Presentimientos
Octavo día
Félix
Al verle, no le sorprendió que a Julia le gustase. Probablemente si él fuese mujer también le gustaría. No era alto, mediría uno setenta y poco y no era lo que se podría llamar guapo, tampoco feo, daba la impresión de tener una cara prematuramente envejecida por la vida cuando no debía de pasar de los treinta y ocho años, como mucho de los cuarenta. Los surcos, los pómulos marcados y la barba de dos días le daban una gran profundidad a los ojos grises. Félix se preguntó si todo aquello estaría estudiado. También parecía que no se había reído nunca ni que pensase hacerlo en el futuro. Llevaba el pelo rapado y Félix habría apostado a que tendría un tatuaje en la espalda. Iba limpio pero no atildado, aparentaba despreocupación por su aspecto y al mismo tiempo una gran seguridad en su cuerpo delgado y fuerte y en sus movimientos. Debía de tener más que comprobado que resistía cualquier postura, cualquier clase de pantalones, cualquier camisa. En conjunto resultaba extraño, con magnetismo, de los que se quedan en la retina y en los deseos de la gente.
Se presentó directamente en el apartamento sobre las once de la mañana, al poco de llegar Félix de pasar la noche en el hospital. Angelita, al ver a Marcus, se metió con discreción en el cuarto de dos camas con Tito y no se marchó con Julia como habría sido lo habitual. A decir verdad; sin que Julia dejara de ser el eje de sus vidas, la llegada de Marcus la relegaba a un segundo plano.
Dijo que había dejado la maleta en el Regina, que casualmente era el mejor hotel de la zona, con ascensor directo a una cala que la hacía casi privada. Dijo que contaba con que Félix pagaría la cuenta del hotel y del coche que había alquilado. Ya que estaba aquí se quedaría una semana más o menos. También necesitaría tres mil euros para gastos. Estaba pasando una mala época. Se los devolvería en cuanto encontrase trabajo. Era una manera de fijar un precio. Félix le dijo que le pagaría en cuanto hiciese su trabajo que consistiría en estar hablando con Julia varias horas en el hospital, recordándole los buenos momentos que habían pasado juntos y creándole ilusiones nuevas.
—Yo no estaré presente para que se exprese con total libertad. ¿Puedo confiar en que sabrá ganarse lo que le pago? Es mejor que las cosas queden claras al principio —dijo Félix, que creyó conveniente mantener las distancias y no pasar al tuteo.
Marcus movió imperceptiblemente la cabeza a derecha e izquierda pensando sin duda que Félix era un pardillo, un pardillo morboso quizá.
—A mí no me gustaría dejar a solas a mi mujer con su amante por muy inconsciente que esté ella.
Félix no contestó. Entre ellos sobraba esa clase de explicaciones. En cuanto hay dinero de por medio, uno nada más tiene que preocuparse de pagar, no de hablar.
—Podemos empezar al mediodía, antes o después de la comida, es igual.
—La mitad ahora —dijo Marcus.
Félix fue a la habitación a buscar la cartera. Quién le iba a decir cuando salieron de Madrid camino de la playa hacía ocho días que iba a vivir esta escena. Y quién le iba a decir que existía Marcus, o por lo menos no había querido sospecharlo.
—Ahora sólo tengo doscientos euros. Le iré dando el resto poco a poco.
Cogió el dinero con la mano izquierda, era zurdo. Llevaba unas botas con puntera que iban con su aspecto general. Y un hombre que llevaba esas botas pensaba bien lo que se ponía encima y lo que quería parecer.
Julia era Libra. Había nacido el 18 de octubre y su horóscopo de verano le aconsejaba que no corriera riesgos y que fuera flexible en los asuntos del corazón. En el restaurante de carretera habían comprado unas revistas y en el coche Julia había ido leyendo en voz alta su horóscopo, el de Tito, que era Acuario y el de Félix, que era Capricornio hasta que se quedó dormida. Se rieron porque a Tito le decía que tuviera mucho cuidado al firmar documentos comprometedores. Aún quedaban dos meses para que Julia cumpliera los veintinueve, pero Angelita era de la opinión de que como no pensaba asistir en el hospital al encuentro de Marcus con su hija, se quedaría en el apartamento preparando una tarta de chocolate que a ella le gustaba mucho y que siempre hasta los veinte años había estado presente en su cumpleaños sin faltar uno. Estaba segura de que de ser verdad que Julia era capaz de percibir lo que había a su alrededor la tarta la haría muy feliz.
Félix sintió que se desmoronaba por dentro y no quería que Angelita lo notara. De pronto su plan para despertar a Julia le pareció completamente inútil y lo más sensato sería llevarla a Tucson, y si en Tucson no podían hacer nada, entonces él ya no sabría qué hacer. De todos modos, entre ese momento de desesperanza final y este de desesperanza inicial estaba Tucson. Había que agarrarse a Tucson como a un clavo ardiendo. Le dijo a Angelita que iba a darse un baño y bajó las escaleras de tres en tres. Casi volaba de pura desesperación. No podía más. Necesitaba correr y que el cuerpo no pensara. Que no pensara el corazón, ni el estómago, ni las piernas. Y ojalá que tampoco pensara la cabeza. Corrió como un loco por la playa. Arriba y abajo sin cansarse. No podía cansarse porque la rabia y el miedo eran energía de primera, y si no la gastaba explotaría.
Cuando se dejó caer en la arena, se encontraba mejor. Muy bien, estaba Tucson. Tendría que vender el piso para llevarla allí, pero eso no le importaba lo más mínimo, era joven, ya compraría otro. Entonces, ¿por qué prefería este calvario, ir y venir al hospital e intentar mil cosas antes de llevarla a un centro donde sabrían qué hacer con ella? ¿Por qué se hacía el remolón? Tal vez el ser parte tan interesada en este conflicto no le dejaba pensar con claridad ni actuar bien. Se preguntó qué decisión tomaría Torres. Optaría por Tucson porque era lo reglamentario. Pero él no era Torres. Por mucho que Torres hubiese resuelto el caso del incendio, Torres no sentía respeto por la verdad sino por lo legal. El mar enviaba su brisa, su sal, su yodo, sus iones envueltos en una transparencia azulada que barría la playa y que le hacía razonar mejor: el doctor Romano no confiaba en que en Tucson fuesen a hacer gran cosa por ella, por eso Félix retrasaba el viaje.
Era el momento de pensar seriamente en Romano. Romano no le había aportado ningún dato convincente que despejara el camino hacia Tucson y su clínica blanca. Romano tendría que haber llamado ya para informarse sobre la posibilidad del ingreso de Julia por mucho que Félix le hubiese pedido tiempo. Y Romano con algo más que palabras en la mano tendría que haberle convencido. Lo que ocurría es que para el doctor la clínica de Tucson era una posibilidad remota, casi una fantasía, un lugar en la cabeza del que hablar como se habla de la esperanza o de la fe.
Se sentó en la arena. Ni siquiera se había quitado los pantalones para bajar a la playa, no pensaba bañarse. El agua frente a él tenía un gris azulado de una belleza amarga, y pensó con toda la fuerza de que era capaz: Julia.
Angelita dijo que Margaret, la dueña del apartamento debía de ser una consumada repostera. Había moldes, varillas, rodillos y muchos artilugios más made in England e incluso había encontrado entre las novelas un libro de cocina, pero necesitaría un diccionario para descifrarlo. Debía de haber pasado muchas horas en esta minúscula cocina preparando postres para sus hijos. Tal vez ahora ya fuesen mayores y no quisieran venir aquí de vacaciones. Pero quedaba algo de Margaret, aparte de su foto enmarcada. Aunque fuese un apartamento de tantos, con parecidos muebles asomando por las puertas abiertas de las terrazas, tenía algo muy acogedor. Cuando Angelita estaba en la cocina casi podía sentir la presencia de la bondadosa Margaret y un ligero olor a vainilla que emanaba de la encimera de mármol como si hubiese quedado allí impregnado de por vida. Angelita no podía aportar pruebas científicas, pero estaba segura de que de la misma forma que se puede escuchar la voz separada de la persona y que se puede oler el olor que alguien ha dejado en un ascensor había otras cosas que también se podían percibir de otro ser humano a pesar de que no estuviera presente. Y Margaret había dejado mucha paz y amor en este apartamento y aunque las novelas estuvieran en inglés le gustaba cogerlas de vez en cuando y tenerlas abiertas entre las manos. Tenía la clara sensación de que todo lo que hacía aquella mujer, cocinar y leer y sentarse en la terraza a tomar el sol, lo hacía con un espíritu maravilloso, dando mucho de sí misma en todo ello. Y se le ocurría que, de poder respirar Julia este ambiente, mejoraría. Como tal cosa era imposible le haría la mejor tarta de chocolate que había hecho en su vida en la cocina de Margaret, usando la encimera, sus boles, las mangas pasteleras y cucharas de madera tallada.
Angelita le pidió que comprara en el supermercado harina, chocolate, huevos, vainilla, menta, azúcar glas y levadura, de todo lo demás tenían en la cocina.
Mientras Félix buscaba estos ingredientes en las baldas, no quería dejarse llevar por la sospecha de que este pastel, que Julia no podría disfrutar, fuese más un entretenimiento para Angelita que conveniente para su hija. Lo cierto es que algo tenían que hacer. Inventaban sobre la marcha, no se podían estar quietos contemplando cómo Julia estaba quieta, y la verdad es que lo único que Angelita podía hacer por su hija era una tarta que no se iba a comer.
Lo que más le costó encontrar fue el azúcar glas. Una vez en el carro se dirigió a las cajas. No había acción más repetitiva que sacar las cosas de un carro para pagar, daba una gran sensación de normalidad, de que el ciclo no se interrumpía y de que la tierra seguía rotando sobre su eje. Sin embargo, al salir al parking tuvo una sensación impresionante. Del escape de un coche salió un chorro de humo blanco y la roulotte que había detrás se aplanó completamente, como un troquelado que se dobla para de nuevo, ante sus ojos, volver a coger volumen. Félix sacudió la cabeza. Había sido efecto del humo, pero le pareció impresionante, como si el mundo fuera un juguete, una maqueta en manos de alguien. Seguramente también su propio cerebro para relajarle le estaba diciendo que no se tomase nada demasiado en serio, que las cosas son así porque sólo podemos verlas así.
Se lo habría contado a su suegra, pero dicho en voz alta era una tontería. Así que se limitó a depositar sobre el mármol que sólo a ella le olía a vainilla la bolsa del supermercado. Llevaba puesto sobre una falda muy floreada, que le llegaba casi a los pies, un delantal blanco de anchos tirantes, que debió de pertenecer a Margaret. ¡Qué torpe había sido!, ahora comenzaba a comprender y Angelita empezaba a tomar volumen ante sus ojos como la roulotte del parking. Y es que el paulatino e imparable cambio que había ido observando en ella no respondía, como había pensado a la ligera, a la necesidad de sentirse más joven para poder atender a su nieto y a su hija. Lo estaba viendo claro, Angelita quería parecerse a Margaret. Se había teñido de rubio más o menos como ella y su nueva ropa no la había comprado, sino que debía de habérsela encontrado en el baúl debajo de las mantas, por los cajones de los armarios, en alguna caja. Evidentemente la falda floreada no era de su talla, sería de la de Margaret. Angelita no había evolucionado, no había cambiado, se había trasformado en otra persona para poder hacer frente a la situación. Así que, gracias Margaret, quienquiera que fuese.
Félix elevó a su hijo con las manos a su altura. Tito se rió estirando su preciosa cara de par en par, abriendo los ojos grandes y brillantes. Puede que él y nadie más que él conservara la esencia de lo que todavía era.
Cuando llegó al hospital a eso de las dos y media, Abel lo estaba esperando en la puerta de la 407 algo alterado, lo que le produjo a Félix una punzada en el pecho. Lo cierto era que desde que vivía inmerso en el estado de Julia su cuerpo se había vuelto más ruidoso y sensible. Sentía punzadas, pequeños dolores, hormigueos, notaba cómo le corría la sangre por las palmas de las manos y le palpitaba el corazón, y también sentía el aire caliente casi ardiendo saliéndole por la garganta.
Abel abrió los brazos y las manos huesudas.
—Menos mal que has llegado, no sabía qué hacer. Hay un sujeto ahí dentro con Julia.
—¿Es extranjero?
—Creo que sí, uno de esos que no se sabe bien de dónde son. Dice que tiene tu consentimiento y que no le molestásemos. Por si acaso no pensaba dejarle marchar hasta que llegases —dijo echando una ojeada al guardaespaldas o lo que fuese, que montaba guardia frente a su habitación.
—Es verdad. No sé si he hecho bien o mal, pero lo tiene.
—¿No vas a entrar? —preguntó Abel muy intrigado.
—Aún no —contestó Félix sin poder evitar que todas las facciones de la cara se le reconcentraran en una expresión seguramente lastimosa.
Abel le clavó las falanges en el hombro.
—Venga, hijo, vamos a tomar un café. En cuanto ése salga lo sabremos. No te preocupes —dijo haciéndole un gesto con la cabeza al guardaespaldas.
Félix se dejó conducir al ascensor, con una lentitud exasperante, y del ascensor al pasillo, y por el pasillo a la bulliciosa cafetería, único lugar que recordaba el mundo de fuera.
—Si no fuese porque voy en pijama, nos íbamos a tomar algo por ahí —dijo Abel mirando las palmeras del jardín.
A Félix le habría gustado sonreír, pero no podía.
Abel lo observaba con algo en los ojos que podría ser compasión aunque era difícil saber si hacia Félix o hacia sí mismo.
—Desahógate —dijo—. Lo que me digas me lo llevaré a la tumba literalmente hablando. Tengo los días contados. Soy tu oportunidad de poder descargar en alguien. Y ahora te vas a tomar un buen coñac, aunque aquí sólo tendrán brandy.
Félix se dejó hacer. Hacía tanto que nadie se ocupaba de él. Si lo pensaba bien, se había llegado a acostumbrar a que nadie se preocupara por sus cosas. Y este anciano enfermo tenía razón, a veces dar con alguien que quiera escucharte no es tan fácil. Él mismo sólo escuchaba a la gente por obligación, porque era su trabajo y a veces por hábito de escuchar, pero sin interés. Accedió a ponerle de su copa un chorro de Napoleón en el descafeinado y le contó todo lo de Marcus lo más objetivamente que pudo.
Abel paladeaba cada sorbo de café y de vuelta a los ascensores con un paso más ligero que antes le preguntó.
—¿Quieres de verdad a tu mujer?, ¿la quieres como a un brazo tuyo?, ¿la quieres tanto como a tu hijo?
Félix en un acto reflejo cogió a Abel por el codo para ayudarle a entrar en el ascensor. Era hueso y nada más que hueso.