Noches perdidas
Capítulo 5
Verónica se levantó temprano. Era inútil tratar de conciliar el sueño al alba cuando la noche anterior se había despertado innumerables veces. Algunas llorando, otras tiritando. Estaba claro que ni la cama más mullida y acogedora, ni el dormitorio más cálido podían lograr hacer descansar a un alma sin consuelo.
Se vistió con otro de sus recios vestidos de luto y bajó las escaleras hacia el comedor, donde imaginaba que aún no habría nadie. Alejandro estaría cansado del viaje y el servicio no los esperaría a ninguno hasta dentro de un par de horas. Así que, si quería desayunar, debería ir directamente a la cocina.
No era que no pudiera hacerlo. Si era la cocinera. —Margot, recordó— quien se encontraba allí, permanecería con ella de buena gana mientras desayunaba. Le había parecido una mujer agradable. Pero si era Berta la que aparecía por algún lado, simplemente la saludaría y se marcharía de nuevo a su cuarto a esperar a que Alejandro bajara a desayunar con ella. Aunque, ¡demonios!, se moría de hambre. Tal vez ese fuera uno de los motivos por los que no podía dormir. A la noche no había sido capaz de probar más que dos bocados de aquella carne. Y no porque no estuviera sabrosa, sino porque había tenido el estómago completamente cerrado.
Se dirigió al pasillo que las mujeres habían tomado la noche anterior. Antes de atravesar el vestíbulo, oyó un ruido a su espalda, como de pies contra el suelo, corriendo. Apenas se había girado cuando oyó una risita en lo alto de la escalera y otros pasos que se perdían por el oscuro pasillo. Se aproximó allí rauda y vio una sombra desaparecer en una curva.
—¿Madame? —Pronunció una voz sombría a su espalda.
Verónica dio un brinco y se llevó la mano al pecho.
—Berta. —La voz apenas le salió—. Me has asustado.
—Lo lamento. No la esperaba por aquí, ni tan temprano.
—Me cuesta dormir últimamente.
La mujer la miró desde abajo, pues ella era bastante más alta que el ama de llaves. Sus ojos azules parecieron refulgir en la oscuridad con un extraño brillo.
—La muerte se lleva las almas de los muertos y perturba las de los vivos —murmuró con tono lúgubre.
—Sí. Así es.
Otra risa se oyó detrás de ambas, y Verónica supo que esta vez no era su mente cansada y sugestionada, porque Berta se giró y miró hacia el pasillo con los ojos entrecerrados.
—¿Eso son risas de niños?
—Tranquila, Madame. Yo me encargo de esto.
La mujer se encaminó hacia las escaleras. Verónica la siguió de cerca.
—¿Hay niños en esta casa?
—No, Madame. No deberían estar en la casa. Yo me encargaré —repitió —, no se preocupe.
—¿Si no deberían estar en la casa, cómo es que están?
—Son los hijos de Melissa. Les tengo dicho que no pasen de la puerta de la cocina ni de las dependencias del servicio. Pero son unos niños muy desobedientes.
Los hijos de Melissa. Aquello la alegró inesperadamente, y no solo porque su intuición le hubiera dicho que aquella mujer tenía aspecto de madre, sino porque tener niños a su alrededor siempre le hacía sentirse viva.
—Son solo niños, Berta. Y si son los hijos de Melissa deberían haberme sido presentados ayer con todos vosotros. ¿No crees?
—No forman parte del servicio. Aún. Son demasiado pequeños. Al menos eso opina Monsieur Alejandro. Yo ya llevaba dos años trabajando en casa de los Zaldívar en Zaragoza cuando tenía la edad de las gemelas —le informó con tono de superioridad.
—Soy de la opinión de que ningún niño debería trabajar. Aun así, si viven en esta casa tendré que conocerlos. Haz el favor de llamarlos.
—Como desee, Madame.
Verónica la siguió cuando enfiló el pasillo y llamó a los niños nada menos que por cuatro nombres. Alejandro iba a tener que explicarle por qué no le había dicho nada de la existencia de cuatro niños en la casa en la que iba a vivir. Él sabía que ella era maestra, que le gustaban los niños. ¿Por qué ni siquiera los había mencionado? No lograba comprenderlo.
—Aquí tiene a uno, Madame —anunció Berta cuando logró coger del cuello de la camisa a un muchacho sin las dos paletas superiores que trataba de esconderse en el hueco de la escalera.
—Saluda a la esposa de Monsieur Alejandro, Jacques —le indicó en francés.
Ella se agachó para poder verlo de cerca y lo cogió por los hombros para que Berta lo soltara.
—Hola, Jacques. Yo soy Verónica. —Se dirigió a él también en francés y, amablemente, le ofreció una mano que él apretó débilmente un solo segundo. Estaba claramente asustado—. ¿Cuántos años tienes?
—Seis —respondió con un ceceo a causa del hueco entre sus dientes.
—Oh, ya eres un hombrecito. Me gustaría conocer a tus hermanos. ¿Podrías buscarlos conmigo? Por lo que veo, estabais jugando al escondite. A mí también me gusta ese juego.
Él asintió con la cabeza y la tomó de la mano después echarle una mirada de desconfianza a Berta. La joven se sorprendió de que pareciera más asustado del ama de llaves que de ella, quien era una completa desconocida para él.
—Eso es todo, Berta. Gracias.
Indignada, la mujer la miró unos instantes antes de irse a la cocina, que era adonde se dirigía cuando había visto a la nueva patrona husmear por los pasillos. Y a los niños curioseando para conocer a la nueva patrona. Bien, si unos querían encontrarse con los otros, que lo hicieran. Ella tenía cosas más importantes de las que ocuparse.
En lo alto de la escalera, dos niñas como dos gotas de agua miraban con la boca abierta a su hermano pequeño, quien aún sostenía la mano de Verónica.
—Le gusta jugar al escondite —les informó con su característica y silbante voz, tan alto que las niñas bajaron corriendo para que no gritara.
—Mamá nos reñirá si despertamos a Alejandro.
—No pasa nada. —Verónica sacudió el oscuro y rizado pelo del niño con la mano, y este rio—. Alejandro duerme como un tronco.
Imitó unos graves ronquidos que desconocía si Alejandro emitía, pero que lograron que las niñas rieran tímidamente.
—Ellas son Emma y Caroline. Tienen ocho años. Las puede distinguir porque Emma es un poco más alta.
—No es verdad —protestó Caroline.
—Sí lo es —le contradijo su hermana, y ambas se pusieron rígidas para demostrarlo.
—Uy, qué difícil. Tendré que buscar otra forma de diferenciaros.
—Yo tengo un lunar aquí. —Caroline le mostró su mejilla izquierda.
—Y yo tengo los ojos más grandes —intervino Emma, abriendo de par en par unos ojos tan verdes y oscuros como los de su madre. También sus cabellos, entre rubios y castaños, eran como los de Melissa.
Verónica se dijo que la competitividad entre hermanas era algo que les iba a tener entretenidos en más de una ocasión.
—¿Y vuestro otro hermano? ¿Nolan? —Recordó de cuando Berta los había nombrado.
—Él tiene siete. Pero estará con Leo llevando el heno a los caballos.
—Siempre está con Leo y los caballos —se quejó Jacques, notablemente molesto.
—Eso debe de ser porque le gustan mucho —resolvió Verónica, no pudiendo evitar sacudir de nuevo el pelo del pequeño de carita adorable.
—Vaya, vaya. Mirad lo que tenemos aquí.
Las gemelas bajaron rápidamente el escalón en el que se encontraban, se pusieron erguidas frente a la escalinata y se inclinaron ante Alejandro con una reverencia, como Berta les había exigido y enseñado.
—Buenos días, Monsieur Alejandro —dijeron al unísono—. Bienvenido a casa.
—… A casa —se oyó muy bajito y tardíamente a Jacques, quien hizo la reverencia más torpemente y después de haber hablado.
—Buenos días, Alejandro. Eso mismo me he dicho yo hace un momento. Mira lo que tenemos aquí. —El tono de Verónica era claramente acusatorio—. ¿Por qué nadie me había dicho que había niños en la casa?
—Era tarde cuando llegamos. —Alejandro bajó las escaleras hasta quedar a su lado—. Estaban acostados. Y tú estabas… cansada. Pero hoy iba a presentártelos sin falta.
—Berta no nos ha reñido porque estaba Madame Verónica —aportó como dato importante Jacques, haciendo que sus hermanas palidecieran.
—Sabemos que no debemos jugar en la casa, Monsieur —se disculpó Emma—. No lo volveremos a hacer.
—Desde luego que podéis jugar en la casa. —Verónica habló sin pensar, y después miró a Alejandro casi pidiendo disculpas, de lo que luego se arrepintió. ¿Acaso no era también su casa ahora? Tenía derecho a opinar.
—Yo nunca os lo he prohibido. Siempre que tengáis cuidado.
—No hemos vuelto a romper nada desde el día del jarrón.
Todos miraron a Jacques, que tenía un pie más atrasado, apoyado sobre la punta, y girándolo nerviosamente.
—Ya entiendo. —Alejandro se dirigió a Verónica, cuya mano reposaba protectoramente sobre el hombro del muchacho—. Recuerdo que Berta les gritó un día que golpearon con una pelota un jarrón antiguo que trajo mi padre de su casa en España. Ella sabía que era bastante valioso y se enfadó mucho. Pero hay docenas de jarrones por todas partes, así que no pasa nada. Imagino que desde entonces os tiene bien firmes —los miró con cariño y comprensión.
—Tú no has estado mucho por aquí últimamente, ¿verdad? —advirtió Verónica.
—La verdad es que, seguido, no. Estos diablillos han crecido una barbaridad.
—A mí se me han caído dos dientes. —Jacques le enseñó el hueco de su boca, orgulloso.
—Caramba. —Alejandro se agachó para mirarle de cerca y Jacques inclinó aún más la cabeza—. Espero que no te los hayas tragado.
—¡No! Los escupí —explicó y Verónica rio a carcajadas.
Aquel sonido dejó a Alejandro sin aliento. Si hubiera sabido que ella iba a salir de la oscuridad en la que estaba sumida después de cruzar cuatro palabras con aquellos tunantes, los habría levantado de sus camas la noche anterior. Bueno, no lo habría hecho, pobrecitos. Y tal vez había sido mejor así.
Ella los había encontrado por su cuenta y parecía haber hecho muy buenas migas enseguida. Estaba bien que se desenvolviera sola por la casa, con todas las personas que la habitaban. Y ¡Santo Dios!, que sonriera como lo acababa de hacer. Eso era una insólita bendición.
—Pero aquí falta uno, ¿no? La última vez que os vi erais cuatro.
—Dicen que suele acompañar a Léonard a darle el heno a los caballos. —Verónica se mostró bastante molesta.
—Nolan siempre ha tenido interés por los caballos. Y parece que Leo se ha buscado un buen ayudante.
—Es muy pequeño para trabajar, Alejandro.
—Dudo que Leo lo tenga esclavizado, Verónica. Lo entenderás en cuanto lo conozcas.
Ella notó cómo alguien le tiraba de las faldas.
—Leo ha intentado librarse de él muchas veces, pero Nolan siempre vuelve. —Le contó Jacques, muy bajito, como si fuera un secreto—. Se levanta a la misma hora que él para poder acompañarle y nos despierta a todos.
—Eso es que tiene un auténtico interés —le defendió Alejandro, más ante Verónica que ante sus hermanos.
—Alejandro, ¿qué te parece si desayunamos y así le damos tiempo a Nolan a volver?
Él se quedó mudo. ¿Desayunar? ¿Pensaba comer de verdad y no solo quedarse sentada frente al plato sin hacer ni decir nada?
—Él piensa que usted no sabe nuestro idioma —confesó Emma—. Bueno, todos lo pensábamos porque mamá nos dijo que debíamos hablarle en castellano.
—Aprendí francés cuando era niña. Así que podéis hablarme en el idioma que más os guste.
Hasta ese momento, ella les había hablado en francés porque era como Berta se había dirigió a Jacques en primer lugar. Por su parte, Alejandro ni siquiera se había percatado de ello hasta que lo habían mencionado. Para él, hablar en ambos idiomas había sido algo normal desde niño, y como las gemelas le habían saludado en francés, él había continuado y no le había llamado la atención que Verónica lo estuviera hablando también, y con bastante soltura, debía admitir. Estaba demasiado impactado por verla simplemente con una sonrisa en los labios.
—En cuanto llegue vuestro hermano, decirle que venga a saludar a su nueva patrona. Y a mí, por supuesto, que hace mucho que no me ve.
—¿Nos has traído algo de tu viaje?
Emma le dio un codazo a su hermano, quien además de tener la lengua muy larga, olvidaba tratarlo de usted.
—Claro que sí. ¿Acaso alguna vez no lo he hecho? —Sonrió al ver los ojos ilusionados del pequeño—. Venid con Nolan cuando llegue y os lo daré a todos a la vez. Ahora corred, avisad a Margot de que vamos a desayunar en el comedor. Rápido.
—¿En el comedor? —El niño parecía estupefacto, y Verónica no pudo entender por qué. ¿Dónde podrían desayunar si no?
—Sí, en el comedor. Vamos.
En los establos, Nolan imitaba todos los movimientos de Léonard. Cambiaba el heno, reponía el agua y hasta retiraba con la pala los excrementos de cada cubículo, si bien sus principales tareas giraban en torno a los potros desde que habían nacido. Él sabía que su amigo y mentor lo había decidido así porque, como él, eran más pequeños y el esfuerzo era algo menor. Por supuesto, él obedecía sin rechistar. Iba a demostrarle a Leo que era tan buen ayudante que, dentro de poco, Arthur podría cederle su puesto en los establos y dedicarse solo a su huerto y a las cocheras. Seguro que entonces no tendría tantos dolores de espalda y volvería a perseguirlos por los jardines cuando él y sus hermanos jugaban.
Aunque era una mañana más fresca que otras y se notaba que el otoño se estaba acercando, Nolan se había quitado el abrigo que su madre le había obligado a ponerse antes de salir de la casa. Las labores eran arduas, y enseguida se entraba en calor. Cuando sus brazos fueran como los de Leo, cuando pudieran levantar la pala estando totalmente llena —para lo cual se decía que no faltaba mucho—, él también trabajaría en mangas de camisa. De momento, se dejaría el jersey puesto. Con la puerta delantera y la trasera abiertas, en el establo había bastante corriente.
—¿Cómo es la esposa de Alejandro, Leo? —Se detuvo para recuperar el aliento, dejando en el suelo los dos cubos de agua que acababa de cargar—. Mi madre dice que es muy bonita.
—Tu madre siempre tiene razón. —Leo levantó la vista de su tarea para guiñarle un ojo a su renacuajo favorito—. Dentro de poco, podrás comprobarlo por ti mismo.
El niño observó a Leo. Cada uno de sus movimientos parecía perfectamente estudiado, era preciso y su ritmo parecía un baile. Él le había explicado que era importante no hacer gestos bruscos si no quería andar inclinado hacia delante como Arthur. Mantener un ritmo constante contribuía a no fatigarse. Debería haberlo recordado cuando había venido casi corriendo.
—¿Más bonita que Ivy?
La pregunta hizo que Leo se detuviera. En seco. El muchacho captó toda su atención.
—Eso solo lo puedes juzgar tú mismo cuando la veas.
Observó con orgullo cómo Nolan levantaba, ya con menos dificultad, un cubo para reponer el agua del bebedero de los potros.
—Ivy es más bonita que ninguna de las mujeres de la ciudad —le informó el muchacho, pues era algo en lo que se había estado fijando en sus últimas visitas al mercado con ella, Margot y su madre—. Algún día le pediré que sea mi novia.
Si no estuviera hablando mientras vaciaba el segundo cubo, como quien habla para sí mientras trabaja, Leo habría pensado que le estaba tomando el pelo.
—¿Y por qué esperar? —Decidió indagar un poco más—. Puede que si no te das prisa, alguien se te adelante.
—Aún soy muy pequeño, Leo —le indicó, mirándole como si estuviera sorprendido de que no percibiera algo tan obvio—. Debo esperar a que me salga barba.
Leo no pudo evitar sonreír. Ese chico nunca dejaba de sorprenderlo.
—Para eso, amigo mío, te quedan unos cuantos años.
—No tantos —repuso, tocándose la barbilla.
—Al menos cinco. Tiempo más que suficiente para que ella se fije en otro. Y tú también.
Leo observó cómo las cejas de Nolan se alzaban y su boca se apretaba.
—Yo nunca me fijaré en otra —le advirtió, abiertamente molesto.
—Buenos días chicos.
Ambos detuvieron su siguiente paso para dirigir la mirada al lugar de donde procedía aquella voz que habían reconocido inmediatamente.
Leo se rio de sí mismo cuando sintió una punzada en el estómago al ver a Ivy caminar hasta Nolan, revolverle el rizado pelo oscuro y besarlo en la frente, maternalmente. Aunque pudo ver en los ojos del chico que él no lo percibía precisamente así.
—¿Os queda mucho aquí?
—Media hora. —Auguró Leo—. ¿Por qué? ¿Necesitas algo?
Ella le sonrió y negó con la cabeza.
—La esposa de Alejandro se ha levantado temprano. La verdad es que hoy parece de mejor humor. —Se dirigió a Nolan, quien la miraba con sus redondos ojos brillando bajo los primeros rayos de sol—. Ya ha conocido a tus hermanos, y quiere conocerte a ti también.
—¿Tiene que ser ahora? —Preguntó, debatiéndose entre la curiosidad y el deber—. Aún tengo que cepillar a Júpiter y a Neptuno.
—Ella y Alejandro estaban a punto de desayunar. —En un gesto habitual e inconsciente, le pellizcó la mejilla—. Seguro que te da tiempo a cepillarlos bien antes de que acaben.
—Me daré prisa —aseguró, y corrió a por el resto del agua que aún tenía que ir a buscar y que, por supuesto, no iba a dejar sin traer.
Ivy se acercó entonces a uno de los potros y le acarició entre los ojos. Leo vio en aquel gesto una ternura muy similar a la que acababa de mostrar con Nolan.
—A Madame Verónica parece que le gustan los niños. —Rascó tras las orejas a Neptuno—. Y los tres se han quedado encantados con ella nada más conocerla.
—Es una buena noticia. —Leo terminó en el cubículo de Griselda y se dirigió al de Baviera, más cerca de Ivy—. ¿Estás muy ocupada esta tarde?
Ivy levantó la vista que había fijado intencionadamente en el potro. Ver a Leo trabajar, con la camisa remangada y a medio abotonar, siempre la alteraba.
—Es mi tarde libre. A no ser que la nueva patrona o Alejandro me precisen para algo. —Eso era lo que le había dicho Berta, quien desde que había llegado el telegrama de Alejandro avisando de que se había casado y que volvía en unos días, había tenido a todo el servicio trabajando casi de sol a sol para que todo estuviera perfecto. Como si habitualmente no lo estuviera—. ¿Por qué? ¿Necesitas algo?
Leo se apoyó con ambas manos sobre el mango de la pala y la miró con complicidad y media sonrisa al oírla imitar sus preguntas.
—Está cambiando el tiempo. Voy a sustituir algunas flores del jardín trasero. He pensado que podría seguir enseñándote cómo se hace. —Acaba de decirte que es su tarde libre, la primera en dos semanas, se reprochó, y rápidamente retomó su labor, dejando de mirarla—. Pero a lo mejor quieres aprovechar la tarde yendo a la ciudad o descansando. No importa.
—Me encantará.
A Ivy le dio un saltito el corazón cuando Leo levantó la vista y sopló hacia arriba para apartarse de la frente un mechón de su dorado pelo, gesto que tanto hacía y que tanto le gustaba.
Él se quedó sin habla mientras ella lo miraba con esa sonrisa silenciosa que lo dejaba de una pieza, durante la cual se preguntaba qué estaría pasando por su cabeza.
—Empezaremos después de comer. Si a los patrones no se les ofrece nada, claro.
—Vale.
—Vale —repitió él.
La siguió con la mirada mientras salía del establo y se cruzaba con Nolan, quien llegaba a la carrera con los cubos desbordando el agua a cada paso.
—No. No es más bonita que Ivy —le dijo a Baviera, quien relinchó como respuesta.
La mesa del comedor era larga, mucho, pero Alejandro le ofreció a Verónica la silla contigua a la suya, que presidía la mesa.
Se dio cuenta de que él la observaba intensamente mientras ella desdoblaba la servilleta. Decidió sacar algún tema de conversación para que dejara de mirarla de aquella extraña manera.
—Tienes muy buena relación con esos niños, ¿verdad?
—Ya te dije que las personas que viven aquí son mi familia.
—Pero ayer…
—Estaban acostados, Verónica. —Alejandro dejó caer su servilleta sobre su regazo—. Era muy tarde para ellos. Si no, Melissa los habría tenido peinados y bien vestidos delante de ella en la fila de bienvenida. Me pareció que ya habías conocido a bastantes personas en ese momento. Podría habértelo mencionado si hubiéramos cenado juntos, pero te retiraste a tu cuarto. No creía que fuera mayor problema no hablarte de su existencia hasta hoy. Lamento si te ha molestado.
—No. No pasa nada. Solo me había extrañado. —No quería hacer un mundo de aquello, sobre todo, porque no se sentía con fuerzas para discutir. Por lo menos hasta que comiera algo—. Es agradable tener presencia infantil en la casa. Echo de menos a mis alumnos.
Podrías tener tus propios hijos, nuestros propios hijos, pensó Alejandro, pero prefirió guardarse esa idea. De momento.
—¿Hay alguien más en esta casa que me quede por conocer?
—No —el tono de Alejandro se volvió frío.
—¿No hay un padre para esos cuatro niños?
—Murió. En un accidente.
Como Alejandro no dio más detalles, ella prefirió no insistir.
—¿Ivette es hija de Margot y Arthur?
—No. Ellos no han tenido la suerte de poder engendrar hijos. E Ivette vino a esta casa al quedar huérfana. —Alejandro resopló. ¿Por qué tenía que elegir Verónica esas preguntas, y todas seguidas?—. Su madre sirvió aquí un tiempo, no mucho. Años después murió de unas fiebres. Y el padre, bueno, Berta nos contó que desapareció de la ciudad en cuanto Claudette quedó embarazada. Berta era su amiga y le pidió a mi padre que aceptara en el servicio a su hija. Por supuesto, él al principio no la dejó trabajar más que en tareas livianas. Solo tenía seis años.
—Pobre muchacha.
No dijo nada más. Pero recordó la mirada reprobatoria de Berta ante el único comentario de Ivette. Para haber sido ella quien la había acogido, no parecía tenerle demasiado aprecio.
—¿Y el marido de Berta, el padre de Léonard?
Alejandro suspiró antes de responder.
—También murió.
—Buenos días. —Melissa apareció con un carrito repleto con el desayuno—. Como no sabíamos qué le gustaba, Madame, le hemos traído lo mismo que desayuna Monsieur Alejandro. Pero si quiere cualquier otra cosa, no tiene más que pedirla. —Señaló una campanita.
Verónica observó el pan, el queso, el jamón, los huevos revueltos, las tostadas con mantequilla y compota, la leche y el té.
—Esto es perfecto. Y estoy hambrienta. Pero… ¿alguna pieza de fruta sería posible?
Alejandro se mordió el interior de la mejilla. Era su casa, podía pedir lo que quisiera.
—Por supuesto, Madame. Tenemos toda la fruta de temporada. ¿Quiere algo en especial?
—Trae un frutero, Melissa. Ella se servirá. Gracias.
—Gracias —repitió ella sintiéndose torpe. Después, esperó a que Alejandro empezara.
—¿A qué esperas? No has cenado y casi no comiste. Apenas has probado bocado desde hace días. No entiendo cómo aún te mantienes en pie.
—Ahora mismo estoy sentada —argumentó, pero se santiguó como siempre hacía para dar gracias por la comida que un día más tenía en el plato y empezó a comer con más ganas de las que había sentido en mucho tiempo.
Se está levantando, poco a poco, pensó Alejandro mientras la observaba comer a dos carrillos pero sin perder un ápice de elegancia. Solo necesita un poco de tiempo. Como todos.
—Monsieur, Nolan ya ha vuelto. —Emma habló desde el umbral de la puerta y Alejandro les indicó que pasaran.
Detrás de ella entraron sus hermanos, todos ellos. Verónica se levantó para poder verlos de cerca. Enseguida encontró un enorme parecido entre los dos niños, solo que no parecían llevarse solo un año de edad.
Nolan era más alto y fuerte. Además, su mirada era menos inocente que la de Jacques. Aun así, vio que ambos debían haber salido a su difunto padre, por sus ojos oscuros y su pelo negro y rizado, tan distintos a sus hermanas y a su madre.
—Hola de nuevo —saludó sonriente a los demás—. Así que tú eres Nolan. —Le extendió la mano y el niño la apretó con firmeza—. ¿Has aprendido algo nuevo hoy sobre los caballos?
Nolan, que había estado serio y en posición erguida, relajó los hombros y sonrió levemente.
—Claro, Madame. Todos los días aprendo algo nuevo. A Leo le gusta contarme cosas sobre ellos y me deja ayudarle si no me meto en medio.
—Leo siempre tan precavido. —Alejandro se levantó de su silla y se dirigió a la puerta—. Ahora mismo vuelvo.
Todos sabían adónde iba, y estaban expectantes por ver qué les había traído de Italia.
Los niños aceptaron unas uvas que Verónica les ofreció, las cuales comieron con cuidado de no manchar el suelo. Verónica vio la sombra de Berta en ese gesto de precaución.
—Aquí lo tengo. —Alejandro bajó con las manos a la espalda, y se agachó de cuclillas delante de los niños, esperando.
El primero en acercarse fue Jacques, quien le dio un beso en la mejilla, como sabía que él esperaba, antes de recibir su regalo. Los tres hermanos lo imitaron. Solo entonces, Alejandro apoyó sobre la mesa los cuatro regalos, en cuyos paquetes estaba escrito el nombre de cada uno. Pero ninguno de ellos abrió el suyo, ni ningún otro, detalle que a Verónica no se le escapó.
—Son máscaras. De Venecia —explicó Alejandro al ver la cara de confusión de los muchachos, y él mismo abrió las cajas y las distribuyó—. Les gusta disfrazarse con la ropa de los mayores —le indicó a su esposa—. Con esto, estarán disfrazados de verdad.
—La mía es la más bonita —alegó Emma mientras su hermana le ataba las correas a la cabeza.
—No. Lo es la mía —protestó ella, tal como Verónica ya esperaba.
—Dan miedo —dijo Jacques con voz temerosa.
—¿Miedo? —Verónica debía reconocer que tenía razón. Eran espeluznantes—. Pero eso sería si no supierais que detrás estáis vosotros. Sabiéndolo, no dan miedo.
Aquello pareció animar a Jacques.
—Me queda un poco grande —indicó cuando se le cayó hasta la barbilla.
—Ya crecerás. —Alejandro se la apretó un poco más—. Ahora, id a asustar a Berta. Rápido.
—¿A Berta? —Verónica hubiera esperado que lo propusiera con cualquiera menos con ella.
—¿No será una dulce venganza?
Los niños se miraron un instante, ajustándose las máscaras al hueco de los ojos, y salieron corriendo en busca del ama de llaves. Si lo había ordenado Alejandro, no podrían ser reprendidos. Aquello fue aún mejor que el regalo en sí.
Después de que los niños se marcharan y tras comprobar que de la cocina provenían voces que se convirtieron en gritos, Alejandro condujo a Verónica hacia la puerta principal.
—Quiero enseñarte la casa entera. Para que puedas moverte con libertad por donde quieras.
—¿Ahora?
—Sí. Porque a la tarde tengo que marcharme. —Decidió probar suerte —. Podrías acompañarme.
—Prefiero quedarme. —No tardó ni un segundo en responder—. Tú haz lo que tengas que hacer.
Cómo no. Era rápida en despacharle.
—Yo tengo que acercarme a la ciudad a enviar varios telegramas. — ¿No querría ella conocer la ciudad de Orleans teniéndola a un par de horas nada más?—. ¿Qué vas a hacer tú?
Verónica lo miró insegura. Realmente, no sabía qué esperaba de ella. Qué pretendía que hiciera allí, día a día, ahora que no tenía que trabajar, ni limpiar, ni cuidar de un padre enfermo.
—Seguro que tienes una biblioteca —pensó de repente—. Leeré algo.
—¿Toda la tarde?
—Me gusta leer —alegó encogiéndose de hombros.
Poniendo los ojos en blanco, Alejandro abrió la puerta y esperó a que ella saliera delante de él para mover la cabeza de lado a lado y así hacer crujir su cuello sin que lo viera. Aquel simple gesto solía calmarle cuando estaba tenso. Por desgracia, parecía haber dejado de funcionar.
El paseo de reconocimiento comenzó por el exterior de la casa. Alejandro era consciente de que el día anterior ella apenas había podido ver la fachada principal, y creía que le sería más sencillo situar cada estancia si primero se hacía una idea general del edificio visto desde fuera.
Bajaron los doce escalones y caminaron alrededor del círculo que formaban los setos expresamente ubicados allí, no solo como algo estéticamente bello, sino como una glorieta para que el coche de caballos, la calesa o el carro en el que solían traer diferentes mercancías cada cierto tiempo pudieran girar con facilidad tanto al llegar como al marchar.
—Me gusta observar la casa desde cierta distancia —le explicó, señalando varios bancos de piedra a lo largo del camino de la entrada—. Supongo que se debe a que he vivido aquí toda mi vida. Excepto los años de universidad y los veranos en los que viajaba con mi padre —puntualizó —. Pero siempre he pensado que es el edificio más hermoso del mundo.
—Es realmente un pequeño castillo —confirmó ella, contemplando la fastuosa edificación—. Por suerte, no tan grande como los que vi ayer por el camino.
—¿Verdad que algo así es exagerado? —Él rio, sabía que a ella su nueva casa ya le parecía demasiado grande—. No tenemos nada que envidiar al Castillo Real de Blois o al de Valençay. Pero algún día te llevaré a la veintena de castillos que dominan esta región.
Verónica observó que la luz de la mañana hacía parecer la casa aún más gigantesca que al anochecer. La piedra blanca se volvía luminosa bajo los rayos del sol, salpicando con destellos cada uno de los ventanales que se repartían entre los tres pisos, con su balconada floreada en un intenso fucsia en el piso intermedio, el de los dormitorios.
Como ya se había vuelto una costumbre, Verónica aceptó el brazo de su marido para rodear la casa por el lado derecho, contemplando las flores azuladas que crecían a los pies del edificio.
—Hacia este lado, hacia el río, dan las puertas de las cocinas y se encuentran las estancias del servicio. Disponen de su propio salón además de sus dormitorios.
Acababan de adentrarse en un patio trasero en cuyo centro se ubicaba un pozo con el arco de hierro que lo coronaba plagado de flores de un rojo tan vivo como el fuego. Agua y fuego, tan opuestos y tan necesarios, pensó Verónica antes de fijar la vista en una puerta entreabierta.
Allí divisó lo que supuso que era un pequeño almacén o una despensa, pues dejaba a la vista varias cajas con lo que parecían alimentos. Acto seguido se giró y se quedó sorprendida.
—¿Qué es eso?
Se refería a una verja baja que rodeaba un pedazo de terreno que llegaba hasta la orilla del río.
—El huerto de Arthur. —Al ver que ella levantaba una ceja, Alejandro decidió explicarle ciertos detalles—. Sí, de Arthur. Es su territorio, por así decirlo. O su pasatiempo, si prefieres llamarlo así. Pero jamás lo hagas delante de él. Está muy orgulloso de sus… ¿cultivos?
—No entiendo.
Para desconcierto de Verónica, Alejandro se rio a carcajadas. Nadie en la casa lograba entenderlo del todo.
—En parte de la tierra hay verduras comunes, en una parte muy concreta y señalizada que Margot le obligó a destinar al abastecimiento de la casa. Pero pocas veces habrá algo del otro lado del huerto en alguno de los platos que ella cocine. Arthur experimenta con las hortalizas. Es una especie de científico loco. —Se puso serio—. Tampoco le digas eso nunca a él.
—Así que cultiva alimentos que no se pueden comer —interpretó de aquellas palabras.
—Oh, sí se pueden comer. Leo y yo hemos probado en crudo alguno de sus tomates especiales. Ninguno hemos enfermado, pero tampoco volveríamos a probarlos. Sabían raros.
Verónica observó dos partes claramente diferenciadas en el huerto. Aquello era bastante extraño, pero tampoco conocía a aquel hombre como para juzgarlo por su peculiar entretenimiento.
—Espero no haberte asustado —le dijo Alejandro rascándose la cabeza.
Quizás debería haber comenzado por otra parte de la casa.
—Yo también tenía un huerto, tú mismo lo viste. Y he de reconocer que mis primeros cultivos no fueron gran cosa.
Al verla reírse de sí misma, Alejandro recuperó el ánimo y continuó la visita, rodeando la casa por la parte trasera.
—Hacia aquí dan nuestros cuartos, y otras estancias que necesitan orientación sur por su buena iluminación durante todo el día.
El río serpenteaba ligeramente en esa zona y se adentraba hacia los jardines traseros que eran como un laberinto dibujado por diferentes flores formando distintas figuras geométricas. Desde luego, Léonard había aprendido muy bien el trabajo de su padre, pensó la joven. Aquello podía definirse como un diseño artístico, original y definitivamente hermoso.
Pasaron por el último lateral del edificio y Verónica alcanzó a ver una gran cabaña de madera, pintada de blanco con el tejado de un rojo muy vivo, y no tuvo ninguna duda de a qué estaba destinada. Por el tamaño calculó que allí habría al menos una docena de ejemplares equinos.
—A este lado, justo frente a los establos, están las cocheras. — Alejandro abrió una puerta de hierro de aquel lateral más estrecho del edificio rectangular de esquinas redondeadas—. Nada demasiado interesante —concluyó antes de cerrar de nuevo la puerta.
Verónica solo le echó un pequeño vistazo al oscuro recinto de la planta baja. Era un frío sótano que solo se utilizaba para guardar los carruajes, así que poco más podía querer ver allí.
En cambio, sentía una creciente curiosidad por entrar de nuevo en la casa y averiguar qué albergaban las innumerables estancias que les iba a llevar un buen rato recorrer. Pero se sentía animada a conocer todo aquello, les llevara el tiempo que les llevara. Mucho más animada de lo que había imaginado hacía tan solo unas horas.
Miró de nuevo a su alrededor, respiró el aire fresco y perfumado por las flores que parecían abarcarlo todo en aquellos flamantes jardines, y subió de nuevo las doce escaleras.
Ahora que había visto los otros dos accesos a la casa, dos escalinatas mucho más estrechas a ambos lados en la parte trasera, aquella entrada le parecía aún más espectacular. Dos altos muros flanqueaban la docena de escalones y cuatro grandes maceteros de piedra del mismo tono blanco que lo dominaba todo se repartían en los cuatro extremos de aquel acceso.
Una vez arriba, comprobó que todo el edificio estaba rodeado de macetas alargadas que decoraban la baranda que circundaba un inmenso corredor. Seguro que era una agradable zona para pasear por las noches, pensó, y de pronto se vio a sí misma allí, apoyada en aquella repisa, asomada hacia los jardines, y contemplando las estrellas de un despejado cielo de verano.
—¿Entramos? —le preguntó Alejandro al verla ensimismada.
—Sí, claro. Aún nos quedará muchísimo que ver.
Él asintió y se adentró en la casa, dispuesto a seguir haciendo de guía todo el tiempo que fuera necesario, incluso más, si eso suponía que ella iba volver a parecer interesada en algo. Aquellos ojos parecían volver a brillar. Y no había nada en ese momento que él deseara más.
Tras atravesar el comedor, recorrieron un saloncito contiguo que parecía muy acogedor. Justo al lado, había un gabinete que Alejandro utilizaba como despacho cuando sus socios le visitaban en la casa, si bien él tenía otro más privado en el piso de arriba, a pocos pasos de su dormitorio.
Después, pasaron por otros cinco salones aún más espaciosos que, a pesar de estar dispuestos de un modo similar, habían sido decorados de forma muy diferente, como si cada uno de ellos quisiera representar un estilo distinto. Alejandro se lo confirmó al explicarle que los muebles, cortinajes, lámparas y tapices de cada una de esas estancias provenían de diferentes países del mundo, fruto de una pasión por viajar que se remontaba a sus tatarabuelos.
También había dos aseos, aunque ninguno era un cuarto de baño completo como el que ella ya había visitado esa mañana en el piso de arriba. Aquel disponía de una espaciosa bañera de hierro, la cual estaba deseando utilizar, si bien había querido asegurarse de que Alejandro no estuviera justo al lado, en su cuarto, mientras ella se bañaba.
Antes de subir al siguiente piso, le mostró cómo varias puertas que separaban un gran salón de baile del vestíbulo podían abrirse por completo, haciendo de la ya por sí espaciosa sala un lugar capaz de albergar a un par de cientos de personas.
Ya en el siguiente piso, Alejandro abrió cada puerta del corredor derecho. Allí se ubicaban diferentes dormitorios, aunque solo los cuatro primeros eran tan grandes como el suyo. Los otros eran más modestos, y no por ello menos impresionantes. Grandes camas con dosel, hermosas chimeneas coronadas con sus respectivos y vistosos cuadros, vestidores y tocadores. Cualquier visita estaría encantada de pasar la noche en uno de aquellos elegantes dormitorios.
—En el corredor izquierdo también había solo dormitorios —le explicó cuando ella dio por completada la visita del lado opuesto—. Pero yo reconvertí cuatro de ellos en otra cosa.
Primero, le mostró su despacho, cuya puerta era la más próxima a las escaleras. A ella le pareció un lugar ordenado y, desde luego, profesional. Poco tenía que ver con la decoración del resto de la casa. Se notaba que se había definido para poder trabajar, incluso estudiar, con la mesa enfocada hacia la ventana, hacia las inigualables vistas de sus jardines, una amplia pradera y, al fondo, un poblado bosque.
—Cuando estoy aquí, suelo olvidarme de la hora. —Le sonrió como si se sintiera culpable por ello—. Tienes total libertad para entrar a por mí si es hora de cenar y no aún he bajado.
—No te molestaré si estás ocupado —respondió ella, con una seriedad que él no había esperado.
Se dijo que las siguientes salas, como poco, le cambiarían ese gesto de indiferencia.
—Las próximas dos puertas dan acceso a una sola sala. Reconvertí dos dormitorios en un gimnasio.
Verónica entró en aquel lugar y, cuando Alejandro descorrió varias cortinas para que entrara más luz, se quedó literalmente sin palabras.
La mitad del suelo estaba forrado con algún tipo de material que parecía muy mullido, pero no era una alfombra exactamente. Al otro lado, había seis muñecos formando un círculo, sujetos a una base que parecía estar clavada al suelo. De las paredes, de todas excepto de las de los ventanales, colgaban diferentes armas de distintos tamaños, formas y empuñaduras. Ella se dijo que, al menos las de fuego, debían de ser meramente decorativas.
Bajo algunas de ellas, algo parecido a unas armaduras, pero que no eran de metal alguno, reposaban en unos soportes similares a los de los peleles que parecían estar realizando algún tipo de juego infantil.
—¿Qué clase de deporte practicas aquí?
—Varios. —Aquella era una historia demasiado larga para contársela en ese momento—. Si quieres, algún día puedo hacerte una demostración.
Él no supo por qué, pero ella puso un gesto de disgusto tras su comentario.
—Creo que no me gustaría ver nada que tenga que ver con espadas o sables, gracias —indicó, molesta porque él intentara pavonearse con a saber qué tonterías—. ¿Y la última habitación?
Resignado a que ella no iba a interesarse por nada que tuviera que ver con sus gustos ni actividades cotidianas, Alejandro le mostró con desgana el último cuarto, el más importante para él. Su taller de pintura.
—Si algún día te apetece pintar, aquí hay de todo —le dijo sin más.
Ni siquiera se molestó en mostrarle el lugar, solo abrió la puerta y, sin entrar, esperó a que ella echara un vistazo, aunque probablemente no pudo ver gran cosa ya que casi todas las cortinas estaban echadas.
—En el piso de arriba tienes la biblioteca, a la derecha. Y a la izquierda solo hay salas vacías, con algunos muebles y otras cosas viejas. Es una especie de desván. Creo que eso podrás verlo por ti sola.
La joven se preguntó por qué de repente él daba por terminada la visita. Retrocediendo un poco en sus últimas palabras, comprendió que había vuelto a mostrar su lado menos agradable. Pero ya era tarde para lamentarse, se dijo, sobre todo, porque no podía evitar reaccionar así. Le salía de esa forma, y punto. Si no le gustaba, que la dejara en paz.
—Sí, gracias. —Su tono se volvió frío, como el de él—. Iré a ver qué libros tienes.
—Eso puede llevarte meses. —La miró a los ojos en la penumbra del pasillo, esperando a que ella dijera algo más. Como no lo hizo, decidió que mejor la dejaba sola, ya que eso parecía ser lo que deseaba—. Nos vemos en la comida.
Alejandro bajó las escaleras, y ella las subió. Pero él se detuvo a medio camino y escuchó el característico sonido que él ya conocía de la puerta de la biblioteca al abrirse, justo antes de cerrarse con un golpe seco, casi un portazo.
Lo que había empezado bien se había vuelto un auténtico desastre. Él estaba poniendo de su parte, se dijo concienzudamente, pero ella no daba su brazo a torcer en ningún momento. Esperaba que, pasando un rato a solas leyendo, que parecía ser uno de sus únicos placeres, el humor le mejorara y tuvieran una comida agradable.
Esa tarde él no iba estar, así que suponía que ella volvería a la biblioteca, o tal vez se llevaría un libro a su cuarto. Eso si no se planteaba dar un paseo por los jardines o ir hasta los establos, donde, ahora que lo pensaba, no la había llevado.
—Que haga lo que le venga en gana —rezongó mientras se dirigía a ver a los potros por primera vez.
Lo que no se esperaba Alejandro era que durante la siguiente semana, a excepción de la comidas en las que ambos compartían el comedor, ella no fuera a salir de su dormitorio o de la biblioteca. Sí que Margot le mantenía informado de todas las veces que ella se pasaba por la cocina, aunque sospechaba que era porque los niños solían andar mucho por allí.
Ella la retenía todo lo que podía ofreciéndole alguno de sus dulces caseros o fruta fresca, que parecía ser su pequeña debilidad. Mientras estaban solas, o alguna vez con Ivette y Melissa, ella solo las escuchaba hablar, y rara vez contaba algo. Hasta el momento, apenas algunas historias de su país, siempre que fueran al hilo de la conversación, pero nunca nada personal. Ya era más de lo que le contaba a él, se decía Alejandro cada vez que Margot le informaba de que su esposa había vuelto a pasar un rato allí.
Por si fuera poco, las escasas veces que él le proponía ir a algún lado ella se negaba, y si insistía, se ponía hecha una furia. En una ocasión había perdido el control delante de Ivette y Léonard y había acabado marchándose del comedor dejándole con la palabra en la boca después de exigirle que respetara su luto y el hecho de que no tuviera ánimo de ir a ningún lado.
Por eso, a su vuelta de un viaje de negocios que lo había retenido dos noches fuera, le sorprendió encontrarla en el camino que pasaba por delante de la casa, seguida de cerca por Gino, tan de cerca que no paraba de golpearle las piernas con el hocico.
—¡Alto ahí! —Verónica lo vio asomado a la ventanilla del carruaje, con una ceja alzada—. ¿Intentabas escapar?
La joven sintió algo de alivio cuando el perro decidió ir hacia él al verlo bajar del carruaje. Había tratado de darle esquinazo yendo más allá de los muros de la finca, pero el animal no paraba de seguirla a todos lados cada vez que ella decidía dar un paseo.
—Solo paseaba. Aunque Gino parece pensar lo mismo que tú. Es como una sombra.
—Le indiqué que te vigilara, por supuesto —bromeó, aunque ella dudó de si lo estaba diciendo en serio.
Le ofreció el brazo para caminar juntos hasta la casa y ella lo aceptó de forma mecánica, simplemente no se había parado a pensar en rechazarlo. Su educación a veces iba por delante de su voluntad.
—Te he traído algo —canturreó él con tono misterioso.
—Te dije que no necesitaba nada. —El tono de ella fue seco y cortante.
—Lo sé. Pero lo vi y no me pude resistir. No lo busqué. Él vino a mí.
—¿Qué es?
—Un regalo no debe revelarse antes de abrir el paquete.
Algo extrañada por sus palabras, Verónica se dejó conducir hasta su dormitorio, donde Ivette ya los esperaba tal como Alejandro le había indicado a Arthur antes de bajarse del carruaje. Léonard salía justo en ese momento del cuarto, pues se había cruzado con Ivette cargada con varias cajas y se había ofrecido a ayudarla.
—Esperaré fuera. Avísame cuando te lo hayas probado.
Verónica abrió el paquete más grande que reposaba sobre su cama y sacó un vestido que soltó de inmediato.
—No pienso probármelo —le avisó antes de que se marchara con Léonard—. Es demasiado ostentoso.
—Es un vestido digno de la esposa de Alejandro Zaldívar.
—¿El resto de mis vestidos no lo son?
—No. —Se acercó lo suficiente a ella como para tirar de su falda y mostrar que estaba desgastada por los bajos de tanto andar por los pedregosos y a menudo embarrados caminos de Zaragoza—. De hecho, preferiría que hicieras el menor uso posible de ellos.
—No puedo llevar algo así a diario. —Le dio un golpecito en la mano para que soltara su falda y se cruzó de brazos con tozudez—. Es demasiado recargado e incómodo.
—Bueno, es cierto que este es para una ocasión más especial. — Acercándose a la cama, Alejandro deslizó un dedo por la tela que había imaginado sobre la piel de Verónica nada más verla en un escaparate—. Pero haré venir a una modista para que te haga otros nuevos de diario. O si lo prefieres, te acompañaré a la ciudad.
—No quiero ir a por vestidos.
—Entonces ellos vendrán a ti. Como este.
—¿Piensas obligarme?
Los brazos de la joven pasaron de estar cruzados sobre su pecho a estarlo en jarras sobre sus caderas.
—¿Piensas ir desnuda si quemo todo tu armario?
—Podría ponerme ese vestido y no quitármelo nunca.
Ambos se sostuvieron la mirada y Alejandro se encaró con ella, casi haciendo que sus narices se rozaran.
—¡Eres insufrible! ¿Nunca te lo han dicho?
Ella sonrió altivamente y retrocedió un paso. Sí que se lo habían dicho, pero se encogió de hombros con indiferencia.
—Mira. Solo pruébatelo, ¿quieres? —Cogiéndolo él mismo de la caja donde tan pulcramente lo habían envuelto para ella, se lo acercó—. Por favor.
Verónica lo miró. Había esperado que después de aquello se hubiera ido, mandándola al infierno. Pero insistía, se lo pedía por favor. Léonard e Ivette miraban con cara triste. Ella pudo leer, como si lo llevaran escrito en la cara, que estaban profundamente decepcionados.
—Está bien. Solo probármelo. —Se lo arrancó de las manos de un tirón —. Después me vestiré con uno de los míos.
—No puedes estar de luto eternamente. —Alejandro observó de reojo la fotografía de Arturo, una antigua y en la que se le veía joven y sano, reposando sobre la mesita de noche—. Créeme, no eres la primera en pasar por algo así.
—Tengo más vestidos de los que llevo últimamente —repuso, y siguió la mirada de Alejandro hasta el portafotos—. Ya lo sabes.
—No me refería solo a la ropa. —Suspiró profundamente sin cruzar la mirada con la de ella. Agarró a Léonard del brazo para salir del cuarto—. Esperaré fuera.
Tras cerrar la puerta, Léonard lo miró comprensivamente. Alejandro dejó caer la espalda contra la pared y se pasó las manos por el pelo con frustración.
—Sabes que no acostumbro, pero ahora me tomaría una copa. ¿Me acompañas?
—Creo que te la mereces —concedió el joven, atónito por lo que acababa de presenciar—. Puede que incluso dos.
Mientras Ivette estiraba la tela de los bajos del vestido con gran delicadeza, como si fuera a romperse, Verónica se miraba en el espejo interior de su armario y no podía creérselo. Aquel vestido le quedaba como un guante. Y era el más hermoso que había tenido nunca. Incluso más que el que fuera de su madre y que ella había llevado el día de su boda.
Su corte era mucho más moderno, de un estilo que no había visto nunca. Se abotonaba en la parte delantera, justo hasta cubrirle los senos, sobre los que sobresalía un tejido casi transparente de encaje, de un tono rosa más fuerte que el resto del vestido. La cintura se ajustaba perfectamente antes de llegar al vuelo de la falda, el cual formaba una cascada de tela superpuesta, como los pétalos de una flor. Al girarse, pudo comprobar que la parte superior de su espalda quedaba tan desnuda como los hombros, y tuvo el impulso de soltarse el moño para taparse la piel con sus rizos. Estaba en ello cuando una voz la hizo perder las horquillas que sostenía y que Ivette recogió del suelo de inmediato.
—Si te atreves a decirme que no te gusta, no te creeré. Así que ahórratelo.
—Admito que el tejido es muy agradable al tacto. —Y seguro que era seda, pensó algo cohibida por el dinero que debía de haberle costado—. Y el color es encantador.
—Está preciosa, Madame. Les dejaré a solas.
Verónica sintió la tentación de decirle a Ivette que se quedara, pero no se le ocurría una excusa para hacerlo. Ya la había ayudado a vestirse.
—¿Cómo es posible que sea exactamente de mi medida?
Él esbozó una sonrisa petulante.
—No me creo que tengas tan buen ojo para algo así.
—Tenerlo… lo tengo. —Algún día le contaría que uno de sus muchos talentos era ser capaz de retener las imágenes en su cabeza como si fueran fotografías. De ahí su pasión por la pintura—. Pero esta vez he hecho trampa.
—¿Cómo? —Consciente de que tenía el cabello suelto, se apartó varios mechones del rostro sosteniéndolos con las horquillas, pero dejó la espalda cubierta por su melena.
Alejandro la contempló mientras se peinaba, deseando que aquellas manos que acariciaban sus dorados cabellos fueran las suyas.
—¿No has echado en falta algo de tu armario?
—No.
—No me sorprende. Un vestido lúgubre más o uno menos…
—¡Deja de meterte con mi ropa!
—¿Sabías que el rosa te favorece muchísimo? —Y los cabellos tal y como te los acabas de peinar todavía más, pensó.
—¿Puedo quitármelo ya? —La forma en que la miraba la estaba poniendo nerviosa.
—¿Me pides permiso?
—No. Más bien te echo de mi dormitorio de forma sutil.
—En ese caso, no. Aún no puedes quitártelo.
—¿Y se puede saber por qué? —Le habló como a un niño pesado.
—Porque hay zapatos a juego.
Rebuscó dentro de una de las cajas y le entregó un par de zapatos que ella se puso inmediatamente.
—Me quedan pequeños. ¿No robaste calzado de mi armario?
—Ese detalle se me pasó. Así que te he comprado tres tallas diferentes. Alguna te quedará bien —comentó sacando otro par idéntico.
—A quien tiene dinero poco le importa tirarlo —le reprochó, y se probó el segundo par, que también le quedaba pequeño.
—Dentro de poco volveré a la ciudad. Quedé con el dependiente en que los dos pares que no te sirvieran, los cambiaría por otros dos modelos de tu talla. Él auguró que podrías ir tú misma a descambiarlos.
—Pobre diablo —se burló, y al probarse el tercer par, comprobó que le quedaba perfecto.
—Sí. —Alejandro se entretuvo guardando los dos pares que ella había descartado—. Ya sé que jamás me acompañarás en ninguno de mis viajes. Me voy haciendo a la idea de cómo quieres que sean las cosas entre nosotros.
—¿Y cómo quieres tú que sean? —Algo más alta con el calzado puesto, se sintió menos vulnerable frente a él. El elegante vestido también le daba la sensación de estar de igual a igual, y su propia superficialidad la irritó.
—Como poco, menos tirantes. No pretendo que te arrojes a mis brazos a la primera de cambio, pero sí que no montes escenas delante de los sirvientes y aceptes tu nueva posición, que exige que vistas de una manera menos… humilde.
Dejó caer las cajas sobre la cama y se dirigió a la puerta. La abrió y se volvió para mirarla de pies a cabeza.
—Ahora ya puedes quitártelo. Y si no quieres, no vuelvas a ponértelo nunca.
El portazo resonó en toda la estancia e hizo que los cristales retumbaran.
Su imagen vibró al hacerlo el espejo y ella se quedó mirándose a sí misma, preguntándose cómo había llegado a ser esa mujer arisca e insoportable, y por qué lo peor de ella salía a la luz en ese momento, cuando él acababa de hacerle un regalo tan hermoso.
—¿Quién eres? —le dijo a su reflejo—. ¿De dónde demonios has salido y qué has hecho conmigo?
OceanofPDF.com