Noches perdidas
Capítulo 10
Provista con una carretilla que había tomado prestada del patio trasero, Verónica transportó varias docenas de libros hasta la escuela.
Se dijo que debería haber hecho dos viajes o pedir ayuda a Leo, quien había estado consultando algunos libros de jardinería para algún proyecto del que no había dado muchos detalles. Pero ya estaba en la puerta, exhausta, y en el fondo le gustaba hacerse cargo de sus propios asuntos.
Empujó la puerta, que gracias a Arthur ya no chirriaba, y empujó la carretilla hasta el armarito que Alejandro había construido para ella. Él solo, con sus propias manos, recordó con una sonrisita involuntaria mientras abría las puertas acristaladas. En su interior colocó los libros por géneros, y en orden alfabético a partir de la inicial del apellido del autor.
Cuando todo estuvo tal como ella quería, y bajo la tenue luz de varios colores que se colaba por las vidrieras, contempló la amplia sala que ahora era su escuela. Los bancos habían sido retirados contra las paredes, circundando las mesas que habían cogido prestadas de la biblioteca. Tendría solo cinco alumnos, pero pensaba sacar el mayor partido de ellos.
Al darse cuenta de que la esperaba el camino de vuelta cargando la carretilla —la cual, aun vacía, pesaba lo suyo— se sentó en la silla que, junto al escritorio situado en el altillo donde había estado el altar, iba a ser su mesa de maestra. Descansaría unos instantes, lo justo para recuperar fuerzas.
Estaba a punto de levantarse cuando oyó un ruido. Algo que parecía una voz.
Se puso en pie de inmediato, esperando encontrar a alguien en la puerta, pero no se veía a nadie al otro lado.
—¿Hay alguien ahí? —Inquieta, se acercó a la entrada.
Un quejido que se perdía en el silencio casi sepulcral del lugar, la hizo dar un bote y girarse hacia el interior de la estancia al percatarse de que el ruido no provenía de fuera.
—Emma, Caroline. ¿Sois vosotras?
Cabía la posibilidad de que las niñas hubieran ido a curiosear a escondidas. Además, aunque confuso, el sonido le había parecido una voz femenina.
—No puedo jugar al escondite con vosotras, chicas, es la hora de cenar.
Al no obtener más respuesta que el sonido repetido, una y otra vez, cada vez más alto pero igual de indescifrable, Verónica se dispuso a encender una vela y revisar cada rincón, empezando por la sacristía que, junto con el nuevo aseo, eran las dos únicas puertas cerradas y tras las cuales podía esconderse alguien.
—¿Madame? ¿Está usted aquí?
Verónica brincó, y la vela se le cayó de las manos justo cuando iba a encenderla, partiéndose por la mitad.
—¡Ivy! Me has asustado.
—Perdón, Madame. La estaba buscando para avisarla de que la cena está lista. Al no encontrarla en la casa, he imaginado que podría estar aquí.
—Sí, había venido a traer algunos libros.
Ivy la observó, mirando a su alrededor, aunque no podía ver el gesto de su cara.
—¿Busca algo? He estado limpiando, y tal vez haya dejado alguna cosa fuera de lugar.
—No. Bueno, sí. —Tenía que asegurarse de que no tenía alucinaciones —. ¿Podrías guardar silencio un momento y simplemente escuchar?
—Claro. —Dio un par de pasos para alejarse de la puerta y se quedó escuchando. Pero no oyó nada—. Es un lugar muy silencioso. Muy tranquilo para dar sus clases.
—Sí. Supongo que sí. —Se frotó la cara. Ella tampoco oía ya nada—. ¿Has venido sola, Ivy?
—Sí. Como le he dicho, la estaba buscando para que fuera a cenar. ¿Por qué? ¿Necesita algo?
—Sí. —Ya empezaba a mirarla con cara de sospecha, y no quería que pensara que estaba loca—. ¿Me ayudas a llevar la carretilla? La he traído repleta de libros y ya no siento los brazos.
Pensó que aquella era la única explicación que podía darle sobre su extraño comportamiento. No podía comentarle que creía oír voces lastimeras, menos en un lugar que antes fue una ermita cerrada durante años, tras la muerte de la antigua señora de la casa. Todo llevaría a la misma conclusión, y ella no creía en esas cosas. Pero tal vez Ivy sí lo hiciera, y no quería asustarla. Ni a ella ni a los niños. Por lo tanto, debía olvidarlo. Y cerrar la puerta con llave para que nadie pudiera colarse y asustarla, pensó, con las manos aún temblorosas.
Verónica fue a buscar a Alejandro a su despacho para darle las buenas noches, y lo que estas implicaban, pero no lo encontró allí. Extrañada, pues aún no era tan tarde, se dirigió a su dormitorio. En el preciso momento en que daba dos suaves toques, imaginó por qué Alejandro quería irse a dormir tan temprano. Era lo que cualquiera querría si la noche anterior hubiera dormido en un frío y duro suelo.
—¿Sí? —preguntó Alejandro, y rápidamente hizo una bola con la carta que tenía entre las manos.
Su primer impulso había sido romperla en mil pedazos. Ya le había dado mala espina cuando, entre toda la correspondencia que había dejado apartada para revisarla, una vez terminada la fiesta, había distinguido un sobre lacrado. Y después, al ver el nombre y la dirección del remitente, su instinto le había dado un segundo toque. Pero había sido al leerla, cuando la sangre se le había helado en las venas un instante antes de que esa misma sangre le ardiera de furia.
Aquel mensaje era una amenaza personal en toda regla, y él debía reaccionar de forma emocional a ella, pero también inteligente. Y, finalmente, su decisión había sido la de hacer una pelota con aquellas prepotentes palabras, y olvidar que había recibido semejante misiva. Era lo mejor que podía hacer, sin duda. Así que, dos bolas de papel, una la de la carta y la otra la del sobre, acabaron ardiendo en la chimenea antes de que Verónica respondiera a su pregunta.
—Ya sabes a lo que vengo.
—No. —Abrió la puerta solo una rendija. Lo justo para verle la cara—. ¿Querías algo?
—No juegues conmigo.
De mejor humor ahora, abrió un poco más la puerta.
—Me encanta jugar.
Ella puso los ojos en blanco.
—Estoy cansada y quiero acostarme.
Alejandro dio un paso hacia ella y la cogió por la cintura, lentamente, deseando arrancarle aquel desaborido vestido que aún llevaba, y lanzarlo al fuego junto con la carta que no era capaz de sacarse de la cabeza. Con el objetivo de lograrlo, la atrajo poco a poco hacia sí.
—En mi cama hay sitio de sobra.
—Anda, cállate.
Irritada por la forma en que se tomaba aquello: como un juego al que ella misma había aceptado jugar, lo besó en los labios rudamente, apretándolos contra los suyos pero manteniéndolos cerrados casi tan fuertemente como sus ojos.
—Esta no es la réplica que acordamos. —Convencido de que lo había hecho a propósito para molestarlo, se preguntó si estaba perdiendo facultades en sus tácticas de seducción—. Y no ha durado ni un minuto.
—Será que el tiempo se ha detenido cuando me has besado —se burló ella. Aunque la falta del habitual brillo en los ojos de Alejandro, que parecía exhausto, le reveló que él ya no estaba para bromas.
—Utiliza tu buena memoria para repetir esto mañana —le ordenó, y la apretó contra su cuerpo para besarla tal y como él le había indicado claramente esa misma mañana.
Verónica lo dejó hacer. Él quería besarla de cierta manera: de esa manera que empezaba a hacérsele ya familiar. Casi podía adivinar sus movimientos antes de que los hiciera, comprender su respiración y acompasarla con la suya.
No obstante, cuando ese abrazo se volvió fiero, cuando la fuerza de él la rodeó por todas partes, capturándola, reteniéndola contra aquel cuerpo pétreo, su corazón se colapsó. Primero, por el recuerdo de una opresión jamás olvidada, que la había condicionado en contra de cualquier rendición ante ese tipo de contacto. Pero después, ese mismo corazón temeroso se maravilló, asombrado por la transformación de aquella fuerza masculina en la más absoluta de las ternuras cuando él ni siquiera había aflojado el abrazo.
¿Era aquello posible? ¿Podía la fuerza bruta fundirse de aquella manera, natural y perfecta, con una sensibilidad tal que su propia fragilidad pidiera a gritos verse sometida?
Cuanto más apretaba sus dedos sobre su piel, contra la carne de sus brazos y su cintura, y aún más cuando deslizaba su palma abierta por su nuca para girar su cabeza, de forma que el beso se profundizara hasta lo imposible, más sentía el anhelo de su feminidad exaltada: a flor de piel.
Aquella era la respuesta del cuerpo de una mujer que aceptaba, por primera vez, el contacto real de un hombre; abriendo sus puertas a lo que él podía hacerle sentir y desear, incluso reclamar.
Por puro instinto, ella se retorció entre sus brazos, buscando un mejor ángulo, un mayor contacto cuerpo a cuerpo; músculos firmes y palpitantes bajo sus manos, curiosas, exploradoras, titubeantes pero audaces. Tuvo la gran satisfacción de sentirlo rendirse ante aquel nuevo contacto, aquella novedosa actitud y osadía de sus caricias.
Él no se lo había esperado y su reacción había sido tan clara y sorprendente que a Verónica la invadió el júbilo cuando él no pudo evitar dejar escapar un jadeo. El hombre también era débil, era frágil y sensible; precioso bajo sus manos y contra su boca, y eso la convertía a ella en la poderosa, en la fuerte en ese momento. Las tornas habían cambiado y, si hacía unos instantes la revelación de la belleza de su propia fragilidad la había emocionado, el descubrimiento de la vulnerabilidad del hombre, que parecía ir a traspasarla más allá de la piel, la dejó sin defensas.
Él la había desarmado, pero era ella quien lo había permitido. Aún no sabía cómo ni por qué.
—¿Estás bien? —Alejandro, tras un periodo de tiempo que, sabía, había superado con mucho el minuto estipulado, se apartó lo suficiente de ella para mirarla a los ojos.
Sentía que había cambiado algo. En ella. Porque en él hacía ya tiempo que habían nacido unas nuevas sensaciones que no hacían sino crecer y crecer.
—Sí. Es solo que… —No lo sé, pensó para sí. Bueno, sí que lo sabía, pero no sabía cómo explicárselo. Aún tenía que meditar mucho sobre ello —. No entiendo por qué me besas así.
Alejandro rio para sí. No era nada más y nada menos que su inocencia lo que había alterado en ella. Sus más primitivos instintos territoriales, y de posesión, se dispararon como nunca antes.
—¿Tantos pretendientes y nadie te había besado antes?
—Claro que sí —respondió inmediatamente. Pensó en el tierno beso que, a los trece años, le había dado Carlos: un antiguo vecino de Zaragoza del que, después de marcharse a estudiar a Inglaterra, nunca volvió a saber nada. A continuación, acudió a su mente el horrible momento que pasó años después: una horrible noche con un igualmente horrible hombre… Aunque ni uno ni otro podría llamarse beso. Uno fue demasiado casto. El otro: todo lo contrario—. Pero no de esta manera.
—¿Y de qué otra manera querrías que te besara?
—Solo digo que es… diferente.
—¿Mejor o peor que tus otras experiencias?
—¿Está buscando un cumplido, Monsieur Zaldívar?
—No lo necesito. Con lo que ha sucedido hace un momento, me basta.
Cuando ella tragó saliva con dificultad, Alejandro supo que podía apuntarse un tanto. Por fin.
—Te elogias a ti mismo.
—Tú también podrías hacerlo contigo misma. Buenas noches, Madame Zaldívar.
Alejandro se metió en su dormitorio, y Verónica quedó allí, inmóvil y llena de confusión. ¿A qué se refería con que podía halagarse también a sí misma? ¿Acaso él también había quedado impresionado con su forma de besarlo?
Para su propia sorpresa, aquella velada confesión la llenó de satisfacción.
La primera semana de clases pasó tan rápida que Verónica apenas tuvo tiempo de nada más. Quería redefinir las materias y preparar ejercicios específicos para cada uno de los niños, pues bien por su diferencia de edad, o bien por sus capacidades particulares, cada uno llevaba su ritmo. Pero estaba claro que el ritmo de Ivy era otro cantar. Era cierto que tenía casi dieciocho años, pero le bastaba con que le explicara la lección una sola vez para que ella la retuviera al instante y ya no la soltara. Incluso se anticipaba a ciertas conclusiones, sobre todo en los ejercicios de aritmética. Era la alumna más brillante que había tenido en sus tres años como maestra. Y su motivación incentivaba sus ganas de enseñarle todo lo que pudiera.
Dados sus avances, calculaba que en pocas semanas Ivy leería con cierta fluidez. Y si aprovechaban los fines de semana para darle clases solo a ella, pues para los niños le parecía excesivo, avanzaría aún más deprisa.
Ivy aceptó nada más oír su propuesta, y el siguiente lunes, cuando los niños apenas estaban aprendiendo a escribir palabras básicas con el alfabeto recién memorizado, y sumas sencillas, Ivy era capaz de escribir cortos dictados.
Verónica apenas tuvo que corregirle un par de errores ortográficos y le entregó la primera calificación del que podía considerarse su primer examen. Sobresaliente.
Era tal el buen humor que le habían provocado los logros de su mejor alumna que apenas le dio importancia a que Alejandro no se presentara a cenar con ella. Unos caballeros llevaban toda la tarde con él en su gabinete y, según le explicó Melissa mientras le servía la cena a ella sola, cenarían algo rápido en ese mismo lugar.
Totalmente consciente de que aquello poco o nada tenía que ver con ella, terminó su cena y se fue a su cuarto a preparar más ejercicios para sus alumnos, en lugar de ir al saloncito a leer un rato. Si Alejandro no iba estar allí, aquella rutina no le apetecía especialmente.
Eran más de las once de la noche cuando Alejandro salió del gabinete y acompañó hasta la puerta de la casa a sus socios alemanes, donde un carruaje los esperaba para llevarlos hasta su hotel en el centro de Orleans.
Los últimos trámites para la fabricación de raíles de acero, destinados a sustituir progresivamente a los antiguos de hierro, habían tenido lugar entre copas; aunque él se había abstenido de beber. Sobre todo porque, si lo hacía, le costaría dormir. Y bastante le estaba costando ya dormir últimamente.
Había descubierto que los besos de Verónica, justo antes de acostarse, eran un dulce veneno contra el sueño. Marcharse solo a su cama, después de saborear aquella boca que cada vez se prestaba más dócilmente a ser devorada, suponía pasarse horas imaginando todo lo que podrían hacer si ella quisiera, si aceptara que él le enseñara lo que un hombre y una mujer podían gozar juntos.
La boca se le secó cuando llegó a su alcoba y se la encontró allí: de pie, en el umbral de la puerta, mirándolo con reproche. Pero poco duraron sus ojos en los de ella, pues llevaba puesta esa maravillosa prenda que lo volvía completamente loco.
—Me encanta ese camisón. —Se acercó, mirándola de pies a cabeza.
—Mañana tengo que madrugar. —Y llevaba más de una hora pendiente de si lo oía subir las escaleras—. Si quieres que el trato siga en pie, más vale que te acuestes a una hora prudente.
—Estaba trabajando. En el despacho de abajo —aclaró, pues parecía que le reprochara acabar de llegar a casa después de una noche de juerga—. A veces, las negociaciones requieren de un rato distendido tomando unas copas. No te comportes como una esposa posesiva.
—A partir de ahora me acostaré a las diez. —Ella no quiso hacer caso de su absurdo comentario. ¿Posesiva? ¡Ja!—. Si no estás accesible será culpa tuya, no mía, por lo que yo no habré roto mi parte del pacto. Tienes que entender que yo ahora madrugo más que antes, y llegar tarde a la escuela, porque me he quedado dormida, no es un buen ejemplo para mis alumnos.
Alejandro la miraba maravillado. ¿Cómo era posible que, en el fondo, le encantara verla protestar y recriminarle continuamente? ¿Podría ser por cómo alzaba la barbilla, cómo gesticulaba con sus sensuales labios, o cómo lo atravesaba con aquellos ojos de color fascinante que lo tenían hipnotizado?
—Podrías haber bajado a buscarme —propuso.
—No quería provocar a tus socios con mi camisón.
—Bien pensado.
Pero mal pensado el no haberse puesto la bata antes de ir a buscarlo, se dijo, lamentándose también de no haber cambiado por otro el camisón que Ivy le había dejado sobre la cama.
—Bueno, esto va a ser rápido. —Queriendo acabar cuanto antes, se apoyó en sus hombros con ambas manos para alcanzarlo mejor.
—No, un minuto —apuntó él, echando ligeramente le cabeza hacia atrás para esquivarla—. Siempre y cuando lo hagas bien.
—Sí, un minuto. Y no te preocupes. Sé perfectamente cómo quieres que te bese.
—¿De verdad? —Se le escapó una risilla de incredulidad—. ¿Y cómo quiero que me beses?
¿Acaso pensaba que era tonta? Había pasado más de una semana desde su trato, y ella había aprendido, paso a paso, cómo él la buscaba, cómo quería tocarla y que ella lo tocara a él. Más aún: sabía que él quería algo más que eso, pero aun así, se abstenía de pedirle más. Porque él tampoco era tonto y sabía que ella no se lo iba a dar.
—Para ser buena maestra, también hay que ser buena alumna —le indicó, justo antes de rozarle los labios suavemente.
Él se entregó a aquella gloriosa sensación, pero de pronto se vio privado de la dulzura de aquellos labios, que se apartaron lo justo para poder hablar:
—Primero: te gusta que el contacto sea suave —susurró—; lento y solo labio con labio. Después…
Alejandro la vio acercarse, con la boca entreabierta, y emitió un sonido gutural al sentir la lengua de ella dentro de su boca, buscando la suya, acariciándola sin piedad.
—… Después: buscas un contacto más profundo, una especie de baile, pero aún quieres que sea lento y sin prisas. Es entonces cuando todo cambia.
Por primera vez, fue ella quien lo empujó hasta tenerlo contra la pared, cuando normalmente era al contrario; y, desde luego, no tan impetuosamente. Allí, volvió a hundirle la lengua en la boca, pero esta vez con frenesí; con movimientos más rápidos y menos sutiles, exigiendo, y a la vez dando.
—Ahora es cuando tus brazos me rodean, en lugar de limitarse a dejar que tus manos deambulen por mi espalda o mis caderas. —Lo miró a los ojos, desafiante—. Rodéame, Alejandro. Si no, no podré terminar la lección.
Aturdido, hizo lo que ella le ordenaba, y habría hecho cualquier cosa que ella le hubiera pedido en ese momento. Cualquier cosa.
—Bien, y por lo que he podido comprobar —continuó—, a ti te gusta que yo ponga mis manos en tu pecho, o alrededor de tu cuello, en lugar de rodearte como tú a mí.
—Puedo ser flexible en eso —adujo, pero ella le puso un dedo sobre los labios.
—Shhh. No has levantado la mano para hablar, jovencito. —Se le escapó media sonrisa traviesa, y él creyó morir de puro deseo. ¿Era consciente de que estaba seduciéndolo? ¿Habría planeado hacerle aquello… o le había salido de forma espontánea?—. Y aún queda el final de la lección.
Sintió que los músculos se le derretían como la cera caliente cuando ella volvió a besarlo, a acariciarlo con su jugosa y deliciosa lengua: esta vez más delicadamente, alternando ligeros toques con besos pequeñitos; primero en su labio superior, y después en el inferior; acabando con una demoledora caricia de la punta de su nariz contra la suya.
—El final no debe llegar de golpe, sino con pequeñas caricias que lo hagan concluir poco a poco. —Como prueba le acarició el pecho con ambas manos antes de separarse de él, quien parecía haberse quedado pegado contra la pared—. ¿He sido buena alumna? —Nunca se había permitido no serlo. Ella siempre había sido la primera de la clase.
Alejandro parpadeó, por primera vez agradecido de que el acuerdo fuera para un solo minuto. Si ella hubiera seguido un poco más, no se hubiera podido limitar a besarla. Le sorprendió su propio autocontrol. Había estado a punto de arrancarle la escasa prenda que llevaba, en pleno pasillo, y poseerla en el mismísimo suelo. Por un momento había creído que ella no lo rechazaría.
—Con que seas la mitad de buena como profesora, Ivy y los niños aprenderán a leer en dos semanas.
Satisfecha, y algo más tranquila, ahora que había acabado la locura que su orgullo la había llevado a cometer, fue a su dormitorio pensando, para sí, que ella también había tenido un excelente profesor en Alejandro.
En su cama, Alejandro no pegó ojo en varias horas, las cuales pasó reviviendo ese minuto una y otra vez. Oyendo sus susurros mientras le explicaba, paso a paso, cómo eran sus besos. Sintiendo su aliento sobre su piel, y el sabor de su exquisita boca. Se torturó con aquellos recuerdos hasta que, poco antes del alba y exhausto, consiguió dormirse. Y soñar con ella. Sin aquel camisón, ni ningún otro, que impidiera que sus manos tocaran su piel.
—¿Has salido a contemplar esta magnífica noche? —le susurró Alejandro al oído, sorprendiéndola del mismo modo que la noche de su cumpleaños.
Ella, que estaba distraída pensando en lo poco exitosos exámenes que acababa de corregir, se temió que lo siguiente fuera a ser también lo mismo que aquella noche. Un giro rápido hasta ponerla de frente a él, y un abrupto beso al que esta vez no podría negarse.
—Sí, hace muy buena temperatura y corre una brisa muy agradable.
Las manos de Alejandro se deslizaron por sus brazos con una suave caricia.
—¿No tienes frío? —preguntó en tono cortés.
—No —la voz de ella sonó ahogada.
—Entonces, no rechazarás acompañarme a dar un paseo nocturno por los jardines. Hace tiempo que no lo hago y me apetece mucho.
Dio un paso hacia atrás, y cuando Verónica se giró, encontró su mano extendida hacia ella.
—¿Un paseo? —preguntó, sorprendida.
—Sí. Hay lugares en este jardín cuya belleza solo puede apreciarse en noches como esta.
La joven apoyó su mano en la de Alejandro, quien como todo buen caballero entrelazó sus brazos, pero mantuvo la distancia entre sus cuerpos mientras dirigía el rumbo escaleras abajo.
Caminaron por el camino hasta adentrarse en un terreno poblado de vegetación. De noche, los colores de aquellos parterres se veían muy distintos a cuando los bañaba la luz del sol. Todo parecía teñido de un tono plateado, como un halo que rodeara cada rincón.
Habría caminado por allí durante horas, respirando aquel fresco aroma, escuchando la voz callada de la noche, enlazada al firme brazo de un hombre que sabía, como nadie, respetar sus silencios.
¡Cuánto habían cambiado las cosas desde que había llegado a Le Petit Beaumont! ¡Cuánto había cambiado ella misma! Consigo misma pero, sobre todo, con respecto a él. Sin embargo, él seguía siendo el hombre que conoció en Zaragoza. Sí, era cierto que ahora lo conocía más en profundidad, pero él no había cambiado. Él era así. Auténtico. Jamás había fingido ser nada que no fuera; ni dicho nada que no fuera cierto. Y cuanto más descubría sobre él, no podía negar que más le agradaba.
—¿Te han besado alguna vez a la luz de la luna?
Bueno, también tenía el don de desconcertarla repentinamente.
—Sí.
—A mí no.
—No puede ser —replicó la joven—. Porque el beso al que me refiero me lo diste tú.
Su mirada cambió de pronto, como si el halo plateado que lo cubría todo se hubiera centrado solo en sus ojos que ahora parecían grises como los de un gato. Su sonrisa también se volvió felina.
—Yo me refería bajo la luna llena. Su luz es distinta, y dicen que si dos personas que están hechas la una para la otra se besan bajo esa luz, recibirán una señal que les indicará que ese es su amor verdadero.
Verónica alzó una ceja y se soltó de su brazo.
—¿Y si no lo están?
Ambos se miraron, en una especie de reto implícito.
—Entonces no ocurrirá nada.
Alejandro nunca había dado crédito a aquella historia, que no era más que una leyenda. Pero tampoco había creído nunca en el amor verdadero y, a pesar de eso, lo había visto en parejas a las que quería como a su propia familia. Yang y Adele, Margot y Arthur, Melissa y Jean antes de… aquello. Todos ellos se amaban y por eso se habían casado. En cambio, Verónica y él habían empezado la casa por el tejado. Y, también a pesar de eso, él no podía negar que estaba sintiendo… algo. Algo nuevo. Indescriptible. Y que lo tenía ligeramente aterrado.
—Te lo acabas de inventar.
—No. Lo he leído.
—¿Dónde?
¿Por qué parecía tan enfadada? No era más que un juego. Pero la leyenda existía.
—En un libro sobre folklore local de esa biblioteca que tanto visitas. Seguro que das con él un día de estos.
—No creo en esas historias, por mucho que estén escritas en un libro.
—Entonces no te importará que hagamos la prueba, ¿no? —Le indicó con un gesto de la mano que se sentara en uno de los bancos de piedra que salpicaban todo el jardín—. No tienes nada que perder.
—Un minuto —expuso ella, aunque se quedó repentinamente muda en cuanto tomó asiento.
Al alzar la vista para no mirar directamente a Alejandro mientras se sentaba junto a ella, había divisado —no muy lejos, en el recodo del río que se adentraba ligeramente en los jardines— unas flores que brillaban más que el resto. Allí, en la orilla, había una hilera de lirios de agua cuyo blanco inmaculado refulgía bajo la plateada luz de la luna llena.
Eso no es ninguna señal, se recriminó sacudiendo la cabeza, ni siquiera ha empezado a besarte aún. Y además, todo esto es una tontería.
—¿Preparada?
—Cuando quieras —mintió. No estaba preparada en absoluto.
Pero ya era demasiado tarde para retractarse, porque él ya le había tomado la barbilla con una mano y la alzaba para acercarla a sus labios.
—Estate atenta —le advirtió, con un brillo juguetón en la mirada.
Alejandro apenas rozó sus labios. Más bien parecía tentarla a que ella buscara su boca, a que profundizara aquellos besos ligeros y encantadores. Solo una mano tocaba su rostro bajo su barbilla, mientras que la otra le sostenía una de la suyas con gentileza, dibujando pequeños círculos con el pulgar sobre sus nudillos. Eso la dejaba a ella con una mano desocupada que buscaba un lugar donde posarse, temblando ante aquella ternura inesperada y cautivadora. ¿Por qué tenía que hacerla sentirse así? Su mano buscó algo a lo que aferrarse, encontró su bíceps y lo apretó con más fuerza de la que había pretendido.
Aquello pareció alterar a Alejandro, quien giró la cabeza y, deslizando su mano hasta su nuca, la atrajo hacia sí con devastadora lentitud, al mismo tiempo que deslizaba su lengua por los labios entreabiertos de ella.
Solo hizo falta que la joven asomara ligeramente su lengua para que él la atrapara con un gruñido que salió de lo más profundo de su pecho. También su mano reaccionó ante aquella deliciosa caricia y arrastró la de ella hasta colocarla justo sobre su corazón, apretando, como si quisiera que ella traspasara la ropa e incluso la piel y lo tocara directamente.
La sangre de Verónica comenzó a bombear con fuerza cuando sintió aquellos latidos frenéticos en el imponente pecho de Alejandro, y su mano libre subió por su brazo hasta alcanzar su pelo y hundirse en él, tal como él tenía aferrado el de ella.
—Verónica —le oyó pronunciar cuando sus labios se separaron un segundo para respirar.
En cuanto sus bocas volvieron a fundirse, la joven percibió algo que no podía ser real.
Al principio quiso pensar que era su propia memoria, que había viajado hasta cierto momento íntimo con Alejandro, puesto que ambos estaban teniendo un momento bastante íntimo ahora también. Era su canción, la que ella le había regalado a él, y estaba escuchando nítidamente cada una de sus notas y al mismo ritmo que ella las había tocado. Eran exactamente los arreglos que ella había hecho de la canción de su madre, una que nadie más que ella podía ser capaz de tocar.
Pero de pronto, un acorde demasiado agudo se coló entre toda aquella perfección, justo antes que la melodía volviera a sonar correctamente. Y eso, se dijo ella, no podía ser fruto de su memoria. Aunque su mente racional le decía que tampoco podía ser una señal de que Alejandro y ella estaban predestinados. Simplemente, no podía concebir algo así.
—¿Has oído eso? —le preguntó a Alejandro, apartándose ligeramente de él.
—Sabía que tú también tenías que estar oyéndolo —susurró y volvió a asaltar sus labios.
¡Dios! ¿Podía ser posible? Esa era su señal. La leyenda era cierta. Y sus peores temores empezaban a ser casi tangibles. Ella le hacía sentir… demasiadas cosas. Demasiado intensas.
Alejandro estaba entre excitado y sobrecogido, y solo aquellos labios parecían tener el poder de rescatarlo del abismo por el que estaba cayendo en ese momento.
—Para. Y escucha —exigió ella, apartándose con dificultad de él.
Alejandro parpadeó y miró a su alrededor. Después se removió en el asiento. Uf. El pantalón le apretaba.
—Es tu canción. Nuestra canción —se corrigió y sonrió.
—Sí. Alguien la está tocando.
—No. Solo tú y yo podemos oírla.
—Alejandro, tú sabes que eso no es posible. Además, se ha confundido una vez. Las revelaciones mágicas no pueden equivocarse de tecla —se burló.
—Nadie de la casa sabe tocar el piano —le explicó—. Ni siquiera yo.
—Entonces hay alguien que no es de la casa tocándolo. Alguien que conoce mi canción, aunque no entiendo cómo.
Algo menos divertido por aquella posibilidad, se levantó y se encaminó hacia el edificio.
—Quédate aquí —le ordenó en tono severo, aunque sabía que ella lo seguiría igualmente.
Caminaron despacio y agazapados. Alejandro mantuvo a Verónica oculta tras él en todo momento, sin soltarle la mano. Rodearon la casa para llegar a las escaleras traseras que daban directamente a la parte del salón de baile donde se encontraba el piano. La puerta de acceso estaba cerrada, pero entre las cortinas de uno de los ventanales se veían las manos de la intérprete y, al fondo, la cara sonriente de Leo completamente ensimismado.
Alejandro aporreó el cristal con un puño y Leo se levantó de un salto. La música se detuvo.
—Alejandro —leyeron que decían sus labios.
—Abre —ordenó él, mirándole con frialdad.
El joven se acercó a la puerta y dejó pasar a sus patrones. A ninguno le sorprendió ya ver a Ivy. No después de ver el rostro de Leo.
—Lo lamento —se disculpó ella, visiblemente afectada, con ambas manos en el regazo y a varios pasos del piano.
—¿Alguien puede explicarme qué significa esto?
—Creo que yo lo sé —se adelantó Verónica, sonriendo a Ivy para que dejara de temblar como si hubiera matado a alguien.
—Ilústrenos pues, Madame —dijo Alejandro abriendo los brazos con gesto exagerado.
—Ivy tiene grandes capacidades de aprendizaje. Ya te conté lo rápido que está aprendiendo a leer. Seguro que con solo oír la canción una vez el día de tu cumpleaños, fue capaz de retenerla. Aunque has fallado en una nota —la regañó cariñosamente.
—Sí, me he dado cuenta —admitió con media sonrisa, dando un paso hacia Verónica. La mirada que Alejandro le estaba dirigiendo le daba un poco de miedo.
—Lo que no me explico es cómo has podido reproducirla. Si no sabes leer, no sabrás solfeo. Pero en cambio, sabes tocar el piano.
—Monsieur Fernando me enseñó. Y me dio permiso para tocar siempre que quisiera.
—¿Quoi?
Alejandro se acercó a ella y la joven retrocedió un paso.
—Alejandro, por favor —intervino Leo, y se dispuso a interponerse en su camino.
—¿De qué tienes miedo, Ivy? Yo jamás te he dado motivos para temerme.
—Oh, Monsieur, claro que no.
—Sabes que en privado me puedes llamar Alejandro. ¡Al demonio lo de Monsieur! —Sus manos se movían como si estuvieran golpeando algo invisible—. ¿Me quieres explicar cuándo te enseñó mi padre a tocar y por qué rayos acabo de enterarme por casualidad?
—Alejandro, cálmate. —Verónica dio un paso hacia él y le cogió de la mano—. ¿Os parece que nos sentemos todos y hablemos de esto tranquilamente?
Más afectado de lo que podría haberse imaginado, Alejandro se frotó la cara y se sentó en uno de los sofás situado junto a los ventanales. Verónica se colocó a su lado. Invitó a Leo e Ivy a sentarse en las butacas que quedaban de frente, separados por una mesita decorada por un pequeño jarrón con flores frescas del jardín.
—Ivy, por favor, cuéntanos todo —solicitó Verónica con tono tranquilo.
La doncella miró a Leo y tragó saliva. Este le cogió la mano y ella pareció obtener fuerzas para empezar a hablar.
—Monsieur Fernando siempre me trató bien. Desde el primer día que llegué, llorando por la muerte de mi madre. Recuerdo como si fuera ayer que él se agachó a mi lado en el vestíbulo, me secó las lágrimas con su pañuelo y me dijo que desde ese día, este sería mi hogar. Por eso yo siempre me sentí como en casa, y por eso una noche que no podía dormir porque había tenido una pesadilla fui a la cocina a tomarme una tisana y escuché el sonido que provenía del salón.
»Él estaba sentado al piano, tocando una canción muy triste. Me vio y me preguntó qué hacía despierta. Yo le confesé avergonzada que había tenido una pesadilla y que no podía volverme a dormir porque tenía miedo. Entonces me invitó a que me sentara a su lado en la banqueta. Yo observé sus manos y escuché con atención. Cuando terminó el tema, mis manos se movieron por sí solas y comenzaron a imitar lo que acababan de ver mis ojos y lo que habían escuchado mis oídos. Cometí bastantes errores, pero él dijo que no había visto nada igual en su vida, que ni siquiera él, que tocaba de oído, había conseguido algo así en sus comienzos.
—¿Esa fue la primera vez que tocaste un piano?
—Sí, Madame.
—Increíble —musitó Verónica.
—Después de esa noche, hubo otras. Yo tengo el sueño ligero y cuando él tocaba, le oía. Así que me levantaba y le hacía compañía. Cuando él terminaba cada tema, yo trataba de imitar lo que acababa de tocar. Así aprendí.
Se hizo un breve silencio hasta que Alejandro habló entre murmullos.
—Desde que murió mi madre, mi padre solo accedía a tocar el piano en celebraciones especiales. Aunque veo que de noche también lo hacía, cuando nadie podía oírle, excepto tú.
—Lo siento, Alejandro. Tu padre me pidió que fuera nuestro secreto.
—¿Por qué?
—No lo sé. —Ivy se hundió en el asiento, apesadumbrada.
—Pero para Leo no es un secreto —le recriminó Alejandro.
—Todos lo sabemos —corrigió él—. Ivy solo toca cuando tú no estás en la casa. Y cuando mi madre decide dar uno de sus paseos. A ella no le parece bien. Dice que el piano es de tu padre y que nadie debería tocarlo excepto tú.
—¡Qué tontería!
Oír esas dos únicas palabras de Alejandro animó ligeramente a Ivy.
—Toqué por primera vez yo sola exactamente un año después de fallecer Monsieur Fernando. Toqué para él. Y pensé que nadie me oiría. Pero Berta estaba despierta y se puso a gritarme, despertando a todos. Así se enteraron. De otra forma, jamás hubiera faltado a mi palabra de mantenerlo en secreto.
A Alejandro no le bastaba con esas explicaciones.
—¿Y una vez que todos lo supieron, por qué no me lo contaste?
—Tenía miedo de que pensaras lo mismo que Berta. No quiero faltar al respeto a la memoria de Monsieur Fernando. Al contrario. Tocar me hace acordarme de él con cariño. Y desde que oí la canción que Madame Verónica tocó el día de tu cumpleaños, he estado deseando poder reproducirla. Es preciosa.
—Gracias, Ivy. Tú tienes mucho talento.
—Yo le dije que podía tocarla ahora. —Se culpó Leo—. Vi a mi madre salir hacia el río poco antes de veros a ambos alejaros por los jardines. No pensé que pudierais oír la música.
Leo sostuvo la mirada de Alejandro estoicamente.
—¿Estás enfadado conmigo, Alejandro?
Él miro esos ojos dorados que eran como dos soles. Verlos llenos de pesar le dolía en el alma.
—Claro que no, Ivy. Nunca podría enfadarme contigo. Pero… me duele que pensaras que no te dejaría tocar. Me hubiera gustado saber que tenías esa conexión tan especial con mi padre. De alguna manera, oírte tocar podría mantener vivo un trocito de él, porque él te enseñó cómo hacerlo.
—¿Entonces no te importa que toque? —El corazón de Ivy dio un brinquito.
—Al contrario. Quiero verte hacerlo ahora mismo.
Para asombro de todos, se levantó y se dirigió al piano con paso enérgico.
—Sí —corroboró Verónica, arrastrando a la joven hasta la banqueta—. Tienes que corregir esa nota malsonante de mi canción. No vuelvas a fallar, ¿eh?
La joven tomó posiciones, respiró profundamente y comenzó a tocar de nuevo.
—Gracias. —Le susurró Leo a Alejandro a la vez que le daba una fuerte palmada en la espalda—. Y perdona por el secreto.
—De vosotros, lo entiendo. —Alejandro también habló muy bajito—. Pero de mi padre, me sorprende. Podría habérmelo contado.
—A lo mejor pensó que te molestaría que enseñara a alguien del servicio en vez de a ti.
—Oh, no creo. Yo nunca quise un profesor de música, tenía otras inquietudes. Y él no podía enseñarme porque ni yo tenía su don ni él sabía solfeo. —Observó a Ivy con cariño—. Solo podía pasarle el testigo a alguien que tuviera su mismo talento.
—Me quedo hechizado cada vez que la veo ahí sentada —confesó Leo, con la mirada clavada en ella de nuevo.
—Te entiendo, hermano. No sabes cuánto.
Le devolvió la palmada y, como dos estatuas, de pie, delante de las dos mujeres que los tenían prendados, escucharon en silencio la melodía.
Tan absortos estaban que no vieron que Berta entraba por otra de las puertas y se quedaba a lo lejos mirándolos a todos, rechinando los dientes y clavándose las uñas en las manos por la fuerza con la que apretaba los puños.
Montada en cólera, volvió a toda prisa al lugar del que acababa de venir. Y esa noche, como tantas otras desde que había enviudado, la pasó allí.
El solfeo se sumó a las disciplinas que Verónica quiso enseñarle a Ivy. En consecuencia, ambas comenzaron a pasar juntas tantas horas que más que patrona y doncella o maestra y alumna, empezaron a convertirse en amigas. Aunque, en secreto, Ivy sentía que ella era la hermana que nunca tuvo y que siempre ansió. Alejandro y Leo eran algo mayores que ella cuando había llegado a la casa, además, varones, así que con ellos nunca había podido sentir esa relación fraternal que tanto deseaba. Después Alejandro empezó a faltar muchos meses seguidos y Leo dejó de ser su amigo para convertirse en algo distinto en su corazón.
En Margot había encontrado algo parecido a una abuela y en Melissa a una buena amiga, pues había llegado a la casa cuando ella ya tenía once años. Pero el lugar de su madre, a la que recordaba con nostalgia y cariño, nunca pudo ocuparlo nadie. Ni siquiera Berta, quien había ido a buscarla al morir su madre y quien había conseguido que la admitieran en la casa.
Al principio se había comportado con ella de manera más o menos cariñosa y delicada. Pero un día, de la forma más repentina y brusca, cuando solo tenía nueve años, todo cambió. Todo. Era como si de pronto hubiera empezado a odiarla, y eso se vio reflejado tanto en la manera de tratarla como en el volumen de trabajo que le asignaba. Pero era tal su agradecimiento hacia esa mujer que había soportado todos y cada uno de sus maltratos sin decir ni una palabra. Le consolaba saber que tenía al resto del servicio de su parte, incluso a su propio hijo. Aun así, no podía evitar preguntarse qué era lo que había hecho mal. Y a pesar de que se moría de ganas de preguntárselo directamente, le faltaba valor.
—Sigue con esa partitura hasta que yo vuelva —le indicó Verónica, haciéndola regresar de sus divagaciones. Era como si la música que estaba interpretando le hubiera traído aquellos duros recuerdos—. Voy a buscar una pluma para ir haciendo algunas anotaciones.
Verónica subió al despacho de Alejandro, donde esperaba que hubiera un tintero de más para poder dejarlo de forma permanente junto a piano.
Llamó a la puerta y entró antes de que él tuviera tiempo de decir nada.
—Solo vengo a pedirte prestada una pluma y… ¡Oh! —Exclamó al abrir del todo la puerta—. No esperaba que estuvieras acompañado.
El joven que estaba sentado de espaldas a ella, en un lateral de la mesa de Alejandro, se levantó como un resorte, echando la silla bruscamente hacia atrás. Ella miró su cara de niño y su pelo oscuro peinado con raya a un lado, tan pulcro como su pantalón y su chaleco gris a juego y su camisa blanca perfectamente planchada. En cambio, sus ojos negros parecían no ser capaces de estar fijos en un punto.
—Madame —dijo y la voz le salió como un graznido—. Es un honor conocerla.
—Verónica, este es Basile. Mi secretario. Acaba de venir de la fábrica de Bélgica.
—Hola Basile. —Se acercó y le ofreció la mano, que él tardó demasiado rato en aceptar—. Encantada de conocerte.
El joven parpadeó repetidas veces cuando ella le sonrió amablemente, y tardó aún más en soltarle la mano.
—Pensaba presentaros más tarde. Cuando ha llegado estabais enfrascadas en vuestro concierto y no quería interrumpiros.
—Sí. Ivy está aprendiendo muy rápido a interpretar las partituras — explicó más al secretario que a su marido—. Bueno, como todo lo demás.
Se cruzaron varias miradas pero nadie añadió nada, tan solo Verónica permaneció sonriendo a un mudo y paralizado Basile.
—Le he contado lo de tu escuela y cree que es admirable —añadió Alejandro.
—Sí, Madame. Eso creo.
—Yo también creo que lo que tú haces es admirable. —Verónica le tocó un hombro amistosamente—. Alejandro tiene muchos negocios, y en ti delega temas muy importantes. Gracias a ti, está más tiempo en casa.
Esta vez fueron ambos los que quedaron estupefactos ante el comentario.
—Alejandro, necesito pluma y tintero que no vayas a necesitar. Si eres tan amable —insistió, al ver que él no se movía.
—Claro. —Buscó en un cajón de su escritorio—. Toma.
—Gracias. Os dejo seguir con lo vuestro. Hasta pronto Basile —se despidió y le dedicó otra radiante sonrisa.
—Madame. —Hizo una reverencia.
Los dos la observaron mientras salía del despacho y se quedaron igual de sorprendidos cuando ella se despidió con la mano antes de cerrar la puerta.
—Parece que tiene un buen día —farfulló Alejandro, algo estupefacto por la amabilidad que había irradiado en todo momento—. Sigamos Basile. Basile —repitió al ver que él seguía de pie mirando hacia la puerta.
—Sí, Alejandro. —Carraspeó y se sentó rápidamente. De inmediato, sacó unos papeles de su maletín—. Los informes de materias primas. Aquí tenemos un problema.
Verónica caminaba por su dormitorio, asomándose a cada poco para comprobar si Alejandro salía del despacho. Había estado a punto de presentarse allí para llevarles ella misma la cena.
Por fin, oyó cerrarse una puerta a lo lejos y un intercambio rápido de palabras. Salió de su cuarto en cuanto identificó el sonido de pasos por las escaleras.
—Es media noche —le dijo a su marido justo antes de que entrara en su habitación.
—Lo sé. El presupuesto del departamento de compras de la fábrica de Bélgica se nos ha ido de las manos y hemos estado horas revisando números. —Se frotó la frente—. Mucho me temo que tendré que irme de viaje en breve. Basile no puede representarme en este asunto en concreto.
Incluso a lo lejos, ella pudo percibir que tenía aspecto cansado. Pero de pronto le dedicó una mirada llena de brillo.
—¿Sabes? Has dejado bastante impresionado a mi secretario.
—Yo le he visto más sorprendido que impresionado por el hecho de que haya montado una escuela aquí mismo, y en tan poco tiempo.
—Eso ha podido sorprenderle, sí. Pero la que le has impresionado eres tú, no tu escuela. Ha estado distraído el resto de la tarde. Y las dos veces que han llamado a la puerta para traernos comida o refrescos, él se ha levantado y se ha cuadrado como un soldado pensando que eras tú.
—Entonces es que le he asustado. No era mi intención. No sé qué habré dicho para que me tenga tal respeto. Quizás sea porque soy tu esposa y te respeta a ti.
—¿No entiendes nada, verdad? Lo has dejado fascinado. Como mujer. Es la primera vez que veo que le ocurre algo así. Agradecería que no le distrajeras más, tiene mucho trabajo que hacer.
Ella, completamente estupefacta, lo miró en la penumbra del pasillo.
—No me tomes el pelo.
—No lo hago.
El estómago le dio un ligero vuelco cuando él le tendió una mano, sin moverse de la puerta de su cuarto. Sin pensar, ella se dirigió hacia él y la aceptó. En cuanto se tocaron, él tiró de ella y la agarró por la cintura de forma posesiva, atrayéndola hasta él en un gesto que dejaba claro que era suya, y de nadie más. La forma en que la miró le dijo que estaba celoso. Y ella no pudo entender cómo había llegado a aquel estado, de la forma más absurda.
—Quizá deberías dejarle más tiempo libre, para que pudiera conocer a alguna mujer que le agrade. Es un joven muy apuesto, y si tú confías tanto en él, no dudo de que sea listo y eficiente en su trabajo.
—Si te oyera decir eso de él, podrías provocarle un ataque al corazón.
—Entonces procuraré no mencionarlo en su presencia.
—Gracias. No me gustaría tener que prescindir de sus servicios.
Pasaron unos segundos en los que, simplemente, se quedaron así, mirándose el uno al otro.
—¿Algo más?
—¿Tienes prisa por besarme?
—La verdad es que tengo sueño.
—Vaya. Yo pretendía hablar un rato más contigo para alargar el tiempo que te tengo así, abrazada, exactamente en esta postura.
—Alejandro… —protestó intentando dar un paso hacia atrás.
—Es para compensar el tiempo que esté de viaje y no pueda tocarte — alegó con voz melosa tirando de ella para que no se alejara—. Una larga semana.
—¿Tanto? —Le salió sin querer.
—Sí. El tema requiere mi presencia personal. En Lyon.
—¿El tema son las cifras que no cuadran en el departamento de compras? —se interesó ella.
—Exactamente. —Y se temía que tendría que renegociar el precio del mineral de hierro.
—Podría ayudarte —se ofreció, sin apenas pensarlo.
—¿Ayudarme? —Parecía confuso—. ¿A qué?
Aquello le dolió. Esperaba que la falta de perspicacia se debiera al cansancio.
—Soy buena con los números —aclaró.
—Ya tengo un contable.
Aquel descarado rechazo, tan inmediato, no solo le dolió sino que le puso en pie de guerra.
—Que mi padre no me dejara participar de sus negocios no significa que yo no hubiera sido capaz de colaborar. Aprendí mucho en nuestros viajes. Presencié tratos, y viví sus consecuencias. Podría decirte cuándo un hombre está mintiendo solo por la expresión de su rostro.
—¿De veras?
—Sí —aseguró ante su gesto de incredulidad.
—¿Crees que te miento ahora cuando te digo que no me parece apropiado que mi mujer se implique en mis negocios?
—Sí, mientes. —Según se lo decía, le apuntó con el dedo en el pecho.
—No, no lo hago. —Él imitó su gesto, pero lo hizo señalándole la punta de la nariz.
Se miraron en silencio, estudiándose el uno al otro.
—Valoras mi opinión —argumentó Verónica—. Me lo has dicho y me lo has demostrado en más de una ocasión. —Pensó en cuando habían organizado la fiesta, intercambiando ideas y decidiendo en común. En cómo habían levantado juntos la escuela. O en las noches que, sentados en el saloncito después de cenar, él le preguntaba por la lectura que ella tenía entre manos y se interesaba por sus impresiones al respecto, bien para contrastarlas con las suyas propias si él había leído ese libro o para plantearse leerlo si a ella le parecía interesante—. Eso es algo que mi padre jamás hizo.
Alejandro no podía negar eso. Pero sobre todo, valoraba que ella se hubiera dado cuenta. Y que eso que él hacía de forma natural, le agradara.
—Eso sí es cierto. Y del mismo modo que siempre soy sincero contigo, te repito que, aunque valore tu opinión, no considero apropiado que participes en mis negocios. Jamás hay mujeres presentes en ellos. Lo siento, no creo que mis socios lo vieran con buenos ojos.
—Está bien. Pero di que es por ellos, y no por ti.
Se soltó de él y se cruzó de brazos. La rabia de no haber nacido hombre se apoderó de ella al igual que el día que la última de las empresas de su padre fue embargada.
A Alejandro no le pasó desapercibido aquel dolor reflejado en su rostro. Y era algo que no se había esperado.
—¿Por qué este repentino interés en mis negocios?
—Tengo demasiado tiempo libre. No estoy acostumbrada.
—¿Ya te has aburrido de tu escuela?
Ella lo miró airada. ¿Es que había pensado que aquello no era nada más que un entretenimiento temporal para ella? ¿Cómo aquel estúpido comité para aquellas desocupadas damas de alta sociedad?
—¡Claro que no! ¿Por quién me has tomado? Pero solo tengo cuatro alumnos, cinco con Ivy. Ni siquiera preparando las clases a conciencia, ni sumando el tiempo que dedicamos ahora al solfeo, ocupo todas las horas de las que dispondría para…
De repente, algo hizo explosión en su mente. Algo fantástico.
—Mañana podemos salir a cabalgar si quieres —propuso Alejandro, consciente de que quizás la había desatendido pensando erróneamente que ella no lo necesitaba.
—¿Cuántas fincas hay por los alrededores, además de las ocho que tienes arrendadas?
—¿Quieres cabalgar hasta otras fincas?
Ella ignoró lo desencaminado que iba y comenzó a caminar en círculos.
—¿Cuántas, con servicio… o sin él, y que estén a una distancia prudencial, como para ir y volver en el mismo día?
—¿Andando o a caballo?
—Andando, andando. A no ser… —Se le iluminó el rostro—. ¡A no ser que pudiéramos conseguir un carro lo bastante grande, que hiciera un recorrido a primera hora de la mañana! Entonces podrían venir incluso desde la ciudad.
—¿Qué estás tramando, Verónica? —exigió saber antes de que siguiera divagando.
Ella lo miró con los ojos más brillantes que él había visto jamás.
—Hay sitio de sobra para más alumnos en mi escuela.
—¿Más?
—Unos… ¿veinte? —Calculó—. Claro, que harían falta más pupitres. Tal vez quitar definitivamente todos los bancos.
—Verónica. —La agarró de los brazos para ponerla frente a él, contra la puerta abierta de su cuarto—. Dime qué está pasando por esa cabecita tuya.
Ella le sonrió. Abrumada por su idea, se propuso convencerle.
—Quiero abrir las puertas de la escuela a todos los niños que lo necesiten.
—¿A todos? —Sus cejas se arquearon por la impresión.
—Bueno, a todos los de los alrededores. Hijos de los sirvientes de nuestros vecinos más cercanos. O de las familias que explotan las tierras que tú les has arrendado.
—Eso es muy complicado —resopló ante la idea.
—No, si tú me apoyas.
La miró receloso. Ya lo estaba liando otra vez.
—¿En qué podría ayudarte yo?
—En más de lo que imaginas. Por mucho que yo sea la maestra y tu esposa, la escuela está en tu casa, tú eres el hombre. —No pudo evitar carraspear al decir aquello. Le llenaba de rabia tener que admitirlo—. A mí apenas me conocen. Y soy extranjera. Tú eres Alejandro Zaldívar, confían en ti, te respetan. Aceptarán la idea de escolarizar a sus propios hijos o, en su caso, a los hijos de sus criados, si tú se lo planteas, cuando tú ya lo estás aceptando con tu propio servicio. Y si los patrones lo aceptan, convencerán al servicio.
Su mirada se perdió en la profundidad del pasillo y Verónica supuso que estaba digiriendo la propuesta que le acababa de presentar. Pero se equivocaba.
—¿Es esto un trato? —le preguntó apretándola aún más fuerte por los brazos.
—Yo… —No lo había pensado de ese modo. Grave error.
—Lo parece. Pero aún no me has dicho qué voy a obtener a cambio.
Ella no le había creído tan miserable.
—Esperaba que lo vieras de otro modo. Como una obra de caridad.
—Lo haría, en otras circunstancias. Pero quiero algo de ti, y esta es la única opción para lograrlo —confesó sin tapujos.
Ella se revolvió y consiguió que la soltara. Después dio un paso atrás, lo justo para quedar en el pasillo y no dentro de su dormitorio.
—¿Qué quieres esta vez, Alejandro?
—Te quiero en mi cama cada noche.
Verónica sintió como si se le parase el corazón en seco.
—Ya te dije que yo no me entregaría a…
—Quiero que duermas conmigo —la interrumpió—, nada más. Que no nos separe una pared.
Ella sabía de sobra que no era solo eso lo que él quería.
—Recuerdo lo que sucedió la última vez que solo íbamos a dormir juntos.
—Te doy mi palabra de que no haré nada que tú no me consientas.
Lo miró fijamente. Como siempre, parecía sincero y decidido.
—¿No me crees? Podría haber entrado en tu cuarto cualquier noche, y no lo he hecho.
Lo meditó unos instantes. Hacía semanas que no cerraba la puerta con llave.
—Pero tendrás que acompañarme a proponérselo a todos y cada uno de los vecinos. Tal vez poner un anuncio en la puerta de las iglesias, para lo que habría que hablar con los párrocos.
—Sí, sí. Colaboraré en lo que necesites. La idea me parece estupenda.
—¿En serio?
—Me sorprendes, ¿sabes? Todo esto que estás haciendo es admirable.
—Pero me pones un precio muy alto para poder llevarlo a cabo.
—No tanto. —Se encogió de hombros antes de abrazarla y llevarla de nuevo dentro de su habitación.
La apoyó contra la pared y ella tuvo que poner sus manos entre ambos cuerpos.
—¿Qué haces?
—¿Hoy no voy a tener beso de buenas noches? Un nuevo trato no cancela el anterior.
—Sí… claro. Pero hasta que tú no hayas cumplido tu parte del trato, seguiré durmiendo en mi cama. Quiero pensar cómo empezar con el proyecto, con quién deberíamos hablar primero, cómo aprovechar el espacio al máximo. Y si tú…
—Y si yo estoy durmiendo a tu lado no te dejaría pensar —terminó por ella—. Creía que mi presencia te inspiraba, en lugar de distraerte. Pero en cualquiera de los dos casos, es todo un halago, muchas gracias.
Él se lo decía todo, pensó cuando consiguió asimilar sus palabras. Cuando hizo una exagerada reverencia como de agradecimiento, a ella se le escapó una risita que trató de ahogar. Aunque fue él quien sintió que se ahogaba.
—Está muy bonita cuando sonríe, Madame Zaldívar.
Sus labios la besaron con delicadeza antes de que sus brazos la rodearan y la levantaran del suelo. Sin dejar de besarla, comenzó a caminar.
Ella no quiso interrumpir el beso para protestar, pues la obligaría a empezar de nuevo, así que esperó a estar en su cama para recordarle su decisión de esperar a que la promoción de la escuela estuviera concluida para cumplir su parte del nuevo acuerdo.
Permitió que la recostara lentamente sobre el lecho y, cuando la soltó, se descubrió a sí misma aferrándole por la nuca, con los dedos hundidos en su pelo. Él sonrió y la besó en la frente antes de ponerse en pie, en cuanto las manos de ella, que lo habían mantenido pegado a su boca con fuerza asombrosa, lo liberaron.
—Hasta mañana, Verónica.
La joven no pudo sentirse más estúpida al verlo salir por la puerta de su propio dormitorio, cerrándola tras de sí.
¿Cómo no se había dado cuenta de que habían recorrido el pasillo?
Se negó a formar parte de ese grupito de mujeres que, según él, decían que el tiempo se detenía cuando las besaba. Tampoco es que hubiera tanta distancia entre ambos cuartos.
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