Presentimientos

Clara Sánchez · Capítulo 16 de 44

Páginas del PDF

Presentimientos

Julia

Tenía pensado volver a preguntar a la comisaría y de camino entraría en alguna de las pequeñas tiendas que bordeaban el paseo marítimo y compraría una botella de agua de litro y medio, sólo pensar en el agua le hacía ya morirse de sed, y localizaría algún teléfono para llamar de nuevo a Félix. Si la llamada como ya era costumbre no resultaba continuaría hasta la comisaría y si allí no había noticias cogería el coche, lo llevaría a la gasolinera más cercana, le pondría diez euros de gasolina e iría al hospital de la Seguridad Social, que es donde Félix habría acudido si pensara que ella había sufrido un accidente. Después Dios diría.

Más o menos todo fue ocurriendo según lo esperado. Compró la botella de litro y medio más barata, que le dieron metida en una bolsa de plástico donde iría guardando sus nuevas adquisiciones. Antes de pagar, se peinó con un cepillo de la pequeña sección de droguería y se miró en un espejo. Su aspecto era menos sospechoso que hacía un rato. En la calle principal se encontró un teléfono público medio roto, lo que no le ofrecía ninguna garantía. Seguramente perdería el euro que metiese, así que iría primero a la comisaría.

Una vez allí se encontró con la desagradable sorpresa de que habían cambiado el turno y que nadie sabía nada de lo suyo. Así que no tuvo más remedio que volver a contar la historia lo más sintéticamente que pudo. La verdad era que con el trascurrir del tiempo la situación se le había ido acomodando en la cabeza aunque continuara siendo incomprensible. Consultaron los avisos, y… nada. Entonces aquel funcionario grande y de pecho jadeante dijo:

—¿Tendría algún motivo para pensar que su marido la haya abandonado llevándose a su hijo?

Julia se quedó literalmente con la boca abierta. No esperaba semejante salida del funcionario porque hasta ahora había considerado la situación sólo bajo su punto de vista y no desde fuera, desde alguien como este funcionario que no tenía ni idea de qué clase de hombre era Félix, y Julia dudó si sacarle de su error, pero a la vez comprendió que sería inútil, tiempo perdido. Como diría Félix, de encontrarse en el pellejo de Julia, lo único que se sabía con certeza es que no había noticias. Así que prefirió tirar por otros derroteros y preguntar por la gasolinera más cercana.

Sería una tontería pero ver el coche en la explanada era una señal de que seguía unida a Félix y a Tito por algún punto. Si en estas circunstancias en que lo había perdido todo no había perdido también el coche por algo sería. Sería porque él la conduciría a su marido y su hijo, aunque si al final iba a encontrarlos ¿por qué habría querido el azar o el destino que los perdiese? El azar o ella misma. Cabía la posibilidad —y había llegado la hora de la verdad— de que ella de manera inconsciente se hubiera perdido hacía dos noches para alejarlos de su vida. Era cierto que los quería mucho, pero también era cierto que a veces había deseado ser libre y hacer otras cosas. Cerró los ojos para rebuscar dentro de su cabeza por qué deseaba ser libre, pero enseguida se topaba con una cordillera de pensamientos que no le permitían ir más allá. Eran pensamientos de preocupación y de culpa.

El coche era un horno y debía esperar a que se enfriara un poco el volante. Al menos tenía un techo y unas puertas tras las que refugiarse, por lo que no podía llamarse una vagabunda auténtica. Para hacer tiempo salió y volvió a abrir el maletero a ver qué encontraba aparte de la manta y el bidón vacío. A veces hay cosas que a uno le pasan desapercibidas porque da por hecho que tienen que estar ahí. Y en efecto, asomando por debajo de la manta había unas palas para jugar en la playa en las que no se había fijado antes y que ahora no tenían ninguna utilidad, pero que eran algo más que conservaba de su vida normal. Metió las pequeñas toallas y demás pertenencias en la bolsa de plástico y la dejó allí.

En la gasolinera fue imposible marcharse sin pagar, así que llegó al hospital descapitalizada de nuevo. Era de color ocre y estaba rodeado de árboles y flores, lo que le daba el mismo aire turístico que todo lo demás. El sol arrancaba destellos dorados a la fachada y no parecía verosímil que allí dentro nadie yaciera tendido en un quirófano y mucho menos que se estuviera muriendo. No era razonable que ocurrieran las mismas cosas en un ambiente alegre que en otro triste.

En el interior, la luz y las sombras de las palmeras que entraban por las ventanas envolvían en un agradable claroscuro al personal sanitario, que hablaba de lo que habían hecho la tarde anterior y lo que iban a hacer cuando acabasen el turno. La recepcionista tendría unos treinta años y estaba a los mandos de dos ordenadores y una centralita, llevaba además un micrófono de boca en plan Madonna. No había duda de que se sentía bien equipada y se manejaba con tanta desenvoltura y exceso de confianza que cohibía un poco a quienes se acercaban a ella.

Adelante, se dijo Julia cuando le tocó el turno. En lugar de contar su historia una vez más, le preguntó si recordaba que alguien hubiese preguntado por una paciente llamada Julia Palacios. Se trataría de un hombre de unos cuarenta años con un niño de seis meses, en brazos probablemente.

—No, nadie ha preguntado —dijo la recepcionista con una seguridad aplastante sin ni siquiera consultar el ordenador.

—¿Está segura? ¿Cómo puede recordarlo todo?

Como respuesta, la recepcionista se puso a hablar por el micro inalámbrico cortando de esta forma toda relación con Julia. Julia, sin embargo, no se movió, no pensaba dejar su sitio libre así, por las buenas. Tras ella se iba formando una cola de gente impaciente. Mientras tanto, la recepcionista alargaba la conversación lo que podía, hasta que comprobó que la resistencia de Julia era irrompible y colgó.

—Está bien —dijo Julia—, ¿hay algún otro lugar donde alguien pueda dejar una nota, un recado?

—Tiene el tablón de anuncios —le dijo el siguiente en la cola.

La recepcionista asintió con la cabeza y todo su equipamiento.

Se ofrecían para hacer compañía a los enfermos por la noche, alojamiento, limpieza, abogados, psicólogos, sillas de rueda de segunda mano, muletas. Entre tantos papeles no encontró ninguno dirigido a Julia ni que le recordase la letra de Félix. O no se le había ocurrido, o alguien lo habría arrancado para colgar el suyo. Fue de nuevo a la recepcionista a pedirle papel y bolígrafo. Los de la cola la observaron con el ceño fruncido.

Escribió: «Félix, os estoy buscando desesperadamente. Cuida de Tito. Yo estoy bien. Con todo mi amor. Julia». Lo clavó en el centro del tablón sobre todos los demás. No se le ocurría qué más decirle.

Como se temía, el volante volvía a quemar como una plancha caliente. Abrió las ventanillas. Con este instrumento entre las manos podía acercarse a indagar en Las Adelfas III y buscar la I, la IV, la V, pero estaban demasiado alejadas del mar. Sólo se ajustaban al recuerdo de la noche anterior Las Dunas y Las Adelfas II. Pegó un sorbo de agua de la botella, ya no estaba fría, pero tampoco como un caldo. En verano le gustaba casi helada, pensó como si se refiriese a otra persona y a otra vida. Miró hacia el hospital. Esperaba ver salir por la puerta a la recepcionista. Esperaba que la curiosidad hubiese tirado de ella hacia el tablón. Esperaba que hubiese leído su nota y que se hubiera enternecido. Esperaba que hubiera sentido el impulso de ayudarla y que saliese a buscarla.

Por fin pudo apoyar los brazos en el volante y la cabeza en los brazos. Este hospital, el mostrador y Madonna le recordaban a la clínica donde llevaba a Tito para sus revisiones periódicas. Con esta visita terminaban los planes que había trazado en la playa. Por su manía de no llevar reloj tuvo que calcular que serían las dos, y no se podía quedar allí eternamente esperando un milagro, debía seguir adelante, ir a algún sitio, y ese sitio sin lugar a dudas era de nuevo el supermarket porque la hora de la cena se echaba encima y aunque ahora no tenía demasiada hambre, luego la tendría y entonces estaría cerrado. Afortunadamente no tenía que ir a pescar ni a cazar ni adentrarse en un huerto a robar naranjas, porque todo lo que necesitaba y mucho más estaba ahí, bajo un mismo techo iluminado por fluorescentes azulados. Aparcó en el parking descubierto, de donde le sería más fácil escapar llegado el caso.

Al fondo estaban las puertas de este paraíso terrenal que se abrieron ante ella acogiéndola y diciéndole, ésta es tu casa. Con una cesta en la mano, que abandonaría luego en cualquier sitio, se aventuró hacia los Lácteos. Sólo que al ser un espacio tan abierto y tan cercano a las cajas prefirió llevarse una botella de zumo polivitamínico y una tarrina de queso fresco al estrecho pasillo, junto a la pared, de los vinos y licores. No había un lugar más en penumbra y recogido en muchos metros a la redonda si se exceptuaba Jardinería.

Esta vez ocultó los envases vacíos entre unas botellas de Jack Daniel’s y se preguntó si los empleados serían tan eficientes que acabarían encontrándolos. Se podría decir que la curiosidad la empujó a la parte del papel higiénico para comprobar si seguían allí los envases vacíos del día anterior. Tenía la impresión de que en esa ocasión el miedo la había obligado a tomar demasiadas precauciones. No los encontró, la verdad era que no daba con el sitio exacto, parecía que todo lo hubiesen cambiado, el papel higiénico en el lugar de los rollos absorbentes y las servilletas donde antes había pañales, así que desistió y sin darse cuenta se encontraba en la sección de ropa. Aún recordaba las camisas que había dejado en el carro y pensó que precisamente ella necesitaba cambiarse de blusa. Los pantalones podían esperar. Escogió una camiseta blanca como la camisa y se la puso encima. Aquí no se usaban esos dispositivos de las tiendas exclusivamente de ropa que no se pueden quitar a no ser que rompas la prenda, aquí el control lo harían de otra forma. Un empleado con su nombre en el bolsillo la estaba observando aburrido. Llevaba un aparato de etiquetar en la mano. Entonces ella se le aproximó y le preguntó por los probadores. Se encaminó a donde le señaló, al fondo, pero en un determinado momento cambió de trayectoria hacia Menaje. Allí cortó con unas tijeras de pescado todo tipo de etiquetas de la camiseta sin quitársela. Luego regresó a Lácteos y cogió una botella de leche de las más baratas y más frescas. Pagó en caja y salió.