Noches perdidas
Capítulo 21
El instinto era algo en lo que Alejandro había creído siempre. Se había dejado guiar por él para tomar múltiples decisiones, si bien en alguna ocasión no le había hecho el caso que se merecía y había acabado metido en algún que otro entuerto. O en una celda.
Pero el mismo presentimiento que le había hecho buscar la manera de huir del hotel sin que los guardias que lo custodiaban lo vieran, le había llevado a rodear el edificio del Liceu en busca de una entrada no custodiada por la Guardia Civil.
Que aquella puerta estuviera entreabierta había sido providencial, y gracias al cielo, parecía haber llegado justo a tiempo.
—Alejandro. —Rodrigo no pudo ocultar su sorpresa—. ¿Te has escurrido por las alcantarillas de la cárcel como las ratas?
—Estaré encantado de darte todos los detalles cuando bajes y te enfrentes a mí cara a cara.
Él no soltó a Verónica, al contrario, le rodeó la cintura con un brazo con mucha fuerza.
—Oh, no. No soy tan estúpido. Me habré dejado engañar por ella. Ha hecho muy bien el papel de zorra. Pero no voy a cometer ningún error más esta noche. —Metió la mano en el interior de su chaqueta y sacó un revólver—. ¿Quieres ver cómo le vuelo los sesos o prefieres morir tú primero?
Alejandro sintió un mareo cuando vio que encañonaba la sien de Verónica, quien no paraba de forcejear sin éxito. Les separaban ocho escalones, demasiada distancia para llegar hasta su esposa antes de que aquel cobarde apretara el gatillo. Manteniéndose muy quieto, solo moviendo los ojos, miró a su alrededor en busca de algo que disminuyera su actual desventaja.
—Yo primero. —Eligió tras solo unos segundos.
—¡No! —exclamó ella empujando a Rodrigo lo más fuerte que pudo. Él apenas se movió.
—La cortesía dice que las damas deben ser las primeras —comentó el Conde con un deje de risa en la voz que delataba lo que estaba disfrutando de aquello—. Pero ella acaba de demostrar que no es una dama. Y tú no eres lo bastante hombre.
En cuanto Rodrigo desvió la pistola para apuntar a Alejandro, este cogió todo el impulso que la rabia le aportaba y dio una gran patada a la bola de madera que remataba el final del pasamano. Como si se tratara de una bala de cañón, la pesada esfera voló directamente hacia Rodrigo, golpeándolo de lleno en el estómago.
El revólver cayó de su mano cuando se llevó ambas a las tripas, aquejado de un agudo dolor. Entonces Verónica aprovechó que la había soltado para empujarlo y tirarlo contra los escalones. Aunque en vez de huir, trató de hacerse con el arma.
—¡Sal de aquí! —le ordenó Alejandro, cogiéndola por un brazo y lanzándola hacia la puerta.
Rodrigo reaccionó y recuperó el arma que tenía justo a sus pies. Pero antes de poder alzarla contra Alejandro, este le pisó la muñeca obligándole a volver a soltarla.
—¡Sal por esa puerta ahora mismo! —repitió mientras alzaba a Rodrigo por el cuello.
—No pienso dejarte solo —repuso la joven, distrayéndolo lo justo para que el Conde se impulsara hacia adelante, forzando que ambos cayeran escalera abajo.
Retorcidos y en el suelo, ambos se propinaron puñetazos, patadas y codazos, en un amasijo que no dejaba diferenciar al uno del otro. Verónica vio que el arma había quedado tendida sobre un escalón, pero los dos hombres le bloqueaban el paso. Si quería alcanzarla, tendría que meterse en medio de la pelea.
Al ver que los hombres se ponían en pie, cogió carrerilla y se lanzó sobre la espalda de Rodrigo. Por desgracia, él y Alejandro estaban tan enzarzados que los tres acabaron cayendo contra la escalinata. Algo aturdida por el impacto, se revolvió y buscó el arma con la mirada. Sin embargo, la ventaja que le proporcionaba su mayor altura había permitido a Rodrigo alcanzar el revólver antes que Alejandro, quien tenía la espalda contra la pared y el arma apuntándole directamente al corazón.
—Despídete de ella, Alejandro.
Las palabras de Rodrigo precedieron a un disparo. Extrañamente, Verónica lo oyó a su espalda, solo un segundo antes de oír otro frente a ella.
—¡Alejandro! —gritó una voz y, aunque era de mujer, Verónica supo que no era la suya. Ella no podía hablar. No podía ni respirar—. ¡Están aquí!
El repiqueteo de unos tacones resonó en las escaleras al mismo tiempo que Verónica veía cómo Rodrigo apoyaba una mano ensangrentada en el suelo. Sin dudar un solo segundo, se la pisó con toda la fuerza que pudo.
El grito del Conde fue agudo. Por el contrario, Alejandro estaba completamente callado, con la espalda apoyada en la pared y sentado en el último escalón. Con una mano sujetándose el costado, y la camisa empapada en sangre.
Dos hombres vestidos de camarero bajaron detrás de Anette y se encargaron de Rodrigo, sacándolo por la puerta mientras las dos mujeres atendían a Alejandro.
Verónica le dio unas palmaditas en el rostro y él entreabrió los ojos, con la mirada perdida. Anette le sacó la camisa y buscó la herida.
—La bala solo le ha rozado. —Detectó con alivio, cubriéndole la herida con su pañuelo—. Se pondrá bien.
—¿Y Rodrigo? —farfulló Alejandro.
—Está detenido. Y también se ha llevado un balazo —declaró—. Va a tener un bonito agujero en mitad de la mano para el resto de su miserable vida.
—Buena puntería —la felicitó él. Aunque trató de incorporarse, el dolor no le permitió hacerlo—. Gracias.
—De nada. Lamento no haber llegado un poco antes para evitarte esa herida.
—Al contrario, Anette. Has llegado justo a tiempo. —Verónica la miró por primera vez desde que había llegado y se sobresaltó al verle sangre en la frente. Se la limpió con la mano y le extrañó comprobar que no era suya. Aun así, ella protestó por el contacto—. ¿Qué te ha pasado?
—El hombre que Rodrigo envió para retener a Agustí era muy grande, y tenía la cabeza muy dura. Romperle la nariz me ha costado un buen chichón. Me he quedado un poco mareada, por eso te he perdido de vista y he tardado tanto en encontraros. Lo siento mucho.
Verónica la miró estupefacta.
—¿Que lo sientes? —La cogió por ambas manos—. ¡Le has salvado la vida! —exclamó, recordando dónde había apuntado el arma de Rodrigo hasta que ella había logrado desviarla, disparándole a la mano un providencial segundo antes.
Consciente por primera vez de cómo había sucedido todo, Verónica actuó por un impulso y besó a Anette en los labios con fuerza. Ella parpadeó por la sorpresa y miró a Alejandro con un gesto de disculpa a la vez que se levantaba y retrocedía un par de pasos. No todo lo discretamente que pretendía, se levantó la falda e introdujo su pequeña pero certera pistola en su liga.
—Voy a buscar un médico. —Carraspeó, recolocándose las ropas—. Vuelvo enseguida.
Verónica se concentró de nuevo en la herida de Alejandro y rasgó su camisa para sustituir el pañuelo ya demasiado ensangrentado de Anette.
—¿A qué ha venido eso? —Quiso saber Alejandro entre pinchazos de dolor.
Ella no supo de qué le hablaba hasta que vio cómo la fulminaba con la mirada.
—Era un gesto de agradecimiento. —Se encogió de hombros y enrojeció de golpe—. Y que la hubieras besado tú no habría sido lo mismo —explicó.
Él sacudió la cabeza y rio sin fuerzas.
—Te dije que salieras por esa puerta —le reprochó, pero ella acalló cualquier otra protesta dándole un beso muy diferente al que le había regalado a Anette.
—Ahora mismo voy a hacerlo. Pero contigo a mi lado.
Un hormigueo sacó a Alejandro de un sueño pesado que amenazaba con volver a arrastrarlo, como si le hubieran dado a beber una de las infusiones de Margot. Pero la sensación placentera que le recorría todo el cuerpo reclamaba su atención consciente. Se entregó a ella y dejó que tirara de él con más fuerza que el cansancio.
El contacto de unos finos dedos por su pecho, por su garganta, y ahora por su rostro, era el mejor bálsamo para el dolor de su cuerpo. Saber que ella estaba allí, a su lado, y que nada ni nadie volvería a separarlos, era la mejor cura para el dolor de su alma.
En cuanto ella le rozó los labios, él atrapó con su boca uno de sus curiosos dedos.
—¡Tramposo! —le acusó tras soltar un gritito. Tiró de su dedo para recuperarlo—. Te has hecho el dormido.
—No. Me acabo de despertar.
Cuando abrió los ojos y la vio apoyada sobre un codo, tumbada de lado junto a él en la cama del hotel, se preguntó si alguna vez habría visto una imagen más hermosa que la cascada de su pelo fluyendo alrededor de su rostro, sonriente e iluminado por las velas.
—¿Cuánto tiempo llevo dormido?
—No el suficiente. —Palpó delicadamente las ojeras que sombreaban su rostro.
—¿Tú no duermes?
—Acabo de llegar. Azcona me ha retenido horas con la declaración. Y tampoco quería irme hasta saber si habían encontrado el cuerpo de Arnau enterrado en su jardín.
Alejandro recordó poco a poco todo lo que ella le había contado mientras lo curaban.
—¿Lo han hecho?
—Me temo que sí. —Suspiró profundamente—. Agustí está bastante afectado.
No le extrañaba. Podría haberse comportado vilmente, pero era su familia.
—¿Y Rodrigo?
Ella respondió a todas sus preguntas. Sin embargo, su atención estaba en su cuerpo, sus dedos no cesaban de acariciar su rostro y su pecho, deteniéndose de vez en cuando en el vendaje de su costado.
—Su guardaespaldas ha confesado haber disparado y enterrado a Arnau por órdenes suyas. Solo con eso y mi declaración, ya estaría acusado de un asesinato y de otros dos intentos. Pero el Capitán Azcona le ha seguido presionando y, con los dolores que tenía a causa de su nariz rota, ha cantado todo como un pajarito para ser atendido cuanto antes. Ha delatado a varios vigilantes de seguridad y a un abogado de la empresa ferroviaria en la que entraste. Estás libre de todos los cargos.
Era una noticia inmejorable, pero a ella se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Ya no tengo dos perros guardianes en la puerta?
—No. —Su comentario logró hacerla sonreír y le recordó algunas cosas que la tenían intrigada—. ¿Cómo saliste sin que te vieran? Estamos en un quinto piso. Dudo que saltaras por una ventana.
—No, pero tengo práctica saltando de balcón a balcón para ir a buscarte. —Alzó la mano y le secó una lágrima que colgaba de sus pestañas —. Até una sábana en la baranda y me descolgué hasta el balcón del cuarto piso. Con este calor, el ocupante del dormitorio había dejado la puerta abierta mientras dormía como un tronco. Salí sin que me oyera girar la llave.
Verónica reprimió una inquietante visión de la peligrosa maniobra.
—¿Esa es una de las habilidades que aprendiste con tu amigo Yang Akio?
—No exactamente. —Eso había sido cosecha propia—. Aunque practicar el equilibrio sí ha contribuido.
—¿Y esa asombrosa patada que has dado a la bola del pasamano? ¿Cómo has podido arrancarla de un solo golpe y lanzarla justo contra el estómago de Rodrigo?
—Se llama Pit Tolia Chagui, aunque lo que he hecho es más bien una versión con objeto volador que se me ocurrió de repente. Aunque no me salió bien del todo, porque mi mente ordenó a mi pie que lanzara la bola un poco más abajo —confesó con media sonrisa—. Hace tiempo que no practico Tae Kwon Do.
—¿Cuántas técnicas de autodefensa te enseñó Yang?
—Las más populares entre las orientales. Y algunas occidentales. — Sonrió ante la cara de asombro de su esposa—. Recuérdame que le lleve algún regalo de agradecimiento cuando volvamos a casa.
—Le había prometido a Anette que en cuanto te recuperaras iríamos con ella a ver a tus tíos de Valencia. A Ivy y a Leo les parce estupendo.
—A mí también —admitió él.
—Y después… ¿podríamos ir a Zaragoza? Me gustaría visitar a los Oliván, y ver cómo has dejado mi casa.
—Ese era tu segundo regalo de cumpleaños.
La mano de ella pasaba justo sobre su corazón. Él posó encima la suya con fuerza, reteniéndola sobre ese latido que había sentido detenerse al ver el arma contra su sien.
—El primero también me ha gustado mucho —confesó ella recordando el cuadro que había encontrado en el taller—. Es más, mientras te observaba dormir se me ha ocurrido que podrías enseñarme a pintar. — Volvió a acariciarle la cara como había hecho antes—. Yo también quiero hacerte un retrato.
Él frunció el ceño y ella recorrió aquellas arruguitas con sus dedos.
—¿Me estabas tomando medidas? Y yo pensando que esas caricias significaban otra cosa.
—También. —Lo besó entre ceja y ceja para que relajara el gesto—. Pero estás convaleciente. Y no quiero que se te abra la herida. —Le palpó el vendaje—. El médico ha dicho que no deberías hacer movimientos bruscos.
Sin previo aviso, él giró y se colocó sobre ella. El dolor fue agudo, pero lo soportó estoicamente.
—El médico no lleva más de un mes separado de su esposa. Atormentado por la idea de no volver a verla nunca más.
Ella lo besó gustosamente cuando él reclamó su boca, pero rodó sobre él para que se tumbara de nuevo boca arriba. Siguió besándolo hasta idear cómo darle lo que sabía que necesitaba, lo que ella ansiaba ofrecerle, sin que su herida se viera afectada.
—Espera. —Lo sujetó por los brazos, indicándole con la presión de sus manos que no se moviera—. Déjame a mí.
Le ahuecó la almohada bajo la cabeza y salió de la cama. Lentamente, caminó hasta los pies del lecho y se plantó ante él, mirándolo con una sonrisa tímida pero coqueta. A Alejandro se le secó la boca cuando ella se desabrochó los botones del camisón y lo dejó caer por sus hombros. La tela se deslizó por su piel con un suave murmullo y cayó a sus pies, mostrando su cuerpo completamente desnudo e iluminado por la anaranjada luz de las velas. Para él.
—No te muevas —solicitó cuando gateó sobre la cama hasta llegar a su lado.
Muy despacio, desabrochó los calzones de Alejandro y se los bajó hasta los tobillos deslizando las manos con suavidad sobre sus piernas. Él se deshizo de ellos sacudiendo los pies mientras ella contemplaba su creciente erección y comenzaba a acariciarla con ambas manos.
—He querido hacerte esto desde que me lo hiciste tú a mí —confesó justo antes de rodearle la punta del miembro con los labios.
Alejandro tensó los glúteos y trató de no hundirse de una sola estocada en la deliciosa boca que lo torturaba delicadamente, aventurándose en algo que era completamente nuevo para ella. La lengua rodeó su glande, lo saboreó y sus labios presionaron cada vez más osados, más hambrientos. Y cuando un rugido le indicó que lo estaba haciendo bien, ella se armó de confianza y seguridad y absorbió todo el pene en su boca.
Alejandro escupió un juramento y se incorporó de golpe, hundiendo una mano entre sus dorados caballos, manteniéndole la cabeza fija donde estaba, mientras con la otra la cogía por la cintura y la giraba de espaldas a él.
—Ven aquí —pronunció, ardiendo por tocarla.
Esa misma mano palmeó su trasero y después lo acarició con suaves círculos, justo antes de introducirse entre sus muslos.
—No pares. —Gruñó él, cogiéndola por la nuca cuando ella dejó de lamer al sentir la invasión de sus dedos muy dentro de ella—. Pero ve más despacio o esto acabará pronto. Yo marcaré el ritmo.
Acompasados, ella redujo la intensidad de la succión a la vez que él entraba y salía de su interior, rodeaba su vulva con tormentosas caricias y palmeaba sus nalgas haciéndola brincar con cada cachete.
Los dos estaban inmersos en la entrega y en el placer, con todos los sentidos concentrados en un único objetivo: sentirse el uno al otro. Su embriagador aroma, su delicioso sabor, su suave tacto. Con los oídos colapsados por los gemidos de ambos y sus propios latidos retumbando en sus cabezas. Con los ojos nublados y entrecerrados.
Pero por un segundo, sus ojos se cruzaron. Aquello le dio a ella aún más seguridad en lo que estaba haciendo. Porque él parecía completamente perdido, derrotado bajo su embrujo. Y no se equivocaba.
El hombre acababa de descubrir que aquella visión de ella, retorcida sobre él, acogiéndolo en su boca y en su sexo mientras lo miraba lasciva, con su piel brillando bajo una tenue y favorecedora luz, era el cuadro más impresionantemente erótico que sus ojos habían contemplado jamás. No necesitaría pintarlo para recordarlo eternamente. La imagen acababa de grabarse a fuego en su retina.
—Te tomaría tal como estás ahora, por detrás, con fuerza —confesó, emulando sus intenciones solo con sus dedos—. Te haría gritar mi nombre con cada embestida. No imaginas todas las cosas que deseo hacerte.
—Hazme lo que quieras —jadeó sin dejar de lamer, seducida por sus palabras.
—Lo haré. Créeme. —Suspiró profundamente—. Pero no hoy.
Detuvo sus caricias y liberó la sujeción que aún ejercía sobre su nuca.
Ella parpadeó confusa, sin comprender por qué se detenía, hasta que él se palmeó la parte superior de los muslos.
—Como no debo moverme, hoy mandas tú.
Ella pasó una pierna por encima de él y se acomodó sobre su vientre. Fue entonces cuando vio que el vendaje estaba tiñéndose de rojo.
—¡Estás sangrando!
Él evitó que le presionara la herida sosteniéndole las manos y entrelazando sus dedos.
—Así estaremos en igualdad de condiciones.
Conmovida, Verónica se removió sobre él hasta que sintió la punta de su erección alcanzar la entrada de su sexo. Palpitando de anticipación, se deslizó a lo largo de aquella flamante rigidez y lo acogió poco a poco, cada vez más profundamente, deseosa de abarcarlo por completo.
Él contuvo el aliento cuando ella apretó los ojos con fuerza y se detuvo unos segundos. La respiración se agolpó en sus pulmones al sentir cómo ella le arrastraba ambas manos hasta sus senos, solicitando con muda exigencia que los acariciara.
El balanceo se reactivó en cuanto él se colmó las manos con sus tiernos y firmes pechos, los acunó y los pellizcó, llevándola a una convulsión que oprimió su miembro en el interior de ella, tan violentamente que no pudo evitar derramarse en ese preciso momento.
Las sacudidas del orgasmo lo empujaron a incorporarse buscando sus senos con la boca, para lamer esos pezones que reclamaban atención desesperados. Ella se arqueó tras el primer bocado, y con la cabeza hacia atrás, gritó su hombre repetidas veces, hasta que finalmente, sus músculos se relajaron y se dejó caer sobre él.
Agotados, desmadejados y sin aliento, se tumbaron sobre la cama. Él aún en su interior y ella adormilada sobre su pecho, se susurraron palabras de amor hasta que cayeron dormidos profundamente. Y en sueños que pronto se harían realidad, idearon cómo recuperar todas y cada una de las noches perdidas.
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