Noches perdidas

Mina Vera · Capítulo 7 de 26

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Noches perdidas

Capítulo 4

 

Estaba oscureciendo cuando el carruaje traspasó una imponente verja de hierro forjado, se adentró en un pedregoso y largo camino, flanqueado por altos álamos y, tras rodear un conjunto de setos bajos que formaban un círculo entorno a un sinfín de flores, se detuvo en su destino.

Había sido un largo trayecto desde la última estación de tren en la que Alejandro y Verónica se habían apeado. Que el traqueteo del vehículo se detuviera por fin, hizo a la joven sentir un alivio inesperado.

En una especie de afrenta personal por todo lo que había sucedido, Verónica se esforzaba por mirar a Alejandro lo menos posible. Sin embargo, no podía evitar apreciar que, para haber realizado ese mismo itinerario hacía menos de dos semanas, él no parecía ni la mitad de fatigado de lo que ella se sentía. Tampoco la mitad de molesto por su actitud de lo que ella había esperado, o incluso buscado.

Inexplicablemente, había respetado su silencio; supuso que al igual que respetaba su luto. Además la había tratado con paciencia en cada momento, no insistiendo en que comiera si ella no probaba bocado, ni en que saliera a pasear con él por el pueblo en el que habían pernoctado a la espera del transbordo a su último tren.

Verónica se había quedado en su mitad de la suite doble que Alejandro había solicitado expresamente en la recepción del hotel, y había cerrado con llave su puerta. Como ella necesitaba esas horas en soledad para llorar todo lo que su orgullo no le permitía hacer delante de él, hasta esa mañana no habían vuelto a verse.

No le había reprochado nada en ningún momento. Ni siquiera el día del funeral de su padre, cuando ella había permanecido alejada de él, en brazos de Úrsula y Eugenia, le había recriminado que lo tratara con tanto desdén, casi como si no existiera. Y, en el fondo, estaba aún más molesta porque él fuera tan cargantemente comprensivo.

Sentados en silencio, en los mullidos asientos del carruaje de alquiler que los había llevado hasta la puerta principal de Le Petit Château Beaumont, esperó a que Alejandro saliese para ayudarla a bajar, como había hecho constantemente durante el viaje, aunque ella no deseara ni mucho menos su caballerosidad.

No obstante, esta vez él no se movió. Y por primera vez desde que lo había conocido, no vio determinación en su rostro: más bien todo lo contrario. Estaba tenso, apretando una mano contra otra, mirándoselas mientras se retorcía los dedos.

Verónica se había sentido nerviosa ante la llegada a la casa, la cual era más impresionante de lo que había imaginado antes de pisar las tierras del Valle del Loira. Se había temido que pudiera tener ese aspecto cuando, desde la ventanilla del tren, había divisado aquellos inmensos castillos a lo largo del frondoso valle. Por lo poco que pudo apreciar a través de la ventanilla del carruaje, Le Petit Château Beaumont era bastante más pequeño que aquellos majestuosos edificios señoriales, pero parecía tres veces mayor que su propia casa.

Ahora, ese nerviosismo había sido sustituido por curiosidad e incredulidad. ¿Estaba Alejandro asustado? ¿Precisamente ahora, que ya la tenía en su terreno?

—Verónica —murmuró antes de levantar la cabeza y mirarla intensamente a los ojos—. No puedo hacer esto solo.

—¿A qué te refieres? —dijo, en lo que fueron sus primeras palabras en ocho días, hecho del que ambos fueron conscientes al mismo tiempo.

Con auténtico dolor en su corazón, Alejandro le expuso lo que más miedo le daba de tenerla allí, en su casa. Algo que no había esperado en absoluto cuando había aceptado casarse con ella. Algo que creyó imposible el día de su boda, cuando había sentido crecer entre ambos una especie de vínculo, una complicidad, la muda promesa de que la convivencia iba a ser mejor de lo que había imaginado. Una mágica conexión que se había roto en el preciso momento en el que Arturo había muerto.

—Puedes ignorarme, contestarme mal, o no hablarme en absoluto; incluso tratar de hacer mi vida imposible todo lo que te plazca. Yo me lo he buscado, por así decirlo. Pero mi familia no tiene la culpa de mis decisiones, y no merecen tu despotismo.

—¿Tu familia? —Verónica parpadeó repetidamente, confusa—. Creí que no…

—Mis sirvientes, Verónica. Mi padre era la única persona a la que me unía la sangre en esta casa, pero todos los que en ella habitan son mi familia desde… Desde que tengo uso de razón. Y me lo demostraron aún más cuando mi padre murió. No sé cómo tratabas tú a tus sirvientes cuando los tenías, pero no permitiré que maltrates a uno solo de los míos.

—No pensaba maltratar a nadie. —Sosteniéndole la mirada en todo momento, la joven contuvo unas lágrimas que amenazaban con brotar por sus ojos—. Tampoco a ti.

—Pues lo has hecho desde el primer momento en que me viste.

—¡Tú me atropellaste con tu carruaje! —le reprochó, completamente impotente ante sus argumentos.

—Técnicamente no fui yo, pero eso ya no importa. —Agitó la mano y suspiró, adelantándose en el asiento para mirarla más de cerca—. ¿Te comportarás como una digna dama? No tienes que fingir que te agrado; ellos ya saben las condiciones de nuestro matrimonio, se lo expliqué sutilmente en el telegrama que les envié. Al menos, dentro de esta casa será visto como una unión pactada. Como un enlace acordado desde tu nacimiento, que ambos hemos aceptado. Solo tienes que tratarles con educación y no ser tan grosera conmigo en su presencia. —Cerró los ojos un instante, y ella pudo comprobar que estaba más cansado de lo que aparentaba. En más de un sentido—. En privado, puedes seguir odiándome cuanto quieras.

¿Odiarlo? Tampoco era que lo odiara. Ese era un sentimiento demasiado fuerte para alguien a quien apenas estaba conociendo aún. Para alguien que simplemente cumplía una promesa y… Si tú no hubieras venido. La frase se repitió en su cabeza, y tuvo que hacer otro gran esfuerzo por no romper a llorar. Tragó saliva y, tras un largo suspiro, llevó la conversación hacia un punto que la preocupaba especialmente.

—Respecto a eso, precisamente, estar en privado… Espero que te hayas adelantado a los acontecimientos, indicando que yo dispondré de una habitación propia.

Alejandro pensó que hasta que no estuviera tranquila en cuanto a sus miedos no podría lograr razonar con ella respecto a nada.

—No, no me he adelantado. Sinceramente, no había pensado en ello cuando partí. Aunque es muy probable que, tras recibir mi telegrama, Berta haya tenido en cuenta ambas posibilidades y haya arreglado, tanto mi cuarto para ser compartido, como otro para ti. Es muy eficiente, como podrás comprobar si le das una oportunidad.

Al ver que él no pretendía poner trabas a que durmieran separados, Verónica se calmó un poco. Lo justo para concederle calma a él.

—Está bien. Puedes estar tranquilo. Seré todo lo encantadora que mi actual estado de ánimo me permite.

—Te repito mi más sincero pésame por la muerte de tu padre, Verónica.

—No solo por mi duelo —aclaró, contrariada al entender que no veía lo obvios que eran sus motivos para sentirse incómoda—. Me siento como una intrusa: no deseada, acogida y… totalmente fuera de lugar.

—Comparto lo de no sentirme deseado, créeme. —Y nunca me había sentido así, pensó para sí—. El resto no lo siento en absoluto, y espero que tú no lo veas de esa manera a partir de ahora. Eres la señora de la casa, y así es como lo verán ellos. Eres su patrona y tus órdenes serán acatadas. Solo espero que sean razonables para no tener que desautorizarte.

—Ya. —Casi rio—. Tu palabra siempre quedará por encima de la mía, eso lo tengo claro.

—Está en tus manos hacer de esta tu casa, Verónica —repuso con seriedad, un instante antes de abrir la puerta del carruaje—. Únicamente en tus manos.

Tomada del brazo de Alejandro, caminó hacia la puerta principal de Le Petit Beaumont, obviando mentalmente la palabra Château, ya que de por sí la intimidaba, y miró a su alrededor maravillada por lo que los últimos rayos de sol le permitían apreciar.

Los jardines estaban cuidados con lo que catalogó como mimo y gusto exquisito, y la arquitectura del edificio, de tres plantas, era como un ensayo de lo que podrían haber sido posteriormente los esplendorosos castillos que había visto a orillas del Loira, de camino a la casa. La piedra, casi blanca, quedaba cubierta por enredaderas que trepaban alrededor de los ventanales, coronando dos balconadas, donde se entrelazaban con buganvillas de un fucsia intenso.

Antes de subir la docena de escaleras que llevaban al portón de madera entreabierto, un enorme perro salió corriendo y prácticamente se abalanzó sobre ellos.

—¡Gino! —Alejandro se soltó de Verónica para agacharse a recibir a su peludo amigo. Le frotó debajo de las largas orejas y el animal ladró de entusiasmo.

Hasta que no le acarició la cabeza, el lomo y le dio unas palmaditas, Gino no se dio por satisfecho y decidió cambiar su objetivo. Algo reacia cuando su hocico comenzó a subir por sus piernas, Verónica miró a Alejandro para que contuviera al entusiasta animal.

—Solo quiere conocerte —le explicó y le tomó la mano—. Tiene que olisquearte bien para saber que tu olor formará parte de esta casa y que no tiene nada que temer. Nada de qué protegerme —añadió, mirándola con media sonrisa—. Déjale olfatearte. No te morderá.

Resignada, permitió que Alejandro tirara de su mano y la acercara al hocico de Gino, el cual no tardó ni un segundo en lamérsela, para regocijo de su dueño. Ella decidió que el perro de la casa no podía ser el mayor de sus problemas, y se agachó ligeramente para poder acariciar con su otra mano la cabeza castaña del enorme perro de cuerpo blanco.

—¿De qué raza es?

—Es un setter irlandés. Probablemente con algo de mestizaje, es más grande que la mayoría.

—Ya lo veo —murmuró, puesto que el animal le llegaba más arriba de la rodilla—. Hola, Gino. Yo soy Verónica. ¿Me entenderá si no le hablo en francés? —Se percató de pronto. Alejandro había hablado en perfecto castellano en todo momento.

Él, más relajado al verla acariciar con más ternura de la que hubiera esperado al viejo y afable Gino, no respondió hasta que el portón de doble hoja se abrió por completo, mostrando una ordenada fila de sirvientes en una silenciosa bienvenida.

—Mi padre trajo consigo al servicio, que estuvo dispuesto a dejar España, y acompañarlo a su nueva vida. Y los que no han nacido allí, aprendieron el idioma en esta casa.

—Puedo hablar francés. —Volvió a enlazar su brazo con el de Alejandro para subir el resto de las escaleras—. Solo me refería al perro.

Como estaban ya muy cerca, la conversación se volvió un murmullo entre dientes:

—A él puedes hablarle en francés o castellano. Seguramente, no te haga caso en ninguno de los dos idiomas. Es… bastante especial.

—Siempre se me han dado bien los perros. Tuve tres distintos —le indicó, desafiante.

—Muy bien. Ya veremos. —Contento por el reto que acababa de presentársele, la miró un segundo antes de dirigir su atención a la fila que los esperaba, expectante—. Hola a todos. Da gusto volver a casa y ver que estáis todos bien. Dejad que os presente a mi esposa. Verónica Aranda. De Zaldívar —añadió en el último momento, por la falta de costumbre.

Tragando saliva lo más discretamente que pudo, Verónica hizo una lenta reverencia y cuando alzó la vista, pudo ver los rostros estupefactos de todos los sirvientes, quienes hicieron lo mismo en cuanto sintieron su mirada sobre ellos.

—Empezaremos por la derecha —comentó Alejandro, sonriente, tratando de quitar solemnidad a aquella escena. Nunca le habían gustado los formalismos—. Esta es Melissa, doncella y ayudante en la cocina, que es terreno de Margot desde antes de que yo naciera.

—Nací en esta casa, Madame —dijo esta última—. Mi madre me dio a luz bajo este techo. Y me enseñó todo lo que sé.

—Encantada —dijo Verónica, algo sorprendida por la elección del comentario de la cocinera, pero les dio la mano a ambas, mirándolas a los ojos y tratando de sonreír todo lo que pudo.

La primera era una mujer que aparentaba casi cuarenta años, pero que probablemente tuviera bastantes menos. Era fuerte y de piel pálida, con cabellos de un castaño muy claro y los ojos verdes, oscuros y tranquilos. Si no hubiera sido por que a su lado no había ningún hombre ni niño, hubiera jurado que era una esposa con hijos. En cambio, la cocinera tendría más de cincuenta años, era bastante flaca y de pelo tan negro como el carbón. Sus ojos, redondos y negros también, hacían juego con su oscuro uniforme. Ninguna de ellas llevaba delantal ni cofia, por lo que imaginaba que Alejandro no era muy estricto en ese aspecto.

—Arthur es el cochero, y marido de Margot.

—Lo segundo me da más trabajo que lo primero —murmuró el hombre, y la cocinera le dio un discreto codazo que no pasó desapercibido a Verónica.

Alejandro esperó a que su esposa le diera la mano al alto hombre de casi sesenta años, pelo cano y ojos castaños hundidos, para continuar las presentaciones.

—Ella es Ivette, doncella, aprendiz de jardinera y, bueno, realmente echa una mano en cualquier tarea de la casa.

—A su servicio, Madame. Estamos muy contentos de que, por fin, haya una Señora Zaldívar.

La muchacha miró hacia un lateral y enrojeció. Verónica pudo comprobar que la mujer que se encontraba en el extremo izquierdo le había echado una dura mirada por su comentario, el cual a ella le había agradado bastante.

—Y yo estoy muy contenta de estar aquí, Ivette. Muchas gracias.

Le tomó la mano con calidez y le dedicó la que había sido su única sonrisa en muchos días. No pudo evitar fijarse en lo bonita que era, la belleza de una niña que empieza a hacerse mujer, con sus cabellos castaños lisos recogidos en un coqueto moño alto, y unos ojos soñadores y esperanzados brillando con un color ambarino.

—Gracias, Ivy, tú siempre tan amable. Él es Leo. Léonard —se corrigió Alejandro—. Se encarga de los jardines y de los caballos.

—Yo también aprendí de mi padre todo lo que sé de mi trabajo — comentó, mirando a Margot—; y de mi madre, todo lo demás. —Miró a su izquierda y le sonrió a la mujer seria y plantada como un guardia, que apenas había movido un músculo desde que estaban todos allí—. Encantado, Madame. Deseamos que se sienta como en casa desde este preciso momento.

—Sois todos muy amables, Léonard. —Le dio la mano, y encontró la suya cálida aunque algo áspera, con heridas propias de su trabajo. Tal vez también por ese motivo su pelo rubio estaba tan dorado, y su tez bronceada por el sol—. Intentaré adaptarme lo más rápido posible.

—Y ella es Berta. Ama de llaves y cerebro de todo lo que sucede en la casa. Seguro que tendréis mucho de lo que hablar, pero dejémoslo para mañana. Es tarde y estoy hambriento.

—Bienvenue, Madame. —A Verónica le molestó que aquella mujer le hablara en francés, pero solo porque ningún otro lo había hecho. Aunque, realmente, fue el tono lo que la hizo rechinar los dientes. Probablemente ella lo captó, porque continuó en castellano—: Espero que encuentre todo de su agrado.

—No dudo que así será.

Sin dejar de mirar a la mujer bajita, morena y de ojos tan serios que apenas dejaban apreciar que su azul era del mismo tono que el de su hijo, pues a él los ojos le brillaban alegremente mientras que en ella parecían estar completamente apagados, sintió cómo Alejandro la tomaba del brazo y la invitaba a entrar en la casa.

—Cenemos, solo cenemos y vayamos a descansar. Mañana será otro día. Te mostraré la casa y todo lo que quieras. Pero ahora me pueden el hambre y el sueño.

—Alejandro, yo preferiría retirarme. El viaje ha sido muy largo y me gustaría descansar.

—¿Hoy tampoco vas a cenar?

—Le subiremos la cena, Madame —intervino Berta, quien, con un gesto, envió al resto de mujeres hacia un pasillo. Después se dirigió a Alejandro—: Las dependencias contiguas a su dormitorio han sido equipadas para hacer uso de ellas si así lo desean.

—Verónica y yo nos organizaremos. Gracias, Berta.

—Muy bien. Si su esposa necesita ayuda para deshacer su equipaje, le enviaré a Ivette. Melissa le subirá la cena en unos minutos. Con permiso.

Léonard y Arthur entraron en ese momento, cargando uno de los dos únicos baúles que Verónica había llevado consigo.

—¿El resto del equipaje, Alejandro? —preguntó el joven, de forma familiar y directa.

—Eso es todo, Leo.

Sorprendido, pero sin replicar, le indicó a Arthur que lo siguiera, y ambos subieron la gran escalinata que llevaba al primer piso.

—Te enseñaré tu cuarto. —Alejandro esperó a que estuvieran solos—. Instálate o vete a dormir. Pero antes, por favor, come algo de lo que te suban. ¿De acuerdo?

—Lo intentaré.

Verónica volvió a aceptar su brazo, y ambos se encaminaron en la misma dirección que los sirvientes. Tras cruzarse con ellos, llegaron a una puerta junto a la que habían dejado el primer baúl. Alejandro la abrió para mostrar su interior, aunque ella solo asomó la cabeza.

—Mi dormitorio. Como comprobarás, es muy similar al tuyo. A excepción de que desde el mío se puede acceder directamente al cuarto de baño —señaló la puerta más cercana a la escalinata—. Por supuesto, tanto esa puerta como la que da al pasillo tienen llave —añadió cuando los ojos de ella se abrieron de par en par—. Y justo en frente tienes otro, si prefieres usar ese a compartir el mío. Pero cuando algún familiar viene de visita, se aloja en los dormitorios de en frente. Y hace uso del baño, por supuesto — explicó, de forma que a ella no le quedó ni la menor duda de cuál era el que debía usar—. Continuemos.

Llegaron al final del corredor, en el que Verónica contó ocho puertas. Por cómo estaban dispuestas: de forma similar a ambos lados, dedujo que toda el ala derecha del primer piso estaba destinada a dormitorios.

—Traedlo aquí. Y el otro también —indicó Alejandro cuando los dos sirvientes aparecieron con el segundo baúl. Con gesto de comprensión, obedecieron sin rechistar.

Los dos hombres se marcharon y en las escaleras se cruzaron con Melissa e Ivette, quienes llevaban una bandeja con la cena de la nueva patrona y el escaso equipaje de Alejandro respectivamente.

—La bandeja, a la otra habitación —murmuró Léonard.

Ambas mujeres se miraron entre sí y se despidieron con gesto desilusionado en el umbral de la puerta del dormitorio de Alejandro.

—Con permiso.

Verónica se giró sobresaltada al oír a la doncella, quien dejó la bandeja sobre el tocador y se quedó parada a la espera de más instrucciones.

—Eso es todo, Melissa. Puedes retirarte. Verónica no necesitará nada más por hoy.

—Muy bien. Buenas noches, Madame.

—Gracias —dijo Verónica, reaccionando algo tarde—. Melissa. Buenas noches.

Había estado observando su nuevo cuarto bajo la luz de un quinqué, varias velas en hermosos candelabros y la chimenea encendida. Todo lo necesario para iluminar la amplia estancia, amplísima. Demasiado para una sola persona. Pero estaba en un pequeño castillo, se recordó; allí todo sería majestuoso. Sin embargo no era demasiado pomposo, aunque sí muy acogedor.

En la pared izquierda, la cual separaba su dormitorio del de Alejandro, se encontraba el lecho. Este, a pesar de sus exageradas dimensiones y delicado dosel, prometía ofrecer un sueño reparador y cálido bajo aquel cobertor de tonos pastel, acompañado de varios cojines a juego. Las dos mesitas a ambos laterales contaban con dos lamparitas de gas que en ese momento no estaban encendidas, pero que Verónica enseguida adjudicó como su iluminación para la lectura que acostumbraba a disfrutar antes de dormir.

Una hilera de ventanales llenaba la pared frontal a la puerta, cubierta por densos cortinajes de un color verdoso sobre un pálido beis. En la pared derecha, la chimenea estaba flanqueada por un pequeño escritorio con su silla a un lado y, al otro: un gabinete en distintos tonos de marrón, formando motivos de fauna y flora, que Verónica enseguida identificó de estilo holandés. Ella misma había tenido uno muy parecido, al menos hasta hacía tres años, cuando lo había vendido muy por debajo de su precio.

A la izquierda del lecho estaba el tocador con su espejo, con un amplio vestidor a un lado y un chifonier al otro. Demasiados muebles que llenar con las escasas ropas y objetos que ella llevaba en sus dos baúles.

—Margot cocina muy bien. Prueba la cena. Al menos pruébala.

—Huele de maravilla. —Se sentó en el taburete del tocador—. Y la habitación es estupenda. Mucho más de lo que necesito.

—Las necesidades cambian con las circunstancias. Come —le indicó, y no se marchó hasta que la vio probar un bocado.

—Está muy rico —concedió después de tragar sin apenas masticar.

—¿Necesitas algo más? —Ella negó con la cabeza—. Entonces hasta mañana, Verónica. Que descanses.

—Tú también. —Le dedicó una imperceptible sonrisa y pinchó otro trozo de ternera para que Alejandro se marchara tranquilo.

Terminó de masticar con desgana el pedazo de carne y la mirada se le perdió entre las llamas que bailaban en la chimenea, como si la tuvieran hipnotizada. De pronto, en un impulso se levantó corriendo y cerró con llave la puerta del dormitorio. Acto seguido, se tiró sobre la cama y se echó a llorar. Otra noche más.

 

—Parece una mujer muy triste —comentó Melissa, sentada a la mesa de la cocina junto al resto del servicio.

—¿Y qué esperabais? Acaba de perder a su padre. —La forma rotunda con la que Léonard hizo ese comentario provocó que todos dejaran de comer durante unos segundos—. Lo siento —añadió, y le apretó la mano a Melissa antes de levantarse de la mesa, con desgana.

—El Niño la hará sonreír de verdad. Le doy un mes, como mucho. — Margot se levantó detrás de Léonard y lo empujó para que volviera a su asiento—. Aquí todos comemos dos platos, Leo. Mi cocina, mis normas. — Cogió la fuente con la ternera en salsa y la colocó en el centro de la mesa—. ¿Tú qué dices, Arthur?

—Yo mejor me callo —adujo el hombre dedicándose por completo a su cena.

—¿Y tú, Ivy?

—Yo… creo que Madame Verónica se esforzaba por ser amable con nosotros. A pesar de que lo más seguro es que no sintiera ningunas ganas de sonreír, lo ha hecho.

—Muchos cambios a la vez para una mujer tan joven —repuso Melissa, y se sirvió apenas una cucharada en su plato.

—Ahora somos su familia —alegó Ivy, recordando cómo ella misma había llegado allí no teniendo a nadie en la vida, pero había encontrado a la que consideraba su verdadera familia.

Berta la atravesó con la mirada.

—Recuerda tu lugar en esta casa, Ivette. Nunca olvides cuál es.

—¡Mamá! —protestó Léonard, contrariado por aquellas frías palabras.

—Vamos, Berta. —Margot, como siempre, tuvo que interceder por la muchacha ante ella—. Se trata de la esposa del Niño. Y él nos considera su familia desde siempre.

—Y os he echado mucho de menos, como siempre.

Todos se sobresaltaron y se levantaron de sus asientos al oír entrar a Alejandro, más por culpabilidad por lo que estaban hablando, que por costumbre. Las muestras demasiado formales de respeto eran algo que Alejandro nunca había apreciado, al contrario: le disgustaban. Precisamente porque, para él, eran más familia que servicio.

—¿Sigo teniendo un hueco en esta mesa?

—La cabecera siempre está libre, a no ser que tú la ocupes, Niño. — Margot le dio un fuerte beso en la mejilla y le puso un plato rebosante en la mesa.

—Os debía esto. —Alejandro besó y abrazó, uno a uno, a todos antes de sentarse en su lugar habitual—. Antes no me ha parecido un buen momento.

Berta sacó una copa para él, en lugar de los sencillos vasos que ellos utilizaban.

—¿Qué tal estos últimos meses? —Aunque había pasado por casa antes de dirigirse a Zaragoza, en el escaso día que había permanecido allí no había tenido tiempo de hablar con ellos como le hubiera gustado.

—Todo en orden, Alejandro, como siempre —fueron los únicos informes de Berta.

—Griselda y Baviera han tenido a sus potros, solo con dos semanas de diferencia. —Le informó Léonard—. Están sanos y los dos son machos.

—¿De veras? ¿Y cómo los habéis llamado?

Una risa ahogada resonó entre los comensales, y Alejandro miró a Melissa. Ya se imaginaba por dónde iban los tiros.

—Júpiter y Neptuno —confesó ella—. Lo siento, Alejandro.

—No, si está muy bien. Son dos nombres muy dignos. Grandes planetas y dioses romanos. —Pero no pudo evitar carcajearse.

—Yo le dije que podía elegirlos porque hizo de ayudante en los dos partos. —Se culpó Léonard—. La próxima vez seré más cauteloso con mis concesiones.

—De los errores se aprende —concluyó Alejandro, y pidió más noticias sobre lo ocurrido en su casa en su ausencia.

Era agradable volver al hogar y ver que, salvo pequeñas cosas, todo seguía el curso habitual de los últimos años, tranquilo y sin sobresaltos. Después de todo por lo que habían pasado tiempo atrás, se merecían al menos eso.

 

Porque lo conocía como una madre conoce a su hijo, Berta esperó a que todos se retiraran a dormir para acudir al despacho de Alejandro, donde sabía que lo encontraría. Aunque ella no lo hubiera traído a este mundo, lo había criado antes incluso de tener a su propio hijo, antes de casarse con Henri, como Fernando había esperado de ella. A pesar de que, en su día, se habría conformado con cuidar de Alejandro por siempre, incluso ahora, que era un hombre adulto, le daba gracias a Dios por la criatura que había llevado en su vientre y había amado antes incluso de ver su rostro, de ver sus propios ojos en él. Léonard era su más preciado tesoro. Alejandro, el siguiente.

—¿Revisando el correo?

Alejandro levantó la vista de la última carta de Basile, su secretario, la única que pensaba leer por el momento, de todas las que se apilaban sobre su escritorio.

—Solo asegurándome de que no hay nada urgente antes de irme a dormir.

Aún recordaba la carta de Arturo entre el gran montón de correspondencia. Y se preguntaba qué habría sucedido si él hubiera tardado un solo día más en leerla.

—Hasta mañana por la mañana no podrás solucionar nada, por muy urgente que sea.

Ella siempre tan pragmática, pensó Alejandro mientras la veía servir dos copas de coñac y sentarse frente a él, mirándolo fijamente a los ojos. Había una conversación en ciernes sobre algo que le preocupaba a ella y no podía esperar hasta la mañana siguiente.

—Pero así me iré mucho más tranquilo a dormir. —Le sujetó la mano por la muñeca antes de que bebiera el primer sorbo—. Gabriel dijo que, por sus efectos depresivos, no era recomendable que bebieras. Que bebiéramos —se corrigió, pues había sido un consejo dirigido a todos, si bien ella debería controlarse más que nadie—. Como mucho, una copa de vino en las comidas.

—Gabriel pasó por aquí la semana pasada y dijo que estaba muy bien.

—¿Qué dijo sobre Melissa?

—Pregúntaselo a ella. Pero te puedo asegurar que todos estamos bien. Cosa que no sé si puedo decir de ti. —Le dio un sorbo a su copa y la dejó con fuerza sobre la mesa—. ¿Qué has hecho, Alejandro?

—Cumplir una promesa.

Ella lo miró sin pestañear.

—Algunas promesas no es necesario cumplirlas.

—No es eso lo que tú me enseñaste, ni lo que me enseñó mi padre. Y yo siempre he cumplido mi palabra. No iba a estrenarme faltando a la más sagrada de las promesas que he hecho en mi vida. La que hice en el lecho de mi padre justo antes de que muriera.

—Siempre fue difícil decirle no a tu padre. —Suspiró y bebió otro trago, esta vez más largo. Después negó con la cabeza—. Ella no es nadie. ¿Cierto?

—Es mi esposa. Eso es más que suficiente.

Berta pensó en sus anodinas ropas y en su escaso equipaje.

—Ya sabes a lo que me refiero.

Rara vez Alejandro se enfurecía, menos aún con Berta, a quien respetaba y quería. Pero ese tema, ese en concreto, lo sacaba de sus casillas.

—No necesito una esposa con pedigrí, Berta. No necesité a mi tío Armand, ni nada, ni a nadie, de la familia de mi madre. Mi padre fue lo bastante bueno para ella y, según Armand, él tampoco era nadie.

Las personas eran alguien o no lo eran en función de los ojos de quien los mirara, pensó ella.

—Tu vida cambiará por completo —le advirtió—. Lo sabes, ¿verdad?

—He terminado mis estudios. Pensaba dejar atrás mis correrías, que tú sabes que han sido muchas. Quiero disfrutar de mi hogar más tiempo, todo el que me permitan las visitas ineludibles a mis socios. Por eso, creo que es bueno tener a una esposa esperando mi regreso, o incluso acompañándome en mis viajes.

—¿Ella lo hará?

—¿Por qué no iba a hacerlo?

—Ha venido obligada. Más de lo que imaginaba. Lo he notado.

—Cambiará de opinión…

—Tú siempre tan seguro de ti mismo. —Berta se carcajeó—. Como tu padre.

—Y soñador, como mi madre.

Ella carraspeó y levantó su copa.

—Brindemos pues. —Esperó a que él la imitara—. Por tu enlace, Alejandro. Espero que hayas hecho lo correcto.

—No tengo la menor duda de que así ha sido.

Berta apuró su copa mientras que Alejandro apenas bebió un sorbo.

—El tiempo lo dirá. —El ama de llaves se levantó y se llevó su vaso. Pero antes de salir, se volvió hacia Alejandro—. Si tenéis pronto un hijo, ella se centrará en él y será todo más sencillo para vosotros.

Aunque Alejandro no lo supiera, ella lo decía por propia experiencia.

—Me temo que eso no va a suceder de momento, Berta. —No iba a ser ningún secreto en breve, así que para qué ocultarlo, y más a ella—. Pero gracias por el consejo.

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