Noches perdidas

Mina Vera · Capítulo 21 de 26

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Noches perdidas

Capítulo 18

 

 

—¡Alejandro! Mon amour, estás espléndido.

La dama extendió los brazos, obviamente reclamando un abrazo.

—¿Yo? —Se señaló burlonamente mientras se dirigía hacia ella—. Tú sí que estás radiante. Tu belleza es inigualable.

El abrazo fue excesivamente cercano, y aún más largo. O eso le pareció a Verónica cuando se quedó petrificada en la puerta del comedor.

—¿Cuándo has vuelto? Hace meses que no sé nada de ti. Más de un año —rectificó.

—Llegué hace una semana de América. ¡Tengo tantos asuntos que resolver! Pero uno de los más prioritarios era visitarte, por supuesto.

—Ser prioritario para ti es un honor que muchos hombres querrían para sí.

Los dos rieron a carcajadas, y ese sonido fue la gota que colmó el vaso de los crispados nervios de Verónica. ¿Quién demonios era esa mujer y por qué se tomaba semejantes confianzas con su marido? Pero lo peor de todo, ¿por qué él le seguía el juego?

—Ejem —carraspeó para anunciar que estaba presente.

Fue la mujer, vestida con un traje de montar nada apropiado para una dama, quien se giró de inmediato y se acercó a ella deslizándose con una gracilidad que la obligó a quedarse parada, observando cómo se quitaba los guantes y los guardaba en un bolsillo con gran naturalidad.

—¿Y quién es esta preciosa jovencita que te acompaña? —Su mano le dibujó la curva de la barbilla con suavidad—. ¿Una prima lejana? ¿Una nueva amiguita?

La forma en que la miró, con un extraño brillo en los ojos y una mueca en los labios que no supo interpretar, no le agradó en absoluto. Aún menos su tono de voz al decir «amiguita».

Alejandro se acercó a ellas y Verónica dio un instintivo paso hacia él.

—Ni una cosa ni la otra —resolvió, tocándole el hombro como lo haría un padre, no un marido—. Ella es Verónica. Verónica Aranda de Zaldívar. Mi esposa.

—¡No! —La boca de la dama se abrió para quedarse así unos instantes.

—Sí —repuso él—. Desde hace solo unos meses.

—Bueno, bueno. El soltero más codiciado de toda Francia por fin ha decidido sentar la cabeza. Deja que te dé la enhorabuena.

La dama volvió a abrazar a Alejandro y le dio un sonoro beso en la mejilla.

—Exageras —dijo él con humildad—. Pero gracias.

Cuando la mujer volvió a girarse hacia Verónica, su mirada era muy distinta a la anterior. Esta vez sus ojos eran calculadores, la analizaban como tratando de encontrar en ella algún detalle que criticar.

—Así que Verónica Aranda —murmuró dando una vuelta a su alrededor, como un animal de presa—. ¿Española? —la oyó preguntar a sus espaldas. Alejandro asintió—. Mmm, buena elección. —Guiñó un ojo disimuladamente hacia Alejandro pero Verónica alcanzó a detectarlo.

—Gracias de nuevo —pronunció Alejandro orgulloso.

—Sí, Verónica Aranda —habló por fin, haciéndole ver que sabía hacerlo. Parecía haberlo dudado—. ¿Y tú eres…?

La dama se llevó ambas manos extendidas al rostro y abrió de nuevo la boca con sorpresa. Un gesto que parecía tener muy practicado.

—¡Disculpa, querida! Qué maleducada soy. Ni siquiera me he presentado. —Le cogió ambas manos y tiró de ella—. Soy Mademoiselle Duval, una vieja amiga de Alejandro, y de la familia Zaldívar. Pero tú llámame Anette, por favor.

Verónica se quedó muy quieta cuando Anette la abrazó y le dio un beso aún más sonoro que a Alejandro. Pero en vez de retirarse después, se quedó muy cerca, mirándola a los ojos y acariciando el dorso de sus manos con sus pulgares.

—Piel fina y delicada, ojos como piedras preciosas, cabello dorado y… —Sus manos dibujaron su silueta con la punta de los dedos— voluptuosa.

Aquella descripción la hizo sonrojarse, y su extraño contacto le provocó un escalofrío.

—Anette, no juegues con fuego. —La voz de Alejandro sonó muy seria de pronto.

Ella soltó una carcajada y dio tres pasos hasta alcanzar a Alejandro.

—Sabes que me encanta jugar, querido. —Le habló cara a cara y muy bajo, tanto que Verónica a duras penas pudo oírlo.

—Eso lo sé demasiado bien —respondió él igual de bajo, pero no lo suficiente—. Tanto como te encanta ganar. Siempre.

¿Es que no se daban cuenta de que ella les estaba escuchando? ¿Acaso pensaban que no podía oírles cuchichear? Verónica no sabía de qué juegos estaban hablando, pero se lo imaginaba. Sus nervios alcanzaron su punto álgido cuando Anette acarició el pecho de su marido con una mano.

—Porque siempre que juego, gano —susurró deslizando la mano hasta su cintura—. Por eso sé también que cuando no debo ganar, tampoco debo jugar.

Alejandro cambió repentinamente de expresión. Sonrió y ella respondió con la misma sonrisa. Se sacó uno de los guantes de su bolsillo y le golpeó juguetonamente con él en el hombro.

—Anette… —susurró él entre dientes—. Semejante gesto entre caballeros significa…

—Un reto a duelo, lo sé, lo sé. —Le quitó importancia con un gesto de su mano—. Pero yo soy una dama —matizó entre risas, dibujando su propia silueta—. Aunque si ella no fuera ya tu esposa, tú y yo tendríamos nuestro duelo aquí y ahora.

La cara de Alejandro palideció para luego enrojecer. Algo que Verónica jamás había visto. ¿Qué estaba insinuando aquella mujer? Aquellos dobles sentidos, que ya no estaban siendo pronunciados en un tono nada bajo, le parecieron más que obvios. Para ella un duelo era… un encuentro, pero no a muerte. Tendrían su duelo allí mismo si Alejandro no estuviera casado, lo que significaba que tendrían relaciones en el mismísimo comedor… tal vez como en alguna otra ocasión. La imaginación de la joven se desbocó imaginándolos en pleno duelo sobre el suelo o la mesa, desnudos… y la sangre le empezó a hervir de nuevo.

Sus ojos captaron a ambos aproximándose hasta ella, enganchados del brazo y hablando de algo entre risas. La visión que le habían provocado unos inesperados celos la había hecho perderse sus últimos comentarios.

Para su sorpresa, la conversación continuó como si nada de lo que se habían susurrado hubiese ocurrido.

—Y dime entonces, querida Verónica. ¿Cómo cazaste a mi adorado Alejandro? O debería decir… ¿cómo te cazó él a ti?

Ella tuvo que morderse la lengua para no soltar una grosería.

—Verónica es la hija de un buen amigo de mi padre. Nos conocimos de pequeños y, en mi último viaje de negocios a España, nos reencontramos. Todos los recuerdos de nuestra infancia nos llevaron a retomar nuestra amistad y poco después… ya te imaginas.

Anette soltó una risilla, lo que confirmaba que se creía la mentira.

—Por desgracia, su padre estaba muy enfermo. Temiendo que no sobreviviera al invierno, decidimos casarnos cuanto antes. Tarde o temprano íbamos a hacerlo y nos gustaba la idea de que Arturo estuviera presente, ya que mi padre no iba a poder estar.

—Oh, mi querido Fernando —musitó ella con nostalgia en los ojos—. ¡Qué feliz sería al verte por fin casado! Y nada menos que con la hija de un buen amigo suyo.

El desagrado de Verónica hacia esa mujer mermó ligeramente al percibir en su gesto que apreciaba sinceramente al padre de Alejandro. Pero pronto volvió a ponerse a la defensiva ante sus comentarios.

—Y no dudaste en dejar España para vivir aquí con tu marido. ¿No había nada o nadie allí que te retuviera? ¿Algo o alguien a lo que aún estés atada?

No tenía ni idea de a qué se refería. ¿Un amante? Esa era la única cosa que se le ocurría. De pronto, que lo planteara precisamente ella corroboró sus sospechas. El comentario en susurros sobre sus juegos, aquellos a los que ella siempre ganaba, y esa forma de tocar a Alejandro. Ya no eran amantes, pero lo habían sido. Y ella quería retomarlo. Tuvo que suspirar antes de hablar.

—Claro. Dejé en España a grandes amigas y mi trabajo de maestra, junto con todos mis amados alumnos. Pero mi marido ha sabido paliar mi nostalgia ayudándome a montar en nuestra propia casa una escuela donde instruyo a veinte niños con pocos recursos de la zona.

Se quedó a gusto tras sus palabras, pero la satisfacción solo le duró un instante.

—Además de poseer una envidiable belleza, es generosa, trabajadora y culta… ¿Es que tu esposa no tiene ni un solo defecto, Alejandro? —Dejó de mirarlo a él para volverla a mirarla a ella y rematar su comentario—. A excepción de su reticencia a regalarme una hermosa sonrisa.

Sus palabras tenían algo oculto, no supo ver el qué, pero no le gustó nada en absoluto. Y la cara de Alejandro era tan críptica que no le ayudaba nada a averiguar de qué iba todo eso.

—Nadie es perfecto —sentenció él con gesto de resignación—. Aunque las damas aquí presentes rocen la perfección.

Verónica no quería oír más, así que se dio la vuelta para marcharse.

—Tú siempre tan adulador, Alejandro. —Coqueteó Anette obligándola a seguir oyendo más de lo que quería—. Pero querida, ¿adónde vas?

Ella se giró solo un instante en el quicio de la puerta.

—Como te he dicho, Anette, soy maestra de escuela. Tengo que trabajar. Buenas tardes. —Hizo una exagerada reverencia y se marchó.

—¡Pero hoy es domingo! —la oyó gritar a lo lejos.

Sí, era domingo, pero ella podía ir a la escuela a preparar las clases del lunes… o lo que fuera.

 

Durante la hora y siete minutos que permaneció sentada ante su mesa en la escuela, miró el reloj cada diez minutos. Ni siquiera prestó atención a los lamentos que, ese día más que otros, se oían haciendo eco en las paredes de la antigua ermita. Su atormentada mente había creído oír «Fernando», como si Evangeline rondara realmente por allí. Pero después se había convertido en «Alejandro», o eso le había parecido, quizá porque ella estaba pensando en él, y en la exuberante amazona de gruesos y rosados labios, de ojos y cabellos tan negros como el ébano.

—¡Cállate, cállate! —le había gritado al lamento, como si fuera realmente una voz y no un sonido provocado por el viento al colarse por las rendijas del edificio.

Pero, extrañamente, el lamento había cesado, dejándola el suficiente silencio como para oír el tictac del reloj mientras ella se torturaba repasando la conversación del salón palabra por palabra, analizando cada una de ellas, tratando de dar con el código secreto de su diálogo de susurros.

Tortuosamente, por muchas vueltas que le diera, todo la llevaba a la misma conclusión: ¡Amantes!

Ella le había dicho, hacía ya mucho tiempo, que entendería que tuviera una amante, pero le había pedido que, de ser así, se lo contara. Él le había asegurado que jamás tendría ninguna y ella, ilusa, pensó que era sincero.

Él podía recordar que de alguna manera tenía su permiso, aunque hacerlo supusiera romper su palabra. Aun así, ella le había dado su consentimiento de todas formas. ¡Diablos! ¡Si casi le había empujado a ello! Y ahora había dejado a Alejandro con ella, dándoles la libertad de que hicieran en su propia casa lo que les viniera en gana… Y tal vez, siendo fiel a su palabra, él después, se lo contara.

Se dirigió al salón a la carrera. Más tarde ya inventaría una excusa para el porqué. Por lo pronto, tenía que impedir que llegara a suceder nada, si es que aún estaba a tiempo. Sabía que con decirle que, simplemente, se retractaba de sus palabras, no lo convencería. Él le exigiría una explicación lógica. Pero ella, de momento, no la tenía.

Llegó allí con una imagen en su mente, la del rifle de caza que descansaba sobre la chimenea del comedor. Subiéndose a una silla lo alcanzaría perfectamente. Aunque era muy posible que no estuviera cargado… En ese caso, recurriría a los floretes cruzados en la pared del saloncito.

—¿Dónde está Anette? —exigió saber al entrar en el comedor.

Ivy, que estaba puliendo la cubertería de plata, la miró con los ojos como platos.

—¿Pregunta por Mademoiselle Duval, Madame? —dijo sorprendida.

—Sí. ¿Acaso ha venido hoy aquí otra Anette?

Ivy eludió su mirada, encendida como el fuego, y frotó con más vigor una cucharita de postre.

—Se ha marchado.

—¿Cuándo?

—Creo que al poco de irse usted. Alejandro la acompañó a su caballo y se despidieron.

—¿Cómo? ¿Cómo se despidieron?

La cara de Ivy era pura confusión.

—Con un abrazo. Eso me pareció ver.

—¿Solo?

—Sí, solo. ¿Ocurre algo, Madame?

Ivy dejó la cubertería y trató de encontrar la respuesta que esperaba en sus ojos. Si su patrona estaba imaginándose lo que ella pensaba que se estaba imaginando, no podía estar más equivocada, pensó para sí, con inesperado regocijo.

—¿Dónde está Alejandro?

—Eso sí que no lo sé. Llevo limpiando la plata desde que usted salió por la puerta, ya que supuse que, si me hubiera necesitado, me habría pedido que la acompañara.

Cogió un cuchillo y comenzó a pulirlo enérgicamente sin darle más explicaciones. La visión le trajo ciertos recuerdos a Verónica, una historia que le habían contado de adolescente, cuando aún tenían servicio en casa. Aquel era un recuerdo de tardes de risas entre niñas que empezaban a hacerse mujeres y a las que no les importaba jugar y charlar con sirvientas tanto como con damas de la alta sociedad. Esa evocación casi profética unida a más de una hora de sospechas, al parecer, infundadas por ella misma, fue lo que la llevó a tomar una decisión de inmediato.

Salió corriendo dispuesta a encontrar a Alejandro cuanto antes, cavilando su estrategia mientras subía y bajaba escaleras y abría y cerraba puertas.

Tardó más de lo que esperaba en encontrarlo, pero le vino bien para mentalizarse de lo que iba a hacer.

—Verónica, ¿qué ocurre? ¿Por qué esa prisa?

La joven no respondió, solo corrió hacia él y lo empujó por los hombros de vuelta al interior de su taller de pintura. Una vez dentro, cerró la puerta de golpe.

La espalda de Alejandro chocó contra la pared y ella pudo retenerle contra su cuerpo con facilidad, tal como había previsto. Se alegró de que las cortinas estuvieran corridas y apenas entrara un rayo de luz, dejando la estancia en penumbra.

—¿Qué…?

—No hables. —Le susurró y soltó uno de sus hombros para dirigir su mano a sus pantalones.

—¿Se puede saber qué buscas? —preguntó atónito, con un deje de risa en su voz.

—¿Tú qué crees? —espetó secamente.

Al no encontrar lo que buscaba, al menos no en el estado en que lo buscaba, se dio cuenta de que iba a necesitar prepararlo, y sabía cómo hacerlo.

—Un beso más o un beso menos… —pensó, aunque realmente lo dijo en alto.

—¿Cómo?

Agarró a Alejandro por la nuca y lo atrajo hacia su boca. Al principio lo notó reacio, quizás por la sorpresa, pero enseguida su cuerpo se adaptó al de ella y él también la cogió por la nuca, acompañando a sus labios y, después, a su lengua.

Supo que había funcionado cuando sintió cierta presión en el vientre. Ya le latía inquieto por lo que tenía en mente hacer, pero ese roce era conocido y era justo lo que necesitaba. Desenterró una de sus manos de entre su pelo y la llevó de nuevo a sus pantalones.

La hinchazón aumentó al contacto con su mano y un suspiro de Alejandro separó sus labios un instante en el que Verónica notó su acelerada respiración contra su boca. Estaba consiguiendo soltar sus pantalones cuando, contra todo pronóstico, él detuvo el avance de su mano.

—¿Estás segura? —siseó.

Sopesó si responder o seguir sin más, y decidió que era mejor que supiera el verdadero motivo que la llevaba a hacer lo que iba a hacer, para que no hubiera confusiones.

—No quiero que busques placer en otra mujer.

Dicho esto, apartó la mano temblorosa de Alejandro de la suya y se concentró en desatar su pantalón e introducir los dedos, no sin cierta dificultad en el angosto espacio.

Alejandro cogió su barbilla y la obligó a mirarle a la cara.

—Estás… ¿celosa? —Frunció el ceño con incredulidad.

Por cómo la miraba le pareció que le hacía gracia. A ella no se la hacía en absoluto.

—Es eso. Estás celosa. ¡De Anette! Cielos, es increíble.

—¿Y por qué es increíble? Ella es la mujer más atractiva que he visto nunca. Seguro que la deseas. Y está claro que ella está de lo más dispuesta. Creo que es como para estar celosa.

—No sabes lo que dices… ¡Oh!

No se había dado cuenta de que, mientras estaba soltándole todo lo que pensaba, su mano se había apretado dentro de los pantalones de Alejandro. Aunque ya que había empezado, decidió seguir. Repitiendo mentalmente las instrucciones que, muy detalladamente, les había dado la doncella de su amiga Úrsula, hacía ya siete años. Una lluviosa tarde de sábado, reunidas en un cobertizo, la muchacha había comparado lo que ella estaba a punto de hacerle a Alejandro con pulir plata. La instructiva clase, con cuchillo y trapo incluidos, la había impactado tanto que no solo la recordaba hoy en día, sino que al día siguiente se había confesado con el Padre Gregorio y este había salido tan escandalizado que ni siquiera le había impuesto ningún Ave María. Simplemente, había desaparecido del confesionario.

Pero Alejandro no parecía escandalizado en absoluto, y ella estaba tan furiosa y decidida a defender lo que era suyo que estaba dispuesta a hacer incluso eso que jamás se había planteado llegar a hacer, por mucho que lo recordara al pie de la letra.

—¡Dios, Verónica! —jadeó el hombre cuando ella comenzó a ir más deprisa.

Por los sonidos que se agolpaban contra el oído de la joven, podría haber pensado que sentía algún tipo de dolor, pero cuando lo miró a la cara le quedó claro que no. Sus ojos se encontraron con los de ella y le sonrió dulcemente, desconcertándola por completo. Decidió que era mejor no oírle gemir, ni mucho menos que la mirara como lo estaba haciendo, así que volvió a besarlo.

Este beso fue distinto a todos los anteriores. Alejandro apenas cerraba la boca y ella seguía oyéndole jadear cada vez más alto, poniéndole la piel de gallina y llenándola de confusión. Su lengua estaba más húmeda que nunca, y seguía el ritmo de los movimientos de su mano, lamiendo sus labios y su propia lengua con tanta delicadeza que la hizo temblar.

Él estaba ya a punto de estallar, pero intentó controlarse, pues aquello no podía ir tan rápido, por mucho que su desatendido miembro estuviera brincando de felicidad.

—No puedo creer que por fin vayamos a hacerlo… —murmuró y bajó sus manos recorriendo la espalda de su mujer desde la nuca hasta detenerse en las nalgas con un tierno pellizco.

—No. No vamos. —Apartó sus manos de ella, apretándolas contra la pared a ambos lados de su cabeza—. Yo te voy a hacer.

Los ojos de Alejandro se abrieron de par en par cuando ella bajó un poco sus pantalones y siguió lo que había empezado, pero sin la molestia de la tela apretando su muñeca. Ahora podía ver su excitación en pleno esplendor, y su determinación se vio alterada. No es que hubiera pensado mucho en cómo sería esa parte de Alejandro. Pero había resultado ser más vigorosa e imponente de lo que hubiera llegado a imaginar.

—No sé si sentirme halagado o insultado —murmuró, evidentemente descolocado.

Ella siguió con sus caricias, sin hacer caso de sus palabras, aunque su duda la dejó confundida y, después, lo hicieron sus labios. Él buscaba su boca y después recorría su cuello hasta la oreja, como si quisiera que oyera sus gemidos, cada vez más intensos.

—No sé si me arrepentiré de decirte esto, pero… no tienes que estar celosa de Anette —murmuró con los ojos cerrados.

—No es algo que pueda controlar —respondió, sin desconcentrarse de su tarea.

—Pero… ¡Demonios! —Exclamó negando con la cabeza—. ¿Es que no has visto cómo te miraba y cómo… te ha tocado? Soy yo el que debería estar celoso en todo caso.

—No entiendo.

Él abrió los ojos para darle su desconcertante explicación.

—No sé cómo lo hace, pero Anette siempre ha logrado conquistar a cualquiera que se haya propuesto. Y jamás se ha propuesto conseguir a ningún hombre.

—¿Cómo…? —Se quedó muda, pero su mano no detuvo el ritmo.

Así que el juego iba con ella, y el duelo… era lo que parecía ser… por ella… Aunque solo lo habría dicho por decir. ¿O no? Había oído hablar de ese tipo de inclinaciones, pero jamás había conocido a ninguna mujer que las tuviera.

—Pero ella es tan hermosa… Podría tener al hombre que quisiera.

—Si quisiera, podría. Pero no quiere. —Alejandro la abrazó de pronto contra él—. Le alegrará saber que opinas eso de ella. Aunque a mí no me deja nada tranquilo.

Su insinuación la encolerizó.

—¡Yo, jamás…!

—¡Au! —protestó, aunque si no hubiera tenido su boca tan cerca ella no le habría oído.

—¿Te hago daño? —preguntó nerviosa y repentinamente insegura.

—No. Todo lo contrario, hasta ahora.

Había perdido la concentración. ¿Cómo podía imaginar él que ella iba a aceptar el extraño cortejo de Anette?

Se sintió avergonzada doblemente, y toda la determinación que la había acompañado hasta ese momento la abandonó de golpe. Dio un paso atrás y le soltó. Pero él la atrajo de nuevo y rodeó su mano con la suya, guiándola en las caricias que quería recibir.

—No pares ahora, por favor —rogó, y la urgencia de su voz la sobrecogió—. Mmm, Verónica…

No pudo más. Oírle decir su nombre entre jadeos, su rostro turbado, la cabeza echada hacia atrás, tragando saliva con dificultad… Lo sintió vulnerable ante ella, y comprendió que ese era el poder que se suponía que alcanzaría sobre él al acceder a hacerle eso.

Sí, tenía poder. Pero él también. Ella no estaba indiferente ante su excitación. También le costaba respirar y sentir su mano en la espalda, aferrándola contra él, le hacía desear que la abrazara aún más fuerte. Temerosa de perder el control de la situación, se apresuró a decirle lo que tenía planeado.

—Esto es lo que estoy dispuesta a darte, siempre que lo necesites. Esto, a cambio de tu palabra de no satisfacer tu deseo con ninguna otra mujer. Nunca.

Alejandro entreabrió los ojos, fijando a duras penas su mirada en la de ella. Cuando habló, lo hizo en susurros y entrecortadamente.

—Subestimas el número de veces que un hombre siente esta necesidad… a lo largo del día. Más aún un hombre joven, sano y apasionado como yo. Y más aún, con una esposa como tú.

—¿Al… día? —Logró preguntar y él rio entre dientes.

—También subestimas lo que me haces sentir ahora mismo, creyendo que estoy en condiciones de negociar contigo sobre nada de nada.

Sus caderas comenzaron a moverse de forma compulsiva y su mano liberó la de ella para que los movimientos ya no fueran guiados por él. Ella empezó a moverse al mismo ritmo que aquel cuerpo que parecía estar a punto de explotar. Hasta que, súbitamente, él la apartó a un lado.

Verónica pudo ver el final de su éxtasis caer a contraluz sobre unos trapos entre sus materiales de pintura.

Alejandro tardó unos instantes en recomponerse la ropa. Después se lavó las manos en un balde y se las secó con otro trapo que había sobre una mesa.

En cuanto lo hizo, se giró hacia ella, quien no sabía dónde meterse. ¿Qué se suponía que debía hacer después de eso? ¿Marcharse sin más? ¿Preguntarle qué tal? Estaba claro que gustarle, le había gustado. Ella se sentía agradecida de que hubiera tenido la delicadeza de hacerla a un lado. Él sabía que nunca antes había hecho eso y sentir cómo se derramaba sobre su mano le habría resultado algo violento. Aunque bueno, después de lo que acababa de hacer, ya no sabía ni qué pensar al respecto.

Su debate interno no dio mucho de sí, porque en un visto y no visto se vio empujada contra la pared de la misma forma que ella lo había hecho con él. Un escalofrío extrañamente cálido la recorrió de arriba a abajo.

—También subestimas mi deseo, Verónica. ¿Crees que puedo conformarme con esto?

—Parece que te ha gustado. —Señaló con el mentón los trapos del suelo, ya que las manos las tenía sobre su cabeza y contra la pared, también tal como ella había hecho con él.

—No ha estado nada mal, desde luego. Pero eso no satisface mi deseo. Al contrario. Me hace desearte más.

Alejandro apretó el cuerpo contra el de ella, quien volvió a sentirle contra el vientre.

—¿Quieres que te lo haga otra vez?

Él rio solo un segundo.

—No. Quiero hacértelo yo esta vez.

Sus manos se deslizaron por su cuerpo y dibujaron sus pechos hasta llegar a la cintura.

—Pero yo no quiero —se apresuró a decir y bajó las manos para agarrar las de él antes de que siguieran su camino.

—Uuh. Sí que quieres. Y puedo demostrártelo.

La rodeó con un brazo y la alzó. Con la mano libre, arrebujó la falda hasta que estuvo más arriba de sus rodillas y deslizó sus dedos por los níveos muslos que quedaron al descubierto.

Ella no pudo contener un pequeño grito.

—Lo ves —confirmó orgulloso.

—Eso no significa nada, me has sobresaltado y yo… ¡Ooh!

Esta vez sus dedos llegaron demasiado lejos y ella sintió cómo acariciaban una parte de su cuerpo que ahora estaba hinchada. Como solo alguna vez había estado tras algún perturbador sueño. Y como alguna que otra vez, aunque se lo negara a sí misma, tras alguno de sus besos.

—Ese gemido y tu… humedad, me dicen que tengo razón.

Sabiendo que era cierto, se sintió humillada, derrotada. Trató de escaparse de su abrazo y huir de allí antes de que fuera demasiado tarde, pero estaba claro que él no se lo iba a poner tan fácil.

—Déjame hacerte disfrutar Verónica, tal como tú lo has hecho conmigo. Tampoco quiero que busques placer en otros hombres… con nadie más. Quiero que veas lo que te puedo hacer sentir.

—Yo no quiero sentirlo. —Sus ojos trataban de dejárselo tan claro como sus palabras. O eso creía ella. Al menos lo esperaba.

—Sí que quieres. —La sonrisa traviesa de él la puso sobre aviso de lo que iba a hacer a continuación. Y no mentía.

Comenzó a acariciarla tan suavemente que creyó que iba a desmayarse. La cabeza le daba vueltas y el corazón se le iba a salir en cualquier momento.

—Alejandro, para, por favor.

Él se detuvo, pero no sacó su mano de ente aquellos suaves muslos que se apretaban contra su brazo con cada sutil toque de las yemas de sus dedos.

—Déjame Verónica. Déjame intentarlo aunque solo sea esta vez. Si no te gusta y no quieres que lo repita nunca, te juro por mi honor que no insistiré.

Quiso pensar en sus palabras, realmente quiso, pero si él no había estado en condiciones de negociar antes, ella tampoco lo estaba ahora.

—No te creo. Seguro que aunque te diga que no me ha gustado tú no lo aceptas.

—Llevas razón. Pero solo porque no voy a hacer caso de lo que me digas cuando haya terminado lo que pienso hacerte. Únicamente creeré lo que digas mientras te lo hago.

Ella ya no pudo replicar más. No sabía exactamente cómo la mantenía atrapada a horcajadas sobre su cintura con tan solo la sujeción de un brazo, pero una de sus manos estaba completamente libre para recorrerla a placer de un modo que jamás creyó posible.

—No te reprimas, Verónica. Soy tu esposo. Puedo y quiero oírte, libera lo que sientes y…

—¡Ah! —No lo pudo contener más. Solo fue un jadeo, pero salió con toda la fuerza que lo había estado contendiendo cuando él introdujo un dedo entre los pliegues de su palpitante carne.

—Otra vez —susurró e insistió en una parte de su feminidad que era especialmente vulnerable a su tacto.

Otro jadeo aún más intenso se escapó de entre sus labios, volviéndolo loco.

—¡Otra vez! —exigió Alejandro, embistiéndola con sus caderas a la vez que con sus dedos dentro de aquel estrecho canal.

Ella ya no sabía cuántos ni cómo eran sus gemidos, simplemente tragaba el aire a bocanadas y lo expulsaba violentamente entre envite y envite.

—¡Más! —le pedía él, y ella obedecía completamente indefensa y vencida.

—¡Oh! Alejandro… ¡Alejandro! —susurró y exclamó en su oído, antes de apretar los dientes contra su oreja, tratando de evitar chillar su nombre aún más alto.

—¡Dieu! Me encanta cómo suena mi nombre cuando lo pronuncian tus labios. Cómo lo gritas cuando te llevo al límite. ¿Estás al límite, Verónica? ¿Otra vez?

Sus miradas se cruzaron y el mundo se detuvo en ese instante.

—¿Alejandro?

La voz de Leo hizo que Verónica acallara un suspiro que estaba a medias en su garganta.

—Shhh. —Alejandro la besó con ferocidad, lo que no ayudó precisamente a que su garganta contuviera el gemido, que le salió a través de la piel.

Unos nudillos golpearon la puerta.

—Alejandro, ¿estás aquí?

La idea de que Leo los sorprendiera la aterrorizó, pero Alejandro se anticipó.

—Vete, Leo —ordenó con firmeza—. Ahora estoy en un momento de inspiración. No me interrumpas, por favor. —Y siguió besándola como si le fuera la vida en ello.

Cuando retorció dos dedos tan dentro de ella de forma que esta creyó que iba a morir de placer, el hecho de que Leo pudiera entrar le fue completamente indiferente.

—Disculpa Alejandro —insistió el joven desde el otro lado de la puerta —, pero abajo hay unos caballeros que dicen que han venido desde Barcelona con respecto a un negocio, y que no estarán más que hoy en la ciudad. Dicen que te mandaron por carta la propuesta y que avisaron de que vendrían esta semana.

Las convulsiones de sus caderas frenaron en seco.

—Lo sé, Leo. Diles que bajo enseguida.

—Sí, ahora mismo.

Alejandro recuperó la mano que tenía perdida entre las piernas de su esposa, pero no la soltó.

—Maldita sea… —farfulló—. Qué oportunos.

Ella no dijo nada. Estaba demasiado ocupada tratando de recuperar el aliento y que la habitación dejara de darle vueltas.

—Tengo que bajar, es demasiado importante. Pero te juro que volveré en quince minutos, o menos. Tú no te muevas de aquí. Aún no he acabado contigo. ¿Me has entendido?

La bajó de su cintura y la depositó delicadamente en el suelo. Después la besó rápidamente y se aseguró de que sus pantalones estuvieran bien abrochados antes de lavarse de nuevo las manos en el barreño y secárselas con el trapo.

—Quédate exactamente donde estás —le repitió antes alejarse de ella sin quitarle el ojo de encima y cerrar la puerta.

Debieron de pasar varios minutos hasta que volvió en sí, aunque no podría asegurarlo. Estaba completamente ida. Las rodillas le temblaban y la respiración se negaba a volver a la normalidad. ¿Qué había hecho?

Había sido un impulso, avivado por el fuego de los celos. Pero lo que había permitido que él le hiciera… Eso no tenía explicación. Era completamente irracional. Había dejado de ser ella misma ante sus íntimas caricias. O tal vez había sido más ella misma que nunca. Como si todo lo que los rodeaba no importara. Solo quería sentir, sentirlo a él.

Su matrimonio forzado, su promesa personal de no entregarse a un hombre al que no amara y el hecho de estar de pie contra la pared de un taller en el que el olor a pintura y trementina colapsaba el ambiente, todo ello, le había traído sin cuidado. Estaba segura de que no iba a poder volver a percibir el intenso aroma de los óleos sin que le dieran escalofríos por todo el cuerpo.

Aterrorizada por lo que pudiera suceder si Alejandro cumplía su palabra y volvía enseguida, salió corriendo del taller y se dirigió a los dormitorios, abrumada por la repentina necesidad de darse un baño.

 

Ivy colocó el batín de baño junto con la ropa limpia de Verónica y salió del cuarto para dejarla sola, tal como ella había pedido. Sabía que le pasaba algo, y ella se había debatido entre mantenerse al margen y preguntarle qué le ocurría, como haría una buena amiga. Pero ella era una doncella, así que solo sería su amiga cuando ella lo solicitara, como otras veces.

—¿Dónde está mi esposa?

Alejandro venía del fondo del pasillo, de su taller, pensó ella. Y parecía enfadado.

—Se está dando un baño, espera a que… ¡Alejandro!

La puerta resonó violentamente cuando él entró de golpe. Pero el portazo posterior fue aún más atronador.

—¡Sal ahora mismo de aquí! —exigió Verónica, hundiéndose en la bañera hasta que el agua le llegó al cuello.

—No he venido a fisgar —aclaró rápidamente él—. Tenemos que hablar de algo importante que no puede esperar.

—No creo que haya nada tan importante.

—Hablaré de espaldas —concedió y se dio la vuelta—. Pero calla y escúchame.

Brevemente, le explicó que los tres hombres que acababan de visitarlo eran los hermanos, y el primo, Ballester. Ella ya conocía sus nombres por la documentación que había estado revisando cuando él sufrió el accidente en el barranco. Y conocía el proyecto que trataban de venderle. Ahora aquel negocio que uniría España y Francia por ferrocarril parecía ir a hacerse realidad.

—Tengo que ir a Barcelona para formalizar todo. Y quiero que vengas conmigo.

Al ver que no respondía, giró la cabeza para ver su cara.

—Aún no ha acabado el curso. —Ella deslizó las manos nerviosamente por ambos lados de la bañera. Había prometido acompañarlo en su próximo viaje. Pero…—. No puedo dejar los exámenes finales en manos de Ivy. No sería justo ni para ella, ni para los alumnos. Ni para mí.

—¿Cuántos días necesitas?

—Dos semanas. Comprendo que no puedas esperar si es tan urgente.

—Lo haré. —Terminó de girarse—. Les diré que estaremos allí antes del mes de julio.

Se miraron a los ojos unos instantes. Y lo que acababa de suceder hacía escasos minutos en el taller pareció palpitar entre ellos. Verónica volvió al tema antes de que la cosa se descontrolara.

—En ese caso, me gustaría que Ivy nos acompañara. Pero no quiero separarla de Leo ahora que se les ve tan bien. —Y sería perfecto que se alejaran de la casa un tiempo, que pudieran ser libres de pasear de la mano sin tener que ocultarse de Berta—. ¿Podrán prescindir de él en la casa mientras estamos fuera?

Él no dijo nada. Solo avanzó lentamente hacia ella.

—Alejandro. ¿Podrán?

—No lo sé. Ahora no puedo pensar.

Verónica siguió la dirección de su mirada y se encontró a sí misma demasiado erguida en la bañera, de forma que sus pechos asomaban sobre el agua que debería estar ocultándolos.

—Oh, vamos… —protestó, hundiéndose todo lo que pudo. Eso provocó que fueran las rodillas las que asomaran en su lugar.

—No debería haberme girado —murmuró, aunque ya estaba de rodillas a su lado.

—Alejandro. —Fue una advertencia acompañada de una mirada firme, que no sirvió de nada.

—¿Cómo puedes ser tan hermosa? —Con gran lentitud, ahuecó la mano y la hundió en el agua, para coger una pequeña cantidad con la que aclararle la espuma que había sobre la piel de su cuello, de sus hombros, justo antes de bajar la mano y acariciarla entre ambos pechos.

—¿Era todo mentira, verdad? —le recriminó apartándole la mano.

—No. Estarán esperándome abajo. O puede que ya se hayan marchado.

—Deberías bajar para asegurarte —recomendó con las manos cruzadas sobre el pecho, defensivamente.

—Yo creo que debería meterme ahí dentro contigo.

Le creyó completamente capaz de hacerlo. La forma en que la miraba le daba escalofríos. Jamás la había mirado así. Sus ojos abrasaban su piel ahí donde posaba su mirada. El gesto de su boca, ligeramente ladeada y mostrando sus dientes, que cada vez estaban más apretados, la estremeció como si pudiera sentirlos clavados en su carne.

La joven empezó a oír un extraño zumbido en sus oídos, como si su propio pulso retumbara dentro de su cabeza. El latido se extendió al resto de su cuerpo y la piel le empezó a arder, de forma que el agua casi hirviente le pareció estar solo tibia. Cuando las yemas de sus dedos de artista acariciaron su hombro izquierdo dibujando una línea hasta el derecho, como si la rozara con uno de sus pinceles, no pudo sostenerle más la mirada y le dio la espalda.

—Por favor, Alejandro… Pásame el batín y gírate otra vez.

—A tus órdenes. —Se lo ofreció y giró la cabeza—. No miraré. Lo juro.

Ella se incorporó rápidamente y él la cubrió con la prenda. Después, la abrazó alrededor de la tela, que se había pegado a su cuerpo mojado. Cuando se volvió hacia él dispuesta a dedicarle una mirada fulminante de aviso, comprobó que sus ojos continuaban cerrados, fuertemente cerrados.

—También te juro que el día que decidas permitir que te haga el amor, te lo haré de tal forma que te arrepentirás de que hayamos perdido oportunidades como esta —susurró en su oído recorriendo con las manos su cuerpo por encima de la tela, que parecía parte de su piel.

Por segunda vez en menos de media hora, alguien los interrumpió desde el otro lado de la puerta.

—Alejandro, esos hombres dicen que si no bajas y les das una respuesta ahora mismo se marcharán —informó Ivy tras dar dos tímidos toques.

—Voy enseguida.

Suspirando para controlar la cólera que le producían esas inoportunas interrupciones, Alejandro separó sus manos del cuerpo que ansiaba seguir tocando. Le dio un beso en el cuello, seguido de un suave mordisco a medio camino del hombro, y se marchó sin decir nada más.

Ella se quedó de pie dentro de la bañera, abrazándose a sí misma y tiritando como un pájaro bajo la lluvia. Pero con la piel ardiendo como el fuego, especialmente donde sus dientes la habían rozado. Al igual que había sucedido en el taller, la había dejado temblando y pensando en cómo sería entregarse por completo a él. Planteándose qué ocurriría la próxima vez que estuvieran en esa situación y, por fin, nadie los interrumpiera.

 

Él no acudió a cenar. Además, tuvo que ser Melissa quien le informara a Verónica de que no lo haría. Ni siquiera se había molestado en ir él mismo a decirle por qué. Y por si eso la hubiera molestado poco, eran casi las once y él no había salido aún de su despacho. Si los Ballester ya se habían ido, ¿qué había tan urgente que no pudiera esperar hasta el día siguiente?

Decidida a descubrirlo, salió de la cama donde llevaba media hora dando vueltas sin poder conciliar el sueño y se dirigió a su despacho. Llamó y esperó a que respondiera.

—Adelante.

—¿No vienes a dormir? —preguntó, asomando solo la cabeza.

—No. —Su rostro mostraba fatiga—. Tengo muchos papeles que revisar y documentación legal que organizar. Si esto sale bien, podría ser uno de mis mayores proyectos.

—Puedo quedarme a ayudarte. —Dio un paso y entró, aunque al ver cómo la miraba, entre receloso y sorprendido, dudó—. Si quieres.

—Tú trabajas mañana.

—No importa. —Tomó una silla y la acercó a su escritorio.

—Pero necesitas descansar —insistió.

—Puedo decirle a Ivy que dé la primera hora de clase. Pero si no quieres mi ayuda…

—Muy bien —aceptó antes de que se levantara—. Puedes empezar con estos documentos.

Verónica parpadeó repetidamente al ver la enorme pila de papeles que le ponía delante, cuyo peso resonó contra la mesa.

—Vale. —Se rascó la barbilla. Aquello iba a llevarle un buen rato—. Avisaré a Ivy para que se encargue de las… tres primeras clases. Le encantará.

Antes de que saliera por la puerta, Alejandro la detuvo.

—Pasa antes por el dormitorio. Y ponte algo sobre ese camisón.

Sintiendo que se ruborizaba, se miró de reojo.

—Oh, claro. —Por eso la había mirado así cuando había entrado. Y ella pensando que no la quería allí con él—. Vuelvo en unos minutos.

 

Cuatro horas y media después, con los ojos cerrándoseles solos, salieron del despacho y entraron casi a rastras en la alcoba.

Mientras Alejandro se desvestía, observó cómo su esposa se quitaba la bata, se acostaba y bostezaba, estirándose y haciendo unos ruiditos encantadores.

—Estás agotada. —Se apoyó sobre un codo en la cama, mirándola de lado—. No tendrías que haberte quedado hasta tan tarde. Has madrugado.

La verdad era que en un solo día habían pasado muchas cosas. Sobre todo entre ellos dos. Y aunque él también estaba exhausto, su cuerpo le pedía otra cosa, no precisamente dormir. Y es que los ruiditos que ella seguía emitiendo al estirarse le estaban recordando inevitablemente a sus gemidos en el taller.

—Me ha gustado poderte ayudar con tu trabajo —declaró ella con una sonrisa.

—Y a mí me ha gustado mucho que me ayudaras. Me alegra ver que te interesas por unos negocios que, al fin y al cabo, también son tuyos.

—Tú dijiste que no veías bien que participara estando tus socios, pero no dijiste nada de no ayudarte cuando estuvieras solo. Espero poder colaborar contigo en más ocasiones. Necesito sentirme útil.

—¿Era solo por eso? ¿Por sentirte útil? —Hizo un puchero—. Pensaba que te gustaba trabajar codo con codo conmigo. Vaya decepción. —Se llevó dramáticamente la mano al corazón.

Ella se carcajeó.

—Bueno, también he disfrutado de la compañía, no solo del trabajo — admitió dejando caer los ojos en un pestañeo que a él le pareció excesivamente coqueto.

Se sintió optimista respecto a lo que ella sentía. Más que nunca.

—Hacemos un buen equipo, ¿no crees?

—Sí. Cuando nos ponemos de acuerdo, sí —matizó.

—Y si no recuerdo mal, estamos de acuerdo también en esto.

Ella puso los ojos en blanco cuando él se le acercó sobre la almohada, pero sonrió y dejó caer los párpados justo antes de besarlo.

No sabía en lo que estaba pensando ella, pero él no podía olvidar sus dos encuentros de ese día. Cómo se habían quedado a medias en el taller y cómo había estado a punto de culminarlo en el baño. Le había faltado muy poco para meterse en aquella bañera. Tenerla allí, completamente desnuda, y no poder ver más que sus hombros brillantes por la humedad casi había acabado con él. La momentánea visión de sus senos había sido apenas un parpadeo.

Iba a tener que implantar un horario para las visitas de negocios. Su casa era su casa y nadie debería poder interrumpirlo de esa manera. Pero ahora tenía a su esposa entre sus brazos, y ella lo abrazaba también. Notó cierta demanda en su cuerpo, el cual a su vez se acercaba por completo al de él, tentando, exigiendo. Sus manos se movían entre sus cabellos, algo que cada vez hacía con más frecuencia, pero esta vez era la primera que se detenían en sus mejillas y las acariciaban, para atraer después más su rostro hacia ella.

Alejandro no sabía cuánto tiempo llevaban así, pero era más de un minuto sin duda. Bastante más. Se apartó ligeramente de sus labios, justo en el momento en que ella enredaba su pierna a la de él y su cuello se estiraba, buscando más.

—Pídemelo, Verónica. —Su voz ronca la hizo abrir los ojos, aturdida—. Dime qué quieres.

Entonces él comenzó a besarla por el cuello, deslizando sus labios y su lengua por la garganta que ella ofrecía generosamente. A su vez, se retorcía bajo su cuerpo, hasta que comenzó a balancearse, y él creyó morir si no la tomaba pronto.

—Sabes que te daré cualquier cosa. —Le susurró en el oído, y las manos comenzaron a subirle la parte baja del camisón—. Solo tienes que decirlo.

—¡No! —exclamó al sentir su mano en un lugar que le palpitaba ardorosamente.

—¿No? —preguntó él al verse empujado.

Cuando la vio darle la espalda, sin dudarlo, se pegó a ella y la abrazó por la cintura.

—Tu cuerpo que me dice sí —observó él, empujando la cadera contra sus nalgas, encajando su erección de forma perfecta entre ellas—. Me grita sí. —Gruñó en su oído.

Verónica quería detener aquel contoneo que habían empezado a acompasar de forma demasiado sincronizada, pero no era capaz. Además, él le había girado un poco el cuerpo y tenía la nariz hurgando en su escote, sumado a ese aliento cálido y desaforado acariciando su piel, colándose bajo la tela y calentándole aún más el cuerpo, que ya le había empezado a sudar.

—¡Alejandro! —gritó cuando sus dientes atraparon la tela y la arrancaron de un mordisco.

Ella le agarró del pelo de la nuca y alejó su cabeza para que sus dientes la soltaran. Cuando giró el cuello para mirarlo a los ojos, le vio separar los dientes y dejar caer el pedazo de tela que había arrancado. Debatiéndose entre la consternación y la fascinación, pensó que su boca jamás le había parecido más apetecible que en ese preciso momento.

Lo habría besado inmediatamente si él no la hubiera distraído volviendo a removerse a sus espaldas, abriéndose paso por debajo de su camisón con aquella parte de él que cada vez estaba más rígida y caliente, y eso que les separaba la tela de sus calzones.

Verónica ahogó un jadeo cuando él la cogió por la barbilla con una mano.

—Chupa —ordenó con autoridad y le acarició el labio inferior con el dedo índice.

Ella lo hizo sin titubear. También lamió el dedo corazón cuando él lo acercó a su boca.

—Enteros —añadió al ver que ella solo introducía en su boca las yemas.

La joven se sintió completamente lasciva, maravillosamente pecaminosa al hacer aquello. Rodeó los dedos e introdujo la lengua entre ambos, sin apartar los ojos de los de él, quien la miraba hambriento.

—Ahora, pídemelo. O no lo haré —le advirtió bajando los dedos húmedos hasta sus muslos y dejándolos allí apoyados, a las puertas de su auténtico objetivo.

Ella suspiró, se mordió los labios y escuchó un gruñido salir de la garganta de él, quien le miraba la boca fijamente, sin dejar de balancearse contra ella.

—Tócame —rogó ella por fin, y chocó contra él cuando ambos se lanzaron al encuentro de sus respectivas bocas.

Hubo mordiscos, tirones de pelo y arañazos en la espalda. Él alternó embestidas de sus caderas con la penetración de sus dedos en el empapado canal que ella abría voluntariamente para él. Por eso, estaba retorcida, cuando lo que quería era estar de frente a él. Pero aquella presión en su trasero era demasiado excitante como para renunciar a ella.

Finalmente fue él quien la privó de aquel contacto cuando se separó unos instantes, solo para arrodillarse, tomarla por las caderas y alzarla de forma que quedó completamente expuesta a él. Se sintió avergonzada al saber que le estaba viendo esa parte tan íntima directamente, y no pudo evitar gritar al sentir que él le levantaba las piernas y colocaba sus tobillos sobre sus anchos hombros.

Para su más absoluto asombro, comenzó a acariciarle la planta de un pie.

—¿Qué… Qué haces? —Logró preguntar, aferrándose a las sábanas con los brazos extendidos en cruz.

Él sonrió de aquella traviesa y seductora manera que había acabado con buena parte de sus defensas.

—Voy a degustarte —murmuró con la boca pegada al empeine de su pie derecho—. Antes de devorarte.

Las uñas de la joven se clavaron en el colchón cuando él cumplió su palabra y la saboreó desde los pies hasta las rodillas, pasando de una pierna a otra a placer. El vientre se le contrajo cuando él alcanzó los muslos. Y toda ella sintió que se elevaba de la cama cuando él la miró a los ojos y la besó en el mismísimo centro de su cuerpo.

Por primera vez en su vida, Alejandro deseó hacerle aquello a una mujer. Habían sido muchas sus amantes, y había disfrutado mucho del sexo con ellas, pero jamás ninguna había despertado en él aquel deseo. Le parecía un acto demasiado íntimo, tanto por su parte como por la de ellas, y jamás había deseado aquella intimidad con ninguna otra. Pero ahora lo deseaba, quería probar su sabor, quería hacerla disfrutar al máximo, ahora que por fin parecía querer sentir un placer que hasta ese día se había prohibido a sí misma, y con ella, a él.

La oyó contener el aliento con violencia y sintió sus manos frenando su cabeza según la introdujo entre sus piernas, pero en cuanto comenzó a jugar con la punta de su lengua, las manos de ella golpearon la cama y su respiración se volvió aún más jadeante y desacompasada. Él acomodó la postura alzándola por las nalgas y abriendo sus piernas al límite de su flexibilidad. La exploró con labios, lengua, dientes y manos. La saboreó por completo. Degustándola y devorándola. Y sus propios latidos colapsaron sus oídos al mezclarse con sus gritos.

Cuando la notó derrumbarse, apartó su boca y la cogió por las muñecas para lanzarla contra su propio cuerpo en un salto casi acrobático que la colocó exactamente donde él quería. Contra su erección. Él arrodillado y ella con las piernas a su alrededor, comenzaron a balancearse de nuevo, pero esta vez frente a frente, con la parte más sensible de sus cuerpos en un contacto húmedo que solo separa la tela de sus ceñidos calzones.

Él se habría quedado mirando su rostro turbado eternamente, pero el pezón rosado que asomaba allí donde él mismo había desgarrado la tela del camisón, lo llamaba a gritos. Arqueando una ceja como único aviso, inclinó a su esposa hacia atrás y tomó su pecho entre los labios. Primero con suavidad, después con desenfreno. Delicioso, pensó. Sencillamente el bocado perfecto.

En un intento por descubrir sus límites, le mordió un poquito más fuerte. Como su única respuesta fue frotarse con más vehemencia contra su pene y presionarle la cabeza con ambas manos para introducirle su seno más profundamente en la boca, Alejandro entendió que no era de esas mujeres que no soportaban caricias en los pechos, como se había temido en las pocas ocasiones en las que había tenido oportunidad de tocarlos. Y aquello le excitó aún más. Esa parte en concreto de su anatomía lo volvía completamente loco.

No obstante, comprendió que se había dejado llevar demasiado cuando sintió el sabor de la sangre en la lengua y ella gimió tan alto que él creyó ir a derramarse en ese momento.

—¡Alejandro! —gritó y le tiró del pelo para que se apartara—. ¡No me muerdas así!

—¿Yo? —Se obligó a aguantar, a no dejarse ir aún—. ¡No te muevas tú así!

Ella frunció el ceño un segundo, solo un instante hasta comprender. Después, comenzó a balancearse de nuevo, a deslizarse sobre su erección de forma más precisa, arriba y abajo, buscando ese punto de su feminidad que disfrutaba más que ningún otro de esa fricción. Y por si eso lo estuviera excitando poco, ella decidió concederle algo que lo llevó hasta la locura. Ella misma se apartó la parte del camisón que él no había desgarrado, dejando su pecho al descubierto y ofreciéndoselo como la más experta de las seductoras.

Tragando saliva, Alejandro se acercó lentamente a ese pecho prohibido, y hasta que no sintió su erguido pezón rozarle los labios, no desvió la vista de aquellos ojos violeta que lo hipnotizaban y lo dominaban.

En cuanto lo tuvo en la boca, ella se arqueó hacia atrás y él la cogió por la cintura, atendiendo ambos senos con caricias y besos, succionando y mordisqueando, llevándola al límite. A ese punto donde ella gritaba su nombre y gemía, completamente derrotada, entregada, perdida en él.

—¡Pídemelo! —Exigió, alzando sus caderas y elevándola hacia el techo, con ambas manos deslizándose desde sus costillas hasta su cuello y pasando por los senos enrojecidos por el roce de su incipiente barba—. Pídemelo, Verónica.

Aferrada a sus hombros, subiendo y bajando con cada embestida que él acometía, se abandonó por completo y cedió al deseo. A esa fuerza mayor que su voluntad y que cualquier cosa que ella hubiera conocido hasta entonces.

—Tómame. —Apenas había terminado de pronunciar la última sílaba cuando Alejandro le arranco con ambas manos lo que le quedaba del camisón, haciéndole palpitar el vientre de nuevo—. Ahora, Alejandro. Tómame.

Ella trató de hacer lo mismo que él y dirigió sus manos hasta sus calzones para liberarlo. Sin embargo, él la detuvo, la empujó contra la cama y le sujetó las muñecas sobre la cabeza.

—Quiero tocarte —jadeó ella casi sin resuello.

—Si me tocas ahora, estallaré en mil pedazos —advirtió y liberó una de sus manos para desabrocharse él mismo los calzones.

Ella se retorció al ver su pene completamente pegado contra su vientre, prácticamente alcanzando su ombligo. Quería aquella magnífica parte de él dentro, y la quería ya. La necesidad la estaba matando.

Lentamente, él se tumbó sobre ella y la besó en la frente, los pómulos, la nariz y la barbilla. La asió por ambas rodillas y se las separó, para después hacer que le rodearan la cintura.

Sentirlo entre sus piernas, tan firme y tan cálido, la incitó a balancearse de nuevo, empujándolo a que él se apoderara de su boca y buscara con la punta de su miembro el camino hacia el paraíso.

—¡Sí! —La espalda de Verónica se arqueó y él sintió sus senos golpear contra su pecho, donde su corazón bombeaba con la fuerza de una locomotora. Lleno de júbilo, desbordado de amor.

—¡Je t’aime Verónica! —Susurró en su boca—. ¡Oh! ¡Te quiero!

Las manos de la mujer, que estaban acariciando las nalgas del hombre, se detuvieron y cayeron contra la cama. Su boca, que jadeaba contra la de él, se tensó a la vez que el resto de su cuerpo. El mismo cuerpo que hasta hacía un momento había estado completamente dispuesto, ahora se retraía y le negaba la entrada en él. El fuego se había consumido repentinamente, un gran bloque de hielo lo acababa de apagar de golpe y porrazo.

—¿Qué? —Empujó a Alejandro con fuerza y saltó de la cama—. ¿Por qué has tenido que…?

No podía hablar. De pronto, estar casi desnuda le parecía el mayor de los errores. Se quitó los restos del camisón que aún colgaban de sus brazos por las mangas y se puso lo primero que encontró. La camisa de Alejandro.

—¿Qué estás haciendo? —consiguió pronunciar él, pues se había quedado mudo por su repentina reacción, además de petrificado de rodillas en la cama.

—¿Yo? —gritó con una risa amarga—. ¿Qué estás haciendo tú? Mintiéndome innecesariamente cuando ya ibas a obtener lo que querías de mí.

Alejandro se frotó la cara y se retiró el pelo hacia atrás con ambas manos. Después se abrochó los calzones todo lo dignamente que pudo.

—Yo no te he mentido.

—Sí lo has hecho.

—¿Cuándo?

—Ahora. Cuando me has dicho… que me querías.

Alejandro sonrió y exhaló un suspiro de alivio.

—No pensé que lo hubiera dicho en alto —confesó, y estiró una mano hacia ella para que se acercara. Pero ella no lo hizo—. Verónica. Estoy enamorado de ti.

—¡No es cierto!

—Sí lo es. Y tú también lo estás de mí.

Ella trató de tragar saliva, pero no pudo.

—No lo estoy.

Por lo súbita que había sido la forma en que ella había cortado el acto, él no se sentía muy paciente en esos momentos. Así que fue directo.

—¿Segura? Tú misma dijiste que jamás te entregarías a un hombre al que no amaras.

—Y eran mis propias palabras las que pretendías usar tú para engatusarme y que lo hiciera —le reprochó.

Él resopló. Era un hombre paciente. Pero todo tenía un límite.

—Sería una estrategia plausible, si lo que hubieras dicho fuera que solo te entregarías a un hombre que te amara.

Ella enrojeció y se cruzó la camisa sobre el cuerpo para cerrarla más. Aquel era un pequeño matiz sin importancia. Que no cambiaba en absoluto las intenciones de él.

—No te amo —repitió. Parecía estar diciéndoselo más a sí misma que a él.

—Pero te entregabas a mí. —Buscó su mirada, que no se detenía en un punto fijo—. Me pedías que te tomara.

—Es cierto que… he perdido la determinación que creía tener con respecto a eso —admitió, sintiéndose débil y tratando de esquivar sus ojos —. Tú me has hecho descubrir unas necesidades físicas que no sabía que podían ser tan apremiantes. Por eso, he cedido ante tus caricias y tus besos y… todo lo que me haces y que no puedo negar que me agrada. Mucho. — Esta vez lo miró a los ojos—. Pero eso no es amor.

—En mi opinión, es una parte importante de él. En mi caso, desearte fue el primer paso que me llevó a amarte.

—No sabes lo que dices. —Pero la miraba con aquella dulzura en sus ojos. ¡Santo cielo! ¿Y si no mentía?

—¿Tan imposible te parece que me haya podido enamorar de ti? ¿No crees que poseas las cualidades necesarias para que alguien pueda amarte como yo te juro que te amo?

¡Qué Dios la ayudara! Él lo juraba. Él, el hombre cuya palabra valía más que toda su fortuna.

—Yo… No lo sé, Alejandro. —Luchó por no echarse a llorar—. Tal vez… tal vez creas amarme —resolvió de pronto—. Tal vez te hayas convencido a ti mismo de que debías amar a tu esposa. Y lo mismo hubiera dado que fuera yo u otra.

¿Cómo podía ella volver tan complicado algo que para él era mucho más sencillo?

—¿Insinúas que me he obligado a mí mismo a amarte?

—Algo así —admitió cabizbaja.

—No puedes estar más equivocada. —Lentamente, se bajó de la cama, quedándose de pie a solo dos pasos de ella—. Es todo lo contrario. Pretendía mostrarme bastante indiferente, ser solo un marido cordial, un amigo para ti. Me dije a mí mismo que podría renunciar al sexo, que me bastaría con las veces que tú accedieras con el objetivo de tener hijos. Pero todo cambió, hace ya mucho tiempo. —La voz le salía sin fuerza, por el nudo en la garganta que se le había formado al verla tan asustada. Pero ya había empezado a confesarle todo y no iba detenerse ahora—. Empecé a sentirme atraído por ti. Reconozco que al principio fue algo meramente físico, pero después comprendí que era mucho más profundo. Solo pensaba en ti, en estar a tu lado, en verte sonreír, en hacerte feliz. Tú dejaste de odiarme y empezaste a aceptarme a tu lado. Saliste parcialmente de tu refugio y comencé a conocer la verdadera Verónica. Y una vez que la descubrí, no pude evitar enamorarme perdidamente de ella.

La joven se abrazaba a sí misma y lo miraba como si le estuviera diciendo cosas horribles en lugar de estar declarándole su amor.

—Ya que no pareces ir a decir nada, te diré qué es lo que creo que sientes tú. —Cogió aire. La verdad podía doler—. Tú te has empeñado con tanta fuerza en tomarte lo nuestro como algo impuesto que has alzado un muro enorme a tu alrededor. Todos los esfuerzos que he puesto por derrumbarlo me han llevado a conquistar tu cuerpo, el cual has reconocido que me desea hasta el punto de saltarte tus propias reglas y entregarlo a mí. Pero la muralla en la que has encerrado a tu corazón es mucho más inexpugnable. Creía haber encontrado un hueco por el que colarme. Te juro que me he sentido tan cerca de tocar tu alma hace unos momentos que había creído que la muralla caería por fin. Pero al parecer, quedan más piedras de por medio. Y no sé cómo derrumbarlas.

Ella no dijo nada. No podía. Él tenía parte de razón. Pero ella necesitaba ese escudo protector. ¿Cómo podría sobrevivir sin él?

—¿Qué puedo hacer para merecer tu amor, Verónica?

Él estaba allí de pie, medio desnudo, con sus manos vacías extendidas con las palmas hacia arriba. Ese era él. Solo un hombre. Un hombre quien, en opinión de ella, merecía mucho más de lo que ella le podía dar.

—Alejandro… no es culpa tuya. Tú… eres el mejor hombre que conozco.

—Pero eso no es suficiente para ti.

—No se puede obligar a una persona a amar a otra.

—Tampoco se puede evitar amar a quien el corazón elige.

Podrían estar así eternamente, se dijo ella. Y no llegarían a ninguna conclusión.

—Tú no me elegiste. Nos vimos obligados a estar juntos.

—Y doy gracias cada día a nuestros padres por ello. Pero sé que me habría enamorado de ti aunque aquella promesa no hubiera existido. Estábamos destinados a estar juntos.

—¡Basta!

No podía permitir que siguiera por ahí. Ella misma había sopesado la idea de que ellos dos estuvieran predestinados. Y no iba a dejar que volviera a utilizar contra ella sus propios pensamientos.

—No voy a parar hasta que aceptes que te quiero. Y que tú también sientes algo por mí. —Le cogió ambas manos y buscó sus ojos—. Solo tú puedes saber si es amor o no lo es. Pero mientras lo descubres, dame la oportunidad de demostrarte lo que siento. De dártelo todo. De entregarme a ti. Tengamos un hijo.

—¿Qué? —Eso era lo que menos se esperaba oír en ese momento.

—Quiero varios en realidad. Pero hay que empezar por el primero.

Sonrió esperanzado. Y ella supo que deseaba aquello con todo su corazón.

—No creo que este sea el mejor momento para hablar de eso. —No cuando ella no podía pensar con claridad. No cuando sus manos habían soltado las de ella y ahora la abrazaban por la cintura como solo él era capaz de tocarla, haciéndola sentir que ardía por dentro.

—Quiero dos chicas y dos chicos, como poco. —Le acarició una mejilla con el dorso de la mano, con tal devoción que las rodillas se le aflojaron—. Que tengan tus ojos, y mis pecas. —Sonrió de manera desconcertante, y ella creyó reconocer aquellas palabras. Las recibió con un impacto tal en la boca del estómago que las lágrimas desbordaron sus ojos.

—¡Basta! ¡Basta! —gritó de nuevo y salió corriendo de la habitación.

—¡Verónica! —La siguió. Pero no lo bastante rápido.

La puerta del antiguo dormitorio de ella le dio en las narices y, antes de que pudiera tocar la manilla, oyó la llave girar desde dentro.

—¡Ábreme! ¡Ahora! —exigió golpeando la puerta, pero la única respuesta fueron unos llantos desconsolados que se le clavaron como cuchillos en pleno corazón.

Derrotado, se dejó caer en el suelo, con la espalda contra la pared, esperando que ella se desahogara y saliera de allí.

Pasó un tiempo indeterminado hasta dejó de oír sus sollozos, los minutos más largos y dolorosos de toda su vida.

—¿Verónica? —preguntó tras llamar a la puerta.

Ella no respondió, y el pánico comenzó a cundir en su interior.

Decidido a entrar por cualquier medio, pero descartando la idea de tirar la puerta abajo, se dirigió a su balcón y se dispuso a pasar al otro. Saltar era algo hasta lo que su agilidad no llegaba, pero la repisa entre balcón y balcón era del mismo ancho que su pie. Así que se encaramó a la baranda y puso a prueba su equilibrio. Por suerte, los entrenamientos con Yang habían dado buenos frutos, con raíces bien asentadas.

Cuando llegó al balcón de Verónica y la vio a través del cristal, sintió que se mareaba. Estaba dormida, delante de la chimenea, tumbada de medio lado en el suelo, envuelta en el cobertor de la cama. Ni siquiera había conseguido encender un fuego en condiciones. ¿Pero cómo iba a hacerlo con los ojos anegados?

Sin dudar un solo instante, forcejeó con la puerta del balcón hasta abrirla. Cuando entró y la cogió en brazos, comprobó que aún había lágrimas en sus mejillas.

Disculpándose en silencio con su padre y con Arturo por haberla hecho llorar cuando lo único que él anisaba era hacerla feliz, abrió la puerta del dormitorio y volvió al suyo. A su cama. A la de ambos. Donde tenían que estar.

 

Verónica supo que no había dormido aún lo suficiente en cuanto se sintió salir de un extraño sueño. Aunque la realidad la golpeó de lleno en cuanto sintió el aroma de Alejandro y el tacto de su piel bajo su rostro. Estaba sobre su pecho, abrazada a él, y podía sentir su mano alrededor de la cintura. ¿Cómo era posible si ella se había encerrado con llave en la habitación de al lado?

Intentó incorporarse pero la mano de su marido se cerró en torno a su cintura, acercándola más a su cuerpo. Él no estaba dormido.

—¿Cómo he llegado aquí? —Si hubiera tirado la puerta abajo ella lo habría oído, ¿no?

Alzó la vista hasta él. Tenía los ojos cerrados, y habló sin abrirlos.

—Mientras me quede un aliento de vida, no permitiré que duermas en un frío y duro suelo.

Ella estaba más a gusto sobre su cuerpo que en una enorme cama llena de almohadas. Pero su última conversación no había concluido de forma que ellos pudieran volver a estar así, abrazados, como si nada hubiera ocurrido.

—Alejandro, no creo que debamos…

—Me voy, Verónica —la interrumpió—. Adelanto mi viaje.

Parpadeó sin comprender bien qué quería decir. O más bien, no queriendo entenderlo.

—Pero yo necesito esas dos semanas para…

—Tú no vienes —aclaró rápidamente—. He estado pensando en esto mientras dormías. Y es mejor que estemos separados un tiempo. Que los dos reflexionemos sobre lo que sentimos. Porque está claro que uno de los dos se equivoca.

Ella no supo qué contestar. Solo sabía que no quería dejarlo marchar.

—Si es eso lo que quieres…

—No, claro no que no es lo que quiero. ¿Acaso has olvidado todo lo que te he dicho hace apenas unas horas?

—No. —¿Cómo hacerlo?

—Pero es lo que creo que debemos hacer.

Ella inhaló su aroma, haciéndosele imposible la idea de no ir a respirarlo cada día, cada noche…

—¿Cuándo te vas?

—En cuanto amanezca.

—¿Tan pronto?

Se incorporó y lo miró a la cara. Él abrió los ojos. Y ella sintió un mazazo en el pecho cuando los vio llenos de lágrimas.

—Cuanto antes mejor.

La apartó de encima y se levantó. Tenía que irse de allí. Tenía que dejarla para que recapacitara. Pero solo pensar en alejarse de ella lo estaba destrozando por dentro.

—Alejandro… —Ella se arrodilló sobre la cama y estiró una mano hacia él. La dejó caer con un temblor al recordar cómo él había hecho algo muy parecido unas horas antes y ella lo había rechazado—. Cuídate.

—Tú cuida de mi familia. —Volvió hacia ella para tomar esa mano temblorosa y se la acercó a los labios. Besó su dedo anular, justo sobre la alianza, con los ojos apretados y la cabeza gacha—. Adiós.

Sin mirarla, desapareció por la puerta del baño. En cuanto la cerró, Verónica sintió como si todo el edifico se derrumbara sobre ella. Toneladas de escombros aplastando sus pulmones y su corazón. Un dolor en el pecho solo comparable al que había sentido al morir su padre. Era como si le hubieran arrancado una aparte de sí misma. Y lo peor de todo era que esta vez, la única culpable era ella. Solo ella.

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