Noches perdidas
Prólogo
Zaragoza, septiembre de 1858.
Una enérgica ráfaga de viento agitó las ramas del viejo sauce. El murmullo del follaje se convirtió en una melodía que comenzaba en lo alto de su copa y culminaba en las últimas hojas, las que acariciaban las frescas aguas del Ebro. Y allí, a la orilla del río y al cobijo de la sombra del majestuoso árbol, Alejandro y Verónica jugaron la que sería su última partida de ajedrez de ese verano. Tal vez la última en muchos años.
Estaban tumbados frente a frente, apoyados en los codos y en silencio, solo mirándose el uno al otro por encima del tablero tras cada movimiento. Como en los otros juegos que habían compartido durante más de dos meses, la niña se mostraba competitiva, una digna rival. Y creativa, una inigualable compañera de diversiones infantiles. No importaba que tuviera solo siete años y Alejandro estuviera a punto de cumplir los doce; ella le había exigido que no le concediera ningún tipo de ventaja. Si ganaba, quería hacerlo por sus propios méritos. Ya lo había conseguido en varias ocasiones, aunque ni una sola al ajedrez.
Por eso, cuando Alejandro movió la torre negra en lugar del alfil con el que haría jaque mate y no solo jaque a su rey blanco, ella levantó una ceja y lo miró con aquellos profundos ojos color violeta que hablaban por sí solos. Antes de terminar el movimiento, Alejandro arrugó la nariz como si hubiera recibido una colleja. Las tenues pecas que le cubrían esa parte del rostro se acercaron unas a otras, de aquella forma que tanto le gustaba a la niña. Aunque lo que más le gustaba de él era que compitiera limpiamente con ella, de igual a igual. Y así lo hizo cuando eligió la ficha correcta para hacer el movimiento acertado, dando por concluido el juego.
—Tengo un regalo para ti. —Emocionada ante sus palabras, Verónica se incorporó y se puso de rodillas a la vez que él, observando cómo su amigo sacaba un papel del bolsillo interior de la chaqueta—. Lo he hecho yo.
—¿Es uno de tus dibujos? —preguntó impaciente, antes de abrirlo.
Lo había deducido nada más ver el papel, porque Alejandro se había pasado medio verano dibujando. De todo. La casa desde el jardín, el jardín desde la casa, los caballos en el establo, o el río desde diferentes ángulos. Y lo hacía francamente bien.
—El mejor de mis dibujos —matizó—. Para que te acuerdes de mí.
Verónica abrió el papel doblado por la mitad, y lo que encontró no fue lo que había esperado. Jamás le había visto haciendo un retrato. Y ella nunca había posado para él. ¿Cómo podía haberla dibujado con tanto detalle y tan fielmente?
—¿Te gusta? —Su tono reflejaba su inseguridad.
Le gustaba dibujar, incluso creía hacerlo decentemente. Y a pesar de que no escondía sus obras, nunca había hecho una expresamente para alguien. Podía ser muy poca cosa como regalo, pensó de pronto.
—Es el mejor regalo que me han hecho nunca. —Su sonrisa infantil era radiante y, como siempre, contagiosa—. Deberías dedicarte a esto. Tienes mucho talento.
—Me gustaría. Aunque mi padre quiere que empiece a interesarme por sus negocios. Supongo que pintaré solo en mis ratos libres.
—Lo entiendo. Yo también quiero trabajar con mi padre algún día, aunque él dice que las mujeres debemos dedicarnos a otras cosas, ya sabes: los hijos, la casa y todo eso. Pero nunca dejes de pintar. Si es lo que realmente te gusta, no dejes de hacerlo.
El muchacho le sonrió y ella le devolvió la sonrisa con gran alegría, a pesar de que se sentía triste por la marcha del mejor amigo varón que había tenido nunca. De pronto se dio cuenta de que no tenía nada que darle a él; no se le había ocurrido hacerle ningún regalo de despedida. Mirando el precioso dibujo con culpabilidad, fijó la vista en las coletas que Alejandro había trazado recogiendo su pelo y que, ese día como tantos otros, también llevaba.
—Toma. Para que tú también me recuerdes.
Se soltó uno de los lazos blancos, casi transparentes, que decoraban sus dorados rizos y, cogiendo la mano de Alejandro, se lo anudó a la muñeca.
—Alejandro, tenemos que irnos ya.
Desde la casa oyeron la voz de Fernando, que estaba junto al carruaje, acompañado de Arturo. Con pesar, ambos niños se levantaron y corrieron hacia sus padres.
Fernando y Arturo contemplaron a sus hijos juntos una vez más. Estaban riendo y mirándose el uno al otro en lo que era una carrera en toda regla. En ese preciso momento, ambos hombres —viudos desde que sus hijos habían nacido— pensaron lo mismo y a la vez.
—¿Crees que podríamos decírselo ahora?
—Creo que es el momento perfecto.
Los niños llegaron casi simultáneamente, y sin aliento, a la entrada de la casa, y sus padres les rodearon por el hombro para explicarles algo importante:
—¿Lo habéis pasado bien estas vacaciones? —les preguntó Fernando, acariciando el cobrizo pelo de su hijo.
Ambos asintieron sonrientes, pero con un raro dolor en el estómago que les provocaba solo pensar en decir adiós.
—Nos alegra que hayáis hecho tan buenas migas, porque hay algo que debéis saber.
Arturo les explicó la promesa que él y Fernando habían pronunciado ante la tumba de su mujer. La promesa de que sus hijos no se quedarían solos cuando ellos dejaran este mundo.
—Prometimos que si, a nuestra muerte, ninguno de los dos había encontrado con quién compartir su vida, cuidaríais el uno del otro.
Hubo un silencio en el que ninguno de los niños dijo nada, a pesar de que sus padres ansiaban conocer su reacción.
—¿Se refiere a que Verónica y yo nos casaremos, Monsieur Arturo? — Alejandro estaba tan confuso ante las ambiguas palabras, que olvidó controlar su acento francés y las solemnes formas de su buena educación.
—Sí. Exactamente.
El muchacho parpadeó y miró a Verónica, quien solo sonreía y parecía estar asimilándolo aún, como él. Se dijo que era comprensible que ambos progenitores hubieran ideado algo así. Ellos habían enviudado y no habían vuelto a casarse. Como su propio padre, Arturo debía de sentirse muy solo. Sabía que los hombres necesitaban la compañía de las mujeres cuando se hacían mayores. Teniendo en cuenta los matrimonios que él conocía, los cuales, salvo contadas excepciones, no parecían tener nada en común, pensó que casarse con Verónica no estaría nada mal. Se divertirían. Si tenía que pasar toda su vida con la misma mujer, bien podía ser ella.
—Tendremos muchos hijos. —Tras pensar en ello un largo rato, e imaginando lo que sería ser mayor y estar casada con su buen amigo Alejandro, la niña había llegado a la rápida conclusión de que la idea era estupenda—. Tendrán tus pecas y mis ojos.
Los hombres rieron cuando Alejandro se rascó la nariz.
—Mejor solo lo segundo —alegó él, mientras Fernando abrazaba a la niña y después a Arturo para despedirse de ellos.
Verónica también abrazó con fuerza a Alejandro y se llevó su dibujo al pecho. Él se rodeó una muñeca con la mano y le dio un beso en la mejilla antes de subir al carruaje y despedirse desde la ventana, agitando su mano, en la que ella pudo ver asomar el lazo bajo la manga.
Arturo, con su hija delante de él, se despidió del que había sido su mejor amigo desde la infancia. Por desgracia, hacía años que vivía en el país vecino, haciendo imposible verse tan a menudo como quisieran. Acarició la cabeza de su hija, feliz de que ambos hubieran aceptado la sagrada promesa de sus padres. En la caricia notó que solo llevaba un lazo.
—Has perdido uno de tus lazos. Y eran tus favoritos.
—No lo he perdido. Se lo he regalado a Alejandro. Para que no me olvide. Y él me ha regalado esto.
La niña le mostró el dibujo, y al hombre se le encogió el corazón. Había sabido reflejar el espíritu de su hija, en unas cuantas líneas a carboncillo, de la más maravillosa de las formas.
—Es precioso. Como tú.
Antes de que Arturo pudiera cogerlo para verlo mejor, una ráfaga de viento arrancó el papel de las manos de Verónica, arrastrándolo por el suelo para volver a levantarlo en una especie de remolino que lo llevó hasta el río, sin que ninguno de ellos pudiera evitarlo.
—¡Papá, mi dibujo!
Arturo buscó por el suelo alguna rama larga con que alcanzarlo, pero la corriente ya lo había arrastrado río abajo.
—No pasa nada, cariño. Lo tienes grabado aquí —le dijo, tocándole la frente—. Y lo que es más importante, aquí —le indicó, señalándole el pecho a la altura del corazón.
Contemplando cómo el pedazo de papel se perdía entre las aguas, Verónica pensó que, por suerte, ella había atado el lazo a la muñeca de Alejandro, tal como su padre le había enseñado a atarse los cordones de los zapatos. Nudo, lazada, nudo. Él no perdería su regalo tan fácilmente. Así que ahí tenían un nuevo reto, pensó entusiasmada.
El regalo de él había sido más personal, realizado con su propio esfuerzo y talento. Pero el viento se lo había robado, convirtiéndolo en algo efímero, que solo se mantendría vivo en su memoria. Y en su corazón. En cambio, ella había anudado su regalo bien fuerte a él. Como casi siempre, él jugaría con ventaja, pero ¿quién de los dos ganaría finalmente el juego de recordar mejor al otro?
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