Noches perdidas

Mina Vera · Capítulo 12 de 26

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Noches perdidas

Capítulo 9

 

 

Después de dar un paseo por el corredor, Verónica se apoyó en el muro que rodeaba la casa y se asomó sobre él para respirar el aroma de las flores del jardín en la oscuridad de la noche. Aun sin poder verlas, podía percibir el olor de todas y cada una de ellas, reconociéndolas.

Cometió el error de inhalar demasiado profundamente y el vestido no pudo más. Los botones delanteros se soltaron y los pechos de la joven se abrieron camino por encima del corsé, solo cubiertos por un fino encaje rosa. Aún estaba tratando de recomponer su indumentaria cuando unas cálidas manos se posaron sobre sus hombros, seguidas de un susurro en su oreja.

—¿Acaso la reina de la fiesta ha dado por concluida la noche?

—No, no es eso —respondió Verónica sin girarse y trató de cerrar el vestido antes de que Alejandro se diera cuenta de la embarazosa situación.

—Te he estado buscando por todas partes —susurró de nuevo en su oído, haciendo notar su aliento muy cerca. Demasiado.

—Solo necesitaba tomar el aire unos instantes —comentó con risa floja sin conseguir atar uno solo de los dichosos botones.

—Esos instantes han sido eternos para mí.

Las manos del hombre se aferraron a los hombros de la mujer y la giraron tan rápido que ella apenas se dio cuenta hasta que se encontró frente a él, solo un segundo antes de notar su boca sobre la de ella. En pocos segundos, se abrió paso entre sus labios con su lengua hasta tocar la de ella, obligándola diestramente a acompañar sus movimientos, lentos pero seguros.

Verónica estaba tan impactada que no fue capaz de protestar hasta que aquella hambrienta boca la liberó al descender por su cuello, a la vez que aquellas expertas manos se dejaban caer a lo largo de sus brazos hasta entrelazarse con sus dedos con fuerza, evitando así el intento de la joven por empujarle para apartarlo.

—¡Alejandro! —Profirió, pero un carraspeo la dejó muda.

La boca de Alejandro se detuvo en su clavícula y ambos miraron hacia el origen del sonido.

—¡Demonios! ¡Quién fuera joven de nuevo! —exclamó Julián con una gran sonrisa, cerrando la puerta principal tras de sí.

—No… no es lo que usted piensa, de verdad… —balbuceó la joven y se llevó las manos al escote tratando de hacer que Alejandro se las soltara, pero sus dedos la acompañaron hasta que fijó su mirada en el descompuesto vestido.

—¡Mon Dieu! —espetó Alejandro, y se apartó de ella de un salto—. Yo no… no he…

—Tranquilos, por mí no os preocupéis en absoluto. Da gusto ver a dos recién casados tan enamorados que no pueden esperar a estar en el lecho para comerse a besos. Tu padre estaría feliz por ti, hijo. Pero me temo que los invitados os reclaman.

—Ahora mismo entramos, tío —respondió Alejandro mirando al suelo. Si no se hubiera tratado de él, Verónica habría jurado que estaba ruborizado. Pero debió de ser la tenue luz del quinqué abriéndose paso por el hueco de la puerta que Julián había dejado entrecerrada, sin duda para darles algo más de intimidad y que ella terminara de vestirse.

—¿Has visto lo que has conseguido con tus arrebatos? —le recriminó y falló de nuevo en su intento de atar el primer botón.

—Sí. —La sonrisa de Alejandro era burlona mientras se acercaba de nuevo peligrosamente a ella—. Hacer aún más creíble tu majestuosa actuación de esta noche.

—Eso es. Solo una actuación. No sé a qué ha venido esto.

—¿Esto?

—Sí. Esto. No sé qué te ha hecho pensar que podías besarme así.

—Primero, que eres mi esposa. Segundo, que me apetecía hacerlo. Y tercero, que tú lo has hecho antes. Y no necesariamente en ese orden.

—¡Era parte de la actuación! —insistió, aún atónita por lo que acababa de suceder—. Pero ahora no había nadie delante. No había nada que representar.

—Tal vez no al principio. Pero luego hemos tenido a un selecto espectador que ahora mismo estará haciendo correr la voz por todas partes, enorgulleciéndose de la apasionada sangre que corre por mis venas, un Zaldívar de los pies a la cabeza, que no puede resistirse a amar a su bellísima esposa en un rincón oscuro en mitad de su propia fiesta…

—¡Calla! ¡Y haz el favor de llamar a Ivy para que me ayude a ponerme bien esto!

—Puedo ayudarte yo mismo. Si quieres —se ofreció con voz melosa, acariciándole un brazo—. ¿Por qué los has soltado? ¿Me estabas esperando?

—Muy gracioso. —Le hizo un gesto de burla, arrugando la nariz—. Me queda pequeño y los botones no han resistido más. Ya te lo dije, pero tú insististe en que tenía que ser este.

—Estás impresionante con él. —Agarró los laterales de la tela y tiró de ella hasta casi juntarla, con sus ojos fijos en la seda rosa, y en lo que había más allá.

En cuanto ella logró abrochar los botones, apartó las manos de él de un manotazo.

—Volvamos a la fiesta. No quiero que los rumores de tu tío sigan corriendo y que todo el mundo piense que estamos tratando de engendrar un hijo aquí mismo.

—¿Y no era eso lo que hacíamos?

Con una mirada felina, Verónica se adelantó a él para entrar lo antes posible en el salón. No hizo falta ver más que unos cuantos rostros sonrientes para saber que el rumor había corrido tal y como Alejandro había vaticinado. Se consoló con la satisfacción que le produjo ver las caras enrojecidas por la rabia de Brigitte, Marie y Rose. Que al menos aquel mal trago sirviera para algo, pensó mientras Gabriel le hacía una reverencia y le solicitaba otro baile.

—Acabas de ganarte un nuevo aliado, si lo aceptas —le susurró cuando ella bailó con él sin protestas.

—Muy bien. Pero bailemos. Solo bailemos, por favor.

Estaba deseando que la velada acabase. Cuanto antes.

Por su parte, Alejandro también había estado esperando que la velada acabara, pero por otros motivos. Tras despedir a todos en la puerta a altas horas de la madrugada, ambos subieron del brazo hacia los dormitorios, donde ella se soltó inmediatamente y se alejó de él.

—¿Adónde te crees que vas?

—A mi habitación.

Apoyando el hombro contra su puerta, Alejandro la miró con una sonrisa de medio lado.

—Mis tíos dormirán en la que fue la habitación de mi padre —comentó señalando la puerta de enfrente—. Y Bernarda tiene el sueño ligero.

—¿Y?

—Que deberíamos dormir en el mismo cuarto hoy. Y debería ser el mío.

—¿Estás de broma?

—No. Hicimos un trato.

Se había imaginado que algo así podría pasar y se sentía estúpida por no haberse adelantado a esa posibilidad dejándole claro que eso, eso en concreto, no estaba incluido en el acuerdo.

—Esto no formaba parte de él.

—¿No? Si se trata de hacer tu papel de perfecta esposa, ¿no deberías dormir con tu marido?

Lo sopesó unos instantes, elaborando una estrategia nueva a partir del giro de los acontecimientos. Con todas las habitaciones que había en la casa, los únicos que iban a dormir allí tenían que hacerlo precisamente al lado de ellos. No dudó en que Alejandro podría haberlo dispuesto así a propósito.

—Entraré en tu cuarto y después me iré al mío, cuando se hayan dormido.

—Oirán la puerta —alegó él, cada vez más sonriente.

—Entonces… serás tú quien duerma hoy en mi cuarto y yo en el tuyo. Saltarás por el balcón.

Desde luego, tenía que concederle que tenía ideas creativas.

—Hay demasiada distancia de uno a otro.

—No tanta —repuso Verónica, no dando su brazo a torcer.

—¿Has pensado alguna noche en colarte en mi cuarto por el balcón? Es encantador.

Aquello la enfureció pero, tal y como había hecho durante toda la noche, se contuvo de explotar en gritos.

—Más bien me he asegurado de dejar la puerta del balcón bien cerrada para que tú no pudieras entrar.

—No esperaba menos, querida.

—Muchachos. —Oyeron de repente una voz familiar que parecía tener que interrumpirles siempre en el peor momento—. ¿Estabais esperándonos para darnos las buenas noches?

Los tíos de Alejandro aparecieron como por arte de magia junto a ellos. Verónica esperaba que no hubieran oído nada, ellos no tenían la culpa y no quería causarles una decepción.

—Claro, Julián. Alejandro ya sabe que mañana partimos muy temprano para no perder el tren de vuelta y le he dicho que no merece la pena que madruguen después de un día tan agotador. Nos damos por despedidos si nos dais un abrazo que valga por dos —añadió la anciana abriendo los brazos para recibir a Verónica.

—Por supuesto. —La joven se acercó y les dio un beso y un abrazo a ambos—. Que descansen. Deben de estar agotados a estas horas tan tardías.

—Ay, hijo. Qué suerte tienes de tener una esposa tan cariñosa —le felicitó Julián, dándole una palmada en el hombro.

—No lo sabes tú bien, tío —murmuró el aludido para sí mientras besaba a sus tíos, pero Verónica lo oyó perfectamente.

—Id, id. No perdáis tiempo. Queremos oír unos pequeños piececitos correteando por esta casa lo antes posible, antes de que nuestros días acaben.

—No diga eso, Bernarda —se apresuró a intervenir Verónica—. Estoy segura de que aún la veremos muchos años por aquí.

—Ojalá hija, ojalá.

De pronto, Alejandro se acercó a ella y la abrazó por la cintura.

—De todos modos, más vale ponerse manos a la obra cuanto antes. ¿Verdad querida?

—Sí, querido. Lo que tú digas.

Ivy se encaminó por el pasillo en ese momento con una jarra de agua fresca para el cuarto de los invitados, y Verónica se soltó de Alejandro para dirigirse a ella.

—Ivy. —Le susurró—. Haz el favor de llevar uno de mis camisones al cuarto de Alejandro y dejar las puertas de mi balcón abiertas.

—Sí, Madame… ¿cómo? —preguntó cuando asimiló las órdenes.

—Tú solo hazlo.

 

Verónica le hizo girarse mientras se desvestía, mirando continuamente por encima del hombro para comprobar que él no la mirara. Pero lo único que se encontró fue a él quitándose los pantalones.

Mirándose el camisón, el cual se preguntaba por qué narices tendría que haber elegido Ivy precisamente ese día, se dirigió al balcón y se asomó para comprobar que las del otro estuvieran abiertas. También pudo comprobar, para su disgusto, que la distancia entre ambos era excesiva.

—Está bien. —Cerró las puertas y corrió las cortinas, resignada a tener que compartir el cuarto—. No quiero que te mates.

—Muy considerado por tu parte —agradeció Alejandro, y se metió en su lecho de un salto, solo vestido con unos calzones.

Compartir el cuarto no significaba compartir la cama, pero ¿cómo le decía que durmiera en una de las butacas o en el suelo? Le parecía demasiado vil. Así que se resignó a eso también.

—¿No piensas cambiarte de ropa?

—Duermo así. Siempre —alegó él, dando dos toquecitos a la cama con la mano—. Vamos, es muy tarde.

Irritada y algo temerosa, se subió a la cama por el lado más cercano a la puerta. Por si acaso.

—Buenas noches Alejandro.

La joven apagó la vela de la mesita de noche de un soplido, dejando como única luz la vela de la mesita del lado contrario. Se apoyó en la almohada boca arriba, se tapó con las sábanas hasta el cuello y cerró los ojos.

—Pensé que hoy las buenas noches irían acompañadas de un beso — oyó después de un largo minuto de silencio.

—Pensaste mal.

—Vamos, ya nos hemos besado dos veces —insistió apoyándose en un codo, a su lado—. ¿Qué tiene de malo rematar la noche con un tercer beso?

—No te confundas. Yo solo te he besado una vez. El segundo ha sido un beso robado.

—Tú me robaste el primero —le susurró él, cada vez más cerca.

—Pero tú me respondiste —se defendió la joven, girando la cara para poder mirarle a los ojos, que no había esperado que estuvieran tan cerca de los suyos, ni que fueran a brillar de aquella manera.

—Tú también respondiste a mi beso. Vaya si lo hiciste.

—Yo no… —Volvió a mirar hacia el techo—. Bueno, me pillaste desprevenida. Pero, en todo caso, estamos empatados.

—No me gustan los empates. No son emocionantes.

Sin darle tiempo para una nueva réplica, se deslizó sobre ella bajo las sábanas y la besó, hundiendo su cabeza en la almohada.

Las manos de la joven trataron de empujarlo por los hombros, pero él las aferró y las sujetó contra la cama por encima de su cabeza. Su cuerpo se amoldó al de ella, separando sus piernas con la rodilla y oprimiendo su pecho contra los senos de ella, mientras su boca se volvía exigente al ver que Verónica, esta vez, se negaba a corresponderle.

Tras varios intentos sin obtener resultado alguno de sus labios, se irguió de forma que quedó a un palmo de su rostro y la miró fijamente a los ojos mientras sus manos descendían por los delicados brazos de la joven hasta llegar a sus pechos. Verónica se sobresaltó al comprobar que la mirada de él era desafiante, aunque esperaba que la suya propia no lo fuera menos.

—Ni se te ocurra —le advirtió con toda la determinación que su entrecortada voz fue capaz.

—¿O si no qué? —preguntó Alejandro burlonamente a la vez que dibujaba con sus manos el contorno de aquellos senos que palpitaban bajo sus caricias.

Verónica no pudo evitar estremecerse, provocando una chispa en la mirada de Alejandro, una mirada profunda y hambrienta.

—Gritaré —fue la única defensa que se le ocurrió contra lo que temía que se avecinaba.

—Adelante. —La advertencia no pareció inmutarle y ya estaba desatando la lazada del escote del camisón—. Mis tíos pensarán que gritas de puro placer. Y pronto será verdaderamente así.

Separó la tela que cubría uno de los pechos hasta dejarlo al aire y bajó la vista hacia él según sus dedos lo acariciaban con suavidad. Verónica contuvo la respiración sintiéndose impotente ante el peso de aquel cuerpo de hombre inmovilizándola. Quiso mirar hacia otro lado pero un tacto húmedo en su piel la obligó a volver la vista hacia él. Aquella ágil lengua lamía su seno, aquella ardiente boca lo succionaba y sus dientes mordisqueaban el tenso pezón mientras su mano abierta mantenía sujeta su carne con delicadeza y firmeza a la vez.

Verónica comenzó a sentirse mareada y ahogó un jadeo, no pudiéndose creer lo que Alejandro se estaba atreviendo a hacer. Ella se negaba ni siquiera a besarlo y él… ¿Acaso pensaba que así le iba a hacer ceder? Llena de rabia, solo se le ocurrió una forma de detenerlo.

—¡Fuego! —Exclamó la joven con todas sus fuerzas—. ¡Fuego!

Sorprendido por sus gritos, pues la había sentido estremecerse bajo sus caricias, Alejandro tapó su boca con la mano y la miró con sonrisa burlona.

—Vamos, no lo estropees ahora. Estaba a punto de comprobar si el derecho me excita igual o más que el izquierdo…

Verónica agitó la cabeza para liberarse de la mano que la impedía hablar, para poder gritarle tan alto como fue capaz.

—¡No creas que voy a permitirte…!

Pero sus gritos se vieron sofocados por aquella implacable boca de nuevo, que devoró la suya con insistencia y ansiedad, cada vez más profundamente, hasta que ella consiguió hundir los dientes en su labio inferior.

—¡Au! —protestó él, echándose a un lado—. ¡Verónica! ¡Me has mordido!

—No me digas —masculló a la vez que ataba la lazada de nuevo, sin prisa, para dar a entender que sentía una tranquilidad que en absoluto poseía en ese momento.

—Desde luego, te lo estás tomando fatal.

Alejandro se apretó el labio para calmar el dolor y se sentó con las piernas cruzadas.

—¿Qué?

—Estamos casados, eso ya no tiene remedio. Podrías al menos tratar de sobrellevarlo.

—¡Eso es lo que hago! —se defendió, poniéndose de rodillas para enfrentarlo—. Pero tú no dejas de estropearlo.

—¿Estropearlo?

—Sí. Accedo a hacer el papel de esposa perfecta y tú te tomas la libertad de besarme.

—Tú me besaste antes —alegó él, quien acababa de coger un pañuelo de su mesita de noche y se limpiaba la sangre de la herida que Verónica le había causado para defenderse, como una auténtica fiera, tuvo que reconocer.

—Acepto que durmamos en la misma habitación para seguir manteniendo las apariencias y tú te metes en mi cama —prosiguió argumentando, con un ligero sentimiento de culpa al ver que le había herido de verdad.

—No creí que tuvieras pensado hacerme dormir en el suelo en mi propia alcoba.

—Aguanto que durmamos juntos y tú me desnudas. —Ahí no creía que pudiera rebatirle nada en absoluto.

—Eres tú la que te has puesto ese camisón que grita desátame.

—¡Basta! —Esta vez se levantó de la cama para alejarse de él—. No trates de hacer que todo parezca provocado por mí.

—Pero es así. —Ahora fue él quien se arrodilló en la cama, arrastrándose sinuosamente por ella hasta llegar al borde, donde su esposa se encontraba tratando de no mirar aquel impactante torso desnudo—. Tú me provocas.

—¿Cómo? —¿Qué le había dicho?

—Me haces desearte.

Tragó saliva. Sí, algo así le había parecido oír.

—No lo hago.

—Sí, lo haces —repitió él, mirándola a través de aquel leve tejido que apenas la cubría.

—No es cierto. Pero en todo caso… no es intencionado.

—No quiero imaginarme qué harías de tener auténtica intención.

Incómoda, se cruzó de brazos a la altura del pecho.

—Tú eres el que trata de provocarme.

—¿Y lo consigo? —Premeditadamente, irguió la espalda y sacó pecho a la vez que se elevaba sobre sus rodillas en lugar de permanecer sentado sobre sus pies.

Aquello le dio a Verónica una visión demasiado cercana y precisa de su imponente cuerpo.

—Por supuesto que no.

—Yo diría que sí. —O si no, me estarías mirando desafiante a los ojos en lugar de esquivar mi mirada, o cualquier otra parte de mi cuerpo, pensó satisfecho.

—Pues te equivocas.

—Hace un momento te he oído suspirar y te he sentido temblar entre mis brazos. Y en el porche, justo antes de que Julián nos interrumpiera, respondías a mis besos.

Verónica tragó saliva con dificultad. ¿Cómo negar aquello?

—Eso no significa lo que tú piensas.

—¿Qué crees que pienso que significa?

—No te amo. —Esta vez, lo miró directa y firmemente a los ojos.

—Lo sé. —Aunque saberlo no evitaba que doliera oírlo dicho de aquella manera—. Pero aquí nadie está hablando de amor.

—Yo solo sería capaz de entregarme a un hombre si lo amara.

Eso, dolía también, pero en otra parte del cuerpo distinta al corazón.

—Estás casada conmigo. No puedes entregarte a ningún hombre que no sea yo. Así lo establecen las leyes divinas y las de los hombres.

—Entonces me mantendré casta.

Alejandro cogió una almohada, el cobertor y los lanzó al suelo.

—¡Eres insufrible! —le gritó antes de tumbarse sobre la otomana que reposaba ante la chimenea.

Dignamente, Verónica pasó por su lado para llegar a la otra mesita y apagar la vela antes de meterse en la cama, cómoda y mullida, y disponerse a dormir con un sentimiento de triunfo menor al que había esperado. Tal vez porque aún le temblaba la piel ahí donde él la había tocado y… probado. O porque aún tenía el sabor de sus besos en la boca.

 

Cuando Leo bajó a desayunar, a las seis como cada mañana, le sorprendió ver a Alejandro en la cocina, casi a oscuras, hurgando entre los botes de galletas caseras de Margot y bebiendo leche como cuando eran pequeños y ambos se colaban a hurtadillas a deshoras en la cocina. Algo, se temió, no iba bien.

—¿Tú entiendes a las mujeres? —preguntó de pronto, sin mirarlo.

—¿Yo? Nunca me lo he planteado.

Alejandro se giró y le dedicó una amplia sonrisa. Leo pudo ver unas marcadas ojeras en su habitualmente descansado rostro.

—Buenos días, Leo. En realidad se lo preguntaba a Gino, pero puede que tus respuestas sean más precisas —bromeó mientras rascaba al perro tras sus largas orejas.

Leo se adelantó y vio a Gino a los pies de Alejandro, quien al parecer había sido su consejero durante un buen rato. No sabría calcular cuánto.

—¿Has pasado mala noche? —Quiso corroborar la evidencia.

—La peor de mi vida… en cuanto a descansar se refiere.

Después de dudar unos instantes, Leo se acercó más a él.

—¿En otros aspectos no ha sido tan mala?

—No al principio.

—Buenos días muchachos.

Margot interrumpió la conversación al pasar con su habitual canturreo de camino al patio trasero. Los jóvenes le devolvieron el saludo y Alejandro esperó a que cerrara la puerta para volver a hacerle una pregunta desconcertante.

—Leo, ¿alguna vez has deseado a una mujer?

—Yo… supongo que sí.

—Claro. —Lo miró en la penumbra y le revolvió el pelo—. Tienes ya veintidós años. ¡Cómo no ibas a haber deseado a cientos de ellas! —Se rio y se sentó junto a la mesa. Lo agarró del brazo y le hizo sentarse frente a él—. Pero no me refiero a un deseo corriente ante una mujer hermosa.

—¿Entonces?

—Me refiero a otro tipo de deseo. —Bajó de pronto el volumen de su voz—. Uno punzante, casi enfermizo, que te hace pensar en poseerla a ella y solo a ella, a verla aunque no la tengas delante, sentirte completamente envuelto por su aroma y no querer dejar jamás de olerlo, querer tocar su delicada piel. Incluso la que no deja ver. Esa en especial. —Volvió a mirarlo a los ojos. Su mirada se había ido perdiendo en la nada según hablaba—. ¿Me entiendes?

Su mano aún agarraba el brazo del muchacho y lo apretaba cada vez con más fuerza.

—Te entiendo. Y creo que sí, lo he sentido… lo siento. Solo que yo, a eso, no lo llamo deseo, Alejandro. Al menos, no solo deseo.

La mano que había permanecido tensa se aflojó de golpe y Alejandro se levantó arrastrando la silla ruidosamente.

—¿Cuándo dejaste de ser un niño, Léonard?

Alejandro ya estaba de espaldas y se dirigía hacia la alacena. Cogió el bote de galletas y le ofreció un puñado que Leo aceptó.

—Creo —respondió mientras masticaba— que poco después de que empezaras la universidad.

—Desde entonces hemos estado más distanciados. Pero sigues conociéndome mejor que yo mismo. A ti no te puedo ocultar nada.

Alejandro volvió a sentarse frente a su amigo, su hermano, y este se sintió observado por unos ojos llenos de orgullo y complicidad.

—¿Qué ha sucedido, Alejandro? —Aprovechando que parecía querer hablar de ello, Leo le preguntó algo que le preocupaba de verdad, algo que le había preocupado cada día desde la llegada de Verónica, excepto precisamente la noche anterior—. ¿Va todo bien con tu esposa?

—Todo va fatal con Verónica. —Se rio con desgana—. Cada vez peor.

—Lo lamento.

—No, si es culpa mía. —Se apoyó contra el respaldo de la silla y resopló, dejando los brazos como muertos a los lados—. Yo había aceptado este matrimonio como lo que era, y estaba resignado a compartir mi vida con una mujer que no me amara y a la que yo no amaría tampoco. Sí que contaba con llegar al menos a llevarnos bien, aceptarnos, una amistad cordial sin llegar a tener relaciones íntimas, ya me entiendes.

—Sí, creo que te sigo.

—Aunque en el fondo —reconoció— sí esperaba que ella deseara hijos y, bueno, que cediera en realizar el acto en alguna ocasión con ese objetivo. Muy de vez en cuando, y desde luego no hasta dentro de meses, o incluso años.

—¿De verdad ibas a…, bueno, conformarte con eso?

Leo lo conocía bien. Muy bien. Alejandro era apasionado y las mujeres nunca le habían faltado, más bien todo lo contrario. Esa clase de renuncia le parecía demasiado difícil para un hombre cuya sangre bullía en sus venas con tanta fuerza.

—Sí. Lo tenía claro, estaba decidido a ello. Ya había disfrutado de mi juventud, había estado con distintas mujeres, las más hermosas y exóticas de distintos países… Y entonces ella decidió besarme. Y lo arruinó todo.

Leo parpadeó, desconcertado. ¿Un beso? ¿Solo un beso era lo que lo tenía así, en vela y tan preocupado?

—Te besó delante de todos los invitados. Pero fue un beso bastante comedido, no sé por qué causó tanto revuelo. —Se encogió de hombros y se comió su última galleta.

—Pero es que yo después, en privado, volví a besarla, de forma menos comedida. Tanto que cuando mi tío nos sorprendió, pensó que estábamos en celo.

Ambos se rieron, uno recordando la situación y el otro imaginándola. Este último no entendía cuál era el problema.

—Alejandro, si ella acepta besarte no veo qué…

—Ella no acepta besarme —le interrumpió con tono resignado—. Y yo no puedo dejar de desearlo a cada instante… y no solo besarla.

—Ya. Olerla, tocarla… —Carraspeó, recordando sus palabras y su mirada perdida en la nada—. Me hago cargo.

—Hoy he dormido en el suelo de mi habitación.

—¿Qué? —No lo podía creer. No lo habría creído. Pero sus ojeras eran la prueba. Y, cómo no, su palabra. La palabra inquebrantable de Alejandro Zaldívar.

—Mis tíos dormían frente a mi cuarto y teníamos que seguir manteniendo las apariencias. Me propasé con ella y acabé durmiendo en el suelo.

—¿Qué hiciste? —Sonó más protector de lo que en realidad se sentía hacia su señora, sobre todo porque su fidelidad iba dirigida a Alejandro. Pero la virtud de las damas, aunque fueran casadas, era algo que Leo creía que les pertenecía a ellas. Solo ellas podían regalar ese tesoro a un hombre voluntariamente—. Perdona, no es asunto mío.

—No, a ti quiero contártelo. Necesito otro punto de vista. La besé de nuevo y… ¡Cielo Santo! Tuve en mis manos y en mi boca el pecho más exquisito que jamás…

—Vale. Vale. Me hago una idea. —Le cortó antes de que entrara en demasiados detalles que no eran en absoluto asunto suyo. No quería visualizar la escena cada vez que los viera juntos por la casa—. No me extraña que te hiciera dormir en el suelo si ni siquiera acepta que la beses.

—Me mordió el labio.

—¿Para defenderse o…?

A Leo le vino a la mente la única mujer a la que había tomado en toda su vida. Una corista muy hermosa que se había encaprichado de él y que a la menor oportunidad se había arrojado a sus brazos, no dudaba que al igual que a los de muchos otros hombres. A pesar de lo borracho que estaba aquella noche en la que Alejandro había insistido en llevarlo a un cabaret de la ciudad a celebrar su decimoctavo cumpleaños, recordaba cómo Madame Bisset le había convidado a varias copas poco antes de invitarlo a su camerino y, ya en su cama, le había hincado los dientes en el hombro en el preciso momento de culminar el acto. Por suerte, no le había quedado más cicatriz que la de la memoria.

—Sí. No fue un arrebato de pasión. Aunque lo de dormir en el suelo fue cosa mía. O tal vez no lo fuera. —Se restregó los ojos con ambas manos—. ¿Qué hago, Leo? ¿Qué harías tú?

—¿De momento solo lo llamas deseo, verdad?

—Creo que sí. Sí.

—Entonces, no hagas nada.

—Buena estrategia. —Suspiró.

—Deja que las cosas sigan su curso hasta que sepas qué sientes realmente. Ya es tu esposa. —Le recordó. Ojalá fuera un galán que supiera cómo conquistar a las damas para poder dar consejo a quien consideraba un hermano mayor—. Hay poco más que puedas hacer.

—Me centraré en mis lienzos. Eso ayudará.

—Sí. Pero antes, duerme un poco —le aconsejó sobre algo que sí conocía de sobra. Noches en vela pensando en una única mujer.

Alejandro rio y le dio dos palmaditas en el hombro antes de dirigirse a la puerta.

—Quizá más tarde. Por cierto… ¿Puedo saber quién es la afortunada jovencita por la que sientes algo a lo que no llamas solo deseo?

—Creo que ya lo sabes —confesó acariciando a Gino, que se había quedado dormido ante una conversación para la cual estaba ya muy viejo.

—Yo también lo creo. —A pesar de no estar mirándolo, Leo notó una sonrisa en sus palabras.

—Me voy a limpiar los establos —anunció y se levantó de golpe, despertando a Gino al arrastrar la silla.

—Sí. Eso te ayudará a ti también —sentenció Alejandro y se dirigió a su taller.

 

Empezar un nuevo cuadro siempre ayudaba a Alejandro a desconectar del mundo. Por lo menos siempre lo había hecho hasta ese momento. Mirar el lienzo en blanco e imaginar qué habría en él cuando hubiera acabado.

Era aún mejor si se encontraba en la soledad de su taller, un espacio diáfano donde la claridad que le otorgaban varios ventanales con orientación sur hacía de su guarida el lugar perfecto para evadirse por completo.

Sin embargo, sus momentos favoritos eran aquellos en los que empezaba a pintar sin tener ni la más mínima idea de cuál iba a ser el resultado final. Elegía un punto, no estaba seguro de si al azar o de forma inconsciente, y a partir de ahí todo iba saliendo solo. Gabriel decía que se trataba de imágenes que existían en su subconsciente, que tarde o temprano tenían que emerger. Nunca le había hecho caso, ni cuando le aconsejó que canalizara todo ese dolor que llevaba a través de sus cuadros, para liberarlo. No, nunca lo había hecho, hasta esa mañana.

No fue realmente consciente de lo que estaba plasmando en el lienzo hasta que tuvo que mezclar varios colores en la paleta para dar con el tono exacto de sus ojos. Un poco más de magenta sobre el azul cian y…

Retrocedió un paso. Allí estaba ella, bajando de forma majestuosa por la escalinata hasta el vestíbulo. Sus ojos violeta clavados en él, pero no en su yo del cuadro, esperándola al final de la escalera, un figurante sin importancia. Ella era el eje central de su óleo, y sus ojos miraban al frente, desafiantes e inescrutables, tan profundos que capturaban la mirada como sus auténticos ojos. Jamás una de sus obras le había parecido tan real, menos aún sin ni estar terminada.

No se sintió capaz de continuar. Necesitaba relajarse, incluso dormir un poco. Apenas podía pensar.

 

Un par de horas de sueño era lo único que ocupaba su mente cuando se adentró en el pasillo de su dormitorio. Pero ella tuvo que salir de su cuarto en ese preciso momento. Llevaba un libro en la mano y había vuelto a ponerse uno de los vestidos que había traído consigo. No se sintió con fuerzas para discutir y decidió ignorar el detalle para pasar de largo tras un saludo cordial.

—Buenos días, Alejandro.

—Buenos días, Verónica.

—Yo… quería pedirte algo.

El hombre se detuvo en el quicio de la puerta. La curiosidad lo había paralizado.

—Dime.

—Quisiera poder enseñar también a Ivy en la escuela. Ya que, por si desconocías este dato, no sabe leer ni escribir.

—Tiene trabajo que hacer —respondió sin apenas pensar—. No tendrá tiempo.

Enseguida decidió que ese no sería realmente un problema. ¿Cómo podía no haberse dado nunca cuenta de que Ivy no sabía leer? Tenía seis años cuando había llegado a su casa, él trece, y sus pensamientos nada tenían que ver entonces con la formación del servicio. Un sentimiento de culpa que lo invadió, pero no iba a ceder así como así después de lo ocurrido la noche anterior.

—Sí lo tendrá —repuso cabizbaja—. Si contratas a alguien para que haga su actual trabajo.

Alejandro observó cómo las manos de Verónica jugueteaban con el libro que sostenían, lo que le dio una pista sobre el nerviosismo que le causaba la petición. Jugaba con ventaja sobre ella. Él no tenía nada que perder.

—¿Y ella qué haría? Porque no creo que vayas a darle clases durante todo el día.

—Sería mi doncella. A tiempo completo. La necesitaré si quieres que empiece a asistir a otras fiestas elegantemente vestida y peinada. Y si además tengo que ir contigo a un viaje largo en el que tú estarás de reuniones, alguien tendrá que quedarse conmigo, ¿no crees?

Aquellos argumentos le mostraron que se había preparado el discurso a conciencia. Bien, si pensaba pillarlo por sorpresa, estaba equivocada. Él sería un duro negociador.

—Me estás pidiendo dos cosas. Si quieres que Ivette sea tu doncella, tendrás que tirar todos, absolutamente todos los vestidos que trajiste. Este que llevas el primero.

—Hecho —respondió de inmediato.

Después de ponerse los que él le había comprado, ya no se sentía cómoda con los suyos. Pero al despertarse esa mañana en la cama de Alejandro, no había podido evitar vestirse así a modo de modesta protesta revolucionaria.

—Pero que le des clases como a un niño más… No sé, eso es distinto.

—¿Qué quieres a cambio? Lo tendrás.

—¿Estás segura de lo que dices? —Fue incapaz de no sonreír. Era perfecto.

—¿Qué estás pensando? —preguntó, entrecerrando los ojos con desconfianza.

—Quiero un beso de buenas noches.

—¿Solo eso?

—Solo eso. —Alejandro percibió que ella no lo había comprendido cuando vio su rostro relajarse—. Pero todas las noches. A partir de hoy.

—De acuerdo —aceptó sin titubear.

—Espera, espera. —No podía ser tan fácil—. Vamos a aclararlo. No quiero un beso en la mejilla ni en la frente. Quiero un beso apasionado. Y relativamente largo.

—¿De dos horas?

Alejandro soltó una carcajada ante el repentino buen humor de la misma mujer que la noche anterior se había defendido, no con uñas, pero sí con dientes.

—Un minuto.

—Medio —propuso ella.

—Dos minutos —fue la contraoferta de él.

—De acuerdo. Uno.

Alejandro visualizó la sorna reflejada en su propio rostro.

—Deberías dejar el arte del regateo para los auténticos negociantes.

—Pensaba que ante todo eras un artista —apostilló, cada vez más susceptible, pero tratando de controlarse—. ¿Vas a estar mirando tu reloj mientras te beso? —Le retó.

—No sería capaz —admitió con total sinceridad—. Lo calcularé a ojo.

—Yo también lo calcularé, por si acaso.

Alejandro pensó que la situación no podía ser más divertida. Ni interesante. Y que no podía haber llegado en un momento más propicio.

—Te advierto que las mujeres dicen que el tiempo se detiene cuando las beso.

Aquello pareció irritarla, aunque sonrió con aires de suficiencia.

—¿Y besas a muchas mujeres con frecuencia?

—Solía hacerlo —confesó, si bien no era algo de lo que se sintiera especialmente orgulloso.

—Ah. Pensaba que estabas incumpliendo las leyes humanas y divinas de las que hablabas anoche.

Aquellas palabras le supieron dulces a Alejandro. Muy dulces. Deliciosas.

—¿Estás celosa? —Esa idea le alegró de nuevo más de lo que esperaba.

—No me hagas reír —respondió con un suspiro, poniendo los ojos en blanco.

—Estaría bien verte sonreír, para variar.

Touché, pensó ella.

—Lo harás cuando vuelva a dar clases. Eso me hace feliz.

—Es mi obligación como esposo hacer feliz a mi esposa.

—¿Eso me libera de nuestro último trato?

No le gustó ese repentino giro. Verónica no le iba a hacer retirar su propuesta.

—Ni hablar. Si quieres dar clases a Ivette, el precio es…

—Sí, un beso de un minuto exacto todas y cada una de las noches de mi vida a partir de hoy.

—Lo has captado perfectamente —la felicitó con una reverencia.

—¿Puedo ir ya a darle la noticia a Ivy? Bueno, y a Berta. Tendrá que ir buscando otra persona para sustituirla. —Además, se moría por ver la cara que ponía el ama de llaves al enterarse de que Ivy iba a dejar de ser su esclava particular.

—No. Antes quiero comprobar que quedo satisfecho con lo que me ofreces. Que no me muerdes o algo peor.

¿Cómo se diría doble touché? La esgrima no era un fuerte de Verónica.

—Como buen negociante, pruebas la mercancía antes de cerrar el trato.

—Hoy te veo muy despierta.

—Será que he dormido bien —comentó alzando la barbilla.

—No puedo decir lo mismo.

—¿Suelo frío? —preguntó triunfante.

Alejandro la vio mirarlo y, molesto, decidió contraatacar.

—No más que tus labios de hielo.

Verónica calló durante unos segundos y volvió a cambiar de mano su libro. Él se preguntó si el comentario le habría ofendido realmente.

—Entonces, ¿para qué quieres besarlos cada noche? —le recriminó, mirándolo con unos ojos que eran el reflejo de lo herida que se sentía en su orgullo de mujer como jamás admitiría ella.

—Quiero ver si soy capaz de derretirlos.

Sin previo aviso, la cogió por la cintura y la estrechó contra su cuerpo. Su aroma lo embriagó de nuevo y se sintió perdido hasta que ella fijó su mirada en la de él, con frialdad.

—Empieza a contar —le indicó la joven, y cerró los ojos levantando la barbilla para recibirlo.

Alejandro la miró unos segundos, disfrutando el momento. Aunque fuera como parte de un acuerdo, y no por su propio deseo, iba a besarla… No, ella iba a besarlo a él. Se juró a sí mismo que sería ella quien vendría a él cada noche. Pero ese beso, el de muestra, se lo daría él; y sería tal y como quería recibirlo de ella.

Rozó sus labios con suavidad y estos no tardaron en responder. Realmente iba a hacerlo, se había rendido a cambio de instruir a Ivy. Descubrir cuáles eran sus motivaciones le hizo plantearse si la conocía realmente, pero decidió pensar en ello en más tarde. Quería saborearla a conciencia y, si él no lo hacía, ella se iba a limitar a un roce de labios.

Abrió ligeramente, con una caricia de sus dedos, la apetitosa boca que por fin se le ofrecía, y buscó su lengua mientras la atrapaba entre sus brazos. No sentir su rechazo fue aún más agradable de lo que esperaba, y el hombre se dejó llevar por sus instintos. Sujetó su rostro entre sus manos y la llevó a un beso más lento y profundo. La respiración de la mujer se volvió errática, y Alejandro sintió sus manos contra el pecho, justo antes de oír el sonido de un impacto contra el suelo.

—Ya ha pasado un minuto —susurró al agacharse para recoger el libro.

Él dudó si se le había escurrido de las manos o lo había tirado a propósito para dar por finalizado el beso.

—Esta noche quiero una réplica —le recordó, aún relamiéndose; visión que ella trató de obviar.

Tendría que haberse hecho el loco, alegando que no entendía el humor español, y haberle exigido las dos horas que ella le había planteado. Un minuto nunca le había parecido tan corto.

—Yo quiero pupitres en mi escuela —exigió con la voz y la mirada.

Sus ojos ardían… De ira, creyó adivinar.

—Que no tenga que recordártelo esta noche. Si no vienes tú voluntariamente, tu doncella seguirá sin saber escribir su nombre. —Se sintió como un auténtico villano con sus palabras. Aunque no las decía de corazón, eran necesarias—. Si fallas una sola vez…

—Tengo muy buena memoria —le aseguró, sin dejarle seguir con la amenaza.

—Yo también —advirtió él en respuesta.

Ella no añadió más, y él tuvo la satisfacción de contar con la última palabra. Otra vez.

Verónica volvió a cambiar de mano su libro y se dirigió con paso enérgico a las escaleras, tratando de disimular que realmente le costaba caminar por el inesperado temblor de sus rodillas.

Alejandro decidió vestirse para ir a montar a caballo. Ya no tenía sueño. Las cosas habían dado un giro inesperado y necesitaba pensar con perspectiva.

 

Tanto Verónica como Alejandro forzaron que el resto de sus encuentros del día se limitaran a lo imprescindible, como la comida o la cena, aunque pasando por el inevitable enfrentamiento con Berta, cuando fue informada de que iba a prescindir de los servicios de Ivy indefinidamente.

Verónica se lo había querido comentar en privado, pero no se dio cuenta de que Alejandro volvía en ese momento de cabalgar y entraba en la cocina a beber un buen trago de agua, justo cuando el ama de llaves ponía el grito en el cielo.

Su sonrojo fue notable, principalmente porque Alejandro le recriminó que, tras tantos años, no se alegrara de que alguien, a quien todos estimaban por su bondad y entrega, fuera a desempeñar una tarea mejor, además de ser instruida por su propia esposa.

—¿Tienes algo en contra de Ivette, Berta? —le preguntó su patrón al ver que ella no era capaz de responder a sus reproches.

—Nada en absoluto, Monsieur. Solo que… es alguien imprescindible en las tareas de la casa.

—En ese caso, no solo será la más indicada para ser la doncella personal de mi esposa, sino que además, tienes mi permiso para contratar a dos empleadas si crees que solo una no estará a la altura de nuestra Ivy — concedió él.

Después bebió dos vasos de agua, y se marchó para asearse y cambiarse de ropa tras la cabalgada más larga y enérgica que había realizado en años.

Berta, con la mirada perdida en la nada, se quedó pensando en lo que había ocurrido en aquella casa la última vez que habían contratado a sirvientas nuevas. A una en particular. La sangre le hirvió en las venas, y se marchó de la cocina sin despedirse ni pedir permiso a su patrona, quien — por suerte— no la detuvo. Necesitaba huir, antes de que uno de sus ataques la sorprendiera en mitad de la casa, con la nueva dueña como testigo.

Verónica, por su parte, no le dio la importancia que realmente tenía. Ni se lo figuraba. Simplemente, achacó aquel comportamiento al nada llevadero carácter del ama de llaves.

Por suerte, todo aquello quedó a un lado cuando le informó a Ivy de que su nuevo puesto ya era oficial y de que, a partir de ese mismo lunes, comenzarían sus clases.

 

—¡Leo! ¡Leo!

Al joven se le cayeron las tijeras de podar al oír los gritos de Ivy. Alarmado, corrió a su encuentro.

—¿Qué pasa? —La cogió por los codos, buscando su mirada, mientras ella trataba de recuperar el aliento—. ¡Dime, Ivy! ¿Estás bien?

—Sí. —Tragó saliva y lo miró a los ojos con una radiante sonrisa en los labios—. ¡Ya no voy a trabajar limpiando la casa!

Leo creyó desfallecer.

—¿Y… adónde te vas?

Extrañada por su pregunta, y por su rostro de preocupación, ella le cogió ambas manos.

—¿Irme? ¡A ningún sitio! —La carcajada que soltó fue como una descarga eléctrica para el corazón de Leo, que volvió a latir—. Voy a ser la doncella personal de Madame Verónica.

—¿De verdad?

—¡Sí! Y además, va a enseñarme a leer. ¿No es fantástico?

Verla así de entusiasmada sí era fantástico.

—Si llego a saber que era tan importante para ti aprender a leer, yo mismo te habría enseñado —musitó, cabizbajo.

—Oh, Leo. No te preocupes. Realmente, no habría tenido tiempo con tanto trabajo.

Mi madre, pensó Leo, apesadumbrado. Siempre había sido especialmente estricta con Ivy.

—Esto te hace realmente feliz, ¿no es así?

—Mucho —respondió ella, dándole un abrazo salido de la euforia del momento.

—Entonces yo también soy feliz, Ivy.

Ella le dio un beso en la mejilla y se marchó a la escuela para limpiar los suelos y todo lo que hiciera falta, y que el lunes estuviera impecable.

Desde el jardín, Leo la observó caminar a gran velocidad, dando pequeños saltitos de júbilo.

El susto que se había llevado había sido mayúsculo. Ella no se podía ir de la casa. Nunca. Al menos, no antes de que él le dijera lo que sentía. Si después de eso, ella elegía no estar a su lado, él lo aceptaría dignamente.

Pero antes merecía su oportunidad.

Recogió los utensilios de jardinería y se dirigió a la biblioteca, a buscar inspiración. Aún quedaban muchos meses para el cumpleaños de Ivy, pero ese año, el que cumplía los dieciocho, su regalo sería especial: más que ningún otro. Y además, él le diría esas palabras que, desde hacía tanto tiempo, luchaban por salir de sus labios.

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