Noches perdidas

Mina Vera · Capítulo 4 de 26

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Noches perdidas

Capítulo 1

 

Zaragoza, septiembre de 1872

Con un ágil salto, Alejandro Zaldívar se apeó del vagón en la Estación del Campo Sepulcro en cuanto la locomotora silbó, anunciando la llegada a su destino. Aunque el ejercicio regular lo mantenía en forma, todo su cuerpo se resintió tras otro largo viaje en tren. Por mucho que, tanto la construcción de la red ferroviaria de media Europa como la fabricación de las más modernas locomotoras, fueran dos de sus más importantes inversiones, debía reconocer que no era un transporte tan apetecible cuando lo que uno quería era disfrutar de su hogar después de tres meses de viaje. En cuanto hubo rehecho una de sus maletas, se puso en marcha otra vez. La carta que llevaba semanas en su escritorio así lo exigía.

Tenía algunos recuerdos imborrables de la ciudad de Zaragoza, como los incansables lugareños paseando por sus calles, la casi perfecta elipse que estas dibujaban, dando tan geométrica forma a la ciudad, rodeada por las torres, los edificios de los campos circundantes, cerca de los cuales se encontraba el palacete a donde él se dirigía. Hacía mucho tiempo, cuando era tan solo un niño, había pasado allí un verano inolvidable: el más divertido de su infancia.

Siempre lo había tenido todo —o casi todo—, pues no había llegado a conocer a su madre, y eso era algo por lo que habría cambiado todas sus posesiones. Tener el nivel económico que le generaban los fructíferos negocios de su padre, y la posición social que heredaba generación tras generación la familia de su madre, le había permitido pasar las vacaciones escolares en diferentes ciudades de Europa y Asia.

Pero ninguno había vuelto a ser como aquel verano que pasó jugando, entre campos y calles a medio adoquinar, con aquella niña de extraños ojos color violeta. En tan solo tres meses llegó a considerarla una amiga del alma. Y nunca había vuelto a tener una relación de amistad de tal magnitud con ninguna otra mujer, fuese niña o adulta.

Mientras se abría paso entre los viajeros, con un escaso equipaje de mano, recordó con nostalgia cómo su padre lo regañó hasta el mismísimo día de su muerte por no tomar a ninguna mujer en serio. Para él, todas eran un juego, un flirteo. Tal vez por ese motivo le hizo jurar, por su propia alma, que haría de Verónica su esposa si así se lo solicitaba Arturo, tal como habían pactado cuando ambos implicados aún eran solo unos críos. Y si ella estuviera casada cuando la muerte decidiera llevarse a su querido amigo, debía asegurarse de que su hija fuera feliz y de que nunca le faltara nada.

La carta de Arturo lo había tomado por sorpresa a su vuelta a Orleans, después de pasar en Italia un verano memorable junto a sus compañeros de Arte y Arquitectura de La Sorbona. Habían celebrado el final de sus estudios recorriendo el artístico país mediterráneo, y practicando lo que más les apasionaba: la pintura.

La misiva había llegado a su casa casi un mes antes que él. Tenía la esperanza de encontrar aún con vida a Arturo para que, si realmente estaba tan enfermo que no hubiera ya nada que pudiera hacerse por él, muriera en paz sabiendo que, efectivamente, Alejandro iba a cumplir su promesa. Se lo debía a Fernando, su padre, y a sí mismo. Era un hombre de palabra como él y, estuviera donde estuviera el alma de su progenitor, se lo iba a demostrar.

Después de todo, si había podido congeniar con Verónica siendo niños, no podía ser tan terrible ser esposos, aunque fuera de forma convenida y sin amor. Esperaba que la amistad resurgiera y que, por lo menos, pudieran llevarse bien.

Realmente dudaba de que Verónica se acordara de él; solo tenía siete años cuando se conocieron. Él tenía once, y aún recordaba aquel verano con cariño, aunque muchos detalles empezaban a perderse en los rincones de su mente. A pesar de todo, esperaba que algo de aquellos meses perdurara en los recuerdos de la joven, para que su repentina boda no le causara un impacto aún más grande que la muerte de la única persona que le quedaba en el mundo.

Cuando hizo aquella promesa, junto al lecho de su padre, no creyó que aquel pacto fuera tan serio; y hasta la llegada de la carta de Arturo, había dudado de que algún día llegara a verse obligado a cumplir aquella promesa.

Pero ya estaba allí y no había vuelta atrás.

Ya en el Paseo de la Independencia, del cual no habría recordado el nombre si no hubiera sido porque ahora todas las calles se encontraban rotuladas en negro sobre una baldosa blanca, se preguntó cuántas cosas de la ciudad habían cambiado, y si sería capaz de percibir dichos cambios.

Por lo pronto, no podía recordar si aquellas farolas de reverbero, instaladas a lo largo del Paseo, habían estado hacía catorce años o no. Y ese pensamiento lo llevó a otro que lo inquietó ligeramente. Se preguntó si reconocería a Verónica cuando la viera. La recordaba como una niña preciosa y adorable, y según aseguraba Arturo en su carta, su belleza había cautivado a muchos hombres. Aunque también mencionaba que el carácter de su hija había empeorado a raíz de su enfermedad. Eso era comprensible, pensó Alejandro. Él también había sufrido mucho, y se había enfadado con el mundo, tras la muerte de su propio padre hacía ya ocho años.

Pero era, sobre todo, una de las frases de la carta que había leído innumerables veces a lo largo del viaje la que le rondaba por la cabeza y le preocupaba sobremanera. Según palabras textuales de Arturo: ella se había encargado de desinteresar a sus pretendientes. ¿Cómo lo había hecho? Sí recordaba la increíble imaginación de Verónica en los juegos que habían compartido de niños, pero no podía adivinar de qué artimañas se había servido para alejar a tantos hombres. Tampoco entendía por qué había desconfiado de todos. Alguno de ellos debía de tener buenas intenciones.

El rechazo era una posibilidad que no había contemplado. Aunque solo fuera por no quedar desamparada y en la calle, Verónica debería aceptarlo. No dejar morir a su padre con remordimientos sería, en todo caso, lo que la llevaría a decir «sí quiero» ante el sacerdote, e irse a vivir a Orleans con él. Mirase por donde mirase la situación, se aseguró Alejandro a sí mismo, él era su único recurso.

En cuanto acabó de dar clase de Aritmética a los alumnos de tercer curso, Verónica Aranda recogió sus escasas pertenencias y se dirigió, a toda velocidad, al centro de la ciudad. El boticario le había advertido que tan solo lo encontraría hasta mediodía en su laboratorio, pues estaría todo el fin de semana de viaje. Ella no podía esperar hasta el lunes para conseguir las medicinas de su padre. Estaba en la agonía de su enfermedad, y los dolores eran cada vez más intensos. Si se daba prisa, aún encontraría al Licenciado Bermejo allí, y podría conseguir los calmantes.

Llevaba saltándose el almuerzo varios días, lo que sumado a la paga semanal, sería suficiente para las dosis de siete días, y aún le sobraría para comprar algo de pan, fruta y leche. La carne y el pescado eran lujos que solo se podían permitir un par de veces a la semana, con suerte.

Le dolía el alma cada vez que pensaba en el momento de la inminente muerte de su padre. Desde hacía tres años, convivía con el terrible cargo de conciencia de no haber nacido varón para que él hubiera aceptado enseñarle a manejar sus negocios, y así salvar su fortuna. En lugar de ello, había forjado su formación académica en caros colegios en el extranjero, logrando el grado de bachiller que en España no podría haber alcanzado.

A Verónica siempre la había indignado que, en su país, la educación de la mujer se limitara a lo más básico para ejercer correctamente el papel que la sociedad, y sobre todo la Iglesia, quería darle: ser buena madre y buena esposa. En cambio, durante las lujosas vacaciones que había disfrutado en sus veranos de adolescencia, con la familia de su amiga Úrsula, había visto mujeres trabajando como doctoras, entre otras profesiones que en su país no parecía posible que una mujer desempeñara.

Algún día —se dijo por aquel entonces— iré a la universidad y le demostraré a este mundo de hombres que las mujeres somos perfectamente capaces de ejercer cualquier profesión, tan bien o incluso mejor que ellos.

Con aquel objetivo obcecándola, había estudiado con ahínco y había estado abierta a todo lo que pudiera aprender en sus viajes, permaneciendo alejada inconscientemente de los problemas de salud y dinero de su padre. Tanto, que lo había ignorado por completo hasta que los embargos estallaron en sus narices, y la continuidad de sus estudios se convirtió en una quimera, viéndose sustituida por una profesión escasamente remunerada que apenas les daba para subsistir, si bien ella disfrutaba del trabajo de maestra como jamás llegó a imaginar.

El único consuelo que había encontrado en su día a día, eran los adorables niños a los que instruía y quienes, a su vez, le aportaban el cariño que ni siquiera su padre podía darle ya, debido a su precario estado de salud.

A ella no le importaba vivir humildemente, solo anhelaba reunir la cantidad suficiente para comprar un ataúd y colocarlo junto al nicho de su madre, en lugar de tener que abrir el de ella para depositar el cuerpo sin vida de su esposo. Solo de pensarlo se le revolvían las entrañas.

Otra culpa más rondaba su ya torturada mente al recordar la cantidad de hombres interesados en casarse con ella que había tenido que rechazar. Verónica habría aceptado a cualquiera de ellos, si eso hubiera salvado la vida de su padre. Pero solo eran lobos con piel de cordero que aún veían en las empresas Aranda una buena inversión. Casándose con la heredera, y pagando unas cuantas deudas, levantarían en pocos meses el negocio en crisis.

Sin embargo la avaricia encubierta con la excusa de que habían sido cautivados por su belleza, pronto salió a la luz. Cuando las empresas fueron embargadas, se acabaron las ofertas de matrimonio. Todas, menos una: la que Verónica trataba de olvidar por encima de las demás.

La certeza del carácter interesado de aquellas proposiciones era lo único que amortiguaba ligeramente la culpa que sentía al ver agonizar a su padre. En el fondo, había hecho bien en mostrarse arisca e insoportable con todos ellos, a pesar de los sermones de su padre. «Así no se comporta una señorita…», eran las primeras palabras antes del rapapolvo por haber espantado a un pretendiente más con sus gritos, o lanzándole algún que otro jarrón. La excusa más habitual que le daban a Arturo, para retractarse de su oferta matrimonial, era que estaba loca y lo más conveniente era encerrarla en un centro mental… Pobres patanes, se dijo para sí, y empujó con escasa fuerza la puerta de la botica.

Eran ya las dos de la tarde cuando Alejandro montó en el carruaje, hacia la mansión de los Aranda. Bruno, el primer cochero que encontró tras recorrer varias manzanas, no tuvo ningún problema en reconocer el apellido, y le aseguró que estarían allí en menos de veinte minutos.

Durante el camino, Alejandro recordó la cara de asombro del joven cuando le indicó a dónde se dirigía. Bruno lo había mirado de arriba abajo antes de aceptar llevarlo hasta allí. Su aspecto o vestimenta podían resultar extraños, o tal vez fuera su forma de hablar, pensó. Su padre le había enseñado desde niño su idioma natal, aunque quizá su acento francés fuera más marcado de lo que pensaba.

Estaba concentrado en el paisaje que se divisaba por la ventanilla izquierda, pensando en su siguiente lienzo, cuando notó cómo el carruaje viraba bruscamente hacia aquel lado pero, aun así, algo chocaba contra el lateral derecho de la cabina. Se detuvieron en seco, y Alejandro se asomó por la derecha para ver el origen del impacto.

Cuando vio a una joven, tirada en la cuneta, salió como alma que lleva el diablo a comprobar su estado. No parecía que la hubieran atropellado, más bien había sido un choque lateral que la lanzó a un lado del camino. El cochero también se acercó y, en cuanto giraron el cuerpo yaciente de forma que pudieran verle el rostro, Bruno cayó sentado sobre el suelo, balbuceando:

—Es… es… ella.

Alejandro no entendía a quién se refería, así que lo ignoró e intentó despertar a la muchacha.

—Despierte, Mademoiselle —le dijo repetidamente mientras le daba palmaditas en ambos carrillos. Pero la joven no abría los ojos, así que decidió cogerla en brazos y llevarla al carruaje para dirigirse urgentemente al centro de la ciudad.

—Bruno, coge los paquetes que llevaba y mételo todo en el carruaje. Vamos a buscar a un médico —le indicó mientras cargaba con la joven hasta el coche.

—Como ordene, señor. Pero está casi todo echado a perder. Parecen medicinas, y los frascos están rotos. —El hombre recogió unas frutas y varios frascos, cuyo líquido no se había derramado, y los depositó en el asiento—. De todos modos, casi hemos llegado a su casa, y tal vez fuera mejor acostarla allí e ir después en busca de un médico.

—¿Cómo que a su casa?

—A casa de los Aranda. ¿Acaso no conoce a la hija de Arturo Aranda? Es allí adonde quería ir, ¿o no? —Al ver que no le respondía, cerró la puerta y se puso en marcha rumbo a las afueras—. A su casa, entonces —dijo para sí mismo.

Alejandro se quedó helado. No podía creer que hubieran ido a chocar, precisamente, contra su futura esposa. No podía haber empezado con peor pie su relación. Eso, siempre y cuando Verónica despertara. Su padre debía de estar revolviéndose en su tumba.

Miró a la joven que yacía inconsciente entre sus brazos. Parecía que aún respiraba. Estaba extremadamente delgada y pálida. No tenía nada que ver con aquella niña rellenita, de carrillos sonrosados, que él recordaba. Tan solo sus cabellos dorados, ahora alborotados y manchados de tierra por la caída, podían hacerla parecerse, en algo, a la Verónica de sus recuerdos.

—¿Dónde estoy? —murmuró desde su regazo, abriendo lentamente sus inconfundibles ojos color violeta. Era ella, sin duda.

—Mademoiselle, ha sido un accidente: hemos chocado contra usted en el camino. No se preocupe, estamos muy cerca de su casa, y en cuanto la haya acostado buscaré a un médico.

—¿Quién es usted? ¿Cómo sabe dónde vivo? ¡Suélteme! —Se zafó de su abrazo y se sentó frente a él, mirándolo con miedo en los ojos: un miedo que se convirtió en odio cuando vio las pocas frutas y un par de frascos que habían salido vivos del accidente.

—¿Dónde está el resto de mis cosas? —gritó enfurecida, haciendo recuento de los pequeños botecitos de cristal.

—Se han roto con el golpe, esto es todo lo que hemos podido recuperar.

—¡No! ¡Es la medicina de mi padre! Tengo que ir a buscarla. —Abrió la puerta e intentó saltar del carruaje en marcha. Alejandro tuvo que agarrarla con todas sus fuerzas para volver a meterla dentro y conseguir calmarla. Estaba como loca.

—No se preocupe, yo le repondré todo lo que falte. Es más, la recompensaré con el doble de lo que le hemos roto. Ahora tiene que calmarse y recuperarse del golpe. ¿Cómo se encuentra?

—No, eso no importa. Usted no lo entiende. Solo con esto, mi padre no llegará al lunes, y no habrá más medicinas hasta entonces. ¡Tengo que recuperarlas!

Intentó soltarse, pero estaba demasiado débil para luchar contra él, quien intentó tranquilizarla y comprobar los daños que había sufrido.

—Está bien, yo mismo iré al lugar del accidente y cogeré cada uno de los frascos que encuentre. Aun así, conseguiré más medicinas antes del lunes, le doy mi palabra. —La muchacha lo miró, desconfiada, con los ojos entrecerrados y cara de sospecha—. Déjeme ver la gravedad de sus heridas, para poder informar al médico cuando vaya a buscarlo.

—No se moleste. Estoy perfectamente, solo algo mareada. En cuanto me deje en mi casa, vaya a por las medicinas que ha abandonado en el camino. Después de traérmelas puede marcharse, no necesito ningún médico, ni nada más de usted.

Alejandro quedó sorprendido por la frialdad de sus palabras, y el orgullo con que rechazaba cualquier clase de ayuda por su parte, más allá de lo que consideraba que estaba obligado a devolverle. Si no fuera por aquellos inconfundibles ojos, habría jurado que se trataba de la hija de otro Arturo Aranda, distinto al que fuera amigo de su padre.

—Ya hemos llegado —gritó el cochero al mismo tiempo que se detenían.

—Vaya a por mis medicinas, antes de que las destrocen las ruedas de otros carruajes —ordenó la muchacha, recogiendo en su falda sus pertenencias. Bajó del coche y dio un portazo antes de que él pudiera salir detrás de ella.

—Espere, Mademoiselle, tengo que hablar con usted sobre… —No pudo terminar la frase. El cochero había emprendido de nuevo la marcha, en respuesta a las acusaciones de Verónica.

—¿A qué esperas, Bruno? ¿No has tenido suficiente con atropellarme, que también pretendes dejar morir a mi padre? ¡En marcha!

 

Cuando por fin oyó abrirse la puerta, Arturo pudo respirar tranquilo. Verónica nunca se ausentaba de su lado más de lo estrictamente necesario para trabajar y comprar comida y medicinas. Él había gastado sus últimas fuerzas, llamándola a gritos, en el instante en que sintió una punzada en el pecho: algo que lo advertía de que algo malo había ocurrido.

—¡Padre! —exclamó ella al verlo incorporado en la cama, y más pálido aún de lo que lo había dejado esa misma mañana—. Túmbese, no debe hacer esfuerzos —le instó mientras ahuecaba las almohadas y lo obligaba a apoyarse en ellas.

—¡Estás aquí! Hija mía, estaba tan preocupado.

La furia superó al miedo solo de pensar que su padre hubiese empeorado por preocuparse por ella. ¡Maldito hombre, entrometido y patoso! Si no hubiera sido por él, y él aún más torpe de Bruno, su padre no estaría así.

—¿Por qué has tardado tanto? ¿Y por qué llevas el pelo alborotado y lleno de…? —La tos cortó sus débiles palabras.

—Padre, no se preocupe, estoy bien. Tenga, beba un poco de agua.

El hombre dio un sorbo y se atragantó. Tras unos segundos tosiendo, que fueron eternos para ella, se recostó y cerró los ojos, tratando de acompasar el ritmo de la respiración.

—Descanse, padre, que yo me quedo aquí, a su lado.

Verónica acercó la silla en la que tantas noches había dormido, aquellas noches en que su padre respiraba tan ruidosamente que ella era capaz de oírlo desde su cuarto, y prefería quedarse a su lado, velándolo, por si alguno de esos silbidos acababa siendo su último suspiro.

Permaneció sentada, en silencio, sosteniéndole la mano, rezando a su madre para que velara por él en los momentos en que ella no podía acompañarlo.

Cuando Arturo no se movió, tras dos golpes secos de la aldaba, Verónica confirmó que se había dormido. Se levantó de su silla y corrió hacia la puerta, tras la cual ya sabía a quién iba a encontrar. Lo que no esperaba era encontrarlo con una maleta en la mano. Y sin un carruaje a sus espaldas.

—¿Dónde está Bruno?

—Le he encargado que vaya a hacer algunas compras, a otra ciudad si es necesario. Ya le dije antes que pensaba recompensarla por los daños y las pérdidas que se han derivado de este desafortunado accidente. Vuelvo a pedirle mis más sinceras disculpas.

Alejandro le tendió un pañuelo con unos pocos frascos que solo habían sufrido rasgaduras y aún conservaban el líquido intacto. Lo único que había podido recuperar en el camino.

—Muy bien —aceptó Verónica, al ver que iba a necesitar las medicinas que trajera Bruno—. Acepto sus disculpas y su compensación. Ahora ya puede marcharse por donde ha venido.

Antes de que pudiera cerrar la puerta, Alejandro adelantó un pie, deteniendo su movimiento.

—La verdad es que, incidente aparte, es aquí adonde me dirigía.

Verónica volvió a mirar su maleta. ¿Equipaje para pocos días… o artículos de venta? No, ese hombre no tenía aspecto de viajante, por mucho que percibiera en su voz un ligero acento francés. Vestía con ropas excesivamente caras: levita de terciopelo y chaleco de color burdeos, camisa y pantalones tan blancos como el algodón puro, junto con unos zapatos que relucían en un negro brillante. Además, tenía un porte demasiado elegante como para dedicarse a ese trabajo. Llevaba un corte de pelo pulcro, de raya a un lado, a pesar de los mechones castaños despeinados por el viento. Sus ojos color miel parecían acompañar a los labios al sonreír, lo que lo dotaba de un aura de confianza en sí mismo que invitaba a los demás a hacerlo igualmente.

Aquello llevó a Verónica a cargarse de precaución. Después de estudiar las expresiones de muchos hombres que habían pasado por allí, que alguien se mostrara tan natural y sin artificios era de lo más sospechoso. Se temía que si ese hombre mintiera, no podría verlo en su cara.

Ante el evidente escrutinio de su persona, Alejandro decidió darle explicaciones:

—Estoy aquí porque así lo solicitó su padre, Mademoiselle.

Verónica observó, curiosa, el sobre que aquel hombre le extendía. Sin duda, aquella era la letra de su padre. El remite rezaba la dirección de su casa. Y el destinatario era Alejandro Zaldívar, en la ciudad de Orleans. La conclusión saltó en su mente como una chispa.

—Mi padre acudió hace algunos años al funeral de un amigo, en Orleans. Yo me quedé en casa de mi ya difunta tía esos días. Es usted su hijo, ¿verdad? El hijo de Fernando Zaldívar.

—Eso es. Me alegra que me recuerde.

—¿Recordarlo? No. —Verónica le devolvió el sobre, restándole importancia—. Simplemente es una deducción.

—Vaya, por un momento pensé que me recordaba de aquel verano que pasé aquí, jugando con usted cuando solo éramos unos críos. —Alejandro guardó la carta en el bolsillo interior de su levita—. ¿Me permite? Aquí, en la puerta, me siento como un vendedor ambulante.

Verónica, algo desconcertada, dio un paso atrás y le permitió a aquel hombre entrar en su casa. Cuando cerró la puerta se preguntó si no habría cometido el peor error de su vida.

—Verónica, ¿dónde estás? —El sonido de la puerta, al cerrarse, debió de despertar a Arturo porque su débil voz se dejó oír a lo lejos, justo cuando ya Alejandro iba a preguntar por él.

—Aquí, padre —gritó ella, bien alto—. Ya voy.

La joven tomó la maleta que Alejandro aún sostenía, y la dejó sobre una mesita vacía excepto por un pequeño jarrón con un ramo de flores silvestres, que era el único adorno presente en todo el recibidor. Después, emprendió la marcha hacia el dormitorio de su padre; pero antes le dirigió una rápida mirada a Alejandro, quien interpretó que quería que la siguiera.

Recorrieron un estrecho y escasamente iluminado pasillo, que separaba varias estancias en la planta baja del edificio, el cual, según recordaba Alejandro, tanto por fuera como por dentro, había pasado tiempos mejores. Y si no hubiera sido porque la voz de Arturo provenía de aquella zona, habría jurado que Verónica no lo llevaba al cuarto de su padre. Según recordaba, los dormitorios del señor y la señorita de la casa estaban arriba, incluso los de los invitados. En la planta baja solo se encontraban las cocinas y los cuartos de los sirvientes. Al parecer, las finanzas de Arturo estaban aún peor de lo que había sospechado.

Antes de entrar en el dormitorio, Verónica se detuvo y frenó el paso de Alejandro, posando la palma de su mano contra su pecho con más fuerza de la que él hubiera esperado en una joven de su delgadez. Después, alzando lentamente la cabeza que había mantenido gacha durante el escaso trayecto, lo miró a los ojos en la penumbra del pasillo.

—Espere un momento aquí, por favor. Mi padre está bastante delicado de salud, y cualquier emoción lo sobresalta. Recuerdo que, para él, la muerte de su padre fue un golpe muy duro; verlo a usted, probablemente lo altere aunque su presencia le resulte grata. Últimamente tiene delirios. Llama a mi madre en sueños, e incluso a veces me confunde con ella.

—Esperaré aquí hasta que me indique que puedo pasar, Mademoiselle —aseguró Alejandro, al notar que a la joven se le hacía un nudo en la garganta. Se mantuvo quieto y en silencio, atento a las palabras que oía en el interior de la estancia.

—Padre, estoy aquí.

—Hija, hija, ven a mi lado. He tenido otra de mis pesadillas.

Verónica se acercó a él y lo besó en la frente perlada de sudor. Aquellas pesadillas recurrentes mortificaban a su moribundo padre. Ella no podía dejar de sentirse culpable por ello.

—Son solo delirios, producto de la fiebre, padre. No me va a suceder nada, nadie va a entrar a hurtadillas en plena noche y me va a arrancar de su lado. Sabe que cierro cada ventana y cada puerta antes de acostarme. Estoy a salvo y, además, sé defenderme perfectamente sola.

—No, hija. No era esa pesadilla esta vez. He soñado que él no llegaba a tiempo.

—¿Quién, padre?

No pudo responder, pues la tos se abrió paso por su garganta. Acompañada de sangre.

Verónica contuvo el llanto, mordiéndose el labio, y le apretó la mano hasta que dejó de toser. Preparó una de sus inyecciones y, tras administrársela, le ofreció un poco de agua. Cuando estuvo recostado sobre las almohadas, su hija se sentó en un lateral de la cama y le habló, suave y lento, mientras le peinaba un mechón de su pelo prematuramente cano y le abrochaba el botón más alto del camisón que se había convertido en su prenda de diario.

—Padre, ¿ha escrito una carta recientemente?

Arturo abrió los ojos y apretó con fuerza la mano que su hija le sostenía.

—Sí. La hice mandar con el Padre Gregorio un día que vino a visitarme.

—¿Por qué? ¿Por qué no me la entregó a mí para que la enviara yo?

Arturo decidió decirle la verdad, solo a medias.

—Porque acababa de terminarla y, precisamente, ese día él vino a visitarme. Me preguntó si podía hacer algo más por mí, así que aproveché su ofrecimiento. Además, si la enviaba él, tú no tendrías que gastar un solo céntimo en el envío.

—Entiendo —murmuró Verónica, entristecida.

—Pero ¿por qué me preguntas eso? —¿Acaso había recibido una respuesta a esa carta? ¿Una respuesta negativa o… habían devuelto la carta sin abrir? Arturo temió que la peor de sus pesadillas se hiciera realidad.

—Porque hay un caballero esperando para verlo. El hombre al que usted dirigió esa carta.

—¿El hijo de Fernando? —Se incorporó en la cama de golpe, con fuerzas que Verónica no supo de dónde había sacado—. ¿Está aquí?

—Sí, padre. Está en el pasillo. ¿Quiere que lo haga pasar?

—Por supuesto, hija, hazlo pasar. Y ofrécele un asiento en condiciones. ¡Gracias a Dios! ¡Gracias al cielo!

Verónica se dirigió a la puerta. Le resultó extraño aunque agradeció que, siendo testigo de la conversación, aquel caballero hubiera esperado a que ella le diera permiso para pasar.

—Adelante, señor Zaldívar. Mi padre quiere verlo.

Siguiendo las instrucciones que su padre le había indicado, Verónica fue a una habitación contigua y llevó una silla para la honorable visita. Una silla mejor que la que utilizaba para sentarse junto a él. Una de las que tenía previsto vender, en un par de semanas, a un anticuario que cada tres meses se dejaba caer por su casa, tal como habían acordado desde su primer contacto hacía ya dos años.

Pero cuando llegó con el mueble, la visita estaba sentada al borde de la cama y sostenía las manos de su padre, cuyos ojos lloraban mientras sus labios sonreían.

—Ya te parecías a Fernando la última vez que te vi. Pero ahora eres su vivo retrato.

—Eso me dice todo el mundo. Es un honor para mí —le oyó responder con tono amable.

—De niño, te parecías más a tu madre. Ahora solo la veo en tus ojos.

Alejandro se limitó a sonreír. Que las personas que habían conocido a su madre la vieran en él siempre lo había hecho feliz. Se había mirado cientos de veces en el espejo, tratando de imaginar a su madre sonriéndole, pues la sonrisa era el rasgo más parecido que ambos compartían, según aquellas personas. Pero ahora que su rostro había dejado de ser el de un jovencito, y había comenzado a marcarse como el de un hombre adulto, él mismo se veía muy parecido a su padre. Si bien su carácter siempre sería el de ella, tal como Fernando le había dicho cuando le daba las buenas noches de niño: «Eres un alma soñadora y libre, Alejandro. Heredaste eso de tu madre. Nunca lo pierdas».

—Pensé que no vendrías. Pero estás aquí —continuó Arturo—. Hace casi dos meses que te escribí. Al no tener noticias tuyas, pensé que no te vería nunca más.

—He pasado todo el verano en Italia. Vine en cuanto llegué a casa y leí su carta. Me alegra saber que he llegado a tiempo.

«¿A tiempo de qué?», se preguntó Verónica. Pero ya imaginaba la respuesta: A tiempo de verlo por última vez antes de morir. En esa misteriosa carta debió de pedirle que lo visitara en sus últimos días. Sabía que no le quedaba mucho tiempo. Ambos lo sabían desde hacía meses. Los calmantes solo hacían menos dolorosa la cuenta atrás.

—Sí, hijo mío, justo a tiempo. ¿Puedo contar con que cumplirás tu palabra?

—Desde luego —aseguró él antes de mirar hacia atrás, consciente de la presencia de Verónica—. Tal vez debería dejarlos solos para que puedan hablar. Es evidente que su hija no sabe nada al respecto.

—No. Esperaba a que llegaras, hijo.

—Que no sé nada ¿sobre qué? —Verónica salió de detrás de la alta silla de roble y cuero que había arrastrado hasta la habitación—. ¿Hay algo más que no me haya contado, padre?

—Mi niña también se parece cada vez más a mi Isabel —comentó Arturo en un susurro—. Ven aquí, Verónica —solicitó, golpeando con una mano el otro lado de la cama para que ella se sentara tal como estaba sentado Alejandro—. Y tú, Alejandro, no te vayas.

Con paso lento, y mirando suspicazmente al hombre que, intuía, iba a poner patas arriba su vida, Verónica se apoyó en el lateral del colchón y tomó la mano de su padre entre las suyas.

—La madre de Alejandro murió al dar a luz a su único hijo, al igual que tu madre murió al nacer tú —comenzó a contar, mirando a su hija—. Fernando y yo éramos amigos desde niños, realmente como hermanos; lo habíamos compartido todo en esos años de juventud, hasta que ambos encontramos a la mujer de nuestra vida. Por desgracia, también compartimos el dolor de la pérdida; un dolor que ensombreció la alegría de recibir a un hijo en nuestros brazos. En el funeral de tu madre, al cual Fernando vino con un Alejandro de solo cuatro años, nos hicimos una promesa. Él, contigo de la mano —explicó mirando a Alejandro—, y yo, contigo en brazos —añadió volviendo la mirada hacia su hija, quien lo escuchaba en silencio—, juramos ante la tumba de Isabel que, si a nuestra muerte, vosotros dos no habíais encontrado aún la persona con la que compartir vuestra vida, ambos cuidaríais el uno del otro.

A Verónica solo le hizo falta un segundo para comprender. Retiró la mano de golpe, y se alejó un par de pasos de la cama de su padre.

—Padre, ya hemos tenido esta conversación cientos de veces. No me casaré con ningún hombre de esa forma.

—Esto no tiene nada que ver con ninguna de nuestras conversaciones sobre nuestra ruina financiera, Verónica —aclaró con tono severo—. Estoy hablando de una promesa incorruptible.

—¡No puede obligar a dos personas a casarse por una promesa que hizo usted! —le recriminó ella, intransigente.

—Yo también hice esa promesa —intervino Alejandro—. Mi padre me confesó, en su lecho de muerte, lo que el suyo acaba de explicarle ahora mismo. Era su última voluntad, y yo acepté cumplirla si este día llegaba. Si usted estuviera casada, yo sería una especie de familiar lejano que, de vez en cuando, la visitaría para comprobar que estuviera bien y fuera feliz. Pero si seguía soltera, y yo también, debía desposarla y cuidar de usted cada día. Y yo siempre cumplo mis promesas —añadió con aquella seguridad en sí mismo que comenzaba a irritar a Verónica a pasos agigantados.

—Ya, bueno. —Carraspeó—. Pero debe tener algo en cuenta, Monsieur: para que haya una boda, debe haber una mujer que diga «sí quiero». Y yo no voy a decirlo. Jamás.

—Verónica, es mi última voluntad —recalcó su padre.

Verónica tragó saliva marcadamente. ¿Cómo podía usar eso en su contra? Él sabía perfectamente el cargo de conciencia que le suponía verlo morir sin poder hacer nada por él. Le clavó una mirada llena de reprobación.

—Entonces elija otra porque eso, padre, eso es lo único que no obtendrá de mí.

Arturo respiró todo lo profundamente que sus casi inservibles pulmones le permitían, y se incorporó un poco más en la cama, apoyándose en la mano de Alejandro.

—Es lo único que me queda para darte, hija. No tengo otra forma de asegurar tu futuro.

—Mi futuro está aquí, con mis alumnos, en esta casa… Aunque cualquier día usted ya no esté —replicó ella con amargura.

—No, Verónica. Cuando muera, esta casa pasará a mis acreedores. Te quedarás en la calle. Y aunque no fuera así, no podría morir en paz sabiendo que te he dejado aquí sola. Mi alma no descansaría jamás.

La joven dio un par de vueltas por la habitación. Resopló, se peinó los rizos que estaban llenos de tierra del camino, pero volvió a replicar, sin mirar ni una sola vez a Alejandro.

—No intente convencerme con esos argumentos, padre. Es injusto.

—Esta vida es injusta en muchos aspectos. Pero un hombre debería poder morir, sabiendo que lo que más ama estará seguro cuando él ya no esté. Y no me queda mucho tiempo, hija. Las fuerzas me abandonan. Concédeme la tranquilidad de saber que alguien, en quien tengo tanta fe como para confiarle mi tesoro más preciado, va a cuidar de ti.

—Padre…

Ambos hombres sabían que los ojos de la joven habían estado a punto de llorar antes de que se diera la vuelta y saliera corriendo.

—Es una buena señal —murmuró Arturo, desplomándose en la cama.

Alejandro fue consciente del gran esfuerzo que había hecho el hombre para mantenerse erguido y dirigirse a su hija con voz firme. Tal vez demasiado esfuerzo.

—Que se vaya casi llorando ¿es una buena señal? —Alejandro parpadeó, escéptico.

—Que deje de discutir sin haber conseguido convencerme es la única forma en que Verónica admite que no se ha salido con la suya. Además, no ha lanzado nada por los aires. Acatará mi última voluntad. Estoy seguro.

—Tal vez necesite algo de tiempo para hacerse a la idea —murmuró Alejandro, asimilando las palabras de Arturo—. Ni siquiera se acuerda de mí. Entiendo que se muestre reacia.

—Me temo que el tiempo es algo de lo que no disponemos, Alejandro. —Arturo volvió a tomarlo de la mano y lo miró a los ojos como solo un padre puede hacerlo—. Debes encontrar al Padre Gregorio y decirle que se prepare para oficiar la ceremonia cuanto antes. Él sabrá cómo encontrar a Úrsula, la mejor amiga de mi hija. Ella y yo haremos de testigos.

—Un cochero, llamado Bruno, vendrá en cualquier momento con algunos alimentos y medicinas —le comunicó el joven—. Él podrá ayudarme a encontrar al sacerdote.

—Seguro. Bruno es un muchacho al que conocemos desde niño. Nos ayudará —confirmó el hombre, suspirando cada vez más profundamente, como si hubiera estado corriendo—. Ahora ve con ella. Debéis conoceros un poco antes de casaros, intentad ser amigos.

—No sé yo si es el mejor momento para que hable con ella —opinó Alejandro, mirando hacia la puerta por donde había visto salir huyendo a su futura esposa.

—No tenemos otro momento, hijo. Quiero estar presente en vuestra boda. Por favor. —Alejandro vio la cara demacrada de un hombre al que había recordado bien parecido y fuerte. La enfermedad se lo estaba comiendo por dentro. Tal vez no le quedaran más que unas horas—. Además, si no te enfrentas a esta situación como es debido y como sé que eres capaz de hacer: como todo un hombre, mi hija no te respetará.

—Haré lo que pueda —cedió finalmente, diciéndose a sí mismo que había tratado con todo tipo de mujeres y esta no podría suponer mayor reto para él. Cuando Alejandro Zaldívar mostraba todos sus encantos, ninguna mujer podía resistirse.

Alejandro dejó a Arturo descansando y buscó a Verónica por toda la casa. Recorrió las habitaciones de la planta baja, casi todas totalmente vacías, hasta que dio con una en la que encontró su equipaje. Abrió su maleta y sacó algo que, se dijo, debía entregarle a Verónica para comenzar a hacer las cosas como Dios manda.

Salió del que, parecía, iba a ser su cuarto durante algún tiempo y la encontró en una estancia contigua a la cocina, de espaldas, planchando unas sábanas. Ella lo oyó acercarse y se giró sin el más mínimo síntoma de sobresalto. Al parecer, ya lo esperaba. Lo que sí pudo ver fueron sus ojos enrojecidos de haber llorado, aunque ya no hubiera una sola lágrima en ellos.

—Mademoiselle…

Verónica le calló y le detuvo antes de que se acercara a ella, levantando la plancha caliente e interponiéndola entre ambos. Alejandro se detuvo en seco, y a punto estuvo de alzar las manos en señal de rendición.

—Verónica. Mi nombre es Verónica —repitió, amenazándole con la ardiente arma—. Si vas a ser mi marido, deberías empezar a llamarme por mi nombre —espetó y, como si hubiera preparado aquel discurso a conciencia, se giró hacia su tarea y continuó hablando mientras planchaba —: De cualquier forma, aún no soy tu esposa y, como habrás podido comprobar ya, en esta casa no hay sirvientes.

—Eso no es ningún problema.

—Seguro. Pero es a mí a quien corresponde preparar el cuarto para las visitas. Si no quieres morir congelado en las habitaciones superiores, las cuales no se usan desde hace tres años, deberás conformarte con un humilde cuarto de los más cercanos a las cocinas, aquí abajo. Tu cama estará lista en unos minutos. —Dobló la sábana por la mitad, depositó la plancha de hierro ya templada sobre el fogón, y tomó una segunda plancha que había estado calentando en el mismo lugar para pasarla concienzudamente sobre la tela —. Podrás descansar y deshacer tu equipaje. Acomódate porque, por mucho que sea tu esposa, pienso quedarme en esta casa mientras mi padre esté en este mundo.

—Lo entiendo. —Alejandro rodeó la mesa sobre la que ella estaba planchando con tanta firmeza que podía parecer que, bajo aquella sábana, se encontraba su peor enemigo—. En ningún momento me había planteado que pudiera abandonar a su padre, o hacerle viajar hasta Orleans en su estado.

—Estoy segura de que mi padre querrá disponer la boda para dentro de cinco minutos —continuó como si él no hubiera hablado—. Te agradecería que me ayudaras a convencerlo de que me conceda un par de días. El domingo, mi amiga Úrsula vuelve de viaje y me gustaría que estuviera presente.

—Sí, su padre mencionó que ella debía ser testigo junto con él.

—Muy bien, entonces. —Hizo otro doblez a la sábana y la dejó caer desde bien alto sobre la mesa, forzando un molesto ruido—. El padre Gregorio será discreto y aceptará casarnos aquí para que mi padre no tenga que levantarse de la cama. Ahora puedes dar un paseo por la parte trasera de la casa, si quieres. Lo que fueron los jardines, hoy es un huerto. Pero tiene un banco de piedra con vistas al río. Te avisaré cuando tu habitación esté lista.

Sin ni tan siquiera mirarlo, cogió la sábana bajera y se afanó en dejarla tan perfecta como la encimera.

—No hace falta que me prepare el cuarto, Mademoiselle, yo mismo puedo instalarme.

—Verónica, llámame por mi nombre y trátame de tú. Hace años que nadie me trata como a una dama porque hace años dejé de serlo.

Alejandro dio un paso más, hasta estar completamente pegado a la mesa, y esta vez consiguió captar la mirada de ella mientras hablaba.

—Una dama no deja de serlo nunca, por mucho que el dinero no la acompañe. Son sus actos y sus formas lo que la hacen digna de ese tratamiento.

—Lo que tú digas, Alejandro. —Puso todo su desdén en esas palabras, consciente de que las de él iban con segundas intenciones por cómo se estaba comportando ella en esos momentos. Como, por ejemplo, que hasta ahora no lo hubiera mirado a la cara ni una sola vez—. Ahora déjame seguir con mi tarea si no quieres dormir sobre unas sábanas arrugadas o chamuscadas.

—Verónica. —Se dirigió a ella por primera vez por su nombre. La forma en que lo pronunció sonó como si mordiera cada sílaba y la obligó a mirarlo directamente a aquellos ojos como el caramelo, que seguían sin perder la compostura, pero que brillaban con una fuerza nueva—. Ambos nos hemos visto arrastrados hasta esta situación por los deseos de nuestros padres. No es necesario que nos llevemos mal, al contrario: podemos hacerlo todo más sencillo si tratamos de aceptar lo que va a ser el resto de nuestra vida.

—Me alegra que uno de los dos se lo tome con tanta filosofía. Pero comprenderás que yo no llevo… ¿Cuántos?, ¿ocho años? Sabiendo que voy a acabar condenada a casarme con un hombre al que no amo. Más concretamente: al que ni siquiera conozco. Precisamente, lo que he tratado de evitar durante mucho tiempo —confesó con voz cada vez más irritada, y apretando la tela con tanta fuerza que las venas de las manos comenzaron a asomar por su pálida piel—. Ha habido muchos otros hombres antes de ti, muchos que pretendieron hacerme su esposa, pero todos dieron la vuelta al ver que no había más dinero que rascar.

—O después de que tú los desengañaras —apostilló él, consiguiendo dejarla muda durante unos segundos.

—Vaya, veo que mi padre te ha puesto al día —comentó, y cambió de plancha de nuevo solo por poder evitar su mirada.

—Muy vagamente. No puedo imaginar qué clase de cosas le hiciste a esos hombres.

—Mejor que no lo sepas. —Alejandro pudo adivinar un amago de sonrisa en su mueca de desinterés—. Pero te advierto que puedo recurrir a alguna si no soy capaz de quitarme de la cabeza la idea de sentirme vendida como una…

—Agradecería que no lo vieras de esa manera, pues yo no te veo así en absoluto —la interrumpió antes de oír alguna barbaridad—. Y tampoco creas que parto con tanta ventaja en este asunto. Hasta que no recibí la carta de tu padre, no creí que realmente fuera a llegar nunca este día. —Suspiró y extendió una bolsita negra y aterciopelada hacia ella—. Me gustaría que aceptaras esto.

Verónica dejó la plancha sobre las brasas y dio un paso hacia Alejandro. Tomó la bolsita y vació su contenido sobre la palma de su mano.

—¿Me vas a dar un anillo de compromiso? Puedes ahorrártelo, no me interesa. No soy la clase de mujer que se deja deslumbrar con joyas y regalos caros.

—Mi esposa debe llevar el anillo de compromiso que mi padre le regaló a mi madre. Además, creo que llevarlo, aunque sea poco antes de la boda, te ayudará a aceptarla mejor.

Ella lo miró con suspicacia. Contra todo pronóstico, le parecía sincero. No había fingido sentirse cautivado por ella, ni había hincado la rodilla en el suelo para darle la joya formalmente, como exigía la tradición. Simplemente se la había entregado sin ni siquiera sacarla de su envoltorio, únicamente aludiendo a la herencia familiar que el anillo simbolizaba. Y bueno, confiando en que llevarlo podía ayudarla a hacerse a la idea de lo que se le venía encima. Menuda tontería. Eso no tenía por qué ser sinceridad y sencillez. Bien podía ser una clase distinta de estrategia: una que perfectamente podía haberle ayudado a elaborar su padre, quien tan bien la conocía. Mejor no confiarse.

—Si me niego a ponérmelo, ¿vas a obligarme?

—Yo tampoco soy de esa clase de hombres —respondió al hilo de las palabras de ella—. Pero te agradecería que lo aceptaras. A mi madre le hubiera gustado. Y estoy seguro de que a tu padre le alegrará vértelo puesto cuanto antes.

¡Ajá! Ahí estaba. Acababa de delatarse.

—¿Te ha pedido mi padre que trates de ganarte mi simpatía?

—Sí.

—Vaya. —La rápida respuesta la había sorprendido—. Al menos, en eso eres sincero.

—Siempre digo la verdad. —Se cruzó de brazos y apoyó la cadera contra la mesa, sorprendentemente relajado—. Por lo que también he de decirte que habría tratado de ganarme tu simpatía aunque Arturo no me lo hubiera sugerido. Vamos a convivir lo que nos queda de vida. ¿No sería mejor hacerlo en paz y armonía?

Verónica lo observó, algo inquieta. Parecía cómodo, demasiado. Y eso la irritaba aún más. ¿Tan seguro estaba de sí mismo? Esa sonrisa simpática y desenfadada podía funcionarle en su país, pero con ella no tenía ningún efecto.

—Ahora mismo no me siento muy pacífica ni armoniosa. —Cogió el anillo y se lo puso en un dedo. Al ver que le quedaba grande, lo cambió a la otra mano—. ¿Contento? Ya es oficial. —Extendió la mano para que pudiera ver el anillo en su dedo anular. Después volvió a su tarea—. Ahora, ve a disfrutar del paisaje.

—Me gusta lo que veo aquí.

Alejandro vio cómo el cuello de Verónica se tensaba, concretamente la zona de la garganta. No había querido decir eso en voz alta, simplemente le había salido. La joven estaba desaliñada, aún tenía algunos mechones despeinados y manchados de tierra, pero eso solamente la hacía parecer más salvaje, totalmente acorde con la rapidez de sus afiladas palabras y el tono frío y distante. Estaba pálida y delgada, pero eso no impedía que fuera una mujer hermosa, ni siquiera el vestido gris y apagado que no favorecía en nada a su rostro, el cual estaba permanentemente iluminado por el violeta de sus ojos, y en ese momento también por el sonrojo que le había proporcionado el calor que desprendía su labor… ¿O cabía la posibilidad de que se hubiera ruborizado por su comentario?

Por si sus últimas palabras no la hubieran molestado lo suficiente, que la observara de pies a cabeza terminó por alterar los nervios de Verónica, que se debatía entre tirarle o no tirarle la plancha a la cara, en cualquier momento, para borrarle esa sonrisa de rompecorazones.

—Te dejaré sola si es lo que quieres —decidió finalmente Alejandro, consciente de las intenciones de ella—. Pero iré a hablar un rato con Arturo. Seguro que puede contarme muchas historias sobre mis padres. Y tal vez… me cuente algo también sobre ti.

—Nada de lo que cuente de mí será de tu agrado, limítate a preguntarle sobre tu familia.

—Me temo que, a partir de ahora, tú eres mi familia.

Cuando Alejandro salió por la puerta, esas palabras parecieron flotar en el aire del cuarto de la plancha, formando una nube alrededor de su cabeza, como el propio calor que desprendía la pesada herramienta de hierro. Tan pesada como la fuerza de la mirada de Alejandro sobre ella.

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