Noches perdidas

Mina Vera · Capítulo 20 de 26

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Noches perdidas

Capítulo 17

 

 

El canto de los pájaros era el sonido que habitualmente despertaba a Ivy. Su sensible oído reconocía fácilmente el trinar de los mirlos anunciando el amanecer. No obstante, ese día fue un aroma lo que la sacó de su estado de ensoñación. Y cuando abrió los ojos y vio las rosas sobre su almohada, por un segundo pensó que el sueño no había acabado.

Una avalancha de sentimientos la invadió antes de que pudiera incorporarse en la cama. Él había estado allí, la había visto dormir. Y a pesar de que casi todas las mañanas le llevara flores para que decorara su alcoba, jamás había entrado sin llamar primero. En cambio hoy, en su cama, había un ramo de dieciocho rosas amarillas. Sus favoritas. Sus pétalos aún estaban salpicados por algunas gotas de rocío de la mañana y sus tallos no tenían una sola espina.

Vació un jarrón cuyas flores ya estaban algo secas y colocó su maravilloso regalo de cumpleaños en el interior. Cuando desvió la vista de las rosas al espejo de su tocador, se preguntó por qué su aspecto no era distinto que el día anterior. Aunque la verdad era que tampoco se sentía diferente. Tal vez cumplir dieciocho años no fuera para tanto. Sin embargo, ella tenía la sensación de que ese día sería muy especial.

Por eso, se demoró algo más que otras veces en peinarse y eligió uno de sus vestidos más bonitos, de cintura alta y del mismo color que sus rosas. Seguro que él captaba ese detalle en cuanto la viera. Solo de imaginarlo mirándola sintió que le faltaba el aliento. ¿Cuánto tiempo habría estado en su habitación? ¿Habría dejado las flores y se habría marchado o se habría sentado a observarla?

Sacudió la cabeza y tuvo que recolocar un mechón de pelo que se escapó por el movimiento. Eso era algo que habría hecho ella si hubiera entrado en su cuarto a hurtadillas. No él. ¿Por qué querría él verla dormir? Solo era un amigo que quería hacerle un regalo especial en una fecha especial.

Desilusionada por sus propios razonamientos, se obligó a sonreír y salió de su alcoba. Era su día, y lo disfrutaría minuto a minuto.

 

Los habitantes de Le Petit Beaumont pasaron la mañana en torno al piano. Ivy y Verónica se turnaron para interpretar varios temas mientras unos cantaban y otros bailaban.

A mediodía tuvo lugar la comida que con tanto esmero habían preparado Margot y Melissa. Todos los platos favoritos de Ivy, y una versión para doce comensales de uno de los pasteles más deliciosos de La Chocolaterie de la Bonheur.

—Pide un deseo —apremió Verónica a Ivy cuando esta se disponía a hacer los honores partiendo personalmente la tarta—. Piénsalo en silencio. Y hasta que no lo hayas formulado en tu cabeza como si lo estuvieras diciendo en alto, no hundas el cuchillo.

La joven soltó el cubierto y posó una mano encima de la otra.

—¿Qué más puedo desear que celebrar este día con todos vosotros? — Planteó con sinceridad. Aunque sus ojos traicionaron a su subconsciente cuando miró directamente al joven que se sentaba a su lado y se sintió enrojecer—. Todo lo que puedo desear está aquí mismo. Me habéis tratado como parte de esta familia desde que llegué. Y todos los que habéis llegado después que yo, la habéis ido incrementando, haciéndola aún más maravillosa. —El rostro, radiante hasta entonces, se le ensombreció ligeramente—. Y a pesar del triste destino que sufrió mi madre, doy todos los días gracias a Dios porque Berta me trajera a esta casa. Este es mi hogar.

—No tendrías nada que agradecer si tu madre no hubiera robado lo que no era suyo. —La voz de Berta sonó tan ronca que no pareció la suya.

—¡Mamá!

El silencio que se cernió sobre la mesa del comedor, después de que Leo se levantara arrastrando la silla hasta que cayó al suelo con un estruendo, pareció hacer bajar varios grados la temperatura del ambiente.

¿Cómo podía? ¿Cómo podía estropear un día que debería ser perfecto para Ivy de aquella cruel y vil manera? De todas las veces que alguno de sus despectivos comentarios lo habían hecho salir en defensa de la mujer a la que amaba, esa era con diferencia la peor de todas. Esa vez, Leo se sentía capaz de odiar a su propia madre.

—¿Alguien puede explicarme qué sucede aquí? —intervino Verónica rompiendo el devastador silencio.

Inmediatamente, Melissa se levantó y se llevó a sus hijos a la cocina sin decir nada. Nolan estaba temblando y Jacques acababa de echarse a llorar.

—Sabes que mi madre no robó aquellas joyas, Berta —sollozó Ivy, obligándose a no derramar una sola lágrima.

—Yo solo sé que desaparecieron del dormitorio de Monsieur Fernando y aparecieron en el de tu madre.

—¡Mi madre compartía alcoba con otra doncella! —espetó la joven con una furia que nadie de aquella casa había presenciado jamás.

—Por eso las echamos a las dos. No había manera de descubrir quién había sido, porque ambas lo negaban.

—Y mi padre consintió que así fuera solamente por ese motivo. — Alejandro se levantó, recogió la silla que había tirado Leo y le apretó en un hombro para que se sentara de nuevo—. Pero como no se puede castigar a los hijos por los pecados de los padres, Ivy fue bien recibida en esta casa. Tú misma la trajiste, Berta, porque Claudette y tú habíais sido buenas amigas. Por eso, tú menos que nadie deberías empañar este día con malos recuerdos.

—Mi madre me juró que ella no había robado nada. —A Ivy le temblaban las manos—. Tú estabas conmigo cuando ella me dijo esas palabras antes de morir, Berta. ¿Cómo puedes seguir dudándolo después de eso?

—Una madre le diría cualquier cosa a su hijo en su lecho de muerte, si con eso puede hacerlo feliz.

—¡Aunque así fuera! —La joven aferró el mantel bajo los dedos cuando las manos se le cerraron en dos puños—. No te importó cuando convenciste a Monsieur Fernando de que me aceptara aquí. ¿Por qué desde hace unos años parece que sí te importa? ¿O es otra cosa lo que te hace… odiarme? — confesó finalmente.

—¡Jesús! —Margot se santiguó—. Aquí nadie odia a nadie. Berta no es la misma desde el accidente de Henri y Jean. Eso es todo. A veces es exasperante, pero Gabriel y ella están trabajando en superar esas crisis nerviosas. ¿Verdad, Berta?

El ama de llaves tragó saliva. Una de las extrañas que habitaban dentro de ella, la más cruel de todas las que convivían con la Berta que ella quería ser, la mujer que la dominaba en los momentos de mayor tensión, había estado aguardando en silencio las últimas semanas. Demasiado tranquila. Lo que tendría que haberla hecho sospechar. Eva, como la había bautizado para referirse a ella en las sesiones con Gabriel, había estado en letargo para hacer aparición repentinamente, de forma que ella no se lo pudiera esperar, sin darle tiempo a reaccionar.

—Contesta, mamá —exigió Leo.

—Cierto. —Se levantó de golpe—. Y me temo que estoy a punto de sufrir una de mis crisis ahora mismo. Así que si me disculpáis, me retiro. No quiero estropearos más la fiesta.

—Berta… —Alejandro se levantó pero ella hizo un gesto con la mano para que se detuviera.

—Me tomaré una infusión y me acostaré. Será lo mejor.

Margot la acompañó a la cocina y Arthur las siguió a ambas después de hacer un gesto de disculpa ante los demás. Y de besar en la frente a Ivy cariñosamente.

—Esto no está pasando —murmuró Leo, hundiendo la cabeza entre las manos y tirándose de los rizos con saña.

—No hagas eso, Leo —le increpó Alejandro. Tirarse del pelo era algo que comenzó a hacer compulsivamente cuando Henri murió, un autodestructivo hábito del que le costó varios meses deshacerse—. Tu madre está enferma. Peor de lo que imaginábamos. Hablaré con Gabriel para que revise su tratamiento.

—Eso no le excusa para comportarse así. —Gruñó, estirando una mano hacia Ivy, rogando porque la aceptara. El nudo de la garganta se le aflojó un poco cuando ella se la acarició.

—Las enfermedades de la mente son difíciles de comprender. Y de aceptar —resolvió Verónica. Una tía de Úrsula solía pasar largas temporadas en un centro psiquiátrico y su amiga le había contado cientos de historias sobre aquel lugar y los otros enfermos—. Pero no podemos juzgarla por ello. No es algo que ella pueda controlar.

—Siento lo que he dicho. Haberla acusado de odiarme. —A Ivy se le escapó una lágrima.

—Si hay alguien aquí que no necesita disculparse por nada, eres tú, Ivy —sentenció Alejandro antes de girar el cuello hacia ambos lados para relajar la tensión que se le había empezado a acumular en ese punto. Después exhaló un largo suspiro—. En cuanto los demás vuelvan, pedirás tu deseo, partirás el pastel y nos lo comeremos acompañándolo con una copa de champán. —Miró a Verónica con complicidad. El champán era un elemento clave en el plan que tenían para esa tarde—. Después te daremos tus regalos y seguiremos con la fiesta. Es una orden —añadió y se levantó de la mesa para ir a buscar a Melissa y a los niños. Arthur y Margot se unirían a ellos… en cuanto pudieran.

 

El pastel no supo tan dulce después de lo sucedido. Pero todos pusieron de su parte para que la celebración no se echara a perder. Los niños contribuyeron en buena parte a ello al hacerle entrega a Ivy de sus regalos. Unos alegres dibujos de Jacques, los primeros poemas de Nolan y algunas figuras de barro que ambas gemelas habían moldeado junto al río.

Leo no respiró tranquilo hasta que no vio la sonrisa de Ivy llegar hasta sus ojos.

Melissa y Margot le hicieron entrega del vestido que llevaban meses cosiéndole. Y Arthur de los pendientes para los cuales había estado ahorrando desde que la vio mirarlos en un escaparate de la ciudad. Sorprendentemente, Berta se había prestado a poner la cantidad que le faltaba para comprarlos. ¿Por qué entonces había mencionado aquel suceso con las joyas de Evangeline? Era algo que no lograba comprender.

Cuando los niños empezaron a mostrarse algo aburridos de estar en la mesa con los mayores y solicitaron salir a jugar, Verónica se obligó a olvidar el incidente para poder seguir con el plan.

—Hoy la fiesta la acabaremos al aire libre —anunció.

Esa era la señal acordada para que los demás comenzaran a excusarse con responsabilidades maternales ineludibles o exagerado cansancio de ancianos y así evitar salir de la casa con ellos. Sabían que había una sorpresa para Ivy. Una muy especial y personal. Solo Berta desconocía que Leo era el principal artífice.

—¿Adónde vamos?

Ivy estaba intrigada y emocionada mientras se alejaban de la casa para adentrarse en el bosque, más allá de la escuela. Alejandro llevaba en las manos dos botellas de champán y Leo cuatro copas. Verónica cargaba un pequeño paquete envuelto en papel de un intenso color verde.

—Aún faltan nuestros regalos —susurró Leo cuando llegaron al hueco de la antigua puerta del edifico que una vez formaron aquellos cuatro muros derruidos. Aún superaban la altura de cualquier persona, ocultando su interior a la vista, pero el techo hacía mucho que había desaparecido.

—¿Habéis escondido vuestros regalos ahí dentro? —preguntó incrédula. Ella solía pasear por aquellos parajes y se sentaba a leer en una gran roca que había allí fuera. Pero dentro solo había asomado la cabeza alguna que otra vez, y lo único que había encontrado eran zarzas y malas hierbas tan altas que a Jacques no se le vería si entrara allí.

—Algo así —declaró Leo y le ofreció la mano para que lo acompañara adentro—. Feliz cumpleaños, Ivy.

 

Si existía el paraíso, Ivy pensó que debía asemejarse bastante a lo que estaba viendo en ese momento. Desde que había dado un paso al interior de aquel paraje escondido entre cuatro paredes cubiertas de trepadoras en flor, no había podido detenerse. Caminó entre los pasillos que definían setos bajos y parterres de todo tipo de flores. Contempló las estatuas de siluetas humanas y animales que jamás había visto y que, por su aspecto envejecido, pensó que tal vez hubieran estado ocultas bajo aquellas hierbas altas.

Una pareja de mariposas revoloteó ante su rostro y su mirada la siguió hasta la fuente que se alzaba majestuosa en el mismísimo centro de aquel jardín del edén que, sin creer merecer, habían creado para ella. Leo le informó de que podía beber de esa agua, pues Alejandro había ideado cómo canalizar el manantial hasta allí. Entonces ella hundió las manos en el agua estancada en la parte más baja y bebió del chorro que emergía con fuerza, con un cántico que invitaba a ser probado. Cuando probó aquella agua fresca y deliciosa, el mal trago que había pasado hacía unas pocas horas fue arrastrado y borrado de su mente y de su corazón. Aquello era mágico, y se sentía como en un cuento de hadas.

—¿Te gusta?

La joven miró a Leo y tuvo que contenerse para no saltar a sus brazos. Tal vez le habría faltado voluntad si Verónica y Alejandro no hubieran estado allí.

—Jamás podría imaginar un lugar más bello. No puede existir nada igual en ninguna parte de este mundo.

—Entonces te alegrará saber que es tuyo. Completamente tuyo.

Ella miró extrañada a Leo y este le indicó que se sentara en uno de los bancos de piedra estratégicamente situados bajo un árbol que la protegería de los rayos del sol.

—Este es tu jardín secreto. Es mi regalo por tu decimoctavo cumpleaños —explicó, sentándose a su lado. Aunque había sitio para los cuatro, Verónica optó por sentarse en el césped frente a ellos, con Alejandro a su lado—. La idea y parte de la ejecución son mías. Pero Alejandro y Madame Verónica me han ayudado a hacerlo posible.

Alejandro sacó en ese momento un papel que guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta.

—Yo he contribuido a la canalización del manantial y a traer e instalar algunos materiales. Poco más. Como redactar y firmar este documento de propiedad.

Ivy leyó las palabras de aquel pedazo de papel. La mandíbula se le desencajó cuando vio que su nombre constaba como el de la dueña de aquellos terrenos.

—No sé qué decir.

—Con gracias me vale.

—Gracias. Pero es demasiado, Alejandro. Yo…

—No lo es. Pero sí es especial. Un regalo encantador. Leo ha trabajado mucho.

—Y tú también —intervino Verónica—. Yo algo menos. No soy especialmente habilidosa en estas cosas. Pero tengo algo más para compensarlo.

Ivy tomó el paquete que le entregaba. Apartó delicadamente el hermoso papel verde que lo envolvía y encontró tres libros que la hicieron sonreír. Tres libros del mismo autor, incluso con el mismo título. Pero en tres idiomas distintos.

—«El sueño de una noche de verano» es mi obra favorita de Shakespeare —explicó Verónica—. Quería empezar a trabajar contigo el teatro, y pensé que esta sería una buena forma de comenzar. El ejemplar en francés lo he comprado en la ciudad, así que es nuevo y no tiene mayor valor que el arte que contiene. Pero el que está en inglés es una edición especial que obtuve como premio en una competición de cálculo mental de mi escuela de Londres. —Agachó la cabeza y suspiró antes de continuar—. Y el ejemplar en castellano es una primera edición en mi idioma. En cuanto supe que lo habían traducido y que estaba a la venta, no pude evitar hacerme con uno. Ese fue el único capricho que me permití comprar con mi sueldo de maestra. —Volvió a centrar la vista en Ivy al darse cuenta de que se había quedado perdida en el horizonte—. Quería regalarte algo especial para mí, y no se me ha ocurrido nada mejor.

—Madame, no puedo aceptarlos. Son suyos. —Le devolvió dos de los libros—. Me quedaré este, el que está en francés. Es más que suficiente.

—Quiero que los tengas todos. Por favor. —Volvió a entregárselos—. Significa mucho para mí. Creo que te ayudarán a perfeccionar tu redacción y lectura en los tres idiomas. Y sé que te encantará la obra.

—Pero Madame, son muy valiosos para usted.

—Tú eres aún más valiosa para mí. Y si algún día quiero releerlos, seguro que me los prestas. ¿Cierto?

—Por supuesto.

—Entonces, brindemos por tu cumpleaños. —Le hizo una seña a Alejandro y él abrió la primera botella. Brindaron y bebieron a la salud de la mujer que luchaba por contener unas lágrimas cargadas de emoción—. ¿Por qué no nos lees el primer acto de la obra? No se me ocurre un lugar más propicio que este jardín de ensueño.

—Me encantará.

Ivy, en honor a Verónica, abrió la edición en castellano y comenzó a leer. Su voz, clara y armoniosa, se fundió prodigiosamente con los sonidos de la naturaleza que colmaban el ambiente ya de por sí mágico de su inigualable jardín secreto. Y los oyentes, sobre todo uno, quedaron embelesados por las palabras, por su forma y su contenido, mientras la lectora se adentraba en una historia que la cautivó desde la primera escena.

 

Alejandro tuvo que sostener a Verónica para que no se cayera de espaldas al inclinarse hacia atrás para vaciar otra copa de champán. El exagerado efecto quedó rematado cuando un agudo hipo se escapó de la boca de la joven quien, tras una risita, se llevó las manos a los labios, como si estuviera avergonzada.

—Me temo que nosotros nos retiramos antes de que la embriaguez de Madame Zaldívar la haga rodar cuesta abajo.

—La ocasión se merecía un brindis. Varios —puntualizó a la vez que se levantaba con Alejandro agarrándola por la cintura—. Pero vosotros quedaros. Aún es de día. Y esto tiene que estar precioso de noche. Especialmente al ocaso.

Ivy no comprendió por qué le guiñaba un ojo, aunque creyó que podría haber sido un gesto involuntario puesto que su patrona y amiga había tomado más champán del recomendable. De todas formas, estaba tan agradecida y feliz por lo que había vivido ese día que no le dio importancia.

—Sí, quedaros. Aún no es tarde. Feliz cumpleaños otra vez, Ivy.

—Muchas gracias, Monsieur, y Madame. Por todo.

Alejandro se inclinó para darle un fraternal beso en la frente y palmeó el hombro de Leo en señal de ánimo. Ofreció su brazo a Verónica, quien estaba mirando hacia el sol, pues este se encontraba casi en el punto donde la magia iba a tener lugar, y prácticamente la arrastró con él.

Ambos caminaron en silencio hasta que estuvieron lo suficientemente lejos, casi a las puertas de la casa. Entonces Verónica no se contuvo más.

—¡Ha sido perfecto! —exclamó y aferró con ambas manos el brazo de Alejandro.

—Tu actuación sí que ha sido perfecta. Vas dando auténticos tumbos.

—No estoy actuando. Me he bebido todo ese champán de verdad.

—El plan era que lo derramaras disimuladamente. —Preocupado, se giró hacia ella y observó sus vidriosos ojos.

—No he tenido muchas oportunidades para hacerlo sin que fuera demasiado descarado. Tendría que haberme sentado en otro lado y no justo de frente a ellos. Uy. —Otro hipo la hizo botar en el sitio. Y partirse de risa.

—¿Estás borracha de verdad?

—Supongo que sí. Me he bebido cuatro copas. —Hipó de nuevo—. ¿O han sido cinco? He perdido la cuenta.

—Y el juicio. ¡Dios, Verónica! Tú nunca bebes más de una copa.

—Lo sé. Y mi cabeza también, créeme. —Se llevó la mano a la frente cuando empezó a sentir que el ligero mareo iba en ascenso—. Pero ha merecido la pena. Están solos y en un lugar donde ni Berta ni nadie los podrá interrumpir.

—Espero que no, porque estropearían la declaración.

Antes de subir la primera escalera, la joven frenó en seco.

—¿Declaración?

—Sí. Leo me ha dicho que pensaba declararse esta noche.

—¡Oh! ¡Oh! —Verónica se llevó ambas manos a las mejillas y después se abrazó a Alejandro, quien la notó sollozar en su hombro.

—¿Pero por qué lloras?

—De alegría. ¡Es tan maravilloso! —Se apartó un paso de él aunque tuvo que mantener las manos apoyadas en sus hombros al darse cuenta de que no lograba enfocar la visión en su rostro—. Y creo que estoy más borracha de lo que pensaba. —Suspiró y rio tontamente—. Mucho más.

Alejandro la miró con algo de lástima, pero sobre todo con admiración por el pequeño sacrificio que había hecho en aras del amor, y de la amistad en su caso personal. No estaba preparado cuando, de pronto, los brazos de Verónica le rodearon el cuello con fuerza para atraerlo hasta su boca, para besarlo tan sorpresiva como profundamente. Ella echaba todo el peso de su cuerpo sobre el suyo y él tuvo que rodearla con sus brazos para evitar que ambos cayeran. Sin embargo, él ya estaba cayendo, a un pozo sin fondo, donde ella lo arrastraba con cada caricia de su lengua y cada roce de sus labios. El sabor del champán en su boca incrementaba aquel vértigo que se acababa de apoderar de él, que amenazaba con dejar escapar algo más fiero. Algo a lo que podría abandonarse. Allí mismo.

—Para, Verónica. —Hizo un auténtico esfuerzo para lograr apartarse de sus labios, al menos unos centímetros—. Esto no está bien.

Los ojos de ella parpadearon lentamente y tardaron varios segundos en enfocar hasta cruzarse con los suyos.

—¿No lo estoy haciendo bien?

—Demasiado bien. No es eso. Estás ebria y no sabes lo que haces.

—No estoy tan mal como para olvidar que si me quiero ir a dormir, debo darte tu beso de buenas noches.

—Ah. —Se sintió como un imbécil—. ¿Solo era eso?

—Claro. ¿Qué iba a ser si no? —Lo miró a la cara, pero no logró entender lo que su gesto significaba, tal vez porque había dos rostros de Alejandro cruzándose entre sí—. Uf. Me voy a la cama. Buenas noches.

Tropezó con la primera escalera, salvó la segunda y en la tercera habría caído de bruces si Alejandro no hubiera salido de su estupefacción justo en ese momento.

—Anda, deja que te ayude. Yo también me voy a dormir.

La mantuvo firmemente agarrada por la cintura para subir cada escalón. Ya en el vestíbulo, ella resopló como si aquello le hubiera supuesto tal esfuerzo que necesitara un descanso. Alejandro decidió que sería mucho más rápido, y discreto, llevarla él mismo.

—¡Eh! —Fue la única protesta de ella cuando se sintió levantada en volandas.

—Solo te llevo a la cama antes de que te caigas y consigas hacer tanto ruido que todos nos descubran. Entonces, todos nuestros esfuerzos se irían al garete.

—Bueno. En ese caso, vale.

No tardó ni un segundo en acurrucarse en la curva de su hombro y prácticamente se quedó dormida en sus brazos antes de llegar al dormitorio.

Alejandro la dejó en el suelo al lado del biombo para que se cambiara y se dirigió a su lado del cuarto para desvestirse.

—Creo que necesito ayuda. —La oyó decir cuando él ya estaba descubriendo la cama—. No encuentro los cierres.

—¿Hasta dónde? —Verónica sintió dos cálidas manos sobre sus hombros desnudos, aunque no lo había sentido aproximarse si quiera.

—Desabróchalo entero. Pero no mires.

—Tengo que mirar para desabrocharlo.

Con un gran esfuerzo, ella giró la cabeza para buscar los ojos de él. Le pareció que allí, en la penumbra, y bajo su mirada borrosa, eran miel girando en círculos y brillando en dorados reflejos. Dulce, muy dulcemente.

—Vale. Pero cuando acabes, no mires.

Eficientemente, Alejandro desabrochó cada enganche del vestido.

—Ya está.

Se dio la vuelta y se dirigió de nuevo a la cama. Obedeció y no miró hasta estar allí, pero ella se había quedado a un lado del biombo y, perplejo, observó cómo dejaba caer el vestido y lo apartaba a un lado de una patada justo antes de dirigirse a la cama.

—¿Piensas dormir así?

—No soy yo la que duerme con el pecho al descubierto cada noche.

Él trató de no pensar en qué podía significar ese detalle para ella.

—Llevas los zapatos puestos —alegó como problema principal de su indumentaria.

—¿Ah, sí? —Se miró los pies y se echó a reír sonoramente.

—Anda, deja que te ayude.

Ella se sentó en la cama, aunque fue algo más parecido a dejarse caer sobre ella. Alejandro rodeó el mueble y se agachó para quitarle ambos zapatos. Al levantar la vista se encontró con la atenta mirada de su esposa. Sin apartar sus ojos de los de ella, deslizó las manos primero por un tobillo, después por el otro, hasta llegar a las cintas que sujetaban las medias sobre las rodillas. Soltó ambas lazadas y recorrió el camino inverso, bajando las manos por cada pierna para deshacerse del suave tejido que cubría su piel, más suave aún.

—¿Tienes mucha práctica haciendo esto?

Alejandro apartó las prendas a un lado y permaneció de rodillas frente a ella. Sus ojos seguían clavados en él, y aunque aún estaban vidriosos, ahora lo miraban desafiantes.

—Ninguna comparable con esta. —Carraspeó y desvió los ojos lejos de los de ella—. Esa camisola es muy corta. Te traeré el camisón.

Rápidamente, antes de que sus manos siguieran el camino que habían tomado sobre aquellas perfectas piernas de piel lechosa y tentadores contornos, fue hasta la cómoda y buscó en los cajones en busca de alguna de sus prendas para dormir.

Las manos le temblaron cuando volvió y la encontró tumbada de lado, con las piernas colgando en la cama, como si simplemente la cabeza se le hubiera caído sobre la almohada. Se obligó a no quedarse pasmado allí contemplándola, a comportarse honorablemente, como se había propuesto al descubrir que ella no pensaba con claridad.

Tomándola de nuevo en brazos, la llevó hasta el biombo para que se pusiera el camisón ella misma, pero nada más dejarla en el suelo, ella cayó contra su pecho, como si las piernas no la sostuvieran.

—Llévame a la cama. —Le susurró escurriéndosele entre los brazos.

Él la levantó por los hombros y la giró de forma que quedara de espaldas a él. Era algo sencillo, se dijo, quitar una prenda y poner la otra. Lo haría rápidamente y sin mirar. No demasiado. Tragó saliva y decidió que, mejor, apagaba la vela que tenía más cerca, para evitar tentaciones. Así que, en una oscuridad casi total, deslizó las manos por la parte externa de sus muslos, levantando la tela lentamente.

Ella se retorció contra el pecho que la sostenía cuando las fuertes manos de Alejandro la rozaron como un murmullo, con sus dedos de artista moviéndose tan perezosamente contra su piel que sintió un escalofrío.

Él se había propuesto hacerlo rápido, pero dibujar su silueta con las manos, tocar directamente aquella piel desnuda y cálida, tan suave y sedosa, había acabado con su autocontrol. Se permitiría esa licencia, solo esa, de tocar la piel que iba descubriendo mientras le quitaba la prenda, la única que llevaba puesta. Se le secó la boca al llegar a las caderas y palpar parcialmente aquellas delicadas nalgas que ahora se movían contra su propio cuerpo, a una altura comprometedora, a la vez que Verónica emitía un leve gemido.

Apretando la mandíbula, continuó hacia la cintura, deleitándose en esa curva tan pronunciada antes de llegar a sus senos y obligarse a solo rozarlos levemente, pues si los cubría en su totalidad con las palmas de sus manos, aquello acabaría con él poseyéndola por completo.

El último movimiento lo hizo más rápidamente, estirando los brazos de ella por encima de su cabeza para sacarle la camisola. Aquel gesto pareció hacerla reaccionar algo más y, al sentirse desnuda, bajó los brazos para cubrirse.

—Alejandro… —gimió y empezó a temblar contra el cuerpo que, apenas algo más tapado que el suyo, permanecía firme y pegado detrás de ella.

—Voy a ponerte el camisón —dijo para tranquilizarla, y porque eso era precisamente lo que iba a hacer, lo que debía hacer—. Necesito que subas los brazos.

Tras un segundo de duda, ella obedeció.

No había hecho falta la más mínima luz para dejar constancia de la perfección del cuerpo que tenía delante, se dijo él. Sus manos habían sentido esas curvas femeninas que ahora ansiaba volver a sentir. Preso de sus propios deseos, la vistió recorriendo el camino inverso igual de lenta e íntimamente.

Si iba a poner un pie al otro lado de la frontera, pensó Alejandro, bien podría permitirse otro lujo que había deseado desde el mismísimo día de su boda.

—Será mejor que te quite también las horquillas. —Esta vez le susurró al oído y las manos cambiaron el objetivo de su contacto.

Sin precipitarse en ninguno de sus movimientos, liberó cada mechón de pelo. Cuando no quedó una sola horquilla, hundió sus dedos en la larga cabellera, con las manos extendidas desde la nuca, subiendo y abriéndolos como una flor al amanecer, masajeando la cabeza suavemente antes de recorrer la longitud de aquellos rizos y dejar caer el pelo sobre los hombros de ella. La imagen de sus cabellos desparramados sobre su cuerpo desnudo fue tan vívida en su mente que se censuró a sí mismo y se obligó a detenerse en ese mismo instante.

Verónica estaba sin aliento cuando Alejandro la cogió de nuevo en brazos y la llevó a la cama. No era del todo consciente de lo que había sucedido. Sabía que él la había ayudado a quitarse las ropas y el peinado. En el proceso, ella había sentido sus manos acariciándola. Acurrucada entre su hombro y su cuello, se preguntó si ella misma se lo habría pedido. Y si fuera así, qué más le habría dicho. Porque la piel le temblaba de necesidad. Aquellas manos la habían despertado parcialmente de un sueño mareante y su piel, toda su piel, desde los dedos de sus pies hasta su cuero cabelludo, había despertado a unas sensaciones nuevas que eran absolutamente maravillosas.

Ella no se soltó de él mientras se subía en la cama de rodillas y la tumbaba, así que Alejandro no tuvo más remedio que retorcerse para poder tumbarse a su lado, apenas logrando deslizar una mano hasta las sábanas para cubrir a ambos con ellas.

Habría jurado que estaba dormida si no la hubiera oído murmurar.

—No vuelvas a dejarme beber nunca más.

—De acuerdo. ¿No querrás vomitar, verdad?

—No. Pero me siento mareada. —Su voz era una especie de balbuceo —. Y como flotando en una nube. Si no me agarro a ti, me iré volando.

—Entonces agárrate fuerte.

Alejandro sonrió cuando ella se acurrucó aún más cerca, con los labios rozándole la garganta. Las siguientes palabras le hicieron cosquillas en la piel.

—Siempre vas a cuidar de mí, ¿verdad?

—Siempre.

—¿Incluso cuando sea muy viejecita?

Alejandro pensó que esa era la primera vez que ella mencionaba algo sobre su futuro.

—Sobre todo entonces.

—Pero tú también serás muy viejecito y no podrás llevarme en brazos.

—Yo siempre podré cogerte en brazos.

Una de las manos de Verónica resbaló con cautivadora lentitud por el hombro de Alejandro y le acarició el brazo de arriba abajo.

—Me gustan tus brazos. Su forma. Su tacto. Su fuerza. Y también tus manos. En mi piel.

Él estaba tratando de controlar el latido de su corazón cuando ella continuó el lento recorrido de su mano hacia su pecho.

—Me gusta tu piel. —La voz se iba perdiendo, se oía cada vez más lejos, pero las palabras eran concisas—. Su aroma y su sabor. —Olisqueó sutilmente su garganta antes de probarla con un leve toque de su lengua y un casi imperceptible roce de sus labios.

—Verónica…

Tenía que parar aquello. Antes de que fuera demasiado tarde.

—Me gusta tu voz —continuó y su mano se detuvo finalmente en una de las mejillas de Alejandro—. Cómo hace sonar mi nombre. Y tus labios, tu boca cuando sonríes. Tus ojos, como la miel caliente cuando me miras. Cómo me miras. Cómo me tocas. Cómo me besas.

La voz se fue perdiendo como un eco que se apaga. Alejandro esperó unos instantes y, cuando por fin la oyó respirar acompasadamente, se permitió tragar saliva, ese nudo que se le había quedado atragantado y que no subía ni bajaba, cortándole la respiración.

¿Qué clase de tortura era aquella? ¿Cómo podía un hombre enamorado no tomar lo que más deseaba después de aquellas palabras? Es más, ¿cómo podía no hacerlo un marido loco de amor, de pasión, de deseo y de ansias acumuladas por su esposa? Pero ella se retractaría de aquellas reveladoras confesiones al día siguiente. Si es que se acordaba, claro.

Estaba ebria, se recordó. Y los borrachos no sabían lo que decían. Aunque él, las pocas veces que había alcanzado esos extremos de embriaguez, siempre había dicho la verdad. Cierto que más alto y a más personas de las que debía, pero solo la verdad. En cambio, otros hombres y mujeres que conocía no soltaban más que embustes cuando estaban como cubas. ¿Cómo saber de qué forma le afectaba el alcohol a ella?

Desde luego, no iba a dejar que volviera a emborracharse para comprobarlo. Así que solo le quedaba la opción de asegurarse de que todas y cada una de las palabras que acababa de oír eran ciertas cuando estuviera serena y lúcida. Ella debía volver a decirlo igual que ahora, voluntaria y espontáneamente. Si lo sentía de verdad, volvería a hacerlo, se dijo y se consoló con ese optimista pensamiento.

Mientras esperaba a que ese milagro sucediera, trataría de dormir, a una hora demasiado temprana, con una erección como hacía tiempo que no tenía y con el cuerpo de ella completamente pegado al suyo, suspirando en sueños.

Definitivamente, aquello era una tortura.

 

En el jardín secreto, Leo le había solicitado a Ivy que le leyera un poco más. Ella, con bastante más seguridad en sí misma, había accedido y había aprovechado la última luz del día para continuar con aquella apasionante obra mientras que Leo se había dedicado a contemplarla a ella, tan cerca que con solo estirar un brazo podría rodearla y abrazarla tal como anhelaba hacer. Pero esperó, quedaban unos pocos minutos y no iba a saltarse todo un mes de planes, por no decir toda una vida, al no ser capaz de contenerse más.

—Siento interrumpirte —intervino cuando el sol estaba a punto de desaparecer tras la colina—. Pero hay otra cosa que tengo que mostrarte. Y tiene que ser justo ahora.

—¿Otra más? ¿Qué más puedo recibir hoy?

—Mucho mucho más. Ven, acompáñame.

Ivy cerró el libro y aceptó la mano que Leo le ofrecía. Juntos caminaron por los senderos de gravilla hasta una parte algo más oculta del jardín. Él la invitó a sentarse en otro banco de piedra y, sin soltarle la mano, le señaló hacia lo alto del muro oeste, en cuyo centro aún se mantenía en pie un arco por el que Ivy detectó que, poco a poco, un último rayo de sol se iba colando.

Sus ojos siguieron la línea anaranjada que de pronto iluminaba el ensombrecido jardín, y el corazón le brincó en el pecho cuando la luz enfocó dos únicas flores, ambas en el centro de una espiral de múltiples verdes. La belleza de aquella escena la cautivó por completo.

—Saqué la idea de un libro de Alejandro, de la universidad. Hay un templo egipcio en el que la luz del sol entra de esta misma manera e ilumina el altar.

—¿Por qué hay solo dos pensamientos? —se interesó cuando recuperó el habla, sin poder apartar la vista de aquellas dos flores, similares en forma y tamaño pero de distintos colores. Una tenía los pétalos azules y dorados mientras que los de la otra eran ámbar y marrón.

—Somos tú y yo. Creo que nos parecemos un poco.

Ella le echó imaginación y, observando los pequeños y frágiles pensamientos, consiguió verlos a ambos reflejados en aquellas flores, cuyos colores parecían imitar el tono de sus ojos y de sus cabellos. La piel se le erizó cuando una ráfaga de viento las hizo bailar, inclinando una encima de la otra, como en un tierno abrazo.

—Tendré que irlos trasplantando si queremos que el sol caiga sobre ellos al atardecer durante todo el año.

—Es un efecto increíble. Has tenido aún más trabajo aquí del que imaginaba.

—Tenía que ser perfecto. No podía ser de otra forma.

Ivy sintió que el corazón se le derretía cuando Leo se giró hacia ella y le acarició una mejilla, observándola con aquellos ojos azules que parecían los de un ángel. Su ángel.

—Ivy. Te quiero.

Aquello no podía ser lo que se le acababa de pasar por la mente, pensó desconcertada. Era su cumpleaños, él quería hacerle un regalo especial porque eran los dieciocho, al igual que Alejandro y Verónica. Y, por supuesto, él la quería, como Arthur o Margot, solo así.

—Yo también, Leo. Ya lo sabes —dijo casi sin voz.

La otra mano de Leo cubrió su otra mejilla y los ojos le brillaron con un fuego inusual.

—No, Ivy. No me refiero a eso. —Ella creyó desfallecer cuando la mirada de Leo bajó hasta sus labios—. Estoy enamorado de ti. Desde hace mucho. Te amo como un hombre ama a una mujer.

Ivy posó sus manos sobre las de él, temblorosas e indecisas.

—Yo…

—No. No digas nada. Aún no. Tengo algo más que ofrecerte hoy.

Cuando la boca de Leo se cernió sobre la de Ivy, ella se dijo que, definitivamente, todo ese día había sido un mágico sueño, si bien por un momento había estado a punto de convertirse en pesadilla. Nada había sido real, porque no se podía ser tan feliz de golpe, aquello era demasiado para alguien como ella. Pero las manos de Leo la atrajeron más cerca de él, la rodearon al igual que las de ella quisieron aferrar ese sueño para que no se desvaneciera. Lo besó, con todo el amor que su corazón albergaba, acariciando su rostro, su cuello, sus fuertes hombros. Se dejó envolver por el deseo que sentía emanando de él y su propio cuerpo reaccionó en respuesta, ávido de sentirlo latir contra él.

La boca de Leo la liberó y ella pudo tragar con brusquedad un aire que no sabía que precisara tanto, pues lo que más había necesitado era él, su sabor y sus caricias, aquella forma de tomarla para sí, como lo que era. Suya.

—Ahora sí —le dijo él, acariciando su oreja con los labios—. Ahora dime lo que quieras.

—Tengo miedo a despertar. —El sollozo que se le escapó alarmó a Leo, quien detuvo sus caricias y la miró a los ojos.

—Si esto es un sueño, los dos estamos soñando. No me importa permanecer dormido toda mi vida, si tú te quedas conmigo.

—No me voy a ninguna parte —respondió con media sonrisa.

La sonrisa se volvió plena y la acompañó una carcajada cuando Leo la cogió por la cintura y la sentó en su regazo, abrazándola para pegarla por completo a él.

—Y yo no pienso dejarte escapar. Porque eres mía, Ivy. —A pesar de no haber más luz que la de una media luna, sus ojos brillaban en la oscuridad con un azul intenso y llameante—. Dime que lo eres.

—Siempre he sido tuya, Leo. Siempre.

Sus bocas se fundieron de nuevo y ambos se perdieron en el abrazo del otro, entre besos, susurros cargados de amor y promesas, caricias que los hicieron estremecer con la necesidad de llegar más allá de las ropas, hasta el último rincón de sus cuerpos.

Pero no era el momento, se decía Leo cada vez que sus manos pretendían deslizarse más allá de lo que Ivy podría manejar por ahora. Él había tenido una experiencia previa, una meramente carnal y sin amor, pero experiencia al fin y al cabo. En cambio, la mujer que tenía entre sus brazos entregándose a él sin reservas, era pura. Demasiado buena para tomarla allí mismo, en la oscuridad de la noche y al refugio de su rincón secreto. Tal vez algún día, hacerle el amor allí sería una experiencia asombrosa, pero no la primera vez.

No obstante, aquello tampoco significaba que tuvieran que irse ya a dormir a sus respectivas alcobas. Por lo tanto, Leo la besó y la abrazó, la amó de una manera más sosegada de lo que su instinto le dictaba, manteniéndolo a raya con su corazón y su voluntad.

A cambio, ella le dio todo lo que él quería, y le hubiera dado más si él lo hubiera pedido. Aunque el hecho de que no exigiera más de lo prudente, no hizo sino hacer que se enamorara aún más de él, lo que hasta ese momento habría jurado que era imposible. Estaba claro que en ese maravilloso día todo era posible.

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