Presentimientos
Félix
Se quedó paralizada. La farmacéutica le preguntó si se sentía mal, si le había apretado mucho el vendaje. Julia empezó a repasar los sitios donde había estado desde la última vez que recordó haber llevado el anillo. La farmacéutica cogió de las estanterías un gel espumoso que debía aplicarse por la mañana y por la noche. Costaba seis euros y Julia le preguntó si no tendría algo más barato que surtiera más o menos el mismo efecto. La farmacéutica le aconsejó que fuera al ambulatorio mientras buscaba algo más barato en las estanterías. Encontró un tubo de pomada que sólo costaba dos euros por lo que en total Julia tuvo que pagar cuatro. No podía perder de vista su subsistencia mientras pensaba en el anillo.
Félix
Romano sin duda era un sabio, un hombre de ciencia, pero se parecía mucho a su compañero Torres, que se atenía a un protocolo de actuación bastante estricto, no por pereza, sino porque creía en él y le daba seguridad. Ahora ante la puerta de la 407 tuvo la impresión de que el despacho de Romano quedaba en la otra punta del mundo. Se acercó a Julia y le cogió la mano. Le dio varias vueltas al anillo del dedo corazón. Cada vez le estaba más grande, así que intentó sacárselo para ajustárselo con un poco de papel higiénico, pero ella trató de resistirse cerrando la mano ligeramente, con el gesto más que nada. Aun así se lo quitó, le puso un poco de papel en el aro y volvió a colocárselo. Así no se te caerá, le dijo al oído. Julia suspiró, y Félix se quedó pensando que no estaba imaginando nada, que ésta era una prueba contundente.
Esta reacción podía significar que Julia era consciente de que llevaba el anillo y que alguien intentaba quitárselo o que lo había extraviado, por eso había sentido tanto alivio al comprobar que lo tenía puesto de nuevo. Aunque era imposible averiguar en qué lugar se encontraba con el anillo y qué estaba haciendo allí, era evidente que si protegía el anillo era porque lo necesitaba. Probablemente la unía con este mundo y le hacía recordar cosas vividas. Pero ¿de qué recuerdos se trataba?, ¿qué recuerdos saldrían a flote en un océano repleto de recuerdos? Según el propio Romano, al menos en teoría, con los recuerdos y con la información que la memoria maneja sin que lo sepamos, la mente construye la realidad que necesita para seguir viviendo, y en este sentido la diferencia entre sueño y realidad no era tanta.
Observó a Julia con toda la concentración que podía. Tenía la boca algo tensa, la frente, la raíz del pelo. Ahora estaba en la fase de sueño REM porque las niñas de los ojos se movían con rapidez bajo los párpados y también respiraba fuerte, como cuando mentía.
No mentía a menudo, pero si lo hacía se notaba bastante bien. Se diría que alguna parte de ella quería dejar claro que lo que estaba diciendo no era verdad. En esos momentos debía de entablarse una desagradable lucha en su cabeza y, lejos de Félix, el pretender agravarla más. ¿Qué más daba que mintiese? Félix había comprobado que todo el mundo mentía mucho más de lo imaginable. Y en todos los casos, aunque de forma casi imperceptible, la propia persona emitía alguna señal de que estaba mintiendo. El problema consistía en que al no conocer en profundidad la personalidad del sujeto en cuestión no era fácil detectarla. Los había que sostenían perfectamente la mirada, pero que movían un poco una pierna o tosían ligeramente, o se pasaban los dedos por el pelo, o no hacían absolutamente nada, lo que también podía ser un síntoma. Había que estar muy habituado a los gestos de alguien para apreciar la diferencia. Ni siquiera el mismo individuo podía controlarlos porque ni siquiera sería consciente de que hay pequeños músculos que se contraen cuando actúa esa parte del cerebro en que se produce la mentira o el engaño. Es un registro que no se puede dominar por completo porque está unido a la intención. Se escapa sin que el sujeto se entere y entonces ahí está el sabueso para cazarlo al vuelo.
¿A quién le estaría mintiendo Julia en su sueño?
El viernes por la mañana, después de que Julia desayunara de la forma habitual y después de que la lavasen y le cambiasen la ropa y él la peinara y le cubriese con la sábana los brazos para que no se le viese el anillo salió todo lo deprisa que pudo del hospital camino de los apartamentos. Esperaba que una vez más no entrase en la habitación ningún desaprensivo, le quitara el anillo y entonces ella se encontrara perdida o vulnerable dondequiera que imaginase que estaba. No soportaba la sensación de que la abandonaba y que ella no lo sabía. Por el pasillo se tropezó con un hombre sospechoso que asomaba la cabeza en todas las habitaciones. Cualquiera podía fingir que venía a visitar a un paciente e introducirse en una habitación como la de Julia. Sólo por evitar sorpresas desagradables soportaba la presencia de Abel. Le dijo a una enfermera que se encontró por el camino que dejaba un momento sola a su mujer, pero ni le oyó, tenían mucho trabajo, muchas medicinas que repartir, muchas pruebas que hacer. Tendría que tratar de contratar a alguien para que le hiciese compañía en estos pequeños intervalos. Pasó despacio por la habitación de Abel. En la puerta, en lugar del tipo de la otra noche, estaba la mujer del blusón floreado que ya había visto una vez, sólo que ahora llevaba otro blusón con motivo étnicos y sandalias de tiras, lo que no sería muy práctico a la hora de tener que correr o darle una patada a alguien. Seguramente hacían turnos ante la puerta. Félix asomó la cabeza por ella y la mujer fue detrás de él.
—¿Busca a alguien?
—A Abel. Soy Félix, de la cuatro cero siete.
—Ahora está el médico dentro. Espere aquí —dijo con enorme autoridad.
Era una mujer ancha y fuerte, que muy bien podría saber manejar un arma y hacer una llave y pegar un puñetazo, una mujer calmada que dominaba el entorno sin estridencias. Era una mujer bajo cuya protección él se pondría con gusto.
—Dice que se vaya tranquilo, que en cinco minutos estará con ella —dijo al salir.
No estaba bien que para marcharse tranquilo pusiera a Julia en manos de alguien a quien no conocía y de quien, para ser sinceros, recelaba. La mujer también llevaba unas finas cadenas de oro al cuello y del hombro le colgaba un pequeño bolso, que decía a gritos, aquí hay una pistola. ¿Quién podía ser tan peligroso o tan odiado como para necesitar guardaespaldas?
En los apartamentos todo marchaba según lo previsto. Los aspersores alrededor de la piscina funcionaban con un susurro continuo y las plantas estiraban el cuello hacia el sol. La normalidad lo sofocaba todo. También se había vuelto normal que Angelita, nada más entrar él, colocara una rebanada de pan de molde en el tostador y cortara unas naranjas.
—Anda, hijo, dúchate, mientras te preparo los huevos.
Día a día Félix iba observando cosas nuevas. Un mantel floreado, dos grandes tazas en verde y rojo (parecía que ella se había decidido a usar la verde porque a él siempre le ponía la roja), un cuenco de cerámica blanca para las papillas de Tito. No entendía de dónde sacaba esas cosas puesto que por allí no había tiendas, al menos a la vista, a no ser que a la salida del hospital se marchase de compras al pueblo, lo que no creía posible dado el tiempo que le llevaría. Pero qué más daba, ni siquiera se le pasaba por la cabeza preguntárselo. Se trataba de consideraciones de retaguardia, esas que están en segunda o tercera fila de los detalles importantes. Y, sin embargo, era un alivio fijarse en ellas, que revolotearan alrededor, seguirlas con la vista. Angelita ahora llevaba unos pantalones de algodón muy anchos que tampoco le había visto antes.
Esta vez Félix prefirió desayunar antes de ducharse. Veía a su suegra ir y venir flotando en los nebulosos pantalones mientras sentía sueño. ¿Sentiría también sueño Julia dentro del sueño? Pero incluso somnoliento el instinto que había desarrollado en su profesión no lo dejaba tranquilo. Casi podía decir que en estos momentos de relajación o medio letargo la intuición se le desarrollaba más que nunca. Podía decir que era entonces cuando en más de un caso se le habían armado los datos en la cabeza hasta llegar a un estado de casi clarividencia. Y ahora que se encontraba exactamente en ese punto consideró que su nueva imagen de pelo corto y rubio, la alegre ropa, la agilidad adquirida de la noche a la mañana de su suegra eran señales que estaban diciendo algo. Su transformación suponía una llamada de atención del mismo calibre que cuando un semáforo cambia de rojo o verde. Y esta transformación no iba a detenerse hasta que alguien recibiera el mensaje. No era descabellado pensar que hubiese estado mintiendo durante los veintiocho años que tenía Julia.
Dio un sorbo al café y le costó estirar las piernas al levantarse para ir a echar un vistazo a Tito mientras Angelita les daba el toque final a los huevos. Tito dormía con un conjunto de pantalón y camiseta rojos que no había visto nunca, así que se temió que también hubiera comenzado la transformación de su hijo. Volvió a su sitio y valoró la posibilidad de preguntarle llana y directamente si Julia era adoptada. Pero lo desestimó en cinco segundos, en cuanto la vio coger el bolso de paja, las gafas de sol y salir a toda pastilla hacia el hospital. La necesitaba con toda la energía posible, viniera de donde viniera esa energía.
Abordar el tema sólo serviría para que Angelita se desmoronase. Estaba harto de ver cómo los sospechosos después de confesar, después de que se les enseñasen las evidencias del fraude, cuando se les ponía ante las narices la verdad se quedaban sin fuerza y había que ayudarles a levantarse. Había que darles un vaso de agua porque también se les secaba la boca. Había incluso que recordarles su propio nombre porque tras el esfuerzo de memoria que suponía mantener todos los detalles de la historia que se acababa de venir abajo se quedaban en blanco. A su edad, a Angelita le costaría mucho recuperarse y ante todo la necesitaba. Necesitaba saber más sobre Julia. Habría preferido ir descubriéndola a lo largo de su vida juntos, pero eso fue antes del cataclismo, antes del diluvio, antes del presente.
El apartamento fue atravesado por un rayo de silencio. Nada más se oía el chupete de Tito de cuando en cuando y tras las ventanas una vida lejana que lo envolvía todo.
Angelita estaría junto a su hija como mucho en media hora, lo que le tranquilizaba bastante. Entraba una maravillosa brisa por las ventanas, las cortinas se hinchaban parsimoniosamente formando globos de luz. Angelita era además de él la persona que más la quería, que más la cuidaba y con ella Julia estaba segura. Se tumbó en la cama y se quitó un zapato con el otro, que salieron disparados al centro de la habitación. Luego se desabrochó los pantalones y los empujó a los pies de la cama. Saber que Julia estaría bajo la vigilancia de su madre le sosegaba mucho. En algún momento había puesto una de las novelas de Margaret en la mesilla de mimbre azulón y cristal y empezó a hojearla hasta que consideró que debería dormir porque enseguida llegaba la noche y el hospital. Y además debería dormir para soñar. Nunca se había fijado en estas cosas, no les había dado importancia. Su día a día consistía en estar lo más despierto posible y procuraba dormir lo suficiente para mantener los cinco sentidos alerta, no para soñar. Soñar era una actividad cerebral sin incidencia en la vida práctica, salvo que uno se sugestionase. Soñar era algo que el cuerpo hacía por su cuenta, como orinar. El sueño era un residuo que había que expulsar de la mente. Y jamás se había tomado en serio que los sueños tuviesen alguna importancia por mucho que Freud se hubiese hecho famoso con eso. Así que le resultaba difícil saber con qué soñaba él. Su mirada estaba centrada en un punto fijo de la habitación. ¿Con qué soñaba?
Alguna vez había leído en una revista que era muy recomendable tener a mano papel y lápiz para describir en cuanto se abriesen los ojos, y antes de que los detalles se evaporaran, lo soñado. Recordaba con mucha vaguedad pesadillas que probablemente tendrían que ver con su trabajo. Eran esas veces en que se despertaba con la angustiosa sensación de que le perseguían, de que huía, lo que quizá fuera un recurso creado por él mismo para ponerse en el pellejo de los que trataban de ocultarle lo que él se empeñaba en descubrir. En otros sueños era él quien iba detrás de alguien con ansias de cazador, lo que también podría ser una manera de advertirse a sí mismo que tan peligroso acababa siendo ser cazado como cazar. A estas alturas ya sabía que la persecución y la huida eran sueños tan normales que se los podría considerar arquetípicos. Por lo que era muy posible que Julia los tuviera y que por eso necesitara el anillo.
Con el anillo se sentiría protegida y segura. ¿Y por qué no? Puede que la ayudara a superar obstáculos de un modo casi sobrenatural. Al fin y al cabo era un sueño. Si él pudiera intervenir en ese mundo soñado y crearle la necesidad de buscar una salida dondequiera que estuviese, de huir de ese lugar hacia la salida para que al cruzarla despertase. Tendría que encontrar la manera de darle valor y confianza. Pero Félix también corría el riesgo de meter la pata como le advirtió Romano. Él no estaba en sus sueños, no los veía, no sabía qué ocurría en ellos y no podría saber si al influirle desde fuera no entorpecería el curso natural que le conduciría a abrir los ojos. Julia tenía un hijo. Era imposible que se conformase con una realidad falsa. En alguna parte dentro de ella tenía que saber que había dejado algo muy valioso a este lado y que debía venir a buscarlo. La cuestión era que no disponían de todo el tiempo del mundo, de unos días más si podía convencer al doctor Romano de que no la trasladase aún a Tucson. ¿Con qué soñaría Tito?