Presentimientos

Clara Sánchez · Capítulo 7 de 44

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Presentimientos

Julia

Cuando tanto Tito como él estuvieron perfectamente aseados, colocó sobre la mesa del comedor las cosas que había comprado para Julia. Luego buscó en su bolsa de aseo las cremas a las que se había referido la enfermera, de nombre Hortensia, no debía olvidarlo, una loción para el cuerpo y otra para la cara y revolvió en la maleta para dar con uno de sus camisones. Encontró dos tal vez demasiado transparentes y demasiado bonitos y sedosos al tacto para un hospital. Uno era blanco y otro de color melocotón. Normalmente a Julia le gustaba dormir con camisetas gastadas por el uso y estos camisones estaban más que nada de adorno en los cajones de la cómoda y en la maleta cuando salían de viaje, y mira por dónde, ahora los necesitaba. El resto de la ropa de momento no le servía para nada. Cogió el de color melocotón.

Nunca habría imaginado que los bikinis de Julia o una de sus blusas o las chanclas con que pensaba ir hasta la playa pudieran conmoverle tanto. Eran como los trozos de su normalidad.

Antes de salir, comprobó si había echado en la bolsa de osos los tarros de comida y los dos biberones ya preparados y que sólo habría que calentar. De todos modos, se llevaría el paquete de leche por si acaso y llenó otro biberón con agua fresca. Chupete, sonajero, un muñeco de goma. En el armario metálico del hospital había dejado tres pañales y ahora había decidido llevarse otros cuatro, pero le pareció exagerado y dejó uno. Un par de camisetas y pantalones de felpa. El mundo microscópico de su hijo le ataba a lo más mundano aunque no quisiera. Una cosa eran las ideas, las preocupaciones, las teorías y todo lo que ocurría en la cabeza, y otra, los biberones, los pañales y vigilar que bebiera suficiente agua y que el chupete no se cayera al suelo. Aunque estaba acostumbrado a cambiarle y a darle de comer y llevarle al médico, hasta ahora no había tenido una visión de conjunto de todas sus necesidades que eran tantas que se preguntó cómo podría haberse hecho tan numerosa una especie de seres tan débiles e indefensos.

 

Julia

Un poco más, se dijo. Paradójicamente según andaba hacia el supermercado éste se alejaba más y más de ella, a años luz de distancia. Cruzó calles más anchas y más estrechas. De algún bar salía olor a pavos rellenos con uvas, paellas con ostras y montañas de merengue. Hasta que se topó con los carros metálicos y los coches entrando y saliendo del parking. Al llegar ante unas puertas de cristal, éstas se abrieron del mismo modo que alguna vez uno espera que se le abran las puertas del mundo o del cielo. Cogió una cesta de mano. Puso en ella unas servilletas de papel y un paquete de galletas y se dirigió a la zona del agua embotellada, la leche, el aceite. Abrió una botella de Solán de Cabras de medio litro y se la bebió, luego la puso en la cesta por si las cámaras de seguridad la estaban grabando. Saciada la sed, deambuló por los pasillos y en el área del papel higiénico, las servilletas de tisú y los paquetes de clínex ocultó la botella vacía detrás de los rollos de papel absorbente para la cocina. Era casi imposible que alguien advirtiera la maniobra. Cualquiera podría dejar allí una botella sin darse cuenta, distraídamente, pensando en otra cosa.

El aire acondicionado convertía aquel sitio en un oasis. De la sección de jardinería llegaba un reconfortante olor a humedad y sintió un agradable escalofrío. Y aún sería mejor si en lugar de cargar con el peso de la cesta empujara un carro. Se alzó de puntillas para otear el horizonte. A la altura de Menaje para el hogar descubrió un carro semivacío. Fue hasta allí. Dentro únicamente había un juego de sartenes y nadie a la vista. Dejó la cesta sobre un microondas y comenzó a deslizar el carro hasta los expositores de Textil. Allí, a los pies de unos pijamas, depositó las sartenes que alguien había elegido un rato antes, y ya libre de cacharros comprometedores en el carro se internó en Alimentación.

Nadie podría pedirle explicaciones, nadie podría probar que aquél no era su carro, del mismo modo que ella no podía probar que era la titular de su cuenta corriente. De pronto Julia se encontraba en la acera de los que roban en los supermercados y hacen estas cosas y ya era casi imposible cruzar de nuevo al otro lado. En la charcutería compró doscientos gramos del mejor jamón de york y se lo fue comiendo mientras examinaba las latas de conservas. Dejó algo en el paquete para que en caso de haber sido observada no sospecharan que no iba a pagar. Siguiendo la misma táctica, se tomó unas cerezas y un yogur líquido natural descremado a la altura de los estantes dedicados al aceite y el vinagre. Mientras se bebía el yogur, cerró los ojos un momento e imaginó que estaba en la terraza del apartamento acariciada por el frescor de la brisa y que oía junto a ella una conversación de Félix con alguien que Julia no conocía y los ruidos típicos de Tito con el chupete. Habría jurado que por un instante su espíritu se había separado del cuerpo y había llegado por sí solo a la vida verdadera, pero que como tal separación no podría prolongarse porque entonces ella moriría, no había tenido más remedio que regresar y fundirse con los huesos, la piel, la vista y el tacto.

Podría seguir comiendo, pero ya no por hambre, sino por la inseguridad de poder hacerlo en el futuro, así que decidió quedarse con el sabor del yogur. Sin embargo, recordaba haber visto de pasada bragas en Textil, que ahora necesitaba casi tanto como comer. Por trágica que fuese la situación no podía estar más tiempo sin cambiarse. No se molestó en esconder el envase del yogur, le pareció más natural dejarlo en el carro.

Había ofertas de tres camisas de caballero al precio de una, y cogió una de cuadros tostados, una azul claro y otra roja, que Félix sólo se pondría para ir a la playa porque en el asunto del vestir sus gustos eran muy precisos aunque fuesen sobrios y normales hasta el aburrimiento. Levis 501 azul noche con camisas anchas por el codo o polos, de colores azul oscuro, granate o de pequeños cuadros negros, el pelo ni muy corto ni largo, pero siempre sin patillas, gafas con una ligera montura metalizada. En los pies, náuticos en verano y zapatos marrones o negros con cordones en invierno. Abrigo de paño beige, bufanda marrón y trajes oscuros de lana fría. Calcetines de canalé de seda, pañuelos de algodón egipcio. Los calzoncillos tenían que ser blancos y las zapatillas de andar por casa no podían estar abiertas por el talón. En cuanto a colonias no soportaba las típicas fuertes masculinas, prefería una sencilla de lavanda de las que venden en frascos de litro. Por no hablar del cinturón, reloj, cartera. No le gustaba llamar la atención, ni destacar, ni que se acordaran de él en los restaurantes o las tiendas, lo que facilitaba mucho su trabajo. Según él, había que aprender más de la naturaleza, cómo los animales tienden a revestirse con trajes de camuflaje para sobrevivir. En definitiva, que Julia nunca había podido regalarle nada.

Buscó un pack de bragas de algodón con forma de bikini, que le sirvieran también para bañarse en el mar. Fue un pensamiento involuntario, si hubiese podido controlarlo jamás lo habría tenido. ¿Cómo podía pensar en bañarse cuando aún no había encontrado a su marido y su hijo?

Echó el pack en el carro sobre las camisas. Debía actuar deprisa. Abrió el paquete de bragas y poniendo como pantalla una camisa cogió unas blancas, y mientras se agachaba a abrocharse las zapatillas se las metió dentro del pantalón. Se levantó y empujó el carro hacia la zona de jardinería. Empezó a mirar plantas. Una orquídea por aquí, una flor de pascua por allá, unos bonsáis. Se alejó hasta los libros y de allí hasta las cajas, ante las cuales se habían formado colas considerables. Abandonó el carro en la zona de paso entre las cajas y las conservas fingiendo que iba a coger algo que se le había olvidado.

Salió por la entrada sin que con el barullo nadie reparase en ello. Y por fin ya estaba en la calle, después de darse un festín y con ropa interior nueva. Volvió a echar de menos las gafas de sol. Los edificios parecían de goma blanca en medio de un silencio aplastante. El sitio hacia el que ahora se dirigiría sería de nuevo la sucursal bancaria.

Claro, por esto se había hecho imprescindible para el ser humano tener un hogar, un techo, para no tener que estar buscando constantemente destinos a los que ir. No se puede estar en la calle todo el santo día sin ir a ninguna parte. Ahora entendía por qué los hombres prehistóricos no paraban de andar, de avanzar, para no quedarse quietos en medio de la nada. Ella en este momento era una mujer desplazada del clan y debía buscarse la vida como pudiera y debía buscar señales que la condujesen a su familia.

Tal como se temía, las persianas de la sucursal continuaban cerradas y no se apreciaba ningún movimiento en el interior. Por tanto, nada la retenía allí y debía seguir hacia algún otro lado, que sería el puerto.

Los locales por los que pasaba ya le eran familiares. La ferretería Santo Domingo, la terminal de autobuses, la peluquería Espejos, la cafetería Bellamar y el restaurante Los Gavilanes. Entró en el restaurante, donde hacía más frío que en el supermarket, de hecho los pocos clientes que quedaban llevaban puestos chaquetas de lino y jerséis finos de perlé. Estaban eternizándose con los licores y los puros y las risotadas. Los camareros muy atareados recogían las mesas. En algunas habían dejado suculentas propinas.

Era el lugar perfecto para usar el baño. Se dirigía hacia allí cuando el encargado se materializó ante ella. Lo mal vestida que iba le sorprendió menos de lo normal, una licencia de los lugares junto al mar, en que el viento, el sol y las ganas de comodidad parece que igualan a la gente. No obstante este encargado que sí llevaba traje oscuro le cerró el paso.

—Quería hacer una reserva para… el domingo que viene a mediodía —dijo Julia, improvisando algo nuevo.

—¿Cuántos serán? —preguntó él dirigiéndose a un pequeño escritorio donde había un cuaderno abierto abarrotado de nombres.

—Ocho —dijo—. No, mejor nueve. Sí, nueve para mayor seguridad. Me gustaría aquella mesa de allí, junto a la ventana.

—Lo siento —dijo el maître—. Aquélla está reservada.

—Vaya, ¡qué pena! —dijo Julia, sintiéndolo casi de verdad, porque era el mejor sitio de todo el restaurante.

—Podemos prepararles dos mesas en este otro lado. Estarán cómodos, créame.

—Perfecto —dijo Julia—. Tomaremos salmón relleno de higos y una paella con ostras y uvas para las dos y media.

Dio su propio nombre y el número de móvil de Félix porque cuando a las tres de la tarde no se hubiese presentado nadie, antes de ocupar las mesas, llamarían a ese móvil y, de contestar Félix, él a su vez dejaría un mensaje para ella o se presentaría corriendo en el restaurante y todo se arreglaría. Había elegido el nueve por ser el número del piso de Madrid.

De acuerdo, se dijeron, a las dos y media, y Julia por fin pudo entrar en el baño.

Las paredes eran de piedra o la imitaban, el caso es que tenía el frescor de una gruta. Orinó y se cambió de bragas. Dudó si tirar las usadas o lavarlas y optó por lo segundo. Los senos de los lavabos sí que eran de piedra auténtica. Del grifo de latón dorado caía un chorro que se estrellaba contra la piedra, a la que sólo le faltaba algo de musgo. Echó jabón en las bragas y las frotó, apenas se veían entre la espuma. También había toallas individuales de verdad, no de papel, que una vez usadas debían arrojarse en un cesto y se metió una en cada bolsillo. A continuación sujetó por los bordes las bragas lavadas bajo el secador de manos. El aire las balanceaba alegremente cuando entró una señora vestida de blanco de arriba abajo y al ver la escena abrió la boca a punto de decir algo, pero se contuvo. Y Julia decidió irse antes de que saliera. Al pasar junto a la mesa recién abandonada por los de los puros cogió un billete de veinte euros de una propina incalculable y prefirió no mirar a los lados ni atrás por si alguien la había visto. Era rica.