Noches perdidas
Capítulo 22
Alejandro se despertó y, antes de abrir los ojos, buscó a su esposa estirando una mano hacia su lado del lecho. Pero allí no estaba. Desde que habían abandonado Barcelona, tanto en la casa de sus tíos en Valencia como en la de ella en Zaragoza, ambos habían amanecido juntos a diario. Y habían hecho el amor bajo la penumbra que les ofrecían los primeros rayos de sol.
Sin embargo, la primera mañana en Le Petit Beaumont, ella había decidido saltarse esa deliciosa rutina. Y él no iba a tolerarlo, no señor.
Se vistió y fue en su busca. Directo al lugar donde sabía que la encontraría.
—¿Qué haces aquí? —Le preguntó en cuanto dio un paso en el interior de la escuela—. Todavía estamos de vacaciones.
Gino entró detrás de Alejandro y Verónica ignoró su pregunta para detener al perro antes de que… Demasiado tarde.
—Te he dicho cientos de veces que no dejes entrar al perro aquí. Como ves, se come las tizas.
Intentando abrirle la boca, Verónica tomó al animal por la cabeza, pero este se escurrió y se coló por la puerta abierta de la sacristía.
—No me he dado cuenta de que me seguía —se justificó Alejandro, sin darle mayor importancia—. Estaba concentrado buscándote.
Ella le sonrió y abrió otra de las ventanas.
—Solo estaba ventilando un poco. No quería que la escuela volviera a tener el aire viciado que tanto nos costó sacar al principio. Hace ya tres meses que está cerrada.
—Y va a permanecer cerrada un tiempo más. —Le aseguró—. Te quiero solo para mí las veinticuatro horas del día lo que queda de mes. Solo para mí.
Verónica contuvo el aliento cuando él se le acercó peligrosamente, clavándole una mirada llena de ardientes intenciones. Pero soltó una carcajada cuando él la alzó rodeándole la cintura y la besó sin que ella tocara el suelo, mientras daba vueltas y vueltas en el aire, chocando con los pupitres y riendo entre beso y beso.
Su cariñoso juego se vio interrumpido por unos alarmantes ladridos de Gino. Asustados pensando que algo malo le había sucedido, corrieron a la sacristía, donde lo encontraron ladrándole inexplicablemente a un armario empotrado en la pared.
Con cautela, imaginando que podría tratarse de un animal ya que Gino no paraba de olfatear en suelo y ladrar, Alejandro miró a su alrededor y se decidió por una cruz de plomo de base bastante pesada. Abrió la puerta rápidamente, dispuesto a asestar un buen golpe, pero le sorprendió comprobar que allí solo había estanterías completamente vacías.
No obstante, Gino no se dio por vencido tan fácilmente. Siguió ladrando al vacío hueco en la pared hasta que, con todo el peso de su cuerpo, se lanzó dentro del mueble sin que Alejandro pudiera evitarlo. El impacto fue certero, si su objetivo era echar abajo las estanterías y, con ellas, el falso fondo del armario.
Alejandro sintió en el rostro el frío viento que subía por las escaleras que parecían dirigirse a un sótano.
—Creo que Gino ha encontrado un pasadizo secreto —murmuró, y buscó velas con las que alumbrar ese oscuro túnel.
Verónica empalideció, recordando las voces que había creído oír varias veces estando en la escuela, siempre sola.
—No bajes ahí, Alejandro. —Le agarró de un brazo al ver que ponía un pie en la primera escalera—. Me da escalofríos.
—Imagino que construyeron esta ermita sobre los restos de antiguas ruinas, como los que había en el jardín secreto de Ivy. No tengas miedo, seguramente solo serán tumbas.
La mano de la joven se apretó con mayor fuerza alrededor del brazo de él.
—Creía que eras más valiente. —Le ofreció una de las velas que había encendido—. Los muertos no pueden hacerte nada.
—Eso he creído siempre pero… algunas veces, me ha parecido oír voces —confesó—. Ahora creo que no era mi imaginación, ni el viento.
—Eso solo puede significar que alguien ha estado entrando aquí. Vamos a ver por qué.
Gino bajó el primero, y Alejandro se apresuró a seguirlo, cogiendo a Verónica de la mano, quien trataba de no temblar demasiado.
—Creo que hay luz tras esa curva. —Fueron las últimas palabras que pronunció antes de encontrar algo que los dejó a ambos sin palabras y profundamente horrorizados.
Seguían en silencio cuando emprendieron el camino de vuelta hacia la casa. Verónica continuaba estando consternada, aunque lo peor era ver a Alejandro tan afectado. Jamás lo había visto así. Le acarició la mano para tranquilizarlo y cruzó los dedos para que no hubiera nadie en la cocina en ese momento, y así poder prepararle una infusión que le calmara los nervios. Quería que estuviera más tranquilo cuando hablaran con cierta persona que tenía que darles muchas explicaciones. Muchísimas.
Creyó que estaban solos cuando hizo a Alejandro sentarse en un taburete. Pero cuando se dirigió a la alacena, oyó voces en el patio. Por si era ella, se acercó sigilosamente hasta la puerta, y a quien encontró fue a Leo clavando la rodilla en el suelo, a los pies de Ivy.
Maravillada por aquella escena, le hizo una seña a Alejandro para que acudiera a la puerta a presenciar el momento mágico que, por unos segundos, había borrado de su mente el mal rato que acababan de pasar en aquellos pasadizos.
Alejandro se sintió algo menos desolado mientras contemplaba cómo Leo le ofrecía un anillo a Ivy con el rostro lleno de esperanza y amor. Y cómo ella lo aceptaba y se arrodillaba frente a él para besarlo y abrazarlo mientras le gritaba:
—¡Sí, sí, sí!
Pero sus gritos no fueron los únicos. Desde la despensa, otros gritos que contradictoriamente pronunciaban «No, no, no» alertaron a ambas parejas. Aunque solo los que estaban en la puerta presenciaron cómo Berta salía echa una furia de ese cuarto, desde cuya ventana había sido testigo de algo que siempre se había temido, pero que había esperado que no llegara a suceder nunca.
No pareció importarle que Verónica y Alejando estuvieran allí, porque con la mirada enfebrecida, con unos ojos en los cuales ninguno de los dos reconoció realmente a Berta, esta se dirigió a la encimera y se hizo con un enorme cuchillo.
—¡No lo permitiré! —gritó con una voz que tampoco parecía la suya, y se encaminó hacia la puerta, empujando a Alejandro a un lado para poder salir al patio.
—¡Qué crees que estás haciendo! —Él le sujetó la muñeca, pero ella se revolvió con una fuerza tan descontrolada que logró soltarse.
—¡Tengo que impedir esto! ¡Ellos no pueden estar juntos!
Los aludidos aparecieron en la puerta alarmados por los gritos. Verónica cogió de la mano a Ivy y la escondió a su espalda. Alejandro trató de hacer algo parecido con Leo, pero él ya había entrado en la cocina.
—¡Mamá! ¿Se puede saber qué estás haciendo con ese cuchillo?
—No te acerques a ella, Leo. No sabe lo que hace. —Le susurró Alejandro.
—Mamá. —Extendió la mano lentamente. Ella no le haría daño—. Dámelo.
Berta negó con la cabeza.
—Ella no, hijo. —Alzó más el cuchillo—. Ella no.
Cuando Ivy sintió la mirada hostil de Berta sobre ella, el día más feliz de su vida se convirtió en el más horrible en cuestión de segundos.
—Mamá. —El joven avanzó otro paso—. Yo la amo. Vamos a casarnos.
—Por encima de mi cadáver —resolvió Berta de inmediato.
Estirando el brazo izquierdo, se acuchilló las venas desde la muñeca hasta el interior del codo.
—¡Mamá!
Leo le arrebató el cuchillo antes de que continuara y la cogió en sus brazos cuando los ojos se le cerraron y las rodillas le vencieron. Entre borbotones de sangre, Berta se desplomó sobre su hijo, inconsciente.
Gabriel deshizo el vendaje en el que Ivy había envuelto el brazo de Berta y comprobó uno por uno los puntos que Leo había cosido para evitar que se desangrara. Para solo contar con su experiencia sanando heridas de caballos, tuvo que reconocer que había hecho un trabajo excelente. Uno que probablemente había salvado la vida de su madre.
—¿Se pondrá bien?
La voz de Leo sonaba cansada. Gabriel alzó la vista y vio en el rostro de los presentes la misma expresión desolada. Menos mal que Melissa y los niños no estaban allí.
—Físicamente, sí. Mentalmente… solo lo sabré cuando despierte.
—Se mutiló —escupió Leo—. Y lo hizo para hacerme elegir entre Ivy y ella. ¿Cómo puede una enfermedad mental empujarla a hacer algo así?
—Hay algo… —Gabriel dudó, era duro explicar aquello—. Algo sobre Ivy que la perturba. En las sesiones hemos ido avanzando por algunos caminos, pero con Ivy en concreto estamos estancados. Ella tiene sentimientos contradictorios hacia tu prometida.
—Explícate, Gabriel. —Alejandro estaba fuera de sí—. Y no me vengas con eso del secreto médico-paciente. Estamos hablando de un intento de suicido, ¡por el amor de Dios! —Y eso porque no le habían dejado salir por aquella puerta y alcanzar a Ivy con ese maldito cuchillo, pensó solo para sí.
Gabriel se retorció uno de los rizos de su cabeza, en un gesto que él mismo había diagnosticado como inseguridad originada en la infancia.
—Berta tiene… diferentes personalidades. Y no me refiero a cambios de humor como cualquiera de nosotros. Es como si dentro de ella hubiera realmente distintas personas. Aún no he dado con el trauma que hizo emerger a la más poderosa y dominante de todas. Pero sí sé de otras que surgieron de situaciones dolorosas para ella. Una de esas personalidades adora a Ivy, como una madre. Pero otra… todo lo contrario. Siento no poder explicaros por qué.
—¿Qué clase de broma es esta? —Leo no podía creer lo que oía—. Gabriel, mi madre no está loca.
—Loco es un término muy despectivo, y demasiado amplio. Yo empleo el término trastorno de la personalidad.
—Loca, trastornada… Lo mismo me da. —Suspiró y se acercó a la cama. Acarició el rostro envejecido de una mujer que había sido muy hermosa, y que lo había dado todo por él—. ¿Qué podemos hacer para que se cure?
—Estoy probando diferentes combinaciones de medicamentos, pero lo más importante sería encontrar el desencadenante, la raíz del problema. Por qué surgió Eva, como ella la llama. Como la primera mujer de la creación según la Biblia. Eso me ha llevado a pensar que Eva es la primera que emergió en su mente.
—¿Leo?
La voz de Berta sonó como un quejido.
—Mamá, estoy aquí. —Le acarició una mejilla—. Te vas a poner bien.
—Leo, dime que no vas a casarte con ella.
El joven se levantó de un salto y se apartó de la cama. Apenas se acaba de despertar, ni siquiera había abierto los ojos aún, y ya estaba de nuevo con esas.
—Si no puedes aceptarlo, me marcharé con ella y nunca volverás a vernos —amenazó, decidido a hacerlo si fuera necesario.
—¡Leo! —Ivy se levantó del asiento que ocupaba junto a Verónica, Arthur y Margot y le agarró del brazo—. No puedo permitir eso.
—Y yo no puedo permitir que mi propia madre nos separe. —Besó la mano de Ivy y acarició el anillo que ella acababa de aceptar—. Si me hace elegir entre ella y tú, te elijo a ti.
—¿Cómo puedes renegar de la mujer que te trajo a este mundo? — Sollozó Berta, incorporándose en la cama con dificultad.
—¿Y cómo puedes tú intentar separar a tu hijo de la única mujer a la que jamás podrá amar? ¿Qué te ha hecho Ivy, mamá?
—¡Su madre fornicó con el único hombre al que yo amé en mi vida! — El grito resonó por toda la estancia y se les clavó a todos como un puñal—. Ella es el fruto de la más sucia de las traiciones.
Ivy se desplomó de rodillas contra el suelo y Leo no fue capaz de reaccionar para agarrarla. El silencio solo fue interrumpido por el llanto desconsolado de la joven.
Todos se quedaron mirando a Berta, esperando que diera más explicaciones. Porque aquello no podía ser. Leo e Ivy no podían ser medio hermanos, aquello era un disparate.
—Mi madre… —La voz de Ivy era un balbuceo mientras sus ojos miraban suplicantes a Berta—. Mi madre me dijo que solo hubo dos hombres en su vida. Al primero apenas lo recordaba, fue una insensatez de su adolescencia. Pero a mi padre lo amó. Él fue realmente el único hombre para ella. Me contó que él fue bueno con ella mientras aquello duró. Nunca mencionó que estuviera casado. Y sé que ella jamás habría hecho nada semejante.
—No me creo nada, mamá. —Si había sido capaz de clavarse un cuchillo, también podía inventar una mentira así—. Mi padre te adoraba. Y a pesar de que tú fuiste fría y distante con él, siguió venerándote. Jamás te habría engañado con otra mujer, menos aún en su propia casa.
—Pero no es de Henri de quien está hablando, Leo. ¿Verdad, Berta? — Alejandro dio un paso hacia la cama y la enfrentó, como había estado pensando hacer antes de toda aquella tragedia—. Solo has amado a un hombre en tu vida. Pero no era el padre de Leo, sino el mío.
La cara de Berta enrojeció mientras las exclamaciones de los presentes resonaban por la habitación. Margot tomó la mano de Arthur con fuerza y comenzó a comprender muchas cosas. Una tras otra.
—¿Cómo… lo has descubierto? —preguntó la mujer, avergonzada.
—Gino ha encontrado por casualidad la entrada al pasadizo que hay bajo la escuela. Verónica y yo hemos bajado, y hemos visto… tu santuario.
—¡Es un lugar sagrado! —Exclamó con aquella mirada turbia de nuevo en sus ojos de un frío azul—. ¡No teníais derecho! Ese lugar es nuestro.
—Mi padre está muerto. —Lo dijo con tanta rotundidad que Berta lo sintió como un puñetazo—. Todas esas fotos y su ropa en maniquís rotos no nos lo van a devolver.
Alejandro recordó con algo muy parecido al asco las fotos de su padre por todas partes. Las de él junto a su madre, mancilladas, y con el rostro de Evangeline recortado para sustituirlo por el de Berta. Cientos de objetos de Fernando que, supuestamente, ella misma se había encargado de meter en baúles y subirlos al desván tras su muerte. Pero estaba claro que había sido otro su destino.
—¿Engañaste a mi padre con Fernando? —Leo sintió ganas de coger a su propia madre por los brazos y sacudirla para que dijera toda la verdad—. ¡Cómo pudiste!
—No, jamás. —Se llevó las manos a la cara y se apretó los ojos, obligándose a no llorar—. Ni siquiera lo engañe diciéndole que lo amaba. Ni una sola vez. Él sabía que yo estaba enamorada de otro hombre, pero no le dije de quién. Y aun así se casó conmigo. Creyó que me haría olvidar al otro. Pronto comprendió que no sería así, y desde que me quedé embarazada, ni siquiera trató de volver a acercarse a mí por las noches. Él era un hombre bueno, y me respetó. Se conformó con el hijo que le había dado, un hijo precioso y sano, listo y trabajador. Tú compensaste el cariño que yo no le pude dar. Porque yo seguía amándolo a él. —Las lágrimas ya no se contuvieron más—. Oh, Fernando…
Verónica sintió un escalofrío. Aquel gemido llamando al padre de Alejandro era exacto al sonido que ella había escuchado tantas veces en la escuela. Ese lamento desesperado era inconfundible.
—Ya lo amaba antes de que conociera a Evangeline. Por eso no dudé en marcharme con él cuando se casó y vino aquí con ella. Arrastré conmigo a mis padres y a mi hermano, porque yo contaba con que tarde o temprano, él recapacitaría y vería que ella no le amaba ni la mitad de lo que lo hacía yo.
Buscó con la mirada a Alejandro, pero al ver en él un gesto acusador, se refugió en los ojos de Margot, tan llorosos como los de ella.
—Unos días después de que mi hermano se casara con una muchacha de la ciudad y se fueran a buscar fortuna a París, llevándose a mis padres con ellos, Fernando me preguntó si mis motivos para quedarme tenían que ver con Henri, quien había dado muestras de su interés por mi delante de todos. Me confesó que se alegraría si fuera así, porque le daría mucha pena verme marchar a mí también. Entre otras cosas, porque no podía pensar en nadie mejor que yo para ayudar a Evangeline a cuidar al hijo que estaba esperando.
»La noticia me dejó desolada, pero ese mismo día Henri se me declaró, y yo pensé que aquella era la oportunidad perfecta para estar siempre a su lado, casarme con alguien de la propia casa. Entonces, ella murió al dar a luz, y creí que él se refugiaría en mí, que por fin había llegado nuestra oportunidad. Pero no fue así. Fernando se centró en su hijo, solo en él. Y años después, Claudette entró a servir a la casa. Y me robó al hombre que por derecho me pertenecía.
—Ni Claudette ni Astrid robaron esas joyas, ¿verdad? —intervino Margot, refiriéndose a la madre de Ivy y su compañera de cuarto—. Tú las pusiste en su mesita de noche.
—¿Qué otra cosa podía hacer? Una noche que no podía dormir, la descubrí saliendo a hurtadillas del dormitorio de Fernando. Y a la noche siguiente me quedé allí esperando hasta que la vi entrar. No salió hasta el alba. Y así muchas otras noches. Yo era quien debía detener aquello. Y lo hice.
—Entonces… ¿Por qué años después me trajiste aquí, Berta? —exigió saber Ivy, aún arrodillada en el suelo.
—Un día, Astrid llamó a la puerta preguntando por mí. Claudette se estaba muriendo y le había solicitado que cuidara de su hija, pues su padre la había abandonado antes de que naciera. Pero su trabajo no le permitía hacerse cargo de una niña de seis años. Así que amenazó con acusarme ante Fernando de ser yo quien había mentido con lo de las joyas si no me hacía cargo de ti. Ellas habían perdido su trabajo por mi culpa, lo supieron al poco de marcharse, después de hablar sobre lo sucedido y atar cabos, imagino. Por eso, era mi responsabilidad cuidar de ti.
»En aquel momento, la creí. Pensé que aquella niñita que estaba llorando en la cama de su madre moribunda era la hija de un viajante anónimo. Por eso te traje conmigo, tenía cargo de conciencia. Y te cuidé, incluso me encariñe contigo, como si fueras la hija que nunca tuve. Hasta que una noche os vi. A Fernando y a ti tocando el piano. Y supe que ese viajante era una invención de Astrid.
—¿Y por qué callaste? —le increpó Alejandro, con las manos clavadas en poste de la cama.
—Nadie debía saberlo —justificó mirando a Alejandro como si fuera algo obvio—. Menos aún Fernando. Él mismo lo sospechaba, porque aquel talento al piano no era nada corriente. Además, su edad coincidía con la fecha en la que ellos habían estado juntos. Pero cuando me preguntó si sabía algo de su padre, le juré que recordaba perfectamente al hombre que había abandonado a Claudette, y que la niña se le parecía mucho. Después, no pude decirle la verdad antes de morir, porque sucedió tan rápido que para cuando volví de hacer las compras en la ciudad, ya había muerto. Ni siquiera pude despedirme de él. —Se lamentó con un sollozo—. Así que lo seguí ocultando. Y lo habría seguido callando si vosotros dos no hubierais… —Miró a Ivy y a Leo entre enfurecida y arrepentida—. Tu madre robó lo que no era suyo, Ivette. Tenía que pagar por ello. Y tú también.
—Tampoco era tuyo, mamá. —Leo estaba temblando—. Nunca lo fue.
—Sí, sí es mío. —La cara se le iluminó—. Nos reunimos en nuestro lugar sagrado.
Alejandro golpeó el poste de la cama y todo el mueble tembló.
—Voy a hacer sepultar ese pasadizo, Berta. Pero antes quemaré todo lo que hay allí. Todo.
—¡No! —Trató de levantarse de la cama pero Gabriel se lo impidió—. Allí están las fotos de nuestra boda, todos nuestros recuerdos… —Su voz habitualmente grave se convirtió en un suave susurro y, de pronto, comenzó a hablar en francés. La risa que surgió de su garganta les puso los pelos de punta a todos.
—Evangeline —murmuró Margot y se santiguó tres veces—. Que Dios nos ampare. Está imitando su voz y su forma de reír.
Alejandro cayó de rodillas a los pies de la cama, observando a Berta con una mezcla de repulsa y compasión.
—¡Eso es! —Gabriel se incorporó de un salto y se tironeó de varios rizos a la vez—. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Eva no se refiere a la primera mujer de la Biblia. Sino a Evangeline. Ha adquirido su personalidad para tomar esas fotos y recuerdos como suyos, como si realmente hubiera sido ella su esposa. La señora de esta casa. Ese es el desencadenante. Esa es la mujer que nunca podría ser.
—¡Haz que se calle! —Rugió Leo. Pues mientras Gabriel razonaba en alto, Berta seguía farfullando cosas sin sentido y riendo de forma fingida y aterradora—. ¡Mamá, basta! Tú no eres Evangeline, ni Eva, ni Claudette, ni nadie más. Eres Berta, mi madre, ¿me oyes?
—Muchachito, así no se le habla a tu señora —le reprochó muy seria, pero inmediatamente volvió a reír.
Viendo que la cosa iba de mal en peor, Gabriel cogió una de las inyecciones que tenía preparadas por si ella se despertaba aún con intenciones suicidas y le administró un tranquilizante que la hizo callarse poco a poco hasta cerrar los ojos.
—Ya tenemos el punto de partida —sentenció Gabriel, mirando con preocupación a Leo—. Eso era lo más importante. Ahora, solo necesitamos tiempo. Y mucha paciencia.
En silencio, todos observaron cómo Berta iba sumiéndose en un sueño cada vez más profundo, hasta que sus ojos dejaron de moverse inquietos bajo sus párpados.
Entonces, Verónica reunió fuerzas para levantarse y se colocó entre Alejandro e Ivy, ambos aún de rodillas en el suelo. Ofreciéndoles una mano a cada uno para que se levantaran, les sonrió ampliamente y unió sus manos.
—Alejandro. Tenemos una hermana. —Dirigiéndose a Leo, le solicitó con la mirada que se acercara a ellos. La mano temblorosa del joven se unió a las otras tres—. Y dentro de poco, también un hermano.
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