamorada o siquiera dispuesta a yacer debajo de ti. Esto ni siquiera es un matrimonio de conveniencia del que se esperen herederos. Esta unión es «un contrato» que nos obliga a vivir juntos y nada más.

Alejandro la observó con el ceño fruncido. Había abierto la caja de Pandora.

—Eres maestra. Muy buena, según me han contado, y cariñosa con tus alumnos. ¿De verdad no quieres tener tus propios hijos?

Él vio cómo la garganta de la joven tragaba saliva con dificultad, lo que delataba que la seguridad que trataba de mostrar con sus palabras no era tal.

—Si el Padre Gregorio se entera de que no vamos a consumar este matrimonio, se opondrá a casarnos. Así que más vale dejar este tema.

Alejandro quiso pensar que eso no era un NO rotundo, y dejando para otro momento aquel debate se centró en lo que lo había llevado a encerrarla con él en su cuarto, que no era otra cosa que salir de allí con una novia convencida de casarse esa misma mañana.

—Muy bien. Dejaremos este tema. De momento. Siempre y cuando te pongas ahora mismo algo que tú sí has elegido, y le regales un momento de felicidad a tu padre casándote conmigo, sin discutir durante la ceremonia, y el posterior banquete. ¿Es mucho pedir?

—¿De qué hablas? Ya te he dicho que no me habéis dado la oportunidad de elegir absolutamente nada.

Por primera vez, Alejandro percibió en aquellos profundos ojos algo que lo conmovió. Curiosidad. Tomó nota de ello. Podría serle útil en alguna otra ocasión. Además, ver en su mirada algo que no fuera reproche e ira era muy muy satisfactorio.

—¿Estás segura de eso? Porque cuando, lamentablemente, ayer Bruno dejó caer el baúl en la última escalera, este se abrió. No se rompió nada, pero ese vestido blanco asomó y bueno… Imagino que era el vestido de boda de tu madre.

—Lo era. —Un nudo en la garganta la hizo tragar saliva de nuevo.

Alejandro lo percibió, al igual que notó cuándo el rostro de la joven se entristeció, y las palabras salieron de su boca sin poder evitarlo:

—Estarás muy bella con él.

—No tienes por qué hacerme cumplidos —le indicó, mirando hacia otro lado.

—No lo he dicho por obligación. —Salvó la distancia que lo separaba de ella y acicaló uno de sus rizos, colocándolo en torno a su rostro. La creciente satisfacción aumentó al percibir que ella se estremecía ligeramente—. Úrsula quería peinarte, pero creo que no será necesario. Este peinado te favorece muchísimo.

—Déjalo ya —protestó de nuevo.

—Soy un hombre sincero. Si opino que estás hermosa, te lo haré saber. Si opino que estás comportándote como una bruja, también te lo diré.

Bueno, era más fácil tratar con él cuando la insultaba que cuando la elogiaba. Para lo segundo no tenía réplica; simplemente la hacía sentir incómoda.

—Yo también soy sincera, y te diré que alabando mi belleza solo conseguirás enfurecerme.

—Entonces, si pretendes que alabe tu personalidad, más vale que cambies de actitud.

—No lo entiendes, ¿verdad? No pretendo en absoluto que me elogies. En ningún aspecto.

—Te he dicho que no coartaré tu libertad. Por lo tanto, tú debes comportarte igual conmigo. Si quiero dirigirte un cumplido, lo haré. Tú estás en el mismo derecho de hacer caso omiso de él.

Alejandro se vio desconcertado por una carcajada de Verónica, que ahora se mostraba escéptica.

—¿Insinúas que estaremos en igualdad de condiciones? ¿Que ambos tendremos los mismos derechos y obligaciones?

—No lo insinúo. Lo afirmo.

—Ningún hombre aceptará a una mujer como «su igual». Al menos, no en este siglo.

Solo para desconcertarla, como ella estaba haciendo con él, Alejandro le dedicó una coqueta sonrisa.

—Pensaba que eras mucho más luchadora que eso. Y no todos los hombres somos iguales en nuestra forma de ser y pensar.

Lo miró, contrariada, preguntándose si era posible que hubiera ido a topar con el único hombre del mundo civilizado que rechazaba abiertamente sentirse superior a una mujer, a su propia mujer. Pero verlo sonreír de aquel modo petulante hizo que le hirviera la sangre.

—¿Se puede saber cómo puedes tomarte todo esto con tanta tranquilidad?

—Verás que otra de mis cualidades, si te moletas en descubrirlas, es que soy un hombre práctico. La vida es muy corta, y a nosotros nos ha tocado compartir lo que nos queda de ella. Por mi parte, pretendo disfrutarla y adaptarme a lo que me toque vivir. Tú podrías hacer lo mismo.

Verónica dio un brinco cuando Alejandro subió su pie izquierdo al borde del tocador, sacó un pañuelo de la maleta y se limpió la puntera del zapato. Tuvo que contener la risa al recordar el regalito que le había dado en el pasillo.

—Tu vestido está en la sala de la plancha. La doncella de tu amiga se ha pasado horas con él. Ha quedado realmente magnífico.

Dicho esto, y viendo que ella no replicaba nada en contra, se giró y, antes de salir por la puerta, la miró de reojo.

—A las once y media te espero en el altar.

Soltando todo el aire de sus pulmones, una vez que la puerta estuvo cerrada a su espalda, Alejandro caminó hasta la habitación de Arturo, donde no se oía ni un solo ruido. En cuanto puso un pie dentro, se vio observado por las tres personas que ocupaban el dormitorio.

—Mademoiselle, es posible que la novia necesite de la ayuda de su dama de honor para vestirse —informó e inmediatamente vio cómo todos suspiraban aliviados.

—Eres un hombre entre un millón, Alejandro —comentó Úrsula y, antes de salir por la puerta, lo besó en la mejilla—. Dale un poco de tiempo y te aseguro que no te arrepentirás.

Ya me estoy arrepintiendo, pensó para sí. Le había costado una buena ración de argumentos hacerla entrar en razón. Además, había tenido que comportarse como un cavernícola —cosa que él no era en absoluto— para simplemente conseguir llevarla a un lugar donde hablar en privado. No obstante, ella lo había provocado primero, comportándose como una fiera. Aún le dolía el pie…

Aunque también tenía que reconocerle el mérito de haberlo pillado por sorpresa. Al igual que le habían pillado desprevenido algunas emociones que no esperaba haber sentido. Por ejemplo, al tocar sus manos, percibir el dulce aroma de su piel, o mirar en lo más profundo de sus ojos. Ella era capaz de transmitir todo un abanico de emociones a través de ellos, y a través de todo su cuerpo. La tensión de su garganta cuando encontraba uno de sus puntos débiles, o cómo se estremecía cuando la tocaba. No era miedo, lo sabía; ella no lo temía. Pero tampoco sabía qué era. ¿Incertidumbre? ¿Curiosidad? No lo tenía claro, pero sí sabía que ninguno de los dos era indiferente al otro. Tratar de aparentar eso iba a ser completamente imposible.

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