Presentimientos
Segundo día
Julia
¡Despierta!, oyó Julia que le decían con toda claridad.
Y abrió los ojos de par en par aunque sin saber bien al principio dónde estaba hasta que poco a poco fue reconociendo la tapicería color crema y lo que había por allí, una gamuza, un bolígrafo del hotel donde trabajaba, un spray para los cristales, unos calcetines de Tito. Estaba dentro de su coche. Había dormido allí. Continuaba doliéndole la cabeza y notaba la frente tirante. También le dolía el hombro y un poco el cuello, seguramente por la postura, pero al mismo tiempo aún conservaba en el pie una sensación muy agradable, como si alguien en un sueño que no recordaba se lo hubiese acariciado. La voz juraría que era la de Félix y le había sonado al lado, igual que si Félix hubiese metido la cabeza por la ventanilla. Por supuesto la ventanilla permanecía cerrada, tal como la había dejado. Clareaba. Al abrirla entró un hermoso aroma a mar y flores, aunque de manera incomprensible le producía náuseas y ganas de vomitar. Seguramente era por tener el estómago vacío y por haberse bebido en La Felicidad aquella asquerosa ginebra, según recordaba, sin cenar. No es que tuviera hambre, pero para seguir buscando y no desmayarse en cualquier parte debía tomar algo. Notó en el bolsillo del pantalón el dinero de las vueltas de la farmacia.
Salió del coche y se dirigió andando a la playa. El mar ya no era negro sino verdoso, ya no era temible sino pacífico y estaba lleno de vida. Un sol aún débil iba cayendo sobre él. Julia se desvió hacia un toldo naranja en que se leía el nombre de El Yate. Desde la puerta se extendía una pequeña terraza con sillas y mesas de aluminio.
Por dentro resultó peor que por fuera, pero tenía lo que ella necesitaba, un teléfono público en una pared y un baño. Se pidió un café con leche de paso para el baño y nada más salir ya más aliviada y dueña de sí llamó al número de Félix. La línea estaba ocupada. Seguramente estaría tratando de localizarla en hospitales. Puede que hubiese llamado a la policía. Esto era lo que más nerviosa le ponía, el imaginarse la preocupación de Félix. En cambio ella en este sentido se encontraba tranquila porque sabía que estaban bien y que Félix se las iría arreglando como pudiese con Tito. Según se bebía el café con leche las náuseas iban desapareciendo y un poco el dolor de cabeza. Salió fuera. Haría tiempo en la playa para volver a llamar.
Se quitó las zapatillas que llevaba puestas desde que salió de Madrid y anduvo sobre la arena hasta la orilla. A continuación hizo el gesto de remangarse los pantalones, pero lo pensó mejor y se los quitó. Las olas eran de un verde claro que se deshacía entre los pies. Su frescor le recorrió todo el cuerpo y le hizo sentirse mucho mejor, a pesar de que no se consideraba digna de sentirse bien después de la situación que había creado por pura torpeza. Disfrutaba tanto de este momento mientras Félix se estaría torturando… Se adentró hasta que el agua, de un verde más concentrado que antes, le llegó a los muslos. Se lavó la cara y los brazos hasta las mangas de la blusa. Y esperó unos minutos de pie en la arena para secarse mirando hacia los edificios. Fue entonces cuando hizo el gran descubrimiento.
El sol empezaba a calentar y el aire se había llenado de pequeñas motas doradas. Entre ellas leyó el ansiado nombre de Las Adelfas. Las letras se abrían paso detrás de un buen montón de torres y hoteles, que bordeaban la playa y que por la noche eran invisibles. Ahora asomaban como las montañas del fondo, cercanas a la vista, pero en realidad, lejanas. Sin embargo, y de esto estaba segura, de su apartamento, del desaparecido apartamento, a la playa no habría más de cinco minutos andando. Volvió a entrar en El Yate.
De nuevo marcó el número de Félix. Lo primero era hablar con él y sentirse aliviados. Pero comunicaba, seguía comunicando. Félix siempre tan previsor, tan sabihondo y ahora no se daba cuenta de que lo mejor era dejar tranquilo el teléfono para que ella pudiera ponerse en contacto con él. Claro que tal vez estuviera hablando con los que a ella le habían robado el móvil, pero con eso no iba a sacar en claro dónde podía localizarla. ¡Mierda! ¡Y mierda mil veces! Habría tirado al suelo todas las tazas de desayuno colocadas en fila sobre la barra de El Yate. Habría destrozado este mundo de pesadilla. No era la primera vez que esta vida le parecía una farsa en que faltaba algo que uniese esto con aquello, en que faltaba un mínimo de lógica. Se encaró con el camarero para preguntarle, como si fuera el responsable de todo, si conocía el complejo residencial Las Adelfas. Qué más daba que no fuera el responsable de todo y que no tuviese por qué saber este dato. La vida funcionaba así de desastrosamente.
—¿Las Adelfas? —preguntó el camarero mientras abría un cruasán y lo ponía sobre la plancha. Era uno de esos extranjeros que aprenden el idioma en cuatro días —. ¿Cuál de ellos?
—¿Cuántos hay?
—Cuatro o cinco —dijo dirigiendo la mirada hacia algún lugar de su mente.
Así que esto era lo que ocurría, que había más complejos Las Adelfas.
—¿Cuál es el que está más cerca de la playa, en segunda o tercera línea?
—En esta playa no creo, en Poniente, quizá.
Y lo que tenía que hacer era salir a la general y cruzar el pueblo para ir al otro lado.
—Le pasa a mucha gente —dijo quitándose el sudor de la frente con el dorso de la mano que sujetaba la espátula—. También pasa con Las Dunas, Los Girasoles, Los Remos, Pleamar y más.
Julia dio media vuelta antes de tener que ver cómo alguna de las gotas de sudor caía en el cruasán.
La brisa se había calentado un poco más y algunos madrugadores llegaban con toallas al hombro y gorras. Contempló de nuevo las lejanas letras redondeadas y rosas imitando grandes flores de Las Adelfas. Las Adelfas III. Vaya. Estaban en la ladera del monte, por donde trepaban chalés de color crema con columnas dóricas y buganvillas moradas, pero donde el sonido del mar apenas llegaría. Ni siquiera por la noche, en ese silencio en que se puede notar hasta la caída de una hoja, sería posible que llegase la furia del oleaje que Julia había escuchado en su breve estancia en el apartamento. Así que desistió de perder tiempo y gasolina yendo hasta allí.
Anduvo hacia el coche. Ahora comprobó que lo había aparcado cerca de Las Dunas y que si en lugar de Las Dunas fueran Las Adelfas todo estaría resuelto, pero las cosas cuando se ponen difíciles se ponen muy difíciles. Lo que no sabía era si es que debían ponerse difíciles por algo, si es que convenía que fueran así de complicadas. De ser así querría decir que el mundo se regía por leyes que aún no se habían descubierto. De lo contrario daría igual que se hiciese una cosa u otra, que se tomase un camino u otro, ni tampoco resolvería nada pensar mucho, porque el universo seguiría su marcha sin sentido. ¿Qué le parecía a ella, había leyes o no? No tenía ni idea, probablemente no había ninguna. Se había perdido sin ningún propósito y sólo existía y dirigía sus pasos el deseo de encontrar a su familia. De todos modos, cuando iba a meterse en el coche, lo pensó mejor y volvió a cerrarlo.
Aprovechó que salía una pareja de jubilados para entrar en Las Dunas, por probar ya que estaba allí. El problema era que tampoco recordaba el número del apartamento. Fue Félix quien hizo la reserva por Internet y ella se dejó llevar. Siempre era Félix quien se encargaba de todo lo que se pudiera reservar, comprar o consultar por Internet porque lo usaba mucho en su trabajo, ella estaba más vigilada en este sentido y además debía estar atenta a los clientes del bar y no disponía de tiempo ni tranquilidad para esto. Buscó la piscina, corazón de este tipo de construcciones de veraneo. En el fondo de su alma esperaba ver a Félix y Tito entre su resplandor. Pero en lo más superficial de su alma también presentía que no iba a ser así. El único bañista era un hombre, que nadaba a braza para desperezarse. Desde allí se veían las terrazas de algunos apartamentos con toallas y bañadores colgados en las barandillas. Miró en todas direcciones y a la desesperada se situó de pie sobre un banco de brillantes mosaicos para que Félix, si es que en ese momento estaba mirando, pudiera localizarla. Por el nombre no eran éstos los apartamentos, pero por la situación podrían serlo, así que debía intentarlo.
Toda el agua de la piscina se removió cuando el hombre se impulsó con las manos en el bordillo para salir. Era bastante grande, un viejo atleta de tendones gruesos y nudosos, unidos por cuerdas debajo de la piel tostada. Tenía el pelo blanco y amarillo. Sus miradas se cruzaron y Julia aprovechó para pedirle auxilio con los ojos. Si a su edad no era capaz de comprender que aquella persona necesitaba ayuda, significaría que no había aprendido nada en la vida. Aunque también sería probable que le bastara y sobrara con su propio ser.
Estadísticamente hablando podría ser alemán. Se habría comprado un apartamento aquí antes de que los precios de la construcción se dispararan y ahora lo que querría era absorber la mayor cantidad posible de vitamina D y a poder ser tener una aventura, aunque con mucha discreción porque su esposa alemana estaría arriba disfrutando de un rato de intimidad para ella sola. El enorme alemán fue hacia una toalla junto a la que había un libro de bolsillo, una novela de Patricia Highsmith, con las hojas dobladas por la brisa, la arena y el sol.
Julia se alejó hacia el pasadizo que más le recordaba al de la noche anterior. Dobló un recodo y se internó por otro pasadizo más. Ahora tenía que subir unas escaleras. Las subió deseando oír llorar a Tito de un momento a otro. Daba la impresión de que su llanto estaba retenido en el aire y que en cuanto las leyes de la naturaleza lo liberasen estallaría y la vida volvería a ser normal. En el segundo descansillo una niña de unos diez años bajó seguida de otra de siete u ocho. Iban atropellándose y riéndose y Julia les hizo detenerse. Tardaron unos segundos en reaccionar como si les costase distinguirla. A Julia sus rostros le resultaron vaga y nebulosamente familiares, igual que si los hubiese visto en sueños o en alguna fotografía.
—¿Os suena que haya en alguno de estos apartamentos un hombre de unos cuarenta años con un niño pequeño?
—¿Cómo de pequeño? —preguntó la mayor.
—Un niño que aún no anda, de pañales. ¿Habéis oído llorar a algún niño?
—Sólo a mi hermano —dijo.
La otra niña miraba fijamente a Julia, hasta que empezaron a empujarse otra vez escalera abajo.
En cada rellano había dos puertas pintadas en azul añil. Subió uno más. Tenía que llamar a un timbre y pulsó el de la derecha, en esto no había duda, ésa era la puerta a la que debía llamar.
Tal como se temía abrió un individuo que no era Félix, iba en bañador, sin afeitar, con el pelo revuelto y tenía cara de no estar dispuesto a hacer ningún esfuerzo por ser simpático en vacaciones.
—Perdone —dijo—. Me he confundido.
Él abrió la boca sólo para bostezar y dio un portazo. Julia se encontraba en el tercer y último piso. Descendió al segundo y al primero, sin que descubriera nada significativo en ellos. Podría internarse por otros pasadizos y llamar a otras puertas azules, lo que le llevaría todo el día o quizás dos. ¿Cuántos apartamentos habría allí? ¿Mil? Puede que más. Y además era muy improbable que fuera éste el complejo que buscaba. Podría ser que al ir a la farmacia hubiese cruzado el pueblo en dirección contraria y que las cosas no hubieran ocurrido como ella creía.
Pasó de nuevo por la piscina. La piel del alemán brillaba como el cuero bajo el sol. Tenía un color entre marrón y rojo. El libro yacía junto a la cabeza. Al verla, se medio incorporó pesadamente. Sonrió a Julia como si este segundo encuentro hubiera creado un vínculo entre ellos. Ella se la devolvió. El extranjero parecía dispuesto a hablar.
—Más tarde ya no se puede tomar el sol —dijo continuando alguna conversación que hubiesen mantenido en otra vida.
Julia asintió.
—A las doce ya no hay quien lo aguante.
Él mientras la escuchaba se retiró un mechón amarillo de la frente. El sol le hacía entrecerrar los ojos. Se apoyaba con los codos en el césped y tenía una pierna sobre otra. Por el acento, no parecía alemán, sino inglés.
—¿Ha visto pasar por aquí a un hombre de unos cuarenta años con un niño de seis meses?
Negó con la cabeza después de traducir la frase mentalmente.
—Creo que no, pero he tenido los ojos cerrados un rato.
No importaba. Gracias de todos modos.
Julia echó un vistazo por si entre la hierba descubriese un móvil. Estaba segura de que este simpático turista no se lo negaría, pero no había ninguno, y no parecía necesitarlo, no parecía añorar a nadie, lo que le daba un aire de hombre con ganas de conocer gente y de vivir el presente. Tendría unos setenta años y su corpulencia casi obligaba a verlo vestido de militar. Podría ser un militar jubilado.
Al poner el coche en marcha sin rumbo fijo, una vez desestimado el lejano letrero de Las Adelfas III, se dio cuenta de la poca gasolina que le quedaba. Desde que salieron de Madrid no habían vuelto a llenar el depósito por su culpa. El caso es que habían parado en uno de esos complejos de carretera con gasolinera y restaurante, llenos hasta los topes. Cuando lograron tomarse el café, a codazos como quien dice, la gasolinera estaba imposible, en todos los surtidores había cola, y Julia convenció a Félix de seguir y llenar el depósito al día siguiente. Félix era tan previsor que incluso una tontería así le hacía mover la cabeza, pesaroso, como quien está arriesgando mucho. Y mira por dónde, como casi siempre, llevaba razón. Si le hubiese hecho caso ahora tendría un problema menos.
Sacó el dinero del bolsillo. Disponía de ocho euros. Así que por lo menos cinco debía reservarlos para gasolina, los otros tres para llamar por teléfono. En El Yate se había dejado alegremente dos euros. Cada movimiento que hacía le costaba dinero, por lo que había llegado el momento de centrarse y valorar la situación. Félix a estas horas ya estaría buscándola. A cambio de coche él tenía dinero y tarjetas de crédito. Podía coger taxis, alquilar otro coche y contratar a alguien que cuidara de Tito mientras iba de acá para allá, lo que Julia esperaba ardientemente que no hiciera porque le desagradaba la idea de que su hijo se quedara a cargo de desconocidos. Tito necesitaba que le masajearan la espalda después de tomar el biberón para expulsar los gases, si no se pondría muy irritable y lloraría sin parar. También estaba algo estreñido y había que darle una cucharadita de zumo de naranja. Y para que se durmiera había que pasarle el dedo un rato por el entrecejo. Así que confiaba en que Félix por muy preocupado que se encontrara por ella no dejara a su hijo en manos ajenas.
Trató de ponerse en la piel de su marido. Probablemente lo primero que habría hecho sería preguntar en el hospital y después en la comisaría. Ella en lugar de dar vueltas a lo loco quizá debería seguir sus pasos. Por muy embarazoso que resultara explicar que se había perdido, sería la forma más directa de acabar con esta situación. Se había levantado un poco de aire, pero venía tan caliente y salado que le escocían los ojos. Los pantalones a pesar de ser de lino fino se le pegaban mojados a los muslos y al culo.
En la carretera del puerto, tal como había sucedido a la llegada la noche anterior, el tráfico era denso. Parada ante un semáforo que cambiaba de verde a rojo sin avanzar, le empezó a desesperar cómo se iba gastando la gasolina tontamente y eso que no había encendido la refrigeración. Hasta que vio la puerta de la comisaría envuelta en el verde azulado del mar y pudo aparcar en un solar atestado de coches. Pensó que en medio de todo tenía suerte.
No le impresionó entrar allí, quizá porque con los turistas pasando por la acera en pantalón corto, cuando no en bañador con la sombrilla bajo el brazo, parecía una imitación de comisaría. El guardia de la entrada la miró con tanta intensidad, que no necesitó preguntarle. Seguramente había desarrollado esta mirada para no tener que hablar tanto.
—Vengo a interesarme por una persona que ha desaparecido.
No dijo que esta persona era ella misma y que su marido podría haber venido preguntando por ella. No era el momento ni el lugar de una frase tan larga. El guardia le señaló el fondo, donde a pesar de ser de día estaban encendidos los fluorescentes del techo.
Allí una chica con camisa de uniforme de manga corta y pelo estirado en una cola de caballo que iba del rubio oscuro al rubio claro la escuchó con expresión seria y profesional. Consultó unos papeles que tenía al lado y luego el ordenador. Al girarse hacia la pantalla unas hebras doradas y brillantes como rayos de sol se escaparon del pasador. Los pabellones de las orejas estaban relucientes y toda ella desprendía un halo de aseo personal maravilloso.
A sus compañeros les debía de encantar estar a su lado. Así que automáticamente Julia se separó un poco del mostrador. No se había duchado ni cambiado de ropa desde el día anterior por la mañana temprano y no paraba de sudar con tanto calor y con tanto ir y venir.
Mientras la funcionaría se recogía el pelo de nuevo le informó de que en esta comisaría no tenían noticia de que alguien la buscase ni hubiera dejado un recado para ella. Julia estuvo a punto de decirle que era perfecta, que no tenía ni una arruga en la camisa y que ella desde su mundo de perfección era la persona ideal para ayudarla.
—Lo que me ha sucedido —dijo, sin embargo, Julia con voz emocionada, humilde y sincera— es extraño y absurdo. Perder a mi marido y a mi hijo a los demás puede sonarles ridículo, pero para mí es muy trágico.
Por primera vez la funcionaría la observaba abiertamente, intrigada, decidiendo si tenía que tomarla o no en serio.
—Tranquilícese, usted está bien y ellos también. A lo largo del día se encontrarán. No se preocupe —le dijo tecleando en el ordenador sin levantar apenas los dedos—. Hay cinco complejos Las Adelfas entre la playa de Levante y la de Poniente. Pregunte en todos ellos, deje recado en los bares y restaurantes cercanos. Es cuestión de paciencia. Y escriba aquí sus datos por si acaso viniera su marido.
En ningún momento le sonrió, no quería comprometerse personalmente. Y Julia fue incapaz de asaltar su intimidad contándole que no tenía dinero y que se estaba quedando sin gasolina.
El solar donde había aparcado estaba a unos metros de la comisaría, cerca de la lonja de pescado. Las gaviotas subían y bajaban igual que si estuvieran haciendo ejercicios de entrenamiento y cuando parecía que se iban a estrellar contra la luna del coche la esquivaban. Abrió el capó por si hubiese allí algo que le sirviera, pero Félix era tan ordenado que nada más había dejado un bidón vacío de gasolina y una manta. Ésas eran en este momento sus pertenencias junto con un paquete de leche en polvo para bebé y los ocho euros. Oyó decir a unos que acababan de aparcar que los días de mercadillo se ponía el tráfico imposible. Luego hoy era día de mercadillo. Trataría de mover el coche lo menos posible.
Llevaba en la mano las llaves del coche, los escasos euros en el bolsillo y se moría de sed. Pero la sed podía esperar, lo primero era dar con una sucursal de su banco y contarles de la manera más convincente posible la situación por la que atravesaba. Tuvo que caminar toda la calle principal adelante, que al menos estaba sombreada por palmeras. Eran palmeras doradas que arrojaban suaves sombras sobre los bancos de piedra. Y pensó que Tito y también Félix tendrían calor. No lo pensó, lo supo con la certeza con que se sabe que hay luna y sol. Sentía sus ojos en ella, como si la observasen desde algún lugar invisible, pero cercano. Según avanzaba y avanzaba por el paseo, empezó a divisar en el horizonte lo que debía de ser el mercadillo. Se extendía perpendicularmente a ella. El olor a fruta y a flores en agua llegaba hasta el escaparate de la sucursal, donde se anunciaban fondos de inversión y un juego de vasos que regalaban con esta operación.
Una puerta de cristal se abrió y luego se cerró. Julia quedó atrapada en una cabina en cuyo interior una voz le pedía que depositara todos sus efectos personales en una taquilla de la entrada. Al girarse hacia allí, vio a un chico metiendo a presión una mochila en una de las taquillas. Estaba claro que ella no tenía otra opción que salir y hacer lo mismo con las llaves del coche, su única posesión.
Una vez dentro de la entidad, en lugar de dirigirse a la caja, fue a una de las mesas, en que se suele atender de una manera más personal a los clientes, y se sentó en una silla con brazos tapizada en gris. A una empleada asombrada de nombre Rocío Ayuso según el letrero de la mesa, le contó que había perdido la cartera con toda su documentación, que necesitaba dinero urgentemente y que tal vez habría alguna manera de poder sacarlo de su cuenta. La empleada, que había ido pasando en estos breves instantes del asombro al recelo, le dijo que sin un documento que acreditase su identidad no podía hacer nada.
—No creo —dijo Julia— que sea la primera vez que sucede algo así. Seguro que es un caso que ustedes tienen previsto.
Rocío se levantó con unos papeles en la mano y salió de la mesa dando a entender que por su parte ya estaba todo dicho. Iba vestida con ropa nueva, pero pasada de moda. Y ella misma era joven pero de otra época. Una joven antigua por así decir.
—Esto es cosa del director y ahora no está. Vendrá a última hora de la mañana.
Julia permaneció sentada y hablaba a Rocío mirándola de abajo hacia arriba, lo que la empequeñecía y empobrecía mucho más aún, pero no quería levantarse hasta agotar las últimas posibilidades.
—Póngase en mi lugar, estoy muy angustiada. Me encuentro con lo puesto.
Julia se preguntó si acaso se ponía ella en el lugar de Rocío. ¿Se hacía cargo de lo que costaba soportar a clientes como Julia, que creían que no existía en el universo un problema más grande que el suyo? ¿Qué sabía Julia de la vida de Rocío?
Rocío no estaba dispuesta a ceder. Una cosa era el trabajo y otra los problemas personales.
—Ya le digo, el director vendrá sobre la una y media. Aunque si quiere un consejo, debería denunciar la pérdida en comisaría.
Julia se encontraba muy bien en la mullida silla, era muy agradable, sentía el cuerpo descansado y protegido, y también las mesas, el aire acondicionado, la bombona del agua y los vasos de papel encerado, que ella había contribuido a pagar con su cuenta corriente y los depósitos a largo plazo, le producían paz y seguridad.
—Aquí está guardado mi dinero y no pienso irme sin nada —replicó cargada de razón y con un tono de chillido que se le escapó sin querer, una fuga de la voz que le sonó horrible a la misma Julia y que alarmó seriamente a Rocío, que pensó que debía responderle hablando lentamente y separando las sílabas.
—Por favor, cálmese. Hay decisiones que no está en mi mano tomar, ¿comprende?
A estas alturas, tanto el resto de clientes como los empleados ya estaban al tanto de que por aquella mesa las cosas no iban bien. Rocío intercambió unas miradas con sus compañeros. Volvió a su sitio cuando se acercó a la mesa alguien que acababa de entrar de la calle. Parecía un cliente. Los dos, el cliente y Rocío, permanecieron mudos, de pie, presionando de esta forma a Julia para que se largara de una vez y los dejara en paz.
Julia no se movió, nunca le habían agradado las situaciones tensas, siempre había rehuido las discusiones y los enfrentamientos incluso a riesgo de parecer menos inteligente y sagaz de lo que era, pero aquí se encontraba mejor que fuera. Aquí se sentía protegida del calor y la soledad. En lugar de marcharse se acomodó más en el asiento, como si excavara un hoyo por el que desaparecer.
Rocío se aproximó a ella hasta casi rozarle.
—Tiene que dejarnos trabajar. Precisamente tenemos la responsabilidad de proteger su dinero. Supongamos que viniese alguien haciéndose pasar por usted, no querría que le dejásemos tocar su cuenta, ¿verdad?
Julia cruzó las piernas con fuerza.
—No me hable como si fuera idiota. Seguro que hay una forma de saber quién soy.
Esperaba en vano que el otro cliente se solidarizara con ella. Tenía aspecto de estar forrado de pasta y de mantener una relación bastante familiar con la sucursal según se desprendía del gesto que le hizo a Rocío para despedirse, limitándose a decir que volvería luego.
Rocío por fin se sentó. Se reanudaban las conversaciones. Julia se puso de espaldas a la bombona de agua, tenía mucha, mucha sed. E inesperadamente Rocío le sonrió. Su sonrisa daba por concluida una fase de las negociaciones y abría otra. Era como estar en el bar del hotel pero con los papeles cambiados, ahora Julia era el cliente.
—Voy a llamar al director para que hable personalmente con él —dijo levantando el teléfono que había sobre la mesa.
Julia accedió y cogió el teléfono que Rocío le tendía. La voz del director ofrecía credibilidad, autoridad, confianza y además daba la impresión de que la conocía, de que por lo menos sabía cómo era físicamente. Por su constante trato con la gente Julia tenía la experiencia de que eso es algo que se desprende del tono y de la forma de dirigirse a uno.
Cuando le contó lo que le ocurría, él se lo tomó con bastante naturalidad.
—No se preocupe lo más mínimo —le dijo—. En cuanto llegue al filo de las dos lo arreglamos. Estaría bueno.